Espora Ediciones

En el Cusco el Rey

Bartolomé Leal


Capítulo 2
San Francisco de Asís (*)

Al bajar del avión y hacer la típica caminata lenta desde la pista hacia las dependencias del sobrio aeropuerto de Cusco, lentitud obligada para adaptarse de a poco a la altura, vi la cara atractiva y ascética de fray Doménico Giglio pegada al vidrio. Me dedicó una sonrisa amplia y un gesto de saludo con la mano. Como otras veces, había llegado a recogerme para no perder un instante de conversación y ponernos al día en los avatares de nuestras humildes vidas.

—¿Cómo está mi hermanito, el culto Peppone? —me gritó, gangoseando por la nariz y atropellando las palabras, en obvia parodia de mi manera de hablar. Le gustaba llamarme por ese diminutivo italiano de José. Y agregó—: ¿Desde cuándo que no ves el sol? Pareces lasaña cruda, fratello. ¿Mucha nube por Lima?

—Aquí me tiene, padrecito —repliqué con la vista baja, parodiando a un indiecito—. Listo para servirle, como el cholito humilde que soy.

Nos abrazamos, breve pero intensamente. Nos queríamos mucho ese cura y yo. Hasta me confesaba con él a veces, a pesar de no ser muy creyente. Pero es que habíamos logrado construir una amistad que pasaba por encima de muchas cosas, la religión entre otras.

—Te vi aterrizar desde Sacsayhuamán —fue lo primero que dijo Doménico, tras las efusiones. Yo sabía a qué se refería. Era uno de nuestros paseos preferidos. Nos permitía gozar de la lógica urbana de la ciudad colonial: una combinación elegante de alturas y bellos valles, como para contemplarla desde arriba y sentirse protegido desde abajo. Lo que hacíamos era subir bien temprano a las ruinas de piedra de la sagrada fortaleza de Sacsayhuamán, ubicada en una explanada que dominaba todo el valle donde se erguía la ciudad imperial, el cual abarcaba incluso el área del aeropuerto. Desde allí uno podía ver a los aviones aproximarse, en pleno descenso, pegados a las montañas, para dar finalmente una amplia y terrorífica curva antes de abalanzarse sobre la pista.

Este cura Doménico Giglio era un personaje curioso. Franciscano casi desde su adolescencia, se declaraba de origen etrusco. Según él, sus antepasados habían emigrado desde la isla de Giglio en el mar Tirreno a la ciudad de Cortona, en el norte de Italia, que es donde había nacido. Se trataba de un tipo extremadamente buen mozo, huesudo, de rasgos finos, ojos café claro; llevaba su cara siempre perfectamente afeitada, orlada por su cabello castaño y fino, más bien largo, aunque ya bastante ralo, denunciando el inicio de su cincuentena. Medía alrededor de un metro ochenta y cinco, y en su porte lucía perfectamente proporcionado, aunque tirando un poco a la delgadez. Sus labios, magros, carecían totalmente del gesto cruel habitual en la gente con este rasgo, y se abrían con frecuencia en una sonrisa amplia, mostrando unos hermosos y parejos dientes, muy blancos, ya que no fumaba ni los maltrataba.

En esta ocasión me pareció un poco más flaco que de costumbre, y lo noté además un tanto ojeroso, con aire fatigado. Fray Doménico llevaba veinte años en el Perú, la mitad de los cuales en el Cusco, en cargos importantes de la Orden de San Francisco. Hacía cinco años que no viajaba a Italia, y siempre me decía que lo haría cuando pudiera ir junto conmigo, para llevarme a Cortona a conocer lo que él llamaba la joya del pasado etrusco de Italia; y para contemplar allí lo que Doménico califi caba como las pinturas de Fra Angélico más bellas de toda Italia. Por supuesto que yo le había prometido, feliz, que haríamos ese viaje, pero había faltado la oportunidad para concretarlo.

Nos conocíamos más o menos desde hacía cinco años, por nuestros compartidos intereses estéticos, como conté antes. Había colaborado con él en tareas de clasificación y autenticación de obras de arte del patrimonio franciscano y, aunque en otras ocasiones yo había viajado a Cusco por encargo de anticuarios y diversos clientes eclesiásticos, siempre procuraba organizar algún encuentro con él. Mientras íbamos en su vehículo camino al albergue de la Orden Franciscana, donde me iba a alojar, Doménico empezó a relatar las razones de su llamado.

—Mira, José, ¿por dónde empiezo? —dudó, una actitud muy propia de su personalidad—. Hace más o menos diez días, unos pocos antes de que decidiera contactarte, el sacristán de la parroquia de Andahuaylillas, lugar que tú conoces bien…

—La Capilla Sixtina del Ande —lo interrumpí—. Maravilla de maravillas...

—Exacto —respondió Doménico—. Resulta que este hombrecito, Fabián Mamani, denunció el robo de una pintura que colgaba en una dependencia de la casa parroquial, un conventillo que casi no se utiliza. Este recinto, semi abandonado, lo reconozco, es lo que queda de una suerte de pequeño anexo al convento, que estuvo a cargo de los franciscanos, luego de los capuchinos, y creo que lo ocuparon también las clarisas, casi siempre como casa de ejercicios…

—Todo en familia —volví a intervenir.

—Así es. Bueno, esta pintura desaparecida era un cuadro donde se mostraba la típica escena de San Francisco recibiendo los estigmas. De acuerdo a la información disponible, se trata de un pequeño óleo del siglo XVIII, producido en el área de Cusco, sin autor identificado, y que siempre estuvo allí, al menos hasta donde se recuerda. No lo distinguía de otros, francamente, ya que no llama demasiado la atención, aunque dicen que es una obra bien hecha. No creo que lo hayas visto nunca…

—Al menos, nunca he estado en ese conventillo —fue mi comentario.

—Yo mismo interrogué a Mamani —prosiguió el cura—, a objeto de confi rmar el hecho. Me faltaba hacerte saber, eso sí, que la persona que descubrió la ausencia del cuadro fue el cura párroco, el bueno de Fray Sixto Carreño, santo varón octogenario. ¿Lo conoces, supongo?

—Efectivamente —respondí—. Una bellísima persona. ¿Sigue tan afi cionado a la lectura?

—Ahora no tanto —respondió Doménico— ya que está bastante cegatón. Se hace como que lee el Breviario, pero, bueno, eso lo practicamos todos los curas. A veces pide que le lean diarios o revistas, aduciendo que la letra es muy chica. Bueno, prosigo. Fray Sixto descubrió la falta de la pintura un día que deambulaba por el conventillo en busca de unos libros viejos...

—Dijiste que ya no leía —volví a interrumpirlo.

—Cierto, pero le gusta tocarlos, olerlos, que sé yo. Ama sus antiguos libracos. Está viejito, un poco gagá...

—Lo entiendo —murmuré—. Prosigue, hermano, por favor, ya te he interrumpido bastante.

—Está bien, fratello. Te decía que el San Francisco se hallaba colgado en la pared de una celda donde hay rumas de libros viejos, y simplemente faltaba de ahí. Fray Sixto hizo llamar al sacristán, y éste juró no tener idea. El curita lo mandó a hablar conmigo. Como tú sabes, soy una especie de contralor o auditor en la Orden. Estoy a cargo de las finanzas y esas cosas mundanas. Cuando quiero me puedo poner muy pesado por cuestiones administrativas. Apreté un poco al pobre Fabián Mamani, quien largó que era el tercer cuadro que se perdía, y que había tenido miedo de denunciar las dos pérdidas anteriores.

—Lo amenazaste con las penas del infierno.

—No hubo necesidad, Peppone. No seas impío. Lo que ocurre es que a él le corresponde la seguridad del templo y también del edificio anexo, y se supone que hace revisiones periódicas del lugar. El hombre había notado antes, según confesó con grandes muestras de compunción, la falta de un gran óleo, representando a San Antonio de Padua y el niño Jesús, dotado además, tal como me contó, de un marco muy valioso; y también de otro cuadro, un poco más pequeño, representando a San José con el niño.

—Interesante —comenté—. No hay muchos San José en el arte cusqueño. En todo caso, no recuerdo haber visto ninguno de esos cuadros en Andahuaylillas.

—Bueno. Yo tampoco me acuerdo de ellos, aunque posiblemente los vi alguna vez. O estaban tan polvorientos que eran indistinguibles de otros… Como sea, por miedo a ser castigado, o a perder su trabajo, el sacristán nunca informó al cura párroco de las pérdidas, hasta que el robo del San Francisco lo obligó a hablar.

—Los dos robos anteriores, ¿fueron simultáneos?

—Buen punto. No. Según el sacristán, primero echó en falta el San Antonio, luego el San José y finalmente el San Francisco.

—Está claro. Tenemos entonces tres cuadros robados desde hace…

—Más o menos un mes. Pero te corrijo. Se trata en realidad de cuatro cuadros. El último fue sustraído hace tres días. Pero pasaron otras cosas antes del último robo.

—Hechos de violencia, me insinuaste.

—Correcto. Más de uno, te advierto. Primero, hace una semana, y fue entonces cuando decidí llamarte, nuestro sacristán, el amigo Mamani, fue atropellado, casi frente al templo de Andahuaylillas. Iba atravesando la calle cuando lo arrolló un vehículo. Un taxi de marca japonesa, muy común, y con la patente tan sucia que no se podía descifrar, según los testigos. Algunos dicen, y esto hay que tomarlo con hartas precauciones en todo caso, que el taxi lo golpeó adrede. Le echaron el vehículo encima. Fue un golpe violento que lo lanzó por el aire, haciendo azotar su cabeza contra los adoquines. Después fue arrastrado unos metros. El vehículo se dio a la fuga de inmediato, sin detenerse ni un segundo.

—Tu hombre, el Mamani, ¿falleció?

—La verdad es que todavía no. Pero está totalmente en manos del Señor. Sufrió graves daños cerebrales con pérdida de masa encefálica. Continúa en estado de coma desde el atropello, hace una semana.

—¿Crees que esto tiene que ver con los robos? ¿Por eso me llamaste?

—Francamente, no puedo asegurarlo, pero me temo que puede haber alguna conexión. Eso es lo que debemos tratar de averiguar…

—Hablaste de otros actos de violencia.

—Efectivamente. El último se produjo el viernes pasado, anteayer precisamente —y aquí Doménico hizo una pausa. Observé que su cara cambiaba y se le humedecían los ojos.

—¿Qué pasó, fratello? —pregunté, preocupado yo también.

—Me atacaron a mí, Peppone. Pero salí ileso —vi como su cara se deformaba en un conato de sollozo. Mi amigo se encontraba en un estado de gran nerviosidad, me percaté.

—Así veo ¿Cómo fue? —le dije, mientras colocaba mi mano sobre su hombro para tranquilizarlo.

—Me hallaba en nuestro templo de San Francisco, que tú conoces bien, ensayando en el órgano, cuando me lanzaron desde las alturas una enorme estatua de yeso de San Antonio Abad, de ésas que tienen estructuras de fierro para darle consistencia. Tiene que haber sido una persona muy fuerte para subirla al corredor que circunda la nave principal, y arrojarla desde allí.

—O fueron varios.

—Puede ser. La verdad es que en un momento, mientras tocaba un pasaje pianissimo, sentí un ligero ruido, miré hacia arriba y vi que se me venía encima esa tremenda mole. Creo que logré moverme justo antes que empezara a descender. Me tiré al suelo y apenas alcancé a ocultarme bajo el teclado. La estatua cayó justo encima del órgano, provocándole destrozos importantes al instrumento. Entre el teclado y la silla me salvaron de ser virtualmente aplastado.

—Fue un acto criminal.

—No me cabe duda. La estatua no podía haber caído sola. Solamente por la acción de alguien pudo ocurrir.

—¿A qué hora ocurrió?

—Bien temprano. Como a las siete de la mañana. Teníamos que dar un concierto esa tarde, con el coro madrigalista, y necesitaba ensayar. La iglesia estaba vacía. Me consta, porque entré con mi llave y aparentemente no había nadie.

—¿Lograste ver a alguien?

—A ninguna persona. Creo que pasé cerca de un minuto un poco choqueado por el golpe, ya que recibí parte del impacto; además quedé medio ahogado por la nube de polvo de yeso. Recién entonces logré reaccionar y partí a la carrera hacia la parte alta de la iglesia. Hay una escalera de caracol que lleva al coro, ubicado como recordarás sobre el pórtico y de allí se pasa al corredor que circunda la nave. Hay una salida al techo del templo, que encontré abierta. Salí afuera, pero a pesar de que revisé la techumbre, no distinguí a nadie. Llegué demasiado tarde. Allá arriba no pude correr, naturalmente, porque es resbaloso y había mucho rocío a esa hora temprana.

—Mala cosa, fratello —fue todo lo que pude comentar.

Durante todo el trayecto desde el aeropuerto, y a pesar de la atención que prestaba al relato que me hacía Doménico, no dejé de mirar y admirar a mi querida ciudad incaica, luminosa hasta deslumbrar en esa bella mañana. En ruta al centro histórico se cruza San Sebastián, antes un pueblo ahora un barrio debido al crecimiento urbano, y así se tiene oportunidad de disfrutar de la mole imponente de la primera gran basílica de la ciudad que se ofrece a los ojos del viajero. Pero también gocé mirando a la gente, las casas de barro, los toritos y cruces en los techos, las cholitas mercando. Pobre mi gente, sucia y humilde; pero dando la batalla por vivir, ¡carajo!

En eso arribamos al albergue de la Orden, una bella casona colonial del Cusco transformada en un cómodo alojamiento colectivo para los padres franciscanos y sus invitados, y donde yo había sido gratamente atendido en ocasiones anteriores. Con grande fi nura, me atrevería a añadir, ya que el lugar era poco menos que un museo, lleno de obras de arte, tanto de las riquísimas tradiciones incaica como hispánica del Cusco. Era un agrado volver allí. Saludé con efusión a la madura cholita que hacía las labores de cocina, una verdadera chef en las especialidades cusqueñas y al muchacho de la limpieza, un joven quechua, algo débil mental pero absolutamente cordial y aplicado.

—Le tengo sus buenos rocotos rellenos, picantitos, para el almuerzo, don Josecito —me dijo la cocinera a modo de saludo, sabiendo de mi afi ción desmedida por ese inigualable manjar andino.

—No esperaba menos de usted, no esperaba menos, doña Juanita —le respondí, mostrando el entusiasmo que ella exigía frente a sus esmeros, mientras estrechaba sus manos ásperas de mujer trabajadora.

—Por ahora, tómese un buen mate de coca, mi joven, para que no lo vaya a coger el soroche —añadió, pasándome un tazón humeante y haciendo amago de retirarse.

—Está bueno, Juanita, vuelva a su cocina —bromeó Doménico—. No hagamos pecar de gula a este muchacho, que se nos puede condenar. —Y agregó, para mí—: Si quieres te instalas en tu cuarto, fratello. Vamos, sígueme. En veinte minutos celebraremos la misa dominical en la capilla de la casa y te invito a unirte a nuestras oraciones.

—Con gusto, padrecito —repuse.

Mientras sorbía mi mate de coca, me refresqué en el lavatorio del cuarto, ubicado en el segundo piso de la casona, iluminado por la luz que venía de una ventana que miraba al patio de la casa, rico en flores y árboles. Este patio se hallaba al nivel del segundo piso, por la pendiente natural del barrio, de modo que mi cuarto era un lugar privilegiado para gozar del jardín. Cuando bajé, estaban todos listos para empezar la misa. Aparte de los sirvientes, se hallaba allí un dúo de curas italianos de la Orden, quienes me saludaron sin mayor entusiasmo. Doménico, ya vestido con sus paramentos, inició el oficio, como dueño de casa y jefe religioso de ella.

Como siempre, la misa de Doménico fue una pequeña representación llena de arte y recogimiento. Mi amigo el padre Giglio tenía instalado cerca del altar un pequeño órgano portátil con fuelles, de los que se accionan con los pies, y con el cual se acompañaba para los recitativos en latín que él utilizaba durante sus parlamentos de la misa. Se apoyaba con partituras de diferentes versiones de los textos habituales del rito, por lo general canto gregoriano.

Me di cuenta con emoción que el buen Doménico había preparado poco menos que un concierto de gala en mi honor, aunque parecía que estuviera cantando igual que todos los domingos. Había escogido una versión de misa ambrosiana de las más primitivas para su voz, pero se acompañaba con un estilo de improvisación muy florido en el órgano, posterior en más de diez siglos. El resultado era prodigioso, de una belleza musical tan incomparable que me arrancó lágrimas de los ojos. Doménico, totalmente arrebatado, poco menos que se contorsionaba en su sillín, con unos movimientos de exquisita armonía.

A los curas visitantes no les parecía tan sublime esta exhibición de gran arte y de tanto en tanto se miraban con cara reprobatoria. Pero no pasaron de allí. Los sirvientes, por su lado, impregnados de fe popular auténtica, sólo estaban disfrutando de su misa y no se preocupaban más que de seguirla lo mejor que podían, con la ayuda de sus misales.

Como no estaba confesado, me abstuve de comulgar, naturalmente. No es que me importara mucho el asunto, ya que soy un católico bastante tibio, pero no quería por ningún motivo ofender a Doménico. Los curas italianos sí comulgaron, con grandes aspavientos, poniendo caras de pureza de alma. Los sirvientes también se acercaron a recibir la comunión, y me parecieron los únicos cristianos verdaderos en ese lote.

Terminada la misa, no aplaudí ni felicité a Doménico, ya que tal gesto hubiera sido de mal gusto, y los frailes se habrían vuelto locos. Sólo me acerqué a él, le di gracias con los ojos y acaricié levemente sus manos. Como era media mañana, y Doménico tenía deberes, me propuso el siguiente plan:

—Peppone. Te puedes quedar a descansar aquí un rato, para que no te agarre el soroche, almorzamos y en la tarde te cuento toda la investigación que he hecho hasta ahora. ¿Te parece?

—Perfecto. Pero me gustaría ir pronto a Andahuaylillas, Doménico. Recuerda que a lo sumo cuento con diez días para quedarme en Cusco… Por desgracia tengo compromisos en Lima que no puedo abandonar. Quiero aprovechar mi tiempo de la manera más efi ciente posible, hermano, discúlpame.

—Iremos a Andahuaylillas, fratello, un poco de calma —repuso Doménico en tono amable, aunque ligeramente conminatorio—. Creo con total sinceridad que es mejor hacerlo mañana, ya que no habrá gente rondando. Hoy se celebran misas, mañana y tarde; además de los turistas que deambulan por todos lados, ni la misa respetan. En cambio los lunes el terreno estará totalmente despejado y podemos intrusear sin contratiempos.

Accedí, no totalmente convencido, a la razonable sugerencia de mi amigo y me retiré a descansar un poco. Sólo entonces me di cuenta que estaba bien cansado, la levantada temprano, el accidentado vuelo, la misa y, por supuesto, el cambio de altura, desde el nivel del mar a más de 3.500 metros... Todo eso se me vino encima de golpe. Apenas alcancé a quitarme los zapatos, caí como piedra y no desperté hasta que vino el joven sirviente a avisarme que me esperaban para el almuerzo.

Fin Capítulo 2


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