Espora Ediciones

Cuentos urgentes para Nueva Extremadura

Eduardo Contreras Villablanca (*)

 

 

El mate soñado

 

A Eduardo Contreras Mella
abogado defensor de víctimas de violaciones a sus derechos humanos.

 

Me preparo para el encuentro diario con el Capitán Gómez. Como a las nueve de la noche, después de su cena, llega a mi celda con el tablero y las piezas. Ya lo veo venir con su paso marcial, su fi gura espigada y los implementos bajo el brazo. El uniforme tan estirado como su bien afeitado rostro cetrino que denota un origen atacameño.

Desde que iniciamos los torneos mejoraron las raciones nocturnas, las papas del caldo, a veces vienen acompañadas de un trozo de carne, correosa, pero carne al fin. Los allanamientos a las celdas y las requisiciones se han distanciado. Nada que ver con los primeros dos años, los gritos y las torturas fueron la tónica de esos meses eternos. Todo el tiempo con los ojos vendados, sólo escuchábamos voces preguntando por arsenales, contactos e imprentas. No tenía nada qué decir, sólo conocía a mis compañeros de la Universidad, casi todos presos conmigo, en las sentinas del buque Esmeralda.

El ruido del mar era nuestro consuelo en las noches, nos arrullaba ayudándonos a conciliar el sueño, a restañar las heridas de los interrogatorios del día.

Luego nos trasladaron a este campo de prisioneros, donde el trato fue menos violento. Aquí conocí al Capitán Gómez y pronto él se enteró de que yo había sido campeón de ajedrez en la Universidad. No fue muy amable la primera vez que me desafió.

—A ver si los comunachos son capaces de hacer algo bien, que no sea dejar la cagada en el país. Te dejo jugar con las blancas —dijo lanzando un tablero sobre la mesita de mi celda y desparramando las piezas sobre él.

Gómez había sido campeón en su Regimiento, y se creía Boby Fischer. Desde el principio tuve claro que no debía ganarle, habría sido fatal para todos nosotros, pero tampoco podía dejarme ganar tan fácil.

La primera partida fue una Ruy López. Para mantener las apariencias desarrollé un fuerte ataque hacia la defensa de su Rey, en un momento tuve el mate en cinco jugadas, por su expresión plácida era evidente que no se había dado cuenta. Hice una maniobra innecesaria que le daba tiempo a armar un fuerte contra ataque, rogué que lo descubriera y afortunadamente lo hizo, unas cuantas jugadas más me rendí. Me dio la mano.

—Juegas bien Francheti, podríamos hacer un match al primero que gana seis partidas sin contar las tablas, como se hace en el campeonato mundial. Esto sería como la versión chilena del duelo Fischer contra Spassky, evidentemente tú eres el ruso. A ver si gana la democracia o el extremismo marxista.

Desde entonces jugábamos un match por semana, a un ritmo de un par de partidos diarios. Para darle más credibilidad a mi juego, de vez en cuando le ganaba algunas partidas, pero él siempre terminaba llevándose el match, de forma más bien holgada: seis a tres, o como mucho seis a cuatro.

Estoy seguro de que no llegó a dudar de la honestidad de mi juego.

Gómez estaba a cargo del campo de prisioneros, su humor era inmejorable desde que me comenzó a ganar los torneos. No comenté con nadie mi estrategia, los compañeros pensaban que el Capitán me ganaba genuinamente. Alguno quizás sospechó, un ex dirigente sindical que cojeaba debido a la fractura de su tibia durante las torturas, un día me preguntó:

—¿De verdad el Capitán es tan capo? ¿O usted se está dejando ganar compañero?

—¡Cómo se le ocurre! —le dije manoteando al aire como para espantar la idea—. Quizás si estuviera más tranquilo y mejor alimentado le podría ganar un match, pero tal y como están las cosas él me gana.

Me miró como quien ve morir a un familiar, como que lo invadió la tristeza, creo que se habría alegrado de saber que le podía ganar al encargado del campo de prisioneros, pero no me atreví a confirmarle su sospecha, nadie debía saberlo porque eso implicaba el riesgo de que Gómez se enterara. Nunca se sabe cómo la informaciones que circulaban entre nosotros terminaban por llegar a los carceleros, seguramente tenían infiltrados, eso les funcionaba mejor que las torturas con las que «nos trabajaron» al principio. Pensé que el viejo se iría, pero se quedó como pensando y me dijo:

—En todo caso, tenga cuidado con ese Capitán, mire que hay compañeros que dicen que él va llevarse a algunos de nosotros al desierto, parece que en otros campos de concentración han hecho eso, y los que se han llevado en la madrugada no vuelven a aparecer.

No me encajó esa noticia con lo que estaba viendo en los últimos días. Las barracas ahora tenían luz hasta las doce de la noche, nos dejaban hacer ensayos de obras de teatro, talleres literarios y otros cursos desde las seis hasta que se apagaba la luz, dentro del infierno que habíamos conocido, la nueva administración de Gómez nos parecía benévola.

Por mala fortuna, parece que este último tiempo ha tenido problemas con sus superiores, anda de mal humor y poco concentrado, al punto que por más que me he esforzado este último match va cinco a cinco. Sospecho que sus mandamases no están contentos con los pequeños beneficios que nos ha dado, ¿será eso? Su juego ha decaído, he llegado a ser burdo cometiendo errores pero no los aprovecha, y varias veces ha evaluado mal su posición y ha inclinado el rey en situaciones que eran para tablas.

Lo veo entrar taciturno y más serio que de costumbre, le toca con las negras. Tomamos asiento a cada lado de mi mesita y desplegamos lentamente las piezas sobre el tablero.

Me ofrece un cigarrillo, se lo acepto y avanzo el peón del rey. Quedo sorprendido por su respuesta, avanza el peón del alfil de la dama, la Defensa Siciliana, nunca la había jugado, por lo que sospecho que no la domina. Decido la variante del Dragón para impulsar un ataque desde mi flanco rey, pero debilitando mis propias defensas para que pueda contra atacar. Los dos fumamos rápido y la pequeña celda se llena de humo.

Pero Gómez no me amenaza, juega más mal que nunca, hago movimientos de espera para darle tiempo a que organice su juego, muevo mi dama de un lado a otro haciendo amenazas obvias que afortunadamente neutraliza. Casi sin pensarlo, avanzo mi caballo del rey a la sexta fila aprovechando que su peón está clavado y no me puede comer. Y ahí lo veo, está clarísimo, tengo en mis manos el viejo mate de Phillidor, el mate soñado por todo ajedrecista, con sacrificio de dama y mate con el caballo. El corazón se me acelera, no puedo dejar de hacerlo, pienso en las consecuencias..., pero ya me he traicionado demasiado a mí mismo, esta no me la perdonaría. Avanzo la dama a la octava fila dando jaque para que me la coma con su torre, lo hace dejando encerrado su rey e inmediatamente mi caballo salta la fila siete dando mate.

Gómez derriba el tablero de un manotazo y saltan las piezas.

—¡Se acabaron los torneos concha de tu madre! Y cuídate de que nadie sepa este resultado, gané yo ¿está claro? ¡Recoge las piezas!

Me agacho a recopilar las fichas desparramadas por el suelo, las echo en su caja y se las entrego. Toma la caja y el tablero y sale dando un portazo.

Me aburrí de ganarte Francheti —me grita a través de la ventanilla—, así que desde ahora no es necesario que tengamos luz de las nueve en adelante. Y otra cosa, duerme bien porque puede que mañana te llevemos a otro lado.

Me quedo solo y no puedo dejar de pensar en mi caballo saltando para liquidar a su rey inmovilizado por sus piezas defensoras. También pienso en ese viejo ex dirigente sindical. Me gustaría contarle que gané, creo que sabrá guardar el secreto, y le daría un alegrón. Pero no sé si alcance a verlo.

 

 

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