Sub Sole

Baldomero Lillo (*)

En esta oportunidad, se presentan los trece cuentos contenidos en la primera edición de Sub Sole, en el año 1907. El texto se basa en el libro Obras Completas (1968).

 

El rapto del sol

Hubo una vez un rey tan poderoso que se enseñoreó de toda la tierra. Fue el señor del mundo. A un gesto suyo millones de hombres se alzaban dispuestos a derribar las montañas, a torcer el curso de los ríos o a exterminar una nación. Desde lo alto de su trono de marfil y oro, la humanidad le pareció tan mezquina que se hizo adorar como un dios y estatuyó su capricho como única y suprema ley. En su inconmensurable soberbia creía que todo en el universo le estaba subordinado, y el férreo yugo con que sujetó a los pueblos y naciones, superó a todas las tiranías de que se guardaba recuerdo en los fastos de la historia.

Una noche que descansaba en su cámara tuvo un enigmático sueño. Soñó que se encontraba al borde de un estanque profundísimo en cuyas aguas, de una diafanidad imponderable, vio un extraordinario pez que parecía de oro. En derredor de él y bañados por el mágico fulgor que irradiaban sus áureas escamas, pululaban una infinidad de seres: peces rojos que parecían teñidos de púrpura, crustáceos de todas formas y colores, rarísimas algas e imperceptibles átomos vivientes. De pronto, oyó una gran voz que decía:

—¡Apoderaos del radiante pez, y todo en torno suyo perecerá!

El rey se despertó sobresaltado e hizo llamar a los astrólogos y nigromantes para que explicasen el extraño sueño. Muchos expresaron su opinión, mas ninguna satisfacía al monarca, hasta que, llegado el turno al más joven de ellos, se adelantó y dijo:

—¡Oh, divino y poderoso príncipe! La solución de tu sueño es ésta: El pez de oro es el sol que desparrama sus dones indistintamente entre todos los seres. Los peces rojos son los reyes y los grandes de la tierra. Los otros son la multitud de los hombres, los esclavos y los siervos. La voz que hirió vuestros oídos es la voz de la soberbia. Guardaos de seguir sus consejos, porque su influjo os será fatal.

Calló el mago, y de las pupilas del rey brotó un resplandor sombrío. Aquello que acababa de oír, hizo nacer en su espíritu una idea que, vaga al principio, fue redondeándose y tomando cuerpo como la bola de nieve de la montaña. Con ademán terrible se echó sobre los hombros el manto de púrpura, y llevando pintada en el rostro la demencia de la ira, subió a una de las torres de su maravilloso alcázar. Era una tibia mañana de primavera. El cielo azul, la verde campiña con sus bosques y sus hondonadas, los valles cubiertos de flores y los arroyos serpenteando en los claros y espesuras, hacían de aquel paisaje un conjunto de una belleza incomparable. Mas, el monarca nada vio: ningún matiz, ninguna línea, ningún detalle atrajo la atención de sus ojos de milano clavados como dos ardientes llamas en el glorioso disco del sol. De súbito un águila surgió del valle y flotó en los aires, bañándose en la luz. El rey miró el ave y, enseguida, su mirada descendió a la campiña, donde un grupo de esclavos recibían inmóviles como ídolos, el beso del fúlgido luminar. Apartó los ojos, y por todas partes vio esparcirse en torrentes inagotables aquel resplandor. En el espacio, en la tierra y en las aguas miríadas de seres vivientes saludaban la esplendorosa antorcha en su marcha por el azul.

Durante un momento el rey permaneció inmóvil contemplando al astro y, vislumbrando por la primera vez, ante tal magnificencia, la mezquindad de su gloria y lo efímero de su poder. Mas, aquella sensación fue ahogada bien pronto por una ola de infinito orgullo. Él, el rey de los reyes, el conquistador de cien naciones, ¡puesto en parangón y en el mismo nivel que el pájaro, el siervo y el gusano!

Una sonrisa sarcástica se dibujó en su boca de esfinge, y sus ejércitos y flotas cubriendo la tierra, sus incontables tesoros, las ciudades magníficas desafiando las nubes con sus almenados muros y soberbias torres, sus palacios y alcázares, donde desde sus cimientos hasta la flecha de sus cúpulas, no hay otros materiales que oro, marfil y piedras preciosas, acuden en tropel a su memoria con un brillo tal de poderío y grandeza que cierra los ojos deslumbrado. La visión de lo que le rodea se empequeñece, el sol le parece una antorcha vil, digna apenas de ocupar un sitio en un rincón de su regia alcoba. El delirio del orgullo lo posee. El vértigo se apodera de él, su pecho se hincha, sus sienes laten, y de sus ojos brotan rayos tan intensos como los del astro hacia el que alarga la diestra, queriendo asirle y detenerle en su carrera triunfal. Por un momento permanece así, transfigurado, en un paroxismo de infinita soberbia, oyendo resonar aquella voz que le hablara en sueños:

—Apoderaos de esa antorcha y todo lo que existe perecerá.

¿Qué son ante tal empresa sus hechos y los de sus antecesores en la noche pavorosa de los tiempos? Menos que el olvido y que la nada. Y sin apartar sus miradas del disco centelleante, invocó a Raa, el genio dominador de los espacios y de los astros.

Obediente al conjuro, acudió el genio envuelto en una tempestuosa nube preñada de rayos y de relámpagos, y dijo al rey con una voz semejante al redoble del trueno:

—¿Qué me quieres, oh, tú, a quién he ensalzado y puesto sobre todos los tronos de la tierra?

Y el monarca contestó:

—Quiero ser dueño del sol y que él sea mi esclavo.

Calló Raa, y el rey dijo:

—¿Pido, tal vez, algo que está fuera del alcance de tu poder?

—No; pero para complacerte necesito el corazón del hombre más egoísta, el del más fanático, el del más ignorante y vil y el que guarde en sus fibras más odio y más hiel.

—Hoy mismo los tendrás —dijo el rey, y el denso nubarrón que cubría el alcázar, se desvaneció como nubecilla de verano.

Después de una breve entrevista con el capitán de su guardia, el rey se dirigió a la sala del trono, donde ya lo aguardaban de rodillas y con las frentes inclinadas todos los magnates y grandes de su imperio. Colocado el monarca bajo la púrpura del dosel, proclamó un heraldo que, bajo pena de la vida, los allí presentes debían designar al rey al hombre más ignorante, al más fanático, al más egoísta y vil y al que albergase más odio en su corazón.

Los favoritos, los dignatarios y los más nobles señores se miraron los unos a los otros con recelosa desconfianza. ¡Qué magnífica oportunidad para deshacerse de un rival! Mas, a pesar de que el heraldo repitió por tres veces su intimación, todos guardaron un temeroso silencio.

El enano del rey, una horrible y monstruosa criatura, echado como un perro a los pies de su amo, lanzó, al ver la consternación pintada en los semblantes, una estridente carcajada, lo que le valió un puntapié del monarca que lo echó a rodar por las gradas del trono hasta el sitio donde estaba el príncipe heredero, quien lo rechazó, a su vez, del mismo modo entre las risas de los cortesanos.

Por un instante se oyeron los rabiosos aullidos del infernal aborto hasta que, de pronto, enderezando su desmedrada personilla, gritó con un acento que hizo correr un escalofrío de miedo por los circunstantes:

—Si aseguras a mi cabeza su permanencia sobre los hombros, yo, ¡oh excelso príncipe!, te señalaré a esos que tus reales ojos desean conocer.

El rey hizo un signo de asentimiento y el repugnante engendro continuó:

—Nada más fácil que complacerte, ¡oh rey! ¿Deseas saber cuál de tus vasallos posee el corazón más vil? Pues no sólo te presentaré uno, sino toda una legión.

Y mostrando con la diestra a los favoritos que le escuchaban espantados, prosiguió:

—¡Ved ahí a esos que sacó de la nada tu omnipotencia! En sus corazones de cieno anidan todas las vilezas. La ingratitud y la envidia están tras la máscara hipócrita de sus bajas adulaciones. En el fondo te odian. Son como las víboras; se arrastran, pero saltan y muerden al menor desliz.

Enseguida, volviéndose hacia el Sumo Sacerdote, y señalándolo junto con los magos y los nigromantes, dijo:

—¡Ved ahí al más fanático y a los más ignorantes de tus súbditos! ¡Sus dogmas son absurdos, falsa su ciencia y su sabiduría, necedad!

Hizo una pequeña pausa y con voz envenenada de odio prosiguió:

—El corazón más egoísta alienta dentro de tu pecho, ¡oh! rey. No conozco otro que le iguale en dureza y en crueldad, salvo el del príncipe, tu primogénito. ¡El pedernal es ante sus fibras una blanda y deleznable cera!

Calló un instante y luego, con voz ronca, profirió:

—Sólo me falta mostrarte donde se halla el último. Ese, es el mío, —y, golpeándose el pecho con fuerza, exclamó—: ¡Aquí está, oh príncipe! Con odio y hiel fue fabricado. Si pudiera desbordarse, os ahogaría a todos con el acíbar y ponzoña de sus rencores. Se anidan en él más cóleras que las que desataron, desatan y fulminarán los cielos y los abismos del mar. Una sola gota del veneno que encierra, bastaría para exterminar todo lo que se mueve y alienta debajo del sol.

La voz sibilante del enano vibraba aún en el vasto recinto, cuando el rey hizo una imperceptible señal. Al instante se apartaron los amplios tapices y dieron paso a una falange de guerreros que se precipitaron sobre los aterrados favoritos, dignatarios y magnates y los pasaron a cuchillo en un abrir y cerrar de ojos. Inmediatamente, después de decapitados, les abrían el pecho y les arrancaban el corazón palpitante.

El joven príncipe, al ver aquella carnicería, de un salto se puso junto a su padre, mas el monarca, alzando el pesado cetro de oro, lo descargó sobre la desnuda y juvenil cabeza con la celeridad del relámpago. Apenas el cuerpo se desplomó sobre las gradas, un esclavo le sacó el corazón.

El enano, al ver que un soldado avanzaba hacia él con el alfanje en alto, gritó:

—¡Oh, rey, has prometido...!

Y una voz, en la que vibraba un acento de ferocidad implacable, resonó en lo alto del soberbio trono:

—¡Arrancadle, vivo, el corazón!

*

Han pasado dos días; el rey se encuentra en su cámara más hosco y torvo que nunca, cuando de improviso ve en forma de una serpiente de fuego la temerosa aparición de Raa. El genio desenvuelve sus anillos de llamas y dice:

—Aquí tienes lo convenido. Esta malla, tejida con las fibras de los corazones cuya esencia era el egoísmo y el odio, el fanatismo y la ignorancia, es impenetrable a la luz. Los rayos del sol se romperán contra ella, sin que logren atravesarla jamás. Aunque su volumen es tan pequeño que puede ocultarse en el hueco de la mano, sus pliegues, distendidos, cubrirían toda la tierra. Oye y graba en tu memoria lo que has de hacer: subirás a la montaña que se alza sobre el abismo y esperarás que el sol, al salir de su morada nocturna, roce la cresta más alta para lanzarle la red mágica, cuyos pliegues lo envolverán aprisionándolo como dentro de una coraza de diamante. Desde ese momento será tu esclavo y podrás hacer de él lo que quieras.

*

Salió ocultamente de su palacio por un postigo que daba al campo, sin más compañía que un cayado de pastor y la malla maravillosa. Tres días con sus noches, el rey marchó hacia el Oriente. La senda por donde caminaba subía bordeando desfiladeros y barrancas insondables. El flanco de la negra montaña era cada vez más empinado y más áspero. Pero ni el cansancio ni el frío, ni la sed ni el hambre, le molestaba en lo más mínimo. El orgullo y la soberbia avivaban en él sus hogueras y devoraban toda sensación de malestar físico. Ni una sola vez volvió la cabeza para contemplar el camino recorrido.

Tres veces vio pasar el sol por encima de su cabeza. Cruzó sin detenerse, irreverente, con la excelsa majestad de un dios. Le asaeteó con sus rayos y fundiendo las nieves desató, para que le salieran al paso, con más ímpetus los torrentes. Aquel reto del astro exacerbó su furor y amenazando con la diestra al flamígero viajero profirió:

—¡Oh, tú, ascua errante, fuego fatuo, que un soplo de Raa enciende y apaga cada día, en breve te arrancaré las insolentes alas! ¡Aherrojado como un esclavo yacerás eternamente tras los muros de oro de mis alcázares!

Y confortado con esta idea venció los últimos obstáculos y se encontró por fin en la cima más encumbrada de la inaccesible montaña, más arriba de las nubes y de los nidos de las águilas.

*

En la cúpula sombría centellean calladamente los astros. La noche toca a su término y un vago resplandor brota del abismo sin fondo. Poco a poco palidecen las estrellas, y un tenuísimo matiz de rosa se esparce en el oscuro azul del cielo. De pronto, un haz de rayos deslumbradores ciega los ojos del monarca. De la negrura sin límites, abierta bajo sus pies, una esfera de oro en fusión surge rauda hacia el espacio. A través de sus cerrados párpados entrevé la fulgurante aureola y lanza por encima de ella la malla maravillosa. Como una antorcha que se hunde en el agua, de súbito se apagó el resplandor. Las estrellas se encendieron de nuevo, y las sombras fugitivas y dispersas volvieron sobre sus pasos y ocultaron otra vez la tierra.

*

Después de atravesar las salas sumidas en las tinieblas, el rey se detuvo en la más alta torre de su palacio. El alcázar estaba desierto y debía de haber sido teatro de alguna tremenda lucha, porque todo él estaba sembrado de cadáveres. Los había en todas partes, en los jardines, en las habitaciones, en las escaleras y en los sótanos. La desaparición del rey había encendido la guerra civil, y gran número de pretendientes se habían disputado la abandonada diadema. Mas, la pavorosa ausencia del sol había bruscamente interrumpido la matanza.

Dentro de la alta torre, el tiempo trascurre para el monarca insensiblemente. Una deliciosa languidez lo invade. En el interior de la regia cámara, suspendido, como una maravillosa lámpara, está el celeste prisionero. Por una rendija imperceptible de su cárcel brota un intensísimo rayo de luz. Afuera una oscuridad profunda envuelve los valles, las llanuras, las colinas y las montañas. El cielo está negro como la tinta, y cual enlutado túmulo, lucen en él como lágrimas los astros. Apoyado en la ventana ha asistido mudo e impasible a la lenta agonía de todos los seres. Poco a poco han ido extinguiéndose los clamores y los incendios, hasta que ni el más leve destello rasgó ya la lobreguez de la noche eterna.

De pronto, el rey se estremece. Ha sentido un malestar extraño, como si le hubiesen atravesado el corazón con una aguja de hielo. Y desde ese instante su plácida tranquilidad desaparece y la molesta sensación va aumentando por grados hasta hacérsele intolerable. Siente dentro del pecho un frío intensísimo que congela su carne y su sangre y, lleno de angustia, evoca de nuevo a Raa, el genio dominador de los espacios y de los astros, quien contesta a sus súplicas con ironía desalentadora.

—¿De qué te quejas? Al suprimir la vida, no has dejado al sentimiento, que te posee y es el móvil único de tus acciones, otro refugio que tu corazón. Para expulsarle sería menester que vibrase en las muertas fibras un átomo de piedad o amor.

Apenas el genio lo hubo dejado, la desesperación se apoderó del monarca. Mas, de súbito, rasgó sus vestiduras y expuso el pecho desnudo al rutilante rayo de luz. Pero ni el más ligero alivio viene a confirmar su esperanza. Entonces clava sus uñas en las carnes y se abre el pecho, dejando al descubierto su frígido corazón, al contacto del cual el haz luminoso se debilita y decrece con asombrosa rapidez. Dijérase un caño de oro líquido cayendo en un tonel sin fondo, y que desmaya y se adelgaza hasta convertirse en un hilo, en una hebra finísima. De pronto, como una antorcha, como un fuego fatuo que se extingue, la última chispa brilla, parpadea, desvaneciéndose en la oscuridad.

A pesar de que el sol ha cambiado de cárcel y lo lleva ahora en su corazón, parécele que toda la nieve de las montañas se hubiese trasladado allí. Sube, entonces, a la ventana y se precipita al vacío, en el cual, como si alas invisibles le sostuviesen, desciende blandamente hasta que toca con sus pies la tierra. La campiña está helada como un ventisquero, y envuelto en tinieblas impenetrables camina a la ventura con los brazos extendidos, huyendo como medroso fantasma de la agonía del Universo.

*

Cuando las ciudades no fueron sino escombros humeantes y las selvas montones de ceniza, cuando todo combustible se hubo agotado, los hombres cesaron de disputarse un sitio en torno de las hogueras moribundas y se resignaron a morir. Entonces, a la escasa luz de las estrellas, en la negra oscuridad que los rodeaba, se buscaron los unos a los otros, marchando a tientas con los brazos extendidos, huyendo del silencio y de la soledad del planeta muerto. Y, cuando sus manos se tropezaban en las tinieblas, se asían para no soltarse más. Aquel contacto producía en sus yertos organismos una reacción inesperada. El débil calor que cada uno conservaba, parecía multiplicar su potencia: se deshelaba la sangre, el corazón volvía a latir. Y esa cadena viviente aumentada sin cesar por eslabones innumerables, se extendía a través de los campos, por sobre las montañas, los ríos y los mares helados. Mas, cuando esos cordones se soldaron, faltó un eslabón para que una cadena sin fin enlazase todas las vidas, fundiéndolas en una sola y única, invulnerable a la muerte.

*

De pronto, el monarca sintió que el piso faltaba bajo sus pies. Agitó los brazos buscando un punto de apoyo, y dos manos estrecharon las suyas sosteniéndolo amorosamente. Aquellas manos eran duras y ásperas, tal vez pertenecían a un siervo o a un esclavo, y su primer impulso fue rechazarlas con horror; mas, estaban tan yertas, tan heladas, había tanta ternura en su sencillo ademán, que un sentimiento desconocido hizo que devolviera aquella presión. Sintió, entonces, que penetraba en él un fluido misterioso, ante el cual el hielo de sus entrañas empezó a fundirse como la escarcha al beso del sol, desbordándose súbitamente de su corazón, cual si se volcase el recipiente de un mar, el raudal flamígero cuyo curso marcan en el infinito los ortos y los ocasos. Y por la cadena inmensa, a través de las manos entrelazadas, pasó un estremecimiento, una cálida vibración que abrazó todos los pechos anegando las almas en un océano de luz. Se disiparon en los espíritus las sombras, y el más allá, el arcano indescifrable, salió del caos de su negra noche. Y cada cual se penetró de que el incendio que ardía en sus corazones irradiaba sus lenguas fulguradoras hacia lo alto, donde se condensaban en un núcleo que fue creciendo y agigantándose hasta estallar allá arriba, encima de sus cabezas, en un torbellino deslumbrador. Y aquel foco ardiente era el sol, pero, un sol nuevo, sin manchas, de incomparable magnificencia que, forjado y encendido por la comunión de las almas, saludaba con la áurea pompa de sus resplandores a una nueva humanidad.

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El ahogado

Sebastián dejó el montón de redes sobre el cual estaba sentado y se acercó al barquichuelo. Una vez junto a él, extrajo un reino y lo colocó bajo la proa para facilitar el deslizamiento. En seguida se encaminó a la popa, apoyó en ella su espalda y empujó vigorosamente. Sus pies desnudos se enterraron en la arena húmeda, y el botecillo, obedeciendo al impulso, resbaló sobre aquella especie de riel con la ligereza de una pluma. Tres veces repitió la operación.

A la tercera recogió el remo y saltó a bordo del esquife que una ola había puesto a flote, y empezó a cinglar con lentitud, fijando delante de sí una mirada vaga, inexpresiva, como si soñase despierto.

Mas, aquella inconsciencia era solo aparente. En su cerebro las ideas fulguraban como relámpagos. La visión del pasado surgía en su espíritu, luminosa, clara y precisa. Ningún detalle quedaba en la sombra, y algunos le presentaban una faz nueva hasta entonces no sospechada. Poco a poco la luz se hacía en su espíritu y reconocía con amargura que su candorosidad y buena fe eran las únicas culpables de su desdicha.

El bote que se deslizaba lentamente, impulsado por el rítmico vaivén del remo, doblaba en ese instante el pequeño promontorio que separaba la minúscula caleta de la Ensenada de los Pescadores. Era una hermosa y fría mañana de julio. El sol muy inclinado al septentrión, ascendía en un cielo azul de un brillo y suavidad de raso. Como hálito de fresca boca de mujer, su resplandor, de una tibieza sutil, acariciaba oblicuamente, empañando con un vaho de tenue neblina el terso cristal de las aguas. En la playa de la ensenada, las chalupas pescadoras descansaban en su lecho de arena ostentando la graciosa y curva línea de sus proas. Mas allá, al abrigo de los vientos reinantes, estaba el caserío. Sebastián clavó con avidez los ojos sobre una pequeña eminencia, donde se alzaba una rústica casita cuya techumbre de zinc y muros de ladrillos rojos acusaban en sus poseedores cierto bienestar. En la puerta de la habitación apareció una blanca y esbelta figura de mujer. El pescador la contempló un instante, fruncido el ceño, hosca la mirada y, de pronto, con un brusco movimiento del remo torció el rumbo y navegó en línea recta hacia el sur. Durante algún tiempo cingló con brioso esfuerzo; el barquichuelo parecía volar sobre la bruñida sábana líquida, y muy luego el promontorio, el caserío y la ensenada quedaron muy lejos, a muchos cables por la popa. Entonces soltó el remo y se sentó en uno de los bancos. Su actitud era meditabunda. En su rostro tostado que la rizada y oscura barba encuadraba en un marco de ébano, brillaban los ojos de un color verde pálido con expresión inquieta y obsesionadora. Todo su traje consistía en una vieja gorra marinera, un pantalón de pana y una rayada camiseta que modelaba su airoso busto lleno de vigor y juventud.

El bote, entregado a la corriente, derivaba a lo largo de la costa erizada de arrecifes donde el suave oleaje se quebraba blandamente. Sebastián, recogido en sí mismo, fijaba en aquellos parajes, para él tan familiares, una mirada de intensa melancolía. Y de pronto la vieja historia de sus amores surgió en su espíritu vívida y palpitante, como si datara solo de ayer. Ella empezó cuando Magdalena era una chicuela débil, de aspecto enfermizo. Él, por el contrario, era ya crecido, y su cuerpo sano y membrudo tenía la fortaleza y flexibilidad de un mástil. El contacto diario de las comunes tareas, había ido trasformando aquel afecto fraternal en un amor apasionado y ardiente. Como hijos ambos de pobres pescadores, su mutuo cariño no encontró en la diferencia de fortunas obstáculos ni entorpecimientos. Fue, pues, sin oposición, novio oficial de Magdalena, quien era toda una mujer. Ni sombra quedaba en ella de la jovencilla esmirriada, a quien tenía que proteger a cada paso de las bromas de sus compañeros. La trasformación había sido completa. Alta, de formas armoniosas, con su bello rostro y sus grandes ojos oscuros, era la joya de la caleta. Entonces fue cuando aquella herencia inesperada, recaída en la madre de su novia, vino a modificar en parte este estado de cosas. Experimentó una corazonada de mal augurio, cuando le dieron la noticia. Los hechos vinieron a confirmar bien pronto aquel presagio. El ajuar de Magdalena se trasformó completamente. Los burdos zuecos fueron reemplazados por botinas de charol y los trajes de percal cedieron el campo a las costosas telas de lana. Este cambio se debía en gran parte a la vanidad materna, que quería a toda costa hacer de la zafia pescadorcilla una señorita de pueblo. De aquí partieron los primeros tropiezos para el proyectado matrimonio. A juicio de la futura suegra, éste no debía efectuarse hasta que Sebastián no fuese propietario de una chalupa que reemplazase su misérrimo cachucho, el cual, según ella, era un viejo cascarón y no valía tres cuartillos.

El mozo no pudo menos que someterse a esta exigencia; mas, con el entusiasmo del amor y la juventud, creyó que muy pronto se encontraría en estado de satisfacerla.

El bote, arrastrado por la corriente, presentaba la proa a la costa, y Sebastián vio de improviso en la azul lejanía destacarse los masteleros de los buques anclados en el puerto. Cortó aquel panorama el hilo de sus recuerdos, reanudándose enseguida la historia en la época en que apareció el otro. Un día irrumpió en compañía de unos cuantos calaveras en la Ensenada de los Pescadores. Se decía marinero licenciado de un buque de guerra, y se mostraba muy orgulloso de sus aventuras y de sus viajes. Con su fiero aspecto de perdonavidas, se impuso por el temor en aquellas pacíficas y sencillas gentes. Muy luego se dio en cortejar a Magdalena, mas la joven, a quien repugnaba la aguardentosa figura del valentón, contestó a sus galanteos con el más soberano desprecio.

Un suspiro se escapó del pecho del pescador. Entornó los ojos y un episodio grabado profundamente en su memoria se presentó a su imaginación.

Un domingo por la mañana, de vuelta de la misa, marchando las muchachas adelante y los mozos atrás por el angosto sendero de la capilla, oyó, de repente, la voz airada de la joven que lo llamaba:

—¡Sebastián, Sebastián!

De un salto salvó el espacio que de ella lo separaba y vio al aborrecido rival que, sujetando por un brazo a la indignada muchacha, trataba, entre las risas de las demás, de cogerla por la cintura.

La escena del pugilato le aparecía envuelta en una espesa bruma. Todo había sido cosa de un momento. Entre la admiración de todos hizo morder el polvo al cínico galanteador, y si no se lo arrancan de entre las manos, habrían allí, probablemente, terminado todas sus valentías.

Por algún tiempo nada se supo de él hasta que llegó la noticia de que, jurando vengarse de su descalabro, se había embarcado a bordo de un ballenero que zarpaba para una larga expedición a los mares del sur.

Sebastián alzó la cabeza. De la ribera ascendía una ligera niebla que iba prendiéndose en los flancos de la escarpada costa. Ahora venía una época de relativa calma. Entregado con ardor al trabajo, procuraba reunir el dinero necesario para adquirir una embarcación de más valía que el diminuto cachucho. Mas, esto iba para largo y empezaba a comprender que, con sólo el trabajo de sus manos, tal vez no lo conseguiría nunca. Entonces la sorda hostilidad de la madre de Magdalena, aquella vieja avarienta y vanidosa a la vez, se hizo de día en día más desembozada y tenaz. Él no era un partido digno para su hija. Con su inexperiencia de muchacho y seguro del afecto de Magdalena, se burlaba de aquella oposición. Ahora comprendía cuán torpe había sido al despreciar tan temible adversario. Mas, ya era tarde para remediar el mal. Sólo le restaba la venganza.

Al llegar a este punto, un relámpago pareció animar las apagadas pupilas del pescador. En su rostro se dibujó una expresión de amenaza y de cólera intensa y honda. Mas esta excitación fue pasajera y volvió a abismarse en sus reflexiones. La escena de la taberna lo sumió en una profunda meditación. Aunque esa tarde había bebido copiosamente, recordaba todos los detalles. En medio de su embriaguez, el padre de la joven había soltado la verdad, brutalmente. Hacía un mes que había llegado la carta. Estaba fechada a bordo del ballenero, y había sido traída por una goleta que había completado, primero que el bergantín, su cargamento. Estaba dirigida a la madre de Magdalena y en ella decía su rival que la expedición a la cual pertenecía, había realizado ganancias fabulosas, de las cuales le correspondían, en su calidad de contramaestre, una no pequeña parte. Relataba algunas incidencias del viaje, y concluía solicitando a Magdalena en matrimonio, pues, sus intenciones eran establecerse en la Ensenada e invertir su capital en grandes empresas de pesca, a las cuales asociaría a su futuro suegro.

El viejo terminó su confidencia diciendo que Magdalena, que había empezado por rechazar abiertamente todo compromiso con el marinero, había ido poco a poco, cediendo a las instancias maternales y a la sazón, aunque no mostraba gran entusiasmo por el nuevo y ventajoso partido que se le proporcionaba, su repugnancia se había debilitado en gran parte. Todo aquello, dicho por la estropajosa voz del viejo que excusaba su debilidad con la voluntad indomable de su mujer, a la cual había estado siempre subordinado, le produjo el efecto de un mazazo en el cerebro. Mas, luego estalló en él una ira terrible. De un empellón derribó al vejete que quería retenerlo, y se abalanzó a comprobar de la propia boca de Magdalena, la veracidad de aquella noticia. Pero, la excitación producida por la cólera y las libaciones convirtió aquella explicación en reyerta, que terminó en un rompimiento definitivo.

A las palabras duras que le dirigiera, contestó la joven con otras ásperas e incisivas que lo volvieron loco furioso. Aquella actitud suya había sido una nueva torpeza, pues tenía la convicción íntima de que Magdalena lo amaba, siendo la maléfica influencia de su madre la que la apartaba de sus brazos. ¡Si él tuviese algún dinero! Y el deseo furioso de ser rico, de poseer riquezas penetró como un dardo en su cerebro sobreexcitado. ¡Ah, si pudiera evocar a los espíritus infernales, no titubearía un instante en vender su sangre, su alma, a cambio de ese puñado de oro, cuya falta era la causa única de su infelicidad! Pensó en los tesoros que guardaba avaro en su seno el mar. En las leyendas fantásticas de cofres llenos de corales y de perlas, flotando a merced de las olas y que el genio de las aguas ponía al alcance de un humilde pescador.

El insomnio de la noche, los efectos de la orgía de la víspera, el derrumbe de sus esperanzas y los atroces celos que le atenaceaban el alma, enarcaban sus huellas profundas en su semblante. Sentía una sed vivísima. Se levantó del banco y buscó debajo de la proa, extrayendo de un escondite hábilmente disimulado, una botella. Quitó la tapa y bebió con ansia. Poco a poco su rostro pálido se coloreó. Un principio de embriaguez se pintó en sus verdosas pupilas. Cogió el remo y se puso a cinglar para salir de la corriente y acercarse más a la costa. De improviso, al doblar un cordón de arrecifes, distinguió por la proa, flotando sobre el agua, un objeto redondeado que llamó poderosamente su atención. Con un golpe de remo enderezó el rumbo y marchó en línea recta en demanda de aquello que despertaba su curiosidad. A medida que se aproximaba, su extrañeza se convertía en asombro. Luego, toda duda le fue ya imposible: lo que sobresalía del agua a pocos metros de él era la cabeza de un hombre. Se acercó un poco más, y un espectáculo extraño se presentó ante su vista. Un joven, casi un niño, completamente desnudo, yacía sumergido hasta el cuello en las frías y salobres ondas. Su posición casi vertical se debía a un salvavidas sujeto debajo de los brazos, en el que se destacaba con letras azules el nombre "Fany".

Es un desertor, pensó Sebastián, recordando la fragata que, al anochecer del día anterior, había anclado cerca de la costa. Buscó con la vista el barco y lo distinguió navegando a velas desplegadas afuera del golfo. Como el Nordeste que lo obligara a recalar allí cambiase horas después, había levado anclas y emprendido de nuevo su ruta desconocida.

Sin mucho esfuerzo se imaginó el pescador al grumetillo descolgándose del portalón de la nave a las altas horas de la noche. Mas, el fugitivo no había contado con la frialdad del agua, ni con la engañosa proximidad de la costa.

Sebastián contempló el cuerpo amoratado y rígido que se destacaba a través del agua trasparente, y viendo que las azules pupilas del náufrago se clavaban en las suyas suplicantes, le dirigió algunas palabras en esa jerga tan común a la gente de mar. Pero de aquella boca, cuyos labios recogidos mostraban los blancos dientes, no brotó ningún sonido. La vida del grumete parecía haberse refugiado toda entera en sus inquietos y móviles ojos, cuya imploración muda hizo por un instante olvidar a Sebastián sus propios pesares.

Se inclinó para desembarazarlo del paquete de ropas que tenía atado a la espalda, pero, no pudiendo desatar los nudos, buscó la navaja del marinero, guiándose por el cordón que asomaba entre los pliegues del traje de sarga azul. Tiró de aquel cordón, y mientras una extremidad quedaba fija en las ropas, en la otra apareció la navaja unida a otro objeto pesado y brillante. Era un portamonedas de mallas metálicas que Sebastián, casi sin darse cuenta de lo que hacía, abrió oprimiendo el resorte. Su contenido, una gruesa cantidad de monedas de oro, lo maravilló. Mentalmente trató de calcular el valor de aquellos áureos discos y de súbito se echó a temblar. Una idea siniestra acababa de herir su cerebro, dejándolo deslumbrado. Mientras su cabeza ardía, un frío glacial comenzó a descender a lo largo de sus extremidades. Una sed ardiente le abrasó las fauces. Cogió la botella, y llevándola a sus labios, bebió el líquido que encerraba hasta la última gota. Casi instantáneamente cesó el nervioso temblor y su mirada adquirió una fijeza extraña de alucinado. Ya no pensaba en el náufrago. El mar, los arrecifes, la gallarda nave, todo aquel panorama habíase desvanecido, borrándose de su vista como una niebla lejana. Se veía triunfante junto a Magdalena que le sonreía ruborosa a través de su blanco velo de desposada. Era el día de la boda. La magnífica chalupa que los conducía de regreso del puerto era de su propiedad y volaba sobre las aguas, impulsada por sus ocho remos como una rauda gaviota.

De repente, su rostro transfigurado por una felicidad suprema se ensombreció. Conservando en la diestra la navaja y el portamonedas, su mirada se clavó en el náufrago dura y fulgurante como la hoja de un puñal. Mientras hacía jugar el muelle del arma, aquel rostro juvenil vuelto hacia él con expresión de angustioso terror, le pareció el genio del mal que surgía de su antro, en las profundidades, para arrebatarle la felicidad. Un simple tajo en el caucho del salvavidas y aquel obstáculo desaparecía para siempre. Durante un minuto vaciló. Todo lo que en él había de generoso y noble pugnó por sobreponerse en la terrible lucha que se libraba en su corazón. Un golpe sordo en el agua le estremeció. Un gran pájaro marino se levantaba de un círculo de hirviente espuma, llevando en su férreo pico un vívido y plateado pez. Siguió al ave en su vuelo y de súbito, su cuerpo vibró de pies a cabeza, como si hubiese recibido el choque de una corriente galvánica. En el blanco velamen del barco, hundiéndose en el horizonte, vio al ballenero que volvía.

Sus ojos adquirieron otra vez aquella inmóvil fijeza. Contemplaba de nuevo a Magdalena ataviada con su traje de novia, pero ya no era él el que estaba a su lado, junto al lecho nupcial, sino el otro. Mirábala sonreír, mientras aquel rostro bestial, convulso por el deseo, se aproximaba al de ella, fresco y purpúreo como una rosa. Vio, enseguida, cómo una mano, más bien una garra, en cuyo dorso había grabada una ancha ancla, se posaba en el blanco y nacarado seno...

Un sordo rugido se escapó por entre sus dientes apretados y se inclinó veloz sobre la borda. El salvavidas se desinfló instantáneamente; la rubia cabeza se hundió en el agua, y Sebastián vio durante un segundo los ojos azules del náufrago crecer, aumentar, salirse casi de las órbitas, sin que pudiera apartar sus ojos de la terrífica visión. El cuerpo se inclinaba de espaldas hasta tomar la posición horizontal, y de pronto le pareció que el descenso se interrumpía, sintiendo, al mismo tiempo, en la diestra un leve tirón. Desencogió las falanges, y la navaja y el portamonedas atraídos por el delgado cordoncillo saltaron por encima de la borda y desaparecieron en el mar.

Con la vista extraviada, desencajado el semblante, el pescador, dando un brinco, que casi hace zozobrar la embarcación, se precipitó sobre el remo y comenzó a cinglar desesperadamente.

*

Seis días han trascurrido. Sebastián, sentado en el banco de popa de su esquife, se deja arrastrar por la corriente en dirección al sur. Los ojos del pescador tienen un brillo y expresión extraños. Su lívido semblante, azorado e inquieto, sufre continuas transmutaciones. Sus ropas en desorden están cubiertas de fango. A veces sus miembros se crispan convulsivamente, los ojos parecen saltársele de las órbitas, y se vuelve con presteza a la derecha o la izquierda buscando la causa de aquel estruendo que, como un pistoletazo, acaba de resonar en sus oídos. Su existencia, durante la semana que acaba de trascurrir, ha sido una orgía continua. Aquella mañana se encontró tirado en el arroyo frente a la taberna. Se levantó y echó a andar como un autómata. Una vez en la caleta, un leve esfuerzo le bastó para que flotara el bote, pues la marea comenzaba ya a lamer su filosa quilla. Sentado en el banco, nada recuerda, en nada piensa. En su cerebro hay un enorme vacío, y ve las más extrañas y raras figuras desfilar por delante de sus ojos. Todo lo que mira se transforma al punto en algo extravagante. El dorso de un arrecife es un disforme monstruo que le acecha a la distancia, y la extremidad del remo se convierte en un diablillo que le hace burlescos visajes. Por todas partes seres extraños, con vestimentas azules o escarlatas, bailan infernales zarabandas.

De súbito un halcón marino se precipita de lo alto y se hunde en el agua, a pocos metros de un arrecife. El ruido de la caída y el blanco penacho de espuma que levanta el choque, producen en el pescador una agitación extraordinaria. Mira con ojos extraviados y el sopor de su espíritu se desvanece. Está en el sitio y muy cerca del escollo junto al cual se hundiera la rubia cabeza del náufrago. Y estremecido, preso de infinito terror se acurruca en el fondo del bote. Aunque la vista del mar le causa invencible pavura, una fuerza más poderosa que su voluntad lo obliga a alzar poco a poco la cabeza. El temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes aumentan a medida que se asoma sobre la borda. Trata de revelarse, pero, vencido, dominado por aquel irresistible poder, se queda inmóvil, con las pupilas inmensamente dilatadas fijas en el agua que acaricia los costados del bote con chasquidos que semejan amorosos ósculos.

En un principio sólo ve una masa líquida, de un matiz de esmeralda intenso. Mas, a medida que su vista se hunde en ella, las capas de agua se tornan más y más trasparentes. Muy luego divisa el fondo de arena tapizado de conchas marinas, y de pronto algo confuso, de un tinte blanquecino, que destaca allí abajo, atrae toda su atención. Como a través de un cristal empañado, que va perdiendo gradualmente su opacidad, los contornos de aquel objeto informe se precisan, adquieren relieve, y el conjunto se destaca poco a poco con claridad y nitidez.

De súbito una terrible sacudida agita de pies a cabeza a Sebastián... El cuerpo está acostado de espaldas, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. Su boca, sin labios, muestra dos hileras de dientes afilados y blancos, y de sus órbitas vacías brotan dos llamas que van a clavarse, como otros tantos dardos, en las verdes pupilas del homicida, quien, en el paroxismo del terror, trata inútilmente de sacudir la inercia de sus miembros y huir de la pavorosa visión. Una fatal fascinación lo posee; quisiera cerrar los ojos, apartarse de la borda, pero, ni uno solo de sus músculos le obedece.

Y el muerto sube. Abandona suavemente su lecho de conchas y asciende en línea recta a la superficie sin cambiar de postura, extendido de espalda, con las piernas entreabiertas y los brazos en cruz. En su horrible rostro hay una expresión de venganza implacable, de aguda ferocidad. Un sordo estertor brota de la garganta de Sebastián. Su cuerpo tiembla como el de un epiléptico, mas no puede apartarse del flanco del bote.

Y el ahogado sube, sube cada vez más aprisa. Ya está a diez brazas, ya está a cinco, luego a dos. Y en el instante en que los brazos del muerto se tienden para cogerle en un abrazo mortal, el pescador, dando un tremendo salto, va a caer de pie sobre la popa de la embarcación. De ahí brinca a un arrecife, donde el bote abandonado a sí mismo ha ido a chocar y, ganando la parte más alta de la roca, mira despavorido a su derredor. Mas, apenas su vista se ha posado en el borde del agua, cuando salta de allí a la parte opuesta para volver al mismo sitio un segundo después y, loco de terror, de un arrecife pasa a otro con los cabellos erizados, flotando al viento.

Es que él está ahí y lo persigue. El agua hierve en torno de los escollos con las arremetidas del ahogado que azota las olas como un delfín. Está en todas partes a derecha e izquierda, delante y detrás. Sebastián oye rechinar sus dientes y ve, a través del agua, el cuerpo hinchado, monstruoso, con sus largos brazos prestos a asirle al menor descuido o al más ligero traspiés. Y para evitarlo salta, se escurre, se agazapa, corre de allí para allá desatentado, sin encontrar un refugio contra la horrenda y espantable aparición.

De improviso se encuentra preso en un arrecife solitario. La marea le ha interceptado el paso y no puede ya avanzar ni retroceder. A medida que el agua sube y el peñasco se hunde, el ahogado estrecha el cerco y redobla sus acometidas. Varias veces el pescador ha creído sentir en sus desnudas piernas el contacto frío y viscoso de aquellos brazos que, como los tentáculos de un pulpo, se tienden hacia él con una avidez implacable. El fugitivo multiplica sus movimientos, su pecho jadea, la fatiga lo abruma. De pronto, mientras agita sus manos en el vacío y lanza un pavoroso grito, una ola viene a chocar contra sus piernas y lo precipita de cabeza al mar.

*

Mientras el sol se distancia cada vez más de la cima de los acantilados, el bote se aproxima con lentitud a la playa, sacudido por el espumoso oleaje, sobre el cual los halcones del océano se deslizan silenciosos escudriñando las profundidades.

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Irredención

Cuando los últimos convidados se despidieron, la princesa, recogiendo la falda de su vestido constelado de estrellas, atravesó los desiertos salones y se encaminó a su alcoba, echando, al pasar, una mirada a aquellos sitios donde, por su gracia y hermosura, más que por su simbólico traje, había sido durante algunas horas la reina de la noche.

Se sentía un tanto fatigada, pero, al mismo tiempo, alegre y satisfecha. El baile había resaltado suntuosísimo. Todo lo que la gran ciudad ostentaba de más valía: la nobleza de la sangre, del dinero y del talento desfiló por sus salones, adornados con deslumbradora magnificencia.

Pero la nota sensacional, la que arrancó frases de admiración y de entusiasmo, era la de las flores, de un pálido matiz de aurora, desparramadas con tal profusión por todo el palacio, que parecía una nevada color de rosa caída en los vastos aposentos, cubriendo las consolas, los muebles, los bronces, derramándose sobre los tapices y haciendo desaparecer bajo sus carmenadas plumillas la soberbia cristalería de la mesa del buffet. Guirnaldas de las mismas envolvían las arañas, trazaban caprichosos dibujos en los muros y orlaban los marcos dorados de los espejos. El efecto producido por aquella avalancha de flores rosadas era sencillamente maravilloso, y los asistentes al baile no se cansaban de elogiar aquella fantástica ornamentación, cuya idea genial llenaba de orgullo a la hermosa dama que, a solas con sus doncellas que preparaban su tocado nocturno, se complacía en evocar los detalles de la magnífica fiesta.

Sí, aquel pensamiento originalísimo había sido de ella, únicamente de ella y no podía menos de sonreír al recordar la cara de sorpresa del viejo administrador cuando le dio orden de despojar de sus flores a todos los duraznos en floración que existiesen en sus fincas.

Segura estaba de que el rústico servidor cumpliera el mandato a regañadientes. Pero había obedecido y el éxito superaba a sus esperanzas.

Obsesionada por tan deliciosos recuerdos, se metió en la cama, y ya la doncella abandonaba en puntillas el aposento, cuando la voz de su señora la detuvo. Un deseo repentino, un capricho de niño mimado la había acometido de pronto. Quería dormirse respirando la suave fragancia de aquellas flores que tan dulces sensaciones le habían proporcionado. Obedeciendo las órdenes de su ama, la joven derramó encima de los cobertores puñados de aquellos rosados pétalos, y suspendió del crucifijo de plata, colocado a la cabecera del suntuoso lecho, un trozo de guirnalda arrancado de una de las arañas del salón.

La estancia quedó en silencio y poco a poco fue haciéndose más hondo el sopor de la bella durmiente.

De pronto, se encontró trasportada a una de sus fincas. El cielo estaba azul y un sol de primavera, tibio y risueño, acariciaba los campos. Caminaba por en medio de un bosque de duraznos en flor, envuelta en una atmósfera de efluvios y aromas embriagadores, cuando, de súbito, un soplo que parecía brotar de sus labios, tenue al principio, impetuoso después, arrebató las flores y las dispersó a los cuatro vientos. Tuvo miedo y quiso huir, pero los árboles, como espectros vengadores, le cerraron el paso y, fustigándola con su desnudo ramaje, la estrecharon hasta ahogarla con la pesadumbre de su haz inmenso.

Sintió que su alma abandonaba la tierra y comparecía delante del Tribunal Divino, presa de una angustia y terror infinitos.

Sentado en su trono, bajo un dosel de flamígeros soles, estaba el Supremo, inexorable, Juez. A su derecha mostraba sus páginas el libro de la vida y a su izquierda un arcángel sostenía con la diestra la balanza de la justicia.

En el fondo, guardadas por los ángeles con espadas de fuego, estaban las puertas del Purgatorio y del Paraíso; y a espaldas del arcángel se veía una concavidad negra, por la que asomaba, apoyándose en sus garras y alas membranosas, la terrífica figura de Satanás.

Y como si todo estuviese calculado para aumentar sus congojas, el alma de la princesa se vio obligada a asistir al juicio de otra que la precediera en aquel trance.

Era ésta la de un asesino y ladrón. Mientras que en el platillo del mal formaban sus crímenes una montaña, en el otro, en el de las buenas acciones, nada había que contrarrestase el peso abrumador de las culpas. Pero, la Miseria puso en él una lágrima y un hilo de sus harapos, la Expiación una gota de la sangre derramada en el patíbulo y la Ignorancia, despojándose de su venda, la colocó también en el platillo vacío, el cual salió esta vez de su inmovilidad inclinándose ligeramente.

Satanás, que se preparaba para asir al condenado, hizo una horrible mueca. El alma que contaba por suya era enviada al Purgatorio. Rechinó los dientes con rabia, y la vibración de sus alas, sacudidas por la ira, atronó las pavorosas concavidades del Averno. Aquel fallo revivió en el alma angustiada de la Princesa la esperanza. Entre ella y un asesino y ladrón, mediaba un abismo. Y esta seguridad se acentuó viendo que, llegado su turno, el arcángel ponía en el platillo de las culpas sólo unas cuantas flores ajadas y descoloridas.

Su terror e inquietud se trocaron entonces en una alegría sin límites, al comprender que aquellas florecillas, cuyo peso podía neutralizar el más levísimo soplo, representaban todo el mal que había desparramado en la Tierra. ¡Cuán severamente se había juzgado! Pero, y ahora estaba cierta, su alma era de las elegidas e iría recta al Paraíso. Y confortada con la visión de la eterna bienaventuranza, evocó la legión innumerable de sus buenas obras. Éstas eran tantas, que casi deploró que su culpa fuese tan pequeña, pues, bastaría la más insignificante de sus nobles acciones para inclinar la balanza en su favor. Y ella quería ostentarlas allí todas, para que el divino Juez le asignase el premio mayor al que era merecedora.

Por eso, cuando fueron amontonándose en el platillo del bien sus actos de piedad religiosos, de caridad y de abnegación, sin que la posición de la balanza se modificase, sólo experimentó un principio de extrañeza, que se convirtió en asombro, viendo que el arcángel remataba su tarea poniendo sobre aquel cúmulo de virtudes, las moles gigantescas de un hospital y de una suntuosa capilla con sus cimientos de piedra, su cruz de hierro fundido y su veleta de latón.

Pero la balanza permaneció inalterable y, de súbito, un espectáculo pavoroso llenó de espanto el alma de la princesa. Satanás, que se reía, abandonó de pronto el escondrijo en que estaba agazapado y como una araña monstruosa se colgó del platillo rebelde y, tras él, aferrándose del rabo y de sus ganchudas patas, se suspendieron todos los diablos y réprobos del infierno, sin que el peso de aquella cadena, cuyo último eslabón tocaba el fondo del séptimo abismo, lograse marcar la más leve oscilación en el fiel de la balanza inmutable. En el platillo las flores habían desaparecido y en su lugar se veía una montaña de duraznos en sazón, sobre la cual giraban miríadas de seres desde el corpúsculo imperceptible hasta el insecto alado de forma perfecta. Abejas zumbadoras, mariposas de alas irisadas, aves de plumajes multicolores revoloteaban en derredor de los frutos, en legiones innumerables, destacándose por encima de todo un inmenso follaje que, en forma de cono invertido, se perdía en el infinito.

Y, entonces, fue cuando resonó la voz terrible:

—¡Mujer, tu culpa es irrescatable! Todo el peso del infierno no ha podido equilibrarla. Al extirpar el germen, has detenido en su curso la proyección de la vida, cuyo origen es Dios mismo... Ve, pues, con Satán por toda la eternidad.

*

Un grito estridente, vibrante, puso en conmoción a la servidumbre del palacio. La doncella, que había acudido la primera, encontró a su señora incorporada en el lecho, presa de violentos espasmos nerviosos. La guirnalda suspendida del crucifijo, se había roto y las flores yacían esparcidas en la almohada y cabellera de la dama, lo cual hizo exclamar a media voz a la joven:

—¡Ya lo sabía yo! Dormir con flores es como dormir con muertos. Se tienen pesadillas horribles.

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En la rueda

En el fondo del patio, en un espacio descubierto bajo un toldo de duraznos y perales en flor, estaba la rueda. Se componía de una valla circular de tres y medio metros de diámetro hecha con duelas de barriles viejos. En el suelo, cuidadosamente enarenado, había dos hermosos gallos sujetos por una de sus patas a una argolla incrustada en la barrera y, en derredor de ésta, sentados los de la primera fila y de pie los de la segunda, se estrechaban un centenar de individuos. Muchachos de dieciséis años, mozos imberbes, hombres de edad madura, y viejos encorvados y temblorosos observaban con avidez los detalles preliminares de la riña. Cada una de las condiciones del desafío: el monto de la apuesta, el número de careos, la operación del peso, provocaba alegatos interminables que concluían a veces en vociferaciones y denuestos.

Por fin, las partes contrarias se pusieron de acuerdo y, mientras el juez ocupaba su sitio, los dos gallos contendores, el Cenizo y el Clavel, sostenidos en el aire por sus dueños; fueron objeto de un último y minucioso examen. Pico y alas, pies y plumas, todo fue cuidadosamente registrado y escudriñado. Los espolones requirieron una atención especial. Reforzados en su base con un anillo de cuero y raspados delicadamente con la hoja de un cortaplumas, quedaron convertidos en agujas sutilísimas.

Terminados los preparativos, el juez de la cancha ocupó su asiento: un banco más elevado que los demás. Tenía delante un marco de madera con dos alambres horizontales que sostenían, atravesados por el centro, pequeños discos de corcho: eran los tantos para anotar las caídas y los careos.

Contados los discos, el juez golpeó encima de la barrera para llamar la atención y luego, dirigiéndose a los galleros, les hizo un ademán con la diestra.

Soltados a un tiempo los dos campeones, una sacudida conmovió la rueda: las cabezas se abatieron con un movimiento rápido y todos los ojos se clavaron en los emplumados paladines que, frente a frente, rectos sobre sus patas, con la cresta encendida, el plumaje erizado y la pupila llameante, avanzaron el uno sobre el otro, deteniéndose a cada paso para lanzar a voz en cuello una vibrante clarinada.

El furor bélico de que parecían poseídos entusiasmó a los concurrentes y las apuestas se cruzaron con viveza de un lado a otro de la cancha. Por algunos momentos sólo se oyó:

—¡Doy ocho a cuatro en el Clavel!

—¡Va!

—¡Doblo en el Cenizo!

—¡Va!

—¡Doy a veinte!

—¡Doy a cuarenta!

—¡Va!

Y estas voces, incesantemente repetidas, eran acompañadas por el tintineo sonoro de las monedas pasando de una mano a otra, entre frases y vocablos de un tecnicismo especial.

La voz estentórea del Juez, imponiendo silencio, hizo cesar bruscamente el tumulto.

Entretanto, los campeones, después de observarse ora de frente, ora de flanco, se habían acercado lenta y cautelosamente. Doblados sobre los muslos, con las alas entreabiertas, el cuello extendido, rozando casi el suelo, permanecieron un instante en actitud cae acecho. Las plumas del cuello, erizadas en forma de abanico, semejaban una rodela tras de la cual se escudaba el nervioso y palpitante cuerpo.

De súbito, como dos imanes que se aproximan demasiado, desapareció la distancia: se oyó un ruido breve y seco y algunas plumas remontando la valla hendieron el aire en distintas direcciones. La lucha a muerte estaba entablada.

Durante este primer período de la riña, el espectáculo era verdaderamente hermoso y fascinador.

La luz del sol, filtrándose a través del florido ramaje que, como un dosel blanco y rosa, cubría la arena del combate, trasformaba en destello de piedras preciosas el metálico reflejo de las plumas tornasoladas.

Ni la vista más penetrante podía percibir las estocadas, los quites y contragolpes de aquellos diestros esgrimidores.

De súbito un viejo gallero, interrumpiendo el profundo silencio, exclamó:

—¡Clavado el Clavel!

Empezaba otra faz de la pelea. El cansancio de los combatientes era ya visible. Jadeantes, las alas caídas, el pico entreabierto, se atacaban con extremada violencia. Todas las miradas iban de la mancha roja que, en el albo plumaje del Clavel, crecía y se ensanchaba por instantes, al espolón derecho de su enemigo, tintó en sangre en toda su longitud. Mientras los técnicos clasificaban el golpe y los partidarios del Cenizo daban muestras inequívocas de alegría, una voz jubilosa partió del bando contrario:

—¡Clavado el Cenizo!

El espolón había penetrado en la cabeza, encima del ojo, y el gallo, aturdido por la violencia del golpe y cegado por la sangre que borbotaba de la herida, se tambaleaba sobre sus patas, próximo a desplomarse a los pies de su victorioso rival.

El Clavel, ensoberbecido con la ventaja, procuraba a toda costa rematar el triunfo. Mientras el acerado pico desgarraba y arrancaba a pedazos la piel de la cabeza y cuello, sus patas armadas de los terribles espolones descargaban una granizada de golpes sobre el enemigo inerme.

Sus partidarios locos de entusiasmo lo animaban con la voz y con el gesto:

—¡Acábalo, Clavelito!

—¡Apágale los faroles!

—¡Otro cómo ese!

Mas, el Cenizo, a pesar de aquel torbellino que caía sobre él, se recobraba rápidamente. Lleno de sangre, acribillado de heridas, hacía de nuevo frente a su fatigadísimo adversario, y muy pronto el brío y la pujanza con que reanudó la batalla, parecieron inclinar decididamente la balanza en su favor.

Este cambio produjo otro en torno de la rueda. Mientras unos rostros se ensombrecían, los demás se iluminaban. El gallo que ya se consideraba vencido, volvía por su fama, haciendo renacer la esperanza en sus desalentados apostadores, quienes lanzaron un grito de victoria cuando alguien advirtió:

—¡Se le apagó una luz al Clavel!

La última etapa de la riña se aproximaba.

El blanco plumaje del Clavel había tomado un matiz indefinible, la cabeza estaba hinchada y negra y en el sitio del ojo izquierdo se veía un agujero sangriento. Ya la lucha no tenía ese aspecto atrayente y pintoresco de hace poco. Las brillantes armaduras de los paladines, tan lisas y bruñidas al empezar el torneo, estaban ahora rotas y desordenadas, cubiertas de una viscosa capa de lodo y sangre. Mas, el furibundo ardor de que estaban poseídos, no decrecía un instante. Sosteniéndose a duras penas sobre sus patas, y trazando con la extremidad de las alas surcos en la arena, se asaltaban con sin igual encarnizamiento. Se estrellaban contra la valla enrojeciéndola con su sangre y rodaban a cada choque en el polvo sin darse un segundo de tregua. Ciegos de coraje, buscaban para herir los sitios vulnerables: el ojo y la nuca. Y despojada casi de la piel, la cabeza era una llaga viva, monstruosa, repugnante.

La pelea, indecisa, se eternizaba, cuando de súbito un grito ronco, extraño, brotó de la garganta del Clavel. Su contrario acababa de clavarle el espolón en el cerebro. Dio algunos pasos desatentado y cayó de bruces. Durante un minuto, preso de violentas convulsiones, azotó el aire con las alas, saltando y rebotando dentro de la rueda como una pelota. Poco a poco los movimientos fueron menos bruscos y cuando todos esperaban quedase inmóvil, como muerto en la arena, el caído se enderezó, mas sus patas se negaron a sostenerlo y cayó de nuevo para volver a levantarse un segundo después.

Aquella increíble vitalidad que iba a ser, tal vez, causa de que se prolongase indefinidamente la pelea, produjo manifestaciones de desagrado entre los que aguardaban se desocupase la cancha para concertar nuevas riñas, y uno más impaciente que los demás dijo en voz alta:

—¡Pobre Clavel, levántenlo, ya ha hecho lo que ha podido!

El dueño del ave aludida saltó de su asiento como un resorte. Era un muchacho delgado y pálido. Con acento tembloroso por la cólera, mostrando los puños al autor de la indicación, dejó escapar un torrente de palabras.

¿Cómo, había allí alguien que lo creía capaz de levantar el gallo antes de finalizar la riña? ¡Seguro que no era del oficio! Porque si lo fuese, debía saber que un gallero que se estima, sólo levanta sus gallos cuando están muertos. ¡Vaya con los gallinas que se asustaban de una gota de sangre! Si no querían ver lástimas, debían quedarse en sus casas y no venir a avergonzar con sus jeremiadas a los de la profesión.

Varios intervinieron amistosamente para cortar la disputa, la que cesó del todo cuando el juez, en uso de sus atribuciones, viendo que los gallos no se atacaban, pronunció con voz enérgica la palabra reglamentaria:

—¡Careo!

En el centro de la cancha, separados por cincuenta centímetros escasos, había dos trozos de madera colocados de modo que cada uno de ellos tuviese una de sus caras al nivel del suelo.

Según el reglamento, dada la señal por el juez, los gallos debían ser parados encima de estos maderos. Si ambos hacían allí ademán de acometerse, se anotaba un "careo". Llegados a los veinticinco, la riña era declarada "tabla". Mas, si alguno de los contendores no devolvía el ataque, se marcaba una "caída", siendo necesarias cinco para que se le declarase vencido.

Colocados los gallos encima de las tablas, la pelea se reanudó muchas veces. El Cenizo más descansado llevaba sobre su contendor una manifiesta ventaja, y todos sus esfuerzos tendían a arrancarle el ojo único que le quedaba. El Clavel, incapaz de mantenerse en pie, sólo contestaba a la furiosa saña de su enemigo con débiles picotazos. Y cuando el vencedor se fatigaba cesando de hostigar a su contrario, se oía resonar acto continuo la voz breve e imperiosa del juez:

—¡Careo!

Y la escena de las tablas se repetía siempre la misma, con iguales detalles. De un lado el agotamiento absoluto, la pasividad, la inercia casi; y del otro la agresión encarnizada, sin tregua, ferocísima.

Los partidarios del Cenizo, gozosos, seguros ya del triunfo, no le escatimaban los aplausos, los consejos ni los vítores.

—¡Apúntale bien!

—¡Déjalo a oscuras!

—¡Ciérrale el tragaluz!

—¡Quiébrale la otra lámpara!

Mientras los victoriosos daban rienda suelta a su alegría, los derrotados guardaban un silencio sombrío. Lo qué mas les mortificaba, no era la pérdida de las apuestas, sino las fanfarronadas proferidas al concertarse la riña, fanfarronadas que los contrarios les recordaban comentándolas con dichos y punzantes burlas.

Y allá, en el fondo de sus almas, lastimadas en su orgullo de profesionales por aquel contraste, sentían un secreto goce, cuando el implacable Cenizo laceraba con una nueva herida el cuerpo exangüe del malhadado favorito. Si alguien en ese momento hubiese propuesto hacer cesar su martirio, de seguro le habrían abofeteado.

Los careos se sucedían unos tras otros, sin que aún se hubiese anotado una caída. El Clavel no dejaba una sola vez de contestar en las tablas con un picotazo el ataque de su enemigo; pero, a esto se limitaba su acometividad, pues, sus patas torpes y vacilantes no lo sostenían, y si lograba a veces enderezarse a medias, se tumbaban en seguida sobre alguno de sus flancos. Y, allí en el suelo, en la arena empapada de sangre, sin que pudiese devolverlos, su adversario lo acribillaba a picotazos y golpes hasta que, agotadas las fuerzas, se quedaba, a su vez, inmóvil, jadeante, con el sangriento pico apoyado en el roto plumaje del moribundo.

La voz del juez resonaba entonces y los galleros cogiendo a los gladiadores, los ponían de nuevo frente a frente en medio de la cancha. Como si estrujasen una esponja, la sangre se escurría por entre sus dedos y tenía sus manos hasta las muñecas.

Aquella inaudita resistencia empezó a alarmar a los gananciosos. ¿Sería tabla la riña? Tres horas duraba ya el combate, la tarde caía visiblemente y sólo quince careos señalaba el marcador.

—Maldito gallo, ¡qué duro era de pelar!

Por fin dejó de responder en las tablas. Estaba ciego, casi sin plumas y no conservaba en las venas una gota de sangre. Llegó a los veinticuatro careos, uno más y anulaba el triunfo de su rival. Junto con marcar la quinta caída, el juez se puso de pie y proclamó con solemnidad su fallo:

—¡Perdió el Clavel!

Mientras los gananciosos rodeaban solícitos al vencedor, el dueño del gallo vencido lo cogió de las patas y, vivo aún, lo lanzó con fuerza lejos de la cancha. Cruzó como un proyectil por entre el florido ramaje y fue a estrellarse contra el tronco de un peral, cuyas ramas, sacudidas por el choque, dejaron caer sobre esa carne palpitante una lluvia de blancos y aterciopelados pétalos.

De la rueda partió un rumor sordo de aletazos seguido de un alegre vocerío... Empezaba una nueva riña.

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Las nieves eternas

Para mi querida sobrinita, Mariíta Lillo Quezada.

Sus recuerdos anteriores eran muy vagos. Blanca plumilla de nieve revoloteó un día por encima de los enhiestos picachos y los helados ventisqueros, hasta que, azotada por una ráfaga, se quedó adherida a la arista de una roca, donde un frío horrible la solidificó súbitamente. Allí aprisionada, pasó muchas e interminables horas. Su forzada inmovilidad la aburría extraordinariamente. El paso de las nubes y el vuelo de las águilas la llenaban de envidia, y cuando el sol conseguía romper la masa de vapores que envolvía la montaña, ella le imploraba con temblorosa vocecilla:

—¡Oh, padre sol, arráncame de esta prisión! ¡Devuélveme la libertad!

Y tanto clamó, que el sol, compadecido, la tocó una mañana con uno de sus rayos, al contacto del cual vibraron sus moléculas, y penetrada de un calor dulcísimo perdió su rigidez e inmovilidad, y como una diminuta esfera de diamante, rodó por la pendiente hasta un pequeño arroyuelo, cuyas aguas turbias la envolvieron y arrastraron en su caída vertiginosa por los flancos de la montaña. Rodó así de cascada en cascada, cayendo siempre, hasta que, de pronto, el arroyo, hundiéndose en una grieta, se detuvo brusca y repentinamente. Aquella etapa fue larguísima. Sumida en una oscuridad profunda, se deslizaba por el seno de la montaña como a través de un filtro gigantesco...

Por fin, y cuando ya se creía sepultada en las tinieblas para siempre, surgió una mañana en la bóveda de una gruta. Llena de gozo se escurrió a lo largo de una estalactita y suspendida en su extremidad contempló por un instante el sitio en que se encontraba.

Aquella gruta abierta en la roca viva, era de una maravillosa hermosura. Una claridad extraña y fantástica la iluminaba, dando a sus muros tonalidades de pórfido y alabastro: junto a la entrada se veía una pequeña fuente rebosante de agua cristalina.

Aunque todo lo que allí había le pareció deliciosamente bello, nada encontró que pudiera compararse con ella misma. De una trasparencia absoluta, atravesada por los rayos de luz, reflejaba todos los matices del prisma. Ora semejaba un brillante de purísimas aguas, ora un ópalo, una turquesa, un rubí o un pálido zafiro.

Henchida de orgullo, se desprendió de la estalactita y cayó dentro de la fuente.

Un leve roce de alas despertó de pronto los ecos silenciosos de la gruta, y la orgullosa gotita vio cómo algunas avecillas de plumaje negro y blanco se posaban con bulliciosa algarabía en torno de la fuente: era una bandada de golondrinas. Las más pequeñas avanzaron primero. Alargaban su tornasolado cuellecito y bebían con delicia, mientras las mayores, esperando pacientemente su turno, les decían:

—¡Bebed, hartaos, hoy cruzaremos el mar!

Y la peregrina de la montaña veía con asombro que las gotas de agua que la rodeaban se ofrecían, al parecer gozosas, a los piquitos glotones que las absorbían unas tras otras, con un glu glu musical y rítmico.

—¡Cómo pueden ser así! —decía—. ¡Morir para que esos feos pajarracos apaguen la sed! ¡Qué necias son!

Y para huir de las sedientas, estrechó sus moléculas y se fue a fondo.

Cuando subió a la superficie, la bandada había ya levantado el vuelo y se destacaba como una mancha en el intenso azul.

—Van en busca del mar —pensó—. ¿Qué cosa será el mar?

Y el deseo de salir de allí, de vagabundear por el mundo, se apoderó de ella otra vez. Rodeó la fuertecilla buscando una salida, hasta que encontró en la taza de granito una pequeña rasgadura por donde se escurría un hilo de agua. Alegre se abandonó a la corriente que, engrosada sin cesar por las filtraciones de la montaña, concluía por convertirse, al llegar al valle, en un lindo arroyuelo de aguas límpidas y trasparentes como el cristal. ¡Qué delicioso era aquel viaje! Las márgenes del arroyo desaparecían bajo un espeso tapiz de flores. Violetas y lirios, juncos y azucenas se empinaban sobre sus tallos para contemplar la corriente y proferían, agitando coquetonamente sus estambres cargados de polen:

—¡Arroyo, la frescura que nos da vida, el matiz de nuestros pétalos y el aroma de nuestros cálices, todo te lo debemos! Deteneos un instante para recibir la ofrenda de tus predilectas.

Mas el arroyo, sin dejar de correr, murmuraba:

—No puedo detenerme, la pendiente me empuja. Pero, escuchad un consejo. Embebed bien vuestras raíces, porque el sol ha dispersado las nubes e inundará hoy los campos con una lluvia de fuego.

Y las plantas, obedientes al consejo, alargaron por debajo de la tierra sus tentáculos y absorbieron con ansia la fresca linfa.

La fugitiva de la fuente que resbalaba junto al margen, tratando de sobresalir de la superficie para ver mejor el paisaje, se vio de pronto, al rozar una piedra, detenida por una raicilla que asomaba por una hendidura. Una violeta, cuyos pétalos estaban ya mustios, se inclinó sobre su tallo y le dijo a la viajera:

—Hace dos días que mis raíces no alcanzan el agua. Mis horas están contadas. Sin un poco de humedad, pereceré hoy sin remedio. Tú me darás la vida, piadosa gotita, y yo en cambio te trasformaré en el divino néctar que liban las mariposas o te exhalaré al espacio convertida en un perfume exquisito.

Mas la interpelada, apartándose, le contestó desdeñosamente:

—Guárdate tu néctar y tu perfume. Yo no cederé jamás una sola de mis moléculas. Mi vida vale más que la tuya. ¡Adiós!

Y rodó, deslizándose voluptuosamente, a lo largo de las floridas orillas, evitando todo contacto impuro, sin ponerse al alcance de las raíces ni de las aves, y huyendo de pasar por las branquias de los pececillos que pululaban en los remansos.

De pronto, el cielo, el sol, el paisaje entero desaparecieron de improviso. El arroyo se había hundido otra vez en la tierra y corría entre tinieblas hacia lo desconocido.

Arrastrada por el torrente subterráneo, la hija del sol y de la nieve, temerosa de que el choque contra un obstáculo invisible la disgregase, aumentó la cohesión de sus átomos de tal modo que cuando las ondas tumultuosas se apaciguaron, ella estaba intacta y tan aturdida, que no hubiera podido precisar si aquella carrera desenfrenada había durado un minuto o un siglo.

Aunque la oscuridad era profunda, conoció que se encontraba sumergida en una masa de agua más densa que la del arroyo, y en la cual ascendía como una burbuja de aire. Una claridad tenue que venía de lo alto y que aumentaba por instantes, iba disipando paulatinamente las sombras. Subía con la rapidez de una saeta. Y antes de que pudiera observar algo de lo que pasaba a su rededor, se encontró otra vez bajo el cielo iluminado por el sol.

¡Qué extraño, le pareció aquel paraje! ¡Ni árboles, ni colinas, ni montañas, limitaban la desmedida extensión del horizonte!

Por todas partes, como fundida en un inmenso crisol, una lámina de esmeralda se extendía hasta el más remoto confín.

Mientras la vagabunda del arroyo, perdida en la inmensidad, se adormecía sobre las ondas, una sombra interceptó el sol. Era una pequeña avecilla, cuyas alas rozaban casi la llanura líquida. La gota de agua reconoció en el acto, en ella, a una de las golondrinas que bebieron en la fuente de la montaña. El ave la había visto también, y batiendo sus alitas, fatigadas, le dijo con voz desfalleciente:

—Dios, sin duda, te ha puesto en mi camino. La sed me hostiga y debilita mis fuerzas. Apenas puedo sostenerme en el aire. Rezagada de mis hermanas, mi tumba va a ser el inmenso mar, si tú no dejas que, bebiéndote, refresque mis secas y ardientes fauces. Si consientes, aún puedo alcanzar la orilla donde me aguardan la primavera y la felicidad.

Mas, la gota solitaria, le contestó:

—Si yo desapareciera ¿para quién fulguraría el sol y lucirían las estrellas? El universo no tendrá razón de ser. Tu petición es absurda y ridícula en demasía. Prendado de mi hermosura el salobre océano me tomó por esposa: ¡soy la reina del mar!

En balde el ave moribunda insistió y suplicó, revoloteando en torno de la inclemente, hasta que por fin agotadas ya sus fuerzas, se sumergió en las olas. Hizo un supremo esfuerzo y salió del agua, pero sus alas mojadas se negaron a sostenerla y, tras una breve lucha para mantenerse a flote sobre las salobres y traidoras ondas, se hundió en ellas para siempre.

Cuando hubo desaparecido, la gotita de agua dulce dijo grave y sentenciosamente:

—No tiene más que su merecido. ¡Vaya con la pretensión y petulancia de esa vagabunda bebedora de aire!

El sol, ascendiendo al cénit, derramaba sobre el mar la ardiente irradiación de su hoguera eterna; y la descuidada gotita, que flotaba en la superficie perezosamente, se sintió de improviso abrasada de un calor terrible. Y antes de que pudiera evitarlo, se encontró trasformada en un leve girón de vapor que subía por el aire enrarecido hasta una altura inconmensurable. Allí una corriente de viento la arrastró por encima del océano a un punto donde, descendiendo, volvió a ver otra vez valles, colinas y montañas.

Sumergida en una masa de vapores, que con su blanco dosel cubría una dilatada campiña agostada por el calor, oyó cómo de la tierra subía un clamor que llenaba el espacio. Eran las voces gemidoras de las plantas que decían:

—¡Oh nubes, dadnos de beber! ¡Nos morimos de sed! Mientras el sol nos abrasa y nos devora, nuestras raíces no encuentran en la tierra calcinada un átomo de humedad. Pereceremos infaliblemente, si no desatáis una llovizna siquiera. ¡Nubes del cielo, lloved, lloved!

Y las nubes, llenas de piedad, se condensaron en gotas menudísimas que inundaron con una lluvia copiosa los sedientos campos.

Mas la gota de agua evaporada por el sol, que flotaba también entre la niebla, dijo:

—Es mucho más hermoso errar a la ventura por el cielo azul que mezclarse a la tierra y convertirse en fango. Yo no he nacido para eso.

Y, haciéndose lo más tenue que pudo, dejó debajo las nubes y se remontó muy alto hacia el cénit. Pero, cuando más embelesada estaba contemplando el vasto horizonte, un viento impetuoso, venido del mar, la arrastró hasta la nevada cima de una altísima montaña, y antes de que se diera cuenta de lo que pasaba se encontró bruscamente convertida en una leve plumilla de nieve que descendió sobre la cumbre, donde se solidificó instantáneamente.

Una congoja inexplicable la sobrecogió. Estaba otra vez en el punto de partida, y oyó murmurar a su lado:

—¡He aquí que retorna una de las elegidas! Ni en polen, ni en rocío, ni en perfume despilfarró una sola de sus moléculas. Digna es, pues, de ocupar este sitial excelso. Odiamos las groseras trasformaciones y, como símbolo de belleza suprema, nuestra misión es permanecer inmutables e inaccesibles en el espacio y en el tiempo.

Mas la angustiada y doliente prisionera, sin atender a la voz de la montaña, sintiéndose penetrada por un frío horrible, se volvió hacia el sol, que estaba en el horizonte, y le dijo:

—¡Oh, padre sol! ¡Compadeceos! ¡Devolvedme la libertad!

Pero el sol, que no tenía ahí fuerza ni calor alguno, le contestó:

—Nada puedo contra las nieves eternas. Aunque para ellas la aurora es más diligente y más tardío el ocaso, mis rayos, como al granito que las sustenta, no las fundirán jamás.

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Víspera de difuntos

Por la calleja triste y solitaria pasan ráfagas zumbadoras. El polvo se arremolina y penetra en las habitaciones por los cristales rotos y a través de los tableros de las puertas desvencijadas.

El crepúsculo envuelve con su parda penumbra tejados y muros, y un ruido lejano, profundo, llena el espacio entre una y otra racha: es la voz inconfundible del mar.

En la tiendecilla de pompas fúnebres, detrás del mostrador, con el rostro apoyado en las palmas de las manos, la propietaria perece abstraída en hondas meditaciones. Delante de ella, una mujer de negras ropas, con la cabeza cubierta por el manto, habla con voz que resuena en el silencio con la tristeza cadenciosa de una plegaria o una confesión.

Entre ambas hay algunas coronas y cruces de papel pintado.

La voz monótona murmura:

—... Después de mirarme un largo rato con aquellos ojos claros, empañados ya por la agonía, asiéndome de una mano se incorporó en el lecho, y me dijo con un acento que no olvidaré nunca: «¡Prométeme que no la desampararás! ¡Júrame por la salvación de tu alma que serás para ella como una madre, y que velarás por su inocencia y por su suerte como lo haría yo misma!» La abracé llorando, y le prometí y juré todo lo que quiso.

Una ráfaga de viento sacude la ancha puerta, lanzan los goznes un chirrido agudo, y la voz plañidera continúa:

—Cumplía apenas los doce años, era rubia, blanca, con ojos azules tan cándidos, tan dulces, como los de la virgencita que tengo en el altar. Hacendosa, diligente, adivinaba mis deseos. Nunca podía reprocharle cosa alguna y, sin embargo, la maltrataba. De las palabras duras, poco a poco, insensiblemente pasé a los golpes, y un odio feroz contra ella y contra todo lo que provenía de ella, se anidó en mi corazón.

»Su humildad, su llanto, la tímida expresión de sus ojos tan resignada y suplicante, me exasperaba. Fuera de mí, la cogía a veces por los cabellos y la arrastraba por el cuarto, azotándola contra las paredes y contra los muebles hasta quedarme sin aliento.

»Y luego, cuando en silencio, con los ojos llorosos, la veía ir y venir colocando en su sitio las sillas derribadas por el suelo, sentía el corazón como en un puño. Un no sé qué de angustia y de dolor, de ternura y de arrepentimiento, subía de lo más hondo de mi ser y formaba un nudo en mi garganta. Experimentaba entonces unos deseos irresistibles de llorar a gritos, de pedirle perdón de rodillas, de cogerla en mis brazos y comérmela a caricias.

Unos pasos apresurados cruzan delante de la puerta. La narradora se volvió a medias y su perfil agudo salió un instante de la sombra para eclipsarse enseguida.

—La enfermedad —aquí la voz se hizo opaca y temblorosa— me postraba a veces por muchos días en la cama. ¡Era de ver entonces sus cuidados para atenderme! ¡Con qué amorosa solicitud me ayudaba a cambiar de postura! Como una madre con su hijo, me rodeaba el cuello con sus delgados bracitos para que pudiese incorporarme.

»Siempre silenciosa acudía a todo, iba a la compra, encendía el fuego, preparaba el alimento. De noche a un movimiento brusco, a un quejido que se me escapara, ya estaba ella junto a mí, preguntándome con su vocecita de ángel: «¿Me llamas, mamá, necesitas algo?»

»La rechazaba con suavidad, pero sin hablarla. No quería que el eco de mi voz delatase la emoción que me embargaba. Y ahí, en la oscuridad de esas largas noches sin sueño, me asaltaba tenaz y torcedor el remordimiento. El perjurio cometido, lo abominable de mi conducta, se me aparecía en toda su horrenda desnudez. Mordía las sábanas para ahogar los sollozos, invocaba a la muerta, le pedía perdón y hacía protestas ardientes de enmienda, conminándome, en caso de no cumplirlas, con las torturas eternas que Dios destina a los réprobos.

La vendedora, sin cambiar de postura, oía sin desplegar los labios, con el inmóvil rostro iluminado por la claridad tenue e indecisa del crepúsculo.

—Mas la luz del alba —prosigue la enlutada— y la vista de aquella cara pálida, cuyos ojos me miraban con timidez de perrillo castigado, daban al traste con todos aquellos propósitos. «¡Cómo disimulas, hipócrita!» pensaba. «¡Te alegran mis sufrimientos, lo adivino, lo leo en tus ojos!» Y en vano trataba de resistir al extraño y misterioso poder que me impelía a esos actos feroces de crueldad, que una vez satisfechos me horrorizaban.

»Me parecía ver en su solicitud, en su sumisión, en su humildad, un reproche mudo, una perpetua censura. Y su silencio, sus pasos callados, su resignación para recibir los golpes, sus ayes contenidos, sin una protesta, sin una rebelión, se me antojaban otros tantos ultrajes que me encendían de ira hasta la locura.

»¡Cómo la odiaba entonces, Dios mío, cómo!

En la tienda desierta las sombras invaden los rincones, borrando los contornos de los objetos. La negra silueta de la mujer se agigantaba y su tono adquirió lúgubres inflexiones.

—Fue a entradas de invierno. Empezó a toser. En sus mejillas aparecieron dos manchas rojas y sus ojos azules adquirieron un brillo extraño, febril. La veía tiritar de continuo y pensaba que era necesario cambiar sus ligeros vestidos por otros más adecuados a la estación. Pero no lo hacía... y el tiempo era cada vez más crudo... apenas se veía el sol.

La narradora hizo una pausa; un gemido ahogado brotó de su garganta, y luego continuó):

—Hacía ya tiempo que había apagado la luz. El golpeteo de la lluvia y el bramido del viento, que soplaba afuera huracanado, me tenía desvelada. En el lecho abrigado y caliente, aquella música me producía una dulce voluptuosidad. De pronto, el estallido de un acceso de tos, me sacó de aquella somnolencia; se crisparon mis nervios, y aguardé ansiosa que el ruido insoportable cesara.

»Mas, terminado un acceso, empezaba otro más violento y prolongado. Me refugié bajo los cobertores, metí la cabeza debajo de la almohada; todo inútil. Aquella tos seca, vibrante, resonaba en mis oídos con un martilleo ensordecedor.

»No pude resistir más y me senté en la cama y, con voz que la cólera debía de hacer terrible, le grité: «¡Calla, cállate, miserable!»

»Un rumor comprimido me contestó. Entendí que trataba de ahogar los accesos, cubriéndose la boca con las manos y las ropas, pero la tos triunfaba siempre.

»No supe cómo salté al suelo, y cuando mis pies tropezaron con el jergón, me incliné y busqué a tientas en la oscuridad aquella larga y dorada cabellera, y, asiéndola con ambas manos, tiré de ella con furia. Cuando estuvimos junto a la puerta comprendió sin duda mi intento, porque por primera vez trató de hacer resistencia y procurando desasirse clamó con indecible espanto: «¡No, no, perdón, perdón!»

»Mas yo había descorrido el cerrojo... Una ráfaga de viento y agua penetró por el hueco y me azotó el rostro con violencia.

»Aferrada a mis piernas, imploraba con desgarrador acento: «¡No, no mamá, mamá!»

»Reuní mis fuerzas y la lancé afuera y, cerrando enseguida, me volví al lecho estremecida de terror.

La propietaria escuchaba atenta y muda, y sus ojos se animaban, bajo el arco de sus cejas, cuando la voz opaca y velada disminuía su diapasón.

—Mucho tiempo permaneció junto a la puerta lanzando desesperados lamentos, interrumpidos a cada instante por los accesos de tos. Me parecía, a veces, percibir entre el ruido del viento y de la lluvia, que ahogaba sus gritos, el temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes.

»Poco a poco sus voces de "¡Ábreme, mamá, mamacita; tengo miedo mamá!" fueron debilitándose, hasta que por fin cesaron por completo.

»Yo pensé, se ha ido al cobertizo, al fondo del patio, único sitio donde podía resguardarse de la lluvia, y la voz del remordimiento se alzó acusadora y terrible en lo más hondo de la conciencia: «¡La maldición de Dios», me gritaba, «va a caer sobre ti!... ¡La estás matando!... ¡Levántate y ábrele!... ¡Aún es tiempo!»

»Cien veces intenté descender del lecho, pero una fuerza incontrastable me retenía en él, atormentada y delirante. ¡Qué horrible noche, Dios mío!

Algo como un sollozo convulsivo siguió a estas palabras. Hubo algunos segundos de silencio y luego la voz, más cansada, más doliente, prosiguió:

—Una gran claridad iluminaba la pieza cuando desperté. Me volví hacia la ventana y vi a través de los cristales el cielo azul. La borrasca había pasado y el día se mostraba esplendoroso, lleno de sol. Sentí el cuerpo adolorido, enervado por la fatiga; la cabeza me parecía que pesaba sobre los hombros como una masa enorme. Las ideas brotaban del cerebro torpes, como oscurecidas por una bruma. Trataba de recordar algo, y no podía. De pronto, la vista del jergón vacío, que estaba en el rincón del cuarto, despejó mi memoria y me reveló de un golpe lo sucedido.

»Sentí que algo opresor se anudaba a mi garganta, y una idea horrible me perforó el cerebro, como un hierro candente. Y estremecida de espanto, sin poder contener el choque de mis dientes, más bien me arrastré que anduve hacia la puerta; pero, cuando ponía la mano en el cerrojo, un horror invencible me detuvo. De súbito mi cuerpo se dobló como un arco y tuve la rápida visión de una caída. Cuando volví estaba tendida de espaldas en el pavimento. Tenía los miembros magullados, el rostro y las manos llenos de sangre.

»Me levanté y abrí... Falta de apoyo, se desplomó hacia adentro. Hecha un ovillo, con las piernas encogidas, las manos cruzadas y la barba apoyada en el pecho, parecía dormir. En la camisa se veían grandes manchas rojas. La despojé de ella y la puse desnuda sobre mi lecho. ¡Dios mío, más blanco que las sábanas, qué miserable me pareció aquel cuerpecillo, qué descarnado: era sólo piel y huesos! Lo cruzaban infinitas líneas y trazos oscuros. Demasiado sabía yo el origen de aquellas huellas, ¡pero nunca imaginé que hubiera tantas!

»Poco a poco fue reanimándose, hasta que, por fin, entreabrió los ojos y los fijó en los míos. Por la expresión de la mirada y el movimiento de los labios, adiviné que quería decirme algo. Me incliné hasta tocar su rostro y, después de escuchar un rato, percibí un susurro casi imperceptible: «¡La he visto! ¿Sabes? ¡Qué contenta estoy! ¡Ya no me abandonará mas, nunca más!

La ventolina parecía decrecer y el ruido del mar sonaba más claro y distinto, entre los tardíos intervalos de las ráfagas.

—Le tomó el pulso y la miró largamente —gime la voz—. Lo acompañé hasta el umbral y volví otra vez junto a ella. Las palabras: hemorragia... ha perdido mucha sangre... morirá antes de la noche, me sonaban en los oídos como algo lejano, que no me interesaba en manera alguna. Ya no sentía esa inquietud y angustia de todos los instantes. Experimentaba una gran tranquilidad de ánimo. Todo ha acabado, me decía, y pensé en los preparativos del funeral. Abrí el baúl y extraje de su fondo la mortaja, destinada para servirme a mí misma. Y, sentándome a la cabecera, me puse inmediatamente a la tarea de deshacer las costuras para disminuirla de tamaño.

»Más blanca que un cirio, con los ojos cerrados, yacía de espaldas respirando trabajosamente. Nunca, como entonces, me pareció más grande la semejanza. Los mismos cabellos, el mismo óvalo del rostro y la misma boca pequeña, con la contracción dolorosa en los labios. Va a reunirse con ella, pensé. ¡Qué felices son! Y convencida de que su sombra estaba ahí, a mi lado, junto a ella, proferí: «¡He cumplido mi juramento, allí la tienes, te la devuelvo como la recibí, pura, sin mancha, santificada por el martirio!»

»Estallé en sollozos. Una desolación inmensa, una amargura sin límites llenó mi alma. Entreví con espanto la soledad que me aguardaba. La locura se apoderó de mí, me arranqué los cabellos, di gritos atroces, maldije del destino... De súbito me calmé: me miraba. Cogí la mortaja y, con voz rencorosa de odio, le dije mientras se la ponía delante de los ojos: «Mira, ¿qué te parece el vestido que te estoy haciendo? ¡Qué bien te sentará! ¡Y qué confortable y abrigador es! ¡Cómo te calentará cuando estés debajo de tierra, dentro de la fosa que ya está cavando para ti el enterrador!»

»Mas ella nada me contestaba. Asustada, sin duda, de ese horrible traje gris, se había puesto de cara a la pared. En vano le grité: «¡Ah! ¡testaruda, te obstinas en no ver! Te abriré los ojos por fuerza». Y, echándole la mortaja encima, la tomé de un brazo y la volví de un tirón: estaba muerta.

Afuera el viento sopla con brío. Un remolino de polvo penetra por la puerta, invade la tienda oscureciéndola casi por completo. Y, apagada por el ruido de las ráfagas, se oye aún por un instante resonar la voz:

—Mañana es día de difuntos y, como siempre, su tumba ostentará las flores más frescas y las más hermosas coronas...

En la tienda, las sombras lo envuelven todo. La propietaria con el rostro en las palmas de las manos, apoyada en el mostrador, como una sombra también, permanece inmóvil. El viento zumba, sacude las coronas y modula una lúgubre cantinela, que acompañan con su fru-fru de cosas muertas los pétalos de tela y de papel pintado:

—¡Mañana es día de difuntos!

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El oro

Una mañana que el sol surgía del abismo y se lanzaba al espacio, un vaivén de su carro flamígero lo hizo rozar la cúspide de la montaña.

Por la tarde un águila, que regresaba a su nido, vio en la negra cima un punto brillantísimo que resplandecía como una estrella.

Abatió el vuelo y percibió, aprisionado en una arista de la roca, un rutilante rayo de sol.

—Pobrecillo —le dijo el ave compadecida—, no te inquietes, que yo escalaré las nubes y alcanzaré la veloz cuadriga antes que desaparezca debajo del mar.

Y cogiéndolo en el pico se remontó por los aires y voló tras el astro que se hundía en el ocaso.

Pero, cuando estaba ya próxima a alcanzar al fugitivo, sintió el águila que el rayo, con soberbia ingratitud, abrasaba el curvo pico que lo retornaba al cielo.

Irritada, entonces, abrió las mandíbulas y lo precipitó en el vacío.

Descendió el rayo como una estrella filante, chocó contra la tierra, se levantó y volvió a caer. Como una luciérnaga maravillosa erró a través de los campos y su brillo, infinitamente más intenso que el de millones de diamantes, era visible en mitad del día, y de noche centelleaba en las tinieblas como un diminuto sol.

Los hombres, asombrados, buscaron mucho tiempo la explicación del hecho extraordinario, hasta que un día los magos y nigromantes descifraron el enigma. La errabunda estrella era una hebra desprendida de la cabellera del sol. Y añadieron que el que lograse aprisionarla vería trocarse su existencia efímera en una vida inmortal; pero, para coger el rayo sin ser consumido por él, era necesario haber extirpado del alma todo vestigio de piedad y amor.

Entonces, todos los lazos se desataron, y ya no hubo ni padres, ni hijos, ni hermanos. Los amantes abandonaron a sus amadas y la humanidad entera persiguió, como desatentada jauría, al celeste peregrino por toda la redondez de la tierra. Noche y día millares de manos ávidas se tendieron sin cesar hacia la ascua fulgurante, cuyo contacto reducía a la nada a los audaces y sólo dejaba de sus cuerpos, de sus corazones egoístas y soberbios, un puñado de polvo de un matiz de trigo maduro, que parecía hecho de rayos de sol.

Y aquel prodigio, incesantemente renovado, no detenía el enjambre de los que iban a la conquista de la inmortalidad. Los que sucumbían eran, sin duda, aquellos que conservaban en sus corazones un vestigio de sentimientos adversos, y cada cual confiado en el poder victorioso de su ambición, proseguía la caza interminable, sin desmayos y sin recelos, seguros del éxito final.

Y el rayo erró por los cuatro ámbitos del planeta, marcando su paso con aquel reguero de polvo dorado y brillante que, arrastrado por las aguas, penetró a través de la tierra y se depositó en las grietas de las rocas y en el lecho de los torrentes.

Por fin, el águila, desvanecido ya su rencor, lo cogió nuevamente y lo puso en la ruta del astro que subía hacia el cénit.

Y trascurrió el tiempo. El ave, muchas veces centenaria, vio hundirse en la nada incontables generaciones. Un día el Amor desplegó sus alas y se remontó al infinito y como hallase a su paso al águila que bogaba en el azul, le dijo:

—Mi reinado ha concluido. Mirad allá abajo.

Y la penetrante mirada del ave distinguió a los hombres ocupados en extraer de la tierra y del fondo de las aguas un polvo amarillo, rubio como las espigas, cuyo contacto infiltraba en sus venas un fuego desconocido.

Y, viendo a los mortales, trastornada la esencia de sus almas, pelearse entre sí como fieras, exclamó el águila:

—Sí, el oro es un precioso metal. Mezcla de luz y de cieno, tiene el rubio matiz del rayo; y sus quilates son la soberbia, el egoísmo y la ambición.

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El remolque

—Créanme ustedes que me cuesta trabajo referir estas cosas. A pesar de los años, su recuerdo me es todavía muy penoso.

Y, mientras el narrador se reconcentraba en sí mismo para escudriñar en su memoria, hubo por algunos momentos un silencio profundo en la pequeña cámara del bergantín. Sin la ligera oscilación de la lámpara colgada de la ennegrecida techumbre nos hubiéramos creído en tierra firme y muy lejos del "Delfín", anclado a una milla de la costa.

De pronto, se quitó el marino la pipa de la boca y su voz grave y pausada resonó:

...Era yo entonces un muchacho y servía como ayudante y aprendiz en diversas faenas a bordo del "San Jorge", un pequeño remolcador de la matrícula de Lota.

La dotación se componía del capitán, del timonel, del maquinista, del fogonero y de este servidor de ustedes, que era el más joven de todos. Nunca hubo en barco alguno una tripulación más unida que la de ese querido "San Jorge". Los cinco no formábamos más que una familia, en la que el capitán era el padre y los demás los hijos. ¡Y qué hombre era nuestro capitán! ¡Cómo lo queríamos todos! Más que cariño, era idolatría la que sentíamos por él. Valiente y justo era la bondad misma. Siempre tomaba para sí la tarea más pesada, ayudando a cada cual en la propia con un buen humor que nada podía enturbiar. Cuántas veces viendo que mis múltiples faenas me tenían rendido, reventado casi, vino hacia mí diciéndome alegre y cariñosamente: «Vamos, muchacho, descansa ahora un ratito mientras yo estiro un poco los nervios».

Y cuando desde el toldo, a cubierto del sol o de la lluvia, miraba el ancho corpachón del capitán, su rostro colorado, sus bigotes rubios un tanto canosos y sus ojos azules de mirada tan franca como la de un niño, sentía que una ternura dulce y profunda me inundaba el alma y desbordaba de mi corazón. Por salvarle de un peligro hubiera sacrificado mi vida sin vacilación alguna...

Hizo una breve pausa el narrador, se llevó la pipa a los labios y prosiguió, después de lanzar una espesa bocanada de humo:

...Un día levamos ancla al amanecer y pusimos proa a "Santa María". Remolcábamos una lancha con maderas, en la cual íbamos a traer, de regreso, un cargamento de pieles de lobo marino que debía embarcar, a la mañana siguiente, el transatlántico que pasaba con rumbo al estrecho. El mar estaba tranquilo como una balsa de aceite. El cielo era azul y la atmósfera tan transparente que podíamos percibir, sin perder un solo detalle, todo el contorno del golfo de Arauco.

Todos, a bordo del "San Jorge", estábamos alegres y el capitán más que ninguno, pues, el patrón de la lancha que remolcábamos era nada menos que Marcos, su querido Marcos, que, de pie en la popa, doblegando entre sus manos como un junco la larga bayona, obligaba a la pesada mole a seguir la estela que iba dejando en las azules aguas la hélice del remolcador.

Marcos, hijo único del capitán, era también un amigo nuestro, un alegre y simpático camarada. Nunca el proverbio "de tal palo tal astilla" había tenido en aquellos dos seres tan completa confirmación. Semejantes en lo físico y en lo moral era aquel hijo el retrato de su padre, contando el mozo dos años más que yo, que tenía en ese entonces veintiuno cumplidos.

Deliciosa fue aquella travesía. Bordeamos la isla por el lado sur y, a medio día, habíamos fondeado en la ensenada, término de nuestro viaje. Descargada la lancha, después de una faena pesada y laboriosa, esperamos el nuevo cargamento que, debido a no sé qué imprevista dificultad, no estaba aún listo para proceder a su embarque, cosa que puso de malísimo humor al capitán. A la verdad, le sobraba razón para disgustarse, pues, el tiempo, tan hermoso por la mañana, cambió al caer la tarde súbitamente. Un nordeste que refrescaba por instantes picaba el mar azotándolo con violentísimas ráfagas y, fuera de la caleta, se arremolinaban las olas en torbellinos espumosos. El cielo de un gris de pizarra, cubierto por nubes muy bajas que acortaban considerablemente el horizonte, tenía un aspecto amenazador. En breve la lluvia empezó a caer. Fuertes chaparrones nos obligaron a enfundarnos en nuestros impermeables mientras comentábamos la intempestiva borrasca. Aunque la calma del océano y el enrarecimiento del aire nos hicieran aquella mañana presentir un cambio de tiempo, estábamos, sin embargo, muy lejos de esperar semejante mudanza. Si no fuese por el apremio del transatlántico y las perentorias órdenes recibidas, hubiéramos esperado, al abrigo de la caleta, que amainara la violencia del temporal.

Llegó por fin el ansiado cargamento y procedimos a embarcarlo a toda prisa, más, aún cuando todos trabajamos con ahínco para apresurar la operación, ésta terminó al anochecer, en un crepúsculo muy corto. Inmediatamente dejamos el fondeadero con el remolque; la enorme y pesada lancha en cuya popa y bancos distinguíamos las siluetas del patrón y de los cuatro remeros, destacándose como masas borrosas a través de la lluvia y de los copos de espuma que arrebataba el viento huracanado de las crestas de las olas.

Todo marchó bien al principio mientras estuvimos al abrigo de los acantilados de la isla, pero cambió completamente en cuanto enfilamos el canal para internarnos en el golfo. Una racha de lluvia y granizo nos azotó por la proa y se llevó la lona del toldo que pasó rozándome por encima de la cabeza como las alas de un gigantesco petrel, el pájaro mensajero de la tempestad.

A una voz del capitán, asido a la rueda del timón, yo y el timonel corrimos hacia las escotillas de la cámara y de la máquina, y extendimos sobre ellas las gruesas lonas embreadas, tapándolas herméticamente.

Apenas había vuelto a ocupar mi sitio junto al guarda-cable, cuando una luz blanquecina brilló por la proa y una masa de agua se estrelló contra mis piernas impetuosamente. Asido a la barra, resistí el choque de aquella ola, a la cual siguieron otras dos con intervalos de pocos segundos. Por un instante creí que todo había terminado, pero la voz del capitán que gritaba aproximándose a la bocina de mando «¡Avante, a toda fuerza!», me hizo ver que aún estábamos a flote.

El casco entero del "San Jorge" vibró y rechinó sordamente. La hélice había doblado sus revoluciones y los chasquidos del cable del remolque nos indicaron que el andar era sensiblemente más rápido. Durante un tiempo que me pareció larguísimo la situación, se sostuvo sin agravarse. Aunque la marejada era siempre muy dura, no habíamos vuelto a embarcar olas como las que nos asaltaron a la salida del canal y, el "San Jorge", lanzado a toda máquina, se mantenía bravamente en la dirección que nos marcaban los destellos del faro desde lo alto del promontorio que domina la entrada del puerto.

Pero esta calma relativa, esta tregua del viento y del océano cesó cuando, según nuestros cálculos, estábamos en mitad del golfo. La furia de los elementos desencadenados asumió esta vez tales proporciones que nadie a bordo del "San Jorge" dudó un instante sobre el resultado final de la travesía.

El capitán y el timonel, asidos a la rueda del timón, mantenían el rumbo enfilando el nordeste que amenazaba convertirse en huracán. En la proa un relampagueo continuo nos indicaba que el enfurecido oleaje aumentaba en intensidad fatigando al barquichuelo que se enderezaba a cada guiñada con gran trabajo. Parecía que navegábamos entre dos aguas y el peligro de irnos por ojo era cada vez más inminente.

De pronto, la voz del capitán llegó a mis oídos por encima del fragor de la borrasca:

—¡Antonio, vigila el cable del remolque!

—Sí, capitán —le contesté, pero una racha furiosa me cortó la palabra obligándome a volver la cabeza.

La linterna colgada detrás de la chimenea arrojaba un débil resplandor sobre la cubierta del "San Jorge" iluminando vagamente las siluetas del capitán y del timonel. Todo lo demás, a proa y popa, estaba sumergido en las más profundas tinieblas y de la lancha separada del remolcador por veinte brazas, que era la longitud de la espía, solo se percibía esa pálida fosforescencia que despiden las olas al chocar contra un obstáculo en la oscuridad. Pero los chasquidos del tirante cable indicaban claramente que el remolque seguía nuestras aguas y, aunque no podíamos verlo, sentíamos que estaba ahí, muy próximo a nosotros, envuelto en las sombras cada vez más densas de la medianoche.

De pronto, entre el fragoroso estruendo de la borrasca, me pareció oír un ruido sordo y persistente por el lado de estribor. El capitán y el timonel debieron también percibirlo, porque a la luz de la linterna vi que se volvían a la derecha y se quedaban inmóviles, escuchando, al parecer, el extraño ruido con grandísima atención. Transcurrieron así algunos minutos y aquellas sordas detonaciones semejantes a truenos lejanos fueron creciendo y aumentando hasta tal punto, que ya la duda no fue posible: el "San Jorge" derivaba hacia los bajíos de la Punta de Lavapié.

El estrépito de las olas rodando sobre el temible y peligroso banco ahogó muy pronto con su resonante y pavoroso acento todas las demás voces de la tempestad.

No sé qué pensarían mis compañeros, pero yo asaltado por una idea repentina dije en voz baja, temerosamente:

—El remolque es nuestra perdición.

En ese preciso instante rasgó las tinieblas un relámpago vivísimo alzándose unánimemente en el remolcador y en la lancha un grito de angustia:

—¡El banco! ¡El banco!

Cada cual había visto al producirse la descarga eléctrica, destacarse una superficie blanquecina salpicada de puntos oscuros a tres o cuatro cables del costado de estribor del "San Jorge". Los comentarios eran inútiles. Todos comprendíamos perfectamente lo que había pasado. La gran superficie que la lancha semidescargada oponía al viento no solo disminuía la marcha del remolcador, sino que también llegaba a anularla por completo. Desde que salimos del canal no habíamos avanzado gran cosa, siendo arrastrados por la corriente hacia el banco que creíamos a algunas millas de distancia. En balde la hélice multiplicaba sus revoluciones para impulsarnos adelante. La fuerza del viento era más poderosa que la máquina y derivábamos lentamente hacia el bajío, cuya proximidad ponía en nuestros corazones un temeroso espanto. Solo una cosa nos restaba que hacer para salvarnos: cortar, sin perder un minuto, el cable del remolque y abandonar la lancha a su suerte. Virar en redondo para acercarnos a Marcos y sus compañeros era zozobrar infaliblemente apenas las olas nos cogiesen por el flanco. Para nuestro capitán el dilema era terrible: o perecíamos todos o salvaba su buque enviando a su hijo a una desastrosa muerte.

Este pensamiento me produjo tal conmoción que, olvidando mis propias angustias, solo pensé en la horrible lucha que debía librarse en el corazón de aquel padre tan cariñoso y amante. Desde mi puesto, junto al guarda-cable, percibía su ancha silueta destacarse de un modo confuso a los débiles resplandores de la linterna. Aferrado a la barandilla trataba de adivinar por sus actitudes, si además de esas dos alternativas, él veía una tercera que fuese nuestra salvación. ¡Quién sabe si una audaz maniobra, un auxilio inesperado o la caída brusca del nordeste pusiesen feliz término a nuestras angustias! Mas, toda maniobra, que no fuese mantener la proa al viento, era una insensatez, y de ahí, de las tinieblas, ninguna ayuda podía venir. En cuanto a que aminorase la violencia de la borrasca, nada, ni el mas leve signo lo hacía presagiar. Por el contrario, recrudecía cada vez más la furia de la tormenta. El estampido del trueno mezclaba su redoble atronador al bramido de las rompientes y el relámpago, desgarrando las nubes, amenazaba incendiar el cielo. A la luz enceguecedora de las descargas eléctricas vi cómo el banco parecía venir a nuestro encuentro. Algunos instantes más y el "San Jorge" y la lancha se irían dando tumbos por encima de aquella vorágine.

Entonces, dominando el ensordecedor estrépito se oyó la voz atronadora del capitán que decía junto a la bocina del mando:

—¡Carga las válvulas!

Una trepidación sorda me anunció un momento después que la orden se había cumplido. La hélice debía girar vertiginosamente porque el casco del remolcador gemía como si fuera a disgregarse. Yo veía al capitán revolverse en su sitio y adivinaba su infinita desesperación al ver que todos sus esfuerzos no harían sino retardar por algunos minutos la catástrofe.

De improviso se alzó la escotilla de la máquina y asomó por el hueco la cabeza del maquinista. Una ráfaga le arrebató la gorra y arremolinó la nevada cabellera sobre su frente. Asido al pasamanos permaneció un instante inmóvil, mientras rasgaba las tinieblas un deslumbrador relámpago. Una ojeada le bastó para darse cuenta de la situación y esforzando la voz por encima de aquella infernal baraúnda, gritó:

—¡Capitán, nos vamos sobre el banco!

El capitán no contestó, y si lo hizo su réplica no llegó a mis oídos. Transcurrió así un minuto de expectación que me pareció inacabable, minuto que el maquinista empleó sin duda en buscar un medio de evitar la inminencia del desastre. Pero el resultado de este examen debió serle tan pavoroso que, a la luz de la linterna suspendida encima de su cabeza, vi que su rostro de demudaba y adquiría una expresión de indecible espanto al clavar sus ojos en el viejo camarada, a quien el conflicto entre su amor de padre y el deber imperioso de salvar la nave confiada a su honradez, mantenía anonadado, loco de dolor junto a la rueda del gobernalle.

Pasaron algunos segundos; el maquinista avanzó algunos pasos agarrado a la barandilla y se puso a hablar, esforzando la voz de una manera enérgica. Mas era tal el fragor de la borrasca, que solo llegaron hasta mí palabras sueltas y frases vagas e incoherentes... voluntad de Dios... honor... deber...

Solo el fin de la arenga lo percibí completo:

—Mi vida nada importa, pero no puede usted capitán hacer morir a estos muchachos.

El anciano se refería a mí, al timonel y al fogonero, cuya cabeza se asomaba de vez en cuando por la abertura de la escotilla.

No pude saber si el capitán respondió o no al llamado de su viejo amigo, porque al mugido de las olas que barrían el banco se mezcló en ese instante el retumbo violento de un trueno. Creí llegada mi última hora; de un momento a otro íbamos a tocar fondo y empezaba a balbucear una plegaria, cuando una voz que reconocí ser la de Marcos, se alzó en las tinieblas por la parte de popa. Aunque muy debilitadas, oí distintamente estas palabras:

—¡Padre, cortad el cable, pronto, pronto!

Un frío estremecimiento me sacudió de pies a cabeza. Estábamos al final de la batalla e íbamos a ser tumbados y tragados por la hirviente sima dentro de un instante. La figura de Marcos se me apareció como la de un héroe. Perdida toda esperanza, la entereza que demostraba en aquel trance hizo acudir las lágrimas a mis ojos. Valeroso amigo, ¡ya no nos veríamos más!

El "San Jorge", asaltado por las olas furiosas, empezó a bailar una infernal zarabanda. Como un gozquecillo entre los dientes de un alano, era sacudido de proa a popa y de babor a estribor con una violencia formidable. Cuando la hélice giraba en el vacío, rechinaba el barco de tal modo, que parecía que todo él iba a disgregarse en mil pedazos.

Cegado por la lluvia que caía torrencialmente, me mantenía asido al guarda-cable, cuando la voz estentórea del maquinista me hirió como el rayo:

—¡Antonio, coge el hacha!

Me volví hacia la rueda del timón y una masa confusa que ahí se agitaba me sacó de mi estupor. Mas bien adiviné que vi en aquel grupo al capitán y al anciano debatiéndose a brazo partido sobre la cubierta. De súbito, vislumbré al maquinista que, desembarazado de su adversario, se abalanzaba hacia popa exclamando:

—¡Antonio, un hachazo a ese cable, vivo, vivo!

Me agaché de un modo casi inconsciente y alzando la tapa del cajoncillo de herramientas aferré el hacha por el mango, mas, cuando me preparaba con el brazo en alto a descargar el golpe, la luz de un relámpago mostrándome en esa actitud acusadora reveló mi propósito a los tripulantes del remolque. Escuché un furioso clamoreo:

—¡Cortan el cable, cortan el cable! ¡Asesinos malditos! ¡No, no!

Entretanto yo, espoleado por aquellos gritos y ansioso por concluir de una vez, descargaba sobre el cable furibundos tajos, hasta que, de pronto, algo semejante a un tentáculo con un sordo chasquido se enroscó en mis piernas y me arrojó de bruces sobre la cubierta. Me enderecé en el momento que el maquinista desaparecía por la escotilla después de gritar al timonel:

—¡Proa al faro, muchacho!

Busqué con la vista al capitán y distinguí su silueta junto al guarda-cable. Le basto un segundo para dar con el cortado trozo de la espía y lanzando un grito desgarrador «¡Marcos, Marcos!» se apoyó sobre la borda, balanceándose en el vacío. Tuve apenas tiempo de asirle por una pierna, y arrebatándolo al abismo rodamos juntos sobre la cubierta, entablando una lucha desesperada entre las tinieblas. Forcejeábamos en silencio: él para desasirse, yo para mantenerlo quieto. En otras circunstancias el capitán me hubiera aventado como una pluma, pero estaba herido y la pérdida de sangre debilitaba sus fuerzas. En su combate con el maquinista su cabeza debió chocar contra algún hierro, porque creí sentir varias veces que un líquido tibio, al juntarse nuestros rostros, goteaba de su cabellera. De súbito, cesó de debatirse y con las espaldas apoyadas en la borda quedamos un instante inmóviles. De repente empezó a gemir:

—Antonio, hijo mío, déjame que vaya a reunirme con mi Marcos.

Y como yo estallara en sollozos, exaltándose por grados, prosiguió:

—¡Malvado! Sentí los hachazos, pero no fue el cable... ¿oyes? lo que cortó el filo de tu hacha. No, no... fue el cuello de él, su cuello lo que cortaste, ¡verdugo! ¡Ah! ¡Tienes las manos teñidas de sangre! ¡Quítate, no me manches, asesino!

Sentí un furioso rechinar de dientes y se me echó encima lanzando feroces alaridos:

—¡Ahora te toca a tí! ¡Al banco, al banco!

La locura había devuelto al capitán sus fuerzas y haciéndome perder pie me alzó en el aire como una paja. Tuve durante un segundo la visión de la muerte, fatal e inevitable, cuando una ola abordando por la proa al "San Jorge" se precipitó hacia la popa como una avalancha, derribándonos y arrastrándonos a lo largo de la cubierta. Mis manos, al caer, tropezaron con algo duro y cilíndrico y me aferré a ella con la energía de la desesperación. Cuando aquel torbellino hubo pasado, me encontré asido con ambas manos al trozo de cable del remolque; en cuanto al capitán, había desaparecido.

*

En ese instante se abrió la puerta de la cámara y asomó por ella el piloto del "Delfín".

—Capitán —dijo—, ya la marea toca a la pleamar, ¿levamos ancla?

El capitán hizo un signo de asentimiento y todos nos pusimos de pie. Había llegado el instante de volver a tierra y, mientras nos aproximábamos a la escala para descender al bote, nuestro amigo nos dijo:

—Lo demás de la historia carece de interés. El "San Jorge" se salvó y yo, al día siguiente, me embarcaba como grumete a bordo del "Delfín". Han pasado ya quince años... ahora soy su capitán.

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El alma de la máquina

La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de la plataforma de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas.

Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón lo miran con envidia no exenta de encono. Envidia, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por la lluvia en el invierno, forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha de depósito, empujando las pesadas vagonetas; él, bajo la techumbre de zinc, no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina.

Y cuando vaciado el mineral, los tumbadores correan y jadean con la vaga esperanza de obtener algunos segundos de respiro, a la envidia se añade el encono, viendo cómo el ascensor los aguarda ya con una nueva carga de repletas carretillas, mientras el maquinista, desde lo alto de su puesto, parece decirles con su severa mirada:

—¡Más aprisa, holgazanes, más aprisa!

Esta decepción que se repite en cada viaje les hace pensar que si la tarea les aniquila, culpa es de aquel que para abrumarles de fatiga no necesita sino alargar y encoger el brazo.

Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es más agobiadora que la del galeote atado a su banco. El maquinista, al asir con la diestra el mango de acero del gobierno de la máquina, pasa instantáneamente a formar parte del enorme y complicado organismo de hierro. Su ser pensante se convierte en autómata. Su cerebro se paraliza. A la vista del cuadrante pintado de blanco, donde se mueve la aguja indicadora, el presente, el pasado y el porvenir son reemplazados por la idea fija. Sus nervios en tensión, su pensamiento, todo se reconcentra en las cifras que, en el cuadrante, representan las vueltas de la gigantesca bobina que enrolla dieciséis metros de cable en cada revolución.

Como las catorce vueltas necesarias para que el ascensor recorra su trayecto vertical se efectúan en menos de veinte segundos, un segundo de distracción significa una revolución más, y una revolución más, demasiado lo sabe el maquinista, es el ascensor estrellándose arriba contra las poleas; la bobina arrancada de su centro precipitándose como un alud que nada detiene, mientras los émbolos, locos, rompen las bielas y hacen saltar las tapas de los cilindros. Todo esto puede ser la consecuencia de la más pequeña distracción de su parte, de un segundo de olvido.

Por eso, sus pupilas, su rostro, su pensamiento se inmovilizan. Nada ve, nada oye de lo que pasa a su rededor, sino la aguja que gira y el martillo de señales que golpea encima de su cabeza. Y esa atención no tiene tregua. Apenas asoma por el brocal del pique uno de los ascensores, cuando un doble campanillazo le avisa que abajo el otro espera ya con su carga completa. Estira el brazo, el vapor empuja los émbolos y silba al escaparse por las empaquetaduras, la bobina enrolla acelerada el hilo de metal y la aguja del cuadrante gira aproximándose velozmente a la flecha parada. Antes que la cruce, atrae hacia sí la manivela y la máquina se detiene sin ruido, sin sacudidas, como un caballo blando de boca.

Y cuando aún vibra en la placa metálica el tañido de la última señal, el martillo la hiere de nuevo con un golpe seco, estridente a la vez. A su mandato imperioso, el brazo del maquinista se alarga, los engranajes rechinan, los cables oscilan y la bobina voltea con vertiginosa rapidez. Y las horas suceden a las horas, el sol sube al cenit, desciende; la tarde llega, declina y el crepúsculo, surgiendo al ras del horizonte, alza y extiende cada vez más aprisa su penumbra inmensa.

De pronto, un silbido ensordecedor llena el espacio. Los tumbadores sueltan las carretillas y se yerguen briosos. La tarea del día ha terminado. De las distintas secciones anexas a la mina salen los obreros en confuso tropel. En su prisa por abandonar los talleres se chocan y se estrujan, mas no se levanta una voz de queja o de protesta: los rostros están radiantes.

Poco a poco el rumor de sus pasos sonoros se aleja y desvanece en la calzada sumida en las sombras. La mina ha quedado desierta.

Solo en el departamento de la máquina se distingue una confusa silueta humana. Es el maquinista. Sentado en su alto sitial, con la diestra apoyada en la manivela, permanece inmóvil en la semioscuridad que lo rodea. Al concluir la tarea, cesando bruscamente la tensión de sus nervios, se ha desplomado en el banco como una masa inerte.

Un proceso lento de reintegración al estado normal se opera en su cerebro embotado. Recobra penosamente sus facultades anuladas, atrofiadas por doce horas de obsesión, de idea fija. El autómata vuelve a ser otra vez una criatura de carne y hueso que ve, que oye, que piensa, que sufre.

El enorme mecanismo yace paralizado. Sus miembros potentes, caldeados por el movimiento, se enfrían produciendo leves chasquidos. Es el alma de la máquina que se escapa por los poros del metal, para encender en las tinieblas que cubren el alto sitial de hierro, las fulguraciones trágicas de una aurora toda roja desde el orto hasta el cenit.

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Quilapán

Quilapán, tendido con indolencia delante de su rancho, sobre la yerba muelle de su heredad, contempla con mirada soñadora el lejano monte, el cielo azul, la plateada serpiente del río que, ocultándose a trechos en el ramaje oscuro de las barrancas, reaparece más allá, bajo el pórtico sombrío, cual una novia sale del templo, envuelta en el blanco velo de la niebla matutina.

Con los codos en el suelo y el cobrizo y ancho rostro en las palmas de las manos, piensa, sueña. En su nebulosa alma de salvaje flotan vagos recuerdos de tradiciones, de leyendas lejanas que evocan en su espíritu la borrosa visión de la raza, dueña única de la tierra, cuya libre y dilatada extensión no interrumpían entonces fosos, cercados ni carreteras.

Una sombra de tristeza apaga el brillo de sus pupilas y entenebrece la expresión melancólica de su semblante. Del cuantioso patrimonio de sus antepasados solo le queda la mezquina porción de aquella loma: diez cuadras de terreno enclavado en la extensísima hacienda, como un islote en medio del océano.

Y luego, a la vista de la cerca derruida, de las yerbas y malezas que cubren la hijuela, acuden a su memoria los incidentes y escaramuzas de la guerra que sostiene con el patrón, el opulento dueño del fundo, para conservar aquel último resto de la herencia de sus mayores.

¡Qué asaltos ha tenido que resistir! ¡Cuántos medios de seducción, qué intrigas y de acechanzas para arrancarle una promesa de venta!

Pero todo se ha estrellado en su tenaz negativa para deshacerse de ese pedazo de tierra en que vio la luz, donde el sol a la hora de la siesta tuesta la curtida piel, y desde el cual la vista descubre tan bellos y vastos horizontes.

¡Vender, enajenar! Eso, ¡nunca! Pues, mientras el dinero se va sin dejar rastro, la tierra es eterna, jamás nos abandona. Como madre amorosa nos sustenta sobre sí en la vida y abre sus entrañas para recibirnos en ellas cuando se llega la muerte.

Y aquel asedio de que era víctima no hacía sino acrecentar su cariño por el terruño, cuya posesión le era más cara que sus mujeres, que sus hijos, que su existencia misma.

A sus espaldas se alzaba la desamparada choza en cuyo interior dos mujeres envueltas en viejos chamales atizan la llama vacilante del hogar. Los vagidos de una criatura dominan las sordas crepitaciones de la chamiza seca, y afuera, en una esquina del rancho, un niño de diez años vestido a la usanza indígena, se entretiene en tirar del rabo y las orejas a un escuálido mastín que, con las patas estiradas, tendido de flanco dormita al sol.

La mañana avanza. Mientras las mujeres trabajan con ahínco en las faenas domésticas y el chico corretea con el descarnado Pillán, el padre sigue echado sobre la yerba, absorto en una muda contemplación. Sus ojos se fijan de cuando en cuando en la lejana casa del fundo, cuya roja techumbre asoma allá abajo por entre el ramaje de los sauces y las amarillentas copas de los álamos. Un poco a la derecha, en el patio cerrado con gruesos tranqueros se ve un numeroso grupo de jinetes. Los plateados estribos y las complicadas cinceladuras de los bocados y de las espuelas brillan como ascuas en la intensa claridad del día.

En medio del grupo, montado en un caballo tordillo, está el patrón. Sin saber por qué, Quilapán experimenta cierta vaga inquietud a la vista de esos jinetes, inquietud que se acentúa viendo que se ponen en movimiento y, apartándose de la carretera, marchan en derechura hacia él. Y su recelo sube de punto cuando su vista de águila distingue en el arzón de las monturas las hachas de monte, cuyos filos anchos y rectos lanzan relámpagos a la luz del sol.

De súbito la expresión de su rostro cambio bruscamente. Sus pómulos se enrojecieron y sus recias mandíbulas se entrechocaron con un castañeteo de furor. Con la mirada llameante recogió su elástico cuerpo y de un salto se puso de pie.

Entretanto, la cabalgata, unos veinte jinetes, se acerca rápidamente a la hijuela de Quilapán. Don Cosme, el patrón, galopa a la cabeza del grupo. A su lado va José, el mayordomo. Ambos hablan en voz baja, confidencialmente. El amo soporta bastante bien sus cincuenta años cumplidos. Muy corpulento, de abdomen prominente, posee una fuerza hercúlea y es un jinete consumado, diestro en el manejo del lazo como el más hábil de sus vaqueros.

Hijo de campesinos, heredó de sus padres una pequeña hijuela en el centro de una reducción de indígenas. Como todo propietario blanco creía sinceramente que apoderarse de la tierra de esos bárbaros, que en su indolencia no sabían siquiera cultivar ni defender, era una obra meritoria en pro de la civilización. Tenaz e incansable, habilísimo en procedimientos para el logro de sus fines, su heredad creció y se ensanchó hasta convertirse en una de las más importantes de todo el distrito. Quilapán, inquieto y receloso, vio de día en día aproximarse a su choza los alambrados del señor, preguntándose dónde se detendrían, cuando un desgraciado incidente que le atrajo el enojo de un elevado funcionario judicial, impidió a don Cosme dar fin a su empresa. Obligado por prudencia a parlamentar con el vecino, agotó los recursos de su sutilísimo ingenio para adquirir, de un modo o de otro, la mísera hijuela. Mas el terco propietario, encerrado en una negativa obstinada, desoyó todas sus proposiciones. Este contratiempo llenó de amargura el alma del hacendado, pues consideraba que aquel pedazo de tierra, enclavado dentro de las suyas, era un lunar, algo así como una afrenta para la magnífica propiedad. Todas las mañanas, al saltar del lecho, lo primero que hería su vista tras los cristales de la ventana era la odiosa techumbre del rancho, destacándose negra y desafiante en medio de la rubia y dilatada sementera extendida como un áureo tapiz más allá de los feraces campos. Crispaba entonces los puños y palidecía de coraje, profiriendo en contra del indio terribles amenazas.

Pero, un día, don Cosme recibió una noticia que lo llenó de alborozo. Aquel funcionario judicial desafecto a su persona, acababa de ser trasladado a otra parte, y en su lugar se había nombrado a un antiguo camarada, con el cual había hecho en otro tiempo negocios un tanto difíciles.

Don Cosme, después de frotarse las manos de gusto, se acercó a la ventana y, mostrando el puño al odiado rancho, exclamó:

—¡Ahora sí que te ajustaré las cuentas, perro salvaje!

*

Lo que Quilapán ignora esa mañana viendo aproximarse la hostil cabalgata, es que su enemigo regresó a la hacienda la tarde anterior trayendo en su cartera una copia de la escritura de venta que le hacía dueño del codiciado lote de terreno. Dos rayas en forma de cruz, trazadas al pie del documento, eran la firma del vendedor, firma que con toda llaneza estampó el indígena Colipí, previo al pago de una botella de aguardiente.

*

Cuando derribada la cerca a caballazos, el hacendado y su gente se acercaron al rancho, el indígena y su familia formaban un apretado haz en el hueco de la puerta. De pie en el umbral, con el fiero rostro lívido de coraje, Quilapán los miró avanzar sin despegar los labios.

Los jinetes se detuvieron formados en semicírculo, dejando al centro a don Cosme, quien, haciendo adelantar unos pasos al hermoso tordillo, dijo a su mayordomo:

—Lea usted, José.

El viejo servidor, aquietando su brioso caballo con un sonoro «¡chist!», sacó debajo de la manta un papel cuidadosamente doblado y, desplegándolo, leyó con voz gangosa y torpe una escritura de compra-venta.

Mientras el campesino leía, don Cosme saboreaba con íntima fruición su venganza, y murmuraba entre dientes, sin apartar la vista del sañudo rostro que tenía delante:

—¡Al fin me las pagas todas, canalla!

Quilapán oyó la lectura del documento sin comprender nada, absolutamente nada. Solo una idea penetró en su obtuso cerebro: que le amenazaba un peligro y había que conjurarlo.

Por eso, cuando don Cosme gritó a los suyos, señalándoles el rancho «Muchachos, desmóntense y échenme abajo esa basura», de los ojos del indio brotaron dos centellas. Dio un paso atrás y, con un rápido movimiento, se despojó del pesado poncho. Un segundo después se plantaba lanza en mano delante de la puerta. Su bronceado cuerpo desnudo hasta la cintura, sus nervudos brazos con músculos tirantes como cuerdas, su poderoso pecho y sus anchos hombros sobre los cuales se alzaba echada atrás la descubierta cabeza con la faz convulsa por la cólera, formaban un conjunto tal de firmeza y resolución que los acometedores se quedaron suspensos un instante contemplándolo recelosos, amedrentados por la fiereza de su ademán.

Pero aquella indecisión duró muy poco; los que llevaban las hachas echaron pie a tierra y aproximándose al rancho empezaron en el acto su tarea demoledora.

El plan de los asaltantes era abrir brecha en los muros de la choza para atacar por detrás a aquel testarudo, y apoderándose de él y de los suyos, derribar en seguida la vivienda. A los primeros hachazos la endeble construcción se estremeció toda entera. El barro de las paredes se desprendía en grandes trozos que rebotaban en el suelo, levantando nubes de polvo. Las mujeres, que hasta entonces habían permanecido inactivas, al ver aquella catástrofe se armaron con los tizones del hogar y lanzando aullidos de rabia se aprestaron a la defensa, guardando las espaldas a su dueño y señor. Hasta el pequeño Pancho, empuñando la vara de roble que en los días de juego era su caballo de batalla, azuzaba con sus gritos a Pillán, el cobarde Pillán que, con el rabo entre las piernas, acurrucado en un rincón se limitaba a ladrar sin moverse del sitio. Lo que lo hacía tan cauto era que divisaba allá, por entre las patas de los caballos, al formidable Plutón, el enorme perro de presa de don Cosme.

Entretanto Quilapán, armado de una lanza, un largo colihue con un mohoso hierro en la punta, parecía haber echado raíces en el suelo. La fiereza de su actitud y la llamarada que brotaba de sus ojos, le daban el aspecto iracundo de aquel Caupolicán, su antepasado legendario.

Pero, cuando don Cosme repetía por tercera o cuarta vez a sus inquilinos acobardados: «¡vamos, hombres, acérquense, no tengan miedo de ese espantajo!», el indio, distendiendo de improviso sus férreos jarretes, dio un salto hacia adelante y, con la cabeza baja, lanza en ristre, se precipitó sobre su enemigo. Fue tan rápida la agresión, que ni el amo ni los servidores tuvieron tiempo de evitarla; mas, el brioso caballo que montaba el hacendado, viendo venir aquel alud, se encabritó levantándose bruscamente de manos. Aquel movimiento salvó a don Cosme. El golpe que le estaba destinado hirió al animal en la base del cuello, donde el hierro se hundió en toda su longitud, rompiéndose el asta con un ruido seco.

El bruto retrocedió algunos pasos, dobló los cuartos traseros y se tumbó de flanco. Los campesinos se precipitaron en auxilio del patrón y lo libraron del peso que oprimía su pierna derecha. Atontado por la recia caída, permaneció algunos minutos junto al caballo moribundo, recostado contra la montura casi sin darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.

El animal, en los estertores de la agonía, azota la cabeza en la ensangrentada yerba y Quilapán, después de una terrible lucha, agobiado por el número, ha sido derribado y maniatado sólidamente.

Las mujeres, que se habían lanzado a la refriega repartiendo mordiscos y arañazos entre los agresores, abandonaron el campo al oír que alguien gritaba:

—Fuera los chamales. ¡Desnúdenlas, desnúdenlas!

Aquella amenaza, que la mujer indígena teme más que a la muerte, las mantenía alejadas a cierta distancia, pero no cesaban de vociferar como poseídas toda clase de conjuros y maldiciones.

Pasada la primera impresión, los que manejaban las hachas habían reanudado vigorosamente la tarea. Cortado el maderamen que lo sostenía, el rancho se había hundido y el fuego del hogar, comunicándose a la pajiza techumbre, convirtió en breves instantes en una hoguera la inflamable construcción.

Tras el derrumbamiento de la choza vino una escena que divirtió grandemente a los campesinos. Pillán, que había permanecido oculto en un rincón, al oír el estruendo de la caída, salió disparado de su escondite y se lanzó al campo seguido de cerca por Plutón, que le iba velozmente a los alcances. Mas, acorralado por los jinetes, hubo el fugitivo de volver sobre sus pasos. Durante algunos momentos pudo escapar de su perseguidor, hasta que, de un salto, se refugió encima de un grueso tronco. Plutón, viéndose burlado, empezó a brincar en torno, lo cual, visto por el pequeño, enarbolando en alto la vara corrió lleno de coraje a defender al camarada de sus juegos infantiles. El dogo sorprendido por aquella brusca acometida se revolvió contra el niño y lo derribó en tierra, rompiéndole un brazo de una dentellada. Algunos jinetes se precipitaron en su socorro, pero antes de que llegase aquel auxilio, Pillán, el escuálido Pillán, abandonando su refugio donde hacía un instante estaba despavorido y tembloroso, cayó sobre Plutón y lo aferró de una oreja.

Mientras la madre se llevaba a su hijo tratando de acallar con sus besos sus desesperados gritos de dolor, la pelea de los canes absorbió por completo la atención de los labriegos. El corpulento dogo agitaba con furia la enorme cabeza para coger a su adversario, lo que le era imposible conseguir a pesar de sus rabiosos esfuerzos. Pillán, que comprendía lo ventajoso de su situación, apretaba las mandíbulas como tenazas. De pronto, la oreja como una tela que se rasga, se desprendió en parte, dejando en los colmillos del mastín un jirón sangriento. La lucha concluyó en un segundo. Plutón, rápido como el rayo, asió por la garganta a su enemigo y lo sacudió en el aire como un pingajo. La escena perdió desde ese instante todo interés y los campesinos se diseminaron para dar remate a la faena que allí los había llevado.

Mientras unos activaban el fuego para que las llamas consumiesen los últimos restos del rancho, otros derribaban las cercas y borraban todo vestigio de límite divisorio. Don Cosme, a quien el dolor del miembro magullado impedía moverse, permanecía sentado sobre la yerba. Se había despojado de la charolada polaina y se friccionaba suavemente con ambas manos la parte dolorida, lanzando de cuando en cuando sordos rugidos de dolor. Delante de él yacía el blanco cuerpo del caballo con el cuello estirado y las patas rígidas. A su derecha se destacaba Quilapán y más allá, próximo al tronco, se veía un inmóvil grupo: junto al cadáver de Pillán, la silueta del dogo sentado sobre sus cuartos traseros, observando atentamente a su víctima, listo para ahogar en su principio todo conato de resurrección.

Cuando la demolición de la cerca estuvo terminada, los inquilinos se aproximaron al caballo y empezaron a despojarlo de sus arreos. El amo contemplaba la operación con lágrimas en los ojos. Un rio de sangre se había escapado de la honda herida y el hermoso animal inmóvil sobre uno de sus costados, provocaba en los labriegos exclamaciones de lástima acompañadas con una serie de frases que eran un panegírico de las cualidades del difunto:

—¡Qué buen caballo era tordillo!

—¡Qué dócil!

—¡Qué buena rienda!

—¡Y pensar que, si no fuera por él, tendríamos tal vez que cargar luto por el patrón!

A estas últimas palabras don Cosme se puso de pie y ordenó a su mayordomo:

—José, tráeme tu caballo.

Todos los ojos estaban húmedos cuando el patrón, ayudado de su servidor, subió en su nueva cabalgadura. Una vez que se hubo afirmado en los estribos, desabrochó el lazo trenzado que colgaba del arzón de la montura y tirando parte del rollo a los pies de un joven vaquero le dijo indicándole con un gesto a Quilapán:

—Antonio, ponle el lazo.

El muchacho cogió la extremidad de la cuerda y se acercó al preso, y cuando se inclinaba para cumplir la orden le asaltó una duda.

Se detuvo y preguntó resueltamente:

—¿Del pescuezo, patrón?

—No, de los pies.

Pero apenas pronunciadas estas palabras, don Cosme recogió la soga. Acababa de ocurrírsele una nueva idea. Preparó rápidamente una estrecha lazada y cuando estuvo lista la orden, ordenó con energía:

—¡Desátenlo!

Con cierta extrañeza se acogió aquel mandato que dos de los campesinos cumplieron en un instante, y Quilapán, libre de las ligaduras se enderezó como un resorte. Con los brazos cruzados sobre el pecho paseó en torno su mirada desafiante, torva, cargada de odio, de desprecio, de rencor. Buscó el sitio donde había existido el rancho y a la vista de la delgada columna de humo que subía del montón de ceniza, último vestigio de la habitación, su salvaje furor estalló de nuevo y, como un relámpago, se abalanzó sobre una de las hachas que había ahí cerca; pero don Cosme, que acechaba aquel instante, le lanzó de través la certera lazada que le cogió ambos pies a la altura de los tobillos.

Detenido por el violento tirón que lo echó de bruces sobre la hierba, Quilapán se sintió arrastrado súbitamente por el áspero suelo con progresiva velocidad.

El terreno con ligeras ondulaciones, cubierto de malezas en las cuales el cuerpo del indio abría un ancho surco, se extendía libremente hasta la carretera.

Adelante galopaba don Cosme guiando con la diestra la tirante cuerda y, más atrás, en dos filas, cerraba la marcha la escolta de campesinos. El sol muy alto en el horizonte lanzaba sobre las campiñas la blanca irradiación de su antorcha deslumbradora. A espalda de los jinetes un clamoreo lejano indicaba la presencia de las mujeres que con sus hijos a cuestas corrían en pos de la comitiva.

Quilapán, echado sobre el vientre, había sentido desde un principio la extraña sensación de que la tierra, su amada tierra, huía de él, resbalando en una vertiginosa carrera bajo su cuerpo, arañándole al pasar y desgarrando con crueles zarpazos sus carnes de réprobo. Entonces, enloquecido, había hincado sus uñas en el suelo, tratando de retener a la fugitiva. Sus manos crispadas arrancaban puñados de hierba y sus dedos dejaban largos surcos en la tierra húmeda. Mas todo era inútil; mientras los campos huían cada vez más de prisa, su rostro y su busto azotados por los tallos flexibles de los yerbales se iban convirtiendo en una llaga sangrienta. De pronto sus ojos cesaron de ver, sus manos de asir los obstáculos y se abandonó, como un tronco insensible a aquella fuerza que lo arrancaba tan brutalmente de sus lares y a la cual no le era dado resistir.

De vez en cuando interrumpía el silencio una batahola de gritos:

—¡Suelta, Plutón, déjalo!

Era el dogo que, excitado por la carrera, se abalanzaba sobre aquella masa sanguinolenta y clavaba en ella sus colmillos con rápidas dentelladas.

Don Cosme detuvo bruscamente su cabalgadura y se volvió. Estaban en el polvoroso camino inundado de sol. Uno de los jinetes echó pie a tierra y desabrochó la soga quedándose un instante con la vista fija en el inmóvil cuerpo de Quilapán.

El patrón que enrollaba tranquilamente el lazo, viendo aquella actitud del labriego, con tono irónico preguntó:

—¿Qué hay Pedro, está muerto?

El interpelado se enderezó y repuso con tono zumbón:

—¡Qué muerto, señor! Estos demonios tienen siete vidas como los gatos.

La voz del mayordomo resonó:

—Registra si tiene alguna herida.

—No tiene nada. Apenas unas cuantas rasmilladuras. Pero, como los novillos bravos que se emperran al sentir el lazo, ahora se está haciendo el muerto. Ya verá usted que en cuanto lo dejemos solo se levanta y dispara como un venado.

Luego, para probar sus argumentos, cambiando de tono agregó resueltamente:

—¿Quiere su merced que lo haga pararse a rebencazos?

Don Cosme, que había concluido de enrollar el lazo, quiso dar una lección de clemencia a sus servidores. Dada la magnitud del crimen, el castigo le parecía insignificante, pero se propuso demostrarles que, llegado el caso, él, a pesar de su severa rectitud, sabía ser también noble, generoso y magnánimo.

Contempló por un momento el inanimado cuerpo del indio y con tono conciliador dijo al mozo que aguardaba con el látigo en la mano:

—Déjalo por ahora. Aturdido como está, no sentiría los azotes.

Y torciendo riendas avanzó al galope por la dilatada y rojiza cinta de la carretera.

*

Durante algunos días, Quilapán, como un fantasma, vagó por los alrededores. Don Cosme había dado orden a sus inquilinos de arrojarlo a latigazos si tenía la osadía de penetrar en la hacienda, pero aquella ocasión no se había presentado, pues, el indígena se mantenía siempre fuera de los límites prohibidos. Se le veía a toda hora tendido en la yerba o acurrucado bajo un árbol con el rostro vuelto en dirección de la loma, de aquella tierra que era suya y en la que no podía asentar el pie.

Una mañana, al clarear el alba, apenas don Cosme había abandonado el lecho, le anunciaron la presencia de su mayordomo, a quien hizo pasar inmediatamente a su despacho. En el semblante del viejo servidor había una expresión de júbilo mal disimulada. Se acercó al hacendado y murmuró algunas palabras en voz baja.

A la primera frase, don Cosme se irguió bruscamente y con los ojos chispeantes interrogó:

—¿Estás seguro?

—Sí, señor, segurísimo, no le quepa a usted duda.

Algunos momentos después, el amo y el servidor galopaban a rienda suelta por los potreros cambiando entre sí frases rápidas.

—¿De modo que está muerto?

—Y bien muerto, señor. Cuando lo divisé creí que estuviese dormido... Le ajusté unos cuantos rebencazos y, como no se meneaba, me bajé...

Lo primero que se presentó a la vista de don Cosme al ascender la loma fue el montón de tierra que cubría la fosa del caballo, lo que hizo revivir en él su odio rencoroso por el matador. Después de echar una ojeada a aquel túmulo, en cuya superficie asomaban ya los vigorosos tallos de la yerba y donde innumerables gusanos trazaban blanquecinos y viscosos surcos, avanzó al paso de la cabalgadura hacia el sitio donde había existido el rancho. Sobre los calcinados escombros, encima de la ceniza, estaba boca abajo el cadáver de Quilapán. Con los brazos abiertos parecía asirse de aquel suelo en una desesperada toma de posesión.

A una señal del hacendado, el mayordomo echó pie a tierra y, cogiendo por la mano al muerto, lo tumbó boca arriba, mientras decía convencido:

—Es seguro, señor, que se ha dejado morir de hambre. ¡Son tan soberbios estos perros infieles!

Don Cosme apartó con disgusto la vista del cadáver y paseó una mirada distraída sobre el luminoso panorama de los campos, que despertaban rasgando con bostezos soñolientos la brumosa envoltura del amanecer. Por entre las desgarraduras y girones de la niebla, surgían los valles, las praderas, el combado perfil de las lomas y las línea negras y sinuosas de las barrancas.

Erguido sobre la montura examinó en torno largamente el horizonte sin que una sola vez viera alzarse en la soledad de la campiña el cono ominoso de las rucas aborígenes. Su poderoso pecho aspiró con fuerza el aire embalsamado que subía de las vegas. Había extirpado de la tierra la raza maldecida y su semblante se encendió de júbilo.

De pronto resonó en el silencio la voz cascada del mayordomo:

—Señor, ¿qué hacemos con esto?

Y don Cosme, con tono apacible e impregnado de una serena dulzura que el viejo servidor no le había oído nunca, contestó:

—Cava un hoyo y tira esa carroña adentro... ¡Servirá para abonar la tierra!

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El vagabundo

En medio del ávido silencio del auditorio se alzó evocadora, grave y lenta, la voz monótona del vagabundo:

—Me acuerdo como si fuera hoy: era así un día como éste. El sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad, nos habíamos quitado las chaquetas y jugábamos a la rayuela debajo de la ramada. Mi madre, que andaba atareadísima aquella mañana, me había gritado ya tres veces desde la puerta de la cocina: «¡Pascual, tráeme unas astillas secas para encender el horno!»

»Yo, empecatado en el juego, le contestaba siguiendo con la vista el vuelo de los tejos de cobre: «Ya voy, madre, ya voy».

»Pero el diablo me tenía agarrado, y no iba, no iba... De repente, cuando con la redondela en la mano ponía mis cinco sentidos para plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe y un escozor, como si me hubiesen arrimado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido y, ciego de rabia, como la bestia que tira una coz, solté un revés con todas mis fuerzas... Oí un grito, una nube me pasó por la vista y vislumbré a mi madre que, sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara llena de sangre, al mismo tiempo que me decía con una voz que me heló hasta la médula de los huesos:

»—¡Maldito seas, hijo maldito!

»Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo, como si me hubiese partido un rayo... Cuando volví tenía la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.

Mientras los campesinos se estrechaban en torno del banco ansiosos de contemplar de cerca el prodigio, el viejo se había desabrochado la blusa y puesto al descubierto el pecho hundido, descarnado, con la terrosa piel pegada a los huesos. Y ahí, justamente debajo de la tetilla derecha, se veía la mano, una mano pálida, con dedos largos y uñas descomunales, adherida por la palma a esa parte del cuerpo como si estuviese soldada o cosida con él.

Un murmullo temeroso partió del grupo y voces ahogadas profirieron:

—¡Pobrecito!

—¡Qué castigo, mi Dios!

—¡Qué ejemplo, Jesús bendito!

El vagabundo esperó que los murmullos y las exclamaciones se extinguiesen y luego continuó:

—Una noche se me apareció, en sueños, Nuestro Señor, y me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo a los incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.

Los padres y las madres clavaron en los rostros confusos de sus juveniles retoños una mirada que parecía decir: «¿Han oído? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la leccioncita?»

El silencio tenía algo de religioso y de solemne cuando el viejo prosiguió:

—Honra a tu padre y a tu madre, dice la ley de Dios, y yo les encarezco, mis hijos, que nunca, jamás, desobedezcan a sus mayores. Sean siempre dóciles y sumisos y alcanzarán la felicidad en este mundo y la gloria eterna en el otro.

—¡Amén! —dijeron muchas voces trémulas por la emoción.

La ramada bajo la cual se cobijaba el vagabundo era la prolongación de un pajizo rancho, morada de uno de los más ancianos vaqueros del fundo. A cincuenta metros estaba la carretera, a la que daba acceso una puerta de trancas, cuyas varas, corridas de un lado, descansaban por una de sus extremidades en el suelo, dejando un paso estrecho que un caballo podía salvar con un pequeño salto. El terreno, sobre el cual se alzaba la choza, era llano y estaba cerrado por una ligera empalizada de ramas secas. En lo alto, el sol fulguraba intensamente derramando sus blancos resplandores sobre los campos sumidos en el letargo de quietud y el sopor.

El mendigo, sentado en el banco junto al cual los campesinos van depositando en silencio sus limosnas, murmura con trémula y cascada voz:

—¡Dios y la Santísima Virgen se lo paguen, hermano!

De pronto, en el camino, frente a la puerta de trancas, aparecen dos jinetes magníficamente montados. Uno tras otro salvan el obstáculo y avanzan en derechura hacia la ramada. Todas las lenguas enmudecen a la vista del patrón y de su hijo que hablan, al parecer, acaloradamente.

Los labriegos se miran y se hacen guiños con aire malicioso. Están hartos de aquellas escenas y cuchichean con maligna sonrisa:

—El viejo halló la horma de su zapato.

—La halló, la halló...

Se callan de nuevo para oír las voces destempladas de los jinetes que, habiendo refrenado sus cabalgaduras, gesticulan con tono áspero de disputa.

Don Simón, el hacendado, es un hombre de sesenta años, alto, corpulento, de mirada viva y penetrante. Lleva la barba afeitada y su cano y retorcido bigote, que la cólera eriza, deja ver una boca de labios delgados, adusta e imperiosa. Su historia es breve y concisa. Simple vaquero en su juventud, a fuerza de paciencia y perseverancia, alcanzó los empleos de capataz, mayordomo y, por último, administrador de una magnífica hacienda. Muy hábil, trabajador infatigable, hizo prosperar de tal modo los intereses del propietario que éste lo hizo su socio dándole una crecida participación en las ganancias. A la muerte de su bienhechor adquirió con sus economías un pequeño fundo en los alrededores, fundo que ensanchó merced a compras sucesivas hasta hacer de él una propiedad valiosísima. Viuda hacía mucho tiempo, sólo tenía aquel hijo. Contaba el mozo veintidós años. De estatura mediana, bien conformado, poseía un semblante expresivo, franco y abierto. Su carácter, como el del padre, era muy irritable y arrebatado, mas, en su corazón había un gran fondo de bondad.

Los campesinos le querían entrañablemente y eran a menudo los encubridores y cómplices de sus calaveradas. Ávido de placeres y de libertad y jinete espléndido, era fanático por las carreras de caballo. Se contaba el caso muy reciente de haber regresado un día a casa, en ancas del caballejo de un inquilino, sin poncho, sin faja y sin espuelas: todas esas prendas, incluso el caballo y la montura, las había apostado y perdido en unas famosas carreras en las Playas de la Marisma. Esta conducta del mozo, su ligereza, su ninguna afición al trabajo y su rebeldía a los consejos paternales exasperaban y llenaban de amargura el corazón del hacendado. Todo lo había intentado para enderezar aquel arbolillo que era carne de su carne y su único heredero para quien había acumulado esa fortuna, cuya conservación le imponía a sus años tan durísimas fatigas. En su afán de hacer de él un campesino, un hombre de trabajo, un continuador de su obra, no quiso enviarle a la ciudad para recibir una educación cualquiera. Desdeñaba, además, profundamente esa sabiduría que conceptuaba inútil, superflua y aún perjudicial. Con la lectura y la escritura y un poco de aritmética y contabilidad había de sobra para abrirse camino en la vida. El no había pasado de allí y pocos podían vanagloriarse de haber alcanzado una prosperidad como la suya. Consecuente con los principios que habían sido la norma de toda su vida, todo su sistema de educación descansaba en la severidad y el rigor. Este proceder le enajenó, poco a poco, el afecto de su hijo, quien llegó a mirarle, a veces, como un enemigo a cuyo despotismo era lícito oponer la astucia, la hipocresía y el engaño. Cuando el niño se hizo hombre, esta oposición de caracteres se acentuó y cavó entre ellos un abismo. Son el agua y el aceite, decían los campesinos y así era la verdad. Nada podía juntarles y todo les separaba. Es un perdido, un vagabundo, decía el hacendado, cuya infancia y juventud pasadas en la servidumbre y cuya vida ulterior, opresora y cruel para los demás, habían endurecido de tal modo su corazón, que no podía comprender la esencia de aquella naturaleza tan distinta de la suya. La aversión del mozo por el trabajo continuado, su desapego por el dinero, su debilidad para con los inferiores, eran para don Simón otros tantos delitos imperdonables. Y redoblaba las amonestaciones y las amenazas sin obtener mas que una sumisión efímera que el anuncio de una fiesta, de unas carreras, echaba pronto a rodar.

Los jinetes habían puesto nuevamente sus caballos al paso y sus voces sonaban claras y distintas en el silencio que reinaba en la ramada.

—Te digo que no irás...

—Padre, solo voy a ver correr la yegua overa. En seguida me vuelvo... Se lo juro a usted.

—Tu debías estar enterado, desde hace tiempo, que cuando ordeno alguna cosa no me vuelvo atrás. Déjate, pues, de majaderías. En la aparta de los novillos podrás correr todo lo que te dé la gana.

Los inquilinos cuchichean en voz baja:

—¿Que hay carreras en la Marisma?

—Sí, la del mulato con la yegua overa. Don Isidrito está muy interesado, porque don Cucho le ha ofrecido la mitad de la apuesta si jinetea la potranca y gana la carrera.

Padre e hijo se detienen delante de la vara donde están atados una veintena de caballos, y el hacendado, después de recorrer con una mirada aquellos rostros cohibidos que se desvían temerosos, dijo al dueño del rancho, que se había adelantado hacia él sombrero en mano:

—Jerónimo, vas a ir con todos los que están aquí al potrero de la Aguada para rodear a los novillos y encerrarlos en el corral. Nosotros —y miró de soslayo a su hijo— vamos a ir al cerco de los Pidenes y a la vuelta haremos la aparta de la novillada de dos años. ¡Cuidado con corretearme demasiado las reses!

El labriego inclinó la cabeza y murmuró un quedo y humilde:

—Está bien, señor.

Un sonoro tintineo de espuelas siguió a la orden y los campesinos empezaron a desfilar unos tras otros por ambos lados de la ramada para ir a tomar sus cabalgaduras.

De pronto, en el hueco que dejaran, el hacendado percibió al vagabundo inmóvil sobre el banco teniendo junto así el montoncillo de las limosnas. Clavó sobre él una mirada furibunda y con voz vibrante profirió:

—¿Qué hace aquí este viejo pícaro?

Ninguna voz se alzó para responder. Don Simón paseó su fiera mirada interrogadora por aquellas cabezas que se bajaban obstinadamente y prosiguió:

—¡Yo no sé qué gentes son ustedes! Siempre están llorando hambres y miserias, pero, cuando aparece por aquí uno de estos holgazanes, que los embauca con cuentos absurdos, ya están desbalijando la casa para regarlo y festejarlo como si fuese un enviado del cielo.

Desde un rincón partió una vocecilla cascada:

—Pero señor, ¿es un pecado, acaso, la caridad con los pobres?

—Es que esto no es caridad, es despilfarro, complicidad; así es como se fomenta el vicio y la holgazanería...

Hablaba atropelladamente con el rostro rojo de ira, y volviéndose hacia el anciano inquilino, le dijo:

—A ver, Jerónimo, despégale la mano a ese farsante.

El interpelado alzó la cabeza y miró aterrorizado a don Simón. Era tan cómica la expresión de aquella fisonomía desfigurada por el espanto, que el hacendado estuvo a punto de soltar la risa. «Este idiota», pensó, «cree que, si hace lo que le mando, se abrirá la tierra para tragárselo».

No insistió en repetirle la orden y se dirigió a los demás:

—Ya que Jerónimo se ha tullido de repente y hasta ha perdido el habla, vaya uno de ustedes: tú, Pedro; tú, Nicolás; tú, Lorenzo —y fue pronunciando así varios nombres.

Pero, al parecer, a todos les había ocurrido el mismo fenómeno, pues ninguno se movió ni contestó.

Aquella resistencia produjo, mas que cólera, asombro y admiración en el hacendado. ¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llegaba la ciega credulidad de esas gentes que se atrevían a arrostrar su enojo antes que poner sus manos en el mentiroso viejo? Y más que nunca se afirmó en su resolución de sacarlos de su engaño haciéndoles ver la falsedad de aquella historia ridícula.

Paseó una última mirada por aquellas cabezas que se abatían en silencio, hoscas y hurañas, y ordenó imperioso:

—Isidro, apéate y desenmascara a este bribón.

El mozo lo miró extrañado y balbuceó con un tono de viva repugnancia:

—Padre, téngale lástima, perdónelo por esta vez.

La cólera, amortiguada un instante, resurgió en el hacendado furiosa:

—¿Tú, también tú?

El joven, desentendiéndose de este vibrante apóstrofe, prosiguió suplicante:

—¡Déjelo usted, padre, es tan viejito! ¡No me obligue a cometer una mala acción!

—¿Qué es lo que llamas mala acción? ¡Dilo, dilo pronto!

—Violentar a este viejo, padre, avergonzarlo descubriéndoles sus carnes... Además, no creo que por una inocente mentira...

—¡Inocente mentira, inocente mentira! ¿A esta criminal superchería llamas inocente mentira? Lo que me parece a la verdad mentira es tener un hijo como tú —vociferó frenético don Simón y, enarbolando la pesada chicotera, avanzó resueltamente sobre el mozo.

Éste, viendo en los ojos de su padre la intención manifiesta de agredirlo, se desmontó prontamente y penetró bajo la ramada, decidido a cumplir la odiosa orden con la blandura y suavidad posibles.

De pronto, aquella misma voz cascada y senil se alzó de nuevo en su rincón sombrío:

—Padre nuestro que estás en los cielos...

Don Simón, que había recobrado en parte la serenidad, dijo con tono de zumba:

—¡Ah! Le van a rezar las letanías por si se muere en la operación. Pero, ¿le perdonarán allá arriba?

La voz interrumpió el rezo para decir:

—Ya está perdonado.

Don Simón, muy divertido, preguntó:

—¿Cómo lo sabe usted, abuela?

—Porque ya está aquí el Anticristo que lo ha de crucificar.

El hacendado dio un respingo en la silla y vociferó a gritos:

—¡Vieja imbécil, piara de brutos! ¿Con que soy el Anticristo? ¿El Anticristo? —y mientras repetía el ominoso epíteto se revolvía en la montura buscando en torno a alguien en quien descargar el peso de la ira que le ahogaba. Pero no vio sino rostros inclinados y ojos que miraban fijamente el suelo. Se volvió nuevamente hacia el fondo de la ramada y exclamó:

—¡Isidro! ¿Hasta cuándo esperas? ¡Acabemos de una vez!

El vagabundo, que desde la llegada del patrón no había despegado los labios guardando una inmovilidad absoluta, cuando el mozo estuvo a su lado empezó a gemir plañideramente:

—¡Don Isidrito, apiádese de este pobre viejo! Yo lo conozco a usted de mediano... no me maltrate. ¡Hágalo por la señorita, su mamá, esa santa que nos mira desde el cielo! Yo he rezado mucho, muchísimo por ella y por usted. ¡Ay, mi amito, mi niño Dios, por las llagas de Nuestro Señor, defiéndame de su padre, favorézcame por amor de Dios!

En el corazón del joven aquellos clamores repercutieron dolorosamente. Experimentaba por el viejo una profunda piedad. Quiso tentar un último esfuerzo para aplacar la cólera de su padre, pero, las últimas palabras de éste, reiterándole el imperioso mandato, vencieron sus escrúpulos y resignado alargó la mano hacia el pecho del vagabundo, quien, sin dejar de gemir, rechazó aquel ademán con su huesuda diestra. Esto se repitió varias veces hasta que el mozo cogió con la suya, robusta y poderosa, aquella mano obstinada y terca. El viejo, con una fuerza increíble para sus años, trató de libertar se muñeca de aquellas tenazas; se recogió como una araña y se deslizó al suelo, forcejeando con tal desesperación, con tanta maña y destreza, que el mozo hubo de soltarle sin haber logrado su intento. El joven, cuyos dientes estaban apretados, cambió de táctica. Alargó los brazos y, alzando al mendigo del suelo, lo tendió de espaldas sobre el asiento. Pero aquel cuerpo decrépito, aquel brazo y aquellas piernas semejantes a secos y quebradizos sarmientos, se agitaron con tales sacudidas que, tumbándose el banco, ambos luchadores rodaron por el suelo con gran estruendo. Se oyó una rabiosa blasfemia y un puño, alzándose airado, cayó sobre la faz del vagabundo que se tornó roja bajo una oleada de sangre que brotó de su boca y de su nariz, y manchó sus sucias greñas, sus bigotes y su barba.

Instantáneamente cesó el viejo de gemir y debatirse, y el mozo, desabrochándole la blusa, desprendió de su sitio la famosa mano sin gran trabajo.

Don Simón se desmontó precipitadamente y acudió presuroso junto al mendigo, diciendo a sus servidores:

—¡Vengan, vengan todos!

Al empezar la refriega, las mujeres habían huido hacia el interior del rancho lanzando histéricos sollozos, y los campesinos, volviendo la espalda a la ramada, se mostraban atareadísimos recorriendo los arreos de sus cabalgaduras.

Mientras el hacendado se inclina sobre el vagabundo, que extenuado por la lucha no hace el menor movimiento, el mozo, de pie, cejijunto y huraño, mira hacia la carretera. En su combate con el viejo algo se ha roto y desvanecido en lo más recóndito de su corazón. Basta mirarle para conocer que no es el mismo. Si los campesinos se hubiesen vuelto hacia él, de seguro que habrían visto que una súbita y total transformación se había operado en «el niño», como entre ellos lo llamaban. Parecía haber envejecido de repente diez años, y su mirada dura y brillante, y el desdeñoso pliegue de la boca, demostraban que el padre había recobrado su hijo, cegándose en sus almas el abismo que los separaba.

Entre ambos el viejo yacía de espaldas con los ojos entornados, sus brazos estaban extendidos a lo largo del cuerpo y en su pecho desnudo se veía un trozo de piel descolorida. Era el sitio en que apoyara durante tantos años la mano, la sacrílega mano con que hiriera el rostro de aquella que le llevó en sus entrañas.

Don Simón examinó largamente aquel miembro, cuyo cutis delicado, casi blanco, y sus largas uñas lo llenaron de admiración. De repente se enderezó y preguntó triunfalmente:

—¿Qué hay? ¿Te convenciste de que todo no era mas que una mentira?

—Completamente, padre; tenía usted mucha razón.

El hacendado se quedó estupefacto, gozoso. No eran solo las palabras, sino el tono en que fueron dichas lo que le sorprendía y llenaba de satisfacción. Aquel acento enérgico no era ya el del muchacho taimado y voluntarioso que tanto lo hiciera sufrir, sino el de un hombre razonable que reconocía al fin sus errores y enderezaba sus pasos por la senda del deber. ¡Admirable influencia de la justicia y la verdad! Un ciego había abierto los ojos; faltaban los otros, ¿dónde se había metido? Don Simón avanzó hacia la esquina de la ramada y rugió con amenazador acento:

—¡Aquí todos!

Los campesinos que se habían echado sobre la yerba formando pequeños grupos, se alzaron del suelo perezosamente y, viendo que el patrón los contemplaba de hito en hito, echaron a andar hacia la ramada con una lentitud y una cachaza tan desesperante, que el hacendado palideció de coraje ante aquella rebeldía y testaruda negligencia.

En ese momento resonó el galope de muchos caballos y una magnífica cabalgata cruzó por la carretera. A través de la nube de polvo se vio brillar un instante los lujosos arreos de jinetes y de corceles.

Una voz viril y poderosa se elevó desde el camino:

—¡Isidro, te esperamos en la Marisma, esta tarde corre la yegua overa!

El mozo dijo resueltamente a espaldas de don Simón:

—Padre, yo no voy a la aparta.

El hacendado se volvió hosco con la mirada centellante:

—¿Qué dices?

—Que tengo que ir allá... adonde le dije...

Don Simón alargó la diestra y cogiendo al joven por la abertura de la manta la zarandeó rudamente aturdiéndole con sus gritos:

—¡Que tienes que ir! ¿Adónde? ¿A las carreras? Dilo una vez, ¡repítelo!

Y la frase desafiadora, irreparable salió de los labios trémulos del mozo:

—¡Voy adonde me da la gana!

Aún vibraban estas palabras cuando la diestra del hacendado cayó sobre la mejilla izquierda del rebelde que trocó instantáneamente su palidez cadavérica en un escarlata vivísimo...

*

Los campesinos que llegaban se detuvieron en seco. El hijo había enlazado al padre por la cintura y, echándole diestramente la zancadilla, lo tumbó en tierra boca arriba. Cayó el mozo encima, pero, alzándose presuroso se precipitó sobre su caballo, un retinto magnífico, y se lanzó a toda rienda hacia la puerta de trancas.

El hacendado de pie, la diestra en alto, los ojos inyectados de sangre, cárdena la convulsa faz, lanzó entonces con acento de una sonoridad extraña el fatal anatema:

—¡Maldito seas, hijo maldito!

Al oírlo, el mozo hizo un movimiento en la montura como para mirar hacia atrás; y el nervioso bruto desviado por aquella leve inclinación del jinete saltó oblicuamente, yendo a chocar con sus patas delanteras en la vara superior. Retembló la tierra con el golpe y una densa nube de polvo se elevó desde el camino frente a la puerta de las trancas. Los labriegos saltaron sobre sus caballos y corrieron a escape en socorro del caído; pero, antes de que hubiesen recorrido la mitad de la distancia, el retinto, que se había alzado tembloroso sobre sus patas, lazando un resoplido de espanto, emprendió una vertiginosa carrera por la calzada desierta. De la montura pendía algo informe como un pájaro cuyas alas abiertas fuesen azotando el suelo...

Voces espantadas resbalaron clamorosas en el aire inmóvil:

—¡Santo Dios, se le enredó la espuela en el lazo!

Mientras los campesinos corren a rienda suelta tras el desbocado animal, que les lleva una larga delantera, don Simón, sentado en el suelo da manotadas al aire queriendo coger algo invisible que gira a su derredor. De vez en cuando dice con tono de infantil alborozo, mientras entreabre su cerrada diestra con gran cuidado:

—¡Ven, Isidro! Mira, ¡ya lo atrapé!

Pero, en la mano, nada hay, y tendiéndose de espaldas bajo la ramada, con los ojos entornados se queda inmóvil tratando de percibir el toque misterioso que ha cesado de repente. Una idea le obsesiona: ¡Cómo y cuándo se apagó en su corazón el tañido de aquel cascabel que, a pesar de su pequeñez, vibra tan poderosamente en los corazones inexpertos! De pronto, todo se aclaró en su espíritu. El insidioso tañido se extinguió en su corazón el día en que empuñó en sus manos el látigo de capataz. Es verdad que sus voces eran ya muy débiles y apagadas, pues siempre resistió con entereza sus pérfidas insinuaciones encaminadas a apartarle de la soñada meta de la fortuna y el poder. Arrojado de allí, vengativo y malévolo, fue a buscar un albergue en el corazón de su mujer, donde reinó como soberano absoluto. ¡Ah, cómo le hizo sufrir, a él, emancipado de toda sensiblería aquella naturaleza débil, crédula y enfermiza! Muerta la esposa, el cascabel, obstinado y rencoroso, se anidó en el corazón de su hijo. Encontró allí un terreno bien preparado para extender su diabólica influencia, influencia que se mantuviera en ese reducto propicio quizás hasta cuando si el mozo, desoyendo por primera vez el maligno repique, no hubiese castigado como se merecía al mendigo, descargando el puño sobre su hipócrita y mentirosa faz. Libre quedó al instante del huésped maldito.

Mas, a partir de ahí, se perdía su huella. ¿Dónde se había metido? Durante un momento los dientes del hacendado rechinaron furiosos ante su impotencia para descubrir el asilo del detestado enemigo. Hacía poco que le pareció oírle repicar burlonamente en torno de él, mas, debió ser aquello una ilusión de sus sentidos. ¡Ah, si pudiera atraparle, si pudiera atraparle!

De repente se estremeció y, entreabriendo lentamente sus cerrados párpados, vio inclinado sobre su rostro el pálido semblante del vagabundo. Apenas pudo reprimir un grito de victorioso júbilo: el cascabel estaba dentro del corazón del mendigo y repicaba con inusitado brío su perturbadora melopea. Si hubiese alguna duda sobre su presencia, allí estaban para desvanecerla los ojos húmedos del viejo que le miraban como jamás, nadie, le había mirado nunca. Mientras enderezaba su poderoso busto, su diestra de deslizó con disimulo bajo la faja que ceñía su cintura...

*

Algunas mujeres que habían penetrado bajo la ramada huyeron lanzando espantosos alaridos. En el suelo, tendido de espaldas yacía el vagabundo con el pecho abierto, desangrándose por una horrible herida. A su lado, de rodillas, estaba el hacendado machacando sobre la piedra de moler la sangrienta entraña. Mientras esgrimía el trozo de granito destinado a triturar el grano, canturreaba apaciblemente:

—De balde chillas, cascabel del diablo... te voy a reducir a polvo, a polvo impalpable que esparciré a los cuatro vientos...

Un galope precipitado resuena en la carretera. Precede a la cabalgata un jinete en un caballo blanco de espuma: es Isidro, el hijo del hacendado. Rota la hebilla de la espuela, se desprendió el mozo de la montura y rodó en el polvo que amortiguó considerablemente la violencia de la caída. Al trasponer la puerta de tranzas un coro de voces femeniles se alzó clamoroso:

—¡Milagro, milagro, si es el niño, don Isidrito...! ¡Alabado sea Dios!

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La barrena

—Aquellos sí que eran buenos tiempos —dijo el abuelo dirigiéndose a su juvenil auditorio, que lo oía con la boca abierta—. Los cóndores de oro corrían como el agua y no se conocían ni de nombre estos sucios papeles de ahora. No había más que dos piques: el Chambeque y el Alberto, pero el carbón estaba tan cerca de los pozos que, de cada uno de ellos, se sacaban muchos cientos de toneladas por día...

Entonces fue cuando los de Playa Negra quisieron atajarnos corriendo una galería que iba desde el bajo de Playa Blanca en derechura a Santa María. Nos cortaban así todo el carbón que quedaba hacia el norte, debajo del mar. Apenas se supo la noticia, todo el mundo fue al Alto de Lotilla a ver los nuevos trabajos que habían empezado los contrarios con toda actividad. Tenían ya armada la cabria del pique casi en la orilla misma donde revienta la ola en las altas mareas. Los pícaros querían trabajar lo menos posible para cerrarnos el camino. Entretanto nuestros jefes no se contentaban sólo con mirar. Estudiaban el modo de parar el golpe, y andaban para arriba y para abajo corriendo desaforados con unas caras de susto tan largas que daban lástima.

Acababa una mañana de llegar al pique, cuando don Pedro, el capataz mayor, me llamó para decirme:

—Sebastián, ¿cuántos son los barreteros de tu cuadrilla?

—Veinte, señor —le contesté.

—Escoge de los veinte —me mandó—, diez de los mejores y te vas con ellos al Alto de Lotilla. Allí estaré yo dentro de una hora.

Me fui abajo y escogí mis hombres, y antes de la hora ya estábamos juntos con una nube de peones, de carpinteros y de mecánicos en la media falda del cerro que mira al mar.

Mientras los peones desmontaban y terraplenaban y los carpinteros aserraban las enormes vigas, los mecánicos recorrían el motor listo ya para funcionar. Todos metían una bullanga de mil demonios. A cada momento llegaban barreteros del Chambeque y del Alberto. Allí estaba la flor y nata de toda la mina. Ninguno tenía menos de veinte años ni pasaba de veinticinco.

De repente corrió la voz de que iba a hablarnos el ingeniero jefe. Todavía me parece verlo encaramado en una pila de madera echándonos aquel discurso cuyo recuerdo tengo aún en la memoria. Después de afear la conducta de los de Playa Negra, que sin ninguna razón y contra todo derecho querían arrinconarnos contra el cerro para apoderarse del carbón submarino que habíamos sido los primeros en descubrir y en explotar, nos dijo que contaba con nuestro empuje y entusiasmo para el trabajo para impedir aquel despojo que realizado, sería la ruina de todos. Luego nos explicó, aunque muy a la ligera, lo que exigía de nosotros. A pesar de su reserva y de lo vago de ciertos detalles, comprendimos que su intención era abrir un pique en el sitio donde estábamos y en seguida una galería paralela a la playa que cortase en cruz la línea que traía la de Playa Negra. Pero, para que tuviese éxito este plan, era necesario llegar al cruce antes que los contrarios. Y aquí estaba lo difícil, porque la distancia que ellos debían andar era menos que la mitad de la que nosotros teníamos que recorrer para ir al mismo punto por debajo del mar.

Al concluir el ingeniero su discurso, era tan grande nuestro entusiasmo, que pedimos a gritos la orden de empezar el trabajo inmediatamente. Estábamos furiosos contra los de Playa Negra, y algunos propusieron como lo más práctico para cortar la cuestión irnos sobre los intrusos y arrojarlos dentro de su pique con cabria, máquina y todo. El ingeniero apaciguó a los exaltados diciéndoles que la violencia empeoraría la situación aplazando la dificultad indefinidamente. Lo mejor era concluir de una vez y para siempre. Calmados los ánimos, se procedió a dividir a los barreteros en doce cuadrillas de diez hombres cada una, que trabajarían una después de otra, reemplazándose cada dos horas. Por este medio habría siempre en la faena gente descansada y de refresco.

Echado a la suerte el turno de las cuadrillas, le tocó a la mía el segundo lugar. Nos quedamos aguardando con impaciencia el relevo mientras los demás, que tenían número más alto, se iban a sus casas para dormir.

¡Aquello sí que era trabajar! Desnudos, con un trapo a la cintura, empuñábamos con tal rabia las piquetas, que la tierra, la arcilla y la piedra nos parecían una cosa blanda en la que nos hundíamos como se hunde en la madera podrida una mecha de taladro. El sudor nos corría a chorros y humeábamos como la barra que el herrero retira de la fragua y mete en el enfriadero. Algunos se desmayaban, y cuando el pito del capataz nos indicaba que había concluido el turno, una niebla nos oscurecía la vista y apenas podíamos tenernos en pie.

En la primera semana alcanzamos el nivel del mar. Se pusieron grandes bombas para achicar el agua y seguimos cavando y cavando hasta enterar otra semana. De repente nos mandaron parar. Bajaron los ingenieros con sus instrumentos y después de dos horas más o menos nos marcaron con tiza en la pared donde debíamos abrir la galería. Sin perder minuto empuñamos las herramientas y el trabajo principió con la misma furia que antes. Bajábamos ágiles y frescos y dos horas después salíamos irreconocibles, reventados, casi muertos. Afuera el médico nos tomaba el pulso; bebíamos un poco de coñac con agua y en seguida a casa a dormir. Hubo también algunos accidentes. De improviso caía uno de bruces y ahí se quedaba sin menear pata. Otros reventaban en sangre por las narices y los oídos. Reemplazábalos inmediatamente la cuadrilla de reserva y el trabajo seguía adelante de día y de noche sin parar un minuto, un segundo siquiera.

Era imposible hacer más, pero a los jefes todavía les parecía poco. Andaban con un julepe que se los comía. Y no era para menos, porque nosotros que íbamos de sur a norte, para cerrar el camino a los de Playa Negra, que iban hacia el oriente, teníamos que recorrer una distancia casi doble. Hacía ya un mes que trabajábamos, cuando una mañana vinieron los ingenieros a hacer una nueva medición de la galería. Esta vez demoró la cosa bastante. Hablaban, medían y volvían a medir, y de pronto nos ordenaron que suspendiéramos el trabajo hasta nuevo aviso. Como nos moríamos de curiosidad y deseábamos saber si habíamos ganado o perdido, ninguno quiso alejarse de la mina hasta no averiguar en qué paraba todo aquello.

Yo, como jefe de cuadrilla, me apersoné a don Pedro, el capataz mayor, que estaba todo el tiempo con la oreja pegada al muro y le pregunté:

—¿Con que ya le tapamos la cancha? —me hizo un gesto que callase, y entonces puse yo también el oído en la pared. Estuve así un rato escuchando con toda mi alma y, de repente, me pareció oír muy lejos unos golpecitos como si alguien estuviese dando papirotes sobre la piedra. Puse más atención, y cuando estuve ya seguro de no equivocarme llamé al capataz y le dije:

—Don Pedro, es aquí donde viene la barrena.

Se acercó y nos pusimos a escuchar juntos. De pronto, a la luz de la lámpara vi cómo brillaron los ojos del capataz. Los golpes de combo en la barrena-guía se iban sintiendo cada vez más fuertes. En ese momento llegaron los ingenieros y después de escuchar también con la oreja pegada al muro desenrollaron un plano y se pusieron a trabajar con sus aparatos. Luego marcaron con tiza una cruz en la pared; dieron algunas órdenes al capataz y se marcharon alegres como unas pascuas. Apenas hubieron salido cuando bajó una docena de carpinteros que colocaron a toda prisa una puerta que cerró completamente un espacio de diez metros al fin de la galería. Colgada la puerta en el marco y calafateadas con gran prolijidad sus rendijas, se retiraron los carpinteros y sólo quedamos ahí el capataz mayor y los cabezas de cuadrilla oyendo los golpes dados en la barrena, que al parecer estaba ya muy cerca. Sin embargo, pasaron todavía muchas horas y serían tal vez las tres de la tarde cuando el capataz me dijo:

—Ve arriba y avisa que tengan listo el brasero.

Fui a toda prisa a cumplir la orden, y cuando estuve de vuelta se sentía tan claro el ruido de la barrena que calculé que no pasaría media hora sin que la punta asomase por la pared. La galería tenía en esa parte dos metros de alto y cortaba un manto de tosca azul que no dejaba filtrar una gota de agua, sin embargo de tener el mar encima de nuestras cabezas. Mientras aguardábamos en silencio, no cesábamos de pensar en el cálculo de los ingenieros cuya exactitud nos llenaba de admiración. No sabíamos todavía que, aprovechándose de la poca vigilancia de los jefes de Playa Negra, dos de los nuestros habían bajado a la mina contraria y anotado su nivel y dirección.

Como ya lo había calculado, no había transcurrido media hora cuando los primeros pedacitos de tosca empezaron a caer de la pared, a metro y medio del suelo. Todos sabíamos lo que esto quería decir y aguardábamos con verdadera ansia que la barrena-guía rompiese la muralla para despuntarla de un martillazo, haciéndoles ver a los contrarios que habían perdido la partida y que nosotros éramos los amos debajo del mar. Combo en mano, esperábamos el momento oportuno, cuando don Pedro, el capataz mayor, hizo una seña para que nos apartáramos; y afirmando el hombro izquierdo en el muro se escupió las manos y aguardó con los ojos clavados en la tosca que se levantaba como una ampolla.

Nunca me olvidaré de aquel momento. Todos teníamos la vista fija en el capataz mayor, queriendo adivinar su intento. Alumbrado por las lámparas, parecía uno de esos gigantes de que hablan los cuentos de niños. Tenía seis pies de alto y su cuerpo grueso en proporción, agrandado por el resplandor de las luces, parecía llenar el estrecho recinto. Sus fuerzas eran famosas en toda la mina. Muchas veces lo vi bromeando, levantar a un hombre en cada mano y sostenerlos en el aire como si fueran guaguas de meses.

Con un pie adelante del otro, la cabeza un poco inclinada, esperaba el instante en que la barrena asomase por el muro. No tuvo mucho tiempo que aguardar. A cada golpe, los pedazos de tosca que caían eran más grandes, hasta que, de pronto, algo brillante salió de la pared, haciendo saltar un grueso planchón. Rápido como el rayo, el capataz le echó la zarpa, y por un instante sentimos cómo crujían sus huesos. De repente se enderezó y se quedó quieto, afirmado en la pared con la cabeza echada atrás y resoplando como el fuelle de una fragua movido a todo vapor. Clavamos los ojos en la muralla y apenas podíamos creer lo que veíamos. Doblada en forma de escuadra, la extremidad de la barrena sobresalía del muro unos cincuenta centímetros y movíase de un lado a otro como el péndulo de un reloj.

El abuelo hizo una pausa y después de tomar entre sus dedos temblorosos el cigarrillo encendido que uno de sus atentos oyentes le alargaba, continuó:

Lo que me falta que contarles es muy poca cosa. Mientras los de Playa Negra, que no podían adivinar ni remotamente lo que había pasado, achacaban el accidente a un simple atascamiento de su barrena y hacían los esfuerzos imaginables para desatascarla, ensanchando el orificio; nosotros habíamos colocado frente a él un gran brasero de carbón encendido. Luego, el capataz dio orden de que todo el mundo abandonara la galería, quedándonos los dos para terminar los preparativos. Todo quedó listo en un momento. Después de ensayar si la puerta cerraba bien y mientras yo me alejaba prudentemente, don Pedro tomó en sus brazos, como si fuera una pluma, el enorme saco lleno de ají que se había bajado hacía poco, y, desde el umbral, lo lanzó sobre las brasas encendidas. Cerró, acto continuo, la hoja de un puntapié, y volviendo las espaldas echó a correr hacia el pozo de salida. Yo, que iba adelante, fui el primero en llegar al ascensor y aunque nos izaron inmediatamente, sentimos al llegar arriba una picazón en la garganta, acompañada de una tos seca insoportable.

No hacía diez minutos que habíamos salido, cuando vimos que algo extraordinario pasaba en la mina enemiga. La campana de alarma empezó a repicar a toda prisa, y algo muy grave debía ser lo que ocurría abajo, porque el toque era desesperado. Como estábamos más alto que ellos, ningún detalle se nos escapaba. Cuando apareció el ascensor, la boca del pique estaba llena de gente. Los que salían eran rodeados y acosados a preguntas, que oíamos perfectamente.

—¿Qué hay? ¿Qué pasa?

Pero los pobres diablos no podían contestar, porque una extraña tos los sacudía de pies a cabeza. Entonces prorrumpimos todos en gritos y vivas, que los de Playa Negra contestaban con insultos y blasfemias.

Para terminar, sólo me falta decir que cuantas tentativas hicieron nuestros contrarios para bajar a la mina y reanudar los trabajos, fueron inútiles. Pasaban los días, las semanas y los meses y la imposibilidad era siempre la misma. Apenas el ascensor se hundía en el pique algunos metros, los que iban en él se ponían a gritar que los izaran sin demora y salían medio ahogados, tosiendo desesperadamente.

Era imposible haber ideado una estratagema más eficaz. El humo del ají, encerrado en la galería maestra, se escapaba tan despacio por el orificio de la barrena-guía que amenazaba no concluirse nunca. Y sucedió lo que debía suceder; que el techo de la galería, apuntalado a la ligera, se derrumbó, dando paso al agua del mar.

Seis meses después, la famosa mina de Playa Negra era sólo un pozo de agua salobre que la arena de las dunas iba rellenando lentamente.

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Cañuela y petaca

Mientras Petaca atisba desde la puerta, Cañuela, encaramado sobre la mesa, descuelga del muro el pesado y mohoso fusil.

Los alegres rayos del sol filtrándose por las mil rendijas del rancho esparcen en el interior de la vivienda una claridad deslumbradora.

Ambos chicos están solos esa mañana. El viejo Pedro y su mujer, la anciana Rosalía, abuelos de Cañuela, salieron muy temprano en dirección al pueblo, después de recomendar a su nieto la mayor circunspección durante su ausencia.

Cañuela, a pesar de sus débiles fuerzas —tiene nueve años, y su cuerpo es espigado y delgaducho—, ha terminado felizmente la empresa de apoderarse del arma, y sentado en el borde del lecho, con el cañón entre las piernas, teniendo apoyada la culata en el suelo, examina el terrible instrumento con grave atención y prolijidad. Sus cabellos rubios, desteñidos, y sus ojos claros de mirar impávido y cándido contrastan notablemente con la cabellera renegrida e hirsuta y los ojillos oscuros y vivaces de Petaca, que dos años mayor que su primo, de cuerpo bajo y rechoncho, es la antítesis de Cañuela a quien maneja y gobierna con despótica autoridad.

Aquel proyecto de cacería era entre ellos, desde tiempo atrás, el objeto de citas y conciliábulos misteriosos; pero siempre habían encontrado dificultades para llevarlo a cabo, inconvenientes insuperables. ¿Cómo proporcionarse pólvora, perdigones y fulminantes?

Por fin, una tarde, mientras Cañuela vigilaba sobre las brasas del hogar la olla de la merienda, vio de improviso aparecer en el hueco de la puerta la furtiva y silenciosa figura de Petaca, quien, al enterrarse de que los viejos no regresaban aún del pueblo, puso delante de los ojos asombrados de Cañuela un grueso saquete de pólvora para minas que tenía oculto debajo de la ropa. La adquisición del explosivo era toda una historia que el héroe de ella no se cuidó de relatar, embobado en la contemplación de aquella sustancia reluciente semejante a azabache pulimentado.

A una legua escasa del rancho había una cantera que surtía de materiales de construcción a los pueblos vecinos. El padre de Petaca era el capataz de aquellas obras. Todas las mañanas extraía del depósito excavado en la peña viva la provisión de pólvora para el día. En balde, el chico había puesto en juego la travesura y sutileza de su ingenio para apoderarse de uno de aquellos saquetes que el viejo tenía junto a sí en la pequeña carpa, desde la cual dirigía los trabajos. Todas sus astucias y estratagemas habían fracasado lamentablemente ante los vigilantes ojos que observaban sus movimientos. Desesperado de conseguir su objeto, tentó, por fin, un medio heroico. Había observado que, cuando un tiro estaba listo, dada la señal de peligro, los trabajadores, incluso el capataz, iban a guarecerse en un hueco abierto con ese propósito en el flanco de la montaña y no salían de ahí sino cuando se había producido la explosión. Una mañana, arrastrándose como una culebra, fue a ponerse en acecho cerca de la carpa. Muy pronto, tres golpes dados con un martillo en una barrena de acero anunciaron que la mecha de un tiro acababa de ser encendida y vio cómo su padre y los canteros corrían a ocultarse en la excavación. Aquel era el momento propicio, y abalanzándose sobre los saquetes de pólvora se apoderó de uno, emprendiendo en seguida una veloz carrera, saltando como una cabra por encima de los montones de piedra que, en una gran extensión cubrían el declive de la montaña. Al producirse el estallido que hizo temblar el suelo bajo sus pies, enormes proyectiles le zumbaron en los oídos, rebotando a su derredor una furiosa granizada de pedriscos. Mas, ninguno le tocó, y cuando los canteros abandonaron su escondite, él estaba ya lejos oprimiendo contra el jadeante pecho su gloriosa conquista, henchida el alma de júbilo.

Esa tarde, que era un jueves, quedó acordado que la cacería fuese el domingo siguiente, día del que podían disponer a su antojo, pues los abuelos se ausentarían, como de costumbre, para llevar sus aves y hortalizas al mercado. Entre tanto, había que ocultar la pólvora. Muchos escondites fueron propuestos y desechados. Ninguno les parecía suficientemente seguro para tal tesoro. Cañuela propuso que se abriese un hoyo en un rincón del huerto y se la ocultase allí, pero su primo lo disuadió contándole que un muchacho, vecino suyo, había hecho lo mismo con un saquete de aquellos, hallando días después sólo la envoltura de papel. Todo el contenido se había deshecho con la humedad. Por consiguiente, había que buscar un sitio bien seco. Y mientras trataban inútilmente de resolver aquel problema, el ganso de Cañuela a quien, según su primo, nunca se le ocurría nada de provecho, dijo, de pronto, señalando el fuego que ardía en mitad de la habitación:

—¡Enterrémosla en la ceniza!

Petaca lo contempló admirado y por una rara excepción, pues lo que proponía el rubillo le parecía siempre detestable, iba aceptar aquella vez cuando la vista del fuego lo detuvo: «¿y si se prende?», pensó. De repente brincó de júbilo. Había encontrado la solución buscada. En un instante ambos chicos apartaron las brasas y cenizas del hogar y cavaron en medio del fogón un agujero de cuarenta centímetros de profundidad, dentro del cual, envuelto en un puñado de hierbas, colocaron el saquete de pólvora cubriéndole con la tierra extraída y volviendo a su sitio el fuego encima del que se puso nuevamente la desportillada cazuela de barro.

En media hora escasa todo quedó lindamente terminado, y Petaca se retiró prometiendo a su primo que los perdigones y los fulminantes estarían antes del domingo en su poder.

Durante los días que precedieron al señalado, Cañuela no cesó de pensar en la posibilidad de un estallido que, volcando la olla de la merienda, única consecuencia grave que se le ocurría, dejase a él y a sus abuelos sin cenar. Y este siniestro pensamiento cobraba más fuerza al ver a su abuela Rosalía inflar los carrillos y soplar con brío, atizando el fuego, bien ajena, por cierto, de que todo un Vesubio estaba ahí delante de sus narices, listo para hacer su inesperada y fulminante aparición. Cuando esto sucedía, Cañuela se levantaba en puntillas y se deslizaba hacia la puerta, mirando hacia atrás de reojo y mascullando con aire inquieto:

—¡Ahora sí que revienta, caramba!

Pero no reventaba, y el chico fue tranquilizándose hasta desechar todo temor.

Y cuando llegó el domingo y los viejos con su carga a cuesta hubieron desaparecido a lo lejos, en el sendero de la montaña, los rapaces, radiantes de júbilo, empezaron los preparativos para la expedición. Petaca había cumplido su palabra escamoteando a su padre una carga de fulminantes y, en cuanto a los perdigones, se les había sustituido con gran ventaja y economía por pequeños guijarros recogidos en el lecho del arroyo.

Desenterrada la pólvora que ambos encontraron, después de palparla, perfectamente seca y calientita, y examinando prolijamente el fusil del abuelo, tan venerable y vetusto como su dueño, no restaba más que emprender la marcha hacia las lomas y los rastrojos, lo que efectuaron después de asegurar convenientemente la puerta del rancho. Adelante, con el fusil al hombro, iba Petaca, seguido de cerca por Cañuela, que llevaba en los amplios bolsillos de sus calzones las municiones de guerra. Durante un momento disputaron acerca del camino que debían seguir. Cañuela era de opinión de descender a la quebrada y seguir hasta el valle, donde encontrarían bandadas de tencas y de zorzales; pero su testarudo primo deseaba ir más bien a través de los rastrojos, donde abundaban las loicas y las perdices, caza, según él, muy superior a la otra, y, como de costumbre, su decisión fue la que prevaleció.

Petaca vestía una chaqueta, desecho de su padre, a la cual se le había recortado las mangas y el contorno inferior a la altura de los bolsillos, los cuales quedaron, con este arreglo, eliminados. Cañuela no tenía chaqueta y se cubría el busto con una camisa; pero, en cambio, llevaba enfundadas las piernas en unos gruesos pantalones de paño, con enormes bolsillos que eran su orgullo y le servían, a la vez, de arca, de arsenal y de despensa.

Petaca, con el fusil al hombro, sudaba y bufaba bajo el peso del descomunal armatoste. Irguiendo su pequeña talla, se esforzaba por mantener un continente digno de un cazador, resistiendo con obstinación las súplicas de su primo, que le rogaba le permitiese llevar, siquiera por un ratito, el precioso instrumento.

Durante la primera etapa, Cañuela, lleno de ardor cinegético, quería se hiciese fuego sobre todo bicho viviente, no perdonando ni a los enjambres de mosquitos que zumbaban en el aire. A cada instante sonaba su discreto ¡psh, psh! llamando la atención de su compañero, y cuando éste se detenía interrogándole con sus chispeantes ojos, le señalaba, apuntando con la diestra, un mísero chincol que daba saltitos entre la yerba. Ante aquella caza ruin encogíase desdeñosamente de hombros el moreno Nemrod y proseguía su marcha triunfal a través de las lomas, encorvado bajo el fusil cuyo enmohecido cañón sobresalía, al apoyar la culata en el suelo, una cuarta por encima de su cabeza.

Por fin, el descontentadizo cazador vio delante de sí una pieza digna de los honores de un tiro. Una loica macho, cuya roja pechuga parecía una herida recién abierta, lanzaba su alegre canto sobre una cerca de ramas. Los chicos se echaron a tierra y empezaron a arrastrarse como reptiles por la maleza. El ave observaba sus movimientos con tranquilidad y no dio señales de inquietud sino cuando estaban a cuatro pasos de distancia. Abrió, entonces, las alas y fue a posarse sobre la yerba a cincuenta metros de aquel sitio. Desde ese momento empezó una cacería loca a través de los rastrojos. Cuando después de grandes rodeos y de infinitas precauciones, Petaca lograba aproximarse lo bastante y empezaba a enfilar el arma, el pájaro volaba e iba a lanzar su grito, que parecía de burla y desafío, un centenar de pasos más allá. Como si se propusiese poner a prueba la constancia de sus enemigos, ora salvaba un matorral o una barranca de difícil acceso, pero siempre a la vista de sus infatigables perseguidores, quienes, después de algunas horas de este gimnástico ejercicio, estaban bañados en sudor, llenos de arañazos y con las ropas hechas una criba; mas no se desanimaban y proseguía la caza con salvaje ardor.

Por último, el ave, cansada de tan insignificante persecución, se elevó en los aires y, salvando una profunda quebrada, desapareció en el boscaje de la vertiente opuesta.

Cañuela y Petaca que, con las greñas sobre los ojos, caminaban a gatas a lo largo de un surco, se enderezaron consultándose con la mirada, y luego, sin cambiar una sola palabra, siguieron adelante resueltos a morir de cansancio antes que renunciar a una pieza tan magnífica. Cuando, después de atravesar la quebrada, rendidos de fatiga, se encontraron otra en las lomas, lo primero que divisaron fue la fugitiva que, posada en un pequeño arbusto, estaba destrozando con su recio pico los tallos tiernos de la planta. Verla y caer ambos de bruces sobre la yerba fue todo uno. Petaca, con los ojos encandilados fijos en el ave, empezó a arrastrarse con el vientre en el suelo remolcando con la diestra penosamente el fusil. Apenas respiraba, poniendo toda su alma en aquel silencioso deslizamiento. A cuatro metros del árbol se detuvo y reuniendo todas sus exhaustas fuerzas, se echó la escopeta a la cara. Pero, en el instante en que se aprestaba a tirar del gatillo, Cañuela que lo había seguido sin que él se apercibiera, le grito de improviso con su vocecilla de clarín, aguda y penetrante:

—¡Espera, que no está cargada, hombre!

La loica agitó las alas y se perdió como una flecha en el horizonte.

Petaca se alzó de un brinco, y precipitándose sobre el rubillo lo molió a golpes y mojicones. ¡Qué bestia y qué bruto era! Ir a espantar la caza en el preciso instante en que iba a caer infaliblemente muerta. ¡Tan bien había hecho la puntería!

Y cuando Cañuela entre sollozos balbuceó:

—¡Porque te dije que no estaba cargada…!

A lo cual el morenillo contestó iracundo, con los brazos en jarra, clavando en su primo los ojos llameantes de cólera:

—¿Por qué no esperaste que saliera el tiro?

Cañuela cesó de sollozar, súbitamente, y enjugándose los ojos con el revés de la mano, miró a Petaca, embobado, con la boca abierta. ¡Cuán merecidos eran los mojicones! ¿Cómo no se le ocurrió cosa tan sencilla? No, había que rendirse a la evidencia. Era un ganso, nada más que un ganso.

La armonía entre los chicos se restableció bien pronto. Tendidos a la sombra de un árbol descansaron un rato para reponerse de la fatiga que los abrumaba. Petaca, pasado ya el acceso de furor, reflexionaba y casi se arrepentía de su dureza porque, a la verdad, matar un pájaro con una escopeta descargada no le parecía ya tan claro y evidente, por muy bien que hiciese la puntería. Pero, como confesar su torpeza habría sido dar la razón al idiota del primillo, se guardó calladamente sus reflexiones para sí. Hubiera dado con gusto el cartucho de dinamita que tenía allá en el rancho, oculto debajo de la cama, por haber matado la maldita loica que tanto los había hecho padecer. ¡Si al salir hubiesen cargado el arma! Pero aún era tiempo de reparar omisión tan capital y, poniéndose en pie, llamó a Cañuela para que le ayudase en la grave y delicada operación, de la cual ambos tenían sólo nociones vagas y confusas, pues no habían tenido aún oportunidad de ver cómo se cargaba una escopeta.

Y mientras Cañuela, encaramado en un tronco para dominar la extremidad del fusil que su primo mantiene en posición vertical, espera órdenes baqueta en mano, surgió la primera dificultad. ¿Qué se echaba primero? ¿La pólvora o los guijarros?

Petaca, aunque bastante perplejo, se inclinaba a creer que la pólvora, e iba a resolver la cuestión en este sentido, cuando Cañuela, saliendo de su mutismo, expresó tímidamente la misma idea.

El espíritu de intransigente contradicción de Petaca contra todo lo que provenía de su primo, se reveló esta vez como siempre. Bastaba que el rubillo propusiese algo para que él hiciese inmediatamente lo contrario. ¡Y con qué despreciativo énfasis se burló de la ocurrencia! Se necesitaba ser más borrico que un buey para pensar tal despropósito. Si la pólvora iba primero, había forzosamente que echar encima los guijarros. ¿Y por dónde salía entonces el tiro? Nada, al revés había que proceder. Cañuela, que no resollaba, temeroso que una respuesta suya acarrease sobre sus costillas razones más contundentes, vació en el cañón del arma una respetable cantidad de piedrecillas sobre las cuales echó, en seguida, dos gruesos puñados de pólvora. Un manojo de pasto seco sirvió de taco, y con la colocación del fulminante, que Petaca efectuó sin dificultad, quedó el fusil listo para lanzar su mortífera descarga. Púsoselo al hombro el intrépido morenillo y echó a andar seguido de su camarada, escudriñando ávidamente el horizonte en busca de una víctima. Los pájaros abundaban, pero emprendían el vuelo apenas la extremidad del fusil amenazaba derribarles de su pedestal en el ramaje. Ninguno tenía la cortesía de permanecer quietecito mientras el cazador hacía y rectificaba una y mil veces la puntería. Por último, un impertérrito chincol tuvo la complacencia, en tanto se alisaba las plumas sobre una rama, de esperar el fin de tan extrañas y complicadas manipulaciones. Mientras Petaca, que había apoyado el fusil en un tronco, apuntaba arrodillado en la yerba, Cañuela, prudentemente colocado a su espalda, esperaba, con las manos en los oídos, el ruido del disparo que se le antojaba formidable, idea que también asaltó al cazador, recordando los tiros que oyera explotar en la cantera y, por un momento, vaciló sin resolverse a tirar del gatillo; pero el pensamiento de que su primo podía burlarse de su cobardía, lo hizo volver la cabeza, cerrar lo ojos y oprimir el disparador. Grande fue su sorpresa al oír en vez del estruendo que esperaba, un chasquido agudo y seco, pero que nada tenía de emocionante. Parece mentira, pensó, que un escopetazo suene tan poco. Y su primera mirada fue para el ave, y no viéndola en la rama, lanzó un grito de júbilo y se precipitó adelante seguro de encontrarla en el suelo, patas arriba.

Cañuela, que viera el chincol alejarse tranquilamente, no se atrevió a desengañarle; y fue tal el calor con que su primo le ponderó la precisión del disparo, de cómo vio volar las plumas por el aire y caer de las ramas el pájaro despachurrado que, olvidándose de lo que había visto, concluyó, también, por creer a pie juntillas en la muerte del ave, buscándola ambos con ahínco entre la maleza hasta que, cansados de la inutilidad de la pesquisa, la abandonaron, desalentados. Pero, ambos habían olido la pólvora y su belicoso entusiasmo aumentó considerablemente, convirtiéndose en una sed de exterminio y destrucción que nada podía calmar.

Cargaron rápidamente el fusil y, perdido el miedo al arma, se entregaron con ardor a aquella imaginaria matanza. El débil estallido del fulminante mantenía aquella ilusión, y aunque ambos notaron al principio con extrañeza el poquísimo humo que echaba aquella pólvora, terminaron por no acordarse de aquel insignificante detalle.

Sólo una contrariedad anublaba su alegría. No podían cobrar una sola pieza, a pesar de que Petaca juraba y perjuraba haberla visto caer requetemuerta y desplumada, casi, por la metralla de los guijarros. Mas, en su interior, empezaba a creer seriamente, recordando como las flechas torcidas describen una curva y se desvían del blanco, que la dichosa pólvora estuviera chueca. Prometióse, entonces, no cerrar los ojos ni volver la cabeza al tiempo de disparar para ver de qué parte se ladeaba el tiro; mas, un contratiempo inesperado le privó de hacer esta experiencia. Cañuela, que acababa de meter un grueso puñado de guijarros en el cañón, exclamó de repente desde el tronco en que estaba encaramado, con todo de alarma:

—¡Se acabó la escopeta!

Petaca miró el fusil que tenía entre las manos y luego a su primo lleno de sorpresa, sin comprender lo que aquellas palabras significaban. El rubillo le señaló entonces la boca del cañón, por la que asomaba parte del último taco. Inclinó el arma papa palpar la abertura con los dedos y se convenció de que no había medio de meter ahí un grano más de pólvora o de lo que fuese. Su entrecejo se frunció. Empezaba a adivinar por qué el armatoste había aumentado tan notablemente de peso. Se volvió hacia el rancho, al que se habían ido acercando a medida que avanzaba la tarde, y reflexionó acerca de las probables consecuencias de aquel suceso, decidiendo, después de un rato, emprender la retirada y dejar a Cañuela la gloria de salir del atolladero. Demasiado conocía el genio del abuelo para ponerse a su alcance. Pero su fecunda imaginación ideó otro plan que le pareció tan magnífico que, desechando la huida proyectada, se plantó delante de su primo, el cual, muy inquieto, le había observado hasta ahí sin atreverse a abrir la boca, y le habló con animación de algo que debía ser muy insólito, porque Cañuela, con lágrimas en los ojos, se resistía a secundarle. Pero, como siempre, concluyó por someterse, y ambos se pusieron afanosamente a reunir hojas y ramas secas, amontonándolas en el suelo. Cuando creyeron había bastante, Cañuela sacó de sus insondables bolsillos una caja de fósforos e incendió la pira. Apenas las llamas se elevaron un poco, Petaca cogió el fusil y lo acostó sobre la hoguera, retirándose, en seguida, los dos, para contemplar a distancia los progresos del fuego. Transcurrieron algunos minutos y ya Petaca iba a acercarse nuevamente para añadir más combustible, cuando un estampido formidable los ensordeció. La hoguera fue dispersada a los cuatro vientos, y siniestros silbidos surcaron el aire.

Cuando pasada la impresión del tremendo susto, ambos se miraron, Petaca estaba tan pálido como su primo, pero su naturaleza enérgica hizo que se recobrase bien pronto, encaminándose al sitio de la explosión, el cual estaba tan limpio como si le hubiesen rastrillado. Por más que miró no encontró vestigios del fusil.

Cañuela, que lo había seguido llorando a lágrima viva, se detuvo de pronto petrificado por el terror. En lo alto de la loma a treinta pasos de distancia, se destacaba la alta silueta del abuelo avanzando a grandes zancadas. Parecía poseído de una terrible cólera. Gesticulaba a grandes voces, con la diestra en alto, blandiendo un tizón humeante que tenía una semejanza extraordinaria con una caja de escopeta. Petaca, que había visto, al mismo tiempo que su primo, la aparición, echó a correr por el declive de la loma, golpeándose los muslos con las palmas de las manos, y silbando al mismo tiempo su aire favorito. Mientras corría, examinaba el terreno, pensando que, así como el abuelo había encontrado la caja del arma, él podía muy bien hallar, a su vez, el cañón o un pedacito siquiera con el cual se fabricaría un trabuco para hacer salvas y matar pidenes en la laguna.

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