Espora Ediciones

Estelas de la Memoria

Hugo Behm Rosas (*)

 

 

Solidaridad entre rejas

 

A menudo se piensa que los Campos de Concentración son lugares de reclusión en donde la vida cotidiana está únicamente impregnada de iniquidades, brutalidades, humillaciones y dolor. Por cierto así es, básicamente.

Quizás, sin embargo, lo que no se sabe es que ese proceso de opresión e indignidad genera y desarrolla dialécticamente un maravilloso sentimiento de solidaridad, de confraternidad y ayuda mutua entre los prisioneros políticos, que no solamente supera todos estos factores ambientales adversos, sino que pasa a constituir una excepcional lección de confraternidad y compañerismo, pues se da en un grado de pureza e intensidad que no alcanza ningún momento de la vida fuera de la prisión.

Voy a tratar ahora de recordar alguna de sus características. Se inicia ya en el período más duro del sistema carcelario, que es la Casa del Terror, donde la tortura física y psicológica es diaria. Pero no voy a referirme a esa etapa que ha sido tratada y divulgada ampliamente por otras personas. Cuando se termina esa etapa —que puede durar semanas o meses— uno es llevado a la Sección de Incomunicación llamada «Cuatro Álamos». (Las Secciones «Tres Álamos» y «Cuatro Álamos» están ubicadas en lo que parece fue una escuela-internado de unos religiosos). Pues bien, «Cuatro Álamos» está constituido por pabellones que tienen 12 habitaciones y una más grande, la cual debe haber sido originalmente comedor o sala de clases. Cada una de ellas está transformada en celda: una pieza pequeña que tiene una gran ventana con rejas y cuatro camastros instalados en dos camarotes. En cada celda pueden colocarse, según las necesidades, cuatro, seis, ocho, diez, doce o quince prisioneros. En la sala grande caben muchos más y hubo momentos, cuando el número de prisioneros en el Campo era muy alto, en que la sala 13 alcanzó a tener de 100 a 120 prisioneros.

Uno llega de la Casa de Terror aún con la vista vendada, no sabe dónde va, es recibido por las autoridades del campo, pero sigue vendado; el practicante lo revisa físicamente en forma rápida, seguramente para constatar señales de tortura y deslindar responsabilidades y finalmente llega a la celda en donde se le saca la venda.

Allí me encontré yo esa tarde, con esa pieza, con esa cama, con sus sucias frazadas, y sin embargo me pareció maravilloso el sitio a donde había venido a parar. Este es un fenómeno interesante de experimentar: en la Casa del Terror uno es privado de todo, absolutamente de todo y a veces de la vida misma. Se llega pues a un nivel de existencia mínima, en que lo único importante es sobrevivir: se duerme en las sillas o tirado en el suelo; se es continuamente insultado día y noche y discontinuamente torturado; en general, tratado como un animal con el fin de quebrarlo psicológicamente. Así que llegar de pronto a un sitio donde se va a tener una comida caliente; donde se va a poder dormir en una cama, aunque las frazadas estén inmundas; donde se le quita la venda de la vista y el mundo vuelve a ser un mundo poblado de imágenes y las voces vuelven a tener caras; donde se puede mirar a través de la ventana; ¡ver el sol de nuevo, aunque exista una pared a cinco metros de distancia, suena a maravilla! De pronto estas pequeñas cosas intranscendentes en la vida cotidiana adquirían relieve fundamental en la reacción de cada uno de los que llegaban allí. Era decir constantemente: ¡pero esto es formidable!, ¡esto es fantástico!

En ese ambiente nos fuimos encontrando uno a uno los prisioneros, aunque nos cambiaban con frecuencia, pues naturalmente algunos eran llevados a otras secciones, incluso reenviados a las Casas de Terror, unos pocos eran liberados y otros iban quedando mientras tanto ahí. Nos juntamos en esa celda número 12, un obrero de MADECO, que después resultó haber sido también miembro del Servicio de Inteligencia Militar (SIM). Se hallaba un obrero analfabeto de la construcción, un estucador, que fue apresado con toda su familia. Había un topógrafo, delirante crónico, había un individuo del Partido Nacional, de mediana edad, que era administrador de un pequeño fundo en el sur y que por una serie de vicisitudes también había sido apresado. Y así nos fuimos encontrando todos en esa pequeña habitación; todos habíamos pasado por la Casa del Terror, con mayores o menores penurias; todos estábamos felices de volver a ver, hablar, estar tranquilos a pesar de que estábamos encerrados y de que nos sacaban solamente dos veces al día, en la mañana y a últimas hora en la tarde para llevarnos el baño, durante un minuto y medio contado por reloj. Era un baño donde no había nada, no había papel, no había toallas, no había jabón, llegábamos corriendo para alcanzar a hacer lo más posible en un tiempo tan corto, nos lavábamos como podíamos y volvíamos corriendo a la celda... y empezábamos a conversar, lo único que podíamos hacer.

Empezamos a contarnos nuestras vidas, quienes éramos, qué hacíamos, qué familias teníamos, cuáles eran nuestros oficios o profesiones, por qué y cómo habíamos sido detenidos, Y así, en esas largas horas nuestras familias fueron cobrando cuerpo, cada uno de nosotros pasó a ser, de un rostro desconocido, a un amigo con cara, con nombre, con quien la amistad brotaba de un modo espontáneo; la familia y los nombres de las compañeras y de los hijos empezaron, repito, a tomar cuerpo a través de estas largas conversaciones.

La solidaridad se demostró desde el primer momento.

Era una larga fila de doce piezas que tenía una ventana hacia el mismo lado, de modo que no podíamos vernos de una celda a otra, pero sí nos podíamos hablar. Entonces surgió una voz de la celda de al lado, preguntándonos quienes éramos, saludándonos, diciendo que tuviéramos coraje, hablándonos de que aquí no corríamos riesgo de ser torturados, hablando de dónde estábamos, y así supimos que estábamos en Cuatro Álamos, dando indicaciones de qué debíamos hacer. Era la voz de Joel. Y nosotros a su vez contábamos nuestras cosas y la información circuló por lo que se llamaba el «teléfono»: se iba gritando de una pieza a otra, a media voz, y las noticias iban circulando. Cuántos presos habían llegado la noche anterior, de dónde eran, de qué Centro de Torturas venían, en qué condiciones se les había detenido, incluso dentro de lo posible alguna información sobre su condición política. Se daban los nombres, los amigos se reconocían. Yo tenía una amiga a diez celdas de la nuestra. Entonces cuando llamaba al «teléfono», quería saludarla y gritaba: ¡Díganle a la Juana «buenos días» que se los manda perengano! Y la voz se iba repitiendo a lo largo de «la línea»: «Dice perengano que saluda a la Juana»... hasta que la Juana contestaba y el recado volvía por este teléfono humano, vibrante de amistad, diciendo que «Juana había amanecido bien y que me saludaba también».

Empezamos a pensar qué hacer, y yo noté que naturalmente la nostalgia, la desesperación nos devoraba de un modo u otro, a lo largo de tantas horas, de tantos días y noches de espera. El prisionero no ha acabado todavía de imaginar su propio rol, no tiene todavía conciencia de que va a estar preso probablemente meses o años, de que tienen un sentido político estar preso, que tiene que prepararse para resistir y organizarse para trabajar. Se está viviendo de la falsa ilusión de que la libertad va a llegar de un momento a otro, que en el caso de uno hay alguna equivocación, que alguien va a hablar por uno y que las cosas se van al aclarar, se va a salir, Esta indecisión, esta falsa imagen de la realidad trae angustias, de tal modo que, en algún momento alguien se quebraba, y hablando de su mujer, de sus hijos, se le llenaban los ojos de lágrimas y se le quebraba la voz. Entonces es cuando entrábamos a actuar nosotros, para ayudarlo, remecerlo, decirle: ¡arriba hombre! ¡Cómo te vas a quebrar! Todo se va a arreglar, vas a encontrarte con la familia, va a pasar tiempo es cierto, pero ya están trabajando por nosotros, ¡adelante! La solidaridad tenía esa cara de fortaleza, esa cara de ayuda ante un hombre que pocas horas antes era un desconocido, pero que ahora era un compañero, un compañero más, en general con las propias ideas de uno, un compañero que sufría las mismas penalidades y que luchaba por las mismas causas.

Recuerdo que nos servían en la mañana té con un pan, a mediodía una comida caliente, otra vez té y con pan, y en la noche igual cosa que al almuerzo. Decidimos ahorrar un poco de migas y hacernos un dominó; trabajosamente, sacando pedacitos de miga y juntándolos los unos a los otros construimos las piezas de un dominó y comenzamos a jugar. A veces nos aburríamos, a veces nos entreteníamos, el juego nos sacaba de algún modo de ese círculo infernal, de la angustia y la espera siempre prolongada.

Recuerdo igualmente otra escena, tan bella, tan conmovedora. Todos teníamos algunos cigarrillos en el bolsillo en el momento de la detención, los fuimos ahorrando, los fuimos compartiendo, pero finalmente se terminaron. Naturalmente comenzó una angustia grande; soñábamos con un pitillo, soñábamos con el humo y con esa tranquilidad transitoria que da al fumador el acto de fumar. Pues bien, una noche metí distraídamente la mano al abrigo y me encontré con que todavía tenía nada menos que un pequeño bolso con tabaco de pipa. Fue una tremenda alegría. Compañeros, les dije, ¡tenemos tabaco! Y allí estaba el tabaco pero no estaban los cigarrillos. Fue el caso que un preso, un hombre de campo, dijo: ¡yo sé hacer cigarrillos! Vino el problema de buscar el papel: deshicimos algunas de las cajetillas anteriores, hurgamos en todos nuestros bolsillos hasta encontrar algunos papeles, y el compañero encargado de hacer el cigarrillo se dio a la tarea de cortarlo con mucha meticulosidad y hacer el primero. Acordamos fumarnos cooperativamente un cigarrillo entre los cinco, a las 11 de la mañana y a las 6 de la tarde. Esas horas se convirtieron en un ritual que era algo más que fumar, que era compartir lo poco que teníamos, entre todos y sin distinción. El compañero encargado de hacer el cigarrillo empezaba su ceremonial, sacábamos el bolso con el tabaco, él extendía el papel y comenzaba a enrollarlo con cuidado, de tal modo que ninguna mota de tabaco se perdiera, lo cerraba en los extremos, lo encendía, daba las primeras chupadas, se lo pasaba al de la derecha, éste lo chupaba y seguía la vuelta hasta que volvía el primero. El cigarrillo se iba consumiendo, se iba achicando cada vez más, pero nosotros lo llevábamos al extremo, hasta el punto de que casi se nos quemaban las yemas, se nos pusieron amarillas y cuando finalmente el «pucho» se acababa y todos los habíamos aspirado y gozado, guardábamos esas cenizas —que eran más de papel que de tabaco— en un quicio de la ventana, para futuras necesidades...El tabaco se fue consumiendo, los días fueron pasando, transcurrieron así tres semanas, fumábamos todos los días esos dos cigarrillos que eran nuestra esperanza del día, el momento de camaradería, el momento de compartir los recursos escasos.

Me preocupaba la moral del grupo y entonces inventé que podíamos contarnos nuestros oficios. Pasamos así a vivir los oficios de cada uno. Ahí estaba el obrero de MADECO diciéndonos como trabajaba el metal, como salía rojo de la máquina, lo tomaba con las pinzas y le daba vueltas en el aire y lo introducía de nuevo a otra trefiladora, que lo empequeñecía cada vez más. Y nosotros llegábamos a ver en nuestra imaginación ese hilo rojo que pasaba por las manos de los obreros, se transformaba en alambre, iba a ser de nuevo útil al hombre. El estucador nos hablaba como se levantaban las casas, cómo se hacían los cimientos, cómo se preparaba la mezcla, y ahora veíamos en nuestra imaginación como se elevaban las murallas que protegerían al hombre y a su familia.

Así cada uno hablaba de sus cosas.

 

En otra ocasión decidimos que teníamos que hacer ejercicio físico, mantenernos en buen estado, pero el sitio era tan estrecho que apenas podíamos movernos. Entonces acumulamos los dos camarotes en el centro, quedó a su alrededor un pasillo de unos 50 centímetros de ancho y nos pusimos en fila, caminábamos y cantábamos, yendo en un sentido y después en el otro. Otra tarde hablábamos de viajes, y yo les contaba de los míos, de tierras extrañas e inalcanzables para ellos, de otros hombres y mujeres, de cómo vivían en otras latitudes, como luchaban, de los museos.

Al hablarles de otros idiomas, se interesaron por aprender inglés y así fue como empezamos a hacer un curso de inglés en esa celda de incomunicados —pues lo estábamos respecto del exterior, de nuestras familias y de los demás prisioneros— o sea en plena brutalidad de la represión. Era emocionante ver a uno de esos obreros analfabetas repitiendo «good morning», «good morning». No escribíamos, la enseñanza era simplemente fonética y a base de hablar de las cosas más elementales.

Así nació en ese grupo en el lapso de tres semanas, tanto afecto, tanta emoción. Nos tuteábamos, nos llamábamos por nuestros nombres, sabíamos los nombres de las compañeras, imaginábamos qué estarían haciendo por nosotros, cuántas angustias estarían pasando nuestras compañeras. Pues sabíamos que se nos tenía por «desaparecidos», o sea, ese período en que el sistema de represión no reconoce al prisionero como detenido suyo, el período más peligroso de la detención, pues se puede ser asesinado impunemente. Como imaginábamos la angustia de nuestras compañeras, nos comprometimos a que el primero que saliera llamaría a las casas; tenía yo por eso, disimulado y metido en el forro de mi vestón, los nombres y los teléfonos directos e indirectos a los que habría de llamar para dar la buena noticia de que ese compañero estaba vivo, estaba bien, estaba incomunicado en «Cuatro Álamos», que ya saldría de la incomunicación y tomaría contacto. No sabíamos en ese momento que todo aquello sería una vana ilusión por lo que relataré más adelante, pues antes de proseguir quiero dejar constancia de otra remembranza importante.

A todos los prisioneros que no estaban en nuestra celda los conocíamos solamente por sus respectivos nombres; cada uno se había caracterizado, cada uno contaba algo, de manera que estas voces amigas no tenían cara pero tenían nombre, uno era Joel, otro Arturo, el de más allá Ismael, el más lejano Juan. Un día, en la madrugada, a las 5:20 de la mañana abrieron la puerta y nos dijeron: ¡A la ducha! Y salimos todos a una ducha espantosamente helada que nos hizo doler la cabeza, pero que era antes que todo una ducha, la primera ducha. Era la primera vez que nos podíamos lavar y lo más importante que, por fin, podíamos ver a los otros compañeros. Ahí desnudos en la ducha nos encontrábamos. Las voces tenían cara: yo soy Joel, decía uno; yo soy Arturo, exclama otro, yo soy Hugo contestaba, y nos abrazábamos, nos tocábamos en los hombros y nos reíamos. Volvimos desnudos, mojados y enfriados, pero con la sensación de que nuestra familia había crecido, que las voces eran de hombres verdaderamente amigos de nosotros. Nos hablaron de que ahí podíamos estar mucho tiempo, pero generalmente si pasaban un mes o dos, era uno liberado. ¡Uno o dos meses nos parecía un tiempo horriblemente largo, pues nuestro tiempo era medido entonces en días o a lo sumo en semanas!

Vuelvo a mi relato. Un día se abrió la puerta, la guardia había cambiado y algunos en particular no eran tan fieros como los otros.

Uno llegó incluso a aceptar que le encargáramos comprar algunas cosas en sus horas libres o cuando estuvieran de franco, como ser cigarrillos o jabón o detergente (porque estábamos sucios, abandonados) y papel de baño. Todo lo guardábamos, como los bienes nuestros más preciados, en un pequeño closet, los ahorrábamos con sumo cuidado y los compartíamos igualitariamente.

Cuando me fueron a decir que me iba, lo único que yo tenía era mi ropa personal y una frazada que había alcanzado a traer de mi casa; miré el papel de baño... y le pregunté al guardia: «Dígame si en el sitio a que voy necesito esto, porque si no es así, yo se lo dejo a mis compañeros». Me contestó: no lo iba a necesitar. Me volví a mis compañeros, nos abrazamos con tanto cariño y con lágrimas en los ojos, no deseamos recíprocamente que nos fuera bien, nos miramos a los ojos, pensando todos que yo era portador de los recados de ellos, porque con esa información sobre el papel toilette pensamos que yo saldría en libertad. Así nos separamos.

Me hicieron atravesar por el pasillo y llegué a las oficinas, donde me hicieron firmar un libro y otra vez me tomó un carabinero y... ¡pasé al pabellón del lado, o sea a «Tres Álamos»!

Esta fue una experiencia aún más profunda de la solidaridad a que me estoy refiriendo. En ese pabellón del lado la diferencia principal era que no se estaba incomunicado, se veía por fin a la familia, se recibían otras visitas y con todas ellas, ropas y alimentos. Lo fundamental era que uno pasaba a ser ya un prisionero con nombre, con marca y con número; el riesgo disminuía; la angustia de la familia terminaba. Se ganaban otras cosas extraordinarias: se conseguía no estar encerrado en la celda, salir al patio a la hora que quisiera, dentro de las horas permitidas. Era formidable poder ir al baño cuantas veces quisiera, lavarse y bañarse.

Cada vez que aparecían los prisioneros en la puerta de hierro, el sargento llamaba al prisionero que estaba más cerca en ese nuevo campamento y éste gritaba: ¡Comité de Solidaridad! Salía a la recepción el Comité de Solidaridad, pero a la vez todos los prisioneros salían a recibir a esos nuevos compañeros porque cada uno había hecho a su vez el mismo tránsito, cada uno había cruzado esa puerta con iguales esperanzas. Cada uno sabía que el que llegaba venía sucio, venía hambriento, venía angustiado, que estaba pálido, que estaba esperando algo nuevo. Cuando atravesé esas puertas con otros, esas caras se me acercaron, esos compañeros se reunieron a montones a mi alrededor, había unas pocas caras conocidas, las otras me eran extrañas pero no sus miradas. Todos me dijeron: compañero, pasa por aquí, adelante, siéntate; me llevaron a la primera celda —donde yo iba a estar después instalado— siéntate, quédate tranquilo, vas a tener después visitas, vas a ver a los tuyos, te van a traer alimentos, no te inquietes, ya no te van a torturar, ponte cómodo, cómete este sandwich, toma este café, toma este vaso de leche, cómete esta fruta. Lo mejor de todo lo que se había acumulado se entregaba a este extraño, que en verdad no era un extraño, que era uno mismo en otra etapa. Ahí estaba la ducha, a la vez estaba la toalla del amigo, su jabón para lavarse uno. Los nombres se sucedían rápidamente, las historias se contaban y uno se incorporaba a este mundo admirable que tenía nuevas «prebendas» si así pudieran llamarse, que eran normales en la vida ciudadana, pero de las que habíamos estado privados y cuya recuperación saboreábamos.

En esta otra sección la solidaridad tenía un ámbito mucho mayor. Los prisioneros estaban en celdas y ahí caían según las vacantes que hubiera y el gusto de la guardia. Pero todos se organizaban en las llamadas «carretas», término que tiene su origen en la cárcel, en la penitenciaría y es propio del lenguaje del hampa. La «carreta» era un grupo de prisioneros amigos que se juntaban para compartir todo lo que tenían y todo lo que les traían sus visitas. Las compañeras cuando visitan a un hombre preso naturalmente quieren traerle todos los alimentos que consiguen, y aparecen las frutas y los tarros de conservas, las ensaladas, las carnes preparadas, los dulces, los cigarrillos y también la ropa. Todo ello se recibe en un día determinado y los sábados por la mañana los prisioneros se organizan para ir a buscarlo a la entrada del Campo de Concentración, donde las compañeras dejan las maletas, los paquetes y los canastos. Cada «carreta» tiene un encargado del almacenamiento, al que se conoce con el nombre de «Natacha». Según la «carreta» la «Natacha» cambiaba todos los días, cada dos días o cada semana. La «Natacha» o las «Natachas» —porque podían ser simultáneamente dos por «carreta»— tenían la obligación de recibir los alimentos y de clasificarlos y de preparar, a la hora del almuerzo o comida, los alimentos adicionales que hubiera que hacer. Tenía además la obligación de ir a recibir del fondo de comida que traía la Brigada de Servicios —que era de los prisioneros también— los alimentos para todos, de poner la mesa, de lavar los platos y de mantener el aseo de las celdas. Todos democráticamente y sin ninguna excepción pasaban por los servicios aludidos y había de por medio un asunto de amor propio en ser la mejor «Natacha», de preparar la mejor comida, de tener la celda mejor aseada. Recuerdo que nosotros llegamos a conseguir, poco a poco a lo largo de los meses, cera y virutilla que nos trajeron nuestras compañeras, para dejar brillante el parquet de la celda. Incluso llegamos a conseguir una pintura barata y pintamos la celda, porque estaba en muy malas condiciones. Cada uno, consiguiéndose una tabla por allá, una tabla por acá o que se la traían con los comestibles, hizo algunas divisiones a su closet, hizo un pequeño cajón de velador o de división y el grupo se organizó así en muy buena forma.

Lo fundamental desde el punto de vista de la solidaridad es que todos estos bienes son comunes, absolutamente todos. Al obrero y al campesino les traen muy pocas cosas, pero con igual cariño que para aquél que, por tener más, le traían sencillamente más.

Todo esto es compartido e igualado en forma perfecta. Nadie agradece nada, porque es un derecho inalienable reconocido a todo prisionero. No hay humillación en quien recibe la comida de otro porque su familia nada le trajo; no hay satisfacción mezquina, paternalismo ni prepotencia alguna en aquél que tiene más y lo comparte todo. Aún más, se hace una lista todas las semanas de aquéllos que no han recibido visitas y, por lo tanto, no han recibido comida u otras cosas. Y la Brigada de Solidaridad, provista de una amplia frazada recorre cada una de las celdas, y cada «carreta» entrega su donación a ese fondo común. Ese fondo común es ordenado en una mesa, clasificado escrupulosamente en paquetes iguales y cada prisionero que no tuvo visita recibe en consecuencia de todos sus compañeros —conocidos y desconocidos— la parte que a él le corresponde por ese derecho reconocido por todos para todos.

Eso es la solidaridad entre las rejas de un Campo de Concentración en el Chile de hoy.

Dibujo de Tres Álamos de José Edulio Barrientos Vivar, compañero de detención.
La leyenda en el dibujo dice: «Con afecto al compañero y amigo Dr. Hugo Behm. Un saludo de Edulio Barrientos. 3 Alamos 7 de agosto 75».

 

 

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106 páginas · 14 x 21,5 cm

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