Un rapto

Ramón Vial (*)

 

Novela histórica contenida en el libro COSTUMBRES CHILENAS Tomo I

Adaptación de Espora Ediciones

 

I

Era el año de 1817.

Valparaíso, si bien en ese tiempo no ostentaba mas que el pajizo rancho o la vetusta casa con sus murallas de fortaleza y aspecto de lo mismo; si varias de sus calles, por no decir todas, eran casi intransitables bajo muchos aspectos; si apenas se sentía ese movimiento, esa agitación que hoy aturde a los de por sí aturdidos provincianos que suelen visitarnos; si a su bahía no arribaba mas que de tarde en tarde y a los gritos de ¡navio! ¡navio! una que otra embarcación triguera con dos o tres meses de navegación desde los puertos del Perú; si sus habitantes no sabían mas que rezar bien, leer mal, muchos apenas deletrear y no pocos ni el Cristo conocer; si era una gran novedad encontrar en una casa lo que hoy se llama piano y entonces clave, dándose este nombre como célebre a la calle en que se tocaba; si no había mas policía que la sevillana o la daga que cada cual ostentaba en el cinto o en la bota guardaba — si Valparaíso tenia todos estos defectos, decimos, en cambio se vivía en él mas feliz que hoy día. La crítica era entonces casi desconocida, o por lo menos no había llegado al grado en que la ha colocado la civilización, pues nadie ignora que a su impulso todo marcha, sea bueno o malo. En esos tiempos se paseaba, se divertía, se comía, se dormía en fin con inocencia y a la pata la llana, lo que equivale a decir que se vivía con felicidad.

Acaso no será mucho avanzar si decimos que la naturaleza misma contribuía a solazar la vida del porteño. Con la primavera los alrededores de Valparaíso se ataviaban de todas sus galas: los campos o cerros que circundan la población, menos maltratados por la mano del hombre, se presentaban cubiertos de vegetación y engalanados con las variadas flores que, si hoy abren su cáliz al amor del templado sol de primavera, es para probarnos que ellas también han ido degenerando como la humanidad.

Algunas humildes casas levantadas en esos cerros, casas que parecían haber brotado de la tierra junto con los árboles que las sombreaban, eran entonces verdaderas moradas de campaña. Colocadas en medio de ese extenso jardín silvestre, como era el campo en la estación florida, sus moradores aspiraban un aire purificado por el mas saludable de los ambientes, cual es el que emana de las benéficas yerbas y plantas que producen nuestras tierras.

Penetrar en una de esas casas, contemplar cuanto objeto encerraban, conocer las costumbres o género de vida de sus habitantes, todo, todo equivale a encontrarse con la felicidad.

Empero, vamos a entrar con el lector en una de ellas, y veremos como la desgracia también allí buscaba asilo, así como supo encontrarlo en el Paraíso mismo.

Si no por novedad o interés, al menos por lo frio de un viento casi glacial que sopla en una noche del mes de Agosto, noche clara-oscura (y permítaseme la expresión) pues que una medialuna no disipa del todo las sombras de la noche; por nuestra conveniencia, pues, introduzcámonos, aunque sea de rondón, en una casa situada sobre uno de los cerros que por el Oeste encierran la población de Valparaíso, posición prominente de donde se podía, a muy corta distancia, dominar todo el puerto con su agrupamiento de edificios y la bahía con sus esparcidas naves, yendo la vista a perderse, cuando no entre la Cordillera de los Andes, allá en el espacio en que se dilata el majestuoso océano.

Al poner el pie en el umbral, ya podrá inferir el lector que las ocho han dado, no porque en tan pobre casa hubiese reloj ni cosa parecida, sino porque la familia reunida reza con la mayor veneración bajo la penetrante y escudriñadora mirada de sus padres.

Todo el ajuar de la casa consiste en unas cuantas silletas de madera, otras tantas de madera con paja, y hasta una de madera, cuero y paja: aquellas pintadas, éstas teñidas, y la última, de macizos brazos, muy dibujada y claveteada con algunos tachones amarillos. Entre estos muebles sobresale por su venerable actitud un viejo escaño de seis patas y tres brazos, del cual colgaban las guedejas de dos grandes y motudos cueros de carneros parduzcos.

Sobre una mesita, estampados en lienzo unos, y en papel otros, veíase una congregación de santos presididos por un Cristo de bulto, todos alumbrados muy de cerca por un escuálido velón de sebo. El grupo de la familia se hallaba postrado sobre una tarima de madera que estaba cubierta con una estera que no dio de sí para el resto de la pieza.

Terminado el rezo con "una salve para los que estuviesen en pecado mortal", los niños fueron desfilando en el orden de edad y retirándose al dormitorio, pero no sin tener antes lugar el correspondiente besa-manos, ceremonia en que el niño decía:

—La mano; padre.

—Dios te haga un santo, hijo —contestaba el padre, con las mejores intenciones de su alma, al sentir los inocentes labios en el dorso de la rígida mano que poco antes hiciera chasquear el látigo para sacudir el polvo a su querido hijo.

Luego, con el reposo de la familia, la casa quedó en el mayor silencio, siendo solo interrumpido de cuando en cuando por el cercano y casi aterrador balido de algún animal vacuno de los que estaban en el corral. Y ya es tiempo de que el lector sepa que aquella casa era una lechería, cuya fama había sido proverbial, no tanto por la buena calidad del artículo que se expendía, cuanto por ser su vendedora la mas linda, aguda y vivaracha de las lecheras.

 

II

Ahora que están solos los jefes de la casa, marido y mujer, porque los niños duermen ya el sueño de la inocencia, convendrá que les conozcamos mejor. El hombre, joven aún, pues apenas tendrá unos treinta y cuatro años, manifiesta un malestar fácil de descubrir a primera vista. Unos ojos algo pequeños, pero tan negros como penetrantes, facciones nada toscas, pelo no muy negro, tez sonrosada, cuerpo ágil y de mediana estatura, lo hacían un hombre nada vulgar, de resolución y energía. A pesar de su semblante un poco severo, luego se simpatizaba con él, porque poseía un buen corazón y sus sentimientos eran de los más delicados. Vestía a lo campesino: holgada chaqueta de sayal, pantalón corto de la misma tela, media gris y zapatón algo bronco.

La mujer representaba idéntica edad a la de su marido. Un tanto corpulenta pero bien formada, semblante macilento, facciones algo rudas pero que revelaban la resignación y el sometimiento al trabajo, todo la hacía aparecer como la mujer llamada a cumplir con la misión de esposa y de madre a la vez. Su traje era tan sencillo y humilde como el de su marido.

Pasados algunos instantes en silencio y sin dirigirse ni una mirada siquiera el uno al otro, el hombre se levantó, y después de dar algunos paseos por la habitación:

—Rosa —dijo—, me he determinado al fin; mi partido está tomado.

—¡Cómo! ¿Siempre piensas en tomar una resolución? Pues bien: yo te aconsejaría, Pedro, que te resolvieses a vivir en paz, a olvidar a quien en nosotros no pensó ni pensará tal vez.

—No, eso es imposible: mi deber por una parte y mi desesperada situación por otra, me aconsejan lo contrario.

—Si, a mi ejemplo, te resignaras, no pensarías en abandonarnos para ir en pos de la ingratitud. Deberes, atenciones más sagradas te ligan a tus pequeños hijos.

—Tú cuidarás de ellos, Rosa, por mas que conozca la fuerza de tus razones, hay un poder que me arrastra... Sí, esta noche misma salgo a la de Dios, y si, Él mediante, encuentro a mi hija, estaré pronto de vuelta, pero no sin haber antes vengado...

—¡Cállate, desgraciado! —le interrumpió la mujer—. ¿Has perdido la razón para atreverte a ofender así a nuestro Dios? Con tales proyectos no pienses, no, en salir, ni menos volver con felicidad al lado de tu familia. Y luego, ¿quién te guiará, a dónde dirigirás tus pasos con algún acierto, siquiera con remotas esperanzas?

—Cierto que son muy vagas cuantas noticias he adquirido: mas la justicia de mi demanda, el instinto de padre, mi sed de venganza... ¡Ah! ¡Seis meses sin saber de ella! ¡Seis siglos de deshonra, de tormentos para mí! La encontraré, no lo dudes, Rosa, la encontraré, aunque la hayan soterrado para sustraerla a mis pesquisas. Y entonces volveremos a ser felices teniéndola a nuestro lado, y ella nos acariciará como siempre, y sus hermanitos ya no llorarán por su ausencia, y a nuestra casa volverá la calma, y la felicidad... ¿No es verdad, Rosa?

Ésta, al parecer tan resignada a las palabras de su marido, recordando a su hija no pudo proseguir afectando serenidad: las lágrimas se desprendieron de sus ojos, sin poder ocultarlas a la vista de su esposo.

El buen Pedro sintió que el corazón se le oprimía, y conmovido en extremo, exclamó:

—¡Ah! ¡Tú que me aconsejas la conformidad, también desesperas! Pero no llores, Rosa, que, si un doble pesar te anonada en este momento al saber que estoy decidido a partir, consuélete la esperanza de tener aquí muy pronto reunida toda la familia. Un presentimiento me dice que he de ser el portador de nuestro más valioso tesoro... Empieza, pues, por arreglar lo necesario para mi viaje, mientras yo ensillo mi caballo... Mi hermano Domingo queda a cargo de todo el ganado; ya le he hablado sobre esto.

En seguida Pedro tiró a un lado la tranca con que estaba asegurada la puerta que daba al corral, y salió en busca de su caballo.

Rosa, entre tanto, con la vista empañada por las lágrimas empezó a hacer los aprestos del viaje. Por más entera que fuese su alma y bien dotados sus sentidos, no podía, sino con gran dificultad, hacer lo que deseaba. Su imaginación ora vagaba por un mundo desconocido para ella, y veía a su hija abandonada, sin recurso alguno, sin un pan que comer; ora se le presentaba su marido, dominado por la desesperación, amenazante, iracundo, dejándose caer sobre el raptor de su hija y vengando su deshonra. Y después de todo esto, ella también abandonada en el mundo, sin marido, sin su hija y hasta sin razón ni hogar...

Entró, por fin, Pedro preguntando si ya todo estaba listo, a lo que contestó su buena mujer precipitándose en sus brazos, deshecha en lágrimas, la actitud suplicante y recordándole que siete hijos quedaban esperando su pronto y feliz regreso.

Al llanto de Rosa despertaron algunos de sus hijos, que se precipitaron al centro de la casa, colgándose de los vestidos de su madre con sollozos y gemidos, como bajo la impresión de una pesadilla. ¡Era la primera vez que se les alejaba su padre!

Pedro, casi fuera de sí, abrazó a su esposa, besó y acarició a sus hijos; luego, como un atolondrado, cogió sus botas de campo, un par de alforjas apertrechadas, descolgó sus espuelas y salió casi corriendo a tomar el aire que parecía faltarle.

Toda la familia le siguió; pero él, no bien logró ataviarse, saltó sobre su caballo pronunciando con dificultad estas palabras:

—¡Adiós, Rosa...! ¡Mis hijos, sobre todo...! ¡mis hijos...!

Rosa entró con sus niños en la casa, y haciéndolos arrodillarse:

—Pidamos a Dios —dijo—, que no lo abandone.

 

III

El mes de Febrero de 1818 se presentaba como uno de los más fecundos en acontecimientos: los desastres y calamidades de que diariamente se tenían noticias, provenientes ya de los encuentros de las fuerzas patriotas con las del rey, ya de partidas de guerrilleros que en sus correrías hacían prodigios, no tanto de valor como de barbarie, siendo el terror de las gentes pacíficas y abandonadas en los campos del Sur; los hechos de Pincheira, que la misma fama de la guerra pregonaba con espanto; los grandes aprestos que se hacían para decidir en un próximo encuentro la causa de vida o muerte para el país. Todo esto y más aún llenaba de consternación a las familias, quienes, si no temían por la vida, de uno de sus miembros o de un amigo, comprometida en la guerra, al menos corrían peligro sus intereses y sus convicciones el riesgo de sufrir un doloroso desengaño. No había persona, por insignificante que fuese su posición social, que pudiese decir como en nuestras contiendas fratricidas de hoy día: «Yo soy neutral: nada espero ni temo de uno ni de otro bando; lo que siento es el derramamiento de sangre, la ruina del país».

¡Ah! ¿Y en esos tiempos no se apreciaban las vidas, no se lamentaba la ruina del país? ¡Era que entonces había patriotismo y se peleaba por la independencia, por la libertad! ¡Se peleaba por lo que había de darnos patria, prosperidad y civilización!

Empero, volvamos a nuestro principal objeto: todos, pues, hacían esfuerzos por aniquilar al enemigo común; todos tenían por lo menos algo que evitar a sus hostilidades.

Un joven patriota, como de 20 años, hermoso y de noble continente, hijo de un viejo hacendado del Sur, era uno de los que tenían tesoros que ocultar. Sabedor de que algunas partidas enemigas recorrían los campos vecinos y no tardarían quizás en caer por allí, tomó el partido de llevarse a la prenda de su alma, a su querida Aurora, lo mas distante posible de las casas de la hacienda, donde hasta entonces la tenia guardada.

Una noche montó en su caballo, se la echó a la grupa con el niño que llevaba en sus brazos, y picó al animal con dirección al bosque.

La noche era oscura, pero no tanto que hubiera impedido examinar de cerca la hermosa pareja que iba sobre un manso y bonito animal.

Si no hubiese sido por los tres años en que la edad del joven aventajaba a la de su linda compañera, cualquiera no hubiera considerado muy aventurado el tomarlos por hermanos gemelos.

Habremos hecho la descripción de ambos personajes diciendo que Aurora era tan preciosa como su nombre, y su compañero el mas digno de ella.

La criatura que Aurora llevaba en sus brazos no tendría aún dos meses, según podía deducirse del débil llanto que a las veces se sentía.

Al llegar a una honda quebrada que era preciso atravesar por un estrecho sendero, por muy diestra que fuese Aurora para tenerse en el caballo, suplicó a su querido que la bajase de él para atravesar a pie todo el trecho peligroso.

—No, Aurora, confía en el buen animal que nos lleva: toma bien no más el niño y sujétate de mi cintura.

—Pero ¿no ves, Florencio, que el camino es pésimo y el menor resbalón...?

—No tengas cuidado: el caballo tiene medido palmo a palmo este mal paso.

Efectivamente; el animal parecía dotado de una inteligencia casi racional: de trecho en trecho se paraba un instante y bajaba la cabeza como para cerciorarse del terreno en que iba a sentar sus cascos.

Sin ningún contratiempo bajaron hasta el fondo de la quebrada; pero allí la criatura empezó a llorar mucho, por lo que Florencio creyó prudente apearse por un momento. El niño calló luego que su madre le dio el alimento y el abrigo de su propio seno. Entre tanto, Florencio se sentó al lado de Aurora, y con voz algo concentrada exclamó:

—¡Hoy, hace un año justamente que te poseo, querida mía, y aún no puedo volverte la calma que te robé...! ¡Bien sabe Dios que de mi voluntad no depende!

—¡Qué haremos, Florencio, si un fatal destino contraría tus deseos! Tú me has arrebatado, es verdad, la calma de que antes gozaba; pero no es eso lo que siento: el golpe dado a mis padres, la tortura en que les tendré, la incertidumbre en que vivirán respecto de mi suerte... ¡Esto es, Florencio, lo que amarga mi existencia, lo que me abate sin cesar!

—¡Y nadie sería el autor de tus desgracias, alma mía, sino quien te ha precipitado en este laberinto que llamamos mundo! Pero, ¿no participo yo también de tus inquietudes? ¿No sufro, y quizás con mas dolor que tú, los efectos de nuestro amor? Por desgracia, poco confiáis, Aurora, en la esperanza que me da aliento y que aún calma mi desesperación...

—¡Siempre es una esperanza lo que se ofrece al desgraciado como el iris precursor de la felicidad, cuando no pasa de ser un fantasma que toma mas o menos dimensiones según son los pensamientos que asaltan nuestra imaginación!

—Entonces, ¿desconfiáis completamente de la dicha que nos espera?

La joven no contestó.

—Créeme, Aurora, prosiguió Florencio; mi padre ha salido hoy para la capital, confiándome el cuidado de la hacienda a mí solo como el único hijo que posee. Él espera únicamente que el país se tranquilice para emprender un viaje a Europa, y entonces podríamos unirnos para siempre, sin que se atreviese a persistir en su negativa a nuestro enlace. Tenemos un hijo, y este nuevo motivo influirá poderosamente en su voluntad. Además, hoy he tenido noticias de que el ejército del rey se ve amenazarlo de muerte por las armas patriotas: en pocos días mas estará terminada la guerra y afianzada para siempre nuestra libertad.

—¡Ah! Bien sabes, Florencio, cuán poco confío yo en esas acciones y reacciones que nos tienen en continua zozobra.

—Esta vez, por el contrario, yo veo que estamos en vísperas de entrar en esa vida tranquila que nos hará felices a nosotros, al país entero, a medio mundo, en fin. Dios mediante, espero con fe este resultado.

—¡Él lo quiera, Florencio! Sin embargo, corren rumores de que numerosas montoneras enemigas andan sembrando el terror, la muerte, la devastación por los campos, principalmente en las haciendas en donde suponen o saben que se arman algunos patriotas para defender sus derechos, sus propiedades, sus vidas...

A estas últimas palabras, Florencio fijó la vista en Aurora, porque notó que las recalcaba demasiado, lo cual le hizo sospechar que habría llegado a su noticia los preparativos que se hacían en la hacienda para el caso de ser sorprendidos por algunas fuerzas enemigas.

—Eso no te inquiete, Aurora mía —le dijo Florencio afectando preocuparse muy poco de lo que la joven le decía—. Son cuatro desesperados los que han emprendido esas correrías; pero nosotros les haremos lo que se llama guerra de recursos, y a fe que si ellos llegan por nuestra hacienda...

—Es lo que temo, Florencio; se dice que esos montoneros son unos desalmados que no saben lo que es compasión ni misericordia.

—¡Guerrilleros y nada mas! Con sus escaramuzas asustan a nuestros pobres campesinos, y entonces hacen de las suyas; pero que se acerquen por aquí, y ya verán como nuestros huasos, a palo y lazo, los tratarán como a perros.

Aurora parecía gozarse en contemplar a su querido mientras se expresaba dando tan poca importancia a sucesos que le habían referido a ella de bien distinto modo.

—Que no te preocupe temor alguno, alma mía, le dijo Florencio; cuida de nuestro hijo, que lo demás irá bien.

Al recuerdo que hizo del niño, advirtió Aurora que se había quedado dormido, y dijo:

—¿Seguimos adelante?

Florencio se levantó, y después de colocar a Aurora en el anca del caballo, montó él sin que tan bien enseñado animal ni siquiera se moviese.

 

IV

La subida fue menos trabajosa.

Continuó la marcha con toda felicidad hasta llegar al pie de elevadísimas montañas, cuya majestad apenas permitía ver como un átomo el rancho que parecían buscar los viajeros y que estaba casi perdido en la espesura del bosque.

—Hemos llegado —observó Florencio—. Como ves, Aurora, este lugarcito ofrece por su posición un seguro asilo contra todo lo que pudiera serte incómodo. En él no vive mas que el vaquero, su mujer y los dos o tres hijos que tienen. Creo que aquí no encontrarás malo, sino la soledad.

—Eso no importa, ya estoy acostumbrada con ella; lo que sentiré mucho será tu ausencia.

—Vendré diariamente a verte, dueño mío, y así no extrañaremos el cambio.

El caballo se había detenido a una puerta cuyas varas le estorbaban el paso. Varios perros, saliendo de sus escondites, se precipitaron ladrando sobre el bulto que habían visto; pero luego parece que algo les dijo al olfato que la gente era de casa, y concluyeron por callar y menear la cola.

La puerta del rancho fue abierta, apareciendo un hombre con una luz en la mano. Al llegar éste a las varas:

—¿Nos esperabas, Juan? —le preguntó Florencio.

—Sí, señor —contestó el vaquero—, desde temprano.

—Bien, recibe a Aurora, y muéstrale en seguida tus pobrezas.

—Todas le pertenecen, señor, y siento que nada valgan; pero el cariño lo suplirá todo.

—Gracias, amigo —dijo Aurora—, yo también soy una pobre.

—Juan es un buen muchacho, Aurora; hombre de bien, trabajador, y como tal el mas querido de mi padre; sujeto a quien yo también he distinguido de los demás inquilinos, y que ahora mismo doy de ello una prueba confiándole las prendas de más valor que poseo en el mundo.

—¡De ellas, señor, responderé con mi vida!

—Gracias, Juan, gracias.

Todos se dirigieron en seguida al rancho, en donde se operó una completa revolución: los niños se metían en las petacas, la mujer daba vueltas sin saber qué hacer; y todo porque el rico había llegado a la casa.

Así que las cosas volvieron a su estado normal, no se cansó Florencio de recomendar a su amante Aurora con su hijo.

Florencio se despidió de una manera harto original, y para hacerlo así él tenia sus razones. Aurora lloró, le abrazó, le presentaba repetidas veces a su hijito; y para ello también Aurora tenia sus razones.

Juan acompañó a su patrón hasta muy distante de su rancho.

—Señor —le decía por el camino—, ¿viene usted mañana?

—Tal vez, pero es preciso que tú vayas bien temprano para entregarte varias cosas que harán falta a Aurora. Tengo que hacerte también varios encargos, pues quiero preverlo todo. Tú sabrás que las guerrillas salidas de Chillán han pasado ya el Itata, y es preciso estar alerta. ¡Quién sabe, Juan, lo que puede suceder!

—¿Y hay armas en la casa, señor?

—Muy buenas, y creo que mi gente sabrá aprovecharse de ellas... No dejes, pues, de ir mañana. Pero de esto no digas nada a Aurora. Buena noche, pues, Juan.

—Dios le acompañe, señor.

 

V

Estando para entrar en acción los dos ejércitos que debían dar por resultado el triunfo de las armas patriotas en los campos de Maipú, cuatro guerrillas, organizadas en Chillán por los defensores de la causa del rey Fernando VII, salían para el Norte al mando respectivo de sus jefes Ibáñez, Zapata, Pincheira y el vizcaíno don Francisco de Mendoza, este último comandante en jefe de los cuatro pelotones de guerrilleros.

Estas fuerzas se componían de españoles, algunos hijos del país amantes de la monarquía, y también de gentes que tomaban las armas porque encontraban ocasión para ello, sin poder darse cuenta de la causa que defendían, ni menos si buena o mala era la que iban a combatir.

En su tránsito por los campos habían dejado bien trazadas sus huellas.

Los maulinos, patriotas decididos, al saber que esas montoneras debían sorprenderlos, mudaron como por encanto su población a la margen opuesta del rio Maule. Hasta la única campana que había en el pueblo se la llevaron consigo; pero no calcularon los infelices que sin armas ni recurso alguno con que defenderse, serían estériles todos sus esfuerzos de resistencia.

Así fue que, cuando menos se lo imaginaban, una montonera les cayó encima, y después de una hora de disparos recíprocos de fusilería desde una margen a otra del rio, el triunfo quedó por el rey. Allí se pudieron tomar algunas embarcaciones, y atravesando el rio se hicieron varios prisioneros. Maule era, pues, ganado por los fieles sostenedores de la monarquía.

Entre tanto, Pincheira hacia de las suyas por otra parte: llegaba a los poblados y preguntaba si no habían visto pasar por allí a esos picaros godos.

—Sí —le contestaban—, no hace mucho atravesó por aquí una montonera haciendo fechorías.

—¡Ah, bribones! ¿No tienen ustedes caballos y armas para que los sigamos?

—Cómo no —decían los pobres huasos, y salían de sus casas armados y en disposición de perseguir a los godos.

A poco andar, Pincheira los ponía a la vanguardia de su gente y los hacía fusilar traidora y cobardemente por la espalda.

Sigamos, pues, los pasos de esas célebres guerrillas, que ya han atravesado los ríos Itata, Maule y Mataquito. Avanzan para el Norte y preparan un golpe a una hacienda que estaba como a una legua solamente del último de estos ríos.

Probable es que el lector haya inferido que el punto objeto del asalto premeditado por la guerrilla, no es otro que la misma hacienda en que Florencio preparaba su gente para el caso de un ataque de los montoneros.

Justamente al inmediato día de haber llevado a Aurora a casa del vaquero Juan, cuatrocientos y tantos guerrilleros invadieron las casas de la hacienda cuando el día aun no aclaraba bien y estando los inquilinos completamente desprevenidos. Estos desgraciados no tuvieron tiempo ni para echar mano a sus armas: la dispersión, la fuga fue el único partido que pudieron tomar; empero los despiertos defensores del rey Fernando rodearon en un momento los potreros de la hacienda y con sus tiros hicieron replegarse a las casas la mayor parte de los que huían.

Dueños del campo y bien asegurados los insurgentes, de los cuales muy pocos pudieron escaparse, debía formarse un consejo para juzgarlos. De veinte y tantos prisioneros, siete fueron condenados a muerte, ejecución que debía tener lugar al siguiente día.

Florencio fue también cogido, y considerado como jefe o cabecilla, se le sentenció a sufrir la pena capital como a los más comprometidos de sus subordinados. Un cuarto le fue designado para que le sirviese de calabozo, en donde debía pasar las horas de capilla encomendando su alma a Dios sin más socorro ni consuelo espiritual que el que pudiera encontrar en su conciencia.

Al verse solo, prisionero y reo de muerte, su primer pensamiento fue consagrado a Aurora y su tierno hijo. ¡No haber podido siquiera dejar su nombre como herencia legítima a tan desgraciadas criaturas! ¡Sorprenderle la fatalidad precisamente en el momento mismo en que pensaba asegurar la suerte de sus más caras afecciones, y para lo que solo esperaba al vaquero Juan! ¿Qué sería de este? ¡Si también le cogerían al presentarse en la hacienda sin saber lo ocurrido...! ¡Qué golpe no se daría a Aurora al noticiarle de su prisión, de su fin! ¡Si podría, tierno y amante corazón, resistir a la pérdida de su primer amor! ¿Qué suerte correrían en el mundo ella y su hijo?

Estas y otras reflexiones preocuparon su imaginación por largos momentos. Encerrado y sin que la más tenue luz penetrara en su calabozo, se le presentaba bastante sombría y tétrica su situación. Ignoraba completamente la suerte que cabría a sus inquilinos; pero de tiempo en tiempo los agudos gritos y lamentos de alguna madre o esposa que penetraban hasta su estrecha prisión, iban a orientarle un tanto del giro fatal que tomaba la causa de su pobre gente.

Esto, que hubiera podido conformar a un alma egoísta, ponía en la más desesperante situación al noble y buen Florencio; pues él se consideraba el autor de todas las desgracias que pudieran sobrevenir a sus pobres huasos, esas almas tan sencillas y grandes, como humildes y sumisas aparecían en su exterior.

—¡He aquí el abismo a que he arrastrado a esos infelices! —se decía—. ¿Qué les importaba a ellos ni a mí la independencia ni la libertad? ¿Quedará siquiera algún recuerdo de esas víctimas que van a ser sacrificadas por el despotismo? ¿Serán inscritos sus nombres en las sagradas páginas de los mártires de la patria?¡Ah, Dios mío! ¡Solo vos, justo apreciador de nuestros actos, podréis darnos la resignación que necesitamos para morir con espíritu tranquilo, con el pensamiento elevado hacia vos! ¡No nos abandonareis, no, cuando hemos cumplido con el más santo de los deberes de un ciudadano! ¡Venga, pues, la muerte, que, con valor, con entusiasmo la espero...!

Y como un idiota en todo el acceso de su demencia, empezó a dar fuertes y repetidos golpes en la puerta de su calabozo. Ésta fue abierta, y presentándose un realista armado:

—¿Qué quiere? ¿Qué tiene usted? —le preguntó.

Al fijarse Florencio en el individuo que le interrogaba, no pudo menos que asombrarse de su aspecto, pero sin poder darse cuenta del motivo.

—Me parece usted un buen hombre, y desearía me hiciese el servicio de llamar a sus jefes.

—No hay inconveniente, joven.

El realista, después de encomendar a otro de sus compañeros el cuidado del prisionero por un momento, fue él mismo en solicitud de lo que deseaba el reo.

No tardó en volver con los jefes.

—¿Qué se os ofrece? —preguntó el que parecía el superior de todos.

—Señores, aunque he considerado como proverbial la hidalguía de los realistas, quiero de ello tener ahora una prueba: perdonad a esos inocentes que tenéis condenados quizás a morir; no tienen más culpa que el haber obedecido como buenos servidores al patrón que les da el pan. Aquí me tenéis: yo soy el único culpable; disponed de mí... ¡Dejadme morir siquiera con la conciencia tranquila!...

—Sentimos no poder satisfaceros: ya estáis todos juzgados como rebeldes, y aquí no hay apelación... ¡Centinela! ¡Cerrad esa puerta, y cuidado con el prisionero!

 

VI

¿Qué era del vaquero Juan?

En cumplimiento a la orden de Florencio, con noche aún montaba en su caballo y se dirigía a las casas de la hacienda. No le faltarían tres cuadras para llegar a ellas, cuando sintió algunos tiros que le hicieron detener el caballo como por un golpe eléctrico. Fijó luego la vista en el lugar de donde habían salido, y no tardó en ver la dispersión de gente y el rodeo que practicaban los realistas. Dudando del confuso laberinto que se presentaba a sus ojos, resolvió detenerse por algunos momentos para poder cerciorarse del desenlace que tuviera aquella escena.

Le bastaron algunos segundos para conocer la realidad: un fugitivo, caballero en pelo, parecía tomar la dirección en que él se hallaba. Juan no esperó otra prueba que pudiese costarle cara, y tornando la rienda a su caballo, le clavó las espuelas para volverse a todo escape.

En un momento se puso Juan en su rancho. Al verle tan pronto de regreso su mujer, que ya estaba en pie con todos sus hijos, no pudo menos que preguntarle por la causa de su pronta vuelta; a lo que el vaquero solo contestó llevando el dedo a la boca en señal de que convenía guardar silencio.

Aurora, que no había dormido en toda la noche a causa de los fatales presentimientos que la agitaban, sintió la llegada de Juan y notó el silencio que sucedió a la pregunta de su mujer. Saltó de su humilde lecho y, apenas vestida, salió fuera del rancho. En el mismo instante llegaba a todo galope el jinete que había dejado atrás el vaquero. Los recelos de Aurora fueron confirmados.

—¿Qué sucede, Dios mío? —exclamó.

—Una gran desgracia, señorita —gritó el recién llegado—, ¡la hacienda está llena de montoneros! No sé cómo me he escapado.

A las primeras palabras, Aurora lanzó un grito, Juan dio algunos pasos con el objeto de interceptar la noticia y su mujer se quedó como petrificada.

—¡Ah! ¡Bien me lo decían, y mi corazón lo confirmaba! —exclamó Aurora—. ¡Juan, dame un caballo, por Dios, un caballo para ir a las casas! ¡Quiero salvar a Florencio, aunque me cueste la vida!

—Pero, señorita, ¡eso es imposible! El patrón no tardará tal vez en llegar, y una vez entre nosotros, estará seguro, porque es difícil, para uno que no sea vaqueano, elegir con acierto el camino que, entre otros muchos, parte del llano para penetrar en este espeso bosque.

—Si no me das caballo, me marcharé a pie. ¡No hay tiempo que perder!

—¿Y el niño, señorita Aurora? —observó la mujer del vaquero.

—¿El niño?... ¡Es verdad...! Pero no, le llevaré conmigo, y estoy cierta de que su presencia influirá en los sentimientos de los enemigos.

—Esto no lo consentiré yo —dijo Juan—. Respondo de usted, no solo a mi patrón, sino que ante Dios tendría que dar cuenta de mi descuido o debilidad. Señorita, yo no la dejo partir de mi rancho.

—¡Insensato! ¿Y Florencio? ¿Crees que tenga valor para dejarle en manos de sus verdugos?

—En ese caso, yo seré quien vaya a las casas; y aunque peligre mi existencia, por lo menos me acercaré lo posible para saber algo de la suerte que haya cabido a mi buen patrón.

—También yo me hallo en el deber de dar hasta mi vida, si necesario fuese, por el caballero Florencio —dijo con emoción el que había llegado poco después del vaquero. Yo te acompaño, Juan, y sabremos de nuestro patrón a pesar de todo. Mudemos caballos y... confíe en Dios, señorita —añadió dirigiéndose a la desesperada joven.

—¿Acepta este partido? —preguntó Juan a Aurora.

—Sí, pero bajo la condición de tomar mis medidas en caso de que no estéis de vuelta en tres horas mas con buenas o malas noticias de Florencio.

—Convenido —dijo Juan.

En un instante fueron ensillados los caballos y partieron los dos inquilinos, quedando Aurora y la pobre mujer del vaquero en la mas azarosa situación, llorando ambas a dos y consolándose recíprocamente.

—No parece, sino que alguna maldición viniese pesando sobre mí desde algún tiempo a esta parte, decía Aurora. No podría yo, Josefa, sobrellevar estos contratiempos, si mi amor a Florencio y a esta infeliz criatura no me dieran el valor necesario. Solo anhelo la vida por ser útil a ellos, para consagrarles mi atención, mi cariño, ¡mi amor todo!

—Bien hace usted, señorita Aurora —decía Josefa—, porque esa es una gran virtud que Dios le premiará algún día. No pierda la fe, y ya verá como Él, que todo lo puede, no se hará sordo a sus clamores... Pero, ¡qué le daría a Juan! ¡Irse así no mas a meter a las casas! Es tan bárbaro ese hombre, señorita Aurora, que tal vez va a introducirse con el otro allá entre esos realistas que son capaces de comerse vivos, no digo a ellos... Y entonces, ¿qué haría yo, señorita, con esta parvada de niños? ¿Dónde encontraría un rincón en que meterme con ellos?

—Pierde cuidado, Josefa, que yo tengo familia y estoy segura de que mis padres no me han olvidado aún. Si Dios nos abandonase en estos lugares, saldríamos a pedirles a ellos un asilo, que demasiado buenos son para que pudieran negárnoslo.

—¿Y por qué dejó a sus padres, señorita Aurora?

—¡Ay, Josefa! Mi historia es bien larga para que en la actual situación pudiera referírtela. No sé si la fatalidad o qué poder irresistible fue el que me arrancó del seno de mi familia; lo cierto es que mi vida perdió desde entonces esa dulce calma que solo sabemos apreciar cuando la hemos abandonado sin saber lo que ella vale.

Por algunos instantes no salió Aurora, ni la inculta Josefa, de ese círculo en que se encierran los desgraciados. El consuelo es Dios, esa fuente saludable al espíritu en que todos beben la esperanza.

No habrían trascurrido dos horas cuando se sintió en el rancho del vaquero el inmediato galope de caballos.

Al instante Aurora se alzó de su asiento; pero las piernas casi no podían resistirle; las fuerzas le faltaban. Una palidez, hermosa si no hubiese sido mortal, cubría su semblante; el corazón le palpitaba con violencia; todo su cuerpo temblaba.

Aurora no tuvo valor para interrogar a Juan; pero con su actitud, con la mirada más expresiva, fue a confundir al vaquero, que llegaba sin saber cómo dar la mala noticia de que era portador.

—Señorita Aurora...

—¡Habla, Juan! ¡No me mantengas en esta situación!

—Estamos mal, señorita... Todo debemos esperarlo solo de Dios.

—Dime cuanto sepas. ¿Qué es de Florencio? ¿Dónde está? ¿Vive o muere?

—Vive aún, señorita.

—¿Aún? ¿Qué quieres decir? ¿Acaso corre peligro su vida?

El vaquero no contestó: inclinó la cabeza, y gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos.

—Juan, ¡no me ocultes la verdad! ¡Quieres mentir, y tú mismo te descubres! ¡Ah, lloras en lugar de hablar! ¿Qué es lo que ocurre, Dios mío?

—Hemos sabido que... está sentenciado... ¡a muerte! —articuló apenas el pobre vaquero.

La última palabra produjo en Aurora un efecto terrible y fue a caer en los brazos de Josefa.

 

VII

Decretado estaba: siete insurgentes y su jefe debían ser pasados por las armas. La hora se aproximaba ya, y ni la más remota esperanza de salvación venia siquiera a alucinarles en sus últimos momentos. Amantes padres muchos de ellos, y todos buenos patriotas, morían con el corazón dividido, ¡mitad para sus hijos, mitad para la patria! Aunque rústicos por sus maneras y la ninguna educación que habían recibido, sus inspiraciones, sus palabras de dolor o de consuelo eran a veces sublimes, salían del alma de esos hombres con la misma virtud que el agua tiene para buscar su curso natural, la flor para esparcir su aroma, el sonido, la luz y el viento para cruzar el espacio: ¡emanación de la naturaleza! Todo ello, obra divina, el soplo de Dios.

Quien hubiese visto a aquellos infelices, habría sentido y llorado como ellos. No hacían vana ostentación de héroes, ni orgullo necio había en su humilde valor. Resignados esperaban la muerte, es verdad, pero con esa resignación santa del que espera el martirio sin que nada le desespere, que llora sin lamentos ni sollozos, que vierte lágrimas sin inmutarse por más que padezca el alma.

Temprano se les advirtió que debían prepararse a recibir la muerte.

—Como buenos cristianos, siempre listos la hemos esperado —contestó uno de ellos.

—Vais a morir por la patria —les observaba con cierta sorna el jefe realista.

—Y por la patria nos salvaremos —contestó otro de los prisioneros.

—¡Bien! Que siquiera esa esperanza os ayude a bien morir.

Diciendo estas palabras, el jefe de la guerrilla se retiró para ordenar se hiciesen los preparativos. Estos consistieron en designar los tiradores que debían gozar del privilegio de ultimar a los insurgentes.

En seguida, preparadas las ligaduras, las carabinas cargadas, los reos salieron escoltados por sus enemigos.

La operación era muy sencilla para los realistas. A poca distancia de las casas había una gran vara que servía como atadero de bestias. Pues bien: allí mismo fueron amarrados de las manos los siete patriotas. Sostenidos por sus propios pies, la vista descubierta, el corazón puesto en Dios, alentándose unos a otros, recibieron una descarga cuyos ecos fueron a herir a más de un corazón.

El humo envolvió a los reos. Horribles y extraños gritos sucedieron a la descarga.

Aclarada un tanto la escena, se vio a esos desgraciados, los unos descansando ya, los otros luchando aun con la muerte. Algunos se habían desprendido de la vara, y despavoridos corrían sin saber a dónde: luego les alcanzaba una bala, y entonces, o caían redondamente, o dando alaridos se detenían, vacilaban, hasta que iban a revolcarse en su propia sangre. Hubo hombre, y cosa extraña, que dejó atadas en la vara sus dos manos y echó a correr hasta que algunos tiros le detuvieron en su insensata fuga.

Tal fue el fin de esos pobres campesinos: murieron a manos de encarnizados e implacables enemigos. ¡El martirio fue cruel, atroz!

Empero aún padece un patriota, todavía pena en el mundo otra víctima: ¡Florencio!

Los cortos momentos trascurridos desde que fue encerrado en su prisión, eran para él siglos durante los cuales se habían desenvuelto acontecimientos los más extraordinarios, en que había visto trastornarse un mundo que antes viera risueño y encantador. ¿Acaso seria un sueño todo aquello, su razón la trastornada?

—No, ¡no! —exclamaba de repente—. ¡Todo es realidad! ¡Estoy perdido para mi Aurora, para mi hijo, para mi buen padre! ¡Y no sabré lo que es libertad, ni alcanzaré a ver independiente a mi patria!

En ese momento sentía en el patio un extraño movimiento: eran los pasos de los reos cuando sus custodias los conducían a la vara.

—¡Centinela! —gritó Florencio por la cerradura de la puerta.

—¿Qué hay? —contestó el guardia.

—Dígame, por favor, ¿qué contiene ese ruido?

—¿Le interesa?

—Sí.

—Son sus gentes que marchan... ¡para la eternidad!

Florencio se estremeció. Luego, la rodilla en tierra, cruzados sus brazos, inclinada la cabeza, oprimido el corazón, empezó a rezar por el descanso de aquellas almas.

Al estruendo causado por la descarga, Florencio apretó los ojos, como queriendo sustraer su vista a un espectáculo que tuviera por delante; los dientes le crujieron; sus miembros experimentaron una fuerte contracción, como si sobre ellos hubiese ido a caer el filo de una cuchilla.

 

VIII

Rechinó la cerradura de la puerta, y entonces Florencio volvió en sí. Un realista, el mismo cuyo aspecto le sorprendiera poco antes, entró esta vez a su prisión.

—Caballero —le dijo—, usted me sigue.

—¿A dónde? —preguntó Florencio dando dos pasos hacia atrás.

—Luego lo sabrá usted; venga conmigo.

—Pero debo hacer algunos preparativos... Tengo un hijo, una mujer, y no me obligarán a dejarlos abandonados en el mundo. También poseo un padre, cuyos intereses represento...

—Eso no impide, joven, que yo cumpla con mi deber. Sus deseos se cumplirán, no lo dude.

—¡Ah! ¡Bien sé que me engañan! Van a matarme como acostumbran; ¡quieren degollarme como a bestia feroz!

—Usted se engaña, señor...

—Permítame siquiera encomendar mi alma a Dios... ¡que rece un acto de contrición!

Diciendo esto, Florencio se arrodilló y dirigiendo su vista al cielo, comenzó a rezar.

El realista no pudo menos que quitarse el sombrero, y aún se hubiera arrodillado también a no haber temido las importunas miradas de sus compañeros. A tal extremo llegó la ternura del realista, que algunas lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.

—Vamos, señor, yo no puedo permitir que se prolongue por mas tiempo esta situación... Palabra de honor, yo no le mataré, ni tendría valor para ello; mas aún: usted no morirá, se lo juro.

Sin atreverse a levantar, Florencio fijó su vista en aquel hombre de tan extraordinaria conducta en esos tiempos de crueldades y exterminios.

—Vamos, pues, señor, y confíe usted en mí.

Al decir esto, el buen realista se adelantó hacia el prisionero, y alargándole la mano:

—Levántese usted —le dijo—; yo le acompaño, no le conduzco.

Florencio, tomándose del brazo del realista, salió de su calabozo. Aunque marchaba con paso firme y su aspecto manifestaba una gran resolución, no pudo menos que temblar y aún perder mucha de su entereza de ánimo al presentársele un sangriento y sombrío cuadro, tanto mas horroroso para él, cuanto que algunas de las víctimas eran hombres cuyos brazos se habían estrechado en su infancia.

El realista notó la fuerte impresión del joven, y para darle una explicación:

—Esto sí que no he podido evitárselo —dijo. He conseguido su perdón, pero a condición de hacerle pasar por este duro trance.

—¡Mi perdón! —exclamó Florencio.

—Sí, luego estará usted libre, pero no sin presenciar antes lo que la patria promete a sus hijos.

Entre tanto habían llegado al lugar mismo en que estaban los cadáveres de los recién fusilados.

A Florencio se le escapaban de sus ojos dos corrientes de lágrimas, por decir así; y su alma entraba en mayor tortura a medida que iba reconociendo a sus desgraciados inquilinos, los unos con las manos atadas aún y colgando de la vara, los otros tirados a poca distancia y en las mas tristes posiciones.

En vano Florencio pretendía apartar la vista de tan sombría escena; para eso hubiera sido preciso salir de aquel recinto; y con todo, la hubiera llevado siempre grabada en su memoria.

—Repito a usted, pues, lo que se me ha mandado —decía el realista—. Desengáñese usted, joven inexperto; estos son los resultados de una mala causa, los frutos que se recogen en el extravío; a esto se reduce lo que brinda la patria.

Y le señalaba los cadáveres de los patriotas.

—¡Basta ya! —exclamó por fin Florencio—. Prefiero que me conduzcan de una vez al suplicio, antes que pasar por este martirio humillante... Estoy dispuesto: concluyamos.

—Calma, joven, calma. Yo, a mi pesar, no hago mas que cumplir con las condiciones bajo las cuales he conseguido su salvación. Algo había de costarle la libertad.

—¡Cómo! ¿Es una realidad mi salvación? ¿Y es a usted a quien la debo?

—¿Duda usted acaso? Venga conmigo y le daré la prueba...

El realista atrajo así a Florencio y se dirigió con él hacia los potreros de la hacienda.

Al salir al campo, Florencio no pudo retener un suspiro.

—¡Ah! ¡Ah! Parece que se respira con mas holgura —dijo el realista. Ahora yo envidio su suerte. Está usted libre... ¡mientras a mí me espera quizás la muerte a dos pasos de aquí! Sin embargo, algo bueno habré hecho en el mundo y Dios tendrá piedad de mí... Adiós, joven: disponga usted de su libertad.

Quiso marcharse el realista, pero viendo que Florencio se quedaba pasmado de admiración sin atreverse a dar un paso:

—Adiós, joven —repitió alargándole la mano.

—Adiós... —exclamó Florencio abriendo los brazos y estrechando en ellos al realista con la mayor efusión.

 

IX

Los guerrilleros hacían sus aprestos para dejar al día siguiente el teatro de sus proezas. Abandonarían la hacienda para volver a Talca, en donde más tarde habían de recibir la noticia del descalabro del ejército realista en los campos de Maipú; noticia funesta que había de obligarles a emprender la retirada al Sur con los fraccionados restos de las tropas vencidas, derrotadas y perseguidas no solo por las fuerzas enemigas, sitio por los paisanos, por las mujeres y hasta por los niños patriotas.

No bien entrada la noche, algunos de los realistas se hallaban reunidos en los corredores de las casas de la hacienda, refiriendo cada cual algún incidente o pormenor de los encuentros que con el enemigo o con gente inerme habían tenido.

—Pues en el Maule volví a nacer yo —decía uno—; figúrense ustedes que el granadero que hice prisionero me tuvo a la boca del cañón de su carabina, y no se atrevió a dispararme el arma.

—¿Y cómo fue eso? —preguntaron varios.

—Lo van a saber: viéndose el pobre muy acosado cuando pasamos el rio en su persecución, dirigió su caballo al monte; yo le seguí de cerca, pero al llegar a un lugarcito muy boscoso, se tiró caballo abajo y se me perdió en la espesura. Sin vacilar, también eché pie a tierra y empecé a buscarle; pero en vano. Cansado ya de husmear como un perdiguero, me vuelvo para retirarme, cuando veo a mi buen granadero con el arma preparada, apuntándome de mampuesto y a quemarropa.

—¡Cobarde! —exclamaron casi todos a la vez.

—¡Infeliz, digan ustedes! —observó en tono de reconvención cierto cabo que, algo melancólico al parecer, se hallaba a alguna distancia de sus compañeros, apoyado en uno de los pilares del corredor.

—Hombre semejante no merece ni compasión —dijo uno de los del grupo.

—Te equivocas, Bermudes —replicó el cabo—. Aprecia por un momento la situación de ese infeliz, ponte en su lugar, y en seguida contéstame. Si dudas aún del valor de ese hombre, pregunta a Palacios cómo murió cuando le fue confiado a sus manos.

—¡Cómo! ¿Era ese el granadero? —preguntó con asombro el guerrillero Palacios.

—El mismo, el prisionero del bosque.

—Pues les aseguro, amigos míos (y aquí tenemos testigos), que murió como pocos de los que caen en nuestras manos. Le conduje a un punto a propósito, y apenas me detuve, sin que se lo mandase ni dirigirme una sola palabra se hincó con la mayor serenidad; luego se santiguó, murmuró algo parecido a rezo, y, la vista baja, hecho una estatua, recibió el único hachazo que necesité darle para acabar con su vida. Y parece que supe matarle. ¡Creo que le partí hasta el alma!

Las carcajadas de los realistas fue una especie de aplauso a las palabras del valiente Palacios.

—No hay duda —continuó—, estos demonios de huasos son unos bárbaros. ¿Vieron ustedes a aquel que nos salió al camino y se presentó al comandante en demanda de justicia? ¡Por Cristo que aquello me horrorizó! Llevaba aquel hombre todas las tripas de fuera y sujetas solo con un pellón que él mismo quizá se había atado a la barriga. Cuando el comandante esquivó la vista, diciéndole se fuese en demanda de medicina y no de justicia... ¡cómo seria aquello! No sé como ese pobre se sostenía sobre el caballo.

—Luego caería —dijo uno.

—¿Y quién le despachurraría? —preguntó otro.

—¡Bah! alguno de nuestros filudos cortantes —agregó un tercero.

Entre tanto, un campesino que se había ido acercando poco a poco a los montoneros y llegado a entablar conversación con algunos de ellos, les preguntaba, como por mera curiosidad, cuál de los que allí se encontraban era el que tan milagrosamente había conseguido el perdón del rico.

—¿Y qué te va en ello? —le preguntó uno de los realistas.

—Es que...

—Ahí está, es el cabo Montero —le interrumpió otro señalándoselo con el dedo.

«Como me lo pintó el patrón; él es» dijo para sí el campesino.

—¿Qué hay? —preguntó el cabo aludido acercándose al desconocido.

—Nada, amigazo; es que deseaba conocerle por su buena acción.

Y aproximándosele cuanto pudo, por debajo de su largo poncho le pasó clandestinamente una carta, diciéndole en voz muy baja:

—Esto le puede ser muy útil, amigo.

El realista se guardó la carta al instante.

En seguida rodó la conversación sobre asuntos insignificantes para los realistas.

El cabo Montero, el salvador de Florencio, comprendió al momento que la carta procedía del joven a quien no ha mucho había arrancado de las garras de la muerte.

Pocos momentos después se ausentaba el campesino, quien, ya lo supondrá el lector, no era otro que el vaquero Juan.

Una hora más tarde, toda aquella gente dormía bajo la alerta custodia de los centinelas que se habían distribuido por todas las avenidas. Sin embargo, hay uno que no puede entregarse al reposo: el cabo Montero. Los acontecimientos del día con todos sus horrores los tenía tan presentes, que en vano hacía esfuerzos por repelerlos de su imaginación. Pero ¿era esto solamente lo que le impedía conciliar el sueño? ¡No! Entre otros pensamientos que venían preocupándole desde tiempo atrás, prevalecía el de buscar un medio de abandonar aquel puñado de hombres cuya conducta no podía conformarle, ni menos imitarla con crueles acciones como las que había visto en ellos.

Se acercaba ya el nuevo día sin que al buen cabo le abandonase el insomnio, cuando sintió pasos y luego percibió un bulto que se dirigía a donde él estaba. ¿Qué buscaba esa sombra con sus pasos lentos y misteriosos? ¿Por qué se levantaba cuando todos dormían? Una funesta idea asaltó luego la mente del cabo: aquel bribón había visto sin duda la carta que le entregaran, y creyéndola de suma importancia, como era muy probable, trataba de hurtársela a toda costa. En efecto; luego vio que el bulto se inclinó, y con la mayor suavidad empezó a palparle los bolsillos.

«¡Te engañas, miserable!» dijo para sí el cabo. «Solo a costa de mi vida me despojarás de esta reliquia!»

Faltándole ya la paciencia para sufrir el prolijo registro que hacia de su cuerpo:

—¡Eh! —gritó, haciendo saltar al realista explorador—. ¿Quién anda aquí?

—Soy yo... Vamos, camarada, parece que ya es hora de partir. ¡Alza, que el día viene...!

Y diciendo esto el realista se retiró, dejando más tranquilo al cabo, quien no pudo dejar de exclamar:

—¡Bandidos! Pierdan cuidado, que ya les dejaré sin la tentación.

El cabo Montero había tomado una resolución.

Como se había ordenado, muy de madrugada estaban los caballos ensillados, y después de proporcionarse en la hacienda los recursos posibles, con ese derecho que creían les otorgaba la guerra, partieron con dirección al Sur.

Lo que hicieron en su tránsito hasta llegar a Talca, ¡eso sábelo solamente Dios!

 

X

Tomemos ahora nosotros el confuso sendero que del llano conducía al rancho del vaquero Juan.

El día es hermoso: un viento fresco templa un tanto los abrasadores rayos del sol de Febrero. Empero el campo presenta un aspecto melancólico, ¡quizás porque el ánimo está para verlo todo triste! No se siente otro ruido que el causado por el viento al penetrar en la fragosa montaña. Los animales mismos parecen resentirse de los recientes sucesos: aquí está el uno rumiando bajo la sombra de un copudo árbol, y allá el otro, echado al raso, sin dar mas señales de vida que cuando torna su deforme cabeza para mirar del lado que siente ruido. Verdad que es ya medio día, hora en que el bruto, harto de sustento, busca la sombra, anhela el descanso.

Allá en el de por sí triste rancho de Juan no ha podido entrar la alegría ni con la libertad del amo. Pero no era posible: al llegar Florencio, que no hacía mucho salía de los brazos del realista, se había arrojado en los de su amada Aurora exclamando:

—Aquí me tienes, libre, es verdad, ¡pero destrozada el alma! Ayúdame, Aurora, a llorar por esos infelices...

Y ambos, nobles y excelentes corazones, no habían podido serenarse por largo tiempo.

No es, pues, extraño les encontremos haciendo duelo por las pobres víctimas.

Sin embargo, ávida Aurora por conocer los incidentes a que Florencio debía su salvación, le interrogaba a cada momento para que se los refiriese.

—¡Todo lo debo a ese hombre! —le contestó por fin Florencio—, y no sé qué haría por recompensar su loable acción! No obstante, confío en que de algo ha de servirle mi carta. ¡Dios le haga feliz algún día premiando sus beneficios!

—¡Ah! Si yo pudiera verle —decía Aurora—, le serviría en cuanto pudiese, le miraría como a un padre, seria su esclava...

En ese momento Josefa entró corriendo a anunciarles que una persona desconocida se dirigía al rancho.

—¿Quién será? —se preguntaron a la vez los dos amantes, dándose una mirada que expresaba el asombro a la vez que la duda.

—Por lo que pueda suceder, ven, Aurora, ocúltate aquí.

Y la condujo a una especie de alcoba que había inmediata.

Entre tanto, sin detenerse el desconocido había llegado hasta cerca de la puerta.

Florencio no le reconoció a primera vista, porque el hombre iba envuelto de tal modo, que apenas se le podía ver una parte de la cara.

—Veo que no me conoce usted, joven —fue el saludo del recién llegado.

—¡Ah! Si es... —no más alcanzó a decir Florencio, volando a su encuentro.

Luego le cogió por un brazo y, casi fuera de sí, le arrastró para dentro de la habitación, gritando:

—¡Aurora! ¡Aurora! ¡Aquí tienes a quien debo la vida!

No bien había pronunciado estas palabras, cuando se sintió un agudo grito en el cuarto.

El realista, el cabo Montero, al oír pronunciar el nombre de Aurora y luego al sentir el extraño grito, creyó que sus sentidos le abandonaban, ¡que aquello era una visión terrible!

Corrió al cuarto, tendió la vista por todas partes, vió un cuerpo tendido en el suelo, intentó levantarlo... pero dejándolo caer nuevamente:

—¡Mi hija! —exclamó—. ¡Mi hija Aurora!

Florencio, no bien repuesto de las emociones del día anterior, veía todo aquello como una ilusión fantástica. No se atrevió a dar un paso del lugar en que apenas podía tenerse en pié.

Segundos solamente contempló a su hija el buen Pedro, el cabo Montero, y volviendo en seguida la vista a Florencio, olvidado por un momento:

—¡Fatalidad! —exclamó—. Aprovecha usted la ausencia de un padre para robarle la joya de más valor que posee; con ella le lleva el honor, la esperanza; le asesina con su conducta... y luego él mismo viene a ser su protector, le escapa al furor bárbaro de sus enemigos, y le da, por fin, ¡la libertad!

—¡No más, señor! —exclamó Florencio, arrodillándose a los pies del ofendido padre, de su bienhechor—. Perdón por mi extravío, causado por una pasión, ¡mas no por el crimen! Mis buenas intenciones han sido frustradas, que lo diga Aurora, pero ello no impedirá una reparación que estoy pronto a hacer. ¡Ordene usted!... O si quiere, mi vida le pertenece, ¡puede vengarse!

—¿Vengarme? ¿Destruir ahora mi propia obra?

Aurora había vuelto de su desmayo, y viendo la crítica situación de su amante, corrió a la cama, cogió a su hijo, y con él en los brazos se postró, como Florencio, a los pies de su padre, exclamando:

—¡También perdón para mí y para este inocente!

La vergüenza, el temor, la ternura, todo lo revelaban la actitud y el aspecto de Aurora.

Pedro, después de contemplar por un momento aquel grupo tan bello como conmovedor, dirigió su vista al cielo y exclamo:

—Así lo quieres, Dios mío... ¡sea!

Y no pudiendo ya resistir, solo tuvo tiempo para tenderles sus manos, dejándose caer en seguida sobre una silla, sofocado por la emoción, la voz embargada, respirando apenas.

 

XI

Cambiemos la escena.

Al desenlace de la guerra de nuestra independencia (batalla de Maipú), y también al desenlace de nuestro rapto, tenia lugar un hecho de armas que, con permiso del lector, vamos a referir en este capitulo.

Valparaíso se halla bloqueado por la fragata española Venganza, buque que espera por momentos noticias o señales del seguro triunfo del ejército español en Maipú. Sin embargo, esa victoria se hace esperar, mientras el escorbuto se declara a bordo de una manera alarmante. Este contratiempo llega al conocimiento de los porteños, y en el acto se proyecta un golpe a la Venganza.

En la bahía se halla un buque ingles a propósito para la expedición: armado para un abordaje como lo permitía la premura del tiempo, y tripulado con cuanto voluntario quiso tomar parte en aquella sorpresa, se hizo a la mar con el nombre de Lautaro y al mando de un valiente e impetuoso joven marino, hijo de la Gran Bretaña.

He aquí la primera expedición que, compuesta de un solo buque, zarpa de Valparaíso con la intención de apoderarse de una fragata enemiga.

La nave española les espera cerca de San Antonio, confiada en que el buque salido del puerto de Valparaíso, tremolando pabellón ingles, no puede ser sino conductor de buenas noticias y tal vez de víveres para su tripulación.

Entre tanto la gente de la presunta fragata inglesa está preparada ya para el abordaje: algunos ingleses que iban a bordo eran los elegidos para el primer asalto.

A punto de darse la señal de ataque, se reconoce al buque enemigo: no es la Venganza sino la Esmeralda, ambas naves de mucha semejanza, y cuyo cambio o relevo se había acordado en el Sur al saberse la epidemia que imposibilitaba a la gente del primero de esos buques.

¡Tarde se conocía el error! ¡Forzoso era acometer para salir de aquel lance siquiera con honor!

Estando ya sobre el enemigo, fue arriada la bandera inglesa e izado el tricolor de la patria. El bravo jefe de la Lautaro dio a los ingleses el grito de abordaje; pero éstos, fuese por la sorpresa que experimentaran al reconocer a la hermosa y respetable Esmeralda, o ya porque les faltase el entusiasmo patrio, como a todo mercenario que combate por una causa ajena, es lo cierto que no se atrevieron a agredir. Esto visto por los chilenos, se abalanzan a la pelea en pos de su intrépido jefe, y en un instante se enseñorean sobre la cubierta de la Esmeralda. La tripulación de ésta se había precipitado a los entrepuentes: cortaron los guardines del timón y se hicieron dueños de él, imposibilitando así el gobierno del buque desde él alcázar de popa.

Los patriotas habían arriado el pabellón español, y viendo que el buque navegaba con rumbo al Oeste sin poderlo evitar, resolvieron desmantelarlo: picaron varios cabos de la maniobra, e inutilizaron completamente las gavias.

Un bergantín español, el Pezuela, que acompañaba a la Esmeralda en su misión bloqueadora, viendo arriar la bandera de la fragata, se largó a todo trapo con rumbo al Sur.

Casi vencedores se paseaban los patriotas sobre la cubierta de la Esmeralda, cuando un fatal incidente vino a arrebatarles el triunfo: al pasar o asomarse por una de las escotillas el denodado jefe, recibió una bala del enemigo que acabó en el acto con su vida. Como era natural, la confusión y el espanto se apoderaron de los patriotas al ver caer a su jefe, mientras que los españoles recobraron su perdida animación y bravura. Las escotillas vomitaron guerreros, y los desgraciados asaltantes buscaban un refugio más clemente en el fondo del mar. La fragata Lautaro estaba a alguna distancia y no podía salvar a aquellos desventurados.

La velera Esmeralda siguió su rumbo, y en vano intentó darle caza la pesada Lautaro. ¡Esa presa estaba reservada a otro marino inglés mas afortunado, ¡al gran Cochrane!

El valiente joven que buscó el término de sus días con su propia audacia, con su temerario arrojo, acaso hubiera sido el primer y mas alto jefe de nuestra escuadra, uno de los libertadores de América. Mas, no sabemos si un fatal destino, o lo que otros llaman casualidad, le privó de la gloria de los grandes hombres y hasta de dejar su nombre, como el de un mártir de la patria, legado a la posteridad.

El número de las vidas que se perdieron en esa atrevida empresa es hasta hoy desconocido, pues se ignoraba la gran cantidad de voluntarios que se embarcaron disputándose la preferencia.

Sin embargo, no fue estéril el sacrificio: persiguiendo a la Esmeralda, se tropezó, por decirlo así, con el bergantín San Miguelito, que era portador de la correspondencia oficial de los realistas. Entregado a la fragata Lautaro, ambos buques entraron a la bahía de Valparaíso bajo las ávidas miradas de la multitud que ignoraba los resultados de tan ruidosa como aventurada empresa.

El Pezuela entraba poco después al puerto de Talcahuano llevando la fatal noticia de haber visto la Esmeralda capturada por los patriotas; pero grande fue el asombro de los que tripulaban el bergantín al ver la fragata anclada ya en el fondeadero. ¡Tales son las peripecias de la guerra!

 

XII

La funesta noticia de la muerte del jefe de la expedición y demás que le secundaron en valentía y denuedo, no tardó en ser del dominio de la población entera de Valparaíso: el sentimiento, por consiguiente, fue general; y en medio de esta noble y pública manifestación vamos a internarnos en una casa que ya conocemos.

La pobre mujer de Pedro, la buena Rosa, no había tenido ninguna noticia de su marido desde que salió en busca de su hija. Qué dirección habría tomado, a dónde iría a parar, he aquí lo que en vano había tratado de saber en sus continuas indagaciones. Sus oraciones, sus promesas, todo había sido inútil. Se consolaba, sin embargo, con llorar a sus anchas, atender y mimar a sus hijos.

Un día Rosa, rodeada de todos sus niños, hacia esfuerzos por comer. Sin poder prescindir de los recuerdos de sus propios infortunios, veía asaltada su imaginación por las recientes desgracias. Después de entregarse a la contemplación por largos momentos, tendió la vista por todos sus hijos, y exclamó para sí:

—¡Ah! ¡Qué porvenir me esperará, Dios mío!

Y las lágrimas inundaron sus ojos.

A ese tiempo golpearon a la puerta.

Rosa corrió a abrir, y vio a un hombre de campo, montado en buena bestia, que sin apearse le dirigía estas palabras:

—¿Es esta la casa (y usted dispense) de una tal doña Rosa?

—Para que usted me mande.

—Me alegro de conocerla. Traigo esta carta para usted.

Entonces a Rosa se le escapó un ¡Ay! que fue como el toque de generala para que se agrupase a la puerta el regimiento entero de niños.

—¡Pepito! ¡Pepito! —gritaba Rosa. ¡Una carta de tu padre! ¡Corre, ven volando a leerla!

—Apéese, pues, cumpa —dijo uno de los niños al portador.

Todos entraron, por fin, a oír la lectura de la carta, incluso nosotros que no dejamos de tener en ella algún interés; y para cerciorarnos bien, pediremos a Pepito que alce un poco la voz:

«Señora Doña Rosa Montoya:

»Esposa mía: ante todo quiero evitarte sobresaltos anunciándote que somos felices.

»Desde el momento que me aparté de ti y de mis hijos, mi vida ha sido trabajosa, llena de sinsabores.

»Me dirigí al Sur, y en Chillán me hice montonero matucho (··) , engrosando filas de malvados sin alma ni corazón.

»Me he batido; he estado mirándome cara a cara con la muerte; llegué a ser cruel por mi propia conservación; pero, Dios lo sabe, también he obrado como cristiano y he sido premiado por mi conducta: luego verás si tengo o no razón para pensarlo así.

»Llegamos a una hacienda en que hicimos gran número de prisioneros: siete fueron condenados a muerte y ejecutados sin misericordia. El jefe de ellos, un joven como de 20 años, simpático y de buen parecer, me fue entregado para que le despachase... a la otra vida, se entiende. Yo, Rosa, padre de tantos hijos, ¿habría tenido valor para acabar con tan preciosa vida? Me presenté a mi jefe y le dije: "Señor: en el combate, primero yo que nadie; pero a sangre fría, ni a mi peor enemigo soy capaz de herir. Por otra parte, he servido hasta aquí con la mejor voluntad, sin que la menor nota empañe mi conducta; y esto, señor, ¿no podría valer algo para una gracia que voy a pedir?" "Si es posible concedérsela, pídala usted", me contestó. "Me intereso, señor, por la vida de ese hermoso cuanto desgraciado joven que me ha sido entregado". "Bueno, haré reunir al consejo y se le informará de su resolución".

»¡Ah! Rosa mía, qué satisfacción experimenté cuando a los pocos momentos se me facultó para disponer del prisionero. ¿Qué debía hacer yo con él, Rosa? Darle la libertad, ¿no es cierto?

»En la misma noche recibí una carta que me envió con el propio sujeto que te entregará esta.»

(Aquí todas las miradas se dirigieron al vaquero...)

«En ella me ofrecía su casa, su fortuna, su persona misma, en cualquier tiempo y para cuanto fuese útil; me aconsejaba que abandonase la carrera de las armas, y si por desgracia caía prisionero algún día, entregase esa carta con la seguridad de encontrar clemencia y aun protección. Yo, que no veía la hora de dejar aquella pandilla, y notando que intentaban arrancarme la carta tal vez a costa de mi vida, en la primera oportunidad extravié camino, arrojé las armas, me disfracé cuanto pude, y sin pérdida de tiempo me dirigí al punto que se me indicaba en la carta. Efectivamente; allí encontré al joven y... ¿a quién más te parece, Rosa?... Allí fui a tropezar con Aurora, ¡con nuestra hija!»

A este pasaje de la carta, Rosa juntó las manos, y mirando, inundados de lágrimas sus ojos, al crucifijo que había sobre la mesa:

—¡Señor! ¡Bendita sea tu misericordia! —exclamó.

Hasta a Pepito se le destempló la voz.

—Continúa, hijo, continúa —dijo Rosa.

«¡Qué situación aquella, Rosa! El joven y Aurora con un tierno niño en los brazos me pedían perdón de rodillas.»

Rosa no pudo sufrir mas: largó el llanto, y con ella la mayor parte de los niños. Hasta el vaquero empezó a lagrimar.

—Oiga, oiga, mamita —dijo Pepito.

«Pero ya han terminado nuestras desgracias, querida Rosa. Al siguiente día llegó el padre del joven en su busca: sabedor de todo lo ocurrido, prestó su asentimiento para el enlace de nuestra hija con el suyo; y el mismo día que se supo aquí el triunfo de las armas patriotas, se celebró el matrimonio que viene a hacernos felices. Se me ha entregado la administración de la hacienda, y te espero con impaciencia para que con todos mis hijos vengas a participar de la ventura que ya disfrutamos aquí.

»El mayordomo Juan va encargado de hacerles conducir lo mas pronto posible, porque Aurora ya desespera por verles.

»La casa y lo demás que allí tenemos, que lo goce mi hermano Domingo.

»Un abrazo a cada uno de mis hijos, que aquí te los devolverá tu fiel esposo.

»Pedro Mortero.»

—Aquí, hijos, aquí, de rodillas —dijo Rosa a sus niños señalándoles la tarima; y todos, entre ellos el mayordomo Juan, el ex-vaquero, empezaron a dar gracias al Altísimo por su infinita bondad.

 

 

Espora Ediciones


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