Costumbres Chilenas

Román Vial (*)

Relatos recopilados en dos volúmenes, en 1889 y 1892, respectivamente. La presente edición de Espora se basa en dichas publicaciones.

 

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Tomo Primero

Prólogo

Todo ha sido poner el título y —¡lo que es tener hecha la mano!— sentir una comezón por escribir un artículo sobre los prólogos, que han entrado a formar parte de las costumbres chilenas.

Voy, pues, a permitirme la satisfacción de este inocente deseo, aunque no sea más que a medias y para no perder la costumbre. Así mataré dos pájaros de una pedrada (si es que no caen más), y este libro aparecerá de costumbres desde su primera página, contando además —y esto es lo más importante para mí—, con un artículo que no estaba en mi tintero.

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¡Qué se entiende por prólogo? Según el idioma y el significado que se da al que se pone en los libros, es la introducción o advertencia del autor para explicar el objeto o fines de su obra y dar los demás pormenores que tengan atingencia con ella o su publicación. Pero según la costumbre, que todo lo desvirtúa o corrompe, el prólogo ha dejado de ser una parte integrante de la obra para convertirse en un juicio crítico, o más bien, en una alabanza obligada hecha por un amigo del autor. Casi puede decirse que no es más que un bombo, así como suena.

Por esto el autor, no bien ve acercarse el día del alumbramiento, busca a un prologuista como quien busca, a un comadrón para que lo saque con bien. Es cierto que a veces tenemos el parto de los montes; pero también suelen presentarse casos en que el prólogo vale más que el libro, y allá se va lo uno por lo otro.

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No siempre el prologuista es buscado por el autor —la verdad debe decirse—, porque hay ocasiones en que él mismo se ofrece espontáneamente, ya sea animado de un espíritu de justicia, o ya del no menos noble de la amistad, cuando no del de la desinteresada protección a las letras nacionales. También entra por mucho el espíritu de partido o de secta: nunca le falta al autor un correligionario que le escriba un prólogo a satisfacción, considerándose el prologuista muy honrado con semejante acto de confianza.

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Esto nos ha hecho recordar las dedicatorias, otra costumbre muy en boga, especialmente entre aquellos autores que necesitan no solo de la protección moral del prologuista, sino también de la más positiva y material de un Mecenas que les costee por lo menos la impresión del libro si es que no les compra toda la edición para honra y provecho de las bellas letras, que, dicho sea de paso, harto lo necesitan en Chile, donde se lee tan poco, y este poco todavía de prestado o de regalo.

Yo mismo, que he dedicado esta publicación a un muerto, no lo he hecho tan desinteresadamente como ustedes tal vez se lo imaginan, sino con la esperanza de que él —que para mi era un santo— me haga el milagro de popularizarla con el prestigio de su ilustre nombre y de su sagrada memoria.

Los autores nacionales tenemos por fuerza que encomendarnos hasta a las ánimas benditas.

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Volviendo ahora al objeto principal de este artículo, yo he venido a parar a esta conclusión después de pensarlo muy detenidamente: ¿qué mejor amigo ni de más confianza que yo mismo para escribir mi prólogo? Así no le deberé favor a nadie y podré decir de mi obra cuanto quiera, sin andarme con escrúpulos ni miramientos.

Esto tendrá, además, si no el mérito de la modestia, que ya no existe y que nadie tampoco agradece, al menos el de la franqueza, que siempre es algo. En fin, ¿qué necesidad tengo de molestar ni comprometer a otro, por muy mi amigo que sea, para que me escriba lo que yo puedo escribir lo mismo o mejor que él?

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Dadas las precedentes explicaciones, en que si hay algo de costumbres no es más que por la maldita que yo tengo de andarlas viendo en todas partes, entro en materia o en el prólogo propiamente dicho.

Desde luego les recomiendo este primer tomo, que empieza con una novelita histórica titulada Un rapto y a la cual he dado puesto de preferencia, no por sus méritos ni nada que lo valga, sino por respeto a su derecho de antigüedad, o más bien de primogenitura, pues que él fue mi primer hijo o mi primer aborto literario, siendo sus cariñosos padrinos los directores de la Revista del Pacífico (esta venerable y digna abuelita de nuestras publicaciones literarias), quienes acordaron darla a la publicidad, según consta de acta, con un voto de felicitación a su joven autor. Porque —¡admírense ustedes!— yo también he sido joven y como tal recibí esta demostración de aliento más que de otra cosa.

A este trabajo siguen otros que, a pesar de no haber recibido felicitaciones de nadie, no por eso dejo de entregar al público con la confianza que siempre me han inspirado su bondadosa indulgencia y su afición a esta clase de lectura.

Con igual confianza les doy en este tomo ocho grabados en madera, teniendo concluidos varios otros para el tomo segundo. El lector comprenderá que para esto ha sido necesario vencer las serias dificultades con que se tropieza entre nosotros en esa clase de trabajos, tanto respecto de la composición y dibujo, que requieren cierta práctica y dotes especiales, como del grabado mismo, al cual empiezan ahora solamente a dedicarle alguna atención. Afortunadamente he podido contar para lo primero con artistas entusiastas y de talento como los señores Luis F. Rojas y Emilio Soza, y para el segundo con el inteligente joven don Carlos Nagel. Gracias a ellos puedo ofrecer grabados que, para ser de los primeros en su clase ejecutados en Chile, no dudo de que sean recibidos como un ensayo feliz y una prueba de que adelantan nuestras artes. Esto viene también a satisfacer uno de mis principales deseos, el de ofrecer una obra chilena en todo y por todo.

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Precisamente en esto —el chilenismo— hago consistir el mérito de mis trabajos literarios, si es que lo tienen. Siempre he tratado de darles colorido propio, nacional, poniendo el mayor esmero en no apartarme de la verdad, sea en las escenas sociales, o sea en los cuadros de costumbres populares, y no solo en su forma externa, sino también en el espíritu de los individuos, sus buenas y malas condiciones, sus hábitos, preocupaciones, defectos, gustos, etc.

Si he conseguido acercarme siquiera a la verdad, no dudo de la aceptación o por lo menos de la indulgencia del lector tratándose de un genero difícil y para el cual se requieren condiciones tan especiales.

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Hay quienes creen, y lo han dicho más de una vez, que Chile no tiene costumbres propias. Los que eso dicen es porque tal vez no las conocen, y no las conocen porque no las han visto o no han sabido buscarlas. Si nuestro país no las tuviese en realidad, no tendríamos tampoco libros como los de Jotabeche y Alberto Blest Gana, quienes han adquirido merecido renombre por el colorido nacional, esencialmente chileno, de sus escenas o cuadros de costumbres, y por sus personajes o tipos tomados del natural.

Si de la literatura pasamos a la pintura, ¿quién no ha admirado también, por su verdad y colorido nacional, los famosos cuadros de costumbres de Manuel Antonio Caro, y por lo mismo lamentado el abandono que ha hecho de un género que con tanta aceptación cultivó en los primeros años de su entusiasmo artístico?

Las costumbres nacionales existen entre nosotros. Lo que falta es quien las observe, las estudie y las sepa copiar, poniéndolas de relieve con los recursos del arte y del ingenio.

Por mi parte he hecho lo que estaba al alcance de mis fuerzas y del tiempo con que he podido contar. Otros, con más facultades y más tiempo disponible, podrán darnos trabajos concluidos y dignos de ser conservados como reflejos de nuestras costumbres y de nuestros adelantos literarios.

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Ya habrá notado el lector que no ha sido mucho el elogio que como prologuista he hecho de mi obra, no obstante, la tolerancia y libertad de la usanza moderna. ¿Cuánto más no habría dicho de ella el amigo a quien hubiese buscado, o él buscádome a mí? Me parece que lo estoy oyendo:

«Tengo sobre mi mesa —casi todos los prologuistas y críticos dan a saber que tienen mesa, sea o no suya, porque esto es muy importante para formar el criterio del lector—, tengo sobre mi mesa los trabajos literarios de un autor ya bastante conocido y cuyos méritos no necesitan de mis alabanzas. —¡Como si estuviera haciendo otra cosa!—. Baste decir que este libro merece ser leído por toda clase de personas, cualesquiera que sean su ilustración, sexo y edad, y ocupar en toda biblioteca un puesto honroso al lado de los mejores de costumbres chilenas, que no son muchos. Sus cuadros, tomados de nuestra vida real, están reproducidos fielmente; pero no solo hay en ellos verdad, sino también arte, gracia natural y el colorido o sabor especial de nuestro país. El estilo es sencillo, fácil, sin carecer de elegancia cuando lo permite el asunto. El diálogo está manejado diestramente, con soltura, con propiedad. Los personajes hablan por sí mismos, según su condición, su edad, su carácter y su naturaleza.

»Pero sobre todo hay originalidad, y en esto consiste su mayor mérito.

»Acaso podrían señalarse algunos defectos; pero, ¿qué obra humana es perfecta? —Verdad de Pero-Grullo que no ha de faltar—. ¿Y qué son los defectos al lado de las bellezas? Nada más que pequeños lunares —Sin lunares no hay crítica posible—. También el sol tiene sus manchas —Primero faltará la mesa que las manchas del sol—. Una palabra antes de concluir: este libro viene a satisfacer un deseo general, porque, según lo hemos sabido por su autor —aunque el autor no le haya dicho nada—, todos le pedían hace tiempo que coleccionase sus artículos, augurándole un negocio seguro...».

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Si esto y mucho más habría dicho el prologuista, no veo por qué no podría decirlo yo sin causar un escándalo. Pero no, no lo diré, ni menos pediré a nadie que me lo diga, por muy loables y sanas que sean sus intenciones. Prefiero que juzgue el lector, aunque debe tenerme juzgado hace ya mucho tiempo.

Y, por último, si hay algunos que no puedan juzgarme porque no me conozcan todavía razón de más para que se apresuren a comprar el libro, pues para casos como este es cuando se dice: Quien no te conozca, que te compre.

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índice

Un rapto

I

Era el año de 1817.

Valparaíso, si bien en ese tiempo no ostentaba más que el pajizo rancho o la vetusta casa con sus murallas de fortaleza y aspecto de lo mismo; si varias de sus calles, por no decir todas, eran casi intransitables bajo muchos aspectos; si apenas se sentía ese movimiento, esa agitación que hoy aturde a los de por sí aturdidos provincianos que suelen visitarnos; si a su bahía no arribaba más que de tarde en tarde y a los gritos de «¡navío! ¡navío!» una que otra embarcación triguera con dos o tres meses de navegación desde los puertos del Perú; si sus habitantes no sabían más que rezar bien, leer mal, muchos apenas deletrear y no pocos ni el Cristo conocer; si era una gran novedad encontrar en una casa lo que hoy se llama piano y entonces «clave», dándose este nombre como célebre a la calle en que se tocaba; si no había más policía que la sevillana o la daga que cada cual ostentaba en el cinto o en la bota guardaba; si Valparaíso tenía todos estos defectos, decimos, en cambio se vivía en él más feliz que hoy día. La crítica era entonces casi desconocida, o por lo menos no había llegado al grado en que la ha colocado la civilización, pues nadie ignora que a su impulso todo marcha, sea bueno o malo. En esos tiempos se paseaba, se divertía, se comía, se dormía en fin con inocencia y a la pata la llana, lo que equivale a decir que se vivía con felicidad.

Acaso no será mucho avanzar si decimos que la naturaleza misma contribuía a solazar la vida del porteño. Con la primavera los alrededores de Valparaíso se ataviaban de todas sus galas: los campos o cerros que circundan la población, menos maltratados por la mano del hombre, se presentaban cubiertos de vegetación y engalanados con las variadas flores que, si hoy abren su cáliz al amor del templado sol de primavera, es para probarnos que ellas también han ido degenerando como la humanidad.

Algunas humildes casas levantadas en esos cerros, casas que parecían haber brotado de la tierra junto con los árboles que las sombreaban, eran entonces verdaderas moradas de campaña. Colocadas en medio de ese extenso jardín silvestre, como era el campo en la estación florida, sus moradores aspiraban un aire purificado por el más saludable de los ambientes, cual es el que emana de las benéficas yerbas y plantas que producen nuestras tierras.

Penetrar en una de esas casas, contemplar cuanto objeto encerraban, conocer las costumbres o género de vida de sus habitantes, todo, todo equivale a encontrarse con la felicidad.

Empero, vamos a entrar con el lector en una de ellas, y veremos como la desgracia también allí buscaba asilo, así como supo encontrarlo en el Paraíso mismo.

Si no por novedad o interés, al menos por lo frio de un viento casi glacial que sopla en una noche del mes de agosto, noche clara-oscura (y permítaseme la expresión) pues que una medialuna no disipa del todo las sombras de la noche; por nuestra conveniencia, pues, introduzcámonos, aunque sea de rondón, en una casa situada sobre uno de los cerros que por el oeste encierran la población de Valparaíso, posición prominente de donde se podía, a muy corta distancia, dominar todo el puerto con su agrupamiento de edificios y la bahía con sus esparcidas naves, yendo la vista a perderse, cuando no entre la Cordillera de los Andes, allá en el espacio en que se dilata el majestuoso océano.

Al poner el pie en el umbral, ya podrá inferir el lector que las ocho han dado, no porque en tan pobre casa hubiese reloj ni cosa parecida, sino porque la familia reunida reza con la mayor veneración bajo la penetrante y escudriñadora mirada de sus padres.

Todo el ajuar de la casa consiste en unas cuantas silletas de madera, otras tantas de madera con paja, y hasta una de madera, cuero y paja: aquellas pintadas, estas teñidas, y la última, de macizos brazos, muy dibujada y claveteada con algunos tachones amarillos. Entre estos muebles sobresale por su venerable actitud un viejo escaño de seis patas y tres brazos, del cual colgaban las guedejas de dos grandes y motudos cueros de carneros parduzcos.

Sobre una mesita, estampados en lienzo unos, y en papel otros, se veía una congregación de santos presididos por un Cristo de bulto, todos alumbrados muy de cerca por un escuálido velón de sebo. El grupo de la familia se hallaba postrado sobre una tarima de madera que estaba cubierta con una estera que no dio de sí para el resto de la pieza.

Terminado el rezo con «una salve para los que estuviesen en pecado mortal», los niños fueron desfilando en el orden de edad y retirándose al dormitorio, pero no sin tener antes lugar el correspondiente besa-manos, ceremonia en que el niño decía:

—La mano; padre.

—Dios te haga un santo, hijo —contestaba el padre, con las mejores intenciones de su alma, al sentir los inocentes labios en el dorso de la rígida mano que poco antes hiciera chasquear el látigo para sacudir el polvo a su querido hijo.

Luego, con el reposo de la familia, la casa quedó en el mayor silencio, siendo solo interrumpido de cuando en cuando por el cercano y casi aterrador balido de algún animal vacuno de los que estaban en el corral. Y ya es tiempo de que el lector sepa que aquella casa era una lechería, cuya fama había sido proverbial, no tanto por la buena calidad del artículo que se expendía, cuanto por ser su vendedora la más linda, aguda y vivaracha de las lecheras.

II

Ahora que están solos los jefes de la casa, marido y mujer, porque los niños duermen ya el sueño de la inocencia, convendrá que les conozcamos mejor. El hombre, joven aún, pues apenas tendrá unos treinta y cuatro años, manifiesta un malestar fácil de descubrir a primera vista. Unos ojos algo pequeños, pero tan negros como penetrantes, facciones nada toscas, pelo no muy negro, tez sonrosada, cuerpo ágil y de mediana estatura, lo hacían un hombre nada vulgar, de resolución y energía. A pesar de su semblante un poco severo, luego se simpatizaba con él, porque poseía un buen corazón y sus sentimientos eran de los más delicados. Vestía a lo campesino: holgada chaqueta de sayal, pantalón corto de la misma tela, media gris y zapatón algo bronco.

La mujer representaba idéntica edad a la de su marido. Un tanto corpulenta pero bien formada, semblante macilento, facciones algo rudas pero que revelaban la resignación y el sometimiento al trabajo, todo la hacía aparecer como la mujer llamada a cumplir con la misión de esposa y de madre a la vez. Su traje era tan sencillo y humilde como el de su marido.

Pasados algunos instantes en silencio y sin dirigirse ni una mirada siquiera el uno al otro, el hombre se levantó, y después de dar algunos paseos por la habitación:

—Rosa —dijo—, me he determinado al fin; mi partido está tomado.

—¡Cómo! ¿Siempre piensas en tomar una resolución? Pues bien: yo te aconsejaría, Pedro, que te resolvieses a vivir en paz, a olvidar a quien en nosotros no pensó ni pensará tal vez.

—No, eso es imposible: mi deber por una parte y mi desesperada situación por otra, me aconsejan lo contrario.

—Si, a mi ejemplo, te resignaras, no pensarías en abandonarnos para ir en pos de la ingratitud. Deberes, atenciones más sagradas te ligan a tus pequeños hijos.

—Tú cuidarás de ellos, Rosa, por más que conozca la fuerza de tus razones, hay un poder que me arrastra... Sí, esta noche misma salgo a la de Dios, y si, Él mediante, encuentro a mi hija, estaré pronto de vuelta, pero no sin haber antes vengado...

—¡Cállate, desgraciado! —le interrumpió la mujer—. ¿Has perdido la razón para atreverte a ofender así a nuestro Dios? Con tales proyectos no pienses, no, en salir, ni menos volver con felicidad al lado de tu familia. Y luego, ¿quién te guiará, a dónde dirigirás tus pasos con algún acierto, siquiera con remotas esperanzas?

—Cierto que son muy vagas cuantas noticias he adquirido: más la justicia de mi demanda, el instinto de padre, mi sed de venganza... ¡Ah! ¡Seis meses sin saber de ella! ¡Seis siglos de deshonra, de tormentos para mí! La encontraré, no lo dudes, Rosa, la encontraré, aunque la hayan soterrado para sustraerla a mis pesquisas. Y entonces volveremos a ser felices teniéndola a nuestro lado, y ella nos acariciará como siempre, y sus hermanitos ya no llorarán por su ausencia, y a nuestra casa volverá la calma, y la felicidad... ¿No es verdad, Rosa?

Esta, al parecer tan resignada a las palabras de su marido, recordando a su hija no pudo proseguir afectando serenidad: las lágrimas se desprendieron de sus ojos, sin poder ocultarlas a la vista de su esposo.

El buen Pedro sintió que el corazón se le oprimía, y conmovido en extremo, exclamó:

—¡Ah! ¡Tú que me aconsejas la conformidad, también desesperas! Pero no llores, Rosa, que, si un doble pesar te anonada en este momento al saber que estoy decidido a partir, que te consuele la esperanza de tener aquí muy pronto reunida toda la familia. Un presentimiento me dice que he de ser el portador de nuestro más valioso tesoro... Empieza, pues, por arreglar lo necesario para mi viaje, mientras yo ensillo mi caballo... Mi hermano Domingo queda a cargo de todo el ganado; ya le he hablado sobre esto.

En seguida Pedro tiró a un lado la tranca con que estaba asegurada la puerta que daba al corral, y salió en busca de su caballo.

Rosa, entre tanto, con la vista empañada por las lágrimas empezó a hacer los aprestos del viaje. Por más entera que fuese su alma y bien dotados sus sentidos, no podía, sino con gran dificultad, hacer lo que deseaba. Su imaginación ora vagaba por un mundo desconocido para ella, y veía a su hija abandonada, sin recurso alguno, sin un pan que comer; ora se le presentaba su marido, dominado por la desesperación, amenazante, iracundo, dejándose caer sobre el raptor de su hija y vengando su deshonra. Y después de todo esto, ella también abandonada en el mundo, sin marido, sin su hija y hasta sin razón ni hogar...

Entró, por fin, Pedro preguntando si ya todo estaba listo, a lo que contestó su buena mujer precipitándose en sus brazos, deshecha en lágrimas, la actitud suplicante y recordándole que siete hijos quedaban esperando su pronto y feliz regreso.

Al llanto de Rosa despertaron algunos de sus hijos, que se precipitaron al centro de la casa, colgándose de los vestidos de su madre con sollozos y gemidos, como bajo la impresión de una pesadilla. ¡Era la primera vez que se les alejaba su padre!

Pedro, casi fuera de sí, abrazó a su esposa, besó y acarició a sus hijos; luego, como un atolondrado, cogió sus botas de campo, un par de alforjas apertrechadas, descolgó sus espuelas y salió casi corriendo a tomar el aire que parecía faltarle.

Toda la familia le siguió; pero él, no bien logró ataviarse, saltó sobre su caballo pronunciando con dificultad estas palabras:

—¡Adiós, Rosa...! ¡Mis hijos, sobre todo...! ¡Mis hijos...!

Rosa entró con sus niños en la casa, y haciéndolos arrodillarse:

—Pidamos a Dios —dijo—, que no lo abandone.

III

El mes de febrero de 1818 se presentaba como uno de los más fecundos en acontecimientos: los desastres y calamidades de que diariamente se tenían noticias, provenientes ya de los encuentros de las fuerzas patriotas con las del rey, ya de partidas de guerrilleros que en sus correrías hacían prodigios, no tanto de valor como de barbarie, siendo el terror de las gentes pacíficas y abandonadas en los campos del sur; los hechos de Pincheira, que la misma fama de la guerra pregonaba con espanto; los grandes aprestos que se hacían para decidir en un próximo encuentro la causa de vida o muerte para el país. Todo esto y más aún llenaba de consternación a las familias, quienes, si no temían por la vida, de uno de sus miembros o de un amigo, comprometida en la guerra, al menos corrían peligro sus intereses y sus convicciones el riesgo de sufrir un doloroso desengaño. No había persona, por insignificante que fuese su posición social, que pudiese decir como en nuestras contiendas fratricidas de hoy día: «Yo soy neutral: nada espero ni temo de uno ni de otro bando; lo que siento es el derramamiento de sangre, la ruina del país».

¡Ah! ¿Y en esos tiempos no se apreciaban las vidas, no se lamentaba la ruina del país? ¡Era que entonces había patriotismo y se peleaba por la independencia, por la libertad! ¡Se peleaba por lo que había de darnos patria, prosperidad y civilización!

Empero, volvamos a nuestro principal objeto: todos, pues, hacían esfuerzos por aniquilar al enemigo común; todos tenían por lo menos algo que evitar a sus hostilidades.

Un joven patriota, como de 20 años, hermoso y de noble continente, hijo de un viejo hacendado del sur, era uno de los que tenían tesoros que ocultar. Sabedor de que algunas partidas enemigas recorrían los campos vecinos y no tardarían quizás en caer por allí, tomó el partido de llevarse a la prenda de su alma, a su querida Aurora, lo más distante posible de las casas de la hacienda, donde hasta entonces la tenía guardada.

na noche montó en su caballo, se la echó a la grupa con el niño que llevaba en sus brazos, y picó al animal con dirección al bosque.

La noche era oscura, pero no tanto que hubiera impedido examinar de cerca la hermosa pareja que iba sobre un manso y bonito animal.

Si no hubiese sido por los tres años en que la edad del joven aventajaba a la de su linda compañera, cualquiera no hubiera considerado muy aventurado el tomarlos por hermanos gemelos.

Habremos hecho la descripción de ambos personajes diciendo que Aurora era tan preciosa como su nombre, y su compañero el más digno de ella.

La criatura que Aurora llevaba en sus brazos no tendría aún dos meses, según podía deducirse del débil llanto que a las veces se sentía.

Al llegar a una honda quebrada que era preciso atravesar por un estrecho sendero, por muy diestra que fuese Aurora para tenerse en el caballo, suplicó a su querido que la bajase de él para atravesar a pie todo el trecho peligroso.

—No, Aurora, confía en el buen animal que nos lleva: toma bien no más el niño y sujétate de mi cintura.

—Pero ¿no ves, Florencio, que el camino es pésimo y el menor resbalón...?

—No tengas cuidado: el caballo tiene medido palmo a palmo este mal paso.

Efectivamente; el animal parecía dotado de una inteligencia casi racional: de trecho en trecho se paraba un instante y bajaba la cabeza como para cerciorarse del terreno en que iba a sentar sus cascos.

Sin ningún contratiempo bajaron hasta el fondo de la quebrada; pero allí la criatura empezó a llorar mucho, por lo que Florencio creyó prudente apearse por un momento. El niño calló luego que su madre le dio el alimento y el abrigo de su propio seno. Entre tanto, Florencio se sentó al lado de Aurora, y con voz algo concentrada exclamó:

—¡Hoy, hace un año justamente que te poseo, querida mía, y aún no puedo volverte la calma que te robé...! ¡Bien sabe Dios que de mi voluntad no depende!

—¡Qué haremos, Florencio, si un fatal destino contraría tus deseos! Tú me has arrebatado, es verdad, la calma de que antes gozaba; pero no es eso lo que siento: el golpe dado a mis padres, la tortura en que les tendré, la incertidumbre en que vivirán respecto de mi suerte... ¡Esto es, Florencio, lo que amarga mi existencia, lo que me abate sin cesar!

—¡Y nadie sería el autor de tus desgracias, alma mía, sino quien te ha precipitado en este laberinto que llamamos mundo! Pero, ¿no participo yo también de tus inquietudes? ¿No sufro, y quizás con más dolor que tú, los efectos de nuestro amor? Por desgracia, poco confiáis, Aurora, en la esperanza que me da aliento y que aún calma mi desesperación...

—¡Siempre es una esperanza lo que se ofrece al desgraciado como el iris precursor de la felicidad, cuando no pasa de ser un fantasma que toma más o menos dimensiones según son los pensamientos que asaltan nuestra imaginación!

—Entonces, ¿desconfiáis completamente de la dicha que nos espera?

La joven no contestó.

—Créeme, Aurora, prosiguió Florencio; mi padre ha salido hoy para la capital, confiándome el cuidado de la hacienda a mí solo como el único hijo que posee. Él espera únicamente que el país se tranquilice para emprender un viaje a Europa, y entonces podríamos unirnos para siempre, sin que se atreviese a persistir en su negativa a nuestro enlace. Tenemos un hijo, y este nuevo motivo influirá poderosamente en su voluntad. Además, hoy he tenido noticias de que el ejército del rey se ve amenazarlo de muerte por las armas patriotas: en pocos días más estará terminada la guerra y afianzada para siempre nuestra libertad.

—¡Ah! Bien sabes, Florencio, cuán poco confío yo en esas acciones y reacciones que nos tienen en continua zozobra.

—Esta vez, por el contrario, yo veo que estamos en vísperas de entrar en esa vida tranquila que nos hará felices a nosotros, al país entero, a medio mundo, en fin. Dios mediante, espero con fe este resultado.

—¡Él lo quiera, Florencio! Sin embargo, corren rumores de que numerosas montoneras enemigas andan sembrando el terror, la muerte, la devastación por los campos, principalmente en las haciendas en donde suponen o saben que se arman algunos patriotas para defender sus derechos, sus propiedades, sus vidas...

A estas últimas palabras, Florencio fijó la vista en Aurora, porque notó que las recalcaba demasiado, lo cual le hizo sospechar que habría llegado a su noticia los preparativos que se hacían en la hacienda para el caso de ser sorprendidos por algunas fuerzas enemigas.

—Eso no te inquiete, Aurora mía —le dijo Florencio afectando preocuparse muy poco de lo que la joven le decía—. Son cuatro desesperados los que han emprendido esas correrías; pero nosotros les haremos lo que se llama guerra de recursos, y a fe que si ellos llegan por nuestra hacienda...

—Es lo que temo, Florencio; se dice que esos montoneros son unos desalmados que no saben lo que es compasión ni misericordia.

—¡Guerrilleros y nada más! Con sus escaramuzas asustan a nuestros pobres campesinos, y entonces hacen de las suyas; pero que se acerquen por aquí, y ya verán como nuestros huasos, a palo y lazo, los tratarán como a perros.

Aurora parecía gozarse en contemplar a su querido mientras se expresaba dando tan poca importancia a sucesos que le habían referido a ella de bien distinto modo.

—Que no te preocupe temor alguno, alma mía —le dijo Florencio—; cuida de nuestro hijo, que lo demás irá bien.

Al recuerdo que hizo del niño, advirtió Aurora que se había quedado dormido, y dijo:

—¿Seguimos adelante?

Florencio se levantó, y después de colocar a Aurora en el anca del caballo, montó él sin que tan bien enseñado animal ni siquiera se moviese.

IV

La subida fue menos trabajosa.

Continuó la marcha con toda felicidad hasta llegar al pie de elevadísimas montañas, cuya majestad apenas permitía ver como un átomo el rancho que parecían buscar los viajeros y que estaba casi perdido en la espesura del bosque.

—Hemos llegado —observó Florencio—. Como ves, Aurora, este lugarcito ofrece por su posición un seguro asilo contra todo lo que pudiera serte incómodo. En él no vive más que el vaquero, su mujer y los dos o tres hijos que tienen. Creo que aquí no encontrarás malo, sino la soledad.

—Eso no importa, ya estoy acostumbrada con ella; lo que sentiré mucho será tu ausencia.

—Vendré diariamente a verte, dueño mío, y así no extrañaremos el cambio.

El caballo se había detenido a una puerta cuyas varas le estorbaban el paso. Varios perros, saliendo de sus escondites, se precipitaron ladrando sobre el bulto que habían visto; pero luego parece que algo les dijo al olfato que la gente era de casa, y concluyeron por callar y menear la cola.

La puerta del rancho fue abierta, apareciendo un hombre con una luz en la mano. Al llegar este a las varas:

—¿Nos esperabas, Juan? —le preguntó Florencio.

—Sí, señor —contestó el vaquero—, desde temprano.

—Bien, recibe a Aurora, y muéstrale en seguida tus pobrezas.

—Todas le pertenecen, señor, y siento que nada valgan; pero el cariño lo suplirá todo.

—Gracias, amigo —dijo Aurora—, yo también soy una pobre.

—Juan es un buen muchacho, Aurora; hombre de bien, trabajador, y como tal el más querido de mi padre; sujeto a quien yo también he distinguido de los demás inquilinos, y que ahora mismo doy de ello una prueba confiándole las prendas de más valor que poseo en el mundo.

—¡De ellas, señor, responderé con mi vida!

—Gracias, Juan, gracias.

Todos se dirigieron en seguida al rancho, en donde se operó una completa revolución: los niños se metían en las petacas, la mujer daba vueltas sin saber qué hacer; y todo porque el rico había llegado a la casa.

Así que las cosas volvieron a su estado normal, no se cansó Florencio de recomendar a su amante Aurora con su hijo.

Florencio se despidió de una manera harto original, y para hacerlo así él tenía sus razones. Aurora lloró, le abrazó, le presentaba repetidas veces a su hijito; y para ello también Aurora tenía sus razones.

Juan acompañó a su patrón hasta muy distante de su rancho.

—Señor —le decía por el camino—, ¿viene usted mañana?

—Tal vez, pero es preciso que tú vayas bien temprano para entregarte varias cosas que harán falta a Aurora. Tengo que hacerte también varios encargos, pues quiero preverlo todo. Tú sabrás que las guerrillas salidas de Chillán han pasado ya el Itata, y es preciso estar alerta. ¡Quién sabe, Juan, lo que puede suceder!

—¿Y hay armas en la casa, señor?

—Muy buenas, y creo que mi gente sabrá aprovecharse de ellas... No dejes, pues, de ir mañana. Pero de esto no digas nada a Aurora. Buena noche, pues, Juan.

—Dios le acompañe, señor.

V

Estando para entrar en acción los dos ejércitos que debían dar por resultado el triunfo de las armas patriotas en los campos de Maipú, cuatro guerrillas, organizadas en Chillán por los defensores de la causa del rey Fernando VII, salían para el norte al mando respectivo de sus jefes Ibáñez, Zapata, Pincheira y el vizcaíno don Francisco de Mendoza, este último comandante en jefe de los cuatro pelotones de guerrilleros.

Estas fuerzas se componían de españoles, algunos hijos del país amantes de la monarquía, y también de gentes que tomaban las armas porque encontraban ocasión para ello, sin poder darse cuenta de la causa que defendían, ni menos si buena o mala era la que iban a combatir.

En su tránsito por los campos habían dejado bien trazadas sus huellas.

Los maulinos, patriotas decididos, al saber que esas montoneras debían sorprenderlos, mudaron como por encanto su población a la margen opuesta del rio Maule. Hasta la única campana que había en el pueblo se la llevaron consigo; pero no calcularon los infelices que sin armas ni recurso alguno con que defenderse, serían estériles todos sus esfuerzos de resistencia.

Así fue que, cuando menos se lo imaginaban, una montonera les cayó encima, y después de una hora de disparos recíprocos de fusilería desde una margen a otra del rio, el triunfo quedó por el rey. Allí se pudieron tomar algunas embarcaciones, y atravesando el rio se hicieron varios prisioneros. Maule era, pues, ganado por los fieles sostenedores de la monarquía.

Entre tanto, Pincheira hacía de las suyas por otra parte: llegaba a los poblados y preguntaba si no habían visto pasar por allí a esos picaros godos.

—Sí —le contestaban—, no hace mucho atravesó por aquí una montonera haciendo fechorías.

—¡Ah, bribones! ¿No tienen ustedes caballos y armas para que los sigamos?

—Cómo no —decían los pobres huasos, y salían de sus casas armados y en disposición de perseguir a los godos.

A poco andar, Pincheira los ponía a la vanguardia de su gente y los hacía fusilar traidora y cobardemente por la espalda.

Sigamos, pues, los pasos de esas célebres guerrillas, que ya han atravesado los ríos Itata, Maule y Mataquito. Avanzan para el norte y preparan un golpe a una hacienda que estaba como a una legua solamente del último de estos ríos.

Probable es que el lector haya inferido que el punto objeto del asalto premeditado por la guerrilla, no es otro que la misma hacienda en que Florencio preparaba su gente para el caso de un ataque de los montoneros.

Justamente al inmediato día de haber llevado a Aurora a casa del vaquero Juan, cuatrocientos y tantos guerrilleros invadieron las casas de la hacienda cuando el día aún no aclaraba bien y estando los inquilinos completamente desprevenidos. Estos desgraciados no tuvieron tiempo ni para echar mano a sus armas: la dispersión, la fuga fue el único partido que pudieron tomar; empero los despiertos defensores del rey Fernando rodearon en un momento los potreros de la hacienda y con sus tiros hicieron replegarse a las casas la mayor parte de los que huían.

Dueños del campo y bien asegurados los insurgentes, de los cuales muy pocos pudieron escaparse, debía formarse un consejo para juzgarlos. De veinte y tantos prisioneros, siete fueron condenados a muerte, ejecución que debía tener lugar al siguiente día.

Florencio fue también cogido, y considerado como jefe o cabecilla, se le sentenció a sufrir la pena capital como a los más comprometidos de sus subordinados. Un cuarto le fue designado para que le sirviese de calabozo, en donde debía pasar las horas de capilla encomendando su alma a Dios sin más socorro ni consuelo espiritual que el que pudiera encontrar en su conciencia.

Al verse solo, prisionero y reo de muerte, su primer pensamiento fue consagrado a Aurora y su tierno hijo. ¡No haber podido siquiera dejar su nombre como herencia legítima a tan desgraciadas criaturas! ¡Sorprenderle la fatalidad precisamente en el momento mismo en que pensaba asegurar la suerte de sus más caras afecciones, y para lo que solo esperaba al vaquero Juan! ¿Qué sería de este? ¡Si también le cogerían al presentarse en la hacienda sin saber lo ocurrido...! ¡Qué golpe no se daría a Aurora al noticiarle de su prisión, de su fin! ¡Si podría, tierno y amante corazón, resistir a la pérdida de su primer amor! ¿Qué suerte correrían en el mundo ella y su hijo?

Estas y otras reflexiones preocuparon su imaginación por largos momentos. Encerrado y sin que la más tenue luz penetrara en su calabozo, se le presentaba bastante sombría y tétrica su situación. Ignoraba completamente la suerte que cabría a sus inquilinos; pero de tiempo en tiempo los agudos gritos y lamentos de alguna madre o esposa que penetraban hasta su estrecha prisión, iban a orientarle un tanto del giro fatal que tomaba la causa de su pobre gente.

Esto, que hubiera podido conformar a un alma egoísta, ponía en la más desesperante situación al noble y buen Florencio; pues él se consideraba el autor de todas las desgracias que pudieran sobrevenir a sus pobres huasos, esas almas tan sencillas y grandes, como humildes y sumisas aparecían en su exterior.

¡He aquí el abismo a que he arrastrado a esos infelices! —se decía—. ¿Qué les importaba a ellos ni a mí la independencia ni la libertad? ¿Quedará siquiera algún recuerdo de esas víctimas que van a ser sacrificadas por el despotismo? ¿Serán inscritos sus nombres en las sagradas páginas de los mártires de la patria?¡Ah, Dios mío! ¡Solo vos, justo apreciador de nuestros actos, podréis darnos la resignación que necesitamos para morir con espíritu tranquilo, con el pensamiento elevado hacia vos! ¡No nos abandonareis, no, cuando hemos cumplido con el más santo de los deberes de un ciudadano! ¡Venga, pues, la muerte, que, con valor, con entusiasmo la espero...!»

Y como un idiota en todo el acceso de su demencia, empezó a dar fuertes y repetidos golpes en la puerta de su calabozo. Esta fue abierta, y presentándose un realista armado:

—¿Qué quiere? ¿Qué tiene usted? —le preguntó.

Al fijarse Florencio en el individuo que le interrogaba, no pudo menos que asombrarse de su aspecto, pero sin poder darse cuenta del motivo.

—Me parece usted un buen hombre, y desearía me hiciese el servicio de llamar a sus jefes.

—No hay inconveniente, joven.

El realista, después de encomendar a otro de sus compañeros el cuidado del prisionero por un momento, fue él mismo en solicitud de lo que deseaba el reo.

No tardó en volver con los jefes.

—¿Qué se os ofrece? —preguntó el que parecía el superior de todos.

—Señores, aunque he considerado como proverbial la hidalguía de los realistas, quiero de ello tener ahora una prueba: perdonad a esos inocentes que tenéis condenados quizás a morir; no tienen más culpa que el haber obedecido como buenos servidores al patrón que les da el pan. Aquí me tenéis: yo soy el único culpable; disponed de mí... ¡Dejadme morir siquiera con la conciencia tranquila!

—Sentimos no poder satisfaceros: ya estáis todos juzgados como rebeldes, y aquí no hay apelación... ¡Centinela! ¡Cerrad esa puerta, y cuidado con el prisionero!

VI

¿Qué era del vaquero Juan?

En cumplimiento a la orden de Florencio, con noche aún montaba en su caballo y se dirigía a las casas de la hacienda. No le faltarían tres cuadras para llegar a ellas, cuando sintió algunos tiros que le hicieron detener el caballo como por un golpe eléctrico. Fijó luego la vista en el lugar de donde habían salido, y no tardó en ver la dispersión de gente y el rodeo que practicaban los realistas. Dudando del confuso laberinto que se presentaba a sus ojos, resolvió detenerse por algunos momentos para poder cerciorarse del desenlace que tuviera aquella escena.

Le bastaron algunos segundos para conocer la realidad: un fugitivo, caballero en pelo, parecía tomar la dirección en que él se hallaba. Juan no esperó otra prueba que pudiese costarle cara, y tornando la rienda a su caballo, le clavó las espuelas para volverse a todo escape.

En un momento se puso Juan en su rancho. Al verle tan pronto de regreso su mujer, que ya estaba en pie con todos sus hijos, no pudo menos que preguntarle por la causa de su pronta vuelta; a lo que el vaquero solo contestó llevando el dedo a la boca en señal de que convenía guardar silencio.

Aurora, que no había dormido en toda la noche a causa de los fatales presentimientos que la agitaban, sintió la llegada de Juan y notó el silencio que sucedió a la pregunta de su mujer. Saltó de su humilde lecho y, apenas vestida, salió fuera del rancho. En el mismo instante llegaba a todo galope el jinete que había dejado atrás el vaquero. Los recelos de Aurora fueron confirmados.

—¿Qué sucede, Dios mío? —exclamó.

—Una gran desgracia, señorita —gritó el recién llegado—, ¡la hacienda está llena de montoneros! No sé cómo me he escapado.

A las primeras palabras, Aurora lanzó un grito, Juan dio algunos pasos con el objeto de interceptar la noticia y su mujer se quedó como petrificada.

—¡Ah! ¡Bien me lo decían, y mi corazón lo confirmaba! —exclamó Aurora—. ¡Juan, dame un caballo, por Dios, un caballo para ir a las casas! ¡Quiero salvar a Florencio, aunque me cueste la vida!

—Pero, señorita, ¡eso es imposible! El patrón no tardará tal vez en llegar, y una vez entre nosotros, estará seguro, porque es difícil, para uno que no sea vaqueano, elegir con acierto el camino que, entre otros muchos, parte del llano para penetrar en este espeso bosque.

—Si no me das caballo, me marcharé a pie. ¡No hay tiempo que perder!

—¿Y el niño, señorita Aurora? —observó la mujer del vaquero.

—¿El niño? ¡Es verdad...! Pero no, le llevaré conmigo, y estoy cierta de que su presencia influirá en los sentimientos de los enemigos.

—Esto no lo consentiré yo —dijo Juan—. Respondo de usted, no solo a mi patrón, sino que ante Dios tendría que dar cuenta de mi descuido o debilidad. Señorita, yo no la dejo partir de mi rancho.

—¡Insensato! ¿Y Florencio? ¿Crees que tenga valor para dejarle en manos de sus verdugos?

—En ese caso, yo seré quien vaya a las casas; y aunque peligre mi existencia, por lo menos me acercaré lo posible para saber algo de la suerte que haya cabido a mi buen patrón.

—También yo me hallo en el deber de dar hasta mi vida, si necesario fuese, por el caballero Florencio —dijo con emoción el que había llegado poco después del vaquero—. Yo te acompaño, Juan, y sabremos de nuestro patrón a pesar de todo. Mudemos caballos y... confíe en Dios, señorita —añadió dirigiéndose a la desesperada joven.

—¿Acepta este partido? —preguntó Juan a Aurora.

—Sí, pero bajo la condición de tomar mis medidas en caso de que no estéis de vuelta en tres horas más con buenas o malas noticias de Florencio.

—Convenido —dijo Juan.

En un instante fueron ensillados los caballos y partieron los dos inquilinos, quedando Aurora y la pobre mujer del vaquero en la más azarosa situación, llorando ambas a dos y consolándose recíprocamente.

—No parece, sino que alguna maldición viniese pesando sobre mí desde algún tiempo a esta parte —decía Aurora—. No podría yo, Josefa, sobrellevar estos contratiempos, si mi amor a Florencio y a esta infeliz criatura no me dieran el valor necesario. Solo anhelo la vida por ser útil a ellos, para consagrarles mi atención, mi cariño, ¡mi amor todo!

—Bien hace usted, señorita Aurora —decía Josefa—, porque esa es una gran virtud que Dios le premiará algún día. No pierda la fe, y ya verá como Él, que todo lo puede, no se hará sordo a sus clamores... Pero, ¡qué le daría a Juan! ¡Irse así no más a meter a las casas! Es tan bárbaro ese hombre, señorita Aurora, que tal vez va a introducirse con el otro allá entre esos realistas que son capaces de comerse vivos, no digo a ellos... Y entonces, ¿qué haría yo, señorita, con esta parvada de niños? ¿Dónde encontraría un rincón en que meterme con ellos?

—Pierde cuidado, Josefa, que yo tengo familia y estoy segura de que mis padres no me han olvidado aún. Si Dios nos abandonase en estos lugares, saldríamos a pedirles a ellos un asilo, que demasiado buenos son para que pudieran negárnoslo.

—¿Y por qué dejó a sus padres, señorita Aurora?

—¡Ay, Josefa! Mi historia es bien larga para que en la actual situación pudiera referírtela. No sé si la fatalidad o qué poder irresistible fue el que me arrancó del seno de mi familia; lo cierto es que mi vida perdió desde entonces esa dulce calma que solo sabemos apreciar cuando la hemos abandonado sin saber lo que ella vale.

Por algunos instantes no salió Aurora, ni la inculta Josefa, de ese círculo en que se encierran los desgraciados. El consuelo es Dios, esa fuente saludable al espíritu en que todos beben la esperanza.

No habrían trascurrido dos horas cuando se sintió en el rancho del vaquero el inmediato galope de caballos.

Al instante Aurora se alzó de su asiento; pero las piernas casi no podían resistirle; las fuerzas le faltaban. Una palidez, hermosa si no hubiese sido mortal, cubría su semblante; el corazón le palpitaba con violencia; todo su cuerpo temblaba.

Aurora no tuvo valor para interrogar a Juan; pero con su actitud, con la mirada más expresiva, fue a confundir al vaquero, que llegaba sin saber cómo dar la mala noticia de que era portador.

—Señorita Aurora...

—¡Habla, Juan! ¡No me mantengas en esta situación!

—Estamos mal, señorita... Todo debemos esperarlo solo de Dios.

—Dime cuanto sepas. ¿Qué es de Florencio? ¿Dónde está? ¿Vive o muere?

—Vive aún, señorita.

—¿Aún? ¿Qué quieres decir? ¿Acaso corre peligro su vida?

El vaquero no contestó: inclinó la cabeza, y gruesas lágrimas se desprendieron de sus ojos.

—Juan, ¡no me ocultes la verdad! ¡Quieres mentir, y tú mismo te descubres! ¡Ah, lloras en lugar de hablar! ¿Qué es lo que ocurre, Dios mío?

—Hemos sabido que... está sentenciado... ¡a muerte! —articuló apenas el pobre vaquero.

La última palabra produjo en Aurora un efecto terrible y fue a caer en los brazos de Josefa.

VII

Decretado estaba: siete insurgentes y su jefe debían ser pasados por las armas. La hora se aproximaba ya, y ni la más remota esperanza de salvación venia siquiera a alucinarles en sus últimos momentos. Amantes padres muchos de ellos, y todos buenos patriotas, morían con el corazón dividido, ¡mitad para sus hijos, mitad para la patria! Aunque rústicos por sus maneras y la ninguna educación que habían recibido, sus inspiraciones, sus palabras de dolor o de consuelo eran a veces sublimes, salían del alma de esos hombres con la misma virtud que el agua tiene para buscar su curso natural, la flor para esparcir su aroma, el sonido, la luz y el viento para cruzar el espacio: ¡emanación de la naturaleza! Todo ello, obra divina, el soplo de Dios.

Quien hubiese visto a aquellos infelices, habría sentido y llorado como ellos. No hacían vana ostentación de héroes, ni orgullo necio había en su humilde valor. Resignados esperaban la muerte, es verdad, pero con esa resignación santa del que espera el martirio sin que nada le desespere, que llora sin lamentos ni sollozos, que vierte lágrimas sin inmutarse por más que padezca el alma.

Temprano se les advirtió que debían prepararse a recibir la muerte.

—Como buenos cristianos, siempre listos la hemos esperado —contestó uno de ellos.

—Vais a morir por la patria —les observaba con cierta sorna el jefe realista.

—Y por la patria nos salvaremos —contestó otro de los prisioneros.

—¡Bien! Que siquiera esa esperanza os ayude a bien morir.

Diciendo estas palabras, el jefe de la guerrilla se retiró para ordenar se hiciesen los preparativos. Estos consistieron en designar los tiradores que debían gozar del privilegio de ultimar a los insurgentes.

En seguida, preparadas las ligaduras, las carabinas cargadas, los reos salieron escoltados por sus enemigos.

La operación era muy sencilla para los realistas. A poca distancia de las casas había una gran vara que servía como atadero de bestias. Pues bien: allí mismo fueron amarrados de las manos los siete patriotas. Sostenidos por sus propios pies, la vista descubierta, el corazón puesto en Dios, alentándose unos a otros, recibieron una descarga cuyos ecos fueron a herir a más de un corazón.

El humo envolvió a los reos. Horribles y extraños gritos sucedieron a la descarga.

Aclarada un tanto la escena, se vio a esos desgraciados, los unos descansando ya, los otros luchando aún con la muerte. Algunos se habían desprendido de la vara, y despavoridos corrían sin saber a dónde: luego les alcanzaba una bala, y entonces, o caían redondamente, o dando alaridos se detenían, vacilaban, hasta que iban a revolcarse en su propia sangre. Hubo hombre, y cosa extraña, que dejó atadas en la vara sus dos manos y echó a correr hasta que algunos tiros le detuvieron en su insensata fuga.

Tal fue el fin de esos pobres campesinos: murieron a manos de encarnizados e implacables enemigos. ¡El martirio fue cruel, atroz!

Empero aún padece un patriota, todavía pena en el mundo otra víctima: ¡Florencio!

Los cortos momentos trascurridos desde que fue encerrado en su prisión, eran para él siglos durante los cuales se habían desenvuelto acontecimientos los más extraordinarios, en que había visto trastornarse un mundo que antes viera risueño y encantador. ¿Acaso sería un sueño todo aquello, su razón la trastornada?

—No, ¡no! —exclamaba de repente—. ¡Todo es realidad! ¡Estoy perdido para mi Aurora, para mi hijo, para mi buen padre! ¡Y no sabré lo que es libertad, ni alcanzaré a ver independiente a mi patria!

En ese momento sentía en el patio un extraño movimiento: eran los pasos de los reos cuando sus custodias los conducían a la vara.

—¡Centinela! —gritó Florencio por la cerradura de la puerta.

—¿Qué hay? —contestó el guardia.

—Dígame, por favor, ¿qué contiene ese ruido?

—¿Le interesa?

—Sí.

—Son sus gentes que marchan... ¡para la eternidad!

Florencio se estremeció. Luego, la rodilla en tierra, cruzados sus brazos, inclinada la cabeza, oprimido el corazón, empezó a rezar por el descanso de aquellas almas.

Al estruendo causado por la descarga, Florencio apretó los ojos, como queriendo sustraer su vista a un espectáculo que tuviera por delante; los dientes le crujieron; sus miembros experimentaron una fuerte contracción, como si sobre ellos hubiese ido a caer el filo de una cuchilla.

VIII

Rechinó la cerradura de la puerta, y entonces Florencio volvió en sí. Un realista, el mismo cuyo aspecto le sorprendiera poco antes, entró esta vez a su prisión.

—Caballero —le dijo—, usted me sigue.

—¿A dónde? —preguntó Florencio dando dos pasos hacia atrás.

—Luego lo sabrá usted; venga conmigo.

—Pero debo hacer algunos preparativos... Tengo un hijo, una mujer, y no me obligarán a dejarlos abandonados en el mundo. También poseo un padre, cuyos intereses represento...

—Eso no impide, joven, que yo cumpla con mi deber. Sus deseos se cumplirán, no lo dude.

—¡Ah! ¡Bien sé que me engañan! Van a matarme como acostumbran; ¡quieren degollarme como a bestia feroz!

—Usted se engaña, señor...

—Permítame siquiera encomendar mi alma a Dios... ¡que rece un acto de contrición!

Diciendo esto, Florencio se arrodilló y dirigiendo su vista al cielo, comenzó a rezar.

El realista no pudo menos que quitarse el sombrero, y aun se hubiera arrodillado también a no haber temido las importunas miradas de sus compañeros. A tal extremo llegó la ternura del realista, que algunas lágrimas corrieron por sus tostadas mejillas.

—Vamos, señor, yo no puedo permitir que se prolongue por más tiempo esta situación... Palabra de honor, yo no le mataré, ni tendría valor para ello; más aún: usted no morirá, se lo juro.

Sin atreverse a levantar, Florencio fijó su vista en aquel hombre de tan extraordinaria conducta en esos tiempos de crueldades y exterminios.

—Vamos, pues, señor, y confíe usted en mí.

Al decir esto, el buen realista se adelantó hacia el prisionero, y alargándole la mano:

—Levántese usted —le dijo—; yo le acompaño, no le conduzco.

Florencio, tomándose del brazo del realista, salió de su calabozo. Aunque marchaba con paso firme y su aspecto manifestaba una gran resolución, no pudo menos que temblar y aun perder mucha de su entereza de ánimo al presentársele un sangriento y sombrío cuadro, tanto más horroroso para él, cuanto que algunas de las víctimas eran hombres cuyos brazos se habían estrechado en su infancia.

Ei realista notó la fuerte impresión del joven, y para darle una explicación:

—Esto sí que no he podido evitárselo —dijo—. He conseguido su perdón, pero a condición de hacerle pasar por este duro trance.

—¡Mi perdón! —exclamó Florencio.

—Sí, luego estará usted libre, pero no sin presenciar antes lo que la patria promete a sus hijos.

Entre tanto habían llegado al lugar mismo en que estaban los cadáveres de los recién fusilados.

A Florencio se le escapaban de sus ojos dos corrientes de lágrimas, por decir así; y su alma entraba en mayor tortura a medida que iba reconociendo a sus desgraciados inquilinos, los unos con las manos atadas aún y colgando de la vara, los otros tirados a poca distancia y en las más tristes posiciones.

En vano Florencio pretendía apartar la vista de tan sombría escena; para eso hubiera sido preciso salir de aquel recinto; y con todo, la hubiera llevado siempre grabada en su memoria.

—Repito a usted, pues, lo que se me ha mandado —decía el realista—. Desengáñese usted, joven inexperto; estos son los resultados de una mala causa, los frutos que se recogen en el extravío; a esto se reduce lo que brinda la patria.

Y le señalaba los cadáveres de los patriotas.

—¡Basta ya! —exclamó por fin Florencio—. Prefiero que me conduzcan de una vez al suplicio, antes que pasar por este martirio humillante... Estoy dispuesto: concluyamos.

—Calma, joven, calma. Yo, a mi pesar, no hago más que cumplir con las condiciones bajo las cuales he conseguido su salvación. Algo había de costarle la libertad.

—¡Cómo! ¿Es una realidad mi salvación? ¿Y es a usted a quien la debo?

—¿Duda usted acaso? Venga conmigo y le daré la prueba...

El realista atrajo así a Florencio y se dirigió con él hacia los potreros de la hacienda.

Al salir al campo, Florencio no pudo retener un suspiro.

—¡Ah! ¡Ah! Parece que se respira con más holgura —dijo el realista—. Ahora yo envidio su suerte. Está usted libre... ¡Mientras a mí me espera quizás la muerte a dos pasos de aquí! Sin embargo, algo bueno habré hecho en el mundo y Dios tendrá piedad de mí... Adiós, joven: disponga usted de su libertad.

Quiso marcharse el realista, pero viendo que Florencio se quedaba pasmado de admiración sin atreverse a dar un paso:

—Adiós, joven —repitió alargándole la mano.

—Adiós... —exclamó Florencio abriendo los brazos y estrechando en ellos al realista con la mayor efusión.

IX

Los guerrilleros hacían sus aprestos para dejar al día siguiente el teatro de sus proezas. Abandonarían la hacienda para volver a Talca, en donde más tarde habían de recibir la noticia del descalabro del ejército realista en los campos de Maipú; noticia funesta que había de obligarles a emprender la retirada al sur con los fraccionados restos de las tropas vencidas, derrotadas y perseguidas no solo por las fuerzas enemigas, sitio por los paisanos, por las mujeres y hasta por los niños patriotas.

No bien entrada la noche, algunos de los realistas se hallaban reunidos en los corredores de las casas de la hacienda, refiriendo cada cual algún incidente o pormenor de los encuentros que con el enemigo o con gente inerme habían tenido.

—Pues en el Maule volví a nacer yo —decía uno—; figúrense ustedes que el granadero que hice prisionero me tuvo a la boca del cañón de su carabina, y no se atrevió a dispararme el arma.

—¿Y cómo fue eso? —preguntaron varios.

—Lo van a saber: viéndose el pobre muy acosado cuando pasamos el rio en su persecución, dirigió su caballo al monte; yo le seguí de cerca, pero al llegar a un lugarcito muy boscoso, se tiró caballo abajo y se me perdió en la espesura. Sin vacilar, también eché pie a tierra y empecé a buscarle; pero en vano. Cansado ya de husmear como un perdiguero, me vuelvo para retirarme, cuando veo a mi buen granadero con el arma preparada, apuntándome de mampuesto y a quemarropa.

—¡Cobarde! —exclamaron casi todos a la vez.

—¡Infeliz, digan ustedes! —observó en tono de reconvención cierto cabo que, algo melancólico al parecer, se hallaba a alguna distancia de sus compañeros, apoyado en uno de los pilares del corredor.

—Hombre semejante no merece ni compasión —dijo uno de los del grupo.

—Te equivocas, Bermudes —replicó el cabo—. Aprecia por un momento la situación de ese infeliz, ponte en su lugar, y en seguida contéstame. Si dudas aun del valor de ese hombre, pregunta a Palacios cómo murió cuando le fue confiado a sus manos.

—¡Cómo! ¿Era ese el granadero? —preguntó con asombro el guerrillero Palacios.

—El mismo, el prisionero del bosque.

—Pues les aseguro, amigos míos (y aquí tenemos testigos), que murió como pocos de los que caen en nuestras manos. Le conduje a un punto a propósito, y apenas me detuve, sin que se lo mandase ni dirigirme una sola palabra se hincó con la mayor serenidad; luego se santiguó, murmuró algo parecido a rezo, y, la vista baja, hecho una estatua, recibió el único hachazo que necesité darle para acabar con su vida. Y parece que supe matarle. ¡Creo que le partí hasta el alma!

Las carcajadas de los realistas fue una especie de aplauso a las palabras del valiente Palacios.

—No hay duda —continuó—, estos demonios de huasos son unos bárbaros. ¿Vieron ustedes a aquel que nos salió al camino y se presentó al comandante en demanda de justicia? ¡Por Cristo que aquello me horrorizó! Llevaba aquel hombre todas las tripas de fuera y sujetas solo con un pellón que él mismo quizá se había atado a la barriga. Cuando el comandante esquivó la vista, diciéndole se fuese en demanda de medicina y no de justicia... ¡cómo sería aquello! No sé como ese pobre se sostenía sobre el caballo.

—Luego caería —dijo uno.

—¿Y quién le despachurraría? —preguntó otro.

—¡Bah! alguno de nuestros filudos cortantes —agregó un tercero.

Entre tanto, un campesino que se había ido acercando poco a poco a los montoneros y llegado a entablar conversación con algunos de ellos, les preguntaba, como por mera curiosidad, cuál de los que allí se encontraban era el que tan milagrosamente había conseguido el perdón del rico.

—¿Y qué te va en ello? —le preguntó uno de los realistas.

—Es que...

—Ahí está, es el cabo Montero —le interrumpió otro señalándoselo con el dedo.

«Como me lo pintó el patrón; él es», dijo para sí el campesino.

—¿Qué hay? —preguntó el cabo aludido acercándose al desconocido.

—Nada, amigazo; es que deseaba conocerle por su buena acción.

Y aproximándosele cuanto pudo, por debajo de su largo poncho le pasó clandestinamente una carta, diciéndole en voz muy baja:

—Esto le puede ser muy útil, amigo.

El realista se guardó la carta al instante.

En seguida rodó la conversación sobre asuntos insignificantes para los realistas.

El cabo Montero, el salvador de Florencio, comprendió al momento que la carta procedía del joven a quien no ha mucho había arrancado de las garras de la muerte.

Pocos momentos después se ausentaba el campesino, quien, ya lo supondrá el lector, no era otro que el vaquero Juan.

Una hora más tarde, toda aquella gente dormía bajo la alerta custodia de los centinelas que se habían distribuido por todas las avenidas. Sin embargo, hay uno que no puede entregarse al reposo: el cabo Montero. Los acontecimientos del día con todos sus horrores los tenía tan presentes, que en vano hacía esfuerzos por repelerlos de su imaginación. Pero ¿era esto solamente lo que le impedía conciliar el sueño? ¡No! Entre otros pensamientos que venían preocupándole desde tiempo atrás, prevalecía el de buscar un medio de abandonar aquel puñado de hombres cuya conducta no podía conformarle, ni menos imitarla con crueles acciones como las que había visto en ellos.

Se acercaba ya el nuevo día sin que al buen cabo le abandonase el insomnio, cuando sintió pasos y luego percibió un bulto que se dirigía a donde él estaba. ¿Qué buscaba esa sombra con sus pasos lentos y misteriosos? ¿Por qué se levantaba cuando todos dormían? Una funesta idea asaltó luego la mente del cabo: aquel bribón había visto sin duda la carta que le entregaran, y creyéndola de suma importancia, como era muy probable, trataba de hurtársela a toda costa. En efecto; luego vio que el bulto se inclinó, y con la mayor suavidad empezó a palparle los bolsillos.

«¡Te engañas, miserable!» dijo para sí el cabo. «Solo a costa de mi vida me despojarás de esta reliquia!»

Faltándole ya la paciencia para sufrir el prolijo registro que hacía de su cuerpo:

—¡Eh! —gritó, haciendo saltar al realista explorador—. ¿Quién anda aquí?

—Soy yo... Vamos, camarada, parece que ya es hora de partir. ¡Alza, que el día viene...!

Y diciendo esto el realista se retiró, dejando más tranquilo al cabo, quien no pudo dejar de exclamar:

—¡Bandidos! Pierdan cuidado, que ya les dejaré sin la tentación.

El cabo Montero había tomado una resolución.

Como se había ordenado, muy de madrugada estaban los caballos ensillados, y después de proporcionarse en la hacienda los recursos posibles, con ese derecho que creían les otorgaba la guerra, partieron con dirección al sur.

Lo que hicieron en su tránsito hasta llegar a Talca, ¡eso sábelo solamente Dios!

X

Tomemos ahora nosotros el confuso sendero que del llano conducía al rancho del vaquero Juan.

El día es hermoso: un viento fresco templa un tanto los abrasadores rayos del sol de febrero. Empero el campo presenta un aspecto melancólico, ¡quizás porque el ánimo está para verlo todo triste! No se siente otro ruido que el causado por el viento al penetrar en la fragosa montaña. Los animales mismos parecen resentirse de los recientes sucesos: aquí está el uno rumiando bajo la sombra de un copudo árbol, y allá el otro, echado al raso, sin dar más señales de vida que cuando torna su deforme cabeza para mirar del lado que siente ruido. Verdad que es ya medio día, hora en que el bruto, harto de sustento, busca la sombra, anhela el descanso.

Allá en el de por sí triste rancho de Juan no ha podido entrar la alegría ni con la libertad del amo. Pero no era posible: al llegar Florencio, que no hacía mucho salía de los brazos del realista, se había arrojado en los de su amada Aurora exclamando:

—Aquí me tienes, libre, es verdad, ¡pero destrozada el alma! Ayúdame, Aurora, a llorar por esos infelices...

Y ambos, nobles y excelentes corazones, no habían podido serenarse por largo tiempo.

No es, pues, extraño les encontremos haciendo duelo por las pobres víctimas.

Sin embargo, ávida Aurora por conocer los incidentes a que Florencio debía su salvación, le interrogaba a cada momento para que se los refiriese.

—¡Todo lo debo a ese hombre! —le contestó por fin Florencio—, y no sé qué haría por recompensar su loable acción! No obstante, confío en que de algo ha de servirle mi carta. ¡Dios le haga feliz algún día premiando sus beneficios!

—¡Ah! Si yo pudiera verle —decía Aurora—, le serviría en cuanto pudiese, le miraría como a un padre, sería su esclava...

En ese momento Josefa entró corriendo a anunciarles que una persona desconocida se dirigía al rancho.

—¿Quién será? —se preguntaron a la vez los dos amantes, dándose una mirada que expresaba el asombro a la vez que la duda.

—Por lo que pueda suceder, ven, Aurora, ocúltate aquí.

Y la condujo a una especie de alcoba que había inmediata.

Entre tanto, sin detenerse el desconocido había llegado hasta cerca de la puerta.

Florencio no le reconoció a primera vista, porque el hombre iba envuelto de tal modo, que apenas se le podía ver una parte de la cara.

—Veo que no me conoce usted, joven —fue el saludo del recién llegado.

—¡Ah! Si es... —no más alcanzó a decir Florencio, volando a su encuentro.

Luego le cogió por un brazo y, casi fuera de sí, le arrastró para dentro de la habitación, gritando:

—¡Aurora! ¡Aurora! ¡Aquí tienes a quien debo la vida!

No bien había pronunciado estas palabras, cuando se sintió un agudo grito en el cuarto.

El realista, el cabo Montero, al oír pronunciar el nombre de Aurora y luego al sentir el extraño grito, creyó que sus sentidos le abandonaban, ¡que aquello era una visión terrible!

Corrió al cuarto, tendió la vista por todas partes, vio un cuerpo tendido en el suelo, intentó levantarlo... pero dejándolo caer nuevamente:

—¡Mi hija! —exclamó—. ¡Mi hija Aurora!

Florencio, no bien repuesto de las emociones del día anterior, veía todo aquello como una ilusión fantástica. No se atrevió a dar un paso del lugar en que apenas podía tenerse en pie.

Segundos solamente contempló a su hija el buen Pedro, el cabo Montero, y volviendo en seguida la vista a Florencio, olvidado por un momento:

—¡Fatalidad! —exclamó—. Aprovecha usted la ausencia de un padre para robarle la joya de más valor que posee; con ella le lleva el honor, la esperanza; le asesina con su conducta... y luego él mismo viene a ser su protector, le escapa al furor bárbaro de sus enemigos, y le da, por fin, ¡la libertad!

—¡No más, señor! —exclamó Florencio, arrodillándose a los pies del ofendido padre, de su bienhechor—. Perdón por mi extravío, causado por una pasión, ¡mas no por el crimen! Mis buenas intenciones han sido frustradas, que lo diga Aurora, pero ello no impedirá una reparación que estoy pronto a hacer. ¡Ordene usted! O si quiere, mi vida le pertenece, ¡puede vengarse!

—¿Vengarme? ¿Destruir ahora mi propia obra?

Aurora había vuelto de su desmayo, y viendo la crítica situación de su amante, corrió a la cama, cogió a su hijo, y con él en los brazos se postró, como Florencio, a los pies de su padre, exclamando:

—¡También perdón para mí y para este inocente!

La vergüenza, el temor, la ternura, todo lo revelaban la actitud y el aspecto de Aurora.

Pedro, después de contemplar por un momento aquel grupo tan bello como conmovedor, dirigió su vista al cielo y exclamo:

—Así lo quieres, Dios mío... ¡sea!

Y no pudiendo ya resistir, solo tuvo tiempo para tenderles sus manos, dejándose caer en seguida sobre una silla, sofocado por la emoción, la voz embargada, respirando apenas.

XI

Cambiemos la escena.

Al desenlace de la guerra de nuestra independencia (batalla de Maipú), y también al desenlace de nuestro rapto, tenía lugar un hecho de armas que, con permiso del lector, vamos a referir en este capitulo.

Valparaíso se halla bloqueado por la fragata española "Venganza", buque que espera por momentos noticias o señales del seguro triunfo del ejército español en Maipú. Sin embargo, esa victoria se hace esperar, mientras el escorbuto se declara a bordo de una manera alarmante. Este contratiempo llega al conocimiento de los porteños, y en el acto se proyecta un golpe a la "Venganza".

En la bahía se halla un buque ingles a propósito para la expedición: armado para un abordaje como lo permitía la premura del tiempo, y tripulado con cuanto voluntario quiso tomar parte en aquella sorpresa, se hizo a la mar con el nombre de "Lautaro" y al mando de un valiente e impetuoso joven marino, hijo de la Gran Bretaña.

He aquí la primera expedición que, compuesta de un solo buque, zarpa de Valparaíso con la intención de apoderarse de una fragata enemiga.

La nave española les espera cerca de San Antonio, confiada en que el buque salido del puerto de Valparaíso, tremolando pabellón ingles, no puede ser sino conductor de buenas noticias y tal vez de víveres para su tripulación.

Entre tanto la gente de la presunta fragata inglesa está preparada ya para el abordaje: algunos ingleses que iban a bordo eran los elegidos para el primer asalto.

A punto de darse la señal de ataque, se reconoce al buque enemigo: no es la "Venganza" sino la "Esmeralda", ambas naves de mucha semejanza, y cuyo cambio o relevo se había acordado en el sur al saberse la epidemia que imposibilitaba a la gente del primero de esos buques.

¡Tarde se conocía el error! ¡Forzoso era acometer para salir de aquel lance siquiera con honor!

Estando ya sobre el enemigo, fue arriada la bandera inglesa e izado el tricolor de la patria. El bravo jefe de la "Lautaro" dio a los ingleses el grito de abordaje; pero éstos, fuese por la sorpresa que experimentaran al reconocer a la hermosa y respetable "Esmeralda", o ya porque les faltase el entusiasmo patrio, como a todo mercenario que combate por una causa ajena, es lo cierto que no se atrevieron a agredir. Esto visto por los chilenos, se abalanzan a la pelea en pos de su intrépido jefe, y en un instante se enseñorean sobre la cubierta de la "Esmeralda". La tripulación de esta se había precipitado a los entrepuentes: cortaron los guardines del timón y se hicieron dueños de él, imposibilitando así el gobierno del buque desde él alcázar de popa.

Los patriotas habían arriado el pabellón español, y viendo que el buque navegaba con rumbo al oeste sin poderlo evitar, resolvieron desmantelarlo: picaron varios cabos de la maniobra, e inutilizaron completamente las gavias.

Un bergantín español, el "Pezuela", que acompañaba a la "Esmeralda" en su misión bloqueadora, viendo arriar la bandera de la fragata, se largó a todo trapo con rumbo al sur.

Casi vencedores se paseaban los patriotas sobre la cubierta de la "Esmeralda", cuando un fatal incidente vino a arrebatarles el triunfo: al pasar o asomarse por una de las escotillas el denodado jefe, recibió una bala del enemigo que acabó en el acto con su vida. Como era natural, la confusión y el espanto se apoderaron de los patriotas al ver caer a su jefe, mientras que los españoles recobraron su perdida animación y bravura. Las escotillas vomitaron guerreros, y los desgraciados asaltantes buscaban un refugio más clemente en el fondo del mar. La fragata "Lautaro" estaba a alguna distancia y no podía salvar a aquellos desventurados.

La velera "Esmeralda" siguió su rumbo, y en vano intentó darle caza la pesada "Lautaro". ¡Esa presa estaba reservada a otro marino inglés más afortunado, ¡al gran Cochrane!

El valiente joven que buscó el término de sus días con su propia audacia, con su temerario arrojo, acaso hubiera sido el primer y más alto jefe de nuestra escuadra, uno de los libertadores de América. Mas, no sabemos si un fatal destino, o lo que otros llaman casualidad, le privó de la gloria de los grandes hombres y hasta de dejar su nombre, como el de un mártir de la patria, legado a la posteridad.

El número de las vidas que se perdieron en esa atrevida empresa es hasta hoy desconocido, pues se ignoraba la gran cantidad de voluntarios que se embarcaron disputándose la preferencia.

Sin embargo, no fue estéril el sacrificio: persiguiendo a la "Esmeralda", se tropezó, por decirlo así, con el bergantín "San Miguelito", que era portador de la correspondencia oficial de los realistas. Entregado a la fragata "Lautaro", ambos buques entraron a la bahía de Valparaíso bajo las ávidas miradas de la multitud que ignoraba los resultados de tan ruidosa como aventurada empresa.

El "Pezuela" entraba poco después al puerto de Talcahuano llevando la fatal noticia de haber visto la "Esmeralda" capturada por los patriotas; pero grande fue el asombro de los que tripulaban el bergantín al ver la fragata anclada ya en el fondeadero. ¡Tales son las peripecias de la guerra!

XII

La funesta noticia de la muerte del jefe de la expedición y demás que le secundaron en valentía y denuedo, no tardó en ser del dominio de la población entera de Valparaíso: el sentimiento, por consiguiente, fue general; y en medio de esta noble y pública manifestación vamos a internarnos en una casa que ya conocemos.

La pobre mujer de Pedro, la buena Rosa, no había tenido ninguna noticia de su marido desde que salió en busca de su hija. Qué dirección habría tomado, a dónde iría a parar, he aquí lo que en vano había tratado de saber en sus continuas indagaciones. Sus oraciones, sus promesas, todo había sido inútil. Se consolaba, sin embargo, con llorar a sus anchas, atender y mimar a sus hijos.

Un día Rosa, rodeada de todos sus niños, hacía esfuerzos por comer. Sin poder prescindir de los recuerdos de sus propios infortunios, veía asaltada su imaginación por las recientes desgracias. Después de entregarse a la contemplación por largos momentos, tendió la vista por todos sus hijos, y exclamó para sí:

—¡Ah! ¡Qué porvenir me esperará, Dios mío!

Y las lágrimas inundaron sus ojos.

A ese tiempo golpearon a la puerta.

Rosa corrió a abrir, y vio a un hombre de campo, montado en buena bestia, que sin apearse le dirigía estas palabras:

—¿Es esta la casa (y usted dispense) de una tal doña Rosa?

—Para que usted me mande.

—Me alegro de conocerla. Traigo esta carta para usted.

Entonces a Rosa se le escapó un «¡Ay!» que fue como el toque de generala para que se agrupase a la puerta el regimiento entero de niños.

—¡Pepito! ¡Pepito! —gritaba Rosa—. ¡Una carta de tu padre! ¡Corre, ven volando a leerla!

—Apéese, pues, cumpa —dijo uno de los niños al portador.

Todos entraron, por fin, a oír la lectura de la carta, incluso nosotros que no dejamos de tener en ella algún interés; y para cerciorarnos bien, pediremos a Pepito que alce un poco la voz:

«Señora Doña Rosa Montoya:

»Esposa mía: ante todo quiero evitarte sobresaltos anunciándote que somos felices.

»Desde el momento que me aparté de ti y de mis hijos, mi vida ha sido trabajosa, llena de sinsabores.

»Me dirigí al sur, y en Chillán me hice montonero matucho, engrosando filas de malvados sin alma ni corazón.

»Me he batido; he estado mirándome cara a cara con la muerte; llegué a ser cruel por mi propia conservación; pero, Dios lo sabe, también he obrado como cristiano y he sido premiado por mi conducta: luego verás si tengo o no razón para pensarlo así.

»Llegamos a una hacienda en que hicimos gran número de prisioneros: siete fueron condenados a muerte y ejecutados sin misericordia. El jefe de ellos, un joven como de 20 años, simpático y de buen parecer, me fue entregado para que le despachase... a la otra vida, se entiende. Yo, Rosa, padre de tantos hijos, ¿habría tenido valor para acabar con tan preciosa vida? Me presenté a mi jefe y le dije:

»—Señor: en el combate, primero yo que nadie; pero a sangre fría, ni a mi peor enemigo soy capaz de herir. Por otra parte, he servido hasta aquí con la mejor voluntad, sin que la menor nota empañe mi conducta; y esto, señor, ¿no podría valer algo para una gracia que voy a pedir?

»—Si es posible concedérsela, pídala usted —me contestó.

»—Me intereso, señor, por la vida de ese hermoso cuanto desgraciado joven que me ha sido entregado.

»—Bueno, haré reunir al consejo y se le informará de su resolución.

»¡Ah! Rosa mía, qué satisfacción experimenté cuando a los pocos momentos se me facultó para disponer del prisionero. ¿Qué debía hacer yo con él, Rosa? Darle la libertad, ¿no es cierto?

»En la misma noche recibí una carta que me envió con el propio sujeto que te entregará esta.»

(Aquí todas las miradas se dirigieron al vaquero...)

«En ella me ofrecía su casa, su fortuna, su persona misma, en cualquier tiempo y para cuanto fuese útil; me aconsejaba que abandonase la carrera de las armas, y si por desgracia caía prisionero algún día, entregase esa carta con la seguridad de encontrar clemencia y aun protección. Yo, que no veía la hora de dejar aquella pandilla, y notando que intentaban arrancarme la carta tal vez a costa de mi vida, en la primera oportunidad extravié camino, arrojé las armas, me disfracé cuanto pude, y sin pérdida de tiempo me dirigí al punto que se me indicaba en la carta. Efectivamente; allí encontré al joven y... ¿a quién más te parece, Rosa? Allí fui a tropezar con Aurora, ¡con nuestra hija!»

A este pasaje de la carta, Rosa juntó las manos, y mirando, inundados de lágrimas sus ojos, al crucifijo que había sobre la mesa:

—¡Señor! ¡Bendita sea tu misericordia! —exclamó.

Hasta a Pepito se le destempló la voz.

—Continúa, hijo, continúa —dijo Rosa.

«¡Qué situación aquella, Rosa! El joven y Aurora con un tierno niño en los brazos me pedían perdón de rodillas.»

Rosa no pudo sufrir más: largó el llanto, y con ella la mayor parte de los niños. Hasta el vaquero empezó a lagrimar.

—Oiga, oiga, mamita —dijo Pepito.

«Pero ya han terminado nuestras desgracias, querida Rosa. Al siguiente día llegó el padre del joven en su busca: sabedor de todo lo ocurrido, prestó su asentimiento para el enlace de nuestra hija con el suyo; y el mismo día que se supo aquí el triunfo de las armas patriotas, se celebró el matrimonio que viene a hacernos felices. Se me ha entregado la administración de la hacienda, y te espero con impaciencia para que con todos mis hijos vengas a participar de la ventura que ya disfrutamos aquí.

»El mayordomo Juan va encargado de hacerles conducir lo más pronto posible, porque Aurora ya desespera por verles.

»La casa y lo demás que allí tenemos, que lo goce mi hermano Domingo.

»Un abrazo a cada uno de mis hijos, que aquí te los devolverá tu fiel esposo

»Pedro Mortero.»

—Aquí, hijos, aquí, de rodillas —dijo Rosa a sus niños señalándoles la tarima; y todos, entre ellos el mayordomo Juan, el ex-vaquero, empezaron a dar gracias al Altísimo por su infinita bondad.

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Nos casamos

I

Francamente, yo no sabía lo que era amor, y sin embargo tenía veinte años. Me había figurado hasta entonces que el amor consistía en ciertas travesuras de colegiales y colegialas.

Pero, ¡ay!, a los veinte años, justos y cabales, tropecé con una encantadora muchacha de ojos negros; y fuese por casualidad o intencionalmente, lo cierto es que aquellos ojos de fuego, chispeantes, devoradores, los fijó en los míos, y que yo también fijé los míos en los suyos; que la muy picardía se sonrió, y que yo también sonreí.

Aquella criatura, que, desde ese momento, no sé si por haberme mirado o mostrado sus lindos dientes, se había convertido en un ángel para mí, siguió su camino y yo también seguí el mío. Luego se me ocurrió volver la cara, y me encontré con que también ella la había vuelto. Y, ¡oh placer!, la vi reír otra vez.

Aquella felicidad me embriagaba.

Esos ojos negros me habían hechizado, no cabía la menor duda. Aquella niña debía tener un poder sobrenatural, irresistible.

Así se lo dije a un amigo que encontré poco después; pero como este amigo tenía más años y más experiencia que yo, se echó a reír, diciéndome:

—Vamos, estás enamorado.

—¡Enamorado! Si no la conozco, no sé quién es, ni cómo se llama, ni dónde vive... Cómo he de enamorarme, hombre, tan de buenas a primeras.

—¡Ay, amigo mío! Bien se conoce que tú no sabes todavía que el amor es el traidor más completo. ¡Allá lo verás!

Y nos despedimos.

«¡Allá lo verás!». ¿Por qué había pronunciado esas palabras como quien presagia una calamidad, o como si ya hubiese visto en mí los síntomas de la viruela?

Esto no me lo pude explicar sino algún tiempo después.

En efecto —y puedo decirlo ahora que no tengo duda—, yo estaba perdidamente enamorado. Aquellos ojos negros y aquellas sonrisas habían hecho una completa revolución en mi ser.

Desde el feliz encuentro yo no veía más que los hermosos ojos y los bonitos dientes de aquella criatura celestial. Y, ¡cosa rara!, todas las demás mujeres me parecían feas, antipáticas, insoportables.

Pasaron muchos días y no podía olvidar el encuentro; pero tampoco había conseguido procurarme otro, aunque pasé cien veces, en distintas horas, por la misma calle. Mientras tanto, mi ánimo se ponía malo. Estaba impaciente, desazonado, algo melancólico. A veces me entraban unas rabias —y esto era regularmente cuando volvía de mis inútiles excursiones—, pero como no tenía con quién desquitarlas, me conformaba con andar a puntapiés con el gato de casa.

—Estás inaguantable, muchacho —me decía mi madre—; ¿qué te ha hecho ese pobre animal?

Y yo, ¿qué le hacía para que viniese a atajarme el paso? Por esto ya verá el lector que me había puesto bruto con estar enamorado.

Después he encontrado razón a los que dicen que los enamorados se ponen, no solamente brutos, sino, lo que es algo peor, tontos rematados.

Sea como quiera, estuviese yo entonces tan bruto como tonto y enamorado, lo cierto fue que al fin volví a ver, por efecto de otra casualidad, a la muchacha de los ojos negros, y no ya en la calle sino en la puerta de su casa; porque han de saber ustedes que tenía casa, lo cual no se me había ocurrido hasta entonces, tal vez porque creía que era verdaderamente un ángel bajado del cielo.

Aquella fue una sorpresa de las más agradables de toda mi vida. No cuento ni creo que contaré otra igual.

En cuanto me vio, ya no solo se rio conmigo, sino que me llamó, después de haber mirado al interior de su casa. Me aproximé. Ella me tendió su mano y yo le alargué la mía. Me la apretó y yo también se la apreté. Iba a darle un abrazo cuando se me escapó.

Pero quedé contento. ¡Era feliz! ¡Ya sabía su casa!

A la mía llegué alegre como un loco, con ganas de abrazar a todo el mundo, incluso el gato.

Pasaron los días, las semanas y los meses, y yo también pasaba diez, veinte veces, durante el día y la noche, por la puerta de aquella casa que encerraba toda mi felicidad.

Nuestras relaciones habían ido estrechándose de día en día, en términos que ya nos tratábamos con alguna familiaridad, aunque siempre a hurtadillas.

Yo le había dicho que la amaba, que no podría soportar la vida sin ella, en fin, todo aquello que es capaz de decir un enamorado, acordándose de los enamorados de novelas, de dramas o comedias.

Ella, es claro, me pagaba con la misma moneda.

De aquí no pasaban las cosas y, por lo mismo, mi amor crecía de una manera que a mí me alarmaba.

Era ya una verdadera pasión, un delirio, una locura.

El día que no la veía por lo menos dos veces, y una de ellas no le apretaba la mano, el gato de casa tenía que andarse por los tejados.

¡Pero llegó una mañana en que no la vi porque estaban cerradas todas las puertas y las ventanas de la casa!

Y volví más tarde, y la misma soledad. Llegó la noche: oscuridad completa en toda la casa. ¡El corazón se me oprimió!

Volví a horas más avanzadas, y la misma lobreguez. Se me figuró entonces que aquella casa se había convertido en un cementerio y que dentro de él se hallaba sepultada Estela (que así se llamaba mi ángel, y ya era tiempo de decirlo).

Ya no solo el corazón sino hasta la garganta se me oprimían.

Estuve a punto de largarme a llorar.

Cuando llegué a mi casa, ¡cosa extraña!, tropecé con el gato y tuve compasión de él. ¡Lo creí tan desdichado como yo!

El día siguiente fue peor que el anterior: las puertas y las ventanas de la casa de Estela permanecían cerradas.

Al tercer día me eché a indagar en la ciudad. ¡Triste noticia!

¡Estela y su familia se habían ausentado de Valparaíso! Con destino a dónde, nadie lo sabía.

¡Ah! ¡Estela ingrata! ¿Por qué me has ocultado tu partida? Pero yo te seguiré, te buscaré toda la vida si es preciso, te encontraré al fin, pediré tu mano y, como tú me amas, te casarás conmigo.

Yo ganaba a la sazón veinte pesos al mes.

Confieso que esto no era muy lisonjero para mis proyectos, y como también perdería el empleo una vez que lo abandonase, me encontraría al fin sin un real en el bolsillo y buscando una mujer para casarme.

Esto podía ser un serio obstáculo para cualquiera que no fuese un enamorado; pero ya he dicho que yo estaba loco de amor y, sobre todo, no quería morirme de esa negra melancolía que empezaba a consumirme. Por esto me dije: si he de morir de amor por Estela, prefiero morirme de hambre, pero con ella en mis brazos.

En la noche de aquel día, más tranquilo con la resolución que había tomado, apenas me tiré a la cama cuando me quedé dormido.

II

Era un hermoso día de primavera. El cielo, el sol, el aire, la tierra, toda la naturaleza parecía haberse engalanado ese día para probar su grandeza y la grandeza de su Creador.

Mi alma se sintió alentada: parecía yo otro hombre.

Lie mis trapillos, me eché en el bolsillo todo el haber de mi caja, que consistía en unos cuantos pesos, y dando un oculto y triste adiós al hogar paterno, emprendí mi partida.

¡Lo que sufrí en mis viajes!, porque viajé mucho. Cómo tuve qué componérmelas para no perecer de hambre cuando acabé con el último centavo de mi capital; cuánto anduve y cuánto inquirí para averiguar el paradero de Estela, todo esto lo retengo en la memoria de una manera confusa, muy vaga. De consiguiente, por indescriptible, lo omito en esta narración.

Lo que recuerdo perfectamente es mi llegada a una ciudad en el estado más deplorable; pobre, extenuado, andrajoso.

Había buscado trabajo, una ocupación cualquiera, pero inútilmente: todos me miraban con desconfianza, con indiferencia o desprecio. A nadie inspiré ni interés ni compasión.

Pedí una limosna, y se me negó bruscamente. Tal vez no supe implorar, porque se me consideró muy exigente y hasta desvergonzado. Era preciso aprender a humillarse. Todo necesita arte y perfección en este mundo.

Mi situación era desesperada: estaba a punto de robar o de dar mi alma al diablo, que allá se va lo uno por lo otro. Y precisamente pensaba en esto, apoyado en un guarda-cantón, cuando se me presentó un elegante caballero, embozado en una capa, cuyo cuello le cubría lo poco de la cabeza que le dejaba libre un enorme sombrero alón.

Aquel hombre debió descubrir mi situación por el aspecto de mi semblante y de mis vestidos.

—Le necesito a usted, amigo —me dijo—. ¿Quiere usted trabajar?

—Es lo que deseo, señor —le contesté—; estoy a sus órdenes.

—Bien; sígame usted.

Y echó a andar con paso seguro y tranquilo, que daba cierta gravedad, pero también algo de siniestro a su persona.

Recorrimos media ciudad, él delante, sin volver una sola vez la cara, y yo detrás, sin retirarle tampoco un momento la vista.

«¿Para qué me necesitará este caballero?», me preguntaba yo. «¿Quién será él? ¿A dónde iremos?».

Mas de una vez estuve a punto de retroceder; pero pensaba en mi situación y seguía adelante.

Llegamos a los arrabales de la población. En esos momentos empezaba a anochecer, haciéndose más sensible la oscuridad a medida que penetrábamos en calles estrechas y cenagosas.

El temor también adquiría en mí mayores proporciones. El demonio, que horas antes había estado a punto de invocar, asaltaba mi imaginación en estos momentos. Quise rezar, y no me acordé más que de las primeras palabras de las oraciones. Estaba aturdido.

Entramos, al fin, en un callejón en que no se veía más que un edificio, estando el resto cerrado por paredes mugrientas y un tanto ruinosas. No se veía un alma en aquella lúgubre calleja, ni se sentía más ruido que el de nuestros pasos.

Allí solamente se dignó volver la cara hacia mí el siniestro personaje, diciéndome estas únicas palabras:

—Ya hemos llegado.

En efecto, golpeó el portón de la casa, dando tres golpes sucesivos.

Un minuto después se abría, dándonos franco paso.

Lejos estaba yo de esperar un portero tan distinguido, porque el que nos abrió era un segundo personaje también envuelto en una capa y de un talante tan noble y severo como el del otro.

—¿Le has hallado? —le preguntó al que me conducía.

—Aquí le tenemos —contestó.

—Me parece bien —dijo después de haber fijado en mí sus miradas.

Y cerró la puerta en seguida, echándole una gruesa barra de hierro y luego la llave.

Yo me quedé plantado en presencia de aquellos dos hombres, sin atreverme a avanzar ni a retroceder un paso. Si hubiera estado la puerta abierta, de seguro que habría echado a correr.

—No seáis cobarde —me dijo uno de ellos, que sin duda comprendió el terror que me dominaba. Venid.

Y tomándome por un brazo me hizo andar.

En aquellos momentos me acordé de mis pobres padres, que con tanta ingratitud había abandonado por seguir a una mujer que tal vez no me había consagrado ni un solo recuerdo.

Atravesamos un gran patio, al frente del cual se veía un antiguo edificio, cuyo aspecto aparecía más vetusto y siniestro con las sombras que la noche empezaba a cubrir los ángulos y galerías. Ni una luz se había encendido todavía en aquel vasto edificio.

Aquellos dos hombres me hicieron subir una escalera, yendo de guía uno de ellos, y de reserva el otro.

En esos instantes me creí en medio de dos sayones que me conducían a una mazmorra.

Luego me introdujeron en un aposento pequeño, en el cual no se veía más muebles que una cama y una silla.

—Aquí tenéis donde descansar —me dijo uno de mis huéspedes —. Entrad y dormid, si queréis, hasta que os llamemos.

Y me cerró la puerta, echándome la llave por fuera.

«¡Dormid!». Me senté sobre la cama y me entregué alargas reflexiones... ¿Quiénes serán estos hombres? ¡Ah! sin duda monederos falsos, contrabandistas, tahúres. Pero ¿qué servicio podían exigir de mí, para que hubiesen ido a buscarme a tanta distancia? ¡Tal vez eran unos bandidos, asesinos, antropófagos! ¡Y todo esto lo sufría yo por Estela! ¿Quién sabe si ella también no sufría por mí tanto o más que yo?

Poco a poco las fuerzas me fueron faltando, porque no había comido en todo aquel día. Maquinalmente me acosté y los ojos se me cerraron.

Me pareció que recién me había quedado dormido cuando sentí abrir la puerta. Sobresaltado me dejé caer de la cama, y la luz de una linterna, sostenida por uno de mis huéspedes, me hirió la vista.

—Salid pronto —me dijo.

Y obedecí en el acto, temblando de frio y de miedo.

—Seguidme —añadió.

Empezamos a bajar por otra escalera que conducía a un nuevo departamento. Allí había algunas herramientas de labranza.

—Coged una azada y una pala —me dijo.

Así lo hice, y seguimos bajando otra escalera que nos condujo a un patio interior, más pequeño y más desatendido que el de la entrada.

En esos momentos pensaba yo que iríamos a desenterrar un tesoro, tal vez tan rico como el de la gruta de Monte Cristo, cuando vi en medio del solar, a los pies del otro misterioso personaje, un bulto que me hizo estremecer: parecía el de un cadáver, mal envuelto en un sudario de tela negra.

Me aproximé un poco más, y ya no tuve duda: las formas de un cuerpo humano se dibujaban perfectamente.

Yo me detuve y dejé escapar un grito de terror.

—¡Silencio! —dijo con voz imperativa y cavernosa uno de ellos—. Otro grito y sois muerto.

A la luz de la linterna vi brillar un puñal en sus manos. Quedé horrorizado.

—¿Y qué hacéis? —me dijo el otro—. ¿No comprendéis aún? Alzad la azada y cavad la fosa.

Momentos antes no hubiera tenido fuerzas ni para levantar la azada; pero en presencia del peligro me sentí reanimado y trabajé sin cesar durante más de una hora, hasta que uno de ellos me dijo:

—¡Basta!

Tiré afuera las herramientas, y me disponía a salir de la fosa, cuando me mandaron detenerme.

Luego cogieron el cadáver, uno por la cabeza y otro por los pies, y me lo pasaron para que lo entregase a la tierra.

Al sentir el contacto y el peso de aquel cuerpo, cuyos ateridos miembros me infundieron pavor, las fuerzas me faltaron y lo largué involuntariamente. Con la caída, el cordón que ataba el saco se cortó y apareció una cabeza, la cabeza de una hermosa mujer.

—¡Estela! —grité horrorizado.

Y de un salto salí de la fosa, di unos cuantos pasos y caí sobre el pavimento.

···

Algunos momentos después empezaba ya a recobrarme de aquel horrible accidente, cuando oí decir a uno de los asesinos:

—Este estúpido nos pierde si le dejamos con vida.

—Pero antes —observó el otro—, es preciso averiguar cómo ha podido saber el nombre de esta mujer.

—De todas maneras, él mismo habrá cavado su tumba.

Yo me levanté, miré a aquellos dos monstruos y, transido, casi moribundo, exclamé de rodillas:

—¡Perdón! ¡Perdón, caballeros! Yo nada sé, nada contaré, nada...

—¡Miserable! ¿Y cómo has pronunciado su nombre? Tú la conoces y puedes delatarnos...

Y levantando el puñal sobre mi cabeza, me cogió de un brazo, me atrajo a sí, me arrastró hasta el borde de la fosa, y allí hizo un violento movimiento con el puñal.

Pero su compañero lo contuvo, exclamando:

—¡No más sangre! Esto puede remediarse. Le dejaremos con nosotros, le trataremos bien y le haremos cómplice en el crimen.

Así no será tan estúpido para que perdiéndonos a nosotros se pierda él también.

—Sí, eso es, yo os serviré como un esclavo, caballeros, disponed de mí. Soy un desgraciado, un mendigo...

—No, no —repuso el otro alzando nuevamente el puñal—. Este secreto debe quedar para siempre guardado en esa fosa. Una víctima más, pero que queden aseguradas nuestra vida y nuestra honra.

—¡Perdón! ¡Misericordia, señor!

—Que Dios os la tenga...

Un dolor agudo, una hoja helada, la del puñal, sentí en el corazón. Un grito expiró en mi garganta, y caí.

Luego siento manos que me sacuden y una voz dulce que me llama; lucho con la muerte, me reanimo, abro al fin los ojos, y veo a mi madre que me despierta.

III

Recordará el lector que me había dormido en mi casa pensando en Estela y formando mis proyectos de viaje.

Pues bien; mi imaginación se echó a viajar, sin duda con el muy loable propósito de darme una buena lección. Y a fe que lo consiguió. Quedé curado.

Sin embargo, la convalecencia fue un poco larga, porque transcurrió mucho tiempo antes de que yo pudiese olvidarme completamente de Estela, de aquel ángel de mis amores.

Hoy ya es distinto: tan sueño me parece el de la peregrinación como mis primeros amores con Estela.

Si ella se acordó alguna vez de mí, no lo puedo saber, por la muy sencilla razón de que jamás tuve noticias suyas.

IV

Miento: ocho años después, visitando un cementerio, me detenía sorprendido delante de una losa con el nombre de Estela X..., que había fallecido a los veintiséis años de edad, y un amante esposo le dedicaba aquella póstuma ofrenda como una prueba de su amor conyugal.

Repuesto de mi turbación, le consagré un recuerdo y una lágrima; y me disponía a alejarme, a huir más bien, temiendo profanar sus cenizas o turbar su reposo, cuando sentí que me tiraban de la levita, diciéndome:

—Papá, ya es hora de que nos vayamos a casa. Mamá nos estará esperando a comer.

Aquel niño era también una prueba viviente de mi amor conyugal; porque yo, como Estela, también me había casado.

Por eso dice el epígrafe:

«NOS CASAMOS»

Con la sola diferencia de que ella se casó con otro hombre, y yo con otra mujer.

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Historia de una pulga contada por ella misma

Pocos, muy pocos son los que creen en los efectos de la transfusión de la sangre, y menos todavía los que consideran posible, siquiera verosímil, la transmigración de las almas. Sin embargo, el lector va luego a ver lo que me ha pasado a mí, y en seguida a juzgar como mejor le parezca.

Confieso por mi parte que después de ese suceso he meditado mucho y casi llegado a convencerme de esto: que, trasegada la sangre de un mortal a una pulga, puede llegar muy bien a producir en este animalito un fenómeno físico que tal vez la ciencia no tarde mucho en descubrir y explicarnos.

Me fundo en mi propia experiencia, no porque yo haya sido pulga (de lo que me libre Dios), sino porque, como ya lo he dicho, a mí mismo me ha sucedido lo que voy a contar.

···

Una noche me desnudaba y metía en mi cama pensando en qué poder escribir para entretenimiento del lector. Ideas van y revuelcos vienen, iba ya atrapando, no el tema que buscaba sino el sueño, cuando comencé a sentir una comezoncita importuna y poco después una picada que me hizo saltar.

—¡Maldita! —exclamé.

—Calla, ardidoso —me dijo una vocecita que tenía todo el misterio y el agudo falsete de una mascarita.

—¡Eh! ¿quién eres?

—¡Yo!

—Pero quién es «yo», que a estas horas y en este lugar...

—¿Quién ha de ser? Una infeliz pulga...

—¡Toma, infeliz!

Y le tire un manotón; pero la picara se echó a reír, diciéndome:

—¿No yes que estoy escondida, tonto?

—Con que te escondes para insultarme, pulga insolente, traidora... ¿A ver dónde te has metido? ¡Como te pille!

—En vano me buscas y afilas tus uñas, mal agradecido.

—«Mal agradecido», ¿por qué? ¿Te debo yo algo?

—Venía por tu sangre

—¡Ah, vampira!

—Pero al ver que necesitabas asunto para escribir...

—¿Acaso pretendes dármele tú, vagabunda?

—Por lo mismo que soy vagabunda, quién mejor que yo...

—¡Qué sabes tú...!

—Elije, pues: ¿o me escuchas o sigues durmiendo? ¿Qué dices?

—Bien, te escucho, aunque no sea más que por estar acostado. ¿Qué vas a contarme?

—Mi historia.

—Así será ella! Pero qué me importa a mí tu...

—No juzgues antes de oírme.

—Habla, pues, hasta mañana si quieres, que de seguro tu historia me hará pronto roncar.

···

—Con que empiezo.

—Ya debías haber concluido.

—Has de saber que soy extranjera.

—Francesa, sin duda, por lo fresca.

—No, inglesa.

—¿Protestante o católica?

—Yo no tengo religión.

—(Vamos, esta pulga es atea).

—Como tú sabes, yo voy a todas las iglesias, sean católicas o protestantes, que para mí es lo mismo, en busca de pantorrillas.

—Ya comprendo: tú adoras, como los moros, el zancarrón.

—Justamente.

—Pero, ¿cómo has podido venir a Chile?

—No me interrumpas y lo sabrás todo.

—Ya veo que la historia va a ser un poquito larga.

—Trataré de ser breve.

Very well, miss.

—Apenas tuve uso de razón...

—Querrás decir uso de picar.

—Eso es... Apenas supe sangrar a la humanidad...

—Es lo primero que aprenden todos en este mundo...

—Apenas lo supe, determiné salir a rodar tierras.

—¡Tunanta!

—¡Qué quieres! Mi salud lo exigía así, porque iba de mal en peor en Inglaterra.

—¿Tal vez el esplín?

—No, el delirium tremens.

—¡Cómo! ¿Eras aficionada al trago?

—El ron, el coñac y demás licores espirituosos me hacían mucho daño.

—¿Y de dónde sacabas tú para el trinque?

—¡Torpe! Yo no bebo más que sangre, pero como la sangre de mis compatriotas tiene cada día más alcohol... Lo cierto es que yo apenas me oreaba, y por esto me resolví a dejar mi país. La casualidad quiso que una noche, hallándome en Covent Garden oyendo a la Patti...

—¿Tú has oído cantar a la Diva?

—¡Bah! ¡Con que he vivido con ella! ¡Si yo te contara todo lo que he visto! Como iba diciéndote, esa noche tomé la resolución de embarcarme para América, y a fin de hallar pasaje empecé a recorrer el teatro, saltando de acá para allá, de asiento en asiento y de pierna en pierna, hasta que reconocí a un hispano-americano, como por allá los llaman.

—¿Y cómo supiste que era hispano-americano? También podía ser español.

—¡Ah, no! A los españoles los conozco mucho.

—¿En qué?

—¡Vaya una pregunta! En la sangre. ¿Qué no sabes que tienen sangre azul?

—¡Es verdad! Pero tampoco tú debes ignorar que hay muchos chilenos que la tienen del mismo color.

—Te equivocas: hace ya mucho tiempo que se les puso colorada.

—Probablemente con la chicha... Pero sigue tu historia, será mejor.

—Tanto más convencida quedé de que era hispano-americano, cuanto que en esos momentos conversaba con otro, diciéndole que dentro de dos días regresaba a Chile, su querida patria, como él decía.

En efecto, esa noche salimos juntos del teatro y juntos también nos embarcamos en Liverpool... ¿Te has quedado dormido?

—Estoy oyéndote; continua no más.

···

—Mi viaje fue lleno de aventuras, peripecias y penalidades; pero quiero pasarlas por alto para no abusar de tu paciencia.

—No digas eso, pulguita.

—¿Creerás que estuvimos a punto de naufragar al entrar en el Estrecho de Magallanes? Pero gracias a mí...

—¡Cómo! ¿Tú salvaste el buque?

—Sí, aquí donde tú me ves...

—¿Quién te ha dicho que yo te veo?

—Hablo en sentido figurado. Me paseaba esa noche sobre cubierta asida del brazo... no, del pescuezo del oficial de guardia, que era el piloto primero. Rendido sin duda por el trabajo, como a las dos de la mañana el piloto comenzó a cabecear y por fin se durmió.

—De modo que el buque quedó por su cuenta.

—No, porque yo velaba y hacía la guardia por él.

—¿Tú? ¡Qué embustera!

—¡Los ingleses no mienten!

—Eso no quiere decir que no mientan las inglesas.

—¿Me insultas?

—No te enojes por eso, gringuita; continúa.

—Pues bien: yo acababa de ver una sombra por la proa.

—Tierra, sin duda.

—Ni más ni menos. Mientras tanto el vapor seguía adelante y la sombra se acercaba cada vez más. No había tiempo que perder: era preciso despertar al piloto.

—¿Y cómo lo conseguiste?

—Le di una picada que lo hizo saltar y abrir tamaños ojos.

Un momento más y estábamos irremediablemente perdidos.

—De manera que bien puede decirse que de una picada de pulga dependieron centenares de vidas. ¡Y apostaría que tu reina no te ha mandado siquiera una medallita!

—Qué había de figurarse ella ni nadie que yo... Pero no hablemos más del asunto.

—Esa modestia me encanta, pulguita. Tú no eres como otros...

—Bastante feliz y recompensada me consideré con haber cumplido con mi deber...

—¿Tu deber?

—Sin duda; ¿te figuras que Dios nos echó al mundo, así como cualquier cosa?

—Tienes razón, porque al menos ustedes parecen destinadas a ser nuestro pulgatorio en vida... Pero continúa.

···

—¿En dónde quedé?

—En el cumplimiento de tu deber.

—Eso es... Además, yo me di por suficientemente recompensada con haber salvado el pellejo y llegado buena y sana a Valparaíso, aunque algo mareada y flacucha, porque a bordo casi no comía...

—¿Tan mala era la comida?

—No, es que con el mareo...

—¿En qué hotel te alojaste a tu llegada?

—En ninguno. Vine a parar a una casa particular, en donde fui presentada por un perro que me recibió en el muelle cuando desembarcaba con el contador del buque y que echó a correr conmigo (el perro y no el contador), hasta que llegó a casa de sus amos.

Como yo venía un poco maltratada por el viaje, abandoné al perro y me eché a dormir en la cama de una de las niñas.

—Por lo visto tu no te andas con ceremonias.

—Allí, bien metidita en la frazada, dormí a pierna suelta hasta que llegó la que iba a ser mí compañera de lecho a la vez que mi víctima. Yo había despertado con un hambre... como que en todo el día no había tenido ocasión de probar bocado. Por fin la niña (¡y qué hermosa era!) empezó a desnudarse y yo a saborearme de antemano.

—¿Sabes que con tu narración me estás despertando el apetito?

—Yo me había colocado en esos momentos debajo de la almohada (verbi-gracia como ahora), y allí esperaba la ocasión oportuna para el ataque; pero viendo que tardaba demasiado, asomé la cabeza y vi que estaba vistiéndose de nuevo, aunque esta vez con traje elegante, con profusión de adornos, blondas, flores, joyas, perfumes... Solo entonces vine a comprender que iba a un baile.

—¡Buen chasco te daba!

—Pero yo no aguardé más: me lancé cama abajo, y en dos saltos estuve en posesión de una de sus mórbidas pantorrillas. «Aquí que no peco», me dije, «porque cuando las niñas están de baile no sienten ni las pulgas».

—De manera que tú tenías la pretensión de largarte con ella al baile.

—¿Y qué menos?

—Sin estar convidada.

—Un convidado convida a ciento. Y luego que para ir a un baile es ya costumbre pegársele a cualquiera, y a veces basta pegársela...

—¡Qué pulga tan mala-lengua!

—Un coche nos aguardaba a la puerta: ella salió conmigo, acompañada de su papá, y se repantigó lo mejor que pudo en los mullidos cojines, mientras que yo me holgaba entre una fina media de seda y un cutis más fino y sedoso que la media.

—¿Pero ella no te sentía?

—Es que yo me estaba sosegadita. Mas apenas llegamos a la Filarmónica, «aquí es la mía», me dije, ¡y le crucé con unas ganas!

—¡Cómo se rascaría la pobrecita!

—¡Me gusta tu ocurrencia! ¿Cómo se te figura que había de ponerse a rascar, ¡y las piernas!, en pleno salón?

—¡Es verdad!

—Precisamente es en esos lugares donde nosotras entramos a saco con toda impunidad. Cuando más solía sentir que me echaba una pierna encima y empezaba a frotarla con la otra, oprimiéndome un poco; pero lejos de causarme daño, como tú comprenderás, me hacía unas cosquillitas que me daban mucho gusto.

»No creas por esto que ella se preocupase solo de mí, porque mientras se restregaba las piernas, sostenía una alegre y amorosa conversación con un buen mozo que tenía al lado. Él por su parte parecía empeñado en ayudarla a rascarse, porque varias veces sentí que una de las huesosas piernas del joven andaba como buscándome por la de la niña.

»Esto empezaba a alarmarme un poco, cuando oí que tocaban vals y luego me sentí llevar al medio del salón. Desde ese instante comencé a temblar, o más bien, comenzaron a temblarle las piernas a mi compañera... Por fortuna esto duró muy poco, porque luego rompió el baile y pasó la zozobra, pero en cambio yo empecé a emborracharme y a perder la cabeza con tanta vuelta que me hacían dar.

»Antes de perder completamente el sentido traté de desprenderme de mi compañera, lo que conseguí solo después de grandes esfuerzos, porque me hallaba cercada por una liga.

»Como pude, cayendo y levantando, atravesé el salón y salí a la calle. La temperatura estaba fría, yo sudaba a mares, y temiendo coger un constipado me guarecí bajo el capote de un policial.

»Una hora después, el soldado me pasaba pa entro. Allí me encontré con mis primas las chinches y otros parientes. ¡Seis meses estuve en la policía!

—Es decir que te gustaba la prisión.

—Es decir que no podía salir de ella, porque con el constipado que atrapé al salir de la Filarmónica y que se agravó en las mazmorras de la policía, me imposibilité de tal modo que quedé poco menos que tullida. Pero una noche, arrastrándome como pude por el frio pavimento, conseguí llegar hasta una pequeña abertura, o cueva como ustedes llaman, atravesé un largo subterráneo lleno de vericuetos, encontrándome allí con uno de los habitantes de esas oscuras mansiones, un enorme ratón, por cuyo rabo me subí a él. Apenas me sintió, echó a correr, atravesando túneles, hasta que al amanecer llegamos al Teatro de la Victoria, en donde, como si hubiese estado aguardándonos, nos recibió un gato que en dos por tres cogió por el pescuezo al ratón, escapando yo milagrosamente gracias a haberme pasado como quien dice al enemigo.

»Desde entonces no abandoné el teatro, porque allí he vivido feliz, buena comida, abonada a palcos todo el año y en donde, esta quiero, esta no quiero, me regalo bien y estoy en estrecha intimidad con artistas, bailarinas, músicos, comparsas, etc.

—Con que es decir que tú te has venido del teatro conmigo y ahora te tengo en mi cama, pulga indecente, después de haber andado por ahí con todo el mundo, sin que se te haya escapado perro ni gato... En el acto vas a mandarte mudar...

—No creas que deseo otra cosa, con tal que tú, así como me trajiste, vuelvas a llevarme al teatro.

—¿Nada más que eso desea su merced1? Es lo de menos, y ahora mismo... Vamos, ven acá, mi almita...

—Tanto cariño... No esperaba menos de ti... aquí me tienes...

—¡Te pillé!

—¡Ah, traidor!

—Confiésate, que vas a morir.

—¡Y yo que no te creía capaz de matar ni una pulga!

—Con que me suponías tan cobarde...

—Perdóname, que soy una pulga inofensiva.

—¿Inofensiva tú? ¡Toma!

Y la hice tortilla entre las dos uñas pulgares, que así se llaman por ser el matadero de pulgas.

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El grito de la conciencia

I

Medio siglo justo hace que ocurrió en Valparaíso lo que voy a contar. Es un hecho histórico, que aún conservan en la memoria los pocos contemporáneos de esa época que han podido llegar a la presente.

También conviene advertir, por vía de preámbulo, que entonces la policía de seguridad y la justicia ordinaria se hallaban en mantillas, pero sin que de esto se derive que han llegado hoy a su mayor edad. Por consiguiente, nunca faltaba para las conversaciones de cada día el fresco tema de un salteo o de un asesinato perpetrado la noche anterior, y cuyos autores casi siempre quedaban impunes.

El puñal, la daga o la navaja sevillana se llevaban entonces, tanto por el bandido como por el hombre de bien, con la misma perseverancia con que se cargaba el rosario y el escapulario benditos. Unas y otras eran las armas sagradas de la defensa, las primeras de la defensa corporal contra el ladrón y el asesino, y las segundas de la defensa espiritual contra las acechanzas del demonio. Sin duda que estas no eran tan eficaces como aquellas —la verdad sea dicha— porque a pesar de hablarse entonces mucho del diablo, hasta el extremo de no andar más que con la cruz hecha, es lo cierto que nadie tuvo jamás ocasión de verle la cara a ese caballero, mientras que con los demonios de los bandidos tenían que habérselas cuerpo a cuerpo a la vuelta de cada esquina.

El lector comprenderá que esas precauciones contra los bandidos eran mucho más indispensables en los que tenían que subir los cerros, aunque hoy mismo —dicho sea en honor de aquellos tiempos— se emplea igual previsión, pues desde entonces acá no se ha hecho más que cambiar la daga por el revólver y perderle completamente el miedo al diablo por lo mismo que se tiene revólver.

II

Dadas estas explicaciones, para nadie será un acontecimiento extraordinario el que se encontrase cierta mañana, en una de las callejuelas del cerro de la Cordillera, el cadáver de un hombre asesinado la noche anterior. Esto se ve ahora mismo con todos nuestros progresos, y por lo tanto no tiene nada de particular que se viese entonces.

Sin embargo, la policía y la justicia se pusieron inmediatamente en acción. Era preciso castigar al asesino para satisfacer por lo menos la vindicta pública.

Esta vez la policía no tuvo que agitarse mucho, porque a las pocas horas de encontrado el cadáver dio con un hombre sospechoso, más que sospechoso, con las señales del crimen frescas aún: sus manos y su ropa estaban ensangrentadas.

En vano protestaba y juraba ser inocente. Su misma turbación y su persistente negativa le condenaban ante sus acusadores.

Fue llevado a la cárcel, situada entonces en el mismo cerro de la Cordillera, en la parte que se llamaba «Plan del Castillo» y que hoy está favorecida por los mejores edificios del barrio.

Mientras se encontraban pruebas y testigos (que eso vendría después), era preciso hacerle confesar el crimen a fuerza de azotes... ni más ni menos que como suele hacerse ahora. Se le sacó, pues, al rollo, se le ató bien a él, y empezó el duro y afrentoso castigo en presencia del pueblo para que este tomase escarmiento. Nuevas protestas de inocencia, en medio de sus lamentaciones, salían de la boca de aquel infeliz. En vano aseguraba una y otra vez que la sangre de sus manos y de sus vestidos no eran de otras víctimas que las inmoladas en el matadero.

—¡No soy asesino! —exclamaba—; ¡soy carnicero!

Pero ¿qué había andado haciendo ese carnicero, así ensangrentado, por un barrio en que acababa de cometerse un asesinato? Y luego que un carnicero es sanguinario por hábito y por instinto... No había duda: él era y debía confesar su crimen. Los azotes continuaron hasta que el presunto criminal, presunto carnicero, o carnicero y criminal a la vez, no pudo sufrir más y perdió el sentido...

III

En esos momentos se acercaba a un grupo de espectadores una mujer ya algo avanzada en edad, no mal traída, y de rostro severo y un tanto rudo, pero no vulgar.

—¿Qué están haciendo con ese hombre? —preguntó.

—Azotándolo —contestó secamente uno de los curiosos.

—¡Pobre! ¿Y por qué lo azotan?

—Nada más que por una muerte que hicieron anoche cerca de la Aduanilla —dijo un tercero.

La mujer se conmovió visiblemente, aunque sin llamar la atención de nadie, porque en esos momentos y en esas circunstancias cualquiera se hubiera sorprendido como ella.

—¿Y le echan la culpa a él? —preguntó en seguida con vivo interés.

—Como que lo han encontrado lleno de sangre...

—Pero él dice que esa sangre no es del difunto —agregó otro.

—Así debe ser, dijo ella con acento de convicción. Ese hombre es inocente.

—¿Cómo lo sabe usted, señora...? ¿Lo conoce tal vez?

—No..., pero yo sé que él no ha sido...

—¡Cómo! ¿Usted sabe acaso...?

Cuantos habían ido rodeando a aquella mujer empezaban a fijarse en ella con suma atención.

—Yo no sé nada... Únicamente he oído decir... En fin, todo lo que puedo asegurar es que ese hombre no es el hechor.

—Entonces, señora —dijo uno de los interlocutores en tono bastante acentuado—, usted se encuentra en el deber de poner en conocimiento de la justicia todo lo que sabe o lo que ha oído.

—No, no puedo; eso es imposible —repuso ella un tanto turbada.

El grupo, mientras tanto, había ido creciendo hasta el extremo de hallarse la mujer completamente encerrada.

Quiso salir y no pudo.

IV

En esos momentos se sintió un grito desgarrador: era del reo, que al recobrar el conocimiento recobraba también la sensibilidad.

—¿Ha oído, señora?

—¡Infeliz! —exclamó ella.

—No es así como usted debe compadecerlo.

—Pero, ¿qué puedo hacer yo?

—Confesar lo que sabe.

—¡Jesús!

—De usted, solo de usted depende el martirio y tal vez la vida de ese desgraciado. ¿No es verdad? —agregó dirigiéndose a los demás.

—¡Sí! ¡Sí! —contestaron todos.

—Me parece que debemos dar parte de esto —observó uno.

—Eso es, cabal —asintieron otros.

La mujer, algo confundida, empezó a vacilar.

En ese instante comenzaron nuevamente los azotes.

Una exclamación de dolor mezclada de rabia se escapó de todos los que formaban el grupo.

La misma mujer no pudo contenerse por más tiempo y dijo con resolución:

—¡Dios me perdone! pero, ¡debo salvarle!

Y en efecto, se abrió paso, primero rompiendo el grupo, que siguió tras ella, y luego penetrando en la compacta muchedumbre que rodeaba el rollo.

—¡Basta!, ¡Ese hombre es inocente! —dijo al estar cerca de la víctima y de sus verdugos.

Sorprendidos estos, maquinalmente suspendieron la ejecución; pero luego volvieron en sí, e iban a continuar de nuevo, cuando se les mandó detenerse en nombre de la justicia.

—¿Tiene usted algo que exponer? —le preguntó uno de los agentes.

—Lo que he dicho ya: que este hombre es inocente.

—Pero eso no basta. ¿Puede usted probarlo?

—Sí.

—¿Conoce usted al autor del crimen?

—Sí, ¡por desgracia!

—¿Su nombre?

—Eso no, no puedo...

—Entonces caerá sobre usted todo el rigor de la ley...

—¡Sálveme, por el amor de Dios, señora! —exclamó el reo con voz angustiada y desfallecida—. ¡Soy un hombre de bien!, ¡tengo hijos!

El pueblo, consternado, unió sus clamores a los de la víctima.

La mujer, trémula, el semblante cadavérico, estaba aturdida y batallando horriblemente con su corazón y su conciencia. Por fin, amenazada como se veía de parte de la justicia, conmovida por el reo y aterrorizada por el pueblo, exclamó con voz ahogada por el dolor y que apenas alcanzaron a oír los que estaban más cerca:

—El nombre del asesino... ¡no puedo...! ¡es mi hijo!

Y cayó como herida de muerte.

V

¿Hizo mal aquella madre en delatar a su propio hijo? ¿Debió, por el contrario, sacrificar a un inocente? Júzguese el hecho como se quiera, lo que hay de cierto es que el grito de la conciencia sofocó en esos momentos la voz de la naturaleza.

VI

Cómo aquella honrada madre había tenido conocimiento del crimen de su hijo, es lo que vamos a decir ahora en dos palabras. Cansada ya de darle buenos consejos empapados en lágrimas, se había dedicado a espiarle los pasos para evitar sus extravíos siempre que le fuese dable. Le seguía a todas partes como su sombra. Desgraciadamente esa noche llegó tarde para evitar el crimen: cuando quiso interponerse, su hijo arrancaba ya el puñal del pecho de la víctima. No tuvo, pues, más tiempo que para maldecirlo y aconsejarle que huyese.

Por fortuna para esa desventurada madre, el hijo delatado por ella misma no pudo ser aprehendido. Esto la consolaba. En cambio, aquella fiera, desde la guarida en que se había asilado huyendo del castigo, juró vengarse cuando supo que su madre lo había delatado. Ella se ocultó, no por temor a la muerte, que más bien la deseaba, sino por el temor de morir a manos de su propio hijo, a quien amaba a pesar de sus crímenes.

Pero una noche que subía el cerro, con el corazón agitado por el cansancio y sobre todo por un triste presentimiento, vio a un hombre que bajaba con cierta cautela. Era su hijo, disfrazado; pero a pesar del disfraz y de la oscuridad de la noche, lo reconoció en el acto. Cuando ella quiso ocultarse, ya él la había reconocido también y se dirigía adonde estaba.

—¡Qué intentas, desgraciado! —exclamó ella con la entereza del que está resignado al sacrificio.

—¡Cómo qué intento!

—Sí, ¿qué quieres de mí?

—¿Yo? Nada, señora... Sé que usted me ha delatado, y huyo... porque no quiero morir por su causa.

—¡Por mi causa! ¡Esto me faltaba! ¡Ah! si hubieses oído mis consejos!

—¡Siempre con sus consejos...! ¿Qué más quiere? Bastante ha conseguido con haberme hecho renunciar a mi venganza.

—¿Y te atreves a decírmelo?

—Debo confesar que tuve esa negra idea, pero... no quiero ser más desgraciado... Prefiero irme... Conque, adiós... tal vez para siempre...

—Bien: huye, huye, hijo mío, que te buscan por todas partes. No te expongas, porque yo también moriría. Vete, pues, ¡y que Dios misericordioso guie tus pasos por mejores sendas!

—Por última vez, adiós, señora.

—¡Adiós, hijo...!

Abrió los brazos y quiso estrechar a su hijo contra su corazón; pero ya él había vuelto la espalda sin inmutarse y sin apretar siquiera la mano de su madre.

Y aquella madre, después de exhalar un suspiro al verlo alejarse, siguió su camino, desalada, deshecha en lágrimas y fundando todavía esperanzas en el arrepentimiento de su hijo.

VII

¿Se arrepintió al fin? Nadie lo supo. Únicamente pudo saberse que, embarcado con otros criminales en la fragata "María Isabel" (entonces "O'Higgins"), la cual salió con la Chacabuco para el Atlántico llevando una expedición de aventureros, espió sus crímenes encontrando una tumba en el Cabo de Hornos, donde se sepultó con el buque en medio de un mar agitado como su vida, y de una noche tempestuosa y negra como su alma.

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El primer amor de mi amigo Andrés

I

Era la tarde de un domingo de junio, y con esto queda dicho que esa tarde era dos veces triste, primero por ser de invierno, y segundo por ser de esos días que no sé por qué en Valparaíso hemos dado en llamar festivos.

Pero mentiría si dijese que ese día participaba yo de la tristeza general. Tenía en mi bolsillo diez pesos disponibles, no sabía aún lo que eran hábitos de economía —ni tenía tampoco por qué saberlo— y esto me había puesto de buen humor. En fin, aquellos diez pesos eran para mí lo que un rico habano en poder de un buen fumador: no veía la hora de que se me hiciesen humo.

II

Esa ocasión debía llegar pronto, y llegó, en efecto, sin necesidad de ir en su busca. Todo fue topar con uno de mis amigos íntimos, darnos las buenas tardes, decirle yo que tenía unos diez pesos para gastos imprevistos, y él exclamar en el acto:

—Qué coincidencia! Diez que a ti están dándote comezón, y otros diez que a mí me están haciendo cosquillas, son veinte tentaciones de que debemos desprendernos ahora mismo para evitar los malos pensamientos.

—Soy de tu misma opinión... El espíritu debe estar siempre tranquilo... Pero, ¿a dónde vamos?

—Dios dirá, que no somos novelistas para ponernos ahora a formar planes que luego veríamos desbaratados.

—Tienes razón: iremos a la ventura, lo que, si no es propio de novelistas, por lo menos es más novelesco.

—Mientras tanto, ¿has comido?

—Aún no; ¿y tú?

—Tampoco; lo cual quiere decir que de aquí nos vamos al café, gastamos unos cinco pesos, y lo demás para la noche.

—Aceptado.

III

Dicho y hecho: nos fuimos al Café de la Bolsa, nos hicimos servir de lo mejor, comimos bien (que allí nunca se come mal en llevando con qué), nos bebimos dos botellas de vino y dos copas de coñac, encendimos nuestros puros (que así los llaman, aunque sean impuros), pagamos y por supuesto salimos más alegres que lo que habíamos entrado.

Una vez en la calle —serían las siete de la noche— sentimos unas ráfagas de viento norte que hicieron exclamar a mi amigo:

—¡Diablo! Esto promete.

—Y no llevamos paraguas —le observé yo.

—Lo cual —agregó él—, puede costarnos por lo menos la pérdida de nuestros sombreros.

—¿Qué hacemos entonces?

—Ir cada uno en busca de sus artículos de invierno.

—Convenido.

Y quedando de reunimos a las ocho en la Plaza de la Victoria, él tomó por su lado y yo por el mío.

IV

Siempre puntual a toda clase de citas, me encontraba ya en la plaza cuando vi acercárseme a un individuo que me dijo:

—Aquí me tienes, Fernando.

—¿Con que tú eras, Andrés? No te había conocido.

—Casi otro tanto me ha pasado a mí.

En efecto, los dos estábamos poco menos que disfrazados con nuestros sombreros y botas de agua, el sobretodo al brazo y el paraguas a guisa de bastón.

En esos momentos arreciaba el viento, sacudiendo los pimientos de la plaza, que con sus flotantes ramas nos acariciaban voluptuosamente el rostro.

—¿Y qué hacemos? ¿Para dónde tiramos? —me preguntó Andrés mirando al cielo—. El agua va a caer pronto.

—Tanto mejor: así nos veremos obligados a meternos en la primera puerta de uso público que encontremos abierta.

—Pero esto no impide que desde luego tomemos un rumbo cualquiera.

Y esto diciendo, se cogió de uno de mis brazos y echó a andar conmigo.

Entramos por la calle de la Victoria, que, si bien estaba alegremente alumbrada como de ordinario, en cambio sus aceras se veían esa noche casi desiertas, sobre todo de faldas, que tan incompatibles son con el viento como horror tienen a la lluvia.

Esta misma soledad hacía notable y doblemente simpático el bulto de una dama cualquiera. La mujer que sale a arrostrar los rigores del tiempo tiene mucho de ese misterio seductor que envuelve siempre a las que se suele encontrar por la calle en las altas horas de la noche, vayan solas o acompañadas. ¿Va sola? ¡A dónde irá! ¿Lleva compañero? ¡Quién será él! En el primer caso, uno desea acompañarla y servirla; en el segundo, se envidia la suerte del compañero. Sospechosas o no, siempre esas parejas llevan algo de poético —la poesía del misterio— en medio de la soledad de una noche tempestuosa o de una noche avanzada.

V

Si a lo dicho se agrega que nosotros íbamos con el ánimo preparado a una aventura y un si es no es apuntaditos, se comprenderá que nos llamase mucho la atención un bulto de mujer joven que pasó por nuestro lado, envuelta en un amplio manto que el viento parecía querer arrebatarle. Su paso era tan rápido, y tan descuidado su andar, que Andrés dijo al verla:

—Esa muchacha va en alas de un pensamiento amoroso. ¿A dónde irá a dar?

—Si su cara es como su cuerpo —observé yo—. Y qué pie tan pequeño...

El viento y la luz del farol próximo nos habían hecho el servicio de dejarnos ver ese interesante detalle, clave casi infalible para conocer si una mujer es bonita o fea.

—Sigámosla —me dijo Andrés con entusiasmo al columbrarle el pie.

—¿Y si es fea? —le observé yo.

—¿Y si es bonita? —me dijo él.

No tuve qué replicar.

La joven, mientras tanto, nos había adelantado mucho, porque no caminaba, sino que corría. Iba como una devota después de la tercera seña. Cualquiera hubiera creído que huía de nuestra persecución; pero no era así, porque ni siquiera había vuelto la cara hacia atrás y quizá no nos había ni visto al pasar por nuestro lado: tan preocupada parecía ir.

VI

Como una cuadra necesitamos aligerar el paso para acercarnos a ella.

En esos momentos comenzaron a caer algunos goterones. La joven, cubriéndose mejor la cabeza con el manto, aceleró más el paso.

—No tenga usted cuidado, señorita, que nosotros llevamos paraguas —le dijo Andrés.

La joven volvió la cabeza y nos miró apenas, sin interrumpir su rápida marcha.

Si la calle no hubiese estado tan solitaria, habríamos creído que la joven no sabía que era a ella a quien nos dirigíamos.

—No corra tanto, hijita —volvió a decirle mi compañero.

Aunque esta vez se la trataba con más familiaridad o con más licencia, ella no se dio ni por entendida.

—¿Si será tonta? —me dijo Andrés a media voz.

—O tal vez sorda y muda —agregué yo.

Habíamos llegado a la boca-calle de la Merced.

—¿Muy lejos va usted, señorita? —me atreví yo a preguntarle.

Todo lo que hizo fue atravesar la calle para tomar la acera opuesta. Entonces pudimos ver su perfil, perfectamente dibujado por la claridad de la luz.

No nos habíamos engañado: era joven y bonita. Su porte y cierto aire de distinción en todos sus movimientos nos hacían creer además que no era una muchacha cualquiera.

—¿Sabes que tiene todas las trazas de una señorita? —me dijo Andrés.

—¿Señorita, y sola por la calle como una costurera?

—Al fin veremos en dónde entra.

Seguimos espiándola, pero disimuladamente, para lo cual determinamos no cambiar de acera.

Al llegar a la boca-calle de San José tomó con dirección al barrio de las Delicias.

—¡Qué tal la señorita! —exclamó Andrés deteniéndose—, ¡se dirige a los cuartos diablos!

Ambos nos quedamos perplejos, sin saber si debíamos avanzar o no. Semejante barrio en semejante noche nos infundía cierto temor. ¿Quién nos decía que esa niña no fuese un demonio en figura de ángel y que nosotros no cayésemos en un lazo?

Instintivamente nos llevamos las manos a los relojes.

—Qué importa! —dije yo—. ¿No hemos venido a aventurar?

—En ese caso no dejemos que se nos pierda de vista —agregó Andrés siguiendo casi de carrera en pos de la joven, y yo tras él.

En el mismo instante teníamos que abrir nuestros paraguas porque la lluvia se había descolgado con fuerza.

VII

Después de algunos pasos yo me detuve vacilante y estuve a punto de renunciar a semejante empresa, dejándola confiada a Andrés solo; pero luego pensé que él podía ofenderse y seguí adelante, aligerando la marcha para alcanzarlos. Anduve un largo trecho y nada vi. Llegué hasta la calle de las Delicias; luego volví a desandar una buena extensión; varias veces, en fin, recorrí la calle, yendo y viniendo, lo observé todo, y nada; ambos se me habían perdido.

VIII

He aquí lo que sucedió, según lo supe después. La joven había llegado a la iglesia parroquial de los Doce Apóstoles y desaparecido como una visión.

—¡Pechoña Frailera! —exclamó Andrés deteniéndose en la puerta—. Pero es preciso desengañarse —agregó entrando resuelto en la iglesia.

Creía haberla perdido e iba ya a retirarse cuando tropezó manos a boca con la joven y un religioso. Ella al verlo dio un pequeño grito; Andrés quedó también aturdido, y el sacerdote, dirigiéndose a él:

—¿A quién busca usted, joven? —le dijo.

—¿Yo...? Vengo... Como está lloviendo... a traer el paraguas...

—¡Ah! —exclamó el religioso, siguiendo en dirección a la calle.

—Deme usted la maleta, señorita —dijo Andrés a la joven, ya repuesto de su turbación—. No deseo más que servir a la humanidad, y como buen cristiano acompañar al Divino Sacramento.

La atribulada joven debió conocer la ternura, la piedad y la veneración que había en las palabras de Andrés, porque sin vacilar le entregó el sagrado depósito; a su turno Andrés le pasó su paraguas y siguió tras ella cabizbajo, sin poder darse cuenta cabal de tan inesperado lance.

IX

Mientras tanto, yo estaba calle arriba y calle abajo, sin poder explicarme aquella doble desaparición y temiendo por Andrés, cuyo carácter resuelto e irreflexivo le hacía cometer imprudencias a cada paso.

Me disponía ya a retirarme, porque la lluvia era cada vez más copiosa, cuando divisé tres bultos y luego reconocí a la joven, a mi amigo, y lo que me sorprendió más, a un sacerdote.

«Vamos —me dije—, este demonio de Andrés me ha jugado una broma haciéndome concurrir de sorpresa a algún matrimonio clandestino.»

Esta sospecha duró poco, porque al acercarme a él me dijo sacando la maleta de debajo de su sobretodo y mostrándomela con un respeto muy poco acostumbrado en él:

—Amigo mío, hoy somos otros: aquí tenemos a Aquel que nos lleva el consuelo y el perdón tal vez en los únicos momentos de la vida (los próximos a la muerte) en que nos acordamos de Él.

—¿Y tú piensas ir ahora al lecho de un moribundo?

—Y tú también.

—¡Locura! Eso sería por lo menos una imprudencia.

—¿Por qué? ¿Hay algo de malo? Tú conoces mi carácter: el corazón me dice que hago bien, y no vacilo en obedecerle. Me acompañarás ¿no es cierto?

—Hasta donde sea posible y nada más.

X

Habíamos llegado a la calle de la Victoria. En esos momentos pasaba un carro; pero la joven, a pesar de la lluvia y de la distancia que debíamos recorrer, no pensó en hacerlo parar.

Andrés debió comprender esta clase de distracción y se apresuró a repararla.

El carro se detuvo y subimos todos.

El sacerdote no parecía preocuparse de nosotros: quizás nos tomaba por parientes de la joven y hasta debió ver en nuestros semblantes reproducido el dolor con que ella nos había, por decirlo así, contagiado.

«¿Qué vida preciosa», nos decíamos, «inquieta y atormenta a esta joven? ¿Es la de una madre o hermano, de un esposo o de un hijo?»

XI

Por fin la niña hizo parar el carro. Estábamos frente a la calle de las Monjas.

Andrés bajó el primero, dio la mano al religioso y en seguida hizo otro tanto con la joven, abriéndole el paraguas.

—Mil gracias —nos dijo ella con acento conmovido—. Hasta aquí no más. Ya estoy cerca de casa...

Y quiso devolver a Andrés su paraguas. Esto era como decirnos: «¿a qué se molestan ustedes más?».

—No se detenga usted, señorita, que el padre la está aguardando —le dijo Andrés—. Por lo mismo que su casa está cerca, nada nos cuesta ir.

Fuese por deferencia a nosotros, fuese por no hacer esperar al padre, fuese por no estar con el ánimo para ceremonias de etiqueta, o fuese simplemente por no perder el tiempo, lo cierto es que no insistió, siguiendo con el sacerdote por la calle de las Monjas hacia el cerro, y nosotros en pos de ambos.

Confieso que yo iba de mala gana, me asaltaban ciertos escrúpulos, llevaba hasta miedo, porque me parecía que íbamos a cometer un sacrilegio después de nuestros proyectos profanos de la tarde.

—¿Qué hemos de hacerle? —me decía Andrés—. El hombre propone y Dios dispone.

Así discurríamos cuando empezamos a sentir los ecos de una zamacueca, luego las armonías del piano y por último todos esos detalles que dan animación y colorido propio al más popular de nuestros bailes.

Al atravesar por la puerta de la casa en que así se pasaba esa triste noche de invierno, me dijo Andrés con amargura:

—¡Mira la que hemos perdido!

—Di mejor: «¡de la que nos hemos librado!».

Hablábamos así porque conocíamos esa casa.

Pero, no sé por qué, en esos momentos la zamacueca nos pareció por lo menos una impertinencia.

El sacerdote aligeró el paso, porque aquel canto debió hacerle el mismo efecto que a los de adentro les hubieran producido los maitines.

XII

Terminada la calle de las Monjas y después de torcer un callejón, la joven se detuvo y golpeó la puerta de una casita, casita pobre, pero de aspecto agradable, situada casi al mismo pie del cerro.

La puerta se abrió, entraron el religioso y la niña, volvió a cerrarse la puerta y nosotros tuvimos que meternos debajo del alero de la casita para preservarnos de la lluvia.

—Deja esa maleta, Andrés, y vámonos, que nada más tenemos que hacer aquí.

—Yo no me voy sin despedirme de ella... No sé por qué ha despertado en mí tanto interés...

—Eso va pareciendo amor.

—No, no es más que el sentimiento de la compasión. ¿Te fijaste en su rostro1? Está marchitado por el dolor.

—Y suponiendo que así sea...

XIII

En esos momentos se abrió la puerta y apareció la joven.

—Caballeros —nos dijo—, dispénsenme ustedes... estoy aturdida con la enfermedad de mi papá...

—Con que es el papá de usted —le dije yo.

—Lo siento en el alma —agregó Andrés.

—Pero, gracias a Dios, lo veo mucho mejor: se ha quedado sosegadito... Pasen ustedes a esta otra pieza.

Y nos abrió la puerta inmediata. En seguida recibió la maleta de manos de Andrés y volvió a entrar en la pieza del enfermo.

XIV

Nosotros penetramos en la que nos había abierto y tomamos asiento.

No se necesitaba de mucha observación para conocer que nos hallábamos en el hogar de una familia pobre; pero a pesar de la aglomeración de muebles, trastos y demás objetos que había en aquel pequeño cuarto, se notaban el aseo, el buen orden y hasta el buen gusto. Allí se veía la mano delicada de la joven, criada tal vez con mejor comodidad y quién sabe si hasta en medio de la abundancia y del regalo.

Desde luego nos llamaron la atención algunas cabecitas que empezaron a levantarse de dos camas que había casi juntas. Dos niños dormían en cada una de ellas. Aquellas criaturas, la mayor de las cuales no tendría más de seis años, nos miraban con toda su inocente curiosidad, cuchicheando entre sí.

—Son bomberos —dijo el mayor—; tienen botas.

Los demás abrieron desmesuradamente los ojos al oír la palabra «bomberos».

Yo me acerqué a ellos, los acaricié con cariño y regalé veinte centavos a cada uno.

—¿No ven? —dijo el mismo niño mirando con júbilo la moneda—. ¿No ven como eran bomberos?

¡Hasta en la fugaz imaginación del niño se eleva la figura del bombero como el tipo de la generosidad y del desprendimiento! Sin embargo, nosotros no teníamos de bomberos más que las botas

XV

Del mismo modo que los niños habían sacado deducciones de nuestras botas y de nuestra dádiva, nosotros estábamos observando con curiosidad aquel cuadro de familia para sacar en limpio algo más que lo que hasta entonces sabíamos, cuando oímos tocar la puerta.

—¡Entre! —gritaron en el acto y casi a la vez los cuatro niños.

Con sorpresa nuestra apareció la figura de un joven bastante decente y bien parecido. Al vernos, él también se sorprendió tanto o más que nosotros.

Después de dirigirnos un saludo frio y casi forzado, preguntó a los niños por su hermanita. Nosotros nos apresuramos a contestar por ellos y hasta cierto punto a hacer los honores de dueños de casa, invitándole a tomar asiento mientras llegaba la persona a quien buscaba.

El joven se sentó de mala gana y con cierta reserva.

Andrés por su parte no le despegaba la vista.

Yo por la mía observaba a los dos.

Después de algunos instantes de silencio, interrumpido solo por el ruido de la lluvia y de las ráfagas de viento que hacían crujir la casita, el desconocido nos dijo:

—¿Supongo, señores, que ustedes son parientes de la familia?

—No tenemos ese honor, caballero —se apresuró Andrés a contestarle en tono un poco áspero.

—Una casualidad nos ha traído aquí por primera vez —agregué yo en seguida más familiarmente.

—No deben extrañar ustedes mi pregunta —nos dijo el desconocido—, porque así me lo exige mi deber.

—¡Ah!, sin duda usted es el protector de la casa —dijo Andrés con su acostumbrada franqueza.

—Sí y no; confieso que algo de eso me trae siempre por aquí.

La palabra «siempre» pareció acentuarla intencionalmente.

—En ese caso —dijo Andrés—, creo que nunca habrá venido usted más a tiempo.

—Así lo he creído desde el momento que los vi a ustedes.

—Hablemos claro, joven —me apresuré yo a decir al ver que el diálogo iba avivándose más de lo conveniente—, ¿tiene usted algunas sospechas de nosotros?

—Seré franco, ya que así lo quieren: sospecho que ustedes visitan a Anita.

—¿Y qué habría con eso? —dijo Andrés.

—Que ustedes le harían tal vez un grave daño.

Andrés se sonrió.

—No sabemos ni quién es Anita —dije yo.

—¿De veras? —exclamó el joven con alegría—. Anita es una niña pobre, pero rica, muy rica en virtudes; es la hermanita mayor de estas criaturas, a quienes alimenta apenas con su trabajo, porque ya hace tiempo que su padre está postrado, sufriendo con resignación sus dolencias físicas, aunque no así el dolor de ver a sus hijos pasar por la miseria y muchas veces hasta por el hambre.

—¿Y usted qué ha hecho mientras tanto? —le preguntó Andrés con cierta sorna.

—Todo lo que nos permite hacer la escasez de nuestros fondos en medio de tanto pobre que con justicia los reclama.

—¿Por ventura es usted miembro de alguna sociedad de beneficencia? —le pregunté yo con interés.

—De la de San Vicente de Paul —me contestó él—. Precisamente he venido a dejar algunos bonos a la pobre Anita...

XVI

En esos momentos sentimos un grito agudo y lastimero en la pieza vecina. Los tres salimos atropellándonos, empujamos la puerta, entramos y casi caímos sobre el cuerpo de Anita, que estaba exánime en el suelo, mientras que en la cama se veía un cadáver: era el de su padre, que había expirado sin que notasen su agonía.

El religioso se ocupaba en esos momentos en verter agua en un vaso para dar a la joven.

No necesitamos preguntar lo que había ocurrido, porque aquel cuadro tenía toda la elocuencia muda y sombría de la muerte.

En medio de nuestra sorpresa acudimos en socorro de Anita, que levantamos con solicitud de hermanos, apresurándose el sacerdote a hacerle beber agua.

La joven recobró luego el sentido; pero se precipitó desalada sobre el cadáver de su padre, que abrazó con efusión, cubriéndole de lágrimas, besos y caricias.

Ninguno de nosotros se atrevía a decirle ni una palabra de consuelo, temiendo turbar esas expansiones del amor filial.

—Los corazones sensibles necesitan esos desahogos —dijo a media voz el religioso—. ¡Bienaventurados los que lloran!

Y arrodillándose al pie de la cama, se puso a orar, no sé si implorando perdón para el alma del difunto, o si pidiendo a Dios resignación para el alma de la joven.

XVII

Trabajo nos costó apartar a Anita del cadáver de su padre y llevarla a la habitación inmediata, en donde, al ver a sus hermanitos, se deshizo nuevamente en lágrimas y lamentos. Los niños, aunque sin comprender todo el alcance de su desgracia, también rompieron a llorar, partiéndonos el alma.

Andrés y yo —¡cosa rara!— que nos considerábamos hombres de mundo, de alma serena y duros de corazón, acostumbrados como estábamos a pasar por otras emociones que creíamos más fuertes, allí no podíamos casi hablar, y a veces se nos escapaban con las lágrimas sollozos tiernos como los de un niño.

Y —¡cosa rara también!— contrastaba notablemente con nuestra congoja la tranquilidad de espíritu, que rayaba casi en impasibilidad, del religioso y del joven hijo de San Vicente de Paul. ¿Acaso eran ellos insensibles ante la desgracia? No, sino que estaban familiarizados con ella, como nosotros con el placer. ¡Sabe Dios si en medio de una orgía aquel joven pudoroso no apuraría hasta las heces la copa del deleite, así como nosotros apurábamos en ese instante la de la amargura! Nos era del todo desconocido aquel espectáculo, y de ahí la vehemencia de nuestras impresiones. Así como una casualidad fatal hace extraviar a la virtud de la senda del bien, una casualidad feliz nos extraviaba a nosotros de la del mal

XVIII

—Vamos ahora a nuestro puesto, en donde tal vez nos esperan para llevar el socorro a otro moribundo —dijo el religioso en actitud de despedirse.

—Andrés, ¿no le acompañamos? —pregunté por lo bajo a mi amigo.

—Es nuestro deber —me contestó; y dirigiéndose en seguida a él, le dijo—: ¿Nos aguardaría usted un momento? Deseamos ir juntos.

—Con mucho gusto, amiguitos míos —dijo el sacerdote.

—En ese caso, voy por la maleta —dijo Andrés, haciéndonos disimuladamente señas a mí y al joven hijo de San Vicente de Paul para que saliésemos.

Cuando estuvimos en el cuarto contiguo, que ya se había llenado de vecinas, Andrés nos llevó a un rincón y me dijo casi en secreto:

—Dame lo que tengas ahí.

—Muy bien pensado —le dije yo, comprendiendo su propósito y entregándole todo el dinero que encontré en el bolsillo.

—Esto y lo que me queda a mí —dijo él desocupando a su vez el suyo—, lo entregamos a usted —agregó pasando el dinero al joven—, para que nos haga usted el favor de dárselo de limosna a esa pobre niña en nombre de la santa Institución a que usted pertenece.

El joven que nos había parecido impasible ante la muerte, se conmovió entonces hasta el extremo de abrazarnos, con asombro de las vecinas que no sabían explicarse aquella rara escena encima de un cadáver.

—Siento en el alma —dijo Andrés—, no tener más dinero en este momento, pero queda de mi cuenta el cajón para el difunto. Quiero dar algo en cambio del placer que he sentido esta noche; ¡hasta he llorado!

Esta vez fui yo el que dio a Andrés un abrazo, suplicándole me dejase cargar con la mitad de los gastos del ataúd.

—No —me dijo—; tú pagarás el entierro.

—Convenido.

—Mañana mandaré el ataúd en nombre de la Sociedad de San Vicente de Paul.

—Y en el mismo nombre, yo los papeles.

—Pero con la condición —dijo Andrés al joven—, de que usted no dirá a Anita ni una palabra de todo esto.

—Lo prometo: queda solo entre nosotros y Dios que sabrá premiar esta obra.

Y salimos, partiendo en seguida con el religioso que ya nos esperaba en la puerta.

Como la hora era ya algo avanzada y la lluvia continuaba con fuerza, yo me despedí pronto, encargándose Andrés de acompañar al sacerdote hasta la iglesia parroquial.

XIX

Al día siguiente, en la cama aún, recibía esta cartita de Andrés:

Fernando: al abrir los ojos mi primer pensamiento ha sido consagrado al compromiso que contraje anoche en tu presencia. Tengo la mejor voluntad, Dios lo sabe, para cumplir mi palabra; pero, también lo sabe Dios, no tengo "un cristo". Acaso tu te encuentres en mejor situación que yo, y en este caso mándame lo que puedas porque quiero ir pronto en busca del ataúd prometido.

     Tuyo.

     Andrés.

Al pie le contesté en el acto:

¡A buen árbol te arrimas! Estoy más pobre que la cabra, y acuérdate que yo también me he comprometido. No sé qué hacer. ¡En buenas nos hemos metido! Ven pronto para que arbitremos recursos. Te espero.

     Fernando.

XX

Trascurrieron dos horas y Andrés no aparecía.

Alarmado con esta demora me puse a vestir, cuando lo vi llegar con una calma incomprensible. En el acto descolgué mi reloj y le dije pasándoselo:

—Toma, por Dios, que no hay tiempo que perder.

—¿Para qué? —me preguntó.

—Para que lo empeñes.

—Es inútil.

—¡Cómo inútil! ¿Qué ha ocurrido?

—Nada.

—Pero, ¿has olvidado nuestro compromiso?

—Ya está todo arreglado, ataúd y derecho.

—Cómo! ¿De dónde has sacado dinero?

—Tú no más tendrías reloj...

Había empeñado el suyo antes que yo el mío. Esta acción casi me hizo avergonzarme.

—Guárdalo —me dijo—, que otra vez puede tocarte a ti. No ha de ser esta nuestra última aventura. ¡Nos ha ido tan bien en la primera!

Y dejó escapar un suspiro.

—¿Esas tenemos, Andrés? ¿Tú suspirando? ¿Qué te pasa?

—No sé... desde anoche...

—Vamos, la hermosa Anita sin duda...

—¿Yo enamorado?

—¿Y qué otra cosa?

—No, Fernando, es el alma adormecida que de repente despierta sobresaltada. Esa buena obra me la ha sacudido fuertemente y es natural que la haga gemir.

Y mientras esto decía Andrés, sus negros ojos se le humedecían y brillaban con las lágrimas como brillan las flores con el rocío.

—¡Ah! —exclamó al ver que yo me fijaba en él con asombro y pena—; no sabía que Dios pagaba tan bien estas pequeñas obras! Las lágrimas de dolor que enjugamos a nuestros semejantes, nos las devuelve convertidas en otras tantas de felicidad.

—Luego, no era amor el tuyo.

—¿Amor? Sí, sin duda; pero amor al prójimo.

Y sin decir más, Andrés, el alegre, el tronera Andrés, salió grave, casi solemne, completamente trasformado por su primer amor, el amor al prójimo.

·

índice

Se la llevó el diablo

I

Era un día de diciembre. ¿De qué año? No hay para qué saberlo, porque esto no hace al caso.

Más que el año, importa saber el día, que era víspera de Pascua de Navidad, y así queda dicho que la Noche Buena estaba para caer con todo su infernal bullicio, con ese inmenso alboroto que, si bien se comprende en los niños y en ciertas gentes del pueblo tan locas como los niños, no tiene explicación fundada tratándose de la clase más decente y por lo mismo más grave de la sociedad.

Sin embargo, y sea dicho en honor de la verdad, yo mismo que creo tener un si es no es de gravedad, me he alborotado muchas veces con la Noche Buena. ¿Por qué? Nunca me lo he sabido explicar, y así no se encontrará extraño que menos sepa darme razón de los alborotos ajenos.

Todo lo que puedo decir es que el 24 de diciembre, apenas despierto, empiezo a sentirme en una atmósfera deliciosa, impregnada de aromas —los aromas de la albahaca y del clavel— que me embriagan y entusiasman como en ningún otro día del año.

Sea aprensión o lo que fuere, lo cierto es que ese día lo encuentro todo con olor a clavel y albahaca.

Creo que bajo esta misma influencia debió escribir un amigo otro la siguiente carta:

Diciembre 24.     

Querido amigo:

No sé por qué, pero he amanecido hoy de tan buen humor, que estoy dispuesto a aprovecharlo a toda costa. Desde luego me propongo ir esta noche al baile de máscaras en traje de carácter —de diablo— y si tu ánimo está como el mío, te espero en el teatro. Contéstame inmediatamente.

Tu afmo. amigo

     Daniel.

Apenas había trascurrido media hora, recibía la siguiente contestación:

Daniel:

Cuenta conmigo, que también iré en traje de carácter, de macaco.

Tuyo

     Fernando.

Hombres que para ir a un baile se trasforman en diablos y monos, dan una perfecta idea, más que de su carácter, como Daniel y Fernando parecían hacerlo entender, de la disposición de ánimo en que se encuentran.

Daniel, o sea el diablo, era un mozo de 26 años, es decir, un hombre ya formado, de robusta constitución, festivo, galante, buen amigo, en fin; pero por su temperamento ardiente era tan susceptible de buenas como de malas acciones, según las circunstancias.

Fernando, por el contrario, tenía toda la calma y la sensatez que dan una naturaleza reposada y una vida de 36 años con sus vicisitudes y sus decepciones más o menos amargas.

Tales eran esos dos amigos que pronto tendremos ocasión de conocer mejor.

II

A las diez de la noche de ese día, Valparaíso estaba desconocido. Usando la expresión de nuestros personajes, pudiera decirse que se hallaba también en traje de carácter: a su animación ordinaria, al movimiento del trabajo, del tráfico mercantil e industrial, había sucedido la agitación y la algazara de los aturdidos grupos, de las muchedumbres ávidas de hacer paréntesis a una existencia de interminable labor y fatiga.

La población, ordinariamente medio dormida a esas horas, aquella noche se hallaba toda despierta: estaba en pie, se agitaba, recorría las calles, mercados, plazas, etc., comiendo, bebiendo, gritando, cantando. En una palabra, se divertía, gozando cada cual a su manera.

La Plaza de la Victoria era el centro a que convergían los paseantes de todas clases y condiciones, desde la aristocrática dama que acudía allí a tomar el fresco y a ver a las mascaritas atravesar la plaza en medio de las turbas de insolentes muchachos, hasta el muy plebeyo pillo que iba en busca de las apreturas para bolsiquear impunemente.

En esa plaza es donde esa noche huele a Pascua más que en ninguna parte, porque allí no es una ilusión el aroma del clavel y de la albahaca: allí trasciende de los ventorrillos una mezcla confusa de perfumes, perfumes de flores, licores, fiambres, fritos, asados y cocidos.

III

Ya hemos dicho que eran las diez. Justamente a esa hora se sintió una gritería, mezclada de rechiflas, por uno de los ángulos de la plaza, a la vez que una turba de hombres y niños se precipitaba sobre una máscara.

Esa máscara era el diablo, que con gran dificultad podía abrirse paso por entre los que lo acosaban. Pero cansado al fin de pugnar, apeló al último recurso, sus buenos puños, y solamente así, derribando a varios de aquellos majaderos, logró atravesar la plaza y ganar el teatro.

Penetró en la gran sala, que ya se encontraba ocupada por centenares de máscaras, así como los palcos invadidos por una multitud de espectadores de los dos sexos y de diversas condiciones, todos con sus caras festivas, con verdaderas caras de Pascua.

El movimiento, la música, el murmullo general, los cascabeles de la locura y del polichinela, las carcajadas de los bufones, aquella inmensa variedad de trajes y colores, realzada con una brillante iluminación, todo esto y mucho más formaban allí un conjunto cuya confusión o desconcierto guardaba, sin embargo, la más perfecta armonía con las condiciones inherentes a fiestas de esa clase.

Momentos después de haber entrado el diablo en el salón, empezaban los preludios de la zamacueca en el harpa y la guitarra, lo cual había sido como el toque de generala dado a ese regimiento de danzantes que ya se mostraban impacientes por entrar en acción.

Las máscaras salían de todas partes a tomar sus respectivos puestos. Pronto se vio por lo menos unas cien parejas o eslabones que formaban aquella cadena que se extendía a lo largo de la sala esperando solamente el primer verso, o más bien, la primera letra para empezar la danza.

No hay descripción posible en una zamacueca de baile de máscaras. Quien no haya tenido ocasión de verla, puede formarse siquiera una idea de ella sabiendo que allí baila el que sabe y el que no sabe, con gracia o sin ella, con moderación o desenfreno. Tratando de caracterizar cada cual su papel, baila el minero y baila el huaso, el marinero y el soldado, el fraile y la monja, el futre y el descamisado.

Pero lo más característico de aquella lamentable profanación de nuestro baile popular se ve en la parte extranjera, en esa porción que se llama flotante, o sean capitanes, pilotos, contramaestres, etc., de los buques que a la sazón se hallan en Valparaíso. Con la franqueza del marino, ávidos de diversión, contentos de la amable hospitalidad de sus amigas, se echan a navegar a todo trapo en aquel vasto océano, sin rumbo ni gobierno y sin pensar siquiera en los escollos ni en las consecuencias de un naufragio.

La zamacueca es lo más sencillo de este mundo para un inglés. Unas cuantas mudanzas y sacudidas de pañuelo, con sus correspondientes saltos, vueltas y morisquetas, y los tenemos hechos unos cuequeros consumados.

A pesar de tanto inglés y alemán, el diablo no había podido resistir a la tentación de tomar parte en aquel tumultuoso baile, escogiendo por compañera a una humilde monja que parecía andar buscando los rincones del salón para huir de aquel profano bullicio. Pero una vez en poder del diablo, a las pocas palabras este se había visto obligado a decirle:

—Si no me engaño, hermana, habéis errado la vocación.

—¿Y por qué no ha de ser el diablo —dijo la monja—, el que ha errado esta noche el camino, tomando el de la gloria por el del infierno?

—¡Gracioso fuera que en una noche como esta el diablo tomara el camino del infierno!

—Pero yo creo que mucho mejor se estaría el diablo en su casa.

—Esto sería bueno si las monjas se estuvieran también en la suya. Además, siempre el diablo está bien en todas partes.

—Y mucho mejor —agregó la monja—, en donde puede hacer sus conquistas, ¿no es cierto?

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

—De las que vos no estaréis muy libre, ¿no es cierto también? —dijo el diablo, inclinando la cabeza para ver el rostro de la monja por debajo de la careta.

—Eso, ¡quién sabe...!

Y se llevó la mano a la careta.

—¿Sabéis bailar?

—Este demonio es muy tentador —dijo la monja, impulsándolo suavemente hacia los grupos de danzantes.

En esos momentos el diablo pensaba que el demonio tentador no era otro que la mismísima monja.

Lo cierto es que el diablo y la monja se echaron a bailar zamacueca en medio del asombro general que produjo semejante contraste.

A la zamacueca siguió una polka, a la polka un schottis, y el diablo con la monja bailaban cada vez con más ganas.

Mientras tanto, el salón se había ido llenando de gente, creciendo también la animación y la alegría.

Pero el mono no aparecía. En vano Daniel miraba de vez en cuando y en medio del baile hacia todos los ámbitos del salón.

Y ya era la media noche.

IV

Pensaba Daniel en los inconvenientes que pudiera haber tenido Fernando para acudir a la cita, cuando siente que la monja se le escapa de los brazos, que lanza un grito y cae, pasando por encima una pareja de danzantes, que era la que tan bruscamente se había estrellado contra ella.

El público estalló en risotadas que hicieron en el diablo peor efecto que la caída de su compañera. Corre a levantarla, y ciego de cólera se lanza en seguida sobre la imprudente pareja, la cual se componía de dos hombres, uno de ellos disfrazado de vieja. Coge a la vieja por la cofia, la atrae hacia sí, la hace perder el equilibrio, cae en seguida y arrastra consigo a su compañero. Los danzantes que seguían en pos de ellos tropiezan y caen también, sirviendo a su vez de obstáculo o de banquillo a los demás.

Aquel fue un hacinamiento de hombres y mujeres, de donde salían los alaridos de estas y las imprecaciones de aquellos, confundiéndose con la hilaridad general que semejante descalabro había producido en el público espectador.

Deshecho aquel nudo, pudieron levantarse los dos primeros danzantes, y furiosos se precipitaron sobre el diablo, quien los recibió con una sangre fría admirable. Un diluvio de puñetazos le caía encima, pero sin que le alcanzara ninguno, porque se limitaba a parar los golpes, retrocediendo cuanto le era posible. Así recorrió un gran espacio del salón hasta que convencido de la poca táctica de sus adversarios y de lo mucho que habían desperdiciado sus fuerzas, empezó por acometerlos, asestando el primer golpe a la vieja, cuya máscara saltó por el aire, y uno de cuyos ojos debió recibir de lleno el mojicón, porque se le vio llevarse la mano a él, quedando desatentada y fuera de combate. El otro aprovechó ese momento para dirigirle un golpe recto, que resonó en el pecho del diablo; pero este, lejos de desanimarse, crio nuevos bríos y se echó con todo el cuerpo sobre su enemigo. Tan vigoroso fue el impulso, que lo hizo rodar, arrastrando con dos de los espectadores, yendo él mismo al suelo envuelto con los demás. Se levantan, y entonces son tres los que acometen con el diablo. Pero este se defiende con denuedo y reparte bofetadas, puntapiés y cabezazos sobre cuantos se ponen a su alcance.

Sin embargo, se ve tan acosado, hace una resistencia tan tenaz y desesperada, que sus fuerzas y su agilidad ya le abandonan. En efecto, le menudean tanto los golpes, que ya no le dan tiempo a pararlos; y cree que va a ser rendido, despedazado, cuando ve que sus agresores dividen sus fuerzas entre él y otro raro personaje que empezaba a tomar parte en la riña.

Era un mono, o sea Fernando.

Llegaba muy a tiempo y sobre todo muy de refresco, porque emprendió el ataque con un arrojo que puso en alarma a todo el teatro.

Las colleras empezaron a multiplicarse, porque todos acudían en auxilio de sus amigos o de los combatientes de sus simpatías.

La gresca tomaba proporciones colosales, y en vano gritaban de todas partes:

—¡Orden! ¡Orden!

—¡Basta!

—¡Fuera! ¡Fuera!

—¡Que lleven al diablo preso!

—¡Ese mono intruso para la policía!

—¡Qué hace esa monja que no se lleva a su diablo!

—¡Calle la boca ese bruto!

—¡Más bruto será el que lo dice!

La zalagarda era completa.

Inútilmente se agitaba la policía en medio de aquellos furiosos, muchos de los cuales peleaban sin saber por qué ni por quién.

Se redobló al fin la fuerza, y arrastrado el tumulto fuera del salón, poco a poco fue disolviéndose y calmándose la borrasca.

V

El diablo, el mono y la monja, después de reunirse y felicitarse mutuamente por el feliz desenlace, acordaron instalarse en un palco a fin de hacer creer a la multitud que habían estado muy lejos de sufrir una derrota.

Se posesionaron; pues, del palco con todos los aires de vencedores.

En aquellos felices tiempos la caballería andante tenía sus neófitos en Valparaíso. Había individuos que no iban a los bailes de máscaras sino a desfacer entuertos y vengar desaguisados. Aunque nuestros personajes no eran de este número, daban, sin embargo, gran importancia a las glorias caballerescas.

Conversaban alegremente sobre los incidentes de la refriega, haciendo una exposición de las contusiones y arañazos que había sacado cada uno, inclusa la monja, que decía estar molida con el golpe origen de aquella descomunal batalla, cuando el mono fijó su atención en una pareja de dos máscaras que recorrían el salón a pasos mesurados y como buscando a alguna persona. Sus trajes, dominó celeste, hechos de fina tela y adornados con delicado gusto, su talante, la gravedad de sus pasos, el empeño que parecían poner en huir de los tumultos, el desdén con que rechazaban los mimos o dichos punzantes de las otras máscaras, todo esto daba a aquellas dos mujeres un carácter distinguido, una dignidad desconocida en la generalidad de la gente que acude a los bailes populares.

Para Fernando era esa la oportunidad de emprender una aventura, y pronto, antes que otros pudieran ser los afortunados.

—Bueno será que bajemos al salón —dijo—, porque aquí estamos malgastando un tiempo precioso; solamente nos quedan dos horas.

Y las tres máscaras dejaron el palco, bajando las escaleras, Daniel con su monja, y el mono solo, saltando y haciendo piruetas, con gran peligro de llevarse por delante a alguno de los concurrentes y originar alguna nueva camorra.

Pronto el mono, que so pretexto de caracterizar su papel se había adelantado a sus compañeros, se encontró con las dos encantadoras máscaras de dominó celeste. Fuera por lo grotesco del traje de Fernando o por otra causa, lo cierto es que el mono les llamó mucho la atención, y una de ellas particularmente lo miró repetidas veces, como queriendo reconocerlo.

—Te equivocas —le dijo el mono—, no soy yo el que tú piensas, pero tú sí que eres la que yo busco.

La máscara a quien se dirigía Fernando pareció tomar a lo serio aquellas palabras, porque trató de esquivar la presencia del mono. Este la siguió.

—¿Te asustan mis palabras, mascarita? Yo soy un mono inofensivo. Me han hechizado tu garbo y tu hermosura y vengo a ofrecerte mi amistad. ¿La quieres aceptar?

La máscara siguió muda, limitándose a alargar la mano al mono, que este se apresuró a apretar fuertemente.

—Mucho me honro y me felicito de esta confianza, mascarita de mi alma. ¿No tenéis compañeros?

Un movimiento negativo con la cabeza fue la única contestación de la máscara.

—Entonces, dame el abrazo.

Y antes que se lo entregase, graciosamente el mono lo tomó y lo colocó entre el suyo, quedando la otra mascarita asida del brazo de su compañera.

Así empezaron a pasearse por el salón, ellas sin despegar los labios, y el mono hablando por los tres, puesto que él mismo tenía que contestar a las preguntas que les hacía y que las máscaras aprobaban o negaban simplemente con movimientos de cabeza.

VI

El diablo y la monja no perdían su tiempo: bailaban un valse sin temor a un nuevo fracaso.

Terminado el baile, dijo Daniel:

—Parece que el mono ha hecho fortuna, y es preciso que le busquemos.

—¡Envidioso! Cuidado, que anda con dos.

La monja se ponía celosa.

En ese momento se encontraban con el mono y sus compañeras.

Hecha la presentación de estilo, siguieron juntos el paseo, atrayéndose todas las miradas, porque aquellas dos damas eran lo mejor que había en el teatro.

Daniel empezaba a lamentar el compromiso de su monja, porque la mascarita que iba del brazo de la compañera del mono era muy joven, adolescente todavía, según lo demostraba en su andar, en su timidez, en su recato. ¡Y qué cuerpo! Esbelto, elegante y gracioso.

Daniel se ponía de mal humor: la monja empezaba a serle una carga insoportable.

Y ya eran las dos de la mañana.

«¡No cargará el diablo con ella!», decía Daniel para sí, sin acordarse que justamente era el diablo el de la carga.

El mono, entre tanto, hacía esfuerzos inauditos por arrancar una palabra siquiera a su mascarita; pero en vano. Al fin se le ocurre una idea: la del refresco. Era preciso convidarlas al café.

Hecha la invitación, fue aceptada en el acto por la monja, y luego también, aunque con alguna resistencia, por parte de la misteriosa desconocida.

El café en esos momentos parecía inexpugnable: tal era la abundancia de parroquianos y parroquianas. Las cabezas estaban en el más alto grado de efervescencia. El bullicio, la sofocación, la espesa atmósfera que allí se respiraba eran capaces de descomponer el cerebro mejor organizado.

Nuestros conocidos y las desconocidas penetraron al fin en aquel laberinto, verdadera Babilonia, especie de infiernillo que hizo un efecto repulsivo en el mismo diablo.

A duras penas consiguieron posesionarse de una mesa.

El mono, después de consultar el gusto de sus compañeras, empezó por pedir helados y dulces para ellas, y cerveza para él y para el diablo.

La monja aceptó también los helados y los dulces, pero...

—¿No habrá cazuela? —preguntó.

A medida que se come y se bebe, sube de punto la curiosidad del mono por descubrir a su encantadora desconocida; pero nada, ni una palabra sale de sus labios. ¡Horrible sospecha! ¿Será muda?

El diablo por su parte está cada vez más enamorado de la otra desconocida y deseando que la cazuela le dé una indigestión a aquella condenada monja que en mala hora fue a sacar de los rincones por donde andaba haciendo su papel.

A su vez la monja, no obstante los dulces y la cazuela, empezaba a ponerse de mal humor con los cumplimientos que el diablo hacía a aquella tontuela que, según ella creía, pretendía darse importancia haciéndose la guagüita. Pero no por esto deja la monja de comer con apetito devorador y estimulada además por el diablo, que le pide otra cazuela, a ver si revienta.

VII

Embebidos en sus amorosos coloquios se hallaban el diablo y el mono, que no habían parado su atención en varios individuos en estado de ebriedad que se les acercaban, dirigiendo primero algunas indirectas a las mujeres, y luego insultos groseros a ellos mismos. Esa peligrosa vecindad fue notada únicamente al sentir el mono algo que daba bote en su cabeza, y lo cual no era otra cosa que un corcho de botella que le había lanzado uno de los truhanes.

El mono se levanta amostazado y pregunta la causa de semejante provocación. Por toda respuesta recibe el mono un empellón que lo hace caer sobre la mesa, dando vuelta al plato de caldo que con tanto apetito se engullía la monja.

Aquellos individuos —¡oh monja fatal!— eran los mismos que se habían estrellado contra ella en los momentos que bailaba con el diablo y que, habiendo salido mal parados de la gresca, iban en busca de la revancha.

El mono saltó como un tigre sobre uno de ellos, y el diablo sobre el otro. Sin duda que hubiesen dado mejor cuenta de aquellos tunos sin el desorden general que se formó en el acto: todos los hombres entraron en la lid, a pesar de los gritos suplicantes y despavoridos de las pobres mujeres.

Pero tan estrecho era el lugar, que los combatientes, deseando mejor terreno, se dejaban impulsar por los mozos del café y por los soldados de policía, quienes hacían los mayores esfuerzos por despejar aquel campo, cuya devastación empezaba ya por las sillas, mesas, botellas, vasos, etc., etc.

La avalancha salió por fin a la plaza, seguida de una multitud de curiosos y de aficionados al pugilato, Allí el tumulto fue mayor, porque se agregaron todos los que estaban agrupados a la entrada del teatro y a los ventorrillos cercanos.

La riña tomaba proporciones alarmantes, se hacía más encarnizada y más tumultuosa.

Las venteras empezaban a tomar rajas de leña, porque los combatientes iban a dar contra sus mesas, causando lamentables destrozos.

El mono mismo, a pesar de su fresca cabeza y de su extraordinaria agilidad, no pudo evitar, al sentirse cogido por la cola, de ir a dar con su cuerpo en un brasero, metiendo la mano a una sartén con grasa que por fortuna no estaba muy caliente.

Pero tan pronto el mono no había sacado la mano de la sartén a medio freír, cuando la ventera lo cogía por la cola, quedándose con ella en la mano y por añadidura una buena lonja de la parte trasera del traje.

El diablo, por su parte, se batía como un león. Hacía destrozos, a pesar de que sobre él cargaba el mayor número y lo mejor de la partida; pero como tampoco le faltaban buenos defensores, sus esfuerzos no eran perdidos.

Con un poco de atención se hubiera podido observar que la desconocida del diablo se hallaba en esos momentos grandemente excitada, lo mismo que la del mono, si bien esta no podía ocultar su desesperación por no poder penetrar entre el grupo en que se hallaba comprometido su compañero.

Interminable hubiera sido aquella contienda sin los esfuerzos de la policía, cuyos soldados cogían de a dos, tres y cuatro de los combatientes y los empujaban por la puerta de su cuartel, como si se tratase de salvar las víctimas de un gran incendio. (En esa época, la puerta del cuartel estaba a pocos pasos de la del teatro).

VIII

Apaciguada al fin esta tempestad, tan común en los bailes de aquellos tiempos y sin las cuales no había baile bueno, las máscaras empezaron a retirarse, según el estado en que quedaban, unos con dirección a sus casas y los otros al salón de baile.

El mono fue de estos últimos, no obstante la falta de su rabo. A los pocos pasos se encontró con su misteriosa dama que, agitada, llena de sobresalto, le preguntó por la otra máscara.

Y debía ser mucho su interés, cuando por primera vez en toda la noche se atrevía a hablar al mono, aunque disfrazando la voz.

El mono nada sabía de aquella niña; pero creía que pronto la hallarían en el salón o en alguno de los palcos.

Entraron ambos, lo recorrieron todo, buscaron, indagaron, pero sin hallar ni noticias.

Una cruel angustia se apoderaba de la desconocida. El mono mismo empezó a inquietarse y a sentir aquel incidente que ponía a su compañera en una situación que él no esperaba.

Salieron en seguida a la plaza, y no encontraron ni a la joven ni al diablo.

Volvían nuevamente al teatro cuando toparon con la monja.

—Señorita, ¿habéis visto a mi amiga? —se apresuró a preguntar la desconocida.

La monja soltó una carcajada.

La desconocida tembló de temor y de cólera.

—¿Qué significa esa burla? Parece que sabéis algo...

—Sí, la he visto —contestó la monja—, estaba con el diablo.

—¿En dónde?

—Aquí afuera.

—¿Y a dónde se han ido?

—¡Quien sabe!

—Ya aparecerá —dijo el mono tratando de calmar a su compañera.

Entonces la monja agregó con sorna:

—Sí, ¡ya aparecerá...! Se la llevó el diablo...

La desconocida miró con cierto desprecio y repugnancia a la monja y se apartó de ella seguida por el mono.

Una vez solos y no pudiendo ya sufrir por más tiempo tan cruel incertidumbre:

—¡Fernando! —le dijo con voz natural.

El mono retrocedió asustado y miró a aquella mujer que acababa de pronunciar su nombre y en cuya voz había reconocido la de su esposa.

—¡Fernando! —prosiguió—, este es el resultado de tus locuras. ¿Dónde está, por Dios, nuestra hija?

—¡Imprudente! —exclamó, o más bien rugió Fernando—. ¡Cómo te has atrevido a traer esa niña al baile! Estas son las verdaderas locuras, cuyas consecuencias ya estamos palpando.

—Pero dejémonos de inculpaciones, porque no hay tiempo que perder. ¿No oíste las palabras de esa mujer: «se la llevó el diablo»?

Fernando estaba aturdido. En esos momentos se agolpaban a su imaginación funestos recuerdos, le asaltaban los más fatales presentimientos. Pensó en Daniel, y se acordó de que era capaz de todo. De otra manera tampoco se habría ausentado con ella.

—Pero Elisa, ¡cómo Elisa ha podido seguirlo! —dijo Fernando dando una patada en el suelo y crispando los puños.

—Todavía no lo puedo creer, Fernando —le dijo su esposa—, vamos y busquémosla aun en el teatro. No perdamos tiempo.

Apenas habían entrado, las luces se apagaban para decir a los concurrentes: el baile ha concluido, y buenas noches.

Las máscaras salían en tropel, como a escape. Era un rio que se desbordaba, que salía de madre. Fernando y su esposa tuvieron que hacerse a un lado para no ser arrebatados por aquella impetuosa corriente.

Un minuto bastó para que todos salieran. El teatro quedó desierto, lóbrego. Ni el diablo ni Elisa habían pasado.

Los dos esposos salieron mustios, desalados y sin pronunciar palabra. ¿A dónde dirigían sus pasos?

Recorrieron la plaza, que aún se hallaba poblada de gente, penetraron en todos los cafés, visitaron cuanto lugar concurrido podía haber en los contornos y, ¡nada, absolutamente nada!

Los dos esposos hacían esa verdadera via crucis culpándose recíprocamente de aquella desgracia, lanzándose las más fuertes recriminaciones.

—Sin la maldita carta de ese Daniel —decía su esposa a Fernando—, y que en mala hora fuiste a dejar olvidada, yo jamás habría ni pensado en venir al baile a espiar tus pasos, bien lo sabes. Pero la leí, por desgracia, y no pude dominarme.

—¡Y trajiste a tu hija!

—Sola yo, mi reputación habría corrido peligro. Además, yo no podía suponer esta fatalidad...

—Pero Daniel —decía Fernando como hablando consigo mismo—, no puede ser capaz, a pesar de sus calaveradas, de cometer conmigo una infamia. No, ¡imposible!

—Desgraciadamente él no puede saber que Elisa es tu hija, porque no la conoce, ni Elisa tampoco sabe que andábamos contigo, porque no era propio decírselo. De manera que si ella, como es muy probable, ha continuado guardando el incógnito, ese hombre no tendrá ocasión de manifestarte su lealtad de amigo.

Fernando veía que su esposa tenía razón, y se desesperaba cada vez más.

En esos momentos, entrando otra vez a la plaza, a pocos pasos dieron nuevamente con la monja, que en medio de una bulliciosa comparsa de pierrots cargaba grandes ramos de flores y paquetes de dulces; todo lo cual, sin contar las cazuelas, podía considerarse como el resultado del botín de aquella noche de baile.

En cuanto vio al mono con su dama, les gritó alzando sus ramos:

—¡Adiós! ¡Adiós! ¿Apareció la perdida?

Y se echó a reír con todos los pierrots, quienes, dicho sea de paso, no sabían hasta entonces por qué se reían, si no era de la soberana turca que llevaban encima.

—¡Sí! ¡Aquí está la perdida! —dijo una voz, la voz del diablo, que en ese momento salía con su compañera del cuartel de policía, frente a cuya puerta pasaba la monja con sus amigos cuando había pronunciado aquellas palabras que se apresuró a contestar el diablo.

Elisa estaba, pues, salvada, porque no se la había llevado el diablo, como dijo la monja.

Los dos esposos respiraron.

Cómo el diablo y Elisa fueron a parar a la policía, se comprende perfectamente por las recogidas que los soldados hicieron en los momentos de la riña en que el mono había caído a la sartén.

Fernando, que no quería descubrir a Daniel que aquellas dos mujeres eran su esposa y su hija, mientras no supiese por él mismo cuanto hubiese acontecido, aparentó despedirse de ellas para retirarse con su amigo, ejemplo que fue imitado por este, partiendo todos en distintas direcciones.

IX

Al día siguiente los dos amigos se hacían las más íntimas confidencias sobre sus aventuras de la noche anterior. Viendo Fernando que nada tenía que reprochar a su amigo, ni menos avergonzarse de su condición de esposo y de padre, dijo a Daniel:

—Ahora vas a saber la verdad: te hemos chasqueado, y perfectamente.

—¡Cómo! —preguntó Daniel con asombro.

—Aquellas dos mujeres eran mi esposa y mi hija.

Daniel se quedó pensativo y luego dijo:

—No, no puede ser.

—Pues es la verdad, y no te pese, porque nos hemos divertido.

—Sí, nos hemos divertido, es verdad —dijo Daniel con tristeza—; pero esto es lo que se llama jugar con fuego: yo salgo quemado, y muy quemado, amigo Fernando. Francamente, ¿y por qué he de negarlo?, tu hija me ha encantado, sobre todo al conocer su belleza; porque en el cuartel se le cayó la careta por una casualidad y tuve ocasión de admirar aquel rostro angelical. Tienes, Fernando, una hija hechicera.

Fernando se encogió de hombros, como diciendo: ya pasará ese fuego y esa ilusión de una noche fantástica y embriagadora. Pero era la verdad: Daniel estaba realmente enamorado de Elisa, y con un amor como no había sentido otro igual. La revelación que acababa de hacerle Fernando había avivado más el fuego de su pasión.

Fernando se despidió ese día de Daniel, dejándolo persuadido de que había sido víctima de una farsa formada entre él su esposa. Pero no había sido así, como ya lo sabe el lector. La farsa verdadera tenía por objeto no darle a saber que su esposa había encontrado la carta e ido al baile con el fin de espiarlos.

X

El 24 de diciembre del año siguiente, Fernando y Daniel asistían nuevamente al baile de Noche Buena; pero esta vez como simples espectadores; completamente transformados, Fernando con su esposa y Daniel con la suya; porque han de saber ustedes que el diablo estuvo a punto de morirse de amor por su ángel, hasta que Fernando y su esposa le otorgaron la mano de Elisa.

La revelación de la monja se había cumplido:

Se la llevó el diablo.

·

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Por un reloj

Uno de estos días vacíos de noticias locales me decía el editor:

—¡Vaya que está pobre la crónica!

—Eso ya lo sabía yo.

—¿Y entonces?

—Pero si no hay nada.

—En eso está la gracia: en saber crear de la nada.

—¿Soy yo acaso el Hacedor Supremo?

—¿Y no posee usted el precioso don que Él le ha dado, el de la inventiva? Invente.

—Es que yo escribo crónica, hechos...

—Pues escriba hechos, aunque sean falsos.

—¡Qué oigo! ¿Y las resultas?

—¡Dale! En eso está el talento: en saber engañar.

—¿En el Mercurio, en este diario respetable, voy a permitirme...? Lo desconozco, señor; usted me desmoraliza, señor editor.

—Al contrario, hombre; usted puede moralizar con la mentira más escandalosa del mundo.

—No comprendo.

—¡Válgame Dios!

—Y a mí también.

—¿No tiene usted imaginación?

—Me parece que sí.

—Pues escriba fantasía, novela, en fin, mentiras.

—¡Ah! Comprendo ahora.

—Me alegro.

—Pero es el caso que yo no sirvo para las ficciones.

—Se toman de la realidad, y asunto concluido.

—¿Y a dónde voy yo a buscar esas realidades?

—Iré yo...

Y sin decir más, algo disgustado dio media vuelta por la derecha y se marchó.

···

«¡Buena cosa!» quedé diciendo yo para mí. «¡Que vaya a ponerme ahora a inventar! ¿Y cómo se inventa...? Pensando, sin duda... Pues pensemos».

Hinqué los codos en la mesa, dejé caer la cabeza en mis dos manos, y pensando, pensando... cuando menos lo pensé me quedé dormido.

···

Un fuerte grito dado por un amigo vino pronto a despertarme bruscamente.

—¡Eh! ¿Así se gana la plata?

—¿Qué plata? El papel, querrás decir.

—Lo mismo da.

—Te equivocas, que hoy da mucho menos, y en cambio piden por todo más.

—Siempre quejándote.

—Yo no me quejo. Digo la verdad cuando se ofrece.

—¡La verdad! La verdad es que dormías.

—Te habrá parecido... Ahhhh...

—Y bostezas sin embargo con unas ganas... ¿Qué hacías entonces?

—Estaba pensando.

—¿De ese modo? ¿Y en qué pensabas?

—Creo que en nada.

—No, eso no te lo creo. Tal vez quieres ocultarme algo.

—Bien: siéntate y te contaré lo que me pasa. Has de saber que estoy en un serio compromiso.

—¿De veras?

—Cuando te digo... Si tú pudieras sacarme... Porque a mí no se me ocurre con mi pobre imaginación... Tú que eres rico...

—¡A buen árbol te arrimas! Si supieras cómo me encuentro con tanta suscripción, y tanto impuesto, y limosnas, y...

—No te alarmes, que lo que yo necesito es más sencillo...

—Ni duro ni sencillo...

—No me interrumpas: se trata de un artículo que me piden...

—¿Qué clase de artículo? ¿Trigo? ¿Cebada? ¿Mantequilla?

—¡Qué tengo yo que ver con todo eso! ¿Soy acaso negociante? Es un artículo de diario.

—¡Acabáramos...! ¿Y de cuándo acá es para ti un compromiso escribir artículos?

—Desde hace un momento. ¿No se le ha puesto al editor que yo mienta?

—¿Y eso te asusta?

—Es el caso que yo no sé inventar: carezco de fantasía, de ingenio; en fin, soy en esto muy pobre, pero pobre de solemnidad. Tú que eres rico de imaginación...

—¿Yo rico de imaginación? Pero aguarda un poco... Eso es: te contaré lo que acaba de pasarme.

—¿A ti?

—Sí, a mí. ¿O te figuras que a mí no me puede pasar nada?

—¡Cuánto me alegro!

—Y te aseguro que es la pura verdad.

—Justamente es lo que necesito: realidades.

—Por supuesto tú lo adornarás como quieras.

—Y así voy a hacer creer a mi editor que todo es obra mía, de mi exclusiva invención. Voy, pues, a darle gusto, engañándolo, mintiéndole.

—Pero no vayas a poner mi nombre.

—Pierde cuidado; empieza ahora mismo, que hasta se me ha ido el sueño.

···

—Tú me conoces bien, ¿no es verdad?

—¿Y a qué viene eso ahora?

—Sabes que mi único defecto, y perdona la modestia, es ser uno de los amantes más consecuentes del bello sexo, sin distinción de clases.

—Y tan consecuente, que eso ya te ha traído más de un compromiso... Pero ¿me vas a referir alguna de tus aventuras amorosas?

—Ni más ni menos.

—¡Hum!

—Óyeme primero.

—Continúa, hombre, continúa.

···

—Empezaba a cerrar la noche...

—¡Qué modo de principiar! Porqué no dices mejor: empezaba a abrir la noche...

—¿Acaso la noche se abre?

—Pero si tú también la cierras, no hay noche. Eso es claro como la luz del día.

—En fin, empezaba la noche...

—¿Qué noche?

—Una de la semana pasada: no importa la fecha. Empezaba a cerrar la noche y salía yo del hotel...

—¿Tampoco dices qué hotel?

—Ponle el nombre que quieras. Salía yo del hotel para hacer mi paseo de costumbre por el malecón después de la comida, cuando veo salir de un almacén de la calle de Blanco una muchacha pobre, pero bien tratadita, con el manto a la cabeza y llevando un envoltorio o paquete que apenas podía.

—¡Cómo! ¿Se lo habría robado?

—No; luego me fijé en el almacén, y vi que era el taller militar.

—¡Ah! ¡Ah! Alguna de esas costureritas por que tú te desvives.

—Exactamente.

—Ya decía yo que sería costurera, porque... por la hebra se saca el ovillo.

—La calle estaba solitaria, como se encuentra siempre a esa hora. Yo traté de acercarme a la muchacha, pero ella como que me huyó el bulto. Luego se detuvo, miró a uno y otro lado, sin duda para ver si se acercaba un coche, y en seguida echó a andar resueltamente con dirección al Almendral.

»Yo seguí tras ella. Me gustaba su porte y tenía curiosidad de verle la carita. Pero luego noté que ella me daba unas miradas de vez en cuando y apretaba más el paso.

»"Sin duda es una muchacha honrada —me dije—; si no, al conocer mi intención habría hecho todo lo contrario... También puede ser astucia suya. ¡Son tan diablas algunas! Hagamos una prueba."

»Y me volví atrás. Ella siguió su camino como si tal cosa: no era, pues, una aventurera.

»Cuando la hube perdido de vista tomé el primer coche que pasó y dije al cochero que tirase pronto por la misma calle.

»—Y si encuentras —agregué—, una niña vestida de negro que lleva un gran atado, ofrécele asiento, que yo te lo pago.

»—Güeno, patrón —me contestó dando azotes a los caballos, que partieron al galope.

»Antes de llegar, ella se había ya detenido e hizo señas al cochero para que parase, sin darle tiempo para hacerle el ofrecimiento.

»Se acercó sin cuidado ninguno; pero al ir a subir y verme asomar para recibirle el paquete (tu sabes que me precio de galante), medio se sobresaltó la pobrecita.

»Coloqué el paquete en uno de los asientos delanteros, y ella se sentó en el otro, sin dignarse siquiera darme las buenas noches.

»Sonó el portazo, el coche volvió a partir y, aquí te quiero escopeta, los dos quedamos solitos, enfrente el uno del otro y casi medio perdidos en la oscuridad, en esa dulce oscuridad que es solo interrumpida por los indiscretos, pero fugaces resplandores que de vez en cuando van como a levantar el misterioso velo que cubre la deidad que nos hemos imaginado.

»Sin embargo, yo no había podido verle todavía más que la punta de la nariz, porque al sentarse se había rebujado bien la cabeza con su manto.

»—¿Por qué no toma este otro asiento, señorita? —le dije con mi peculiar e indomable galantería—; al fin irá más cómoda y menos expuesta a la corriente de aire.

»—Gracias —me contestó, pero sin moverse siquiera.

»—Si usted quiere podemos cambiar de sitio. No tenga miedo.

»—No es por eso, señor. ¿Por qué voy a tenerle miedo? No es usted ningún ladrón.

»—En ese caso, tenga la bondad...

»Y entonces la muchacha se sentó a mi lado con toda confianza. Pero, no sé por qué, al oírle pronunciar la palabra "ladrón", me acordé de mi reloj, e instintivamente llevé la mano hacia él. Sin que ella lo notase, lo desenganché y lo guardé en uno de los bolsillos de mi sobretodo. Luego reflexioné y creí que estaría más seguro en el del pantalón; pero un fuerte vuelco del coche me hizo olvidarme en ese momento de toda precaución y no pensé más en la prenda objeto de mi sobresalto.

»El coche siguió meciéndonos y, cosa rara, mientras más fuertes eran los zangoloteos, más dulcemente los sentía yo. ¿Creerás que llegué a desear que cada piedra se convirtiese en peñasco para poder saltar más?

»No sé si la muchacha tendría en esos momentos los mismos deseos; lo cierto es que no se quejaba de los barquinazos, ya diese yo contra ella, o ella contra mí. Al contrario, a veces me parecía que ella se me dejaba caer con todo el cuerpo, y entonces, no obstante las precauciones que había tomado, creía sentir una mano suave y lista aproximándose insensiblemente a mi reloj.

»¡Ilusiones del miedo!

»"¡Qué bruto soy! –decía para mí–. ¡Imaginarme que esta pobre niña había de ser capaz de ensuciarse en tan poco!"

»—¿Qué hora será, caballero? —me dijo ella en ese momento.

»—Voy a ver... —dije dando un salto nervioso al pensar que me hablaba de hora cuando yo pensaba en los peligros de mi reloj; pero luego, acordándome de que estábamos a oscuras y que no podría ver la hora, agregué, apelando a mi memoria:

»—Serán poco más de las siete.

»—Muchas gracias.

»—¿Va usted muy lejos, señorita?

»—No, señor; me queda poco camino.

»—¿Me permitiría usted hacerle compañía hasta su casa?

»—Se lo agradezco muchísimo, caballero; pero no puedo aceptar ese favor.

»—Lo siento en el alma, porque, francamente, no sé por qué usted me ha interesado tanto.

»—Tuerce a la derecha, cochero —dijo ella en esos momentos, sin dar, al parecer, la menor importancia a mis palabras.

»El coche entró a saltos por el mal pavimento de una de las calles atravesadas del Almendral.

»—Con que no quiere usted que yo...

»—He dicho, señor, que no puedo —me contestó en un tono casi tan áspero como el empedrado.

»—Nada más que hasta la puerta de la casa.

»Esto pareció contrariarla mucho, porque en el acto gritó:

»—¡Para!

»El coche se detuvo, y ella, despidiéndose de mí secamente, pero con finura, bajó de un salto, pasándole yo su paquete. Iba a pagar al cochero, pero este le dijo que ya estaba pagado. Entonces, volviéndose a mí, me dio unas graciosas "gracias" que me encantaron, y echó a andar casi de carrera.

»Yo asomé la cabeza por la portezuela para ver dónde entraba; pero ella seguía alejándose, y cada vez más de prisa, hasta que torció una esquina. En esos momentos, encontrando extraña su precipitación, que parecía más bien una huida, me acuerdo de mi reloj, me toco el bolsillo del pantalón, no lo hallo, me sube como una llamarada a la cabeza, salto coche abajo, echo a correr, y tras de mí el cochero, qué gritaba:

»—¿No me paga, patrón? ¡Patrón! ¡Patrón! ¿Qué no me paga?

»Pero yo, desatentado, casi fuera de mí, no le hacía el menor caso y seguía de carrera en pos de la ladrona, que se me escapaba. Entonces el cochero, creyendo que yo era el que me le escapaba a él, pidió auxilio al soldado del punto, que siguió también de carrera por la misma calle, reuniendo de paso a los curiosos.

»Yo que doblo la esquina, y la muchacha del paquete que desaparece por una puerta, cuyo golpe al cerrarse alcancé a sentir. Iba a dar más vuelo a mi carrera, cuando me alcanza el policial y me coge de un brazo; pero yo consigo soltarme de un tirón, diciéndole:

»—¡Lárgame! ¡Lárgame! ¡Que me llevan el reloj!

»Y continúo mi persecución seguido de mis perseguidores, coche, cochero, soldados, pueblo, etc. Al fin llego, o llegamos, a la puerta, que yo no golpeo, sino que, ciego, trato de llevarme por delante.

»Se abre en el acto y aparece una mujer.

»—¡Dónde! ¡Dónde está! —exclamo yo medio ahogado por el cansancio y la emoción.

»—¿Quién?

»—¡La ladrona!

»—¿Ladrona? ¿Qué ladrona?

»—La que acaba de entrar.

»—Aquí no viven más que mis señoritas, que no son ningunas ladronas, gracias a Dios. Se habrá equivocado.

»—No, esta es la puerta. Pero ¿no ha entrado aquí una niña con un...?

»—Yo soy, caballero —dijo ella misma presentándose a cara descubierta... Pero ¿qué significan tanta gente y tanto alboroto?

»—Entrégueme usted mi reloj, niña —le dije por lo bajo.

»—¡Yo...!

»—Y le prometo no decir nada... O de lo contrario, aquí está la policía, que sabrá cumplir con su deber.

»Un grito agudo fue toda su contestación y cayó al suelo sin sentido.

···

»Todos acuden en el acto a levantarla. Se alborota toda la casa. Los vecinos llegan en tropel y se agolpan a la entrada.

»Yo, empapado en sudor con la carrera y el susto, voy a buscar mi pañuelo en el bolsillo del sobretodo y, ¡oh sorpresa aterradora!, en lugar del pañuelo encuentro mi reloj, que creí antes metido en el bolsillo del pantalón.

»Me pareció que me habían cogido por los cabellos, empezó a dárseme vuelta la tierra y... no recuerdo más.

···

»Cuando volví en mí me hallé tendido sobre un sofá y a mi derredor varias personas que parecían cuidarme, entre ellas la niña del accidente y del incidente con los ojos y las mejillas encendidos por el llanto.

»Apenas vio que me incorporaba, me dijo con ansiedad:

»—Caballero, ¡por el amor de Dios!, diga usted la verdad de lo ocurrido.

»En el momento, coordinando mis ideas, me acordé de mi reloj, me levanté y llevé la mano al bolsillo del sobretodo; pero por más que busqué no encontré nada.

»—¡Qué significa esto! ¿O habré soñado...? ¿Quién me tomó en la puerta al caer...? ¡Me lo han robado!

»—No, señor —me dijo la joven—; hace poco que le ha sido encontrado a usted en su bolsillo.

»—En efecto, aquí lo tenía... Pero, ¿en dónde está?

»—En poder de la policía. Le guardó el oficial, que salió no hace mucho.

»—En ese caso...

»Y todo corrido me dispuse a partir.

»—¿Pero usted se va? —me dijo la joven.

»—Perdóneme usted.

»—¿No confiesa antes la verdad para probar mi inocencia?

»—¿Qué más prueba que el haber sido encontrado en mi bolsillo?

»—Eso no basta: la policía cree, ¡atroz injuria!, que, para librarme del castigo, el reloj ha sido vuelto a su bolsillo mientras usted se hallaba sin sentido.

»—No, no, yo lo explicaré todo. Yo he sido el atolondrado, el único culpable. De nuevo le pido a usted perdón y permiso para irme, porque estoy muerto de vergüenza.

»La niña, mientras tanto, lloraba de satisfacción.

»—He sido un bárbaro y no sé cómo reparar este daño...

»—De la manera más fácil —dijo el oficial que entraba en esos momentos—. Usted viene conmigo.

»—¿A dónde?

»—Al cuartel. Acabo de adquirir los mejores informes: esta es una familia distinguida que ha vivido hasta en la opulencia y que la fatalidad ha puesto en esta situación.

»—Situación, ¡bárbaro de mí!, que yo he venido a amargar más todavía.

»—Y he sabido también por el cochero que usted ha venido persiguiendo a esta niña. Y ahora usted se hace el robadizo.

»—No, señor —dijo la joven—; acaba de confesar su falta, o su error, como un caballero: nada más quería yo, ni creo que deba exigir más justicia.

»Y sin decir más, la joven nos saludó, desapareciendo por la puerta de una pieza contigua.

»Salimos el oficial y yo, y por él supe luego qué familia era aquella. Tú la conoces.

—Dime su nombre.

—Jamás, respetemos la desgracia. Conténtate con haber encontrado lo que necesitabas para tu artículo.

—No, no sirve sin nombre.

—Ponle cualquiera; ¿que no es novela?

—Es decir que son mentiras tuyas.

—No, hombre.

—A ver, mírame de frente.

—Ya ves que no me rio.

—Pero, ¿en qué quedamos? ¿Es verdad o es mentira?

—Tómalo como quieras. Lo que conviene es que te dejes de escrúpulos y escribas tu artículo, que presentarás luego a tu editor para que vea si has sabido mentir.

Y dicho esto se marchó.

Escrito el artículo, compuesto y hasta compaginado, recibo esta cartita de mi amigo:

Te suplico que no publiques el artículo sobre el reloj, porque temo mucho que se comente, se averigüe y descubra al fin a los actores de esas escenas.

Ya es tarde. Todo lo que hemos podido hacer es insertar la carta a fin de que, impuesto el lector, nos haga el favor de no andarse con averiguaciones, ni de meterse en cosas que no le importan.

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Cómo hice amistad con don Sebastián

Tengo un amigo que lleva Sebastián por nombre de pila, y don porque es respetable en años, tiene sus realitos y es padre de dos muchachas buenas mozas y consentidas.

Don Sebastián tendrá sus 60 años, mal contados, su esposa unos 55, y sus hijitas andarán bordeando los 25.

Voy a contarles cómo hice amistad con él.

Una noche de fuegos artificiales en la Plaza de la Victoria estaba con su familia dándose el plantón consabido, y yo haciendo lo propio sobre una silla que en un café inmediato alquilé para sentarme, pero que después me vi obligado a convertir en pedestal.

Mi estatua se alzaba grave y orgullosa por entre la familia de don Sebastián, a quien entonces no tenía el gusto de conocer ni de nombre. Sin embargo, su esposa me miraba de cuando en cuando, y a la luz de cada volador me parecía leer en su cara esta súplica: «¿No se conduele usted de mi pobre humanidad?»

Confieso que en mis adentros me condolía de la pobre señora; pero la situación no era para darse por entendido, y seguía yo viendo los fuegos y dirigiendo furtivas miradas a las muchachas de don Sebastián, quien estaba a mis espaldas y como guardando la retaguardia a su familia.

Por momentos la multitud iba oprimiéndose más, al extremo de que ya mi silla empezaba a tambalearse; pero yo no tenía cuidado, y al contrario me daba por muy satisfecho con ver a mis pies aquellas dos vírgenes, cuyo hermoso seno podía admirar impunemente de alto abajo, saboreando a la vez la encantadora tentación de verme derribado de la silla por una conmoción popular para tener el gusto de caer sobre ellas.

La señora, al fin de la asta caracoleada, parecía estar adivinando mis satánicos deseos, porque a cada cohete que reventaba me dirigía una mirada, no ya de envidia, sino de desconfianza, que parecía decir: «Este bribón puede desplomarse y aplastar a mis chiquillas.»

Pero yo seguía tan firme y sereno como don Sebastián. Mientras tanto, las niñas ya no podían tenerse en pie con aquel soberano plantón después de los paseos del día. Una decía que le apretaba mucho el botín; y así debía ser, porque a cada momento se inclinaba de un lado, hasta que concluyó por afirmarse contra una de mis piernas. Naturalmente, yo ni siquiera me moví, porque confieso que me sentía tiernamente... ¿cómo diré...? condolido de aquella pobre niña. ¡Ni qué importaba que me cargase un poquito! Yo estaba dispuesto a hacer mayor sacrificio todavía. No tardé mucho en ver sometida a prueba mi abnegación: figúrense que concluyó por sentarse en uno de mis pies.

—¡Cómo ha de ser! —exclamé resignado.

En esos momentos prendieron un volcán, cuya detonación pilló tan de sorpresa a la pobre niña, que para no caer tuvo que abrazarse de mis piernas. «¡Sea por el amor de Dios! ¡Esto más...!», dije para mí.

No sé por qué, a mí me empezaron a temblar las piernas; y luego, al levantar la vista al cielo para seguir la carrera de un volador, me desvanecí, perdí el equilibrio y, por último, para no caer tuve que afirmarme involuntariamente en el mórbido cuello de su hermana.

—¡Ay! —gritó ella como si le hubiese caído agua hirviendo.

—¡Ay, señorita, por Dios! —exclamé también yo casi a un tiempo, retirando la mano rápidamente como si me la hubiese quemado.

—¡Si yo ya la estaba temiendo! —dijo maliciosamente la señora.

—No ha sido nada, mamá.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

—Dispénseme usted, señorita.

—No hay de qué, caballero.

—Confieso que he sido un impolítico: tenga usted la bondad de ocupar...

—Mil gracias.

Y antes de que yo bajase de la silla, ya ella se había encaramado a mi lado.

—¡Niña! —exclamó don Sebastián—. Discúlpela usted, caballero.

—Al contrario, señor. Y si usted gusta también puede...

—En ese caso la aprovecharé yo —dijo la hermana.

Y alargándome su enguantada manecita, me obligó a bajar de la silla y luego a subirla a ella.

—¡Pero niñas! —volvió a exclamar don Sebastián—. ¿Qué están ustedes locas?

—No, papá, estamos muy bien así —le contestó una de ellas.

—No es eso, sino que...

—¡Ay, que me caigo! —gritó la otra.

—Pero no me botes a mí —repuso la primera.

Y ambas a la vez se apoyaron sobre mis hombros como dos hermanitas... mías.

«¡Paciencia! —me dije yo—. Esto me pasa por venir a los fuegos.»

—¿Lo incomodamos, caballero?

—¡Incomodarme! De ninguna manera, señoritas. Están ustedes muy bien: afírmense no más... con franqueza.

—¿Por qué no se sienta en una puntita? —me dijo una.

—Yo le haré un ladito —agregó la otra.

¿Lo creerán ustedes? ¡Tuve que pasar por la mortificación de sentarme sobre los pies de las niñas!

En esos momentos yo estaba como en un potro: no veía fuegos ni nada, ni sentía otra cosa que aquellos pies que tenía debajo. Solo recuerdo que de cuando en cuando decía la mamá:

—Pero niñas desconsideradas, ¡no sean imprudentes! ¡No lo carguen tanto!

—No estamos más que afirmadas, mamá.

—¿Y cómo querían estar?

—Si no pesan nada, señora. Le aseguro que sería capaz de estar así hasta mañana.

—¡Ya lo creo! —dijo un mozo que alcanzó a oír y que parecía (¡cosa rara!) envidiar mi suerte.

Por su parte don Sebastián, fuese por ver mejor los fuegos, o porque quisiese guardar las espaldas a sus hijas, se había trepado sobre uno de los travesaños de la silleta, abrazándose de las niñas para sujetarse.

Así cargada la silleta, ya no se movía de su lugar, y las oleadas de la gente más bien iban a estrellarse contra ella.

La pobre señora era la que, desligada como estaba del grupo, y por más que trataba de guarecerse a mi alrededor, andaba de un lado para otro, según era la corriente, teniendo que defenderse de palabra y obra contra la chusma indecente, como ella decía a cada estrujón que le daban.

Aunque lo sentía mucho, yo no podía hacer nada por ella. Sentado sobre los pies de las niñas, sufría una tortura atroz, sobre todo al sentir sus rodillitas en mis espaldas, ¡A qué hora concluiría semejante martirio!

En esto reflexionaba cuando ¡oh dicha! veo al fin iluminarse el espacio con miles de voladores y luces de varios y brillantes colores, que se abren como un ramillete gigantesco y luego empiezan a caer, cual diluvio de fuego, en todas direcciones y sobre todas las cabezas, en medio de la alarma y gritería de la multitud, que se abre también, cual otro ramillete, cayendo unos y levantando otros.

La conmoción nos envuelve a nosotros, empezando por la señora, que al tratar de ponerse en salvo tropieza en mis pies, cae sentada sobre mis piernas, cruje y se rompe la silleta, las niñas se vienen abajo y me aplastan, y tras las niñas viene también rodando don Sebastián.

Yo había quedado sepultado, y sentía una opresión que me estaba ahogando.

—¡Favorézcanme! —gritaba creyendo que era víctima de un terremoto.

Pero nadie me oía, a pesar de que yo sentía perfectamente, a través de aquella masa de cuerpos y ropa que me cubría, los gritos de las niñas, y sobre todo de la señora, que decía:

—¡Me quiebran la pierna! ¡La rodilla, Sebastián...! ¡Ayayaicito...!

—¡Mi sombrero! ¡Mi sombrero! —gritaba don Sebastián.

Cuando me levanté, o nos levantamos, vi que todo el mundo se reía a carcajadas.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

Yo salía con un brazo dislocado; la señora se sobaba una rodilla; las niñas lloraban, y don Sebastián apretándose el sombrero y levantando el brazo exclamaba:

—¡No es nada...!

—¡Ay, señor! —exclamé yo agarrándome y mirándome el brazo—; ¡yo creo que se me ha roto!

—Y a mí también ¡ay!, esta pierna —agregó la señora.

—Eso no es nada —dijo don Sebastián—. ¡Callen ustedes la boca, chiquillas ardidosas! ¿Cómo yo no me quejo?

—Porque usted cayó encima, papá.

—¿Y soy yo leso para caer debajo?

—Bien lo estaba yo temiendo, Sebastián... ¡Ay! ¡Ay!

—Nadie ha tenido la culpa sino tú, que disparaste sin mirar... Bien hecho: me alegro...

—¡Ay, papá! mi botín! —exclamó la niña que había estado quejándose de un pie—. ¿Dónde está mi botín?

—¿El botín? —repitió alarmado don Sebastián—. Bufonadas con el santo...

—Sí, el que tenía enchancletado...

—¿Los nuevos, muchacha? —preguntó más alarmado.

—Los nuevos, papá; primera postura...

—¡Los que te compré esta mañana! ¡Cinco pesos perdidos!

—Tan al pie como me estaban.

—Y a qué demonios te lo sacaste si te estaba al pie... ¡Perderlos tan tontamente, sin comerlos ni beberlos!

—No ha sido más que uno, papá.

—¿Y para qué te sirve el otro guacho, habilosa?

—Y ahora cómo me voy yo así —dijo la niña mostrando un piececito.

¡Y yo que había estado sentado sobre él!

—Dale a la niña uno de los tuyos, Sebastián —dijo la señora.

—En ese caso, señorita —repuse yo arrebatado de entusiasmo al ver aquel pie descalzo y con la intención de sacarme un botín—. ¡Ay! ¡Ay, ay...! El brazo no me deja hacer nada.

—¿No será mejor que entremos en este cafecito? —observó la otra niña.

—Y así descansaremos un poco mientras mandamos buscar un coche —agregó la señora.

—Bien pensado —dijo don Sebastián—. Allí también podremos dar una friega de coñac al brazo del amigo, que lo estoy viendo muy acoquinado.

Entramos, en efecto, la señora cojeando, una de las niñas con un pie descalzo, la otra llorosa, don Sebastián pensando en los cinco pesos de los botines, y yo con el brazo que no sabía dónde ponerlo.

Al pasar por el mesón noté que el mesonero me miró y se echó a reír.

—¿Qué tengo en la cara, señorita? —pregunté a una de las niñas.

—¡Ay joven! —arréglese las abolladuras!

—¿Dónde, dónde?

—Dónde ha de ser, en el sombrero, que lo tiene todo achurruscado.

—¡Siete pesos perdidos! —exclamé al ver el estado deplorable en que había quedado mi pobre tarro.

—Cinco me costaron a mí los botines de Lucrecia —dijo suspirando don Sebastián.

Mientras tanto habíamos llegado a una pieza del café en que podíamos lamentarnos y reponernos sin testigos burlones.

—¡Mozo! —gritó don Sebastián.

—Mande usted, patrón.

—Necesitamos, ante todo, coñac para el brazo de este caballero.

—¿Para el brazo? —murmuró el mozo—. No hay más que para beber, señor.

—Del mismo, hombre: es para curar a este joven.

—¡Ah! Para eso es superior el que tenemos. Acaban de curarse unos... Voy volando.

—¿Y ustedes, niñas? —les preguntó don Sebastián—. No perdamos tiempo: vayan pensando.

—¿Helados, señoritas? —agregué yo para no ser menos.

—Vaya, pues —dijo la mamá—, porque estoy que me ardo. Me ha dado fiebre el golpe.

—A mí me está dando frio con el pie que tengo al aire.

—Pero siéntate sobre él, muchacha lesa, que puedes enfermarte —le dijo don Sebastián.

—Mientras tanto, ¿no tomarían ustedes unos dulcecitos? —les pregunté yo.

—Como guste.

—¡Ay! ¡ay!, ¡cómo me mortifica el brazo!

—Aquí está el mozo con el coñac —dijo don Sebastián destapando la botella mientras las niñas me desnudaban el brazo—. Ahora —agregó—, trae helados y dulces para cinco.

El mozo no tardó en salir y volver con cuanto se le había pedido.

Después de haberme frotado el brazo las niñas, y don Sebastián la rodilla a su señora, empezamos a servirnos.

La señora repitió el helado, porque decía que la fiebre no la dejaba respirar.

Don Sebastián, que no sentía ni frio ni calor, empezó por los helados y concluyó por el coñac. Las niñas se comieron la mitad de los dulces con los helados, y los demás se los embolsicaron.

Por último, nos dispusimos para retirarnos.

—¡Mozo! —grité yo.

—¿Cuánto se te debe? —le preguntó don Sebastián.

—Nada más que cinco pesos —contestó el mozo.

—¿Cinco pesos? ¡Número fatal! —exclamó don Sebastián.

—Toma —le dije yo, disponiéndome a pagar.

Pero el brazo enfermo no me dejó meter la mano en el bolsillo de la cartera.

—¡Oh!, no se incomode usted —se apresuró a decir don Sebastián levantándose de su asiento—. Aquí estoy yo.

Y acercándose con familiar bondad me preguntó:

—¿Cuál es?

—Este —le contesté indicándole el bolsillo.

Entonces el buen señor metió la mano, extrajo mi cartera, la abrió con mucha calma, sacó religiosamente un billete de cinco pesos y se lo pasó al mozo diciéndole:

—Estamos a mano... Si sobra algo, para ti.

El mozo se retiró admirado de la singular generosidad de aquel parroquiano.

—Ahora a nuestra casa, si ustedes gustan —dijo don Sebastián disponiéndose a partir.

Salimos en seguida; pero al pasar por el mesón me llamó a un lado muy políticamente el dueño del café y me dijo:

—Tenemos una cuentecita que arreglar, caballero.

—Usted se equivoca: acabo de pagarle al mozo.

—Lo consumido, es verdad, pero falta lo quebrado.

—¿Cómo lo quebrado?

—La silleta.

—¿Qué silleta?

—La que le facilitamos para que viese los fuegos.

—¡Ah! Es verdad —exclamé todo corrido—. ¿Cuánto vale?

—Nada más que cinco pesos.

—¿Cinco pesos?

—Por ser a usted.

—Pero veo que aquí todo cuesta cinco pesos.

—A menos que usted quiera dar algo más.

Por fin, me hice sacar nuevamente la cartera y cancelé el piquito.

A la salida me esperaba la familia con dos coches; pero temeroso al número cinco, tuve la precaución de convenir con el cochero en pagarle solo dos pesos.

Partimos al fin, yo en un coche con la señora, que me la había dejado don Sebastián, y este en el otro con sus dos hijas.

Los cinco (¡maldito número!) nos bajamos en la calle Cinco de Abril, que era donde vivía la familia. Una vez en la puerta, con mucho cariño me ofrecieron su casa, y me despidieron más cariñosamente con afectuosos apretones de mano que me hicieron saltar las lágrimas... de dolor, porque el brazo ya no podía tocármelo.

El más afectuoso fue don Sebastián, porque al despedirse me dijo:

—Adiós, pues, amigo, y vengan esos cinco...

Dándome un sacudón que casi me hizo perder los sentidos, los cinco...

La amistad con don Sebastián me había costado: doce pesos en plata, siete en sombrero y cuarenta entre los médicos y las sanguijuelas que me chuparon... la sangre del brazo enfermo.

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Los preguntones

[Publicado en El Mercurio en los días de más ansiedad por saber noticias de la guerra]

Ya es tiempo de hablar. Sí, o de lo contrario reventamos, porque se nos ha agotado la paciencia, la medida está colmada, en fin, no aguantamos más.

Nos habríamos pegado un tiro, por lo menos, a no ser nuestro amor a la patria y, lo que tanto da, nuestro amor a la vida.

Porque han de saber ustedes, si es que ya no lo suponían, que no es vida esta que nosotros pasamos.

Con dolor vemos que las exigencias del público son con mucho superiores a nuestras débiles fuerzas y aun a nuestra poderosa voluntad. Hoy tenemos doble, triple, múltiple tarea, tarea continua, interminable, porque al señor Todo el Mundo no le basta el diario, la noticia escrita o impresa; la quiere además de viva voz, a toda hora y en toda parte y lugar, buena o mala, verdadera o falsa.

De nada nos sirve acumular en El Mercurio cuanto se sabe, muchas veces hasta lo que no se sabe, porque no bien despachamos el diario y ponemos el pie en la calle para ir en busca de nuestro almuerzo, que ya nos espera demasiado, cuando nos asalta el primero que pasa con la fórmula ordinaria ¡y vaya que es ordinaria!

—¿Qué hay de nuevo?

—Nada —le contesta uno medio desfallecido.

—¿Cómo nada? ¿Y El Mercurio?

—Para mí eso ya es viejo.

—También yo sé que El Mercurio es viejo... Pero ¿qué es lo que trae?

—Se lo contaré a usted más tarde, porque la tarea es un poquito larga y voy a almorzar...

—¡Ah! ¿Con que no ha almorzado aún?

—A eso voy.

—¡Qué barbaridad!

—¿Almorzar es barbaridad?

—No, a esta hora quiero decir.

—¡Cómo ha de ser, no se ha podido antes!

—¡Qué temeridad!

—Así es... Pasarlo bien.

—Pero oiga: ¿y no se ha sabido nada?

—Absolutamente... Hasta luego.

—Pero dígame: ¿y qué será al fin lo que ha sucedido?

—No sé. Solo sé lo que a mí me sucede.

—¿Qué cosa?

—Que no he almorzado.

—¡Ah!

—Adiós.

—Buen provecho.

Y se queda todavía mirándonos, como diciendo: «¡Qué impertinente y qué gazuzo es este cronista!».

Doy uno cuantos pasos, y ¡zas! que me sale otro al encuentro. Se repite más o menos la misma escena y el mismo diálogo. No bien me veo libre, determino apretar el paso, como quien va muy ocupado, para que nadie se atreva a detenerme.

Peor que peor: todos ven en mis trancos un signo evidente de que algo hay de nuevo. El que menos, cree que voy en busca de una noticia de bulto, y en vano intento huir el ídem. Me acosan a preguntas, se me ponen por delante, me siguen por detrás, hasta que por fin me detienen, y tengo que explicarles la causa de mi carrera.

Desde ese instante cambio de modo de andar: marcho a paso mesurado y fijo los ojos en el suelo para no mirarle la cara a nadie.

Me cejen entonces por un brazo y llenos de asombro me preguntan:

—¿Ha venido alguna mala noticia?

—¿Por qué?

—Como lo veo ir a usted con la cabeza gacha.

Me enderezo y cambio de calle; pero apenas he desembocado en la otra, desde la acera opuesta me gritan:

—¡Eh! ¡Amigo! ¿Va muy de prisa?

—Sí, bastante.

—Una pregunta no más.

—Las que guste.

—¿No han venido noticias?

—Ninguna, hombre, ninguna.

—¿Qué tiene de verdad la bola que corre?

—Qué ha de tener si usted mismo dice que es bola.

—¡Es verdad!

—Lo que tengo es otra cosa.

—¿Y no se puede saber?

—Es que no le interesa a usted... Adiós.

—¡Ah, bribón, reservado!

Sigo más de prisa, porque el hambre me acosa tanto o más que los preguntones, visto lo cual y comprendiendo que no puedo detenerme, me hace otro unas señas con manos, cabeza, ojos y boca, que quieren decir: «¿Hay algo?». Y yo, sin detenerme le contesto con otra musaraña que nada significa, que él ha interpretado a su antojo y se ha quedado con la boca abierta.

No será mucho que esto haya sido la causa de alguna bola tremenda, como que ya me ha pasado algo parecido.

Una noche me preguntaron como de costumbre:

—¿Qué hay de nuevo?

—Que el "Huáscar" en estos momentos llega a Antofagasta.

—¿Oyen lo que dice? —agregó dirigiéndose a un grupo de gente—; que el "Huáscar" en estos momentos bombardea a Antofagasta.

—No, señor; yo no he dicho eso.

—Lo mismo da.

Como se ve, esa era una bola desvergonzada, lanzada a quemarropa.

Lo cierto del caso es que ya no puede uno salir a la calle impunemente; y como no me valga al fin de algún disfraz, será cosa de no vivir más que para los preguntones.

¡Pero qué plaga es esta de los preguntones, señor! Todo lo quieren saber, lo que existe y lo que no existe. Y como usted les cuente algo, que es como si dijésemos para abrirles el apetito, esté seguro de que ya no tiene para cuándo acabar, como no se le acabe a usted antes la paciencia.

En días pasados no más me decía uno que conversa horas y horas a puras preguntas:

—¿Qué tenemos de nuevo?

—Que el "Huáscar" llegó a Caldera...

—¿Solo?

—Con la "Unión".

—¿Y nada más?

—¿Le parece poco?

—¿A qué habrán venido?

—A pasear sin duda.

—¿Y aún no se han ido?

—No sé.

—¿No habrá llegado otro parte?

—Creo que no... Voy a ver... Adiós.

—¿Se va?

—Si usted no manda otra cosa.

Otro día, no hace mucho, encontré a uno de estos preguntones, quien me dijo:

—¿Qué dice usted del "Rimac"?

—Hombre, lo que tengo que decir es que estoy hasta aquí de "Rimac".

—¿Y cómo lo amolarán a usted, no?

—Me alegro que lo conozca.

—¿No es verdad que hay gente muy majadera?

—Mucho.

—¿Cómo tiene usted tanta paciencia?

—Es que me hago el cargo de que todos han de estar ansiosos de saber lo que ocurre.

—Cierto: a mí me sucede lo propio. Ahora mismo deseaba salir de una duda: ¿será efectivo que ha renunciado Williams?

—Así dicen.

—Pero, ¿será verdad?

—¡Quién sabe!

—¿Por qué renunciará?

—Voy a averiguarlo... Hasta luego.

—¿Que se va?

—Sí.

—¿Vuelve?

—Tal vez.

—¿Lo espero?

—Como guste.

Viendo lo que me pasa, hago el propósito de pagarle en la misma moneda, es decir con preguntas, al primero que encuentre, y no tarda mucho en caer uno.

—¿Qué hay de nuevo? —me dice.

—¿Y usted qué tiene? —le contesto.

—¿Yo?

—Sí, usted. ¿No hay alguna bolita siquiera?

—¿Un cronista preguntando esas cosas?

—¿Le parece a usted raro?

—Pues, ¿no ha de parecerme?

—¿De veras?

—¿Pero no es usted el que está obligado a saberlo todo primero que nadie?

—¿Quién se lo ha dicho?

—¿Y usted me lo pregunta? Déjese de bromas, y dígame: ¿ha llegado parte?

—¿Parte? Pero, ¿qué día es hoy?

—¿Que no es jueves?

—¿Está seguro?

—¿No fue ayer miércoles?

—¿Creerá que tampoco me acuerdo?

—¿Esas tenemos?

—¿Se admira usted?

—Pues, ¿no?

—¿Sí?

—¿Ah?

—¿Eh?

Me escapo al fin como puedo, no sé cómo doy un traspié que me obliga a dar unos cuantos brincos, y en el acto se me dejan caer de golpe tres o cuatro individuos:

—¿Qué es lo que hay?

—¿Qué ocurre?

—¿Buenas noticias?

—Nada que yo sepa —les contesto.

—¿A qué entonces se pone a bailar?

—¿Yo bailando?

—Creíamos que era de gusto.

—Es que tropecé...

—¿Con que fue tropezón?

—¿Nada más fue?

—¿Y no se ha lastimado?

—Pero, ¿cómo fue eso?

—¿Cómo no cayó?

—¿Que no vio?

—¿Y no le dolió?

Y en seguida cada cual por su lado se marchó.

Y la paciencia a mí se me acabó.

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Un paseo a las carreras

I

Signo del tiempo: las carreras han adquirido tal importancia, que ya pueden ser consideradas como una segunda fiesta cívica. Solo nuestro gran aniversario de septiembre, el Dieciocho, puede competir con la fiesta hípica en entusiasmo, animación y locura.

Sí, locura, pero locura frenética, contagiosa, que se apodera de todos, nacionales y extranjeros, hombres y mujeres, ricos y pobres.

En las carreras es donde se ven representados pueblo y sociedad en todas sus esferas, desde el gran aristócrata y la gran señora hasta el vendedor ambulante y la vendedora de placeres, que todo es comercio lícito en nuestro centro mercantil.

Tan democrático es el carácter de aquella fiesta, que allí nos codeamos hasta con los ladrones de relojes, aparte de la otra clase de codeos de que uno suele ser víctima y en que no hay restitución posible ni apelación a la justicia.

II

Los ingleses, que no por ser aficionados a los caballos dejan de serlo también a la poesía, elijen para sus carreras el mes de octubre, en que la naturaleza parece conservar todas sus galas primaverales a fin de contribuir al embellecimiento del gran paseo.

En cuanto al día, cualquiera es igual como no sea domingo. ¿Qué se diría de un buen cristiano inglés que estuviera divirtiéndose y apostando en el día consagrado por la Iglesia al reposo y a la meditación? Esto no obsta para que las segundas carreras de la temporada sean en domingo, día en que concurren unos pocos ingleses, de esos que no temen a Dios —ni al diablo si lo conociesen—, con tal de hallarse en buena compañía de católicas chilenas.

III

Don Pepe, joven católico, apostólico romano, no dejó de pensar también en el día elegido para las primeras carreras.

—¡Fines de mes! —exclamó—. Esto es una herejía en toda religión.

¡Y él que tenía convidadas a unas amigas, entre ellas su tiemple!

Reflexionó un momento y en seguida se llevó la mano al bolsillo para echar un tanteito. Entre chauchas y billetes mugrientos alcanzó a reunir trece pesos...

—¡Trece! —exclamó como quien pierde una apuesta—. ¡Número fatal! ¿A que boto un peso...?

Pero se contuvo. Era demasiado sacrificio para él, por grande que fuese el poder de su preocupación.

Don Pepe, que es un joven metódico, hizo sus cálculos y vio que podía salir del paso andándose con cierta economía. Las niñas eran dos y con su mamá tres, que a razón de cuatro pesos cada una...

«¡Ah! conmigo cuatro —se dijo—. Son tres pesos por cabeza...».

Así me sobra uno, que será para flores, frutas o lo que se ofrezca. Tentaciones no han de faltar.

Debe advertirse que entonces el cambio se hallaba mejor, los ingleses cobraban menos por la entrada a la cancha, y la tarifa del ferrocarril estaba más en relación con la manera de conducir la carga.

Con los trece pesos podía, pues, don Pepe hacer frente al paseo y hasta echarla de generoso.

IV

Después de pensarlo todo muy bien, don Pepe se largó la noche de la víspera a casa de su futura suegra, una señora entrada en años, pero bien conservada y muy recomendable por su buen fondo. A don Pepe lo quería casi tanto como a sus hijas, disgustándose solo cuando tardaba mucho en ir a verla. Es verdad que don Pepe no iba por ella sino por una de sus hijas.

Un defecto tenía la señora: cuando don Pepe se acercaba a conversar con alguna de las niñas, o —¿para qué negarlo?— con su futura, se volvía toda ojos y orejas. No era que tuviese mala opinión de don Pepe, quien pecaba más bien de tímido, sino porque era su costumbre, según decían las niñas.

Tenía otra costumbre la señora: comía mucho; pero esto no era un defecto, sino una condición inherente a su organismo, o a su físico que era enormemente largo.

Otra condición o costumbre propia de su complexión: era varonil hasta mancornarse con el primero que le diese motivos para ello; por lo que no dejaba de ser una ventaja salir con ella, según decía el pacato de don Pepe.

Una costumbre más, o defecto del sistema nervioso de la futura suegra, y creo que de todas las suegras del mundo: le daba el mal, es decir sufría de ataques epilépticos.

Por lo demás la señora era una alhaja, y no se comprende cómo había podido echar al hoyo dos maridos.

Su nombre, Luz, en aquel cuerpo que parecía una torre, había dado motivo a don Pepe para llamarla algunas veces Faro. La señora no se enojaba por esto y parecía mas bien gustarle.

Doña Luz había tenido solo dos hijas, a la primera de las cuales dio su mismo nombre, o Lucita, como le decían, y a la segunda el de Clara o Clarita. Ambas eran altas, rozagantes, vivas y graciosas, pareciendo hermanas gemelas en todo y por todo, Sin embargo, a don Pepe le gustaba más Lucita, sin que nunca hubiera podido explicarse la causa de aquella preferencia.

—En lo único que se diferencian para mí —decía—, es en el modo de mirarme.

Es lo cierto que las dos muchachas llamaban la atención en todas partes y, al verlas, a todos se les hacía agua la boca.

Con aquel par de tentaciones, su mamá y los trece pesos, iba don Pepe a darse tono en las carreras.

V

Al llegar a su casa la víspera del paseo, las encontró todavía atareadas en el arreglo de las chupallitas que acababan de comprar y que estaban llenando de flores. Le mostraron sus vestidos, sencillos y frescos, los pintorescos quitasoles, los zapatitos rebajados y, lo que era más importante para don Pepe, un canastito lleno de provisiones, lo cual significaba, en buena cuenta, economía para sus trece pesos.

—¡Caramba que son ustedes precavidas! —dijo don Pepe al ver el canasto—. Lo que a mí no se me había ocurrido...

—¡Cuando es lo más esencial! —murmuró gravemente doña Luz.

—Esto nos tocaba a nosotras —interrumpió Clarita—. ¿Ha sacado usted los boletos?

—Pierdan cuidado, que eso me toca a mí —contestó don Pepe con cierto orgullito.

—Pensamos irnos muy temprano —le dijo Lucita mirándolo con unos ojos que parecían decirle: «acuérdese que vamos a andar juntitos».

—De ese modo aprovechamos la fresca —agregó doña Luz—, y así también se nos abre más el apetito.

—En cuanto amanezca me tienen por aquí —dijo don Pepe.

Las niñas se echaron a reír; pero la señora no debió encontrar tan intempestiva la hora, porque la aceptó, prometiendo a don Pepe esperarlo con café, que era el desayuno del alba de doña Luz.

Para no faltar a su palabra, don Pepe se despidió en seguida, dispuesto a echarse a la cama, como lo hizo en efecto, pero sin que pudiera pegar los ojos y pasando casi toda la noche en vela.

VI

Soñaba con la primera carrera, en la que se había visto envuelto y pisoteado; esto le hace dar un salto en la cama, despierta y siente en la calle la causa de su pesadilla: el ruido de carruajes y cabalgaduras que ya estaban en gran movimiento. Mira el reloj: ¡las nueve de la mañana!

Se viste apresuradamente y corre a casa de doña Luz. La buena señora lo esperaba todavía con el café caliente.

Entre las burlas de las niñas, que estaban encantadoras con sus trajecitos y su buen humor, y entre los preparativos del viaje, don Pepe se despachó el café.

—Vamos saliendo, ¡y en el nombre sea de Dios y de María Santísima! —dijo al fin doña Luz santiguándose con toda devoción.

—¿Nos vamos en carro o en coche? —preguntó Clarita.

—En lo primero que hallemos —le contestó don Pepe—, que hoy no es día de andarse regodeando.

En efecto, carros y coches pasaban atestados de pasajeros. Esperaron como un cuarto de hora, pero en vano. Y eran ya como las diez de la mañana.

—Usted, don Pepe, es el que tiene la culpa —le observó doña Luz en tono de reconvención—. ¡Mucho que iba a levantarse al amanecer!

—Ha sido contra toda mi voluntad, señora...

—Y lo peor de todo —continuó—, es que ¡sabe Dios lo que nos va a costar la sacadura de boletos!

—No se aflija, mamá —le dijo Lucita para calmarla.

—Yo lo hago por ustedes, que son las que más dan que hacer.

—Lo más acertado será tomar un carro para el Puerto y dar la vuelta redonda —dijo don Pepe.

—¡Vaya, pues! —asintió doña Luz—; hagamos lo del cangrejo, que al fin siempre es mejor rodear que rodar.

La medida fue acertada, porque sin más inconveniente que la pérdida de media hora y veinte centavos más de pasaje, llegaron a la estación del Barón cuando eran cerca de las once.

Al ver la multitud que tenía invadidas las puertas y contornos de las boleterías, las niñas se sobrecogieron y doña Luz meneó la cabeza como diciendo: «esto ya no me va gustando».

Don Pepe, que llevaba el canastito con el cocaví, pasándoselo a la señora dijo resuelto y haciendo de tripas corazón:

—¡Allá voy!

Y se echó con todo el cuerpo en medio de aquel mar de gente.

Después de un cuarto de hora de pugna, de empellones y codazos, torniscones e insultos, salía don Pepe con sus boletos, acezando y sudando a mares.

—¡Todo lo que le ha costado! —le dijo Clarita.

—Se lo tiene merecido por dormilón —agregó doña Luz.

Pero ¿qué era todo eso para don Pepe, comparado con la dulce mirada que le daba Lucita en premio del triunfo que acababa de obtener?

—Ahora —dijo don Pepe cogiendo el canastito y disponiendo su gente como para dar el asalto—, ¡a tomar el tren!

Esta voz de mando o de guerra alarmó a doña Luz, quien exclamó:

—¡Dios mío! ¡Por dónde vamos a entrar!

—Por donde se pueda —contestó don Pepe, que estaba de no conocerlo por su arrojo.

—Por ahí me parece —agregó Clarita indicando una puerta que se hallaba cerrada, pero en donde había otro bullicioso agolpamiento de hombres, mujeres, niños, canastos, líos y cuanto Dios crio.

Se acercaron todo lo que les fue posible, como iban acercándose otros y otros, hasta que por fin se vieron colocados en el centro de aquella masa formidable, de la cual sobresalía la erguida y sería figura de doña Luz como un faro sufriendo los rudos embates de un mar embravecido.

A medida que aumentaba la gente, la opresión se hacía más insoportable, porque todos querían hallarse de los primeros para no quedarse sin entrar. Los niños empezaban a dar gritos. Las mujeres, sofocadas, comenzaban también a desesperarse. Todos sudaban. Don Pepe no sabía ya cómo defender a las niñas, y menos el canasto, que no hallaba dónde ponerlo.

—Pero, ¡a dónde hemos venido a meternos, Dios mío! —exclamó doña Luz desnudándose de su pañolón, que levantó en alto.

—Pásemelo, señora —le dijo don Pepe tomándole el abrigo.

—¡Que me rompen el quitasol! —gritó Lucita, levantándolo también en el aire para que lo recibiese don Pepe.

—¡Allá va el mío! —agregó Clarita pasándole el suyo con gran dificultad.

Así don Pepe se veía cada vez más embarazado, aunque no tanto como la pobre doña Luz, según se colegía de sus movimientos convulsivos y de sus continuos reniegos.

—Bien hecho que me pase esto —decía—. Quién me mandaba a mí venir...

—¡No hay que aflojar, señora! —le dijo uno que estaba aliado.

—Ahora, aunque afloje —agregó otro desde más lejos.

—¡Qué apretura es esta! ¡...y qué mal olor! —decía doña Luz frunciendo las narices—. ¡Yo me ahogo!

—¡Aguárdese, señora! —le gritó uno de los rotos—. No se ahogue todavía.

—Tan grande y tan cobarde —agregó otro.

—¡Esto no se puede aguantar! —exclamaba desesperada la pobre señora—. Por usted, don Pepe...

—¡Siquiera escarmentáramos! —dijo uno.

—¿A que el domingo venimos tempranito a jugar a la pecha? —repuso otro.

—¿No vienen ustedes a jugar, niñas? —les preguntó un roto a las hijas de doña Luz.

Estos y otros diálogos hacían siquiera más llevadera tan desesperante situación; pero no sucedía lo mismo con doña Luz, que lanzaba miradas iracundas a aquellos truhanes.

Entre tanto, ya era cosa de reventar: los gritos aumentaban, doña Luz parecía haber crecido más, y las niñas ya se le iban perdiendo de vista a don Pepe en medio de aquel torbellino, sin que él nada pudiera hacer, porque bastante tenía con el canasto, el pañolón de la señora y los quitasoles de las muchachas.

Al fin se sintió el silbido de una locomotora, la puerta crujió y se abrió de par en par, precipitándose por ella la corriente humana con impetuoso desbordamiento. Fue tal el impulso, que algunas mujeres cayeron dando alaridos; a don Pepe le llevaron el canasto, con el cual tropezaron otros, que también cayeron, y sobre estos otros y otros. Descomunal fue, en fin, la pelotera, en medio de la cual don Pepe y las niñas no veían más que el destacado busto de doña Luz, que, atribulada y rabiosa, era llevada velozmente en peso por el impetuoso e irresistible torrente.

—¡Corran, corran! ¡Que nos deja el tren! —gritaba don Pepe a las niñas, quienes le precedían a alguna distancia.

Y las niñas corrieron, en efecto, apenas salvaron la puerta, para tomar los carros, animando de paso a doña Luz, quien como pudo echó a correr tras ellas, sin acordarse de que iba sin pañuelo y despertando la risa de cuantos la veían luciendo la desmesurada esbeltez de su cuerpo.

De repente se detiene y se pone a dar gritos llamando a las niñas, que ya subían a los carros.

—Hasta aquí no más —dijo fatigada y respirando con dificultad—; que las carreras... se las lleve... el demonio... Hijas... nos volvemos a casa.

Las niñas empezaron a ponerse tristes y luego dejaron asomar algunas lágrimas por sus hermosos ojos.

—¡Pero, señora —le observó don Pepe—, ahora que ya hemos pasado lo peor...!

—¡Cómo lo peor! ¡Fíjese en esa lindura! ¡Mire cómo están los carros de gente! Y todavía nos queda la vuelta... ¡Ni por cuanto hay!

—Nos venimos en los primeros trenes, mamá.

—Ni en los primeros ni en los últimos... Y nadie sino usted, don Pepe, tiene la culpa, por irse a quedar dormido. Deme mi pañuelo... ¿Y el canasto? ¿Qué hizo el canasto?

—¿El canasto? —repitió vacilante don Pepe al ver enojada a la señora.

—¡Sí, el canasto! ¿Dónde lo ha dejado, por el amor de Dios!

—¡Ah! el canasto... me lo llevó la gente.

—¡Y no va a buscarlo!

—Lo hicieron añicos, señora.

—A usted lo hiciera yo... ¡Esto solo nos faltaba! Usted, usted, don Pepe, es el que tiene la culpa de todo.

En esos momentos partía el tren con su apretada y bulliciosa carga, dejando tristes a las hijas de doña Luz y a don Pepe mismo, quien sacando su reloj dijo:

—Las once y media... Después de todo —agregó—, creo que a pie ya habríamos llegado a la cancha.

—¿Por qué no se va usted, que es tan madrugador? —le dijo con rabia doña Luz.

En esos momentos se sentía crecer la gritería de los que afuera seguían disputándose la entrada a fin de estar listos para precipitarse en cuanto volvieran a abrir las puertas.

—¿Y por dónde vamos a salir ahora? —preguntó doña Luz.

—En eso mismo estaba yo pensando —dijo don Pepe.

—De modo que no podemos volvernos atrás.

—¡Sigamos, mamá! —dijo en tono suplicante una de las niñas.

—¡Sigamos! —repitió la otra.

—Creo que es lo más cuerdo —agregó don Pepe.

—¡Hágase tu voluntad, Señor! —exclamó resignada doña Luz—. Aprontémonos, pues, niñas... Lo que más siento es el canasto.

—Más lo siento yo, señora, ¡sábelo Dios! —dijo don Pepe pensando en su corto y fatídico capital.

VII

Momentos después llegaba un tren y subían a él de los primeros.

Las niñas empezaron a arreglarse sus vestidos, sus sombreros y sus mechitas, que caían alborotadas sobre su terso cutis, el cual se les había puesto con el calor tan encendido y trasparente como una alborada de verano.

Doña Luz estaba ya más contenta y hasta se reía con las niñas recordando lo que les había pasado.

Más contenta se puso al ver las carreras y apuros de los que entraron después y a quienes ya no podían temer, porque el carro estaba completamente lleno. Doña Luz se consolaba, pues, con el mal del prójimo. Y no dejaba de tener razón y hasta derecho, porque ella había contribuido ya por su parte a la diversión de los demás.

El tren partió por fin. Eran las doce y cuarto.

VIII

Cuando llegaban a la cancha ya había terminado la primera carrera.

—Más vale así —dijo doña Luz—, porque yo no sirvo para ver esos brincos.

El día era hermosísimo. La concurrencia, que no bajaría de 16.000 almas, se veía esparcida por todo el llano y los cerros más próximos, o agrupada en las ramadas, fondas y ventorrillos.

Por todas partes y en todos los semblantes se veía pintada la alegría. Nadie hubiera creído que costaba tantos sinsabores llegar a ese lugar, y mucho más todavía regresar de allí.

—¡Qué delicioso! —exclamaba doña Luz al ver a las familias con su mantel tendido sobre el verde césped—. Así me gusta a mí venir a las carreras. ¡Y haber perdido el canasto!

«¡Cómo lleno a esta señora sin que me cueste mucho!», pensaba don Pepe, cuando vio que ella empezaba a hacer señas, gritando:

—¡Mira! ¡Muchacho del canasto...! ¡Ven con los huevos y las aceitunas!

El vendedor no se hizo esperar, poniendo a la vista sus apetitosas provisiones, que consistían en huevos cocidos, aceitunas con cebollita picada, arrollado y patitas de chancho.

—Aquí me siento —dijo doña Luz arrellanándose sobre el blando y fresco césped.

Y sin más ceremonia empezó a dar cuenta de los huevos. Las niñas se sentaron también, apresurándose don Pepe a servirles lo que le pedían.

Cuando doña Luz había despachado media docena de huevos, le observó Lucita:

—¡Cuidado, mamá, que eso es muy indigesto!

—Por aquí, niña —le contestó ella—, no hace daño nada, aunque una coma piedras.

—No sea cosa que se enferme. Ya sabe que le dan esos cólicos...

—No le hace, hija; déjame darme gusto.

Y pasando a las aceitunas, agregó con la boca llena:

—De aceituna, una; y de vino...

—Una laguna —dijo don Pepe.

—¡Si no puedo conformarme —continuó ella—, con la pérdida del canasto! ¡Traíamos un vinito!

—No se aflija, señora, que por aquí no ha de faltarnos.

—Al contrario, yo creo que es lo que sobra —dijo ella.

Y tenía mucha razón, porque a pocos pasos de allí, entre el Padre, el Mocho y otros reverendos, había carretones de cerveza, vino, licores, etc.

Muy fácilmente, y sobre todo a muy poco costo, pudo don Pepe satisfacer los deseos de su futura suegra, llevándole un par de botellas de vino, que ella recibió con entusiasmo, olvidándose hasta del canasto.

En esos momentos corrían la segunda carrera y las niñas apostaban con don Pepe, la una un ramo de flores, y la otra, su consentida, un par de guantes, cuando doña Luz, que así sentada como estaba veía los caballos mejor que los demás, lanzó un grito de angustia que fue a hacer coro con el de la muchedumbre. La causa era la caída de uno de los jinetes, arrojado por el caballo como en venganza de irlo apurando demasiado. Afortunadamente el jockey cayó bien y volvió a levantarse pronto, respirando la multitud, que se desquitó del susto echándose a reír a carcajadas.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

Doña Luz, participando de la alegría general, dijo tomando una copa de vino:

—¡Si una no gana aquí para sustos!

Don Pepe bebía a su vez con las niñas cuando los caballos llegaban a la meta, perdiendo él la apuesta, es claro, que las niñas siempre ganan.

Mientras se presentaba la oportunidad de pagarles, don Pepe se arregló con el muchacho, quien cobró un peso cincuenta centavos por los huevos y las aceitunas, en su mayor parte consumidos por doña Luz.

No bien se había ausentado el muchacho, cuando se acercó, sin que nadie lo llamase, un vendedor de ramitos de flores. ¿Sabía, por ventura, que a don Pepe le habían ganado uno? Pero don Pepe compró tres, porque no era posible dejar mirando a las demás.

—¡Chirimoyas, patrón! —gritó en esos momentos otro vendedor por la espalda de don Pepe, causándole la misma sorpresa que un tiro a boca de jarro.

—No, no necesitamos —se adelantó a decir Lucita, sabiendo sin duda lo que abusan esos bribones con los pobres enamorados, o con los enamorados pobres.

—¿A cómo las dais? —le preguntó doña Luz.

—Estas grandes... a dos pesos no más.

—¡Jesús! A un peso estarían repagadas.

—¡Vaya! se las daré a peso porque no diga.

—No —repuso doña Luz—; si no era más que por ver. Pasa tu camino, muchacho.

Don Pepe tomó tres chirimoyas, con dolor de su corazón, y las repartió entre las niñas y su mamá.

¡Ah! ¡Si ellas hubiesen conocido el estado de los fondos del pobre joven! Sin embargo, parece que las niñas sospecharon algo por la cara que puso don Pepe, y quién sabe si hasta los vendedores la maliciaron, porque desde ese momento no se acercó ningún otro.

IX

Seguían las carreras y seguía el paseo sin más novedad, cuando don Pepe oyó decir a doña Luz:

—Siento que me está faltando algo.

—¿Qué será, señora? —se apresuró a preguntarle don Pepe.

—Parece como que el cuerpo me estuviese pidiendo cosa caliente. ¡Es mucha la falta que me ha hecho el canasto!

—Señora! —exclamó don Pepe sorprendido—, ¿usted traía en el canasto alguna cazuela de gallina?

—Tanto como eso no, pero venían mi anafre y mi café.

—¡Ah! Eso me lo explico.

Y luego pensó: «Esta señora me va a comer los trece pesos».

—Lo peor es que no me siento bien del estómago —dijo ella.

—Eso son los huevos, mamá —le observó Clarita.

—Al contrario, hija, no es más que de debilidad. ¡Si oyeras cómo me están sonando las tripas! Pudiéramos conseguir un poquito de caldo...

—Eso es lo de menos, señora —dijo don Pepe—, porque con acercarnos a una de las fondas...

Fondas y fondos eran una misma cosa para don Pepe, y se acordó de sus trece pesos, los cuales ya debían haber mermado mucho. Pero ya no era tiempo de reflexionar.

Se dirigieron, pues, en busca de algo caliente para la señora.

«¡No poder calentarle el cuerpo de otro modo!», pensaba don Pepe, cuando dijo doña Luz:

—¿Sabe que lo mejor será buscar cosa de caldo en las ramadas pobres, que es donde hacen mejor las cazuelas?

—Tiene muchísima razón —dijo don Pepe calculando que allí le costaría más barato.

No habían andado mucho cuando Clarita les mostró una gran carpa a cuyo frente se leía en mal formadas letras:

¡VIVA CHILE!

Ca suela deabe.

—¡De allá somos! —dijo doña Luz apretando el paso.

Fueron instalados en una gran mesa, a espaldas de la carpa, que era donde estaba, a campo raso, el comedor o restaurante. Allí se saborearon con sendos platos de una suculenta cazuela y buenos vasos de vino.

Doña Luz estaba que no cabía de gozo y de repleta. No había querido ni asomarse a ver las carreras. Brindó varias veces con clon Pepe y hasta se olvidó completamente del canasto.

Llegó, por fin, la hora de pagar. ¿Qué más podían cobrarle a don Pepe que unos cinco pesos? Y a él le quedaban todavía seis.

Se dirigió al mesón, adonde llegó con no poca dificultad, porque la carpa estaba llena de gente del pueblo atraída por la zamacueca.

—¿Cuánto se debe, patrón? —preguntó don Pepe al mesonero, que tenía cara de pocos amigos y sudaba que era una compasión.

—¡Mozo! —gritó en el acto—. ¡El mozo que sirvió la cazuela a este caballero!

—No es más que la cazuela y dos botellas de vino —se apresuró a decir don Pepe como temiendo que le abultasen la cuenta.

—La cazuela seis pesos, y el vinito... será otro peso.

«¡Adiós mi plata!», dijo para sí don Pepe. Y como dudase todavía, volvió a preguntar:

—¿Cuánto?

—¿No le digo que siete pesos'?

Maquinalmente se llevó don Pepe la mano al bolsillo y sacó todo lo que le quedaba, que eran seis pesos. Tendió la vista a su derredor y no vio amigo ni conocido alguno. Miró al mesonero y le encontró cara de estúpido. ¿Si lo avergonzaría aquel animal? Pero no había que meditar mucho.

—Patrón —le dijo humildemente—, óigame una palabrita.

—Usted me dispense, señor, porque no estoy yo ahora para oír palabritas.

—Otro día hablará, patroncito —le dijo uno de los rotos que oyó al mesonero—, y eche un traguito conmigo de puro gusto.

Y le presentó un enorme vaso lleno de ponche en leche.

Don Pepe tuvo que beber de puro gusto y le dio las gracias.

—No hay de qué —le contestó el roto—, y cuando se le ofrezca, aquí tiene un amigo a quien mandar.

Don Pepe estuvo tentado a aprovechar la oferta y pedirle un peso prestado; pero lo contuvo la decencia, y volviéndose al mesonero, que lo miraba con el rabo del ojo, le dijo:

—Vea, patrón, voy a hablarle con franqueza, porque me ha pasado una mano...

—¡Hum! —gruñó el otro.

—Se me ha acabado la plata... Ahí tiene esos seis pesos...

—¡Vean los hombres que andan con niñas! —le contestó el mesonero mirándolo desdeñosamente.

—¿Usted se imagina que yo voy a quedarme con lo demás?

—Y haría muy mal, porque para eso está la policía... ¡Bartolo! Anda a buscarme un paco...

—Si usted desconfía...

—Yo no desconfío, sino que... como no lo conozco.

—Por lo mismo le voy a dejar en prenda mi reloj.

Y don Pepe llevó la mano a él, tiró con rabia de la cadena y se encontró con ella suelta.

—¡Me lo han robado! —exclamó poniéndose pálido—. ¡Mi reloj! —agregó en seguida mirando a los que estaban más cerca—. ¡Quién me ha robado el reloj! Yo lo tenía al entrar...

—¡Era lo que faltaba! —dijo el mesonero—. Sepa que a mi casa no entran ladrones.

—Yo no digo que entren a su casa, pero aquí...

—Es lo mismo, y usted me paga en el acto, o si no... ¡Bartolo!

A pesar de la algazara de la zamacueca, muchos se habían impuesto del suceso y rodeado a don Pepe, algunos en actitud hostil.

—¿Qué les parece? —les dijo el mesonero—. Este joven dice que aquí acaban de robarle el reloj.

—¿No ven? —dijo don Pepe mostrando la cadena.

—¡Qué lástima de habérsela dejado! —dijo uno de los rotos.

—Así andan muchos —murmuró otro—, que se hacen los robadizos...

—Para no pagar lo que deben —agregó el mesonero.

—¿Que también le sacaron la plata, amigo? —le preguntó un borracho.

—¡No vaya a ser cosa que él me haya sacado el mío! —dijo otro echando mano al bolsillo.

—¡Roto insolente! —exclamó don Pepe.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

Y no pudo decir más porque se vio acometido por varios a la vez —él que no era capaz de hacer frente a uno solo—, formándose una confusa batahola en que no se sabía quién daba ni quién recibía los mojicones.

En medio de la sorpresa y del aturdimiento, don Pepe, con el sombrero hundido hasta el pescuezo, oyó unos gritos de mujeres, que eran los de doña Luz y sus hijas, luego se sintió cogido de los brazos y por último arrastrado fuera de la carpa.

Solo allí pudo darse cuenta de su situación. Felizmente no le habían dado ningún golpe en la cara, que él cubría con sus manos, como todo el que no sabe pelear. Tal vez esto mismo les dio lástima a los rotos, quienes se contentaron con zamarrearlo y darle de boyazos.

Lo cierto es que todos se quedaron riendo, y más que ninguno el que le robó el reloj, lo que probablemente fue en el momento que don Pepe entraba al mesón.

X

Con semejante contrariedad y habiéndose corrido ya la última carrera, emprendieron el regreso en medio de la multitud, que había empezado a hacer lo mismo, y en medio de los comentarios sobre el paseo y sus contratiempos.

En resumidas cuentas, don Pepe era el que había salido más malparado, porque al pobre le habían robado su relojito y estaba sin un cristo, que era lo que más inquieto lo tenía. «¿Si a doña Luz le venia algún antojo?», se preguntaba a sí mismo, y no sabía qué contestarse. Porque ella sabía solo lo del reloj, y don Pepe se había guardado muy bien —¿qué hubieran pensado de él las niñas?— de confesar que andaba desplatado.

—¡Madre mía de los Desamparados! —exclamó doña Luz al ver la inmensa muchedumbre que se agolpaba al apeadero de los trenes, adonde ellos llegaban en esos momentos.

—No se asuste, señora —le dijo don Pepe—, que aún es temprano y ya pasará la oleada.

—¡Qué ha de pasar! Más tarde será peor y vendrán más borrachos, que es lo temible.

—Dejemos no más marcharse este tren.

—Con la boca usted siempre lo arregla todo muy bien... ¡Qué trabajo, Señor! ¡A qué vendría yo! Despídanse, niñas, porque esta es la última.

—Todos los años dice lo mismo, mamá —le observó Lucita.

—Ustedes no más tienen la culpa. Pero ya no me pillan en otra. ¡No me vuelva a castigar Dios!

La larga fila de carros, que estaban cargados hasta los topes, como que en ellos y en los estribos iban muchos hombres y muchachos, se ponía en marcha en esos momentos con gran algazara de los que se iban y aún de los que se quedaban.

—Ahora nos toca a nosotros —dijo don Pepe—. ¡Listas todas para ganar el otro tren en cuanto llegue!

Y empezó a distribuir su gente: la señora debía ir a la cabeza, las niñas en el centro y él a retaguardia.

—¡Miren todo lo que es preciso hacer! —exclamó doña Luz terciándose el pañuelo y echándole un nudo.

—Me parece que aquí estamos bien —dijo don Pepe mirando a derecha e izquierda como un general que mide el campo de batalla.

En cuanto a las niñas, se limitaron a entregar los quitasoles a don Pepe, que luego los enarboló a guisa de armas de ataque.

Entre tanto, las filas engrosaban con los que llegaban más o menos alegres, con gran disgusto de doña Luz, que ya iba cediendo algo de su ventajosa posición.

—¡No hay que dejarse tomar la vanguardia! —le gritaba de vez en cuando don Pepe blandiendo los quitasoles como para infundir respeto en las filas.

—Pero a qué horas llega ese condenado tren! —exclamó al fin desesperada doña Luz.

Y como si esta hubiese sido la invocación misteriosa de una bruja, el monstruo dejó oír su voz; la serpiente llegó arrastrándose y silbando en medio de la alarma general. Los gritos, carreras, encuentros y empellones empezaron desde ese instante.

Los que estaban en primera fila corrían peligro de ser precipitados sobre los rieles por los que se hallaban atrás y que corrían también el riesgo de quedarse sin subir.

—¡Esto era lo que yo temía! —exclamaba doña Luz—. ¡Cuídeme a las niñas, don Pepe!

—¿Y a don Pepe quién se lo cuida? —dijo uno.

«¡De veras!», pensó el joven, acordándose de lo que le había pasado en la carpa.

Cuando el tren llegaba lentamente, doña Luz, no obstante su energía y los gritos de don Pepe, tuvo que ceder su puesto por temor de caer entre los carros. Para colmo de desgracia, al parar el convoy quedaron al frente de ellos los carros de tercera clase. Pero no había que pensar en clases siendo día de carreras, y mucho menos a la hora de la vuelta.

—¡Arriba! ¡Arriba! —gritaba don Pepe empujando a las niñas y las niñas a su mamá.

Pero doña Luz no podía subir, porque se encontraba la puerta obstruida por un individuo que protegía la entrada de otra familia. Al fin, alentada por los gritos de don Pepe e impulsada por la retaguardia, logró llevarse por delante al impertinente y tras ella subieron los demás.

XI

Desgraciadamente los asientos ya estaban ocupados, porque muchos habían entrado por el lado opuesto, a pesar de estar las puertas cerradas.

—¿Y dónde nos sentamos? —preguntó una de las niñas mirando a todos lados.

—Si usted gusta —le contestó un roto indicándole sus rodillas.

—¡Bribón! ¡desvergonzado! —exclamó doña Luz con ademán amenazante.

—¡Guapa la suegra! —dijo el roto.

—¡Y qué grandaza! ¡Da miedo! —exclamó otro mirándola para arriba—. Cuidado, señora, no se pegue en la cabeza.

Todos se echaron a reír.

—Habré venido yo para costearles la diversión —les dijo doña Luz.

La risa fue más estrepitosa.

—No les haga caso, señora —dijo don Pepe.

—Pero que se siente —agregó un borracho que con el sombrero a los ojos parecía estar durmiendo.

—No me da la gana —le contestó ella.

—Y más que le den ganas —dijo otro—, cómo se sienta pues.

—Venga a sentarse aquí, mamita —dijo el borracho medio dormido.

Y levantándose como pudo, fue a estrellarse contra doña Luz, que lo rechazó bruscamente diciendo:

—¡Esto ya no se puede sufrir!

—Lo deja, pues —dijo el borracho volviéndose a su asiento.

—No he visto gente más ordinaria... Vamos, niñas.

Y empezó a bajarse doña Luz en medio de la mofa y los silbidos, incluso el del tren, que iba a partir.

—¡No baje, señora, que ya nos vamos! —le dijo don Pepe.

—¡Apéense, niñas! —gritó ella imperiosamente desde abajo.

—¡Suba! ¡suba, señora! —le gritaban del carro—. ¡Y le damos asiento!

—¡No, no suba! —le decían otros.

Y entre los gritos de «suba» y «no suba», llegó el conductor a cerrar la puerta, porque el tren se ponía en movimiento.

—¡Mis niñas! —gritó entonces doña Luz queriendo sujetar al conductor, que la echó hacia un lado.

—¡Que se queda mi mamá! —decían a su vez las niñas pretendiendo bajarse.

Por su parte don Pepe no sabía qué hacer, si quedarse con las niñas o con la señora, prefiriendo al fin lo más puesto en razón: las niñas.

A juego perdido doña Luz quiso precipitarse sobre el tren, pero el conductor la contuvo.

—¡Pare! ¡Pare! ¿Que no ve que me quedo? —gritaba la pobre señora.

Pero viendo que el tren, por el contrario, corría más, intentó nuevamente subirse. Entonces el conductor, alarmado con semejante imprudencia, la apartó dándole un fuerte empellón.

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Doña Luz se precipitó sobre él, y con tan fuerte impulso, que casi lo echó por el suelo, quedando los dos agarrados y forcejeando en medio de los gritos despavoridos de las niñas y de la algazara general.

Al fin el conductor, viendo que ya pasaban los últimos carros, se desprendió de los brazos de doña Luz y saltó al tren.

En esos momentos todavía se oían los gritos:

—¡Suba, señora!

—¡No suba!

—¡Las niñas van seguras con don Pepe!

—¡Yo se las cuidaré!

—¡Adiós, suegra! ¡Recaditos a las niñas!

XII

Las niñas iban llorando, por más que don Pepe trataba de tranquilizarlas. A la señora no podía pasarle nada, y era de alegrarse más bien del resultado después de una imprudencia que pudo costarle la vida.

Los rotos se formalizaron también al ver a las niñas llorando cuando todos volvían tan alegres del paseo.

En Viña del Mar se bajaron don Pepe y las niñas para esperar a doña Luz, que debía embarcarse probablemente en el próximo tren.

Convinieron en repartirse en toda la línea, apenas llegase el convoy, para buscar a la señora en los pocos momentos de que podía disponerse.

Dicho y hecho: en cuanto vieron acercarse el tren, don Pepe por un lado y las niñas por el otro, recorrieron casi toda la fila de carros, pero sin ver nada que se pareciese a doña Luz. Sin duda la señora no había podido embarcarse en ese tren, que venía como ninguno atestado de gente.

Al fin resolvieron esperar el siguiente, y si no llegaba en él, dirigirse a la cancha.

Estaban en esta consulta cuando empezaron a desfilar los carros con su revuelto y confuso cargamento de paseantes.

Por si acaso, las niñas se fijaban en los pasajeros, y de vez en cuando gritaban:

—¡Mamá! ¡Mamá!

—¡Hijitas! ¡Hijitas! —les contestaban con voces atipladas los que iban asomados a las ventanas.

Llegaba ya el extremo de aquella larga cola, cuando se oyó una voz que decía:

—¡Aquí voy yo! ¡Aquí voy yo!

—¡Aquí estamos nosotros! —le contestó don Pepe.

—¡Bribonazo! —exclamó para sí doña Luz, que ella era en efecto la que iba como cosa perdida entre la apiñada turba.

La pobre señora se había resignado a todo desde que se vio sola. Por fortuna esa vez no la habían tratado tan mal. Solo iba encocorada con unos individuos que para ridiculizar su estatura le decían a cada momento a pesar de ir sentada:

—No vaya parada, señora.

—¿Qué hace que no se sienta, señora?

—¿Que no va cansada, señora?

Doña Luz no les contestaba una palabra, preocupada como iba con la separación de sus hijas y la mala partida de don Pepe, a quien suponía autor de todo lo que le pasaba. «Pero ya se las tendrá conmigo», murmuraba ella.

En esos momentos entraban al socavón en medio de una aturdidora gritería; y como tal vez se habían puesto de acuerdo algunos para hacer una de las suyas, doña Luz recibía en una pierna una marraqueta y en la boca un charqui que la hicieron dar un salto y tirar de sopapos y puntapiés por donde caían, con mayor algazara y diversión de los autores de aquella travesura.

Esto no duró más que el corto tiempo que permanecieron en la oscuridad, porque al salir del túnel estaban todos muy serios y como si tal cosa, menos doña Luz, que parecía echar chispas por los ojos y miraba a los demás como diciendo: «¡si yo supiera quiénes han sido los atrevidos!».

XIII

Cuando llegaron a la estación del Barón, la señora se dirigió corriendo, como los demás, a tomar un carrito del tranvía...

Pero, ¡qué esperanza! Los mismos atropellamientos y el mismo desorden.

—¡Sea por el amor de Dios! —exclamaba doña Luz—. ¡Así no voy a llegar nunca a mi casa!

Y la verdad era que anochecía y se le pasaba la hora de la comida. En ese momento se le vino a la memoria la pérdida del canasto, ese prólogo de la tragedia cuyo epílogo no llegaba aún, como no llegaba tampoco don Pepe con las niñas. «Nadie tiene la culpa de todo sino ese pícaro», decía para sí.

«Él se apareció tarde; él perdió el canasto; él fue quien me hizo ir a las carreras contra toda mi voluntad; él se puso a pelear con los rotos; él me dejó plantada por quedarse a sus anchas con las niñas; por él estoy aquí hasta ahora y quién sabe hasta cuándo con un hambre que no veo...»

Y no vio, en efecto, a una alegre pandilla que, entrelazados unos con otros, se la llevó por delante, arrastrándola, entre broma y broma, hasta dejarla sentada en el carro en cuya busca iban ellos también. Así fue que doña Luz tuvo que mostrarse más bien agradecida y aún darles las gracias, porque le pagaron hasta el carro. «¡Vaya! —pensó ella con cara risueña—; siquiera éstos son más atentos con una».

XIV

Largo se le hizo el camino a la señora, no tanto por la lentitud de la marcha del carro, cuanto por la celeridad con que corría el tiempo. La hora de la comida pasaba y esto la inquietaba más que la suerte de sus hijas.

—¡Gracias a Dios que al fin llego a mi casa! —exclamó al entrar a ella como a las siete y media de la noche.

Se fue derechito a la mesa y empezó a engullir de todo con un apetito que ella misma extrañó, diciendo:

—¡Si parece que no hubiera comido en un mes! El aire del campo, sin duda, es el que abre tanto las ganas; y luego que con las incomodidades no le entra a una nada en provecho.

Concluyó de comer y las niñas no se aparecían.

—¡Ese bribón de don Pepe es el que me las ha alborotado! —decía doña Luz levantándose de la mesa.

XV

Mientras tanto, el pobre don Pepe no había hecho otra cosa con las niñas que pensar en doña Luz y buscar un huequecito en los carros, consiguiéndolo a duras penas en el último de los trenes.

De la estación del Barón habían tenido que hacer el viaje a pie porque don Pepe decía que era imposible conseguir asiento en un carrito; pero otra era la causa: no tenía un centavo en el bolsillo.

A las ocho de la noche llegaban todos asustados a la casa, en donde los recibían en las astas del toro.

—¿Será dable —exclamó doña Luz al verlos, que unas hijas de familia como ustedes se aparezcan a estas horas y solas?

—¡Cómo solas! ¿Y yo? —dijo don Pepe.

—Yo no hablo con usted —le dijo con rabia doña Luz.

—Pero, ¿no fue usted misma la que quiso bajarse, mamá? —le observó Lucita.

—Échame ahora la culpa a mí, cuando nadie es la causante sino tú, libertosa, absoluta...

—Usted fue la atarantada, mamá —dijo Clarita.

—Con que yo soy una atarantada... ¡Picaronaza! ¡Altanera! ¡Atrevida con tu madre!

Y avanzó unos cuantos pasos.

Don Pepe se apresuró a interponerse entre ella y su hija.

—¿Tú también, dominguejo —dijo fuera de sí doña Luz—, me vienes a faltar al respeto en mi casa después de todo lo que has hecho hoy conmigo?

Y se abalanzó sobre don Pepe, al mismo tiempo que las niñas se colgaban de ella para contenerla. Pero esto exasperó más a la señora, quien, sin hacer caso de los gritos y súplicas de sus hijas, arremetió de frente contra don Pepe, desgarrándole la ropa y dándole golpes seguiditos.

La sangre tiñó la camisa de don Pepe, y entonces doña Luz gritó haciendo convulsiones y poniendo los ojos blancos:

—¡Ay! ¡Ay! ¡Que me muero! ¡Sujétenme!

—¡El mal! ¡Le ha dado el mal! —exclamaron las pobres niñas sosteniéndola, mientras don Pepe corría a buscar agua... para lavarse él las narices.

XVI

Cuando se le pasó el mal a doña Luz y abrió los ojos, se encontró con sus hijas llorosas aún y con don Pepe que todavía se acomodaba los pedazos ensangrentados de su camisa.

—¿En dónde me hallo? —preguntó doña Luz mirándolos a todos.

—Ya volvió la señora —dijo don Pepe a las niñas—. Ahora yo me retiro.

Doña Luz entonces, dando un suspiro, dijo:

—¿Mucho le hice, don Pepe?

—Lo ha bañado en sangre, mamá —se apresuró a responder Clarita.

—No es más que de narices, hija —dijo doña Luz mirando a don Pepe.

—Así que sea —dijo por su parte Lucita.

—¡Sabe Dios, hija, si no lo he librado de un chabalongo!

—¿Usted quiere todavía burlarse de mí, señora? —dijo don Pepe un poco disgustado, y en seguida agregó despidiéndose—: Que lo pase bien...

—¿Por tan poco se enoja, don Pepito?

—¡Cómo «poco»! —exclamó él llevándose la mano a las narices, que las sentía pesadas como si tuviese tres en vez de una.

—Mañana va a amanecer bueno... Vayan, niñas, a tocarle el piano a don Pepe para que se le pase.

—Muchas gracias, señora —dijo él seriamente.

—Entonces lo deja, porque a mí no me gusta rogar a nadie. ¡No faltaba más!

—Buena noche, señora.

—Buena noche.

Y cuando don Pepe había salido agregó doña Luz levantando la voz:

—¡Acuérdese que me tiene que pagar el canasto!

—¡Mamá, por Dios! —exclamó Lucita.

—¡Y no se olvide tampoco que le debe un par de guantes a Lucita!

—¡Mamá!

—¡Y me alegro de que le hayan robado el reloj!

Esto fue para don Pepe mucho peor que si su futura suegra le hubiera dado cuatro bofetadas. ¡Qué mujer era aquélla! ¡¡Qué sería como suegra!!

XVII

Desde entonces don Pepe no se entiende con su futura más que por cartitas, y dice que no se casará con ella hasta el día que le dé a doña Luz el mal de veras y de él no vuelva más.

Así es que cuando le preguntan a la señora por don Pepe, ella contesta sonriéndose:

—Desde las carreras no le he vuelto a ver las narices.

·

índice

Una noche de remolienda

I

Lo que voy a contar me fue referido por un amigo de esos que por su carácter y sus costumbres son un libro vivo de aventuras y tunanterías.

Se llamaba Enrique y era mestizo, con sangre chilena e inglesa. Esto le permitía ser tan relacionado con los hijos del país como con los de Albión.

Joven, de genio ligero, espontáneo en sus acciones, no se detenía ni reparaba en clases sociales tratándose de una remolienda que le permitiera bailar algunas zamacuecas bien cantadas y animadas.

II

En las primeras horas de una noche (Noche Buena) del año 1860, a pesar de la alegría general, del bullicio y la animación que empezaba a sentirse en las calles y plazas, Enrique se hallaba tranquilamente sentado a una mesa del Café de la Bolsa, saboreando los postres en unión de un amigo inglés recién llegado de Europa. Este era un joven buen mozo, gallardo, sin bozo aún y con los colores tan frescos, que más de una vez habían despertado la envidia de las damas.

—No es noche para estar triste, Jim —le dijo Enrique en inglés—. ¿Estás enfermo?

Jim se limitó a contestarle negativamente con la cabeza. Parecía que le pesaba hasta el hablar.

—¿Qué tienes entonces? —volvió a preguntarle Enrique.

—¡Nada! —fue toda la respuesta del joven inglés.

—¿Estás enamorado?

—¡Oh!

—¿Tienes esplín?

—No sé.

—Yo te lo curaré —dijo para sí Enrique, y luego, dirigiéndose al mozo, gritó—: ¡Un coñac!

Jim hizo un movimiento de disgusto, porque realmente estaba con un humor de los diablos.

III

En esos momentos el mesonero del café se acercaba con un papel, que pasó a Enrique, preguntándole si efectivamente era la firma de su amigo Alfredo.

—La misma, y puede mandarle el café entero si se lo pide.

—Muchas gracias —dijo el mesonero retirándose.

—¿Eres de humor, Jim? —le preguntó Enrique.

El inglés lo miró seriamente, porque parecía una burla hablarle de humor en esos momentos.

—Nada perdemos con ir —agregó Enrique.

—¿Adónde?

—Adonde ha ido Alfredo, que debe estar muy bien acompañado, a juzgar por la buena provisión de dulces y licores que manda buscar.

Y como viese que el joven inglés vacilaba aún, se levantó resueltamente y se dirigió al mesón seguido de su amigo. Después de preguntar lo que debía, hizo duplicar la lista de artículos pedidos por Alfredo y pagó.

IV

Momentos después subían al coche que estaba a la puerta con dos grandes canastos en el pescante y dentro de él un muchacho como de doce años, vestido de militar, que era el enviado de Alfredo.

Apenas partió el coche, Enrique preguntó al muchacho:

—¿Cómo te llamas?

—Teodoro, señor —contestó llevándose militarmente la mano al kepi.

—Bonita nombre, Teadoro —dijo Jim en mal castellano.

—¿Tienes padre? —volvió a preguntarle Enrique.

—Sí, señor, el cabo Parra.

—¿Y tu madre?

—Mi madrecita, señor, se murió hace mucho tiempo de parto.

—Mucho lo siento.

—Y osté —dijo Jim—, ¿teniendo hermanitos?

—No, señor, hermanas no más.

—Eso queriendo decir.

—Tengo tres.

—Bastante.

—¿Son buenas mozas? —preguntó Enrique.

El muchacho no contestó una palabra.

—Pero —dijo a su vez Jim—, ¿siendo poenos por el divertimiento?

Teodoro tampoco contestó.

—Y tú —le dijo Enrique—, ¿que pito tocas en el cuerpo?

—Yo no soy pito, señor; soy corneta.

—¿Corneta y andas fuera del cuartel cuando se acerca la hora de retreta?

—Estamos francos con mi padre.

—¿Adónde la anda tu padre? —le preguntó Jim.

—Se fue a correr la Noche Buena con unos amigos.

—Es decir que las niñas están solas —observó Enrique.

—Solas, no —dijo Teodoro—, sino con los caballeros.

—¡Very good! —exclamó el inglés, quien iba perdiendo por grados su mal humor.

V

En medio de esta conversación, que parecía tener por objeto orientarse un poco sobre el terreno que iban a pisar, llegaron a la calle de Macfarlane (hoy de Buenos Aires) y torcieron a la de los Trapos (llamada ahora de Chiloé), que era donde vivía la familia del cabo Parra.

—Aquí es —dijo el corneta en el momento que paraba el coche.

En ese mismo instante aparecían en la puerta de la casita tres niñas y otros tantos jóvenes, entre ellos Alfredo; y apenas saltaron Enrique y el inglés, a quienes nadie esperaba, se les dio la bienvenida en medio de una alegre algazara.

Ambos entraron a la casa poco menos que en triunfo, lo mismo que los bien pertrechados canastos conducidos en hombros del cochero y el corneta.

Sin emplear muchas ceremonias fueron presentados los recién llegados, notándose desde el primer momento la buena impresión que había hecho en las niñas el rubicundo Jim.

Alfredo fue el primero en advertirlo y no pudo dejar de decir:

—Vamos, niñas, no es para que lo miren tanto.

—Así me parece —agregó Enrique—, a menos que quieran vernos celosos a nosotros.

—Si es que ya no lo están, aunque sin razón —dijo una de ellas, que parecía la más viva.

Las otras, medio corridas, se limitaron a reírse.

Jim, por su parte, todo lo que hizo fue ponerse más encendido, por lo que Enrique le dijo:

—No tengas vergüenza, gringo, y conversa con las niñas... ¿Te gustan?

—Yes —contestó él algo confundido e inclinando la cabeza.

—¿Cómo las encuentras?

—Beautiful.

—A ver que diga cuál le gusta más —agregó Alfredo.

—¡Oh!—exclamó Jim mirándolas una a una—; a mi me la gustan todas...

—¿En general? —agregó una de las muchachas.

—¡No! ¡General no! —se apresuró a exclamar el inglés creyendo haber dicho un disparate—. Gostándome las niños páticularmente. Belio seso muy páticular.

—¡Parrita! —gritó en esos momentos Alfredo—. Pásanos algo.

VI

Mientras Teodoro sirve algunos dulces y licores, nosotros advertiremos al lector —porque ya es tiempo— que aquellas niñas son honradas y viven de su trabajo, como lo prueban dos máquinas de coser que están a la vista.

Las tres cosen, y es su virtud tanto más digna de elogio y respeto, cuanto que dos de ellas son bien buenas mozas y por consiguiente tentadoras.

A esto debe agregarse que el cabo Parra no se preocupa mucho de sus hijas y que hay ocasiones en que se bebe el sueldo íntegro y algo más. No es mucho, pues, que ellas también traten de divertirse de vez en cuando en unión de algunos jóvenes.

Ellas le cosen a Alfredo, y con esto motivo él había podido saber dónde y cómo vivían esas niñas. Así es que cuando deseaba tener una parranda se dirigía a donde ellas pretextando costuras o zurciduras y la armaba sin dificultad, estuviese o no presente el cabo Parra, quien, lejos de ser un inconveniente, celebraba mucho esas humoradas. Todo no dependía más que de mandar buscar lo necesario para la fiesta, como lo había hecho esa noche.

VII

Esta vez la diversión iba a ser más en grande con la llegada de Enrique, el inglés y un canasto más.

Pero se hallaban en desproporción, porque los jóvenes eran cinco y las niñas tres: había, pues, que buscar por lo menos otro par de muchachas.

Parrita se encargó de esta comisión, que no fue muy difícil desempeñar habiendo como había vecinitas y siendo además Noche Buena. El corneta se apareció luego con las dos muchachas, ni más ni menos que si hubiesen sido otro par de canastos.

La guitarra había empezado ya a hacerse oír manejada diestramente por una de las niñas. La función empezaba, naturalmente, con la obertura de costumbre, una de esas canciones sentimentales, empapadas de amor y ternura, que son como el preludio obligado de semejantes fiestas; tras la canción vino una tonada con su correspondiente cogollo al caballero don Jim, y tras la tonada la zamacueca, que despertó el entusiasmo de los jóvenes, especialmente de Enrique, que, como hemos dicho, era balazo para la cueca.

La fiesta iba a entrar, pues, en toda su animación y entusiasmo.

—Aquí estoy yo —dijo uno de ellos poniéndose en cuclillas a tamborear en la guitarra mientras la cantora le tamboreaba a él el corazón con sus dulces miradas.

—Yo romperé el fuego con la Mariquita —dijo Enrique sacándola a bailar—. Y ustedes, ¡a animar, niños! —agregó dirigiéndose a los otros jóvenes.

—¿Mí no jaciendo naitito? —preguntó Jim.

—¡Cómo no, hombre! —le contestó Enrique—. A ti te toca lo mejor: entretener a las niñas.

—¿Y cómo la entretiene?

—Cántales al oído.

—¡Oh, imposible!

—¿Por qué?

—Mí no sabe cantar.

—Quiero decirte otra cosa, hombre; que les des conversación.

—¿Conversecion úniquemente? —preguntó el inglés con ingenuidad.

—Todo lo que tu quieras.

Y luego, acercándose a él, le dijo al oído:

—Enamórala, gringo leso, que eso entra en la diversión.

—¡Ah! Mí antende ajora.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

Y Jim empezó, en efecto, a cortejar a una de las niñas que tenía al lado, mientras los demás se entretenían en el baile.

VIII

A una zamacueca siguió otra y otra, alternándose los danzantes, inclusa la cantora, que fue reemplazada por otra de sus hermanas. Las copas también se vaciaban y volvían a llenarse, contribuyendo a aumentar el entusiasmo, especialmente de los hombres, que eran los que bebían con más gusto.

El inglés, que también iba agarrando fuego y estaba colorado como un demonio, de vez en cuando se largaba a bailar solo, imitando, aunque no con mucha perfección, los movimientos coreográficos de sus compañeros. En una de esas le preguntó Enrique:

—¿Se fue el esplín, gringo?

—¡Oh, yes! —contestó en el acto—. Mí esperimentando mochi contentamienta.

—¿Te gusta la niña?

—Grandemente.

—¿Y ella te quiere?

—No me la dice.

—Oblígala entonces.

—Antende.

—«¡Antende!», y la has dejado sola.

En dos saltos estuvo Jim junto a su compañera. La niña dio un grito al verlo caer a su lado tan repentinamente.

—¡Vaya, que me ha asustado! —le dijo en tono de amable reconvención.

—Dispénsalo, hiquito, mi estar alegramente contenta por osté.

—Muchas gracias, pero....

—Pero osté no estar contenta por mí.

—¡Cómo no!

—¿De verito? ¿Siendo osté capaz de curarlo?

—Se lo juro, vaya... contestó ella después de una vacilación.

—Antonce, ¿osté querriéndome?

Y como la muchacha guardase silencio, agregó:

—Díguemela prontita.

—¿Por qué no lo he de querer...?

—¡Oh! ¡Mí siendo mayormente feliz! Dame osté ajora un proeba... ese flor —dijo sacándole un clavel qua tenía en la cabeza.

—¿Y usted qué me da? —le preguntó ella.

—¡Oh! —exclamó Jim con emoción, llevándose la mano al pecho y acentuando las palabras—. Mí la da a osté un flor fresquito... ¡mi córazon!

—Falta que sea cierto —dijo ella sonriéndose.

—¿No la cree? Haciendo osté la esperimentacion.

Y cogiéndole la mano se la llevó al corazón.

—Así me gusta que no pierda el tiempo —le gritó Enrique, que había observado la actitud apasionada del Tenorio inglés.

IX

Por su parte los demás también lo aprovechaban, porque cada cual con su cada cual hacía más o menos lo que Jim, con la diferencia de que el tiempo lo compartían entre los coloquios amorosos, los bailes y los compromisos para beber.

Cuando llegaban a la media noche, la cosa estaba que se ardía, y el mismo inglés saltaba de gusto, sobre todo en las zamacuecas, que ya había aprendido a animar con palmoteos y dichos más o menos oportunos; aunque en esto no hacía más que repetir en mal castellano lo que había oído a sus demás compañeros, así como imitaba los movimientos del baile con figuras un tanto grotescas, que eran la mejor diversión de las niñas.

—¡Así, así...! —gritaba el joven inglés en medio de su entusiasmo—. ¡Ofrécela, mi almito! ¡Cómela, zambo, que yo la paga! ¡Oblígala, diabla! ¡Échala vienta, futre mucrienta! Así tondondoré, al otra pié...

X

A pesar del entusiasmo y la alegría, llegó un momento en que el inglés, que había gastado toda la pólvora, como bisoño que era, se sintió algo desfallecido por el cansancio y con la cabeza abrumada por los vapores del licor y de la sala.

—¡Teadoro! —dijo gravemente, acercándose al corneta con paso poco firme y medio tambaleándose.

—Mande, señor —le contestó el muchacho cuadrándose y llevándose la mano a la altura de la frente.

—Llévalo a dormir.

—Como no, señor, al momento.

E introduciéndolo por una puerta interior y atravesando por dos cuartos, lo condujo hasta una pieza que había con dos camas y que eran las del muchacho y su padre.

—Aquí —le dijo el corneta—, pudiendo hacer silipe hasta mañana.

—Mañana no; osté la despierta más pronta.

Y dando una moneda al corneta, se tiró sobre una de las camas.

Teodoro se retiró después de juntar la puerta que daba al corral, sin duda para que no le entrase aire al inglés.

XI

Mientras, seguía la diversión, y las cuecas unas tras otras, Jim trataba en vano de dormir, tanto porque era mucho el bullicio y el calor que sentía, como porque le atormentaba una comezón en todo el cuerpo, de la cual él no se daba cuenta, a pesar de ser muy natural el origen: las pulgas.

Fastidiado al fin con todo esto, abrió los ojos, y a favor de la media luz que había en la habitación empezó a mirar a todos lados. De una percha colgaban varios vestidos y otras prendas de ropa, y sobre la percha había algunas cajas de sombreros de señora. Esto probaba que las niñas tenían allí su ropero.

Jim concibió en esos momentos una idea, y saltando de la cama, que lo tenía ya con fiebre, procedió a realizarla. Sacó de la percha un vestido, el más claro, y se lo puso; en seguida bajó una caja, extrajo el sombrero y se lo encasquetó.

Luego se acercó a un espejo, en que apenas se veía por falta de luz, y empezó a arreglarse como un artista en su camarín cuando solo espera la voz del traspunte para salir a escena.

XII

El cabo Parra tenía por costumbre, siempre que llegaba alegre, y sobre todo cuando sus niñas estaban con visitas, entrarse a su cuarto por la puerta del corral, lo cual le permitía llegar hasta su cama sin ser visto ni sentido por nadie.

Así lo hizo esa noche, porque iba algo cargadito y no convenía que lo viesen ni sus hijas, quienes solían reconvenirlo duramente cuando llegaba con su traguito.

Al penetrar el cabo en su habitación y ver un bulto, gritó:

—¡Quién vive!

Sorprendido Jim, no se atrevió a contestar una palabra, quedándose medio sobrecogido con tan inesperada visita, pues no se daba cuenta de que fuese el dueño de casa.

—¡Quién vive! —volvió a gritar el cabo con voz ronca y áspera, prendiendo a la vez un fósforo.

A la luz de este el cabo reconoció el bulto y se echó a reír, arrojando el fósforo y volviendo a quedar en la semi-oscuridad.

—Eras tú, Mariquita —dijo con dulzura—. No te había conocido...

Y tirando el kepi, empezó a desnudarse.

El inglés continuaba inmóvil.

—¿De dónde vienen a estas horas? —continuó el cabo—. Largo ha sido el paseo... ¿Con quiénes han andado? Me parece oír allá adentro la voz de don Alfredo... Pero, ¿que no tienes boca, muchacha?

Jim empezó a deslizarse, temeroso de descubrirse ante el militar así disfrazado como estaba.

—¡A ver! Sácame estas botas —continuó el cabo Parra estirando una pierna—. Se me han hinchado los pies...

El inglés se quedó reflexionando; pero el cabo agregó imperiosamente:

—¿Que no oyes?

Intimidado Jim, se acercó maquinalmente y tiró de la bota, pero con una fuerza muy superior a la que el cabo estaba acostumbrado a esperar de sus hijas, por lo que cayó de la silla, dando fuertemente en el suelo con las posaderas.

—¡Qué modo es ese! —gritó el cabo lanzando un juramento.

El inglés, soltando la bota, iba a echar a correr, cuando el cabo, que había vuelto a sentarse en la silla, gritó estirando la pierna:

—¡A la otra!

Jim se acercó y tiró esta vez de la bota con más suavidad, pero sin sacarla.

—¡Más fuerte, muchacha! —dijo el cabo.

Tiró Jim y la bota no salió, porque el mismo cabo hacía esfuerzos para contenerla.

—¡Más fuerte! —gritó.

Viendo el inglés que se resistía tanto, tiró con todas sus fuerzas; pero como el pícaro del cabo la había dejado esta vez floja, Jim se fue para atrás con bota y todo, quedando en la misma posición que antes el cabo.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

—¡Me la pagaste! —le dijo en medio de grandes carcajadas.

—Osté mochi diabla, ¡carramba! —exclamó el inglés sin poder contenerse y llevándose la mano a la parte afectada.

El cabo Parra, que no esperaba semejante sorpresa, al oír hablar a Jim se puso en pie de un salto y dijo:

—¿Quién es usted?

—Espera, espera poquita, señor....

—¿Qué hace aquí?

—Mí la va a digar inmediatomente.

—Pero, ¿quién es?

—Amiga de Alfredo... y de Enrique...

—¡Ah! —exclamó el cabo Parra dándose cuenta de la situación y empezando a ponerse las botas—. Con que ha venido con ellos... Usted dispense, señora...

—No jai de qué —dijo Jim respirando y añadiendo con más amabilidad—: ¿Osté serando el padre de los niños?

—Un servidor...

Y luego agregó para sí: «Parece joven la gringa. ¿Si será buena moza?». Y para salir de la curiosidad el cabo prendió luz; pero bien poco pudo conseguir, porque Jim le ocultaba la cara.

—No sé por qué —le dijo el cabo—, la encuentro parecida a mi Mariquita.

—Posiblemente —le contestó Jim.

—Hasta en el modo de vestirse...

—Posiblemente.

—Lo mismito se le ve a ella el sombrero...

—Posiblemente.

—El vestido, todo...

—¡Ah, no!, todo no siendo posible.

En esos momentos empezaba una zamacueca.

—Esa es la Mariquita —dijo el cabo—. ¡Toca unas cuecas! ¿No va a bailar, señora?

—¡Oh!, sí —contestó Jim—, que esperaba una ocasión para desprenderse del cabo y dar una agradable sorpresa con su disfraz a los que lo creían durmiendo.

—¿Quiere tener la amabilidad y la complacencia de bailar conmigo, señora? —le preguntó.

—Poeno —dijo Jim viendo que esto secundaba mejor su plan—; pero —agregó—, mí comprende poquetita el coeco.

—Cada uno hace lo que puede, señora, y nadie tiene la obligación de nacer sabiendo.

XIII

El corneta, cumpliendo con el encargo del inglés, se dirigía al cuarto para despertarlo, cuando, al atravesar el umbral de la puerta, vio a su padre con una mujer y retrocedió como espantado por una visión. Inmediatamente corrió a comunicárselo a su hermana mayor, quien alarmada exclamó:

—¡Era lo que nos faltaba! ¡Venir a meterse a casa con una mujer! Así será ella... ¡Y en qué momentos...! Anda tú y dile a esa mujer que se mande mudar en el acto.

—Yo no —dijo Teodoro—. ¿Y si mi padre me pega?

—Que me pegue a mí —agregó ella dirigiéndose al cuarto resueltamente, seguida de su hermano.

Al ver entrar a sus hijos, el cabo Parra, que ya estaba del brazo con su miss, dijo:

—A tiempo que íbamos para allá.

—Está loco? —le dijo su hija—. ¿Y usted, señora, cómo tiene valor de venir a meterse aquí con mi padre?

Jim comprendió que no lo habían conocido y se guardó de contestar una palabra para seguir sosteniendo el engaño.

—¡Cómo es eso! —exclamó el cabo—. Esta señora no ha venido conmigo. Yo la encontré aquí sola.

—¿Entonces por dónde ha entrado? ¿Quién es usted, señora?

—Ahora caigo en los tirones tan fuertes de las botas... Este debe ser hombre disfrazado, algún ladrón...

Y se abalanzó sobre el inglés, sin darle tiempo para defenderse y quedando los dos agarrados, mientras el corneta y su hermana salían gritando:

—¡Ladrones! ¡Ladrones!

—¡Que matan a mi padre!

Con estos y otros gritos semejantes la festiva reunión se puso en movimiento, precipitándose los hombres dentro del cuarto, algunos armados con los primeros palos que hallaron a mano.

En vano trataba Jim de darse a conocer, porque no se le oía palabra en medio de aquel bullicioso alboroto.

Al fin el corneta, que había echado de menos a Jim, cayó en cuenta de que él debía ser el disfrazado y empezó a gritar:

—¡Si es don Jim! ¡No le peguen que es don Jim!

Cuando salieron del error y se restableció la calma, prendieron luz y se encontraron efectivamente con don Jim todo mal trecho, jadeante con la lucha que acababa de sostener y con la ropa desgarrada, que era lo peor.

—¡Ay! ¡Cómo me ha puesto el vestido! —exclamó dolorosamente Mariquita.

—No impota —dijo el inglés.

—A mí sí que me impota —agregó el cabo remedando a Jim.

—Mí dando otra mecór.

—¡Ay! —volvió a exclamar la niña—. ¡Si me ha roto el sombrero!

—No impota —volvió a decir Jim—. Mí la da también otra sombrera.

XIV

Pasada la alarma y los comentarios, siguió la fiesta con más animación hasta que el corneta, como quien toca llamada, gritó:

—¡A cenar! ¡Ya está servida la cazuela!

—¿Cazoelo? ¡Very-good! —exclamó el inglés.

—Lleva tu niña a la mesa —le dijo Enrique.

—¿Dónde estando la meso?

—En el corral.

—¡Oh! —exclamó Jim sorprendido—. ¿Cenando en corral?

—Una cazuela se come en cualquier parte.

Mal que mal, el inglés tomó a Mariquita del brazo y se dirigió a la mesa, que estaba colocada, en efecto, en medio del corralito, bajo un emparrado.

Aunque la mesa era muy chica, las sillas, estrechadas como estaban, ofrecían asiento para todos. Luego ocupó cada cual su sitio, entreveraditos los hombres con las niñas, como es costumbre en esos casos, y dándose a Jim por aclamación el puesto de preferencia, la cabecera principal de la mesa. A su derecha se sentó la Mariquita y a su izquierda Enrique. El cabo Parra y Teodoro se habían encargado del servicio.

La idea de colocar allí la mesa había sido felicísima, porque sentían una temperatura más templada, respiraban mejor y la parra con sus verdes hojas los ponía a cubierto del relente de la noche.

Jim fue el primero en manifestar su aprobación, encontrando tan delicioso el comedor como sabrosa la cazuela.

—Muy confortablemente la corral —dijo.

—Me alegro —agregó Mariquita, que en esos momentos sintió que le tocaban un pie, pero sin atreverse a creer que Jim lo hiciese intencionalmente.

En efecto, Jim no parecía preocuparse más que de la cazuela y de buscar servilleta, hasta que Enrique le dijo por lo bajo:

—Con el mantel, hombre, que es como se usa por aquí.

Y así se limpió la boca Jim, invitando en seguida a su compañera a beber con él.

—¿No nos acompaña usted, don Enrique? —le preguntó ella.

—Pero ha de ser todo... ¡A su salud!

—¡Y al mío! —agregó Jim.

Los dos mostraron en seguida sus vasos desocupados, menos Mariquita, por lo que dijo Enrique:

—No, no fue eso lo convenido.

—¿Por qué osté dejando la concha? —agregó Jim.

Mariquita volvió a llevarse el vaso a los labios, y entonces le dijo Alfredo, que ocupaba la otra cabecera de la mesa:

—¡Hasta verte, Cristo mío!

Apenas concluía de beber, Mariquita volvía a sentir que le tocaban el pie; pero esta vez se conocía que no era casualidad, por lo que dio a Jim una mirada penetrante, que él tomó como demostración amorosa, fijándole también la vista con voluptuosa dulzura. Esto vino a confirmar las sospechas de Mariquita de que los pisotones eran intencionales.

Enrique, entre tanto, que era el autor de todo, se divertía observando en ambos los efectos de la travesura.

A la tercera vez ya no pudo contenerse Mariquita y dijo un tanto disgustada:

—Sosiéguese, don Jim. ¿Que no puede estar quieto?

—No la estés fastidiando, hombre —le dijo Enrique.

—Mi no la jace ningún fastidia —contestó Jim.

—¡Silencio —gritó Alfredo—, que voy a brindar!

Un gran aplauso resonó en toda la mesa.

—Teniendo palabra —dijo Jim.

Y empezó a tocar con el cuchillo en uno de los vasos para imponer silencio.

—Brindo por todas las nobles expansiones del alma juvenil, por la amistad y el amor...

—¡Viva el amor! ¡Viva! —gritaron los demás.

Jim volvió a tocar la campanilla, es decir el vaso, diciendo:

—Mí pide más amor al orden, señores.

Restablecido el silencio, continuó Alfredo:

—Brindo, señores... brindo...

—Por las niños —dijo Jim viendo que el otro se demoraba.

—Será mejor que Jim brinde por mí —dijo Alfredo—, porque yo no sirvo para esto.

—Al momenta —dijo el inglés levantando el vaso—; mí la brinda, señores, por Alfredo.

Y se bebió todo el contenido.

—Que lo hicieses en su lugar te decían —le observó Enrique.

—Mí no deja mi logar; estando aquí bien con Marriquito.

—¡Este gringo entiende las cosas de una manera! —dijo Enrique.

Y luego estiró la pierna cuanto pudo para tocarle el pie por el lado donde estaba Mariquita.

Jim, creyendo que era ella en realidad, la miró tiernamente, exclamando:

—¡Qué poeno! Otra vez.

—¿Qué cosa?

—Písalo no más, hiquito.

En ese momento Enrique le dio un fuerte pisotón; pero con poco tino, porque en el acto Jim so volvió hacia él y exclamó:

—¡By God! La pisa en la callo.

—¿Con que era usted el de la gracia? —dijo Mariquita dirigiéndose a Enrique—. ¡Yo que estaba echándole la culpa a don Jim!

—¿Pisando también sus callos? —le preguntó el inglés.

—Yo nunca he tenido eso —se apresuró a decir Mariquita como si le hubiesen levantado una grosera calumnia.

—¡Aló! —exclamó Jim levantando la cabeza y mirando el emparrado al sentir en esos momentos un ruido extraño, producido por las gallinas y los pollos que dormían en una higuera cuyo grueso tronco se elevaba por entre el ramaje de la parra.

Las aves empezaban a despertar, cacareando las gallinas y piando los pollos.

—¡Diabla! —exclamó Jim levantándose—. Cantando ya el diuca.

—Hasta que cante el gallo no se mueve nadie —dijo Alfredo—, y que brinde Jim.

Apenas calló Alfredo, el gallo cantó, como dándose por entendido de la alusión.

—La cantó —dijo Jim—. Largando ajora.

—¡Que brinde! ¡Que brinde! —gritaron todos.

—Very well; pero dispensándome mi castellana.

—La castellana no ha bajado todavía de la higuera.

Imagen contenida en la edición Valparaíso 1889

—Brinda —continuó Jim alzando el vaso—, al creación... en este mañana beautiful en que viene la día con la esplendor del natura...

—¡Bravo! ¡Bravo el gringo poeta!

—¡Silencia! —gritó Jim—. La universa empieza a despertar...

—Y nosotros a dormir con tu brindis —dijo uno por lo bajo.

—Los aves —prosiguió Jim señalando la higuera—, cantan la concierta, el hosanna al Dios de los alturos... Pero mí siente, ¡carramba!, caer algo en la cabeza —dijo mirando hacia arriba.

—Es el maná... ¿No eres judío, gringo?

—Señores —prosiguió Jim con entusiasmo y sin hacer el menor caso de las interrupciones ni de lo que le había caído en la cabeza—; mí bebe por este paraisa chiquita en que jacemos la desayuna; brinda paticularmente por Eva...

—Y mira a la Mariquita...

—Adán no era inglés...

—Teniendo aquí hasta la parro y el higuero. Faltando uníquemente el serpiente y que mí come el manzano.

—¡Bravo! ¡Viva! ¡Viva! —gritaron todos en medio de los aplausos, hasta que Jim, arrastrado por el entusiasmo de la ovación que se le hacia, empezó a gritar también:

—¡Hip! ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurrah! —que todos repetían, formando tal bullicio que se alborotaron las gallinas y todos los perros del barrio se pusieron a ladrar.

Jim se levantó al fin de la mesa cantando el God save the Queen; pero pronto tuvo que callar, porque los demás, inclusas las niñas, el cabo Parra y el corneta, se largaron a cantar el himno nacional chileno, al son del cual entraron triunfalmente en la sala.

XV

Mientras tanto la noche se iba. Un momento más, y la claridad del día sorprendería a esos jóvenes, que hasta entonces no podían darse cuenta de la rapidez con que para ellos corrían las horas. Sin embargo, Enrique se apresuró a proponer el último baile.

La palabra «último» llamó la atención de todos, reanimándolos, mucho más al oír los preludios de la zamacueca.

Alfredo debía poner término al baile y a la fiesta; pero sucedió lo que sucede casi siempre en estos casos, que Enrique quiso dar capote, y tras Enrique siguieron los demás.

Terminada por fin la serie de bailes, faltaba todavía el último trago, y con los tragos vinieron los brindis, los compromisos con las niñas y demás demostraciones que siempre terminan vaciando la copa.

Resultado: que el cañonazo del alba los encontró a todos alegres y bulliciosos.

XVI

Antes que aclarase del todo se despidieron de las niñas y salieron a la calle, sin que Jim quisiese quitarse el vestido, con aprobación de sus compañeros, que encontraban en ello un motivo más de diversión. Solo había dejado el sombrero, poniéndose el suyo, que era de copa alta, quedando así convertido en una amazona.

XVII

No parece sino que el cañonazo fuese el despertador y tanto de los que madrugan como de los que trasnochan, porque a poco se encontraron con otra partida de remoledores que se retiraban como ellos alegres y chispos.

—¡Buenos días les dé Dios! —gritó uno desde la acera opuesta.

—¡Ténganlos ustedes mejores! ¿Cómo han amanecido!? —contestaron los otros.

—Sin novedad... ¿Y ustedes cómo han pasado la noche?

—¡Muy bien, para servirles!

—¿Para servirnos? Entonces échennos la muchacha para acá.

—No se puede, porque es inglesa.

—Mejor si es gringa.

—Otro día será, porque ahora va a montar a caballo.

—¿Tan temprano? Todavía están durmiendo los brutos.

—¿Cómo antonce estar ostedes despiertas? —dijo Jim.

—Los burros como tú —dijo uno que había reconocido a Jim por la voz.

A estos insultos siguieron otros, y luego se fueron a las manos, formándose una pelotera en que todos se veían agarrados de a pares o en grupos más numerosos, como sucedía en el que figuraba Jim, porque este, no obstante los estorbos de su doble traje, repartía los puñetazos con tanta soltura y eficacia, que fue preciso acosarlo entre varios. Así y todo, él se defendía bien y aún le sobraban aliento y tiempo para acometer a sus contrarios.

Iba ya triunfando el inglés con los suyos cuando sintieron llegar varios soldados de policía con sus sables desenvainados; y como en esa época no se andaban con muchos miramientos para dar de filo, la pelea cesó como por encanto.

XVIII

Fuera de algunos golpes más o menos recios, ninguno había recibido herida o contusión de gravedad. El mismo Jim, a pesar de haber sido el más comprometido, no sacó otra demostración que la de su sombrero, el cual se lo habían dejado en deplorable estado.

Viendo la policía que no se trataba sino de una humorada entre gente decente, los reconcilió y luego les mandó que se retirasen por distintos puntos.

—Menos usted —dijo uno de los soldados dirigiéndose a Jim.

—¿Por qué? —se apresuró a preguntarle Enrique.

—Porque anda disfrazado: tiene que pasar pa entro.

—Mí no pasa por dentro —dijo Jim.

—Pero, hombre —observó Enrique al soldado—, ¿no ves que viene del baile?

—¿Qué baile?

—El de máscaras.

—¿Por estas calles?

—¿Y qué importando a osté las callos? —dijo Jim—. Osté siendo estúpidomente porfiada.

—No me insulte, señor.

—Mí no la insulta; digue la verdad no más.

—La verdad es que usted es muy atrevido.

—Osté un badulaco.

—Ahora lo llevo por dos infracciones: andar disfrazado e insultar a la policía.

—No hagas caso, hombre —dijo Enrique al soldado—, que no quedarás mal con nosotros.

—¡Oh, yes! —agregó Jim—. Quedando bien mecor.

Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó algún dinero que pasó al soldado.

—¡Ah!, ¡ah! —exclamó el paco—; con que dando monis a mí... Con esta son tres faltas.

—¿Osté llamando falta porque la da dinera?

—Una más, y te fusilan, gringo —le dijo Enrique.

XIX

Viendo que Jim se ponía serio con el susto, Enrique y Alfredo se hicieron a un lado y entraron a conferenciar a solas con los policiales.

—¿Quieren ganarse un par de pesos y nos divertimos un poco con el inglés? —les dijo Enrique.

—Era lo que estábamos haciendo —dijo uno de los soldados—. ¡Si no era más que para asustarlo!

—¡Magnífico! Ahora le vamos a decir nosotros que, habiéndose hecho reo de muchos delitos, no le queda más recurso que escaparse.

—Y le damos una correteada —agregó el soldado.

—Justamente, pero dejándole tiempo para que pueda huir.

—Convenido... ¡A ver! —agregó alzando la voz—. ¿Donde está ese caballero vestido de mujer?

Los demás se echaron a reír a carcajadas.

Ya había desaparecido.

XX

Mientras estaban en la consulta, Jim se había sacado precipitadamente el vestido y, haciendo un lio, lo había arrojado con todas sus fuerzas sobre el techo de la casa, que era de un solo piso.

Luego cambió de sombrero con uno de sus amigos y disimuladamente se escabulló, pasando casi por encima de los mismos soldados.

—¿Dónde está Jim? —preguntaron sorprendidos Enrique y Alfredo.

Los demás empezaban a referir los pormenores, cuando sintieron los gritos de una mujer que salía de su casa con un lio y que decía, acercándose a los soldados:

—¡Aquí está el robo! ¡Aquí está el robo!

—¿Qué robo es ese? —exclamaron alarmados los policiales.

Y deshaciendo el envoltorio, se encontraron con el vestido del inglés.

—Pero, ¡vean lo que es la casualidad! —dijo la mujer—; me había puesto a barrer el patio cuando recibí el golpe en la cabeza. Y como había sentido la bulla, vine corriendo para que después no vayan a negar estos picaros...

XXI

Enrique se arregló con los soldados a condición de que le permitiesen llevarse el robo, para lo cual no había ningún inconveniente.

Y como ya aclaraba mucho el día, los jóvenes se despidieron de los policiales y se fueron a dormir la Pascua.

La mujer, entre tanto, se quedaba echando pestes contra la policía por encubridora de robos.

Jim, según él mismo lo contaba después, había llegado a toda carrera a la calle de la Victoria y se había subido a un carruaje que pasaba a la sazón —un carretón de pan— trasladándose así al Puerto con mucha comodidad y gozando del agradable fresco de una de las más hermosas mañanas de diciembre.

XXII

Tres días después entregaba Jim a Enrique un vestido y un sombrero nuevos y de valor para que se encargase de mandarlos a su destino con la atenta carta siguiente:

Marriquito:

Como la prometió, la manda la vestida y la sombrera. Dispénsame la decoración y recibe el saluda del amigo sincerro.

       James.

Al día siguiente Enrique también mandaba a Jim el vestido que había tirado al tejado. El primer momento fue de sorpresa para el inglés, que no se daba cuenta de la reaparición de esa prenda; pero luego la guardó cuidadosamente, conservándola y llevándosela más tarde a Europa como uno de los recuerdos más gratos de su juventud y de sus días más felices en Chile.

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El cronista

Hace pocos días me decía un amigo: «Tú que siempre estás pintando en tus artículos de costumbres caracteres y tipos sociales o populares, ¿por qué te has olvidado del que debe serte más conocido y familiar: el del cronista?» Y tenía razón, porque el cronista de diario, aunque es un tipo muy conocido del público, no lo es bastante en sus relaciones íntimas con él.

He dicho cronista de diario para no confundirlo con el verdadero cronista, que, según el uso y la Real Academia, es el que escribe los acontecimientos históricos por orden cronológico o de los tiempos.

Entre nosotros, el cronista es lo que en España se llama comúnmente «gacetillero». Resulta, pues, que en Chile los cronistas no tenemos siquiera nombre propio sino ajeno, y no adquirido por derecho de conquista sino de usurpación. Tal vez por lo mismo es desconocido y desfigurado a cada paso. ¿Cuántas veces no han venido a preguntar a la imprenta por el señor coronista? Aunque, bien mirado, no es esto lo peor, porque al fin y al fallo coronista es la misma cosa, por más que sea voz anticuada.

No puedo decir lo mismo de aquellos que se me presentan y me dicen muy sueltos de cuerpo: «Estará aquí el señor corista?» cuando nunca he tenido voz ni para dar una nota, como no sean las que le suelo publicar a la autoridad, y es sabido que aun esas salen con frecuencia muy desafinadas. Los únicos casos, en que me atrevo a echarla de músico, y esto en fuerza de la necesidad, es cuando quiero cantarle la cartilla a alguien o hacer sonar a alguno.

Ustedes no lo van a creer, pero el hecho es que no han faltado personas que hayan venido a buscar al coronel del Mercurio, lo que me ha hecho sospechar que voy ascendiendo, al menos en el concepto público; que por lo demás, es sabido que estos coroneles no tienen carrera abierta (ni cerrada) en el escalafón del periodismo, por más batallas que den y por penosas y largas que sean sus campañas.

···

Sin embargo, ¡cuánto valor no se necesita para hacer frente al enemigo! —que otra cosa no es el público—; porque el cronista, además de su valor, audacia o como ustedes quieran llamarlo debe contar con un gran arsenal de conocimientos, ya sea en ciencias y artes, o ya en industria, comercio, agricultura, minería, astronomía, chismografía y picardía. Por lo menos debe tener de todo un poco, como los despachos y las boticas, no importa que muchas veces no posea nada, que nadie tampoco ha de ir a averiguárselo, como no se lo averiguan a los oradores parlamentarios, quienes también hablan de todo, con la diferencia de que cada día hablan más y se entienden menos.

Del mismo modo que en saber, el cronista debe tener de todo un poco en cuanto a moral: ha de ser bueno y malo, o mejor dicho, ha de haber en él algo de hombre de bien y otro algo de pillo. Pero siempre debe tener en la boca, o en la pluma, las palabras Verdad, Justicia, Religión, Libertad... atacando todos los errores (aunque él sea el errado, a veces hasta con h), anatematizando todos los vicios (inclusos los suyos) y predicando siempre la moral y las buenas costumbres, poco importa que él sea un libertino; porque el cronista, como todo buen predicador, debe ser hombre de mundo, que haya aprendido lo bueno y lo malo que sabe, no en cabeza ajena, sino por experiencia propia, que es educación práctica que todos las días se está recomendando como la mejor y más utilitaria de los positivos tiempos a que hemos alcanzado.

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Nada tampoco es más práctico que su oficio, y no a humo de paja he comparado antes al cronista con una botica, porque la verdad es que no vive más que de dar remedios y curar dolencias, aunque él no tenga quien le cure las suyas. ¿Qué otra cosa es la oficina de un cronista sino un botiquín o dispensario de caridad adonde acuden todos en busca de remedios gratis? Así es como él se lleva también, para satisfacer las exigencias de la humanidad doliente, trabajando todo el año como un negro o como un farmacéutico en la fabricación de píldoras, cáusticos y sinapismos, cuando no en la confección de cataplasmas, calmantes y aguas rosadas.

¿Quién no ve en la sección de crónica artículos o recetas que empiezan: «ya es tiempo, señor cronista, de aplicar remedio al mal que lamentamos...», «sírvase, señor cronista, poner remedio a lo que está pasando»...? Otros acuden personalmente al cronista y le piden que le suelte una píldora a la autoridad, agregando por vía de lisonja: «como usted las sabe dorar». Esto sin contar, por supuesto, las amputaciones y las autopsias en aquellos casos en que es necesario hacer pedazos a alguno.

En cambio, con mucha frecuencia emplea el agua rosada, los calmantes y confortativos, estos últimos en los casos de defunción.

···

Y ya que de defunciones hablo, creo oportuno decir que el ramo de la necrología es uno de los más odiosos para el pobre cronista, porque primero que nada tiene que conocer, y conocer íntimamente, a todo el que se muere con derecho a necrología, que son muchos en estos tiempos de enfermedades físicas y morales.

La tarea no es tan difícil ni pesada si el cronista conoce al difunto, ni nada tampoco le es más grato que consagrar unas cuantas palabras en su honor, o en honor de su familia, porque ¡maldito lo que ha de importarle al otro lo que de él se diga después de muerto! Pero si el cronista no conoció al que acaba de dejar la tierra, o de bajar a ella (que esto todavía no se ha resuelto), ¿cómo habrá de componérselas para hacer su apología?

—Ponga lo que a usted le parezca —dice al ver vacilar al cronista el doliente o encargado de correr con los trámites de entierro—, porque la necrología entra en los trámites.

—No es posible sin saber...

—Cualquier cosa... lo de costumbre... usted sabe...

—¡Cómo he de saber, si no lo conocía ni de vista!

—No importa. Lo mismo da...

—¡Cómo ha de dar lo mismo! Déjeme usted siquiera algunos apuntes.

—Venga la pluma.

La coge, en efecto; pero al fin, después de mucho meditar, dice:

—¿Creerá que no sé por dónde empezar? ¡Si yo no sirvo para esto...! Usted lo puede hacer mejor. Diga no más cualquier cosita, las frases de estilo, que la familia se lo agradecerá mucho... Adiós.

Y para que me lo agradezca la familia, sobre todo si hay niñas buenas mozas, tengo que escribir el artículo necrológico sin dato ninguno, excepto el nombre (si es que no me lo dan equivocado y me hacen echar al hoyo a algún vivo), poniendo muchas veces en ridículo al pobre finado, porque cometo la indiscreción de decir que era caritativo y generoso, cuando, por el contrario, todos saben que no era capaz de dar un grano de trigo al gallo de la pasión, ni comía huevos por no botar las cascaras; que fue amante esposo y padre, y había sido un bribón; que dejaba en la sociedad un vacío difícil de llenar, y esta es la verdad, porque se moría debiendo a cada santo una vela; en fin, que era irreemplazable en el seno del hogar, en lo cual no mentía tampoco, porque dejando una viuda vieja, pobre y cargada de hijos, es claro que nadie había de querer reemplazarlo.

Pero así y todo ¡cuánto consuelo no suelen llevar al hogar estas inocentes mentiras! ¿Quién duda de lo que se dice en letras de imprenta... cuando le conviene? Así es como, después de muerta una persona, vienen los mismos dolientes a desayunarse por el diario de lo que ella valía.

¡Bien haya mil veces "El Ferrocarril"!, que ha sabido comprender y poner a precio estas flaquezas humanas, salvando así de compromisos y aprietos a su cronista.

Pero como no todo es perdido en este mundo, y Dios nos dice además: «Haz el bien sin mirar a quién» (lo cual hasta cierto punto es un poquito difícil), yo espero mi recompensa para el día del juicio, en que se levantarán los muertos de sus sepulturas y tendrán entonces que agradecerme por fuerza todo lo bueno que he dicho de ellos.

···

No debe extrañarse que yo sea tal vez el único que se atreva a contar con los muertos, porque es mi única esperanza después de los chascos que me han dado los vivos.

Tanto más persuadido estoy de lo que digo, cuanto que se me viene a la memoria en este momento lo que me pasó una vez con un individuo y que siempre he citado como un caso raro de agradecimiento.

Estaba almorzando en mi casa (y digo en mi casa, porque el cronista almuerza y come con frecuencia fuera de ella), cuando le vi llegar a darme las gracias por un párrafo de crónica en que le había recomendado un aviso sobre ataúdes.

—No hay de qué —le contesté yo con la boca llena.

Y él entonces me dijo, alargándome un paquete:

—Hágame la gracia de admitir esa friolera.

—¿Qué es esto? —le pregunté sospechando del fúnebre regalo.

—Un jueguito de adornos de metal de los que acabo de recibir... Yo creo que le gustarán, porque son muy finos... y los puede guardar para cuando necesite el ataúd, porque... usted lo sabe mejor que yo... tarde o temprano la hora nos ha de llegar... Vienen hasta con sus iniciales.

El paquete se me cayó de las manos, y gracias a esto no se lo arrojé por la cabeza.

Aquel era, pues, un regalo póstumo o de ultratumba; pero al fin era un regalo, que siquiera por la buena intención tuve que agradecerle, aunque sin atreverme a aceptárselo, porque me pareció que con él iba a aceptar mi sentencia de muerte.

—Usted me dispense —dijo el buen hombre medio corrido y tratando de despedirse—; pero yo no lo creía tan aprensivo. ¿Cómo a mí no se me da nada, y como, bebo y duermo entre mis ataúdes?

—Es que usted ya está hecho —le observé yo.

—También yo pensaba —agregó él con frio estoicismo—, que los demás ya estaban hechos a morirse...

Y se marchó en seguida con su fúnebre obsequio.

Este es uno de los pocos casos de agradecimiento que puedo citar.

···

En cambio, ¡cuántas pruebas de lo contrario! No hace muchos días que se me presentó un señor con un acopio de apuntes para un artículo de crónica en que debía recomendarle un negocio suyo.

— Está bien —le dije—, pero hay que pagarlo, porque esto es un reclamo.

—¡Hombre! —exclamó asombrado—, ¡usted me ha ganado el quién vive!

—¿Cómo así?

—Porque yo venía pensando precisamente en lo que usted debía pagarme a mí. Le traigo una noticia ¿y todavía quiere que le dé plata encima...? Que lo pase bien.

···

Pero no se imaginen ustedes que el cronista es solo buscado para que publique algo, sino también para que no publique, lo cual parecerá extraño al lector, y sin embargo nada es más cierto ni más frecuente. ¡Ay!, si ustedes supieran cuántas cuñas se nos echan para que no demos a luz, como se acostumbra decir, el nombre de un joven decente que cayo a la policía sin saber cómo; de otro que produjo un escándalo y que hasta entonces había sido incapaz de producir otra cosa, ni buena ni mala; de aquel que se fue llevándose dinero ajeno; o de otro que hizo lo mismo llevándose una muchacha, pero no dinero, ni ajeno ni suyo.

¿Y quién puede resistir a las súplicas de un padre angustiado, de una madre anegada en llanto o de una esposa que viene acompañada de su simpática hija? Hay que rendirse, y esta vez es el cronista quien le roba al lector una de las noticias que más le gustan.

Por no ser cansado no enumero todas las visitas que tiene el cronista de un diario. ¡Con decir a ustedes que aquí vienen a parar hasta los locos! No sé por qué, pero el hecho es que apenas pierde alguien la razón en Valparaíso, cuando ya lo tengo en mi oficina. No parece sino que quisieran venir a encontrar en la imprenta lo que se les ha extraviado, como si la razón fuese cosa de hallarla por medio del diario, como las alhajas o los perros perdidos. A veces he llegado a creer que esto es efecto de la atracción de las simpatías, porque yo también he tenido una particular inclinación a los locos, y siempre que se me ha presentado oportunidad he ido a la Casa de Orates a pagarles sus visitas. Recuerdo que allí encontré una vez a un loco porteño, a quien no veía como quince años, el mismo tiempo que él estaba encerrado; pero —¡cosa rara!— todo fue divisarme y reconocerme, diciéndome en seguida:

—¡Qué a tiempo ha llegado, amigo croniquero!

—Mas vale así... ¿En qué puedo servirle?

—Venga un cigarro para mientras... Es necesario que escriba algo para poner remedio a lo que nos pasa con el administrador.

Y empezó a referirme los hechos tan bien y con tan buenas razones, en medio de los chupetones que con todas sus ganas daba al cigarro, que llegué a dudar de que estuviese loco.

—Todos se lo agradeceremos mucho —me dijo al fin contra la costumbre de los cuerdos que no agradecen nada—. No deje, pues, de hacerlo, amigo mío, en caso de que lo dejen salir... agregó echándola a perder.

Sin embargo, confieso que esto me hizo exclamar interiormente:

—¡Si en efecto habré venido yo aquí por loco!

···

Cosas muy parecidas me han pasado en la otra casa de locos llamada el teatro. Allí se encuentra uno con personas que le hablan del arte y los artistas y parecen estar en su sano juicio, pero que, en lo mejor, como mi amigo loco, la echan a perder. Casi me atrevería a decir que en el teatro se cometen más locuras que en la Casa de Orates. Momentos hay en que todo el público se pone frenético (mucho más si se da algo como O locura o santidad), porque palmotea, patea y grita más que en un manicomio. Los de la galería están a veces furiosos, al extremo de no entenderse entre ellos mismos. En la cantina se ponen rematados, formando desórdenes que ni los loqueros (porque otra cosa no son los pacos) pueden contener.

De telón adentro están los otros alienados haciendo sus papeles como los de los manicomios hacen el suyo en el gran drama de la moderna escuela naturalista Cada loco con su tema.

No queriendo, sin duda, ser menos el teatro, tiene O locura o santidad, La casa de locos, El loco de la guardilla, La loca de Edimburgo, Doña Juana la loca y hasta El loco de Valparaíso, sin contar otros extravíos mentales que se ven en dramas, óperas y zarzuelas.

Pero nunca llega la locura a mayor grado que cuando el público se apasiona, porque no hay quien no tenga amor al arte o por lo menos a las artistas. Así es como hay quien no solo pierde por ellas la cabeza sino también su fortuna, y otros que pierden la cabeza hasta hacérsela romper en duelo, como está sucediendo en el Plata con Sarah Bernhardt. Afortunadamente en Chile no ha llegado todavía esa clase de locura al extremo de los duelos, ni es de temerlo mucho tampoco, porque entre nosotros los duelistas nunca sacan nada que les duela.

Escusado parece decir que el cronista es en el teatro el loco más incurable y divertido, porque toma a lo serio lo que es pura farsa o comedia, creyendo que el teatro, como dicen, es el espejo de la vida real, pero sin comprender que esto debe interpretarse en el sentido de que el mundo es una comedia con todas sus ficciones y sus intrigas. La base del arte es sin duda la verdad, pero la verdad de la vida real es la mentira.

El que quiera encontrar la verdad sin disfraces tiene que buscarla en los manicomios, porque los locos son los únicos que hacen sus papeles sin necesidad de aprenderlos ni de que nadie se los sople.

···

Díganme ahora si lo que voy a referirles no es un paso de comedia de los muchos que se ven en el mundo real. Se trata de un hombre del pueblo que en su sana razón se me presentó a preguntarme qué haría con su esposa, que le había sido infiel.

—Eso lo debe saber usted mejor que nadie —le contesté.

—Es que yo quisiera echarla...

—Enhorabuena, échela...

—Al diario, patrón.

—Esas cosas no son para publicarlas, hombre. ¿Está usted loco?

—Como yo veo en los diarios otras más peores...

—Según... Pero, ¿cómo ha sido eso?

—Ha de saber, patrón, que yo andaba afuera hacía mucho tiempo y tenía el cuidado de mandarle a la mal agradecida cuanto adquiría con mi trabajo.

—Lo cual era muy justo...

—Pero ¡quién le había de decir a usted, señor, que la perra pícara me estaba traicionando!

—¡Hola!

—No hago más que llegar y pillarla enredada con otro.

—Eso es muy serio.

—Así me parece, señor; pero ya verá con la que me ha salido el señor cura.

—¿Usted se quejó al cura?

—Como que él fue el que nos casó y al echarnos las bendiciones nos dijo, en unas cortas y otras largas, cómo debíamos portarnos. Pero para lo mismo no más, porque la indina, sin más acá ni más allá, me la ha estado jugando a su gusto.

—Vamos, ¿y qué dijo el cura?

—Que no hiciera caso y lo llevase todo en amor de Dios.

—Con que así le dijo.

—Me aconsejó que la perdonase y me juntase otra vez con ella, porque Dios mandaba que cuando a uno le diesen una cachetada en un lado, presentase el otro para que le emparejasen la sangría.

—¿Eso dijo?

—Como usted lo oye, señor, que yo no soy ningún falsario, y menos había de levantarle un falso testimonio al señor cura.

—¿Y usted qué piensa del consejo?

—Que no me parece puesto en razón, ni menos cristiano, porque para eso sería mejor que a uno no lo casaran y lo dejasen vivir así no más, de cualquier modo y como Dios le ayude...

—¿Y qué es lo que piensa hacer ahora?

—A eso venía, como le había dicho, a echarlos al diario... Pero, ya que no se puede, hágame siquiera la gracia de darme un consejo.

—Hombre, si he de decirle la verdad, a mí no me gusta meterme en pleitos de casados.

—Haga de cuenta, señor, que somos solteros...

—Y luego yo no soy cura ni cosa que se parezca.

—Pero ¿qué me aconseja como hombre, señor?

—¿Acaso el cura es mujer?

—No es mujer ni hombre, sino religioso... Lo que yo quiero saber es lo que haría usted, patrón, en mi lugar, y perdone, que no es desearle mal, aunque en este mundo nadie está libre de una desgracia.

—Lo mejor que puede hacer, amigo, es darle su pasaporte a la infiel.

—Lo mismo me parecía a mí, y me alegro mucho de que usted sea de mi modo de ver... ¿Y con él qué liaré, señor?

—¿Con el cura?

—No, con el otro; porque ha de saber que se me ha hecho el leso y quiere entregármela sin más ni más, diciéndome: «suya es la prenda, amigo, y disponga de ella cuando guste».

—De modo que no niega su crimen.

—Ni cómo lo había de negar, señor, cuando ya le he dicho que me les caí encima de repente y me lo encontré a él de dueño de casa.

—¿Y ella qué dice?

—¡Qué ha de decir! No hace más que llorar y pedirme plata... para entrar a ejercicios, según dice.

—Vamos, eso prueba que está arrepentida.

—Así será, señor; pero no estoy yo para costearle el arrepentimiento.

—En fin, ¿qué es lo que usted piensa hacer con él?

—En eso he estado dando y cavando todo este tiempo, ¡y por no desgraciarme...!

—Eso es pensar como un filósofo. Abandónela para siempre, amigo, porque... quien hace un cesto hace ciento.

—Es lo que pienso, patrón... y si te he visto no me acuerdo.

—Justamente... y más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo.

—Y luego que por mujeres no ha de quedar, porque... nunca falta un roto para un descosido.

—Y en último caso, el buey suelto bien se lame.

—Cabalito, patrón, y mejor solo que mal acompañado.

—¡Ay!, amigo, por eso dice el refrán: antes que te cases mira lo que haces.

—Pero como uno ve caras y no corazones...

—En fin, más vale tarde que nunca, y los golpes enseñan a gente...

—¡Ayayaicito! Con que muchísimas gracias, patrón, y usted dispense la molestia.

—No hay de que... cuando se le ofrezca ya sabe la casa...

—Adiós.

—Adiós.

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Las hijas de don Niceto

I

Don Niceto y sus niñas, que son tres, todas casaderas, gozan de un bienestar más que mediano, debido al trabajo honrado y al ahorro, que no es poco decir en estos tiempos. Sin embargo, su posición, o su vida social, es un poco oscura, no porque carezcan de recursos y condiciones para brillar, ni menos porque les falten ganas a las niñas, sino porque su papá es hombre que no entiende de esas cosas ni las tiene tampoco en mucha estima.

Para él no hay sociedad, ni relaciones de familias, ni siquiera de parientes.

Puede decirse que la vida de don Niceto se halla concentrada dentro de las cuatro paredes de su casa; y si por él fuera, suprimiría con gusto hasta las puertas y ventanas.

Este aislamiento, o más bien retraimiento sistemático, de don Niceto, no proviene de malas condiciones de carácter, sino de un espíritu de desconfianza y un tanto escéptico que lo ha dominado desde que pasó a ser padre. Parece que él cuando joven se permitió algunas libertades con el bello sexo, y de aquí la severa reclusión en que mantiene a sus hijas.

Para ser más explícito diré que don Niceto tiene poca o ninguna confianza en las virtudes del género humano, como lo manifiesta a cada paso diciendo, ya se trate de sus hijas o de las ajenas: «En la confianza está el peligro...», «La ocasión hace al ladrón...», «En arca abierta el justo peca...». Y de aquí nadie lo saca. Si algo le observan sus hijas, él les contesta en el acto:

—¿No ven que yo también he sido joven?

Naturalmente, a las pobres niñas las tiene poco menos que soterradas, por más que ellas se lamenten, protesten y chillen a cada trique-traque.

Por lo demás, don Niceto es un hombre como otro cualquiera: honrado y tratable en sus negocios, trabajador, modesto, de buen fondo y muy buenos fondos, porque su fortuna no bajará de sesenta mil pesos limpios de polvo y paja.

En el hogar y especialmente con sus hijas, a quienes adora, dicho sea de paso, es donde deja ver y sentir sus rarezas y caprichos.

Su casa, eso sí, la tiene siempre llena de un todo y montada con un lujo que no dice con su aversión a las visitas.

En esto, lo mismo que en el aseo, don Niceto tiene su diablo. Y como no recibe a nadie (salvo a aquellos que van a verlo a él por negocio), resulta que su casa está siempre flamante, exactamente como un almacén de muebles, menos el rigor de la moda, que él no cree conveniente seguir muy de cerca, y con lo cual prueba que no tiene un pelo de tonto.

II

Las niñas perdieron a su madre muy temprano, y esto ha contribuido más que nada a esa especie de cautiverio en que viven las pobrecitas.

Hombre de negocios y por consiguiente de la calle como es su padre, tiene una mujer de toda su confianza y ella es como quien dice la carcelera. Don Niceto sabe, pues, que cuando él sale quedan sus hijas bien guardadas.

Pero como esta misma sujeción tiene desesperadas a aquellas criaturas, se dan ellas todas las trazas imaginables para burlar la vigilancia y hacer más llevadera su triste y monótona vida.

III

Todo es salir don Niceto a sus negocios de chichas, ganados, papas y otros renglones por el estilo, cuando ya sus tres hijas, que se hallan frescas, coloradotas y en fermentación como la chicha que hierve dentro de las pipas guardadas en la misma casa de don Niceto, empiezan a buscar desahogo o respiradero, apoderándose de la primera puerta o ventana que encuentran abierta.

IV

En estas inocentes e higiénicas situaciones suelen encontrarse las niñas, aprovechando el descuido de la sirvienta, cuando pasan por la calle algunos mozos que han simpatizado con ellas y que poco a poco han ido entablando sus relaciones amorosas, primero con risitas y guiños, luego con señas o telégrafos y por último con recados y cartitas.

De qué medios se valen para dar curso a la correspondencia epistolar, no hay para qué averiguarlo desde que nadie ignora que los enamorados saben en esa materia más que el director general del ramo de correos.

Lo cierto es que cada una de las niñas, así encerradas y custodiadas como se hallan, tiene varios admiradores o pretendientes que andan calle arriba y calle abajo frente a la casa de don Niceto, atisbando la ocasión de verlas, cuando se abre una puerta o ventana, aunque solo sea por un momento y en último caso a través de los cristales.

Por supuesto, el diablo se lo lleva a don Niceto cuando suele sorprender a alguna de sus hijas en semejantes confianzas, como sucedió un día en que él se había colocado en otra de las ventanas que dan a la calle.

—¡Susana! ¡Susana! —gritó dirigiéndose a la sirvienta.

—¡Señor!

—¿No tengo ordenado que estén siempre cerradas esas ventanas?

—Las tenía abiertas, señor, mientras sacudía.

—A ti debía yo sacudirte...

—¿Ha pasado algo, señor?

—Los que pasan siempre... ¿Qué hacías tú ahí en la ventana, Guillermina?

—Yo no, papá.

—Entonces habrá sido la Alejandrina... Alguien debía ser... ¡Alejandrina!

—¡Papá!

—¿No les tengo prohibido, con mil demonios, asomarse a la calle?

—¿Y cuándo me he asomado yo? ¿Está soñando, papá?

—Entonces fue la Fermina... ¡Fermina!

—Aquí estoy.

—Tú has sido, y no lo niegues, porque te has puesto colorada.

—Pero, ¿qué falta es la que he cometido?

— He visto ahí a ese mequetrefe...

—Que me saludaba...

—¿Y por qué ha de saludarte? Ya sabes que a mí no me gustan esas amistades.

—¿Y cuáles son las que le gustan?

—Ninguna... ¡Y cuidado con responderme!

—Como usted me está preguntando...

—¡Silencio!

Fermina se pone a llorar.

—¿Por qué lloras, muchacha? ¡Habrase visto! Cualquiera creería que le habían pegado.

—Preferiría eso...

—Pero, papá, creo que no hay motivo —le observa Alejandrina—. No es posible tampoco que estemos a toda hora encerradas...

—Sin tener amistad con nadie —agrega Guillermina—. Así yo no sé cuándo nos vamos a casar.

—Y aunque no se casen; ustedes no tienen que ver con eso.

—Cómo que no tenemos...

—Ese es asunto mío...

—Mañana usted se puede morir...

—¡Qué ganas tienen de que yo me muera!

—Las ganas que tenemos, papá —dijo Alejandrina—, es de que no desconfíe tanto de nosotras, que nos permita ver gente siquiera, recibir algunas visitas...

—¿Visitas en mi casa? ¡Eso quisieran ustedes! Para que luego vengan los futres a hacer de las suyas... No, no; a mí no me la pega nadie. ¿No ven que yo también he sido joven?

—Es decir —dijo Fermina sollozando aún—, que hemos de quedarnos para vestir santos.

—Peor será que se casen para vestir diablos, o futres pelados, que es lo mismo —repuso con calor don Niceto—. En fin —agregó calmándose un poco—, lo que yo quiero es su felicidad, y con lo que tengo no han de faltarles maridos que sean de mi gusto.

—Y el gusto de una, para qué contarlo.

—Ustedes son mujeres, y para las mujeres cualquier marido es lo mismo... Mientras tanto... ¡Susana!

—¡Señor!

—Cierra bien las ventanas de la calle y que no vuelva yo a ver saludos ni nada, porque entonces tú me la pagas.

—¡Vaya con la felicidad! —exclamó una de las niñas al ver que las privaban hasta de la luz.

Don Niceto se largó luego a la calle, Susana se dedicó a sus quehaceres después de cerrar las ventanas, y las niñas quedaron lamentándose y consolándose recíprocamente.

V

—¿Es vida esta que llevamos? —dijo una de ellas.

—Yo creo que a nadie le pasará esto —agregó la otra.

—Nosotras no más tenemos la culpa por ser demasiado sumisas —dijo con rabia la tercera.

—¡Qué distinto sería si tuviésemos madre viva!

—Por lo menos no estaríamos tan solas.

—Porque, ¿cuándo había de ser ella como mi papá?

—No se hace el cargo de que nosotras somos mujeres.

—Pero, ¿de dónde le habrá salido a mi papá ese odio tan grande a los jóvenes?

—¡Cuando son tan amables y tan simpáticos! —dijo picarescamente Fermina poniendo de buen humor a sus hermanas—. ¿Saben, niñas —agregó llevándose la mano al seno—, que Leonardo me ha contestado?

—A ver, a ver.

—Léenos la carta.

—¿Qué te dice?

Y las dos niñas, completamente olvidadas de sus lágrimas y de las amarguras de la escena anterior, se pusieron a leer juntas con Fermina la carta de Leonardo, que decía:

Creo que no habrá dificultad para que podamos pasar juntos un buen ratito. Nos hemos puesto de acuerdo con Germán y Juanito para llevar a cabo nuestro plan. Ya sabemos que don Niceto se va a Los Andes en la tarde del sábado y que no volverá antes de dos días.
En cuanto a Susana, no tengan cuidado ninguno. Es una buena mujer que se conduele de la situación de ustedes y sabe muy bien que nosotros no somos bandidos ni vamos tampoco a comprometerla.
Si don Niceto se larga el sábado, espérennos en la noche con toda seguridad. Hablen con Susana, que ella está al cabo de todo.
No vayan a tomarse la molestia de esperarnos con té. Nos conformamos con algunas botellitas de la famosa baya que tiene guardada don Niceto.
Hasta el momento que tenga el placer de beber una copa con usted...

—Etcétera, etcétera, etcétera —dijo Fermina parodiando a la colegiala y guardándose la carta.

—Léela toda, niña...

—¿A ver qué etcéteras son esas...?

—Las de costumbre... Con que ya saben que el sábado...

—El sábado —repitió Guillermina pensando—. Y hoy es jueves.

—¿Será cierto que mi papá se va a Los Andes ese día? —observó Alejandrina.

—Cuando Leonardo lo dice, debe saberlo muy bien —dijo Fermina—. Pero llamemos a Susana... ¡Susana!

—¡Señorita! —contestó la sirvienta desde una de las otras piezas.

—Ven, que te necesitamos... No le digan ustedes nada, que yo me encargaré...

—¿Se les ofrecía algo?

—Dime ¿es verdad que mi papá va a Los Andes?

—El sábado, señorita.

—¿Y nada más sabes? —se adelantó a preguntarle Guillermina.

Susana se sorprendió.

—No tengas cuidado —agregó Alejandrina—, porque Leonardo nos ha dicho que hablemos contigo.

—¡Ah! —exclamó la sirvienta—. Es verdad... Se me había olvidado... Van a venir los jóvenes... Pero, ¡que no vaya a saberlo el patron!

—Eso no depende más que de ti.

—Por mi parte...

—¡Es tan buena esta Susana!

—¡Qué sería de nosotras sin ella!

—¿Cuándo te arreglas aquel vestido que me pediste?

—Cuando usted me diga, pues, señorita.

—Ahora mismo si quieres... Ya sabes que yo no me lo pongo...

—Muchas gracias, señorita.

—Yo también te tengo otras cositas, Susana.

—Yo no le prometo nada, porque ya sabe que nunca me olvido de ella. ¿No es verdad, Susanita?

—Muy verdad, señorita.

VI

Cuando llegó el deseado día estaba todo preparado, siendo Susana la más interesada en ver realizado el clandestino proyecto de la cena.

Las órdenes que desde temprano empezó a dar don Niceto, sobre todo el encargo que de las niñas hacía a Susana, confirmaron su viaje a Los Andes.

Pero don Niceto empezó a notar en las niñas, a medida que avanzaba la tarde, cierta extraña alegría y un movimiento inusitado, llamándole la atención especialmente el esmero con que todas se encartuchaban las guedejas de pelo sobre la frente. Veía además que Susana no estaba del todo en posesión de su calma habitual.

Desconfiado por instinto o por sistema como era don Niceto, entró al fin en serias sospechas y empezó a observarlo todo con más atención. No tardó mucho en ver, al pasar por la cocina, más provisiones que las ordinarias.

Entró en el comedor, y sintió aroma de flores, que luego encontró ocultas disimuladamente. En el aparador había más botellas de chicha que de costumbre.

«Aquí hay algo —se dijo don Niceto—, y es preciso salir de dudas.»

Varias veces estuvo por interrogar a Susana y a sus hijas mismas, pero lo contuvo el temor de hacer un fiasco o de malograr la buena ocasión que se le presentaba para una sorpresa en toda regla.

«Haré la deshecha —se dijo al fin—, y así los pillaré infraganti.»

VII

Efectivamente; como acostumbraba hacerlo cada vez que viajaba, comió temprano él solo, luego hizo llamar un muchacho para que le llevase la maleta, y por último se marchó con él a la estación del Barón.

Allí se confirmaron sus sospechas al ver a Leonardo y a Germán paseándose por el andén muy tranquilos y como si no lo hubiesen visto.

«Estos bribones —se dijo don Niceto—, están haciéndose los lesos cuando no han venido a otra cosa que a asegurarse de mi partida.»

Y tenía razón, porque luego desaparecieron de la estación, llevando la seguridad de que las niñas estarían solas y de que muy pronto se hallarían ellos a su lado sin temor alguno a don Niceto.

VIII

—De aquí mismo nos vamos a la peluquería —dijo Leonardo—, porque allí nos debe estar esperando Juanito.

—¡Qué noche vamos a pasar! —exclamó Germán en el colmo de la felicidad.

—¿Por qué lo dices? ¿Por las muchachas o por la chicha?

—Si he de hablarte con franqueza, por las dos cosas.

—Pero no vayas a beber demasiado.

—Si no es que beba mucho, hombre, sino que tengo muy mala cabeza.

—Por lo mismo.

—Pero, ¿quién resiste ante una copa de chicha, y todavía de balde y ofrecida por una buena moza?

—¿Y cómo te va con la Alejandrina?

—No tengo motivos de queja... Y como no lo hago más que por pasar el tiempo... aunque a la verdad me gusta bastante.

—Ella también te quiere de veras.

—Pero nunca como a ti la Fermina... Lo raro es que Juanito o se haya atrevido todavía a decirle algo a Guillermina. No he visto un muchacho más cobarde.

—Ya lo comprometeremos esta noche. Todo es cuestión de oportunidad.

Así conversando llegaron a la peluquería, en donde Juanito los aguardaba con cierta impaciencia.

IX

Don Niceto, mientras tanto, se había quedado en la estación meditando su plan, porque estaba persuadido de que aquellos mozos contaban con su ausencia.

«Es seguro que se van a comer con ellas —pensó al verlos desaparecer—. Esperaré la hora oportuna.»

En efecto, cuando empezaba a oscurecerse y calculando don Niceto la hora en que sus niñas debían estar en la mesa, se metía en un coche con su maletita y poco más tarde se apeaba cerca de su casa.

Penetró en ella con precaución, subió la escalera casi en el aire, y viendo que todo se hallaba en la más completa calma, pues no se sentía más ruido que el de los platos, se convenció de que no había nada de particular. Sin embargo, después de dejar la maleta en su cuarto se acercó en puntillas al comedor, adonde ya iba a asomarse cuando sintió pasos que le hicieron retroceder y escabullirse por la primera puerta que halló, cerrándola tras sí con tiento para no ser oído.

Esta pieza era una especie de despensa en donde don Niceto guardaba provisiones, licores y todos aquellos objetos del servicio que no se empleaban en el uso diario. Desde allí no se alcanzaba a ver el comedor, pero se oía perfectamente lo que en él se hablaba. Por esto no tardó mucho en imponerse de la conversación que tenían las niñas.

—¿Por dónde irá ya mi papá? —dijo una de ellas.

—A estas horas va muy lejos —contestó otra—; por lo menos va pasando el socavón de San Pedro.

Sí, no es mal socavón este en que me he metido —dijo para sí don Niceto viendo la oscuridad de la pieza en que se hallaba.

—Coman ligero, niñas —dijo Fermina—, porque van a llegar luego...

¡Ah! pícaras! —exclamó don Niceto desde su escondite reprimiendo con dificultad los ímpetus de su indignación paternal.

—¡Ay! si mi papá supiera! —dijo Guillermina.

—¡Qué, niña! Ni por la imaginación le habrá pasado —repuso Alejandrina—. ¡En lo que vienen a parar las privaciones!

—Vamos, vamos de una vez —dijo alegremente Fermina levantándose de la mesa —. Dejemos a Susana, que se encargará de prepararlo todo.

—Sí, sí —contestó ella—; váyanse no más ustedes a acabarse de arreglar...

¡A ti te voy a arreglar, bribona! —exclamó don Niceto mirando a todos lados en busca de un palo para dejarse caer sobre ella como lo merecía.

Pero, aunque ya iba acostumbrándose a la oscuridad, no pudo ver lo que necesitaba. Solo vio algunos cajones vacíos, de los cuales arrancó una tabla, que, si bien le pareció algo débil, comprendió que por lo mismo era más manejable para el caso.

Armado de la tabla iba a lanzarse sobre Susana, cuando conoció que así precipitaba los acontecimientos, y se contuvo. Luego comprendió también que en ninguna parte estaría mejor que allí, porque se hallaba cerca de la sala y del comedor, y no se le escaparía nada de cuanto se hablase. Se resolvió, pues, a quedarse allí, convencido de que como punto estratégico era el mejor para sus planes.

Lo malo era que a don Niceto le faltaba no solo paciencia, sino también un poco de aire, porque se veía obligado a permanecer con la puerta cerrada y no era suficiente la ventilación que se recibía por la claraboya del techo. Desgraciadamente esto no tenía remedio y había que resignarse.

Don Niceto se sentó en un cajón lo más tranquilo que pudo; pero luego volvió a levantarse, porque estaba excesivamente nervioso. Quiso pasearse, y vio que corría riesgo de denunciarse con el menor ruido que hiciese, mucho más si tropezaba con algún cajón, botella o cosa parecida. Volvió, pues, a sentarse, y en estas alternativas se llevó hasta las ocho de la noche, hora en que llegaron los convidados.

X

No pasó mucho tiempo sin que se oyesen algunos preludios en el piano y poco después el acompañamiento de una romanza.

Don Niceto empezó luego a devorar su impaciencia oyendo cantar a una de sus hijas, Alejandrina, que esa noche parecía estar inspirada: tal era la expresión que daba a su canto, lleno de ardiente pasión.

Olvidando su situación y su papel, don Niceto estuvo a punto de abrir la puerta y hacerse el convidado. Poco después resonaban los aplausos, y levantaba instintivamente las manos y empezaba a hacer lo mismo, cuando se acordó de que él no estaba en la casa.

Pero alcanzaron a oír algo, porque uno de los jóvenes preguntó con cierta zozobra:

—¿Hay alguien por ahí?

—Debe ser el gato de mi papá —le contestó una de las niñas.

XI

Todavía se hallaba don Niceto tiernamente impresionado con el canto de su hija, cuando oyó tocar valse, el que le hizo dar un salto. ¡Sus hijas iban a bailar con aquellos badulaques, y sin que él estuviese presente! Con gran dificultad se sometió a esta terrible necesidad, sufriendo un verdadero martirio mientras duró el baile.

¡Cómo estarán poniéndome la alfombra! —decía a cada momento—. Pero ya me las pagarán todas juntas —agregaba para conformarse y enjugándose el sudor que empezaba a correrle con las emociones nerviosas y la sofocación de la pieza.

XII

No menos sofocados los jóvenes y las niñas con las agitadas emociones del baile, creyeron llegado el momento de pasar a refrescarse al comedor.

Todos tomaron asiento alrededor de la mesa, saltaron los tapones con gran júbilo de los jóvenes e indignación de don Niceto, y las copas fueron llenadas hasta rebosarse con el champaña chileno.

—¡Cuidado, que se está mojando la mesa! —gritó Juanito.

—No es nada —dijo Fermina.

Sí, como a ella no le cuesta —refunfuñó don Niceto—. ¡Cómo irán a dejarme el comedor!

—¿Qué hacen, pues? —dijo Fermina al ver que todos parecían estar contemplando la chicha—. No es para mirarla.

—Así me parece —agregó Germán como buen aficionado, levantando su copa y cuyo ejemplo siguieron los demás.

—Pero esto debe empezar con más solemnidad —dijo Leonardo.

—Dejémonos de ceremonias —le interrumpió el primero.

—No; yo propongo un brindis por estas tres Gracias...

—Pero tres Gracias muy desgraciadas —repuso Guillermina suspirando y mirando a Juanito.

—Yo bebo por el papá —dijo Germán—; por que el viaje de don Niceto sea feliz y los repita más a menudo.

Sí, ¡cómo no! ¡Ya te daré en el gusto, bolsero sinvergüenza! —se dijo don Niceto, a quien, por lo demás, se le estaba haciendo agua la boca, porque con las incomodidades y la falta de aire se le había puesto amarga y reseca.

Cuando todos hubieron vaciado sus copas por la felicidad de don Niceto, dijo Alejandrina:

—¡Qué lejos irá ya mi papá!

Sí, ¡muy lejos! —repitió don Niceto—. Creían hacerme leso... y no saben que cuando ellas van, yo ya vengo de vuelta.

—¡Cuándo se imaginará —dijo Leonardo—, que aquí nos estamos acordando de él!

—Aunque no lo merecía —agregó Germán.

—¡Cómo! —exclamaron las tres niñas a la vez.

—Porque es tan fastidioso con ustedes. ¿Por qué será que estos viejos no se acuerdan nunca de que ellos también han sido jóvenes?

—Al contrario —dijo Guillermina—, siempre le oigo decir: «A mí no me vienen con cuentos, porque yo también he sido joven».

—En eso está lo malo —observó Leonardo—, que desconfía de todo el mundo...

—Y en la mejor se la pegan —agregó Germán—. ¿No ven ahora?

Sí, ¡muy bien pegada! —dijo don Niceto—. Yo te preguntaré más tarde.

—Pero, ¿qué mal hay en lo que hacemos? —preguntó candorosamente Juanito.

—Ninguno —respondió Germán—, porque no es un crimen el venir a beber chicha en tan buena sociedad... Y a propósito de chicha... ¿que no hay más?

XIII

En esos mismos momentos se sintió la detonación de un tapón que había saltado dentro de la despensa y que puso en alarma a las niñas.

—No se asusten —dijo Susana—; es alguna botella que se ha destapado sola.

—¡Qué lástima! —exclamó Germán—. ¡Cómo estará de buena cuando llega a reventarse! Voy allá antes de que se pierda...

Y ya iba a levantarse cuando lo contuvo Leonardo.

—Eso sucede aquí con frecuencia —dijo Fermina—. Como están guardadas tanto tiempo...

Sin embargo, esta vez fue don Niceto quien, muerto ya de sed, había destapado una botella de chicha, escapándosele el corcho con estrépito por más cuidado que puso para evitarlo.

Mientras tanto Guillermina, que había dejado el comedor, empezaba a tocar un valse como por vía de llamada a los jóvenes.

Esto no impidió que se bebiese otra copa, con gran satisfacción de Germán, que parecía insaciable.

XIV

En cuanto dejaron el comedor, Susana continuó arreglando la mesa para el té, o más bien para la cena.

¡En qué irá a parar esto! —se decía don Niceto—. Porque yo no voy a poder contenerme y no sé cómo he aguantado hasta aquí... ¡Cuántas veces lo habrán hecho! ¡Y yo que tenía toda mi confianza en esa bribona de Susana!

Y al nombrarla don Niceto cogía maquinalmente la tabla; pero luego, reflexionando, volvía a soltarla y se conformaba cogiendo la botella, cuyo contenido encontraba delicioso con el calor.

Al fin, entre trago y trago, se la bebió toda y tuvo que abrir otra. Esto le sirvió además de distracción durante el tiempo que tuvo que esperar la hora de la cena.

Por su parte los jóvenes y las niñas se habían entregado por completo a los deleites de la danza y se conocía que estaban dispuestos a aprovechar bien el tiempo, porque los bailes se sucedían sin interrupción y cada vez con mayor entusiasmo y franqueza.

Estos no van a concluir de bailar en toda la noche —se decía don Niceto—. ¡Pobre alfombra! Sáquenle frisa no más, como que a ustedes no les duele... Pero no sea cosa que más tarde les saque yo frisa a ustedes... y ya veremos si entonces les duele...

No parecía sino que aquellos jóvenes tenían hambre de diversión, al extremo de no pensar ya en la cena ni en la chicha, excepto Germán, y fue necesario que este se los recordase para que pasasen al comedor, en donde Susana tenía ya la mesa lista.

XV

Cuando todos se hubieron sentado, lo primero que se hizo, naturalmente, fue llenar las copas: tanto los jóvenes como las niñas estaban sedientos. Por esto no se le ocurrió a ninguno perder el tiempo en ceremonias ni cumplidos, mucho menos en brindis, sino que, imitando a Germán, vaciaron sus copas de un solo trago.

No concluían aún de saborearse cuando veían aparecer a Susana muy alarmada y diciendo:

—¡Señoritas! ¡Señoritas...! ¡Don Niceto!

Todos saltaron de sus asientos como si hubieran sentido un temblor de tierra.

—En su cuarto —agregó la criada con tamaños ojos—, acabo de ver la maleta...

—Pero él... —dijo Fermina pálida de terror.

—El no está.

—¡Ah! —exclamó Germán más tranquilo—; se le olvidaría la maleta.

—Si nosotros lo hemos visto por nuestros propios ojos en la estación —dijo Leonardo.

—Y hasta lo vimos partir con el tren —agregó Germán.

¡Qué embustero! —exclamó don Niceto.

—Pero la maleta está ahí —dijo Susana—, y nunca la deja.

—¿Tú lo viste en la estación con maleta? —preguntó Leonardo a Germán.

—No, hombre, si no llevaba nada.

—A mí me parece lo mismo.

—No hay más que se le ha olvidado —replicó Susana.

—No puede ser de otro modo; si no, ya estaría aquí.

— Es lo que yo digo —agregó la sirvienta—; y nadie tampoco lo ha visto entrar.

—No tengan cuidado, niñas —les dijo Leonardo al verlas todavía aturdidas—. ¿Creen ustedes que si don Niceto hubiese venido...

—¡Ave María Purísima! —exclamó Susana.

—¡Tanto miedo a don Niceto —dijo Germán—, cuando estos viejos no son más que boca!

Yo te probaré lo contrario, gandul —murmuró don Niceto acariciando su tabla.

Al fin todos volvieron a tomar sus asientos, aunque no tan tranquilos como antes.

XVI

Pasados unos cortos momentos de silencio producido por las reflexiones a que todos se habían entregado, dijo Leonardo:

—Se me ha ocurrido una idea.

—Vamos a ver —dijo Germán.

—Yo estoy persuadido de que don Niceto está muy lejos de nosotros...

¡Adivinaste! —dijo don Niceto.

—Y solo algún accidente del ferrocarril...

Las niñas se alarmaron.

—No, no es más que una suposición mía... Pero como es bueno ponerse en todos los casos... yo pregunto: ¿qué haríamos si por casualidad se nos apareciese el papá?

—Echar a correr —contestó Germán, quien, sin embargo, no sentía muy firmes las piernas porque empezaban a debilitársele con la chicha.

—Por eso no tengan cuidado —dijo Fermina—, porque la casa es grande y hay muchos lugares en donde esconderse.

—Está bien —observó Leonardo—; pero nosotros no conocemos esos lugares y tal vez convendría practicar una exploración con arreglo a la estrategia militar. Hagamos algo como un ensayo o simulacro.

—Me parece muy bien —dijo Juanito que no las tenía todas consigo—, porque hombre prevenido...

—Nos servirá también de diversión —agregó Guillermina—; yo me escondo con Juanito...

—No —le interrumpió Alejandrina—; esto no es para bromas.

Nosotras corremos a nuestros dormitorios y ustedes se esconden mientras mi papá se va a la cama.

—Y más tarde, cuando esté dormido, yo les abro la puerta de calle —dijo Susana.

—¡Magnífico! ¡Estamos salvados! —exclamó Leonardo.

¡Lo veremos! —se dijo don Niceto.

—Pero, ¿y si no se duerme? —observó Juanito.

—Nos dormimos nosotros... Ahora llévanos tú, Susana, a conocer nuestros refugios.

—No hay necesidad —le contestó ella—, don Germán se va a la cocina...

—Me gustaría más la bodega —le interrumpió él.

—En la cocina hay cajones de vino...

—¡Ah!

—Pero vacíos; y también está el depósito de la leña...

—No es leña lo que yo quiero...

—Usted, don Leonardo —prosiguió la sirvienta—, se puede ir al cuarto del baño, que está junto a la cocina.

—Me parece bien.

—¿Y yo? —preguntó Juanito.

—Usted al costurero, o si quiere a la despensa...

—Mejor será que vaya yo a la despensa —interrumpió Germán.

—A mí me gustaría en donde estuviese más cerca de la calle —dijo el tímido Juanito.

—Entonces la despensa.

—Es decir que ya estamos convenidos —dijo Leonardo—, y no hay más que hablar. Que venga ahora el enemigo, o don Niceto, que es lo mismo. En cuanto Susana nos dé la voz, volamos todos a nuestros respectivos puestos.

—Entre tanto vamos sirviéndonos —dijo Germán abordando su plato con el mismo apetito con que había abordado la chicha.

Y en seguida hicieron lo mismo los demás, olvidándose completamente de don Niceto. En cuanto a este, ya se había consumido la segunda botella de chicha y se sentía con la cabeza abrumada.

Pero ya queda poco —decía él—; los dejaré cenar algo y, sobre todo, que beban bastante; así los lograré mejor...

XVII

Estaba la cena en lo mejor cuando oyeron que Susana gritaba desde afuera:

—¡Don Niceto!

El movimiento fue tan violento como estrepitoso, corriendo todos hacia los lugares que se les habían designado, encontrándose luego con Susana que, riéndose a carcajadas, decía:

—Ni de veras lo habrían hecho tan bien. ¡Sabe Dios en dónde se hallará a estas horas el patrón!

—De modo que ha sido una picardía tuya —le dijo Leonardo.

—No era más que por ver.

Restablecida la calma, volvieron a ocupar sus asientos y a continuar la cena en medio de mayor entusiasmo y alegría.

XVIII

Pero desgraciadamente estaban condenados a ver su fiesta interrumpida a cada momento. Esta vez fue algo parecido a ronquidos lo que los alarmó.

—¿Qué es eso? —preguntó sobresaltada una de las niñas.

Todos callaron y, en efecto, pudieron sentirse perfectamente los ronquidos de una persona por el lado de la despensa.

—¡Ah! —exclamó Susana—. ¡Ya caigo! Debe ser el italiano del despacho, que no ha de dormir callado.

—Yo creo que no es abajo —dijo Fermina con cierta inquietud—. ¡Y qué parecidos a los ronquidos de mi papá!

—Todos roncamos lo mismo —dijo Leonardo.

—También me la ha pegado a mí muchas veces el Bachicha —dijo Susana—, porque le remeda muy bien al patrón el modo de roncar.

Pero como continuasen los ronquidos cada vez más fuertes y cercanos, dijo Guillermina:

—Nada se pierde con ir a ver. Anda a asomarte, Susana.

—Yo creo que mi papá pena en vida —dijo Fermina con mucha formalidad—, porque no es la primera vez... Pero ¿qué haces ahí, Susana?

—Me ha dado miedo, señorita. ¿A qué fue a decir que don Niceto penaba?

En ese mismo instante se sintió dentro de la despensa una gran sonajera de botellas que rodaban, y Susana dio un grito, lo mismo que las niñas, levantándose todos asustados, inclusos los jóvenes, quienes no dejaban de tener motivos para alarmarse con ruidos que estaban muy lejos de ser imaginarios que a más de uno de ellos tal vez le trajo a la memoria la maleta de don Niceto.

—¡Ahora caigo! —exclamó otra vez Susana, que siempre era la primera en asustarse y también la primera en explicarse las cosas—. ¡Son los ratones que andarán haciendo de las suyas por las rumas de botellas vacías!

—¡Eso es! —exclamó Germán, que ya estaba a más de media turca—, y esos condenados eran, sin duda, los que roncaban.

Todos empezaron a reírse con la ocurrencia de Germán; y como ya no se sintiesen los ronquidos ni nada, volvieron a sentarse.

XIX

Por su parte don Niceto, que, como lo habrá comprendido el lector, era el de los ronquidos, porque el calor de la pieza y los tragos de chicha lo habían hecho dormirse, despertó sobresaltado con el ruido que hicieron las botellas al derrumbarlas con una pierna que estiró en medio de su dulce y bullicioso sueño.

En seguida aguzó el oído y se impuso de la alarma y suposiciones de sus hijas y de los convidados de contrabando.

¿A que les doy otro susto —se dijo—, para no dejarlos un momento tranquilos?

Y abriendo tamaña boca, dejó escapar un soberano bostezo que oyeron perfectamente todos los del comedor, poniéndose en el acto de pie.

—Eso no es del Bachicha —dijo Susana temblando.

—Será del Comendador —agregó Germán—, porque esto ya se va pareciendo a la cena de don Juan Tenorio.

—Anda a ver, Susana —le dijo Fermina.

—Yo fuera, señorita; pero... ¿no dice que don Niceto pena en vida?

—Tonta, yo te acompañaré —le dijo Germán dirigiéndose con ella resueltamente hacia la despensa.

Cuando estuvieron en la puerta, Susana se retacó diciendo a Germán:

—Entre usted primero...

—No, tú...

—Usted que es hombre...

—Yo puedo tropezar con algo...

—Iré a traer una luz...

—¡Qué luz! —dijo Germán con rabia, dándole un empellón y siguiendo tras ella—. ¡Adentro!

—¡Afuera! —gritó don Niceto con voz cavernosa, levantando la tabla y dejándola caer con más estrépito que estrago sobre la cabeza de Germán.

Fue tal la sorpresa, o más bien el espanto, que Susana se estrelló contra Germán, rodando por tierra junto con él, mientras don Niceto descargaba sus golpes como al acaso sobre los dos bultos, en medio de los gritos de Susana y de la alarma de las niñas y los jóvenes, quienes en confuso tropel abandonaban el comedor derribando sillas, copas, botellas y cuanto encontraban por delante.

—¡Toma, bribón, para que no te salga tan de balde la comilona! —gritaba don Niceto dando a Germán por donde caía—. ¡Toma! ¿No querías viajes más a menudo? Y tú también, canalla, por encubridora... ¡Toma! ¡Toma!

Y mientras Susana se conformaba con gritar, Germán trataba de escabullirse, corriendo a gatas, pues los golpes de don Niceto lo tenían medio aturdido y no podía levantarse.

—¡Por favor! —gritó al sentir un recio golpe en la cabeza, con el cual se partió la tabla a lo largo, saltando la mitad, que Germán cogió, y, levantándose como pudo, se puso en guardia con ella.

Esto exasperó más a don Niceto, trabándose un verdadero y sobre todo ruidoso combate a arma blanca, aunque Germán no hacía más que parar los golpes, si bien es cierto que muchos de ellos los paraba con su propia cabeza.

Al ruido de las armas se unía el de las voces de don Niceto, que no cesaba de hablar, porque cada golpe lo acompañaba con algo alusivo a la situación.

—¡Toma! —gritaba—. ¡Aprende a beber de bolsa! ¡Toma! ¡Para que sepas que no estoy tan viejo! Con que los viejos no somos más que boca... ¡Toma, boca!

Y llovían los golpes sobre Germán, hasta que por fin pudo ganar la escalera, que afortunadamente estaba muy próxima, y bajar, o más bien rodar estrepitosamente por ella impulsado por un formidable y certero puntapié de don Niceto, quien se fue también escalera abajo, produciendo tal ruido y estremecimiento, que el italiano del despacho saltó de su cama, cogió un garrote y salió corriendo para la calle, así como estaba, a fin de averiguar lo que ocurría.

XX

El pobre Germán, a quien se le había espantado la mona con el susto y los golpes, llegó a la calle medio descalabrado, sobándose la cabeza y maldiciendo entre dientes.

Al verlo el italiano levantó el palo; pero reconociendo luego que era una persona decente, le preguntó:

—¿Qué ha sucedido, caballero?

—Ese hombre, que ha venido a armar un incendio...

El Bachicha, asustado y medio dormido como estaba todavía no hizo más que oír «incendio» y volar para su despacho a comunicar la noticia a su mujer, ponerse los pantalones y salir a la calle a dar la alarma.

XXI

Don Niceto, entre tanto, se había levantado más furioso con el golpe y se había dirigido, siempre armado de su tabla, en busca de los otros jóvenes, quienes no pudiendo tomar la escalera sin encontrarse con don Niceto, habían corrido al interior de la casa a esperar en sus escondites, como estaba convenido, la oportunidad de salir con el auxilio de Susana.

—¡Infames! —gritaba don Niceto avanzando hacia la cocina—. ¡Querer burlarse de mí y de mis hijas!

—Aquí no hay nadie, señor —le dijo la cocinera al verlo llegar.

—¡Toma, no hay nadie! ¡Por tapadera!

Y mientras le daba un tablazo, salía Juanito de la cocina como una exhalación, tras el cual siguió a palos don Niceto, como quien persigue a un ratón, hasta verlo desaparecer por la escalera, que el atribulado joven salvó de unos cuantos saltos.

XXII

Jadeante y sudando a mares se volvió en busca del tercero, Leonardo, que debía estar en el cuarto del baño. Abrió la puerta y no vio a nadie en la pieza, porque Leonardo, al sentir que se acercaba don Niceto, había tenido la precaución de meterse y acurrucarse bien dentro de la tina.

—¡Me he salvado! —exclamó el joven al ver que don Niceto volvía a salir del cuarto.

Sin embargo, duró poco su alegría, porque no tardó mucho en volver don Niceto, esta vez con una vela encendida.

—¡Se ha escapado! —dijo al entrar—. Y más vale así ¡porque si lo pillo...!

Leonardo se acurrucó más, conteniendo hasta la respiración.

—¿No estará dentro de la tina? Por si acaso...

Y tiró con fuerza la cadena del baño de lluvia, que dejó escapar abundante y ruidosamente el agua.

Un grito involuntario y reprimido salió del fondo de la tina, pero sin que Leonardo se atreviera a levantarse, a pesar de la desagradable impresión de la inesperada e importuna lluvia, que hizo en él todo el efecto de una descarga eléctrica.

—Yo te enfriaré el cuerpo, bribón, que es lo que necesitas —dijo don Niceto sin soltar la cadena, ni tampoco la tabla que tenía aún en la otra mano.

Entonces Leonardo se levantó y trató de salirse de la tina; pero don Niceto, dándole con la tabla:

—No, todavía no —le dijo—, que ahora tengo que calentarte el cuerpo...

XXIII

En esos momentos se sintió ruido de gente que subía la escalera en tropel y precipitadamente. Don Niceto salió alarmado a ver lo que ocurría.

Eran el italiano, el policial del punto y otros vecinos y transeúntes que iban a apagar el incendio.

En un momento se llenó la casa de gente, y en vano aseguraban don Niceto, sus hijas y hasta Susana que allí no había ocurrido incendio ninguno.

—¡Que siempre han de ocultarlo! —dijo uno.

—Es claro —agregó el policial—, para no pagar la multa.

¡Eccolo! —exclamó el italiano mostrando a Leonardo que salía del cuarto del baño cariacontecido y chorreando agua de pies a cabeza.

—En efecto —dijo Leonardo—, si no es por mí —y acercándose a don Niceto agregó por lo bajo—: se pierde el honor de sus hijas.

—Bien —dijo don Niceto que había comprendido la estratagema—. ¡Cómo ha de ser! Mañana pagaré la multa.

XXIV

Al día siguiente todos los diarios daban cuenta del principio de incendio en casa de don Niceto, asegurando que el fuego había tenido origen en la chimenea, por no estar limpia.

Cuando esto leyó don Niceto, que tan extremado era en la limpieza, se puso furioso.

—¡Decir que yo —exclamaba a cada momento—, no tenía limpia la chimenea! Y nadie tiene la culpa sino ustedes —agregaba dirigiéndose a sus hijas.

XXV

Sin embargo, debo decir aquí en honor de don Niceto y como por vía de apéndice, cuál fue su conducta respecto de sus hijas.

Como en toda la noche no había podido pegar los ojos, pensando en lo que debía hacer con ellas, madrugó más que de costumbre y reunió a las tres en cuanto dejaron la cama. Las niñas se presentaron sobresaltadas, mucho más al ver la solemnidad de su padre.

—Ya deben adivinar, señoritas —les dijo—, cuál es el objeto con que las he hecho comparecer ante mi presencia...

A las niñas se les llenaron los ojos de lágrimas.

—Los sucesos de anoche, que no me han dejado pegar los ojos... Pero no, no lloren todavía... No es eso lo que yo necesito, sino que me contesten a las preguntas que voy a hacerles...

Las niñas se miraron sorprendidas unas a otras.

—¿Cuántas veces han venido aquí esos individuos?

—Varias, papá —le contestó Fermina.

—¡Con que varias!

—Pero solo de pasadita...

—¡Y Susana lo consentía!

—No, papá —le interrumpió Guillermina—; lo hacíamos cuando Susana se quedaba dormida.

—¡Con que se quedaba dormida! ¿Con uno o con dos ojos? ¿Y no les han faltado al respeto?

—Ni nosotras lo habríamos consentido... ¿Qué se ha imaginado usted, papá? —dijo Alejandrina con cierta dignidad que tranquilizó y hasta enterneció a don Niceto.

«Estas muchachas son honradas», pensó él, y en seguida agregó alto:

—Está bien; por haberme confesado la verdad, desde hoy tienen las puertas abiertas. Pero por una de ellas se va Susana ahora mismo.

XXVI

Desde entonces no se volvió a oír hablar de alarmas de incendio en casa de don Niceto, y las niñas salen a la calle cuando quieren, hacen y reciben visitas, teniendo sus diversiones de vez en cuando con la presencia de su papá, quien ya no dice «¿No ven que yo también he sido joven?», sino «Es necesario acordarse de que uno también ha sido joven».

Gracias a esto, las hijas de don Niceto no solo han ganado en salud y hermosura, sino que han adquirido entre sus amistades, particularmente entre los jóvenes, fama merecida de buenas mozas, espirituales, amables, cariñosas y... nada más.

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Una votación popular

Apropósito Cómico

Estrenado en el Teatro de la Victoria de Valparaíso el 3 de agosto de 1869 por la Compañía Garai.

Personas

Carrión, comandante de cuerpo cívico

Beltrán, sargento de id. id.

Poblete, cabo de id. id.

Federico, joven dependiente

Eduardo, otro dependiente

Peta, esposa de Poblete

Felipito, hijo de Peta y Poblete

Pueblo

La escena pasa en Valparaíso y en nuestros días.

Acto Único

Una encrucijada o plazoleta. En el fondo, derecha, se supone una mesa receptora de sufragios populares, colocada a una distancia conveniente, de manera que se sientan los murmullos del pueblo y aún se alcancen a comprender las palabras que han de decirse a su tiempo.

Escena 1

[Comandante Carrión y sargento Beltrán.]

Carrión: ¿Ha cumplido usted mis órdenes, sargento Beltrán?

Beltrán: He hecho cuanto he podido, mi comandante.

Carrión: Pero ¿ha desempeñado usted bien la comisión?

Beltrán: Sí; señor, al pie de la letra. A todos les comuniqué sus órdenes; pero... voy a hablarle con franqueza, mi comandante: me parece que la compañía no está toda por la lista del gobierno.

Carrión: ¿Que no está toda por la lista del gobierno? ¿Y por cuál ha de estar? ¡Cómo! ¿Se atreven esos pelagatos a hacerme oposición a mí, a su comandante? ¿Quiere decirme, sargento, quiénes son los cabecillas para secarlos en el calabozo?

Beltrán: Pero, señor, ya usted ve que los contrarios echan a correr el oro; y es sabido que... [Marcando las palabras y frotándose los dedos.] en viendo esto los ciudadanos... no hay calabozo que valga.

Carrión: ¡Y ahora viene a salirme con esa, mi sargento! ¡Buena la ha hecho! ¡Es decir que nosotros no tenemos oro ni otros recursos de que poder echar mano!

Beltrán: Sí, yo no lo dudo; pero... usted me perdonará, mi comandante, y aunque me esté a mal el decirlo, yo soy un hombre de bien que no acostumbro entrar en esos manejos...

Carrión: ¡Pues hombre! Es decir que yo debo ser un pillo. Se porta usted muy bien, mi sargento. Yo y la patria le quedaremos muy agradecidos.

Beltrán: ¡La patria! La patria, mi comandante, nunca nos agradece nada a nosotros los pobres. Suponga que ahora triunfe el gobierno, o la patria, que es lo mismo, ¿se acordarán de mí el gobierno o la patria?

Carrión: ¡Cómo! ¿Se atreve usted a dudar de mi palabra?

Beltrán: ¡Ay, mi comandante! Triunfe o no triunfe el gobierno, yo seguiré siendo el sargento Beltrán, o el maestro Beltrán, y mi comandante (a quien por lo menos harán coronel) me mandará al calabozo el día que le falte a una lista o que siquiera le levante los ojos... (cuando en estos días me lleva perdonadas tres listas y una guardia).

Carrión: [Volviéndose.] ¡Qué significa esa agitación! [A Beltrán:] Pronto volveremos a vernos, amigo Beltrán; hasta luego. [Vase.]

Beltrán: ¡Amigo! ¡Me ha llamado amigo! ¡Ja, ja, ja!

Escena 2

[Beltrán y Poblete, este último achispado, fumando un cigarrillo.]

Poblete: Quien a solas se ríe, mi sargento, de sus maldaes se acuerda. Esto no lo igo yo, sino que lo ice el refrán. Con que ya le puee ir diciendo al refrán por qué se estaba riendo, mestrito.

Beltrán: ¡Hombre! Me reía a solas porque no ando acompañado como tú. [Empina el codo como para indicar que el cabo está ebrio.] ¿Me entiendes?

Poblete: Sí, ya se las entiendo, mestro Beltrán. Usté yastá acostumbrao a sus indireutas conmigo. Pero no le hace. Lo que yo quiero, mestro, es saber por qué se reía a solas.

Beltrán: Está bien claro, Poblete; porque te había visto asomar por aquella esquina con una tranca que apenas podías...

Poblete: Y con esta son dos indireutas, mestro Beltrán. Parece que usté ha amanecío hoy de mala. Pero... ¿me ice o no me ice por qué se estaba riendo, mestrito?

Beltrán: Ya te lo he dicho, hombre; no seas odioso. Ándate a dormirla será mejor.

Poblete: ¡Otra indireuta! Y esta es muy personal; pero se la perdono tamién, como me iga por qué se estaba riendo.

Beltrán: Me reía... porque vamos ganando la votación. ¿Me crees ahora?

Poblete: Cómo se lo hei de crer, pues mestrito, si eso no es cierto. ¡Ya me engañó pues! Nostoi tan rascao como usté se lo figura, mi sargento.

Beltrán: (¡Sí, se conoce!)

Poblete: ¡Ya se ve! ¡Como yo no vengo e la mesa! Pregúnteselo por más señas al capitán, que estaba echando tajos y reveses porque no queyan en lurna más que de los coloraitos. ¡Pero si casi toos los de la compañía, mi sargento, coloraos y más coloraos! [Murmullos en la mesa.] ¡Está la cosa que se arde, mestro Beltrán! Y no hay que arle güelta: la ganamos sin remedio, la ganamos nosotro lo opositores.

Beltrán: ¡Cómo es eso! ¿Tú, Poblete, te has vuelto opositor?

Poblete: ¡Güeña cosa, mi sargento! ¡Con que no lo sabia! ¡Qué de tiempos que me hei volvío opositor! ¿Usté cré, mestro Beltrán, que en este corazón no hay amor a la patria y a la libertá?

Beltrán: ¡Te lo creo, hombre, te lo creo! Pero como te tenía hasta ahora por gobiernista, ¡y el ser gobiernista no quita tampoco ser patriota y liberal!

Poblete: Así lo cré usté, pues, mestro, porque usté es muy güeno y muy honrao; pero lo que es el resto el partío... ¡pa qué hablar más bien!

Beltrán: Y dime, Poblete, ¿cómo anda tu partido en honradez y patriotismo?

Poblete: ¡Ah, mestrito! ¡En mi partío andan muy derechitos los jusiles!

Beltrán: Muy derechitos andarán los fusiles, pero yo sé que también andan saltando los condoritos.

Poblete: Heí lo ha e ver usté, pues, mestro. Muy güeno es ser patriota, yo no igo que no, pero no por eso ebe uno ejarse morir de hambre. ¿Y pa qué? pregunte usté. Pa que esos jutres que agora nos llaman amigos, que nos «pasan la mano» (pero naa e «pasa manos»), que nos prometen este mundo y el otro, apenas se acaban las eleuciones... si te hei visto no me acuerdo. ¡A otro perro con ese hueso, mestro Beltrán!

Beltrán: Vamos, hablemos claro: tú te has vendido, Poblete.

Poblete: Poco a poco, mestro. ¡Qué es eso e vendío! Yo no me hei vendió a naide, porque un artesano como yo no se vende así no más. Recibir unos diez pesos por el voto, ¿eso llama usté venderse?

Beltrán: Pues, ¡es nada! ¡Vender la conciencia!

Poblete: ¡Dale bola! Yo no hei vendío la conciensa, mestro, sino el voto, el voto solito. ¡Estoy yo pa vender mi conciensa! Gracias a Dios, toavía pueo agarrar la lesna.

Beltrán: Pues mira, te han pagado mal, porque mi comandante da dos cóndores [Con marcada intención.] no por la conciencia, por supuesto, sino por el voto.

Poblete:[Con interés.] ¿Me lo ice e veras, mi sargento?

Beltrán: Como lo oyes.

Poblete: ¡Con que es decir que los liberales me estaban engañando!

Beltrán: Así no más es.

Poblete: ¡Bribones! ¡Quererme robar diez pesos! ¡Y en estos tiempos! Bien me había icho usté, mestrito, ¡que esa gente no tiene pizca e patriotismo ni elicaeza!

Beltrán: Pero si aún es tiempo, aprovecha la ocasión, que más tarde ya no se podrá votar.

Poblete: Ice bien, mi sargento. Agorita mesmo me voy volando a buscarlo... ¡Tan güeno y tan generoso mi comendante! ¡Si no es capaz e quearse con el trabajo e naide! [Sale de prisa gritando:] ¡Viva mi comendante Carrión! ¡Viva el gobierno! [Vase tras él el sargento.]

Escena 3

[Federico y Eduardo (que llegan juntos). En esos momentos se siente agitación en la mesa y gritos de «¡Viva la oposición!» «¡Abajo el ministerio!».]

Eduardo: [Con alegría.] Nuestra causa triunfa, amigo mío. Vamos ganando lejos, muy lejos. ¡Oh!, este es un golpe de muerte para el gobierno.

Federico: En efecto, le será muy vergonzoso perder la votación en un departamento tan importante como Valparaíso, a pesar de los indignos manejos que ha puesto en juego.

Eduardo: Así es, porque no ha perdonado medio: los empleos, las promesas de todo género, el cohecho, la amenaza, todo, todo lo ha considerado lícito. Pero inútilmente, amigo mío. La buena causa triunfa esta vez. ¿Y has visto lo bien que se están portando los artesanos? ¡Hasta los empleados!

Federico: Eso de los empleados... no sé qué te diga, Eduardo. ¡Son tan culebras! Y a fe que les hallo razón: así no más no se da al traste con el empleo y con toda una carrera.

Eduardo: En esto no soy de tu opinión, Federico. El hombre que tiene dignidad jamás sacrifica sus opiniones al empleo ni a consideraciones de ningún género. Además, nadie les pone una pistola en el pecho para que hagan público su voto.

Federico: Pero esas cosas, Eduardo, siempre se saben. El espionaje, la adulación tienen buen olfato, y ¡pobre del empleado que ha votado contra el gobierno! ¡Este es un crimen de alta traición, de lesa patria!

Eduardo: Es que todavía no tenemos conciencia de nuestros deberes de ciudadanos. Si todos los empleados supieran hacer uso de su independencia, ya sería otra la conducta de los gobiernos.

Federico: Pero desgraciadamente tenemos empleados buenos y empleados malos, y los malos sacrifican a los buenos. El hombre que no es útil, que debe su empleo al favor y no a sus méritos (y estos son muchos, por desgracia), se ve obligado, para ascender o para mantenerse en su puesto, a adular, a hacerse partidario ciego, a sacrificar uno de los derechos más preciosos que tiene el ciudadano: la independencia de sus opiniones.

Eduardo: Sin embargo, esta vez los empleados se están portando muy bien.

Federico: ¡Dios te oiga, Eduardo! Esta sería una gran revolución en nuestros hábitos políticos. ¡Los empleados haciendo oposición al gobierno!

[Grandes murmullos y agitación en la mesa. Federico y Eduardo van a salir, pero se detienen al encontrarse con Poblete que llega como una cuba, y tras él, Peta con un niño en brazos, bien envuelto, y llevando de la mano a Felipito.]

Escena 4

[Dichos, Poblete, Peta y Felipito.]

Poblete: [Dirigiéndose a Federico.] ¡Aquí me encontré al patrón! Patroncito: ya sufragué... con el coloraito, por supuesto. Y me parece que se la ganamo al gobierno... ¡Lo llevamo a chicote borneao!

Federico: Efectivamente, amigo; y como ya no necesitamos apurarnos mucho, creo que sería bueno que usted se fuese a su casa...

Eduardo: Sí, porque está algo malito...

Federico: Y usted sabe que los enemigos no buscan más que pretextos para vengarse.

Eduardo: Y además tendrá que trabajar mañana, y...

Peta: [Adelantándose.] ¡Qué ha e trabajar, señor, si este hombre está entregao al vicio e la borrachera!

Poblete: [Que no había visto a Peta.] ¡De ónde ha salió este diablo!

Peta: Es un hombre, señor, que apenas se orea...

Poblete: ¿Quieres callarte, mujer?

Peta: Él no piensa en el trabajo, ni en su casa, ni en su mujer, ni en sus pobres hijos...

Poblete: ¡Malhaya sea la mujer! ¡Le mando que se calle! ¡Venirme a esacreitar!

Peta: Borracho sin vergüenza. (Y ustedes perdonen, caballeros).

Poblete: No le hagan caso a esta mujer, que yo creo que viene ébrida. Se queja e puro regalona que yo la tengo. Por eso no es güeno enseñarlas a mal.

Federico: Bien, amigo, así regalonas es como todos los buenos esposos deben tener a sus mujercitas y a sus hijos. Y ahora váyase con ellos sosegadito... Aproveche los diez pesos que me pidió esta mañana para llevarles pan, porque yo no se los he dado a usted por el voto, sino simplemente como una limosna.

Felipito:[A su madre.] ¡Diez pesos le han regalao a mi taitita!

Eduardo: Sí, es mejor que se retire con su esposa y sus hijos. Adiós, amigo, y váyase en paz.

Federico: Y también vámonos nosotros, Eduardo, que no es muy agradable esta escena.

Escena 5

[Poblete, Peta, Felipito.]

Peta: Con que te han dao diez pesos, ¡pícaro, perdulario!

Poblete:[Con ademan amenazante, empuñando la mano.] No me venga a insultar la mujer, porque le doy un moquete...

Felipito:[Afligido e interponiéndose entre ambos.] No, taitita, ¡por Diosito!

Peta: [Encarándosele.] Sí, ¡pégame no más! Hacé la prueba, y verís cómo te mando cortito a la policía.

Poblete: ¿A mí? ¿A mí a la pulicía? ¡A que le doy una guantá! Mándese usté cambiar, señora... ¡Volando! ¿Onde se ha visto a una persona ecente, a una señora casá como usté arengueando con su marío en la calle pública?

Peta: (Pero, Dios mío, ¡hasta cuándo sufro a este hombre!) Mira, te lo juro, desastrao, que yo me hei de saber buscar la vida de otra suerte.

Poblete: ¿De qué suerte?

Peta: ¡Ya lo verás!

Poblete: ¿Que lo veré? Esta mujer está loca. ¡Y no hay un mucipal, señor, que reglamente a las mujeres casás!

Peta: Los mucipales debían empezar por reglamentar a los hombres, inclusos los mucipales.

Poblete: (¡Vea usté lo que es el mundo! Ejar libres a las señoras casás y querer reglamentar a las niñas solteras!)

Peta: [Metiéndole repentinamente la mano en el bolsillo.] A ver esos diez pesos que te han dao, tunante, pa comprarles pan a tus hijos.

Poblete: [Tratando de sacarle la mano.] ¡Ah, grandísima diabla! ¿Eso querías tú, los diez pesos, eh?

Felipito:[Colgándosele por el otro bolsillo.] Sí, taitita, los diez pesos.

Poblete: ¡Tú también, diablillo! ¡Lárgame, muchacho! ¡Suéltame, mujer! ¡Ladrones! ¡Auxilio!

Felipito:[Saltando de alegría y mostrándole la moneda.] ¡Aquí están, mairecita! ¡Aquí están!

Poblete: [Siguiendo a Felipito, tambaleando, y el niño sacándole lances.] ¡Muchacho condenao! ¡A tu padre venir a saltear! ¡Agárrenlo! ¡Atajen a ese pícaro!

[Vase el niño por el fondo, y tras él Peta.]

Escena 6

[Dichos, Carrión y Beltrán, que llegan sin apercibirse de Poblete.]

Carrión: [Con impaciencia.] Estos bribones son capaces de venderse por dos vasos de chicha.

Poblete: (No tendrá que ecirlo por mí el comendante, porque nunca hei dao mi voto por menos de veinte reales. Y si lo hei hecho, no ha sido más que por la pura necesiá).

Carrión: Así, ¿cómo podrá contarse con los pueblos? ¡Y se habla de voluntad nacional, de opinión pública y qué sé yo de cuántas otras pamplinas! Estamos perdidos, sargento Beltrán. Nos han traicionado. Hasta los empleados se nos han pasado.

Poblete: [Acercándosele.] ¡Qué picardía, señor! ¡Una causa tan santa! Pero yo no lo creo toavía. ¡Si los gobiernos no pierden nunca, mi comendante!

Beltrán: Lo que es esta vez...

Carrión: Vamos, esta vez el gobierno habrá querido dejarse ganar... Y este tuno... ¿has votado ya?

Poblete: Toavía no: a sus órdenes, mi comendante. [Se cuadra, siempre tambaleándose, pero haciendo esfuerzos por mantenerse inmóvil.]

Carrión: Ven acá. [Lo lleva a un lado.] ¿Tienes ahí tu calificación?

Poblete: Intautita, mi comendante. Toavía no ha pecao. (¡Si aflojará los dos cóndores!) [Saca la calificación y empieza a desdoblarla.]

Carrión: Está bien. Tú eres de los nuestros, ¿no es verdad?

Poblete: Justo, mi comendante. (Pero por los veinte pesos).

Carrión: Entonces toma este voto y vete a la mesa. En seguida puedes verte conmigo, que no quedarás mal. [Se acerca a Beltrán.]

Poblete: (¡Malo!) ¿Con que lo veo después, mi comendante?

Carrión: Sí, hombre.

Poblete: ¿Y onde lo veré, mi comendante?

Carrión: Por aquí, por aquí mismo me encontrarás.

Poblete: [Vase, pero se detiene a dos o tres pasos.] ¿No se me irá el comendante?

Carrión: Muy mal se ha portado la compañía, mi sargento; casi todos nos han sido contrarios. [Se vuelve y ve al cabo, que está parado a alguna distancia.] ¿Qué haces, hombre? ¿Esperas que se levante la mesa?

Poblete: ¿Con que aquí lo encontraré, mi comendante?

Carrión: [Impaciente.] ¡Te lo he dicho ya cien veces, canasto! ¡Habrá bribón! ¡También desconfía de mí!

Poblete: [Echa a correr haciendo equis, pero se detiene poco antes de desaparecer, y dice, mirando al comandante.] ¡Si perderé estos veinte pesos!

Escena 7

[Dichos, menos Poblete.]

Beltrán: Señor: yo he hecho cuanto me era lícito y compatible con mi honradez. Además, mi carácter no me permite sobornar a nadie, y al contrario, tengo repugnancia a todo el que vende su conciencia.

Carrión: Déjese de tonterías, sargento Beltrán. Así nunca será usted nada.

Beltrán: ¿Y qué puedo ser yo, mi comandante? ¿Me ascenderán? ¿Seré oficial alguna vez?

Carrión: Mire usted, sargento, ¿no es usted carpintero?

Beltrán: Por lo mismo...

Carrión: Oiga, sargento Beltrán, ¿no es usted carpintero? Pues bien: el gobierno también suele emprender obras de carpintería, y es muy justo que prefiera a sus amigos y no a sus enemigos.

Beltrán: Eso se dice ahora, señor, pero después... que vengan los extranjeros, dice el gobierno, porque los hijos del país son muy trapalones. Y en la mejor se la pegan también los extranjeros.

Carrión: Tiene usted mucha razón, mi sargento, y la prueba es que el mismo gobierno se está desengañando con ellos. Yo le prometo que no se olvidará de los hijos del país. [Golpeándole el hombro.] De usted sobre todo; yo lo recomendaré al ministro, que es un buen amigo.

Beltrán: Muchas gracias, mi comandante. Pero si yo llegara a aceptar alguno de esos trabajitos.... sería legalmente... porque no quiero que se diga... Ya usted sabe lo que es la gente de habladora...

Carrión: (¡Hipócrita!) ¡Qué ha de decirse, hombre! Usted es un partidario de convicción, un hombre honrado. (Y la tragó con toda su honradez).

[Murmullos extraordinarios y agitación en la mesa. Gritos de «¡fuera ese borracho, fuera!» «¡Es un vendido!» «A la cárcel con ese gandul!» «¡Sí!, ¡que ha venido a votar dos veces!» Carrión y Beltrán acuden y se encuentran con Poblete que llega jadeante y despavorido, sin sombrero y la manta rota, huyendo de una parte del pueblo que lo persigue, pero que se detiene al ver al comandante Carrión y al sargento Beltrán].

Escena 8

[Dichos, Poblete y pueblo.]

Carrión: ¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido? Dejen ustedes a ese hombre. Yo me encargo de él. [El pueblo se retira.]

Beltrán: ¿Por qué te persiguen, hombre? ¿Has hecho alguna barbaridad?

Poblete: [Acezando y pronunciando las palabras entrecortadas.] Nada... nada, mi comendante... Juí a la mesa... saqué... mi... calificación... la entregué; pero... toavía... no la había abierto... cuando esos pícaros... empezaron a gritar... «¡Fuera ese borracho! ¡Vendío! ¡Facineroso!» ¡Y hasta ladrón me han dicho! ¡¡A mí ladrón!! Brrr...

Carrión: Pero, ¿por qué te han dicho eso? ¿No iba en regla tu calificación?

Poblete: ¡Justo! Pero ecían que yo me había vendío... y que había votao dos veces...

Beltrán: Pero, ¿es cierto que has ido a votar dos veces?

Poblete: ¡Falso! ¡Y muy falso! Yo no había ido a votar... más que una... una sola vez... Con esta última sí que eran las dos.

Carrión: ¡Bárbaro! ¡De buena te has escapado!

Beltrán: Y merecías haber ido a la cárcel.

Poblete: ¡Güeña cosa! ¿Que no iba agora a votar por el gobierno? Si lo hubieran hecho en la otra, que voté por la oposición... toavía... Pero agora ha sido una picardía y naa más.

Carrión: Pero, ¿cómo te has atrevido, estúpido, a faltar tan descaradamente a la ley?

Poblete: Yo no hei faltao a ninguna ley, mi comendante; al contrario, esta es una trampa legal, y naa más.

Beltrán: ¡Qué cosa buena puede hacer un borracho!

Poblete: ¿Yo borracho, mestro Beltran? ¿Ya empezamos con las indireutas...? Es cierto que hei echao mi traguito, no igo que nó; pero estoy un poquito alegre... y naa más...

Beltrán: Sí, muy alegre, y del susto casi se te ha pasado la borrachera.

Poblete: ¡Este mi comendante no más tiene la culpa! Bien no quería ir, pero como no pueo hacerme rogar, porque yo soy así... [Y estira la mano para demostrar su largueza.]

Carrión: ¡Me gusta la desfachatez!

Poblete: Pero no está too perdío, mi comendante; toavía pueo ir a votar.

Carrión: ¿Estás loco, hombre?

Poblete: A lotra parroquia, pues, mi comendante. [Llevándose la mano a la cabeza.] Como me den mi sombrero, que me han robao esos pícaros... ¡Y me llamaban ladrón! ¿Qué ice, pues...? (¡Cómo pierdo estos veinte pesos! Y Filipito que me ha ejao sin cristo). [Cuadrándose ante Carrión.] A sus órdenes, mi comendante.

Carrión: No, no te necesito, vete con Dios. Estás muy ebrio.

Beltrán: Hace rato que te aconsejé fueras a dormirla; y es lo mejor que puedes hacer ahora si no quieres ir a parar a la policía.

Poblete: ¡Güen dar! Con que después que me han pegao, me han corrío, me han robao el sombrero, ¿toavía tendrían valor de pasarme pa entro?

[Se siente mucha agitación en la mesa, que se ha levantado. Se oye decir dentro las palabras siguientes: «Al escrutinio! ¡Al escrutinio! ¡Viva la oposición! ¡Vivaaa!» Se sienten cohetes y gritería general.]

Carrión: [Furioso y saliendo.] ¡Cómo es eso! ¿Están quemando cohetes? ¿Y qué hacen esos pacos que no les sacan la multa?

Beltrán: No les haga caso, mi comandante. [Vase también.]

Poblete: (El choreo es libre).

Escena 9

[Poblete, Federico y Eduardo, muy alegres.]

Federico: ¿Aun andas por aquí, hombre? Y sin sombrero.

Eduardo: ¿Te has vuelto loco?

Poblete: No, señor, es que... me han robao.

Federico: ¿Qué te ha sucedido?

Poblete: Ya se lo hei dicho a usté, patrón: ¡me han salteao!

Federico: ¿A estas horas, y en la calle pública?

Poblete: ¡Ya se vé! ¡Como hoi no se roba de dia claro! ¡Andan unos linces...!

Eduardo: ¡Pobre hombre!

Federico: Pero ¿cómo te han salteado? ¿Estabas durmiendo?

Poblete: Ha e saber usté, señor, que en mal hora me juí a meter [Se sienten murmullos en la mesa.] entre esa gente que está alborotá... y ¿no me alboroto yo tamién? Me saco el sombrero y lo tiro pa riba... y, ¡adiós casero! Entonce les dije que eran unos pícaros, unos ladrones... ¡¡y me han seguío, señor!!, que si no es por el comendante Carrión, que me sirvió de ángel de la guardia, a estas horas el pobre Poblete estaría como un Santo Cristo... Pero golviendo a otra cosa, señor, parece que hemos triunfao al fin; y dicen que agora ya no vendrá más obra hecha del extranjero y que los artesanos del país vamos a hacer toitito el trabajo.

Federico: ¿Quién te ha dicho eso, hombre?

Poblete: A mí me lo ha icho el sargento Beltrán, que se lo contó el capitán, porque a él se lo ijo el comendante Carrión, que se lo mandó ecir el ministro e la destrución pública.

Federico: ¡Ah, bárbaro!

Poblete: Cómo ha e ser bárbaro el ministro, señor.

[Federico y Eduardo empiezan a pasearse lentamente. Se les agrega Poblete.]

Federico: ¿A qué hora sabremos el resultado del escrutinio?

Poblete: Lueguito ha e llegar el escrutiño, señor, porque hace ya mucho tiempo que lo están arreglando. Y dígame, señor: de esta hecha a usté lo harán gobernaor por lo menos.

Federico: Hombre, yo no seré nada, porque no trabajo por interés; yo no pertenezco al número de los logreros.

Poblete: Eso lo ice usté, pues patroncito; pero quién sabe si su corazón dirá otra cosa.

Eduardo: (El tal Poblete es un pillo...)

[Gran agitación afuera: se sienten gritos de «¡Viva el ministerio!». Van a salir Federico, Eduardo y Poblete, y se encuentran con Carrión y Beltrán, que llegan muy alegres.]

Escena 10

[Dichos, Carrión y Beltrán.]

Carrión: ¡Hemos triunfado! ¡Qué chasco tan solemne se han llevado!

Beltrán: ¡Se les volvió la tortilla!

Federico: ¿Cómo es eso?

Carrión: Que la victoria es nuestra.

Federico: Imposible.

Carrión: Ha habido un engaño, y de aquí el error en que todos estábamos.

Poblete: Si yo lo ecía: los gobiernos no pierden nunca.

Federico: Pero no puede ser, comandante; a usted lo han engañado.

Carrión: Así será, pues, si usted no lo quiere creer. [Se repiten las aclamaciones de «¡Viva el ministerio!» y gritos de mucha gente.] ¿Oye usted?

Poblete: [A Eduardo.] ¡Nos fregamos!

Eduardo: ¡Quita allá! [Y lo empuja.]

Federico: Pero cómo ha sido ese engaño...

Carrión: Muy sencillo: que los empleados y muchos otros que querían votar por el gobierno y quedar bien a la vez con la oposición, han sufragado con votos colorados, imitando los de los contrarios; y como ustedes contaban todos esos votos como suyos, de aquí el error.

Federico: ¡Qué tal, Eduardo! ¿Tenía yo razón?

Poblete: Sí, tenía mucha razón. ¡Viva el gobierno! ¡Viva mi comendante Carrión! ¡Viva!

[Vanse Federico y Eduardo, y al mismo tiempo llega el pueblo dando vivas al gobierno y al comandante Carrión. Entre el pueblo viene Peta con sus niños.]

Escena 11

[Dichos y pueblo, Peta y niños.]

Carrión: Gracias, ciudadanos, gracias. Pero mucho orden... ¡orden! ¡orden!

Poblete: ¿No se abre la pipa, mi comendante?

Carrión: Bien, muchachos, se abrirá: quedan convidados. Iremos al café más inmediato.

Una voz: ¡Al Chaperón, mi comendante!

Otra voz: ¡No! ¡No! ¡A la Botica e Briseño!

Todos: ¡Sí, sí! ¡A la Botica! ¡A la Botica!

Poblete: Yo soy de opinión que vamos a lo e los Trigueros.

Todos: ¡Sí, onde los Trigueros!

Carrión: ¡Pues allá, muchachos!

[Se pone en marcha la comitiva con Carrión en el centro. Poblete, que va a seguir a los demás, es detenido por Peta, que lo coge de la manta.]

Peta: ¿Con que onde los Trigueros, y con esa traza? ¡A tu casa demonio!

Poblete: ¡Pero, mujer! ¿No me ejáis ir a echar un vasito e chicha... pa no perderlo too...

Peta: No, no.

Poblete: Entonce ájame siquiera espeirme e los amigos. [Se adelanta y se dirige al público, sacando la calificación.] ¿No ha alguno por hei que me la quiera comprar... pa las votaciones venieras? Allí veo un agente... Lueguitito voy: espéreme allá ajuerita. [Corre seguido de su mujer e hijo.]

CAE EL TELÓN.

·

índice

Choche y Bachicha

Juguete Cómico

Estrenado en el Teatro de la Victoria de Valparaíso el 21 de julio de 1870 por la Compañía de Don Francisco Torres Bellester.

Personas

Leandra

Enrique

Choche

Rosa

Bachicha

Lucía

Un Oficial de Policía

Un Capitán de Bomberos

Pueblo, Bomberos, Soldados

La escena es contemporánea y pasa en Valparaíso.

Acto Único

Habitación modestamente amueblada. Al fondo dos puertas con balcones a la calle, una de las cuales, la de la derecha, que comunica con la escalera, sirve de entrada principal. A la izquierda, en primer término, un pequeño cuarto con ventana que dará frente al público y la cual tendrá reja de fierro. Una puerta al interior de este cuarto comunicará con la cocina, y esta tendrá su entrada principal en segundo término. Puerta lateral a la derecha. Es la tarde.

Escena 1

[Leandra, Lucía.]

Leandra: [Por la derecha y "poniéndose los guantes.] ¡Lucía! ¡Lucía...!

Lucía: [Apareciendo por la puerta de la cocina.] ¡Señorita!

Leandra: Dime, ¿no han traído más tarjetas?

Lucía: No sé, señorita, porque como me he llevado metida en la cocina...

Leandra: A propósito, ¿se ha dorado bien el pavo? No vayas a dejarlo crudo, muchacha.

Lucía: Ni me lo diga, señorita.

Leandra: Ya sabes que hoy vienen a comer Enrique y don Jorge.

Lucía: Pierda cuidado, señorita. Le aseguro que si vienen don Enrique y don Choche...

Leandra: Vendrán, no lo dudes.

Lucía: Han de chuparse los dedos con el pavo.

Leandra: Y dime, Lucía, ¿tenemos coñac?

Lucía: Me parece que no, señorita.

Leandra: ¡Cómo! ¿Y el que había?

Lucía: ¿Que no se acuerda, pues, señorita, que se lo tomaron la otra noche?

Leandra: ¿Quiénes?

Lucía: Don Choche con don Roberto.

Leandra: Pero, ¿las cuatro botellas?

Lucía: En un ay Jesús, señorita.

Leandra: ¡Vaya un beber de ingleses!

Lucía: Así no más es, pues, señorita: si hay algunos que chupan...

Leandra: Bueno: anda aquí abajo donde el italiano y dile en mi nombre que me mande dos botellas de la mejor clase.

Lucía: [Dando dos o tres pasos y volviendo luego.] ¿Y cuál es la mejor clase, señorita?

Leandra: Me parece que esa marca que llaman Martel... o Mártel...

Lucía: Si por acaso no tiene del martes, ¿traigo del miércoles, señorita?

Leandra: En último caso, trae aunque sea del jueves.

Lucía: Bueno, señorita.

Leandra: ¡Ah!, que te dé también una docena...

Lucía: ¡Una docena...! ¿De qué señorita?

Leandra: De cerveza Tennente.

Lucía: [Volviendo a dar dos pasos como antes.] ¿Y mejor que la del Teniente, señorita, no será la del Capitán?

Leandra: Pregúntaselo al italiano, muchacha, que ellos las conocen mejor.

Lucía: Bueno, señorita, yo se lo preguntaré al italiano.

Leandra: Con que no te olvides; y que sea pronto, porque ya va siendo tarde.

Lucía: No se me olvidará, señorita. Voy a darle un vistazo a mi cocina, y lueguito bajo volando. [Vase.]

Escena 2

[Leandra y a poco Rosa.]

Leandra: ¡Esta muchacha vale mucha plata! Ella es buena cocinera, criada de manos, hace los enviados, en fin, lo que se llama de todo servicio, absolutamente de todo. ¡Y tan mal que le recompensamos su trabajo! Verdad es que ella tiene también sus busquitas, porque como todos la quieren, es tan simpática, tan complaciente... y que no tiene tampoco malos bigotes...

Rosa: [Por la derecha en traje de calle y con el pañolón de Leandra en la mano.] Veo que estás con mucha calma, Leandra, cuando tenemos que salir a las tiendas...

Leandra: Y que volvernos muy pronto; dices bien, Rosita. Dame el pañuelo. [Se cubre con él.] ¿Está bien? [Mostrándole la espalda.]

Rosa: Perfectamente..., ¿y yo? [Volviéndole también la espalda.]

Leandra: Ni te lo toques, niña.

Rosa: [Asomándose por una de las puertas del fondo.] ¿Hace viento, Leandra?

Leandra: Me parece que sí.

Rosa: [Dirigiéndose a la derecha.] Entonces voy a ponerme...

Leandra: ¿Qué cosa? Vamos así no más; no perdamos tiempo, que es tarde.

Rosa: [Deteniéndose.] Mira que en esa maldita calle del Cabo cuando hay viento...

Leandra: Nos iremos en carro... Vamos, vamos. [Acercándose a la puerta de la cocina.] Mucho cuidado con la casa, Lucía, que vamos a salir.

[Vanse.]

Escena 3

[Lucía.]

Lucía: [Colgando un espejito en el marco de la ventana de su cuarto que da frente al público.] Ya lo tengo todo listo y arreglado en mi cocina. Ahora es justo que yo también me arregle y me ponga como la gente; porque luego van a llegar las visitas y, como dice el refrán: así como te ven, te tratan. Me voy a peinar... [Mirándose en el espejo.] Pero no estoy muy despeluznada: me alisaré solamente. [Se pasa el peine.] Lo más importante es esto... [Un gran moño postizo que se coloca en la cabeza.] ¡Y qué bien me viene! Tengo la misma cabeza de la señorita Leandra; calzo los mismos puntos. ¿De qué número será este moño? Debe ser de a 24. ¡Y cómo me sienta! [Contoneándose y mirándose por todos lados al espejo.] ¡Si me veo lo más parecida a la mujer del cónsul! [Cogiendo un bote de polvos de arroz.] Y ahora con mi mano de gato, como lo hacen las personas decentes... [Se echa bastante polvo.] ¡Si me viera la cónsula! Porque son lo más envidiosas esas señoras. Ellas no más quieren afeitarse... [Echándose colorete.] Ahora soy otra; ya me van saliendo los colores a la cara... ¡Lo más bizarrota que me estoy viendo! ¡Yo misma me desconozco! [Mirando al público.] ¡Lo que es la compostura! [Se siente un fuerte golpe por debajo del piso.] Ese es don José. [Otro golpe más recio.] No he visto un hombre más majadero. Se le ha puesto que yo... [Otro golpe.] ¡Malhaya sea el Bachicha! Yo no más tengo la culpa por darle tanta confianza... [Y cogiendo una escoba, le contesta con dos golpes que da sobre el piso.] Vaya, para que me deje en paz. [De abajo dan tres golpes seguidos y Lucía se alarma.] ¡A qué irá a venir ese hombre, por Dios, cuando las señoritas tienen que volver pronto! [Sacando el espejo y recogiendo y guardando los afeites.] Todas estas cosas es preciso tenerlas muy bien guardadas, porque si a una se las pillan...

[Vase corriendo a la puerta de la escalera.]

Escena 4

[Lucía, don José.]

Lucía: [Cerca de la puerta, oyendo pasos en la escalera.] ¡Y viene este bárbaro! ¡No ha entendido la señal que le di para que no subiese! ¡Qué bruto! Voy a cerrarle la puerta... Pero, ya no es tiempo...

Don José: [Desde el umbral.] Eccomi cua... Buon giorno...

Lucía: ¿A qué ha subido, don José, cuando no le he dado más que dos golpes?

Don José: [Adelantando.] ¿Due golpi? ¿Dávero?

Lucía: De veras. Cuando le digo que dos.

Don José: E come io sentito trei...

Lucía: No, señor, dos no más fueron.

Don José: Trei... Máaa... ¡questo une feliche equivocachione!

Lucía: Sí, muy feliz equivocación como lleguen las señoritas...

Don José: ¡Non lo credeti, Lucliia! Io la veduto partiré dil brachio a l'due siñorinas...

Lucía: Si, pero volverán muy pronto, porque hoy tienen varios convidados a comer en celebración del cumpleaños de la señorita Leandra.

Don José: [Sacando el reloj y mostrando la hora a Lucía.] ¡Eccolo cua! ¡None posibile mangiare a rchinque!

Lucía: Pero mancharán a las seis y seguirán la jarana quién sabe hasta qué hora.

Don José: ¡Come! ¿Questa notte fatto un balo? ¡Ah! Luchia, ¡qué feliche oportunitá! [Con pasión.] ¡E cuán bela estáte, Luchia de il mio core!

Lucía: Ya empezó con sus lisonjas, don José.

Don José: E la pure veritá, Permetete. [Tocándole el peinado y con amor.] Questo belísimo capeli, questa bocea, egli oquis, tutti, tutti me fatto inamorato perdutto. ¡Ah, Luchia! Luchia! ¡Estáte multo belísima!

Lucía: Sí, siempre me está diciendo lo mismo, y que me quiere mucho, y que se va a matrimoniar conmigo; pero después... ni siquiera se da por entendido.

Don José: (¡Diavolo!) Piano, piano, Luchia: totavia non posso maritato...

Lucía: ¿Por qué?

Don José: Perque io bisoño guadañare une veintechinque mile pechi.

Lucía: Esas son disculpas, don José, porque no necesita de más fortuna para casarse con una mujer pobre como yo.

Don José: ¡Máaaa!

Lucía: Estoy segura de que no le cortan un dedo por diez mil pesos.

Don José: ¡Come! ¿E io cortare il mio teto?

Lucía: Y entonces, ¿por qué no se casa conmigo?

Don José: Per que totavia none posibile.

Lucía: Porque usted me quiere engañar.

Don José: ¡Mile grazzie! ¿Duncue non credeti la mia parola?

Lucía: Yo no creo en palabras de nadie.

Don José: Máaaa... io suno galantuomo.

Lucía: No le entiendo bien, don José.

Don José: Dechiva que vostra ingratitude...

Lucía: ¿Yo ingrata? Cuando siempre le he dicho que lo quiero mucho...

Don José: ¿Davero?

Lucía: Como lo oye.

Don José: ¡Oh! ¡Felichitá! [Abriendo los brazos.] Veni cui, Luchia.

Lucía: [Retirándose.] ¡Qué cosa!

Don José: ¡Une abrachio, Luchia de Lammermoor!

[Se siente ruido en la escalera.]

Lucía: [Muy alarmada.] ¡Las señoritas! ¿No se lo decía, don José, con todos los diantres?

Don José: [También alarmado.] E qui fachiamos... ¡Siamo per dutos!

Lucía: [Tomándolo de una mano y dirigiéndose con él a la cocina.] ¡Por aquí, por aquí! [Lo lleva precipitadamente hasta su cuarto, de donde ella sale rápida, echando llave a la puerta.]

Don José: [Remeciendo los barrotes de la ventana.] Per cui non posso fuyere... [Queriendo meter la cabeza por entre los hierros.] ¡Imposibile! ¡Multo grande la mia testa! [Mirando y señalando al público.] ¡E cuánta chente in osservachione! [Se oculta.]

Escena 5

[Leandra, Rosa, Lucía.]

Leandra: [Sacándose el pañuelo.] ¡Jesús! ¡Vaya un viento infernal!

Rosa: [Dirigiéndose a su cuarto de la derecha.] Nadie ha venido todavía, y van a ser las seis.

Leandra: [Sentándose.] ¡Lucía!

Lucía: ¡Señorita!

Leandra: ¿Ha venido alguien?

Lucía: Nadie, señorita, absolutamente nadie; ni siquiera don Choche.

Leandra: Pero no tardarán mucho. Pon la mesa, mientras voy a arreglarme.

Lucía: Bueno, señorita.

Leandra: Tú sabes ya como se acomoda eso. [Se va a su cuarto.]

Lucía: Sí, señorita, pierda cuidado.

Escena 6

[Lucía, don José.]

Lucía: Y para no perder tiempo voy ahora mismo...

[Sale en busca del servicio, volviendo luego con él.]

Don José: [Poniendo el oído en la puerta del fondo.] ¡Neinte! [Acercándose a la ventana.] ¡Neinte! ¡Neinte! E io qui fachio, in questa habitacione de la mia Luchia. Máaa... si apórtate per cui la sua padrona...

Lucía: En esta casa tiene una que hacerlo todo... Cuándo me veré libre para poder descansar...

Don José: Sento rumore... ¿Las siñorinas? ¡Fuyamos! ¡Fuyamos! [Hace empeño por abrir la puerta.]

Lucía: Vamos ahora colocándolo demás... Pero, ¿qué estará haciendo don José...?

Don José: [Impaciente.] ¡lo fatto disesperato in questa situazione infernale!

Lucía: Creo que en un momento más estarán aquí los convidados y es preciso apurarse. [ Vase.]

Don José: ¿Torna il rumore? [Sacudiendo la puerta y a media voz.] ¡Luchia...! ¡Luchia...! [Dejando la puerta.] ¡Per Bacco...! ¡Dove estate, maledetta Luchia! [Viendo la cama de Lucía.] ¡Oh feliche inspiracione! [Se acuesta.]

Escena 7

[Lucía, Enrique.]

Enrique: [Desde la puerta.] ¡Yo soy!

Lucía: [Con un pavo.] ¿Quién...? ¡Ah! Es...

Enrique: [Tomando una silla y sentándose.] ¿Cómo te va, Lucía? ¡Qué buena moza estás hoy! Y tus patronas, ¿han salido?

Lucía: No, señor, están en su cuarto. Voy corriendo a avisarles...

Enrique: Oye, Lucía, ¿me esperaban tus señoras?

Lucía: Hace poco que la señorita Leandra me decía: cuidado con esa comida, muchacha, porque hoy vienen Enrique y don Choche.

Enrique: ¡Hola! Con que también va a venir don Jorge.

Lucía: Cómo cree que había de faltar.

Enrique: Bien: continúa en tus quehaceres, que yo esperaré a tus señoritas hasta que se desocupen.

Lucía: Como usted guste, don Enrique. [Aparte.] No sé por qué este caballerito me gusta más que don José.

Escena 8

[Dichos, Leandra.]

Leandra: ¿Usted aquí, Enrique?

Enrique: [Yendo a su encuentro.] En efecto...

Leandra: ¡Y no me habían avisado!

Enrique: ¿Para qué?

Leandra: ¡Vaya una pregunta! Siéntese, Enrique.

Enrique: (¡Qué hermosa está!) [Suspira.]

Leandra: [Sentándose a su lado.] Ya creía que usted no vendría hoy.

Enrique: Le había dado a usted palabra de que la acompañaría a comer en su cumpleaños, y ya ve que...

Leandra: Ha cumplido como caballero y sobre todo como buen amigo.

Enrique: Aunque no sin algunas dificultades.

Leandra: ¿Cómo así?

[Don José empieza a roncar.]

Enrique: Porque hoy me tocaba la guardia...

Leandra: Y entonces...

Enrique: Cambié el turno con un amigo que ha querido hacerme este favor.

Leandra: ¡Ah...! Pero todo no ha de ser conversación, ¿qué quiere beber, Enrique? Con franqueza: hoy no hay cumplimientos.

Enrique: (¡Es encantadora esta muchacha!) ¿Qué beberé? Un traguito de cualquier cosa: ¿hay coñac?

Leandra: ¡Cómo no! ¡Lucía...!

Lucía: ¡Señorita!

Leandra: Trae coñac.

Lucía: ¡Ay!, señorita, que se me había olvidado irlo a buscar.

Leandra: ¡Vaya una cabeza de muchacha!

Enrique: Déjelo usted: beberé brandy.

Leandra: No hay brandy...

Enrique: Entonces cerveza...

Leandra: Tampoco.

Enrique: Vamos, será agua.

Leandra: Tamp... Sí, agua sí... pero no... ¡Muchacha!

Lucía: Voy volando, señorita.

[Toma la puerta de la escalera.]

Escena 9

[Dichos y Rosa.]

Rosa: [Saliendo de su cuarto adornada con mucha coquetería.] ¡Cuánto gusto de verlo por acá, don Enrique!

Enrique: [Dándole la mano.] Señorita...

Rosa: [Sentándose.] Yo lo hacía a usted en viaje.

Enrique: No, señorita.

Rosa: ¿Ha estado enfermo?

Enrique: Eso menos.

Leandra: Tal vez lo habrán tenido arrestado.

Enrique: Al contrario: yo he sido quien ha estado haciendo de fiscal en una causa.

Leandra: Siempre han de andar ustedes con sus causas...

[Se sienten fuertes pasos en la escalera.]

Rosa: Esas pisadas las conozco.

Leandra: Se parecen a las de don Jorge.

Rosa: [Levantándose.] Bien me dijo que no faltaría. No se puede negar que estos ingleses son muy exactos para todo.

Leandra: Sin desmejorar lo presente.

Escena 10

[Dichos y don Jorge.]

Jorge: [Dando la mano a Rosa.] ¡Oh! ¡Rossito!

Rosa: ¿Cómo te va, Jorge?

Jorge: Mocho very pueno. [Dando la mano a Leandra.] ¿Y cómo la pasa, señorrito Liandro?

Leandra: Muy bien, don Jorge; siéntese usted.

Jorge: Mochi grassi, siñorrito... [A Enrique.] ¿And yu estar pueno, señor oficier?

Enrique: Very well, Mr. George.

Rosa: Ya les hemos dicho que aquí es prohibido hablar en inglés.

Jorge: Mí no jablar an gringo, señorrito, porque mí antende la lingua hispaniola come one chiliano.

Leandra: Es cierto que don Jorge es muy ladino para hablar el español... (Lo que Dios no permita).

Jorge: ¡Caaarrampa! que mí no la cambiar con one hispaniole per jablar la lingua castiliano.

Enrique: (¡Se conoce!)

Jorge: Digue que sí, poes, Liandrito.

Leandra: [Con incomodidad.] Ya le he dicho, don Jorge, que yo no soy hombre para que me llame Leandrito.

Jorge: ¡Ah! Dígueme antonce osté cóme si jabla tu nombra.

Leandra: Muy sencillamente: Leandra.

Jorge: Liandro.

Leandra: ¡Dale! Le... an... dra.

Jorge: Li... an... dró.

Leandra: Drá.

Jorge: Drá.

Leandra: ¡Leandra!

Jorge: ¡Li end ro!

Leandra: ¡Jesús!

Enrique: A ver: yo le enseñaré, Mr. George.

Jorge: Digue, digue poes. Mi querrer digar bien la nombra de Liandrito.

Enrique: ¡Le... ándra!

Jorge: ¿Le... ánda?

Rosa: Vamos, yo soy quien le va a enseñar a Jorge.

Jorge: A ver, diguemelá osté, Rossito.

Rosa: Le... repita... lé...

Jorge: Repitalé.

Rosa: ¡Oh! Diga: Lé.

Jorge: Lé.

Rosa: An.

Jorge: An.

Rosa: Drá.

Jorge: Drá.

Rosa: Ahora: ¡Le... ándra!

Jorge: ¡Laa... dron!

[Leandra salta de su asiento y empieza rabiosa a recorrer la escena. Jorge, avergonzado, hace otro tanto, y Rosa y Enrique ríen. En esos momentos aparece Lucía con botellas y entra en la cocina seguida de Rosa.]

Escena 11

[Los mismos, luego Rosa.]

Leandra: [Paseándose.] Muy bien, don Jorge, muy bien.

Jorge: [Id.] Dispensamelá osté, hiquito: mí no querrer jablar nincune cose malo. [A Enrique.] Mr. Henry: ¿mí digue tal vez algon disparrato?

Enrique: Al contrario, nos ha hecho usted reír un poco.

Jorge: Antonce, mí estar hoy mocho gracioso.

Leandra: (¡Miren qué gracia tan bonita!)

Jorge: Yu sabe, Liandrito, que mí estar one cabaliero san ofensive. Perclonameló, Liandrito, biquito mio ...

Leandra: Este gringo es muy pícaro. Yo sé muy bien que lo hace con su segunda.

Jorge: Mí no tener seconda. Mí no querrer más que Rossito.

Rosa: [Con una botella.] Aquí está el coñac.

Jorge: ¿No estar cierto, Rossito, que mí no querrer más que...?

Rosa: [Distraída.] ¿Coñac es el que usted quiere? ¿O quiere otra cosa? Me parece que don Enrique ha pedido coñac. Este es muy bueno.

[Se sirven Enrique y Jorge.]

Enrique: Vamos: un brindis al feliz cumpleaños de Leandrita.

Jorge: ¡Oh! Mocho pueno, Mr. Henry. One glas grog per Liandrito.

Leandra: Ya he dicho que aquí no se habla inglés.

Enrique: [Brindando.] Vamos a beber esta primera copa por que hoy se abra una nueva era de ventura para nuestra buena y cariñosa amiga. ¡A su salud y prosperidad!

Jorge: ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurrah! [Beben. Sirviéndose de la botella.] Mí la brinda tampién.

Enrique: (¿Tan pronto empezamos?) [Llena el vaso.]

Jorge: [Con mucho énfasis y alzando el vaso.] Esta seconda glass me la beber toda... al salut de la bebo seso. Ja dicho... ¡Hip! ¡Hip!

Rosa: [Interrumpiéndole.] ¿Quieres callarte, Jorge?

[Beben.]

Leandra: Mientras ustedes brindan, voy a ordenar que sirvan la comida, que ya es hora. [Vase a la cocina.]

[Don José ronca.]

Escena 12

[Los mismos, menos Leandra.]

Rosa: [Acomodando las sillas alrededor de la mesa.] Con que, siéntense ustedes, que nos van a traer la sopa.

Jorge: ¡Oh! Décala osté no más que la traigo. [Y sentándose empieza a ponerse servilleta.]

Enrique: Y usted, Rosita, ¿no se sienta a mi lado?

Jorge: No, no, Rossito, hiquito; osté aquí con la crinquito. [Le acomoda una silla a su lado.]

Rosa: [Sentándose.] Vaya, será preciso darle gusto.

Enrique: Cómo se conoce que Rosita lo quiere a usted, Mr. George.

Jorge: Mí tampién la querrer mocho... [Acariciándola.] ¡Pobrecito mi Rossito! [Súbitamente.] One glass coñac, Mr. Henry? [Se sirve de la botella.]

Enrique: ¿Otra vez? [Prepara su vaso.]

Rosa: Aquí viene la sopa.

Jorge: Ol rait.

[Lucía deja la sopera y se retira.]

Escena 13

[Dichos, Leandra y Lucía.]

Leandra: Vamos a ver mi asiento.

Enrique: [Señalando una silla que tiene a su lado.] Aquí le tiene usted. ¿Le acomoda?

Leandra: ¿Y me lo preguntas, Enrique? [Se sienta y empieza a servir la sopa.] El primer plato será para don Jorge... ¿Le gusta a usted la sopa de arroz?

Jorge: [Que está conversando con Rosa.] Yes.

Leandra: Entonces le serviré un buen plato.

Jorge: [Que continúa distraído en su conversación.] Yes.

Enrique: Atienda usted, Mr. George.

Jorge: ¡Oh! Mí querrer mocho a Rossito. [La acaricia.]

Enrique: [A Leandro.] Dice que quiere mucho arroz.

Leandra: [Pasándole el plato.] Pues allí le doy un plato bien colmado.

Jorge: [Tomando el plato.] Uf... ¡Malo! ¡Malo!

Leandra: Pero ¿no dice usted que quiere mucho arrocito?

Jorge: Yes, a Rossito... [Y la mira con cara de enamorado. Luego se fija en el plato, menea la cabeza negativamente, y cogiendo una copa de coñac, se la zampa a la sopa.]

Rosa: ¿Qué has hecho, Jorge?

Jorge: ¡Pudding!

Enrique: Y de arroz, que es muy bueno.

[Llega Lucía con otro plato que va a colocar cerca de Jorge.]

Leandra: Ponlo acá, muchacha.

Jorge: [Mirando a Lucía.] ¡Oh! Qué puena mozo la mochacho. [Le hace algunos piropos.]

Lucía: Sosiéguese, don Choche. [Vase.]

Rosa: [A Jorge.] ¿Que no puedes estar quieto?

Enrique: Sí, Rosita tiene razón: usted debe portarse mejor, Mr. George; es decir, serio y grave como buen inglés.

Jorge: [Disgustado.] ¿Osté llamar a mí boei inglés? ¿Mí estar serio? [Dando un puñetazo sobre la mesa.] Osté ser serio al izquierdo.

Rosa: ¿Te has vuelto loco, Jorge?

Leandra: (A este gringo se le ha puesto mala la cabeza).

[Enrique ríe.]

Jorge: Yu mal amico, Mr. Henry: osté me la insulta and me la ríe.

Rosa: Si nadie te ha insultado, Jorge.

Enrique: Pero hombre, vea usted que a la pobre Rosita la tiene en un potro.

Jorge: [Enojado.] Mí no tener nincuna potra....

Lucía: [Desde la cocina.] ¡¡Ay!!

[Todos se levantan asustados.]

Escena 14

[Dichos, don José y los que aparecerán a su tiempo.]

Lucía: [Saliendo.] ¡Incendio! ¡Que nos quemamos!

[Precipitándose a la cocina:]

Jorge: ¡Fogo!

Enrique: ¡Agua!

Leandra: ¡Dios mío!

Rosa: ¡Apaguen!

Lucía: [Tomando por la puerta de la escalera.] ¡Incendio! ¡Incendio!

Don José: [Despertando sobresaltado.] ¡Qué se fá...! ¡Oh! ¡Qué agitacione!

Rosa: [Corriendo a su habitación.] ¡Mis alhajas!

Leandra: [Id.] ¡Mi ropa!

Jorge: [Siguiéndolas en la misma dirección.] ¡Córrela, Rossito! ¡Córrela!

Enrique: [Id.] Presto, ¡que el fuego avanza!

Don José: [Que ha estado con el oído atento.] ¡Maledetto! ¡Inchendo! [Se precipita sobre la puerta, que no cede; luego sobre la ventana, cuyos barrotes sacude desesperadamente, se agita, corre, salta, grita.] ¡Per cui, siñores! ¡Per cui! ¡E non posso fullire...! ¡Luchia! ¡Luchia!

[Llegan vecinos en tropel, armados algunos de herramientas, palos, baldes y cuanto objeto sea propio de la situación. Los que tienen baldes y herramientas se precipitan a la cocina y los otros se abalanzan sobre la mesa.]

Uno: [Cogiendo una botella.] ¡Para tener valor! [Bebe.] ¡Qué bueno!

Otro: [Tomando otra botella.] Para criar fuerzas... [Bebe.] ¡Ahh, qué fuerte! [La arroja.]

Otro: [Metiéndose el pavo bajo el brazo y desapareciendo.] Peor es que se pierda...

Otro: [Que se va con una torta.] Antes que se queme...

[Y así se limpian la mesa, la que en seguida arrojan bruscamente por uno de los balcones, lo mismo que las sillas a los gritos de «¡En banda!» «¡Guarda abajo!» La campana empieza a tocar incendio con sordina.]

Enrique: [Con un gran atado al hombro.] ¡Por aquí...! ¡Cuidado! ¡Cuidado!

Jorge: [Con un colchón que apenas puede.] Mí salvar la moble más necesaria...

[Ambos arrojan baúl y colchón por los balcones, y vuelven corriendo a la habitación de la derecha.]

Enrique: ¡Todavía es tiempo!

Jorge: Ajora mí salvar a Rossito.

Don José: [En el colmo de la desesperación y arrodillándose.] ¡Santa Madona! ¡Perdón per questo pecatore desventurato! ¡lo moriré fat to un chicharrone!

Escena 15

[Dichos, un propietario y un grupo de zapadores bomberos con su capitán a la cabeza.]

Capitán: ¡Abajo el edificio! ¡Hacha con él! ¡Aquí, aquí! [Señalando el lado opuesto al del incendio, la derecha.]

Propietario: [Al capitán.] ¡Protesto, señor! ¡Esto no es salvar, sino destruir mi casa! ¡Qué barbaridad!

Capitán: Aquí no manda nadie, si no yo, caballero. [A los bomberos.] ¡Fuera esa alfombra!

Enrique: [Con una guitarra.] Vamos, ya está salvado lo más importante... Ahora que se queme lo demás.

Jorge: [A continuación de Enrique, con una crinolina, un espejo y una botella de agua blanca.] Estos mobles no estar securados.

[A la sazón tiran los bomberos un lado de la alfombra y caen Enrique y Jorge. Vuelven a levantarse, y se dirigen a la calle con Rosa y Leandra, que han salido de su cuarto con otros trebejos.]

Escena 16

[Dichos, menos Rosa, Leandra, Jorge y Enrique.]

Don José: ¡Per cui, siñores! ¡Veniche per cui...! ¡Luchia! ¡Luchia! [Da fuertes golpes, etc.]

Uno: [Saliendo de la cocina y señalando al cuarto de Lucía.] Por aquí oigo ruido y voces de gente.

Capitán: ¡A buscar entrada, muchachos! ¡Abajo la puerta! ¡Hacha con ella!

[Los bomberos entran por la cocina.]

Don José: [Empujando la puerta.] ¡Per Dio! ¡Questa porta condenata! [Transición.] ¡Sento voches! [Los bomberos empiezan a derribarla.] ¡Acute chente! ¡Oh felichitá!

[Se abre la puerta y el grupo se precipita dentro. Don José, despavorido, sale como de escapada llevándose a todos por delante. Lo siguen.]

Voces: [De la cocina.] ¡Se apagó el fuego! ¡Concluyó el incendio!

[Don José es detenido cerca de la puerta de la escalera y rodeado por la gente, que lo lleva al medio de la escena.]

Capitán: ¿Qué hacía usted en ese cuarto?

Don José: ¿lo... siñore pompiero?

Capitán: Sí, usted, ¿qué hacía allí escondido?

Uno: Este bribón ha sido el incendiario.

Todos: Sí..., ¡él es! ¡Él es!

Don José: [Temblando.] ¡Siñore! ¡Io non suno bandoliero! [Trata de escaparse.]

Todos: ¡No! ¡No! ¡No hay que largarlo! ¡A la policía!

Don José: ¡Oh, fatalitá...! ¡Chusticia dil chelo!

Uno: ¡Está turbado! ¡Él es! ¡No hay remedio!

Otro: El pecado lo acusa.

Otro: Este italiano tiene despacho aquí abajo...

Capitán: Eso es... y como estará asegurado...

Uno: Ha venido a prender fuego, es claro.

Todos: ¡A la cárcel! ¡A la cárcel!

Uno: Para que le den cuatro balazos.

Otro: No, que lo cuelguen ahora mismo.

Don José: [Casi llorando.] ¡Amichis! ¡Siñores! ¡Cabalieros! ¡Io estate inochenti!

Capitán: ¡Inocente! ¡Bribón!

Don José: [Haciendo la señal de la cruz y besándola.] ¡Per questa cruche...! ¡Per Dio...! ¡Per la Madona...!

Escena 17

[Dichos, un oficial del policía y dos soldados.]

Varios: [Al verlos entrar.] Aquí está el incendiario.

Capitán: [Al oficial.] Lo hemos pillado infraganti, señor oficial.

Oficial: ¿Es posible? [A los soldados.] Que se retire toda esa gente.

Uno: [Retirándose.] ¡Bonita cosa! ¡Después que uno...!

Otro: Algún enjuague que irá a hacer con el italiano...

[Los soldados hacen despejar, dejando solamente algunos bomberos y el capitán de éstos. Luego se sitúan de centinelas al lado afuera de la puerta.]

Oficial: [Sacando una cartera.] Vamos a ver: ¿cómo se llama usted, caballero?

Don José: [Afligido.] Giusepe Caraquiolo, siñore.

Oficial: [Escribiendo.] Lo pondremos en castellano: José... Caracol.

Capitán: (¡Qué bien traduce!)

Oficial: ¿No tiene usted alias?

Don José: [Mirándose los hombros.] lo, siñore, non suno dil reno animale.

Oficial: [Incomodándose.] Quiero decir si no tiene usted algún apodo o sobrenombre.

Don José: ¡Ah! Capisco... me quiaman Bachicha.

Oficial: [Escribiendo.] Alias... Bachicha... ¿Qué edad?

Don José: No ricordo, siñore.

Oficial: No lo recuerda, está bien. ¿Natural?

Don José: ¿Naturale? Io suno figlio lechítimo, siñore oficiale.

Oficial: Hijo de dónde es usted, es lo que yo le pregunto.

Don José: ¡Ah! capisco... Io suno figlio de la mía mama.

Oficial: Ya se sabe que es usted hijo de su madre. De qué país, hombre.

Don José: De la mía terra... l'Italia.

Oficial: ¿Su estado?

Don José: En perfeta salute.

Oficial: Si es soltero, casado o viudo.

Don José: Mezzo maritato con la mia Luchia.

Oficial: [Guardando la cartera.] Ahora usted me va a decir, ¿qué hacía escondido en esta casa?

Don José: [Temblando.] Espeta... espeta... Una endemoniata casualitá...

Capitán: ¡Con que casualidad!

Oficial: Diga usted la verdad, amigo.

Don José: E vero, siñore.

Capitán: Tal vez sería bueno registrar a este hombre.

Oficial: Dice usted bien; a ver, ¿qué tiene en los bolsillos? [Registrándole los del levitón.]

Don José: [Sacando un envoltorio de papeles que pasa al oficial.] Questa cosa...

Oficial: [Desenvolviéndolo.] ¡Ajajá! Aquí vamos a encontrar la materia inflamable... ¡Qué veo! ¡Un salchichón!

Don José: De Chénova, lechítimo, siñore oficiale.

Oficial: [Sacando otra vez la cartera.] Estos detalles son muy interesantes para los cronistas.

Capitán: Para que mañana digan que el incendio tuvo origen en el salchichón.

Oficial: [Apuntando.] Se le encontró... como cuerpo... del delito...

Don José: Pero, siñore.

Oficial: [Guardando la cartera.] Vamos, no se necesita de más pruebas: usted va preso.

Don José: ¿A la cárchele?

Capitán: Eso es, me gusta un oficial que sabe cumplir con su obligación.

Don José: [Muy afligido.] Pero, siñore, la mia reputachione...

[Murmullos de pueblo en la calle.]

Oficial: El pueblo lo está pidiendo. A ver esos dos soldados: llévense a este hombre.

Don José: ¡Pietá, pietá, siñore oficíale!

Oficial: [Entregándolo de un empujón a los soldados.] Al cuartel, incomunicado y con centinela de vista. [Vanse los soldados con don José.] Ustedes, caballeros, tendrán que comparecer mañana a declarar como testigos oculares.

Capitán: ¡Oh! ¡Por decontado!

[Se van.]

Escena 18

[Leandra y Rosa, con sus trajes en desorden. Enrique y Jorge.]

Leandra: [Mirando a todos lados.] ¡Qué devastación, Dios mío! ¡Nada, nada nos ha quedado bueno...!

Enrique: No diga usted eso: todavía les queda bueno el alfombrado, los colchones, la guitarra...

Leandra: ¡Cómo! ¿Que no rompió usted la guitarra?

Enrique: Es verdad que al caer... Pero no se aflija usted por tan poco, que Dios dará.

Rosa: [Llorando.] ¡Y quién hubiera creído que ese pícaro de italiano había de ser la causa!

Jorge: [Acariciándola.] ¡Oh! No llorar os té, Rossito, hiquito. Mí comprar otra fez todo eso y más por se lo recalar a osté.

Leandra: (No se puede negar que estos ingleses son muy generosos).

Enrique: Yo también veré modo de remediar algo siquiera el daño, Leandrita: ahora mismo le voy a comprar una guitarra.

Leandra: ¡Ah! ¡Cuánto se lo agradeceremos, Enrique! Porque no se podrá usted imaginar la falta que nos va a hacer.

Rosa: ¡Qué sería de nosotras sin guitarra!

Escena 19

[Dichos, Lucía llorando.]

Lucía: ¡Señoritas! ¡Señoritas!

Leandra: ¡Muchacha! ¡Si ya se apagó el fuego! No te aflijas.

Lucía: No es eso, señorita, sino que se lo llevan preso...

Leandra: ¿A quién?

Lucía: ¡A don José, señorita, a don José! ¡Y dicen que lo van a fusilar...!

Rosa: Pero, ¿no sabes lo que ha hecho ese pícaro?

Lucía: [Llorando a mares.] Qué ha de haber hecho, señorita; si es tan bueno don José, ¡y no es capaz de nada el pobrecito! ¡Yo que lo conozco tanto, señorita!

Enrique: Pero, ¿cómo es que siendo tan bueno lo han encontrado aquí escondido...?

Lucía: Por lo mismo que es bueno, pues, señor, yo lo había guardado en mi cuarto...

Jorge: ¡Oh! Mocho malo, mochacha... Osté mocho diabla.

Lucía: No diga eso, don Choche.

Jorge: ¿Par qué osté cuardar la caribaldina? Ajora estar osté comprometida...

Lucía: Si yo no estaba comprometida con él, sino que...

Escena 20

[Dichos, el oficial.]

Oficial: Señores: acaba de decir el italiano que en esta casa se hallaba oculto con previo consentimiento de la cocinera.

Rosa: ¿Y bien?

Oficial: Mi deber me manda llevarla también a ella.

Leandra: [Afligida.] Pero, señor...

Oficial: [Tomando bruscamente de un brazo a Leandra.] Usted viene conmigo.

Leandra: [Con gran indignación.] ¿Por quién me ha tomado usted?

Enrique: ¡Qué hace usted, hombre!

Lucía: (¡Virgen Santísima, qué va a ser de mí!)

Jorge: [Tirando a un lado al oficial.] ¡Oh, caaarrampa! ¡Osté estar mocho pruta! [Encarándosele y enseñándole la puerta.] ¡Largo! ¡Largo!

Oficial: [Desenvainando la espada.] ¿Con que largo, no? Ahora usted también va preso con la cocinera por venirme a faltar el respeto.

[Jorge empieza a remangarse los puños.]

Leandra: Pero... ¡Jesús! ¿Usted me toma a mí por la cocinera?

Oficial: ¿Y quién es usted?

Jorge: El señorrito Liandro, por la servir osté. [Le muestra los puños.]

Oficial: [A Jorge.] Pues usted, señor don Leandro, también va preso.

Rosa: [Entregando a Lucía.] Aquí tiene usted a la cocinera.

Oficial: ¡Ah!

Jorge: [Remedándole.] ¡Ah!

Leandra: Llévesela si quiere...

Lucía: [Llorando.] ¡Señorita!

Leandra: ¡Por Dios! ¡Déjenos a nosotras en paz, que harto tenemos ya con lo que hemos sufrido!

Oficial: [A Leandra.] Usted dispense, señorita... yo pensaba... [Empieza a envainar la espada.]

Jorge: Osté no pensar... osté no ser más que un atrefida con la sable, que mí se la poter quitar osté...

Rosa: ¡Cállate, Jorge, por Dios!

Oficial: [Desenvainando la espada.] Esto no puede tolerarse. Salga usted, don Jorge Leandro.

Jorge: [Poniéndose en guardia e interponiéndose las mujeres y Enrique.] Décala osté... décala no más con la sable and mí con el box.,. ¿You quiere fait? [El oficial toca llamada con el pito.] Toca no más la clarineto; tócala no más.

Oficial: Vaya usted por bien, señor Leandro.

Rosa: Si, Jorge; anda no más sin cuidado, que una vez que le digas al comandante lo que ha sucedido...

Jorge: La comandante antonce me echar a la calabuza... ¡Oh! ¡Mí no querre calabuza! Comandante mochi diabla.

[Llegan los soldados.]

Oficial: Este caballero va preso, y también... ¿cuál es la cocinera?

Leandra: ¡Jesús!

Rosa: ¡Qué hombre!

Lucía: [Afligida.] Yo, señor, soy la cocinera. [Y se pone en disposición de marchar.]

Enrique: (Esto va a llamar gente y me voy a ver comprometido. Mejor será que saque el cuerpo). [Se escabulle.]

Escena 21

[Dichos, menos Enrique.]

Oficial: ¿En qué quedamos, míster?

Jorge: Yes, mí quedar... parque mí no pasar par semejante tropelio contre la hogar domestica, contre la constitússion and contre la derecho del gente.

Oficial: ¡Qué derecho ni qué constitución! Usted camina, señor. [Lo empuja.]

Jorge: [Con humildad.] ¿Osté la pensar pien, siñor oficier?

Oficial: Demasiado, señor.

Jorge: ¡Cuidado, que mí protestar a mi consul!

Oficial: ¡Qué amolar de inglés! ¿Camina o lo hago caminar?

Rosa: Anda, Jorge, anda; no te resistas, que nosotras iremos a declarar todo lo que ha ocurrido para que salgas en libertad.

Jorge: Very well... Mí reclamar one indemnicéssion por la perjuicia.

Oficial: Pero, señor, ¿hasta cuándo quiere que lo aguante?

Jorge: ¿What do you want...? ¿You antande?

Oficial: Sí, entiendo que usted está con la cabeza... así... un poquito... ¿Yu entende?

Jorge: Yes. [Abrazando a Rosa.] Adiós, Rossito, hiquito mío; no olfidar osté al crinquito.

Oficial: [Tirándolo de un brazo.] ¡Yo no he venido a ver esto, aisé, con mil demonios! Ahora mismo pasa pa entro.

Jorge: ¿Par qué osté no jablar verdad? ¡Mí no pasar por dentro! ¡Mí pasar por fuera! [Da unos cuantos pasos hacia la puerta, y dirigiéndose después a Rosa.] ¿No querrer osté, Rossito, fenir conmiga a la calabuza?

Rosa: ¿Estás en tu juicio?

Jorge: ¿Antonce mí sólita pasar por fuera?

Oficial: Cómo ha de ir solo, hombre. ¿Que no va conmigo?

Jorge: ¡Oh! ¡You bloody cholo!

Oficial: [Con rabia.] Soldados: llévense a este hombre [Aparte.] Déjenme a mí la cocinera.

Jorge: Espera, espera poquito... Mí no querrer decar solo a Rossito ni al señorrito Liandro: mí va presa con las dos. [Cogiendo de una mano a Leandra.] Anda, poes.

Leandra: [Retirando la mano.] ¡Quita allá!

Jorge: [Tomando a Rosa.] ¿Tampoco fenir osté, Rossito?

Rosa: ¡No faltaba más!

Jorge: Osté siendo mochi lesa...
      ¿No querre fenir? ¡Ol rait!
      Antonce mí la va presa
      Con la Lucliia... ¡Gud nait!

[Y dando el brazo muy galantemente a Lucía, parten seguidos del oficial y los soldados.]

CAE EL TELÓN.

·

índice

Los extremos se tocan

Comedia en tres actos

Estrenada en el Teatro de la Victoria de Valparaíso el 12 de diciembre de 1871 por la Compañía Garai.

Personas

Doña Cruz

Margarita

Fidel

Aníbal

Adelina

Fernando

Don Faustino

Dos Críados

La escena en Valparaíso y en nuestros días.

Acto Primero

Sala de recibo con una puerta y una ventana a la derecha y dos puertas ala izquierda. Entrada principal al foro. Muebles medianamente decentes. Un piano.

Escena 1

[Don Faustino de bata y gorro, calados los anteojos, leyendo un periódico junto a la ventana, y Fernando, que llega de la calle.]

Fernando: (¡Siempre leyendo!) Es usted insaciable, señor don Faustino.

Faustino: [Llevándose la mano al oído.] ¿Me has dicho algo, Fernando?

Fernando: [Sentándose a su lado y levantado la voz.] ¡Que muy temprano toma usted el diario por su cuenta!

Faustino: Qué quieres, hijo; este es el único entretenimiento que nos queda a nosotros los viejos.

Fernando: ¿Nada más que ese?

Faustino: Demasiado sabes tú que yo no me divierto en otra cosa. Yo no paseo, no bebo, no juego...

Fernando: Que usted no beba, habiendo sido marino, pase; pero que tampoco juegue a la edad en que se mata el tiempo con la malilla o el rocambor...

Faustino: ¿Matar el tiempo has dicho? Mira: siempre me ha chocado esa figura por lo que tiene de criminal y alevosa. ¡Matar el tiempo!

Fernando: Pero, veamos, ¿qué leía usted con tanto interés? ¿Tenemos cambio de ministerio?

Faustino: Suponiendo que lo hubiera, ¿crees tú que esas cosas me llaman la atención?

Fernando: Entonces, ¿qué leía usted?

Faustino: Un acápite sobre la inmigración santiaguina, que empieza a invadir los hoteles... Y a propósito: ¿sabes que entre los huéspedes de este año tenemos unas amigas?

Fernando: ¿De veras?

Faustino: No hace mucho que me lo han contado.

Fernando: ¿Y quiénes son ellas?

Faustino: Antiguas relaciones. Tú no debes conocerlas. Ya se ve, ¡hace tan poco tiempo que estás con nosotros! Pero, ¿tu mujer no te ha hablado de esa familia?

Fernando: Al menos, no lo recuerdo.

Faustino: Es extraño que Adelina no te haya contado nada.

Fernando: ¡Qué ha de contarme, señor! Demasiado sabe usted lo que es su sobrinita. Como no sea contrariarme, y armar grescas, y...

Faustino: Vamos, no se trata ahora de acusaciones.

Fernando: Entonces, al asunto.

Faustino: En dos palabras voy a imponerte de todo.

Fernando: Vaya por ser dos palabras.

Faustino: Hará unos cinco años que el jefe de esa familia, don Feliciano Muñoz, a quien Dios tenga en su santa guarda...

Fernando: ¡Cómo! ¿Se murió tan pronto?

Faustino: No tan pronto que digamos, porque solo arrió bandera a los setenta y pico de años y después de dejar una fortunita como de cien mil pesos...

Fernando: ¿A. quién, señor?

Faustino: A una viuda y dos hijos, hembra y varón, únicos herederos.

Fernando: ¿Y esto es todo?

Faustino: En resumen; pero quedan otros detalles.

Fernando: Prosiga usted, que me va interesando su narración. (¡Esto de saber la vida ajena!)

Faustino: Fuese por ahogar el pesar, o porque no se atreviesen a poner la proa al viento de las murmuraciones, lo cierto es que a los pocos días de muerto Feliciano amollaron en popa hasta Santiago, en donde dieron fondo, hasta ahora que habrán venido sin duda a recorrer la costa.

Fernando: Pero, ¿qué clase de murmuraciones podían turbar la paz de esa familia?

Faustino: Voy a decírtelo. La sociedad murmuraba con razón. Feliciano y su familia habían llevado una vida miserable, mezquina, con todo el egoísmo y las ruindades de la avaricia.

Fernando: Ahora comprendo.

Faustino: Hasta sus últimos momentos, aquel anciano no vivió sino esquilmando a la humanidad. De ahí su fortuna. Usurero implacable, bajo su ruda mano sucumbía cuanto infeliz le buscaba en sus momentos angustiados como el náufrago busca su tabla de salvación.

Fernando: ¡Y sus herederos tal vez nadan hoy en la opulencia!

Faustino: Tal es el mundo, hijo. Conozco una pobre viuda y tres hijos a quienes ese hombre dejó en la miseria con la ejecución de una hipoteca que apenas necesitó dos años para absorberse, con los crecidos intereses, el valor de la propiedad. Creo que aún se ventila un juicio promovido por el tutor de los menores.

Fernando: ¡Y que queden impunes estas infamias!

Faustino: No, Fernando. Aunque algo tarde, Feliciano pagó sus crímenes con su propia existencia.

Fernando: ¿¡Cómo!?

Faustino: Una mañana se encontraba dirigiendo la construcción de uno de sus edificios, porque tal era su costumbre, y regañaba cruelmente a un obrero, porque se le escapaba un clavo, cuando un albañil, fuese casual o intencionalmente, le dejó caer un grueso madero desde los andamios. Feliciano fue hombre al agua.

Fernando: De manera que el palo ese...

Faustino: Lo mató.

Fernando: (¡Y dicen que Dios castiga sin palo ni piedra!)

Faustino: Tal fue la vida y la muerte de Feliciano. Era mi amigo, es cierto, y Dios haya tenido piedad de él: pero la verdad debe decirse.

Fernando: ¿Con que la familia que ha llegado de Santiago son la viuda y los hijos de ese judío?

Faustino: Los mismos.

Fernando: Permita Dios que no se les antoje venir por aquí.

Faustino: Pero no te alarmes, porque son de condición distinta a la de Feliciano. Es verdad que hasta cierto punto ellos cargan con esos infamantes antecedentes; pero estaban bajo la potestad del padre y del esposo, y ante ella tenían que inclinarse. Donde manda capitán, hijo, no manda marinero.

Fernando: [Levantándose.] Entonces, ahora que son libres, habrán cambiado de vida y de conducta.

Faustino: No lo sé, porque desde que se marcharon a la capital apenas he oído hablar de ellos.

Fernando: [Yéndose al comedor por la puerta de la derecha.] (Muy entretenido con la conversación del tío, y mientras tanto el almuerzo...).

Escena 2

[Don Faustino y Adelina, izquierda.]

Adelina: ¡Tío! ¡Tío! (No me oye, o tal vez no quiere oírme, porque hay días que estos sordos amanecen dispuestos a no sentir ni los cañonazos.) [Acercándose a él, que habrá continuado su lectura.] ¿Qué hubo de mi encargo, tío?

Faustino: [Poniéndose de pie.] ¿Encargo?

Adelina: ¿Nada ha descubierto todavía?

Faustino: ¿Que si he descubierto?

Adelina: Sí.

Faustino: ¿Qué cosa?

Adelina: ¡Se conoce que lo ha tomado con mucho interés!

Faustino: ¡Ah, ya caigo...! Pero, ¿qué he de descubrir? Si no ha de haber nada, hija. Deben haberte engañado.

Adelina: No, señor.

Faustino: Alguna de esas chismosas que nunca faltan.

Adelina: Yo lo he sabido de muy buen origen. Y luego, ¿no ha notado usted en Fernando...?

Faustino: Mira, Adelina, tu marido te quiere, yo lo sé muy bien; y no es posible creer tampoco que cuando todavía no hace un año que está casado contigo...

Adelina: Esa no es una razón.

Faustino: ¿Que no es una razón?

Adelina: Pues yo no lo creo así, porque hay maridos que, no digo antes del año, antes del mes...

Faustino: Eso, hija, conforme y según.

Adelina: [Alzando la voz.] ¡Usted no me ha oído bien, tío!

Faustino: Te he oído y te he comprendido perfectamente. Mira: cuando los esposos se quieren como tú y Femando, y cuando el enlace se ha hecho sin más vínculo que el del amor, semejante lazo no se afloja, no digo en un año, ni en dos, ni...

Adelina: Sí, mucho amor me tendrá Fernando, pero no lo demuestra con sus hechos. Obras son amores, tío, y no buenas razones.

Faustino: ¿Y qué es lo que hace Fernando? Es cierto que suele ser un poquito duro contigo; pero eso es por lo mismo que te quiere.

Adelina: Sí, ¡bonito modo de querer! Quien te quiere te hará llorar.

Faustino: Has dicho el Evangelio. Mira, hija: yo mujer, viviría agradecida al hombre que se interesase por mí; y por el contrario, no me gustaría mucho el esposo que me dejase hacer lo que yo quisiese.

Adelina: Usted dirá lo que quiera; pero a mí no me gustan los maridos que se andan metiendo en todo...

Faustino: En donde el marido no se mete, muchacha, todo anda mal. Las mujeres aún no han aprendido a emanciparse de este tutelaje. Y aquí mismo tienes tú la prueba. Esta casa se ha echado por la ventana, como suele decirse, primero porque tu padre fue demasiado bueno con tu madre, y segundo porque tu madre lo ha sido a su vez contigo. Por esta causa no andaba más que al garete y todo ha corrido borrasca.

Adelina: En fin, yo no he de permitir que Fernando...

Faustino: Tanto peor para ti, porque no tendrás un momento de tranquilidad, y llegará un día en que...

Adelina: ¿Qué?

Faustino: Que haga una barbaridad.

Adelina: ¡Era lo que le faltaba! Pero, ¡qué ha de decir usted! ¡Hombre al fin! [Afligida.] ¡Siempre las pobres mujeres hemos de ser esclavas de los hombres!

Faustino: ¿Y por qué, vamos a ver, han de ser solamente los hombres los esclavos de las mujeres?

Adelina: [Dirigiéndose al piano.] (¡Cuándo habrá sido esclavo de ninguna mujer el viejo solterón!)

Faustino: [Siguiéndola.] ¡No te oigo, muchacha!

Adelina: [Levantando la voz.] ¡He dicho que voy a tocarle una polka!

Faustino: ¿Polka a mí? [Vase por la izquierda.]

Escena 3

[Adelina sentada al piano.]

Adelina: No, señor, no puedo resignarme. Después de haber sido criada con tanto regalo y dueña absoluta de mis acciones, venir ahora a estar sometida a los caprichos de mi marido... Es cierto que él me quiere, porque ya me ha dado muchas pruebas... y yo también lo quiero, ¿por qué no he de decirlo? Pero..., ay, ¡qué caros me cuestan sus cariños! [Acomodando el papel de música.] ¡Ea! Penas a la espalda y vamos tocando mientras se prepara el almuerzo y antes de que llegue ese majadero...

[Empieza a tocar.]

Escena 4

[Adelina y Fernando que aparece en la puerta del comedor.]

Fernando: ¡Señorita!

Adelina: ¡Ay! [Levantándose.] Me has asustado, Fernando.

Fernando: [Adelantando y poniendo su sombrero sobre un mueble.] Parece que ya es hora de almorzar.

Adelina: [Cariñosa.] ¿Por qué ha yenido hoi tan temprano, hijito?

Fernando: [Sacando el reloj.] ¡Cómo temprano! Las once y cuarto.

Adelina: No puede ser, tu reloj debe andar adelantado.

Fernando: Podrá andar adelantado mi reloj, señora; pero a mí el hambre no se me adelanta.

Adelina: [Asomándose a la ventana.] Mira: cómo es que el sol está todavía...

Fernando: ¿En dónde? ¿No ves que está nublado?

Adelina: ¡Ah! Sin duda por eso me he engañado.

Fernando: Pero dejémonos del sol: ¿has hecho lo que te encargué?

Adelina: ¿Qué cosa? No recuerdo...

Fernando: ¡Ya lo presumía yo! En sentándote al piano...

Adelina: Y tú agarrándola con el piano...

Fernando: Dejemos también el piano a un lado; no vengo con el humor de reñir: ¿has arreglado esos pantalones?

Adelina: ¿Tan pronto? Si no se los he llevado todavía al sastre.

Fernando: ¡Pero mujer! ¿Yo te he nombrado al sastre para nada? Eso es, págueles usted las ganas a esos caballeros hasta por un miserable zurcido.

Adelina: ¡Cómo! ¿Y yo había de coserlos? Sé acaso...

Fernando: Lo que usted sabe es oponer dificultades a todo. Para dar cuatro puntadas y pegar un par de botones no se necesita de sastre. Y si usted no lo sabe hacer, yo se lo enseñaré, porque eso lo hace cualquiera. Tráigame usted mi pantalón ahora mismo, y deme aguja, hilo, dedal...

Adelina: Bien: haga usted lo que guste; pero sepa que yo no me he casado para andarle cosiendo los pantalones. Lo que no hice ni con mi papá...

Fernando: Y vamos a ver: si usted no se ha casado conmigo para coserme siquiera lo que tenga roto o descosido, ¿quiere hacerme el favor de decirme para lo que se casó?

Adelina: ¡Yaya una pregunta! ¿Para qué se casa todo el mundo?

Criado: Unas señoritas y un caballero preguntan si pueden pasar adelante.

Adelina: [Con alegría.] ¡Tenemos visitas!

Fernando: ¿Quiénes serán?

Criado: La señora me ha dicho que se llama doña Cruz...

Adelina: ¡Ah, Doña Cruz! Al momento, que pasen.

[Vase el criado.]

Fernando: (Nada me gustan las visitas a la hora del almuerzo). ¿Qué doña Cruz es esa?

Adelina: Una antigua amiga.

Fernando: (¡Ah, ya estoy! La mujer del viejo judío).

Escena 5

[Dichos, doña Cruz y Margarita, de gran lujo, Aníbal de guantes.]

Adelina: [Corriendo a su encuentro.] ¡Doña Cruz! ¡Margarita!

Cruz: ¡Hijita...!

Margarita: ¡Adelina...!

[Se abrazan y besan.]

Adelina: [Señalando a Fernando.] Mi marido. [A Fernando.] Te presento, Fernando, a dos buenas amigas.

[Se dan la mano.]

Cruz: Ahora les presentaré yo a nuestro amigo don Aníbal Guerrero, teniente de ejército.

Aníbal: Subteniente, señora.

Cruz: Lo mismo da... y es de las principales familias de Santiago.

Aníbal: [Con petulancia, pero afectando modestia.] ¡Señora...! [Estrecha la mano de Adelina y luego la de Fernando.]

Adelina: [Acercando sillas.] Por aquí, doña Cruz... Acá, Margarita.

Fernando: [Indicando otra silla.] Tenga usted la bondad, señor Guerrero.

Aníbal: Gracias, caballero. [Se sienta y cerca de el Fernando.]

Cruz: ¿Y cómo esta tu mamá?

Adelina: Siempre con su parálisis, hecha una momia, como usted la dejó.

Cruz: ¿Y qué es de don Faustino? ¿Siempre el mismo?

Adelina: Ni más ni menos. Eso sí, cada día más sordo... ¿Y cuándo llegaron ustedes?

Cruz: Hace pocos días.

Adelina: ¿Piensan quedarse aquí?

Cruz: De ninguna manera: solo hemos venido a darnos algunos baños de mar con este caballero que se ha dignado acompañarnos.

Aníbal: No diga usted eso, señora. Para mí ha sido el placer...

Adelina: ¿Cómo está Fidel?

Margarita: Bueno; se quedó en Santiago.

Adelina: Ya estarán ustedes muy hechas en la capital.

Cruz: Bastante; porque has de saber que desde que se nos murió Feliciano... ¡pobrecito, tan bueno mi viejecito...! quisiera ni pensar en Valparaíso.

Fernando: Tiene usted mucha razón, señora.

Cruz: Vea usted, los pocos días que permanecimos aquí después de su muerte, fueron de incesante martirio para mí. A cada momento me parecía verlo llegar quejándose de los trabajadores. ¡Tanto como le daban que hacer, y tan odioso como era también el pobrecito! En fin, nos fuimos a Santiago, y ya fue otra cosa... ¡Qué linda ciudad!, qué lujo!, ¡qué de paseos y tertulias! ¡Cómo se goza allí!

Aníbal: ¡Oh! Para darse gusto, Santiago, señora, Santiago. [Pasando cigarros a Femando.] Usted, por supuesto, habrá estado en la capital.

Fernando: Desgraciadamente, una sola vez; y tiene usted mucha razón: para gozar, nuestra aristocrática capital.

Cruz: ¡Y yaya que es aristocrática! ¿Te acuerdas, Margarita, cuando llegamos nosotras y casi no nos hacían caso? Pero apenas compramos coche...

Margarita: Ya tú sabrías, Adelina, que teníamos coche.

Aníbal: Y dos por falta de uno.

Fernando: (¡Qué pintores!)

Cruz: ¡Ay, hijita! Ahora es cuando estamos gozando y comprendiendo la triste vida que antes llevábamos, nada más que por habérsele metido en la cabeza a Feliciano que no debíamos aparecer. ¡Y como era tan testarudo el pobrecito...!

Fernando: (Ya comprendo: esta familia se ha desbocado apenas se ha visto con las riendas sueltas.) [Levantándose.] Con su permiso, señoras; caballero, un momento. (No vale la pena de que yo pierda mi almuerzo). [Vase derecha.]

Cruz: Yo también quisiera ir a ver a tu mamá, Adelina. [Levantándose.] Llévame a su cuarto. Ya será hora de que esté despierta. [Vase por la primera puerta, izquierda, acompañada de Adelina.]

Escena 6

[Aníbal y Margarita.]

Aníbal: [Paseándose y examinando la casa.] ¿Esto es lo que llaman casa en Valparaíso? ¡Y qué muebles! ¡Mírenle la facha al piano!

Margarita: No sea usted reparón, don Aníbal.

Aníbal: ¡Cómo se conoce que esta gente es de medio pelo!

Margarita: ¿Qué llama usted medio pelo?

Aníbal: [Siempre examinando la casa y aún asomándose por las puertas.] Es claro: todo lo que no es de pelo entero como nosotros. [Asomándose a la puerta del comedor.] ¡Qué olor a almuerzo! [Retirándose con prontitud.] (¡Diablos! Casi me han visto...) ¿Y sabe usted, Margarita, que este olorcito es incitante? ¿Querrá creer que me han dado ganas?

Margarita: ¿De veras?

Aníbal: Y vea usted: no hace una hora que almorcé.

Margarita: Pierda cuidado, don Aníbal, que en llegando a casa hemos de hacer unas buenas once.

Aníbal: (Pero, ¡cómo huele! Debe ser estofado.)

Margarita: Le veo inquieto, don Aníbal. ¿Ha visto algo por ahí?

Aníbal: ¡Ah, Margarita! ¡Qué he de haber visto! (¡Maldito sea el almuerzo! Y que estoy en ayunas). [Acercándose a Margarita.] Qué quiere usted que vea en estos momentos, Margarita, sino a usted, ¡ángel de mis ensueños! ¡Mi felicidad...! Mi...

Margarita: ¡Cállese usted, por Dios! No vayan a oírnos, o venga alguien.

Aníbal: ¡Qué han de venir! [Acercándose al comedor.] (¡Si no viene más que ese maldito olor! Qué bárbaro es ese hombre, que se atreve a almorzar solo teniendo visitas...)

Margarita: A usted le está pasando algo, don Aníbal.

Aníbal: ¡Qué ha de pasarme! (¡Se le hace poco para él!)

Margarita: Sin embargo, noto en usted un no sé qué...

Aníbal: ¿Y no lo comprende usted? ¡Qué poca penetración! Pero no, ¡es que se complace usted en verme sufrir! (Hombre, ¡qué olor a tortilla!) ¡Con que no comprende la causa de mi agitación! ¿No comprende usted, dueño de mi alma! ¡Mi cielo!, que cuando la veo así, tan bonita, tan hechicera, tan... [Huele y mira hacia el comedor.] me entran unos apetitos... ¡que de buena gana me la comiera!

Margarita: ¿Está loco, don Aníbal? Que siempre ha de andar con sus travesuras.

Aníbal: [Afectando sentimentalismo.] ¡He aquí la desgracia de los hombres de exterior alegre como el mío! Siempre, aun en las cosas más serias de este mundo —porque sin duda no hay nada más serio que el amor—, lo toman a uno por el lado jocoso, y lo echan todo a broma. Esto no es para chanzas, Margarita, porque demasiado sabe usted que yo la amo con toda la vehemencia de mis juveniles años, con todo el fuego de la pasión de un valiente militar que hoy se declara su más rendido prisionero... [Se arrodilla y volviendo la cabeza hacia el comedor.] (¡Qué olor a bisteque!)

Margarita: [Levantándose sobresaltada.] ¡Por Dios, don Aníbal! ¡Qué hace usted! ¿Quiere dar un escándalo en esta casa? [Vase precipitadamente por la izquierda.]

Escena 7

[Aníbal.]

Aníbal: Está visto que no me admite ni en calidad de prisionero. Aguardemos entonces mejor oportunidad para empezar de nuevo las hostilidades. En último caso, con unos cuantos ataques en regla se rinde a discreción y el botín es mío... Veinticinco mil pesos es una bonita herencia. Ya estudiaré bien mi plan. [Dirigiéndose a la puerta del comedor.] Mientras tanto, demos un asalto... [Asomándose.] Gracias, caballero... buen provecho... Usted dispense... [Pausa.] Se lo aprecio muchísimo, como si lo tomara... [Sacando un cigarrillo.] ¿Me hace usted el favor do un fosforito? [Pausa.] ¡Oh, tanta bondad! Vaya pues... [Entra en el comedor.]

Escena 8

[Doña Cruz y Adelina.]

Cruz: Al fin he tenido el gusto de volver a ver a tu mamá. Aunque siempre con la parálisis, su cabeza está buena todavía... ¿Y qué se ha hecho don Aníbal?

Adelina: ¡Ay, qué imprudentes hemos sido: dejarlo solo!

Cruz: No tengas cuidado, Adelina, porque es un joven muy corriente. Tal vez haya salido a algo... Y dime, hijita, ¿cómo se porta contigo tu marido'? Me parece, así, un poco huraño...

Adelina: ¡Ay, doña Cruz! Fernando es un marido...

Cruz: ¿Es posible, hija?

Adelina: Nada más que porque nos hallamos un poco atrasados, se le ha metido en la cabeza que no he de echar lujo, ni quiere que salga a paseos ni tertulias, ni que baile, ni que toque, ni que duerma...

Cruz: ¡Habrase visto! Bien le había encontrado no sé qué de parecido a Feliciano.

Adelina: Le ha dado la manía por que el lujo y los desarreglos han sido la causa de nuestra ruina, y se ha puesto insoportable.

Cruz: ¡Cómo ha de ser! ¡Paciencia, hijita! No hay más que cargar con la cruz. ¡Bastante que yo llevé a cuestas la de mi Feliciano! Ya tú sabes lo que era el finado: ¡tan retirado de las cosas del mundo! Y gracias a él, después de Dios, ahora estamos disfrutando de los goces de esta vida. Bien nos solía decir: «Si yo me afano en trabajar, no es más que por ustedes, y algún día me lo tendrán que agradecer». Al fin se le cumplieron sus deseos: se murió el pobrecito, y gracias a Dios, nos dejó con que vivir desahogadamente.

Escena 9

[Doña Cruz y Adelina.]

Cruz: Aquí viene don Aníbal.

Aníbal: ¿Se le ofrecía a usted algo, señora?

Cruz: Nada, nada; creí que usted se había marchado.

Fernando: Estábamos en el comedor...

Aníbal: Este caballero me invitó a tomar una taza de café; y aunque, francamente, no estaba muy dispuesto, al fin... han sido tantas las exigencias...

Fernando: (De su estómago...)

Aníbal: [A Fernando.] ¿Me decía usted algo?

Fernando: Que tome usted asiento.

Aníbal: Mil gracias. (¡Qué amable!)

[Se sientan ambos.]

Cruz: Hazme el favor, Adelina, de avisar a Margarita que ya es hora de irnos.

Fernando: ¿Tan pronto, señora?

Adelina: Un momento más.

Aníbal: [Mirando con satisfacción el cigarro.] Hombre, ¡qué buenos puros fuma usted! ¿Se los mandan de Santiago?

Fernando: No, de La Habana.

Aníbal: ¿Quién se los regaló?

Fernando: Un amigo.

Cruz: Ve, Adelina, a llamarme a Margarita. Otra vez nos vendremos un día entero.

[Vase Adelina.]

Aníbal: ¡Qué buenos cigarros para las guardias de cárcel! Con que son de Regalía...

Fernando: No, Trabucos.

Aníbal: Con un par de estos Trabucos yo no le tenía miedo a nadie.

Fernando: ¿Quiere usted aceptarme algunos? [Levantándose.] Tendré mucho gusto de proveerle con armas de mi arsenal.

Aníbal: ¡Oh!, no se incomode usted...

Fernando: [Yéndose.] De ninguna manera. (No puede negarse que es entrador el oficialito).

Aníbal: Señora: ¡qué bueno es este caballero!

Cruz: Así parece. (No dice lo mismo su mujer).

Aníbal: Cómo que así parece. Lo es en realidad.

Cruz: ¿Y yo digo que no?

Aníbal: ¡Vaya si es un magnífico amigo! Y, ¡cómo ha simpatizado conmigo! Aquí viene...

Fernando: [Con un cajoncito de cigarros.] Le traigo a usted Trabucos y Brevas.

Aníbal: [Levantándose y recibiendo el cajoncito.] ¡Oh, tanta amabilidad, caballero! Es decir que usted no solo me provee de armas, sino también de municiones de boca.

Fernando: Eso es: Trabucos y Brevas.

Aníbal: (No es mala breva la que me he encontrado en esta casa). Doy a usted un millón de gracias, don Fernando; y en su nombre me voy a fumar todo este "brevaje".

Escena 10

[Dichos, Adelina y Margarita que salen juntas.]

Margarita: ¿Nos vamos, mamá?

Cruz: Sí, hija; ya es hora.

Adelina: Un momentito más, doña Cruz. Siéntate, Margarita.

[Se sientan.]

Cruz: No se olviden de que tienen que pagarnos pronto la visita, porque tal vez nos vayamos muy luego a Santiago.

Aníbal: ¡Ah, por supuesto! [A Fernando.] Cuente usted con su casa...

Fernando: Gracias.

Adelina: ¿En dónde están viviendo?

Aníbal: Calle de la Victoria... no recuerdo el número.

Margarita: Yo se los mandaré en una tarjeta.

Cruz: Pero vamos de una vez.

Aníbal: Sí, vamos, vamos. (Que ya va siendo hora de hacer las once. Y después de las once, ¡trabucazo seguro!) [Dando golpecitos en el cajón.]

Cruz: Mucho gusto de haberlo conocido, señor don Fernando.

Fernando: A sus órdenes, señora.

Margarita: Adelina, adiós.

Adelina: Adiós, Margarita... Doña Cruz, adiós.

[Se abrazan y besan.]

Margarita: [A Fernando.] Señor... que lo pase usted bien.

Fernando: A los pies de usted, señorita.

Aníbal: Con que, señor don Fernando, hasta más ver. Señorita Adelina, beso a usted la mano.

Adelina: Adiós, señor.

Fernando: Que le vaya a usted muy bien, ya sabe la casa...

[Aníbal habrá ido retrocediendo a cortesías hasta la puerta, en cuyo quicio tropieza y se le cae el cajón con los cigarros, que recoge precipitadamente y luego se va.]

Escena 11

[Fernando y Adelina.]

Fernando: ¡Ja, ja, ja...! ¡Qué buena pieza es el tal don Aníbal! [Serio.] ¿Y sabes, Adelina, que el oficialito parece andar de conquista? Porque cuando yo estaba almorzando le alcancé a oír ciertas cosas que decía, y ella también...

Adelina: [Con incomodidad.] ¿Y quién tiene la culpa de todo eso sino tú, que cometiste la imprudencia de dejar solas a las visitas por irte a almorzar?

Fernando: ¡Cómo! ¿Y yo iba a perder mi almuerzo por tan poca cosa? ¿Quién les manda venir a hacer visitas a horas tan inoportunas? Sin duda será esa la moda de Santiago. Pero aquí no: en Valparaíso todos somos ocupados, y es preciso que esas señoras aprendan a elegir las horas y aun los días para sus visitas de cumplimiento.

Adelina: Si es así, bueno será también que reglamenten las visitas, ya que tan de moda están en Valparaíso las reglamentaciones.

Fernando: Quien necesita un reglamento es usted, señora, porque ya me va cargando demasiado con sus desobediencias. En ese reglamento yo le enseñaré a ser menos respondona y sobre todo a que se levante más temprano...

Adelina: Yo soy dueña de levantarme cuando me dé la gana, y he de continuar haciéndolo como hasta aquí. Demasiado sabe usted que hasta las once o las doce no se levanta la gente decente...

Fernando: La gente floja, ociosa o mal educada como usted.

Adelina: Y usted quiere educarme de nuevo, sin duda para que me lleve cosiéndole y trabajando.

Fernando: Sí, señora, para que trabaje, porque el trabajo es una de las más grandes virtudes, así como la ociosidad es la madre, y creo que hasta la abuela de todos los vicios.

Adelina: [Con ternura.] Si tanto amaba usted el trabajo, no sé por qué no se casó con un jornalero.

Fernando: Y si a usted le gustaba la ociosidad, ¿por qué no se enamoró también del primer vago que vio pasar por la calle?

Adelina: [Sollozando.] De quien debí enamorarme yo, tonta de mí, fue de algún inglés o alemancito...

Fernando: Todavía es tiempo... ¡Qué estoy diciendo!

Adelina: Que son tan querendones con sus mujeres, y les compran caballo, y les dan gusto en todo.

Fernando: Sí, es muy cierto; pero las mujeres de los ingleses y de los alemanes no mantienen lujo por mantener el caballo, y luego ellas son otra cosa que ustedes: sumisas, modestas no derrochan, saben gobernar una casa, se levantan temprano (cuando no se levantan tarde) y si se ofrece, hasta se meten en la cocina y les hacen a sus maridos unos "roastbeefs" y unos "pudding", de chuparse los dedos... ¡Ah, estúpido de mí, yo debí casarme con una inglesa!

Escena 12

[Dichos y don Faustino, que aparece por la puerta del fondo.]

Fernando: Aquí viene el tío: ¿no es verdad, don Faustino, que yo debí haberme casado con una inglesa?

Faustino: ¡Cómo! ¿Quién se atreve a decir que ustedes no son casados por la iglesia?

Adelina: No, no es eso, tío; es que Fernando se ha propuesto hoy llevarme en todo la contraria, y dice...

Fernando: Falso: eres tú la que siempre me andas saliendo al encuentro.

Faustino: ¡Ya están disputando! Y te lo he dicho, Adelina: obedece en todo a tu marido, porque eres muy niña y todavía no sabes vivir. [A Femando.] Toma tú: acaban de traer esta carta.

Fernando: [Abriéndola.] ¿Carta para mí...? ¿De quién será...? Sin duda de...

Adelina: ¿De quien? A ver esa carta; dámela. [Se la arrebata.]

Faustino: ¡Muchacha! ¿Qué haces?

Fernando: ¡Qué tal! ¿Ya ve usted...?

Adelina: Quiero leerla... [Leyendo.] ¡Ay!, es para mí...

Fernando: ¿Para ti...? A ver esa carta; dámela. [Y se la arrebata también.]

Adelina: ¡Qué tal! ¿Ya ve usted...?

Faustino: (Estos muchachos han amanecido hoy con ganas de pelear). Pues ninguno la ha de leer. [Tirando una manotada a la carta, que Fernando esquiva.]

Fernando: ¡Qué veo! ¿Una cuenta? ¡Trescientos pesos! ¿Qué significa esto, señora? Lea usted. [Le pasa la cuenta.]

Adelina: ¡Ah! Pero, hijo, si esta es una cuenta...

Fernando: Sí, ya veo que es una cuenta...

Adelina: Muy atrasada, de cuando yo era soltera...

Fernando: Pero que le vienen a cobrar cuando esta casada.

Adelina: ¡Miren qué ocurrencia! Venir a salir ahora con esto... ¿Quién se la ha dado, tío?

Faustino: Un mozo que no conozco. ¿Que es algo malo, hija?

Fernando: No es malo, señor, pero no es muy bueno tampoco. [A Adelina.] Vamos a ver, ¿con qué paga usted ahora esos trescientos pesos, que en sus buenos tiempos emplearía en trapos y zarandajas?

Adelina: Pierde cuidado: yo le pediré a mi mamá.

Fernando: Sí, a su mamá, que hoy tiene tanto como yo.

Adelina: Pediremos espera, ¡hombre! ¡Vaya un apuro, y qué afligirse por tan poco!

Fernando: [Con impaciencia.] En cuanto vuelva a venir ese hombre, señora, que se lleve el piano, que es lo mejor parado que hay en esta casa.

Adelina: ¡No faltaba más!

Fernando: Usted sabe que a mi no me gustan las trampas, aunque hoy estén de moda [Paseándose.] ¡Oh, esto es insufrible! ¡Ya estamos casi en la calle y todavía llueven las cuentas! ¡Cómo se vivía en esta casa, señor tío!

Faustino: Paciencia, hijo: ya no hay más que capear o correr el tiempo.

Adelina: ¡Jesús! No he visto un hombre más apocado. Es capaz de ahogarse en un vaso de agua.

Fernando: Yo me voy, señora, y no vuelvo más a esta casa, y mal haya sido la hora en que la conocí a usted, y cuando me casé, y cuando... [Cogiendo su sombrero.] Me voy ahora mismo a buscar al cura.

Adelina: Y hace usted muy bien, caballero, porque yo tampoco lo puedo aguantar.

Faustino: [Cogiendo de un brazo a Fernando.] ¡Qué es esto! Venga usted acá, señor Fernando, y tú también, muchacha del seso verde. ¿Para cuándo se han hecho la paciencia y la calma?

Fernando: Sí, eso es: ¡paciencia! Yo lo viera a usted en mi lugar, don Faustino.

Faustino: Pero, hijo, no te exasperes, porque este es el peor defecto que puede tener un marido. Escúchame, Fernando: quien pierde la calma y abandona el timón de la nave en medio de la tempestad, mal timonel. La serenidad que necesita el marino para luchar con las tormentas del océano, es indispensable también al esposo para salir avante en las borrascas de este otro océano que se llama el matrimonio y en que tantos naufragan cuando apenas han abandonado la orilla. [A Adelina.] Y tú, muchacha, refrena también tus bríos, y sobre todo trata de corregir tus malas costumbres. Débil barquilla, estás más expuesta a zozobrar en el proceloso mar que inexperta te has propuesto navegar a todo trapo.

Adelina: [Sollozando.] ¡Ay, tío! ¡Soy tan desgraciada!

Faustino: (¿Va a llorar? ¡Bueno! Con la lluvia viene siempre la bonanza).

Fernando: [Con moderación.] Pero, Adelina, ¿por qué no me obedeces? ¿Te exijo nada malo ni imposible? ¿No ves que todo lo hago por nuestra propia felicidad...? ¿No sabes demasiado que yo te quiero...?

Adelina: ¿Y yo también no te quiero? Y si no te hubiese querido, bien lo sabes, nadie me habría obligado a casarme contigo.

Fernando: Otro tanto digo yo, hijita.

Faustino: (Vamos, vamos, los muchachos se quieren, y esto es mucho).

Adelina: [Llorando.] Pero que me maltrates a mí, a tu mujercita...

Fernando: Yo hago todo eso por su porvenir, por el de nuestros hijos... cuando los tengamos. [Adelina llora a mares.] No llore, hijita, porque así me va a hacer llorar a mí también. Si yo la quiero mucho, más que a mí mismo... [Le echa los brazos.]

Faustino: (Bonanza completa. Ya están hechos unos pichones. ¡Qué se habrán dicho!) [Vase.]

Fernando: Bueno, bueno, no llore más. [Le enjuga los ojos.] Olvidémoslo todo, y vámonos a su cuarto... a coser esos pantalones.

CAE EL TELÓN.

Acto Segundo

Sala en casa de doña Cruz, lujosamente amueblada. Dos puertas al fondo y laterales a derecha e izquierda.

Escena 1

[Aníbal y Fidel, este vestido de viaje y con un abrigo en el brazo.]

Aníbal: Creo que hemos llegado.

Fidel: [Tirando el abrigo sobre una silla.] Pero en mala hora, porque, según lo acaba de decir el sirviente, la familia salido a paseo.

Aníbal: Habrán ido a los almacenes fiscales.

Fidel: ¡Vaya un paseo! Eso estará bueno para los santiaguinos, que nunca se cansan de mirar el mar, pero no para mamá y Margarita, que se criaron al arrullo de las olas.

Aníbal: Por eso mismo las habrán estado echando de menos en todo este tiempo.

Fidel: [Tendiendo la vista por la sala.] ¿Sabes, Aníbal, que no encuentro tan mala esta casita?

Aníbal: Así, regularcita...

Fidel: Los muebles sí que no son de muy buen gusto, ni de moda.

[Se sientan.]

Aníbal: Y creo que esto es lo mejorcito de Valparaíso. No se puede negar: estos porteños andan siempre muy atrasados.

Fidel: ¿Has olvidado, Aníbal, mi doble calidad de porteño y dueño de casa?

Aníbal: Lo que es ahora, no te reconozco el carácter de dueño de casa, porque me parece que soy yo quien está haciendo esos honores. Cuando más respetaré tus fueros de porteño, aunque yo creía que te habías hecho un santiaguino de corazón.

Fidel: Pero dejando a un lado el espíritu de provincialismo, tú tienes razón, Aníbal: los porteños no saben vivir con las comodidades de los santiaguinos. Aquí no se vive, hombre; y es preciso venir de Santiago, como yo en este momento, para notar el contraste. Se me figura que he llegado a un colmenar, y hasta el ruido que he sentido por las calles me ha parecido que era el zumbido de las abejas. Yo aquí no voy a poder respirar.

Aníbal: No me ha sucedido a mí otro tanto, tal vez por lo acostumbrado que estamos los militares a las penalidades del campamento.

Fidel: [Con alguna indiferencia.] ¡Cómo! ¿Tú has hecho ya algunas campañas?

Aníbal: ¡Me gusta la pregunta! ¿Qué oficial no ha hecho sus campañas? Todavía no hemos salido de la escuela militar cuando ya entramos en ellas... (con las muchachas, se entiende) Y conozco yo a algunos con unas hojas de servicios...

Fidel: Pues yo ignoraba que tú...

Aníbal: (¡Si supiera que ahora mismo estoy en campaña con su hermanita!) No sabes tú las veces que yo me he batido.

Fidel: ¿Es posible?

Aníbal: Y en más de uno de esos combates, aquí donde tú me ves, he sacado también mis honrosas cicatrices... Tengo una en la cabeza... (de un garrotazo que me dio un marido).

Fidel: Entonces te doy la enhorabuena.

Aníbal: Muchas gracias.

Fidel: ¿Sabes, Aníbal, que el viajecito me ha dejado molido? En cuanto coma he de tirarme a la cama.

Aníbal: Y eres muy capaz de hacer esa barbaridad.

Fidel: ¡Cómo barbaridad!

Aníbal: ¡Pues es nada! ¡Echarse a dormir la comida como quien duerme una mona!

Fidel: Si me muero, en buena hora. No creas que la vida me halaga mucho en estos momentos.

Aníbal: ¡Vamos, desagradecido con la fortuna!

Fidel: ¡Ay, hijo! ¡No todo lo que reluce es oro!

Aníbal: Pero es plata, que da lo mismo.

Fidel: ¡Oh! veo que eres de aquellos que hacen consistir la felicidad en el dinero.

Aníbal: ¡Como quien dice nada! ¡La mosca! Mira, Fidel, quien tiene eso lo tiene todo en el mundo.

Fidel: Yo hablo por experiencia, Aníbal; y te lo diré de una vez: a pesar de mi mediana fortuna, ¡yo soy desgraciado!

Aníbal: ¡Qué me cuentas!

Fidel: Tú no me comprendes, y será preciso que te hable más claro: soy desgraciado porque, como tú sabes, amo a una mujer, y esa mujer, que es lo que tú no sabes, no quiere amarme, no corresponde a esta pasión que, de día en día, y mientras mayores son los obstáculos, la siento arder más en mi corazón.

Aníbal: Realmente, esto es serio, amigo mío. Ahora comprendo tu poco apego a la vida... porque... yo también sé amar como tú... (Pongámonos el parche con tiempo) y creo que si me viese contrariado... sería capaz de... (casarme con otra).

Fidel: Ahora sabrás hacerte cargo de mi situación.

Aníbal: ¡Ah! Cuando no se comprende a los corazones como los nuestros, amigo mío, ¡es de morirse de desesperación!

Fidel: ¡Tal es lo que a mí me pasa!

Aníbal: Pero tú no debes afligirte. Tu posición, tu fortuna, tus prendas personales... ¡Ya quisieran más de cuatro muchachas poderte atrapar! Vamos, ánimo, que lo que sobra son mujeres.

Fidel: Eso es fácil de decir, pero muy difícil de hacer cuando se ama como yo.

Aníbal: ¡Hum...! Apostaría que has estado portándote como un recluta.

Fidel: ¿Por qué?

Aníbal: Porque en estos casos se necesita mucha táctica, y sobre todo mucha sangre fría. Tú no eres aguerrido, y no será mucho que hayas descubierto el flanco al enemigo. Si has cometido esa bisoñada, te envuelve, no hay remedio.

Fidel: No te comprendo...

Aníbal: Más claro: ¿le has hecho alguna promesa?

Fidel: Creo que sí...

Aníbal: Tal vez le has hablado de casaca...

Fidel: En efecto, le he dado mi palabra.

Aníbal: Ahí está la madre del cordero. Si no hay cosa peor, hombre, que largar el huacho de buenas a primeras.

Fidel: ¡Qué! Si ha sido después de mucho tiempo, después de estar seguro de su cariño, de haber leído en sus miradas...

Aníbal: ¡Muy bien has leído! ¡No sabes tú que las mujeres tienen más letra menuda!

Fidel: Pero yo no comprendo qué se proponga...

Aníbal: Dime: ¿es coqueta esa mujer?

Fidel: No lo sé.

Aníbal: (Ni yo tampoco) ¿Es aficionada a los galanteos?

Fidel: Sí.

Aníbal: ¿Y al lujo?

Fidel: También.

Aníbal: ¿Es vanidosa?

Fidel: ¡Quién sabe!

Aníbal: ¿Tiene ambición?

Fidel: Tal vez.

Aníbal: Tú le habrás hecho buenos regalitos...

Fidel: Algunos.

Aníbal: ¿Y los ha aceptado?

Fidel: Con mucho gusto.

Aníbal: Vamos, esa mujer pertenece al número de las... bolseras.

Fidel: ¿Qué quieres decir?

Aníbal: ¡Inocente! Quiero decir que está explotándote.

Fidel: Una persona de su clase...

Aníbal: ¡Cómo! ¿Y tú te figuras que solo explotan el amor las... de la otra clase?

Fidel: No puede ser. Una joven de educación, de talento...

Aníbal: Pues por lo mismo que tiene talento ha sabido engañarte. Para lo que es eso hay mujeres muy sabias... (No me acordaré yo de un quebradero de cabeza que tenía y que me hizo empeñar hasta las botas).

Fidel: ¡Que pueda haber tanta bajeza bajo un rostro tan angelical!

Aníbal: ¡Ay, hijo! Esos ángeles suelen ser los mismos demonios. (Y yo cómo me bebía los vientos por la Sinforosa, que así se llamaba la condenada). Por supuesto que tú habrás hecho algunos sacrificios por esa mujer.

Fidel: No tantos. (¡Y estoy casi arruinado por ella! Pero no me pesa, cualesquiera que sean sus ingratitudes. ¡La quiero tanto!) [Deja caer la cabeza, abatido.]

Escena 2

[Dichos, doña Cruz y Margarita, muy elegantes.]

Cruz: ¡Fidel aquí!

Margarita: ¡Fidel!

Fidel: El mismo. [Corre a abrazarlas.]

Cruz: [A Aníbal.] ¿Y cómo va, don Aníbal? [A su hijo.] Pero, ¡qué flaco te veo, muchacho!

Fidel: Le parecerá a usted, mamá.

Cruz: ¡Cómo que me parecerá!

Fidel: El calor... el polvo del camino...

Cruz: No, niño; tú estás flaco.

Margarita: Cierto, yo también lo noto.

Cruz: Tal vez sufres algo y no quieres decirlo.

Fidel: (¡Madre al fin!)

Cruz: ¿No es verdad, don Aníbal, que Fidel viene muy deshecho?

Margarita: ¡Y en tan pocos días!

Aníbal: Es cierto que está un poco "desmedradito"; pero no lo extrañen ustedes: en esta época de calores a mí me sucede lo mismo en Santiago. Ha habido año en que me he puesto como perro.

Cruz: ¡Jesús! ¡Qué modo de decir las cosas! Que traigan luz, hija, porque ya es de noche.

[Vase Margarita.]

Fidel: Y a ustedes, ¿cómo las ha recibido Valparaíso? ¿Se han bañado? ¿Han paseado bastante?

Cruz: Pregúntaselo a don Aníbal.

Aníbal: Bien que le hemos dado al talón.

Cruz: (¡Qué términos!) Hemos corrido la Zeca y la Meca.

Fidel: Yo quisiera comer algo, mamá.

Cruz: Tienes razón: hoy habrás almorzado solamente. ¡Y nosotras que por salir a paseo comimos tan temprano!

Fidel: No importa: mientras me preparan algo me voy a descansar. [Vase seguido de doña Cruz por una de las puertas de la izquierda.]

Escena 3

[Aníbal.]

Aníbal: [Después de dar algunos paseos gesticulando y accionando.] Pues, señor, confieso que estoy muy bien acompañado... Mejor, así a solas y a oscuras es como uno se entrega más de lleno a la meditación... Con que vamos calculando... ¡Ea, señor don Aníbal! Piense y diga usted algo...

Muy bien: empezaré por confesar que la tal Margarita es una muchacha incomprensible, que debe ser, o muy habilosa, o muy tonta, que lo mismo da, porque hasta aquí no he podido hallarle el cuepo...

Pero, señor don Aníbal, cualquiera sería capaz de creer que el tonto es usted... porque es cosa muy sabida que una mujer tiene mucho por donde pescársele. Así será; pero lo cierto es que ella no se ha dejado atrapar de mí, y ya me está pareciendo que esa buena presa se me escapa.

Escena 4

[Don Aníbal y Margarita, que viene por el foro, izquierda, en pos de un criado que llega con luces y que se retira en seguida.]

Margarita: ¡Cómo! ¿Le habían dejado solo y a oscuras, don Aníbal?

Aníbal: ¿Sabe que si usted no me lo dice no había caído en cuenta?

Margarita: ¿Y qué le distrae a usted tanto para que le sea indiferente cuanto le rodea?

Aníbal: ¡Y usted me lo pregunta! Siéntese usted y se lo diré todo. (Empecemos por mentir, que luego concluiremos por lo mismo). Con que usted desea saber... ¿Qué era lo que deseaba saber? ¡Ah, el motivo de mi distracción! ¿Habla usted con ingenuidad, Margarita, o me viene jugando "ruso"?

Margarita: Ya empezó usted con sus terminachos.

Aníbal: Sí, Margarita, usted no juega limpio.

Margarita: Es decir que me toma por una insigne jugadora.

Aníbal: Yo la tomo a usted simplemente por lo que es... por un prodigio de hermosura... [Con pasión.] por uno de esos ángeles cuyos encantos vuelven locos a los hombres que como yo, ¡todo alma y corazón!, amamos con el fuego sagrado de una pasión casta, pura, santa... (¡Qué bien lo estoy haciendo!)

Margarita: [Mirando a todos lados con inquietud.] Yo no puedo desconocer las pruebas de cariño que usted me ha dado, don Aníbal, y por ello le estoy muy reconocida, pero ya le he dicho que tengo mis razones...

Aníbal: ¿Siempre insiste, Margarita, en la fatal idea de hacerse monja? ¡Es decir que no hay amor, ni esperanza, ni siquiera compasión para este desgraciado!

Margarita: [Siempre mirando con inquietud a su derredor.] Pero, ¿qué quiere usted que haga...?

Aníbal: ¡En mala hora fui a conocer a esta criatura! ¿Por qué, Dios mío, me has entregado a sus hechizos, para que ella despiadada acibare mi existencia y torture día a día, hora por hora, a este pobre corazón? (Parece que me explico).

Margarita: Pero sea usted menos violento, don Aníbal. Espere por lo menos...

Aníbal: ¡Qué ha dicho usted, amor mío! (Y se estaba haciendo la de las monjas). ¡Esperar! Con esa palabra de consuelo salida de esa preciosa boca de ángel, parece usted decirme: «¡Oh, mortal afortunado! ¡Prolonga tu felicidad, alentado por la divina esperanza, mientras te abro las puertas del Edén!» (¡Me siento inspirado! Debo ser con lo que comí ostras esta mañana). Permítame, Margarita, dueño de mi alma... ¡monjita mía! [Va a tomarle la mano, que ella retira con violencia.]

Margarita: ¡Qué hace usted, por Dios, don Aníbal! [Huye precipitadamente por la izquierda.]

Aníbal: ¡Entienda usted esto! ¡Y fíese usted de las mujeres!

Escena 5

[Dicho, y Fidel por la izquierda.]

Aníbal: ¡Cómo es eso! ¿No ibas a comer y en seguida a dormir?

Fidel: Pues no he podido hacer ninguna de las dos cosas.

Aníbal: Que no se pueda dormir, pase; pero comer... eso ya es una calamidad.

Fidel: ¿Por qué en Santiago no me sucedía esto? Luego siento un disgusto...

Aníbal: Quién sabe, hombre, si estos ingleses han traído a Valparaíso el esplín y se nos está pegando... Yo mismo estoy sintiendo... aunque me parece que es de debilidad...

Fidel: Pues vete al comedor que no faltará algo que pellizcar.

Aníbal: ¿Y tú no vienes?

Fidel: No; me quedo aquí, porque necesito hablar con mi mamá. Me harás el favor de decirle que la espero.

Aníbal: Corriente. [Dirigiéndose hacia el comedor.] (No será mucho que quiera quitar el esplín con la mamá. También yo veré modo de quitar el mío con Margarita, y de pellizcar algo en el comedor).

Escena 6

[Fidel.]

Fidel: [Paseándose.] Estoy decidido. Es preciso que me valga de algún ardid, por más que me duela y esté persuadido de que con este nuevo golpe voy a causarle un gran pesar... ¡Qué diantres! Al fin ha de saberlo, y a lo hecho, pecho...

Por otra parte, la situación está algo tirante para mí, y es indispensable la revelación para poderme salvar...

¡Ah! Y cuando pienso que todo lo que me pasa no ha sido más que por una mujer que, como tal vez ha dicho muy bien Aníbal, me ha estado engañando infamemente... Pero no, no puede ser; Aníbal no la conoce como yo... Aquí viene... ¡pobre señora!

Escena 7

[Fidel y doña Cruz.]

Cruz: ¿Me necesitas, hijo? Don Aníbal ha ido a llamarme.

Fidel: En efecto...

Cruz: ¿Estás enfermo, muchacho?

[Se sientan.]

Fidel: Quisiera más bien estarlo.

Cruz: No digas eso, niño.

Fidel: Sí, preferiría estar sufriendo yo solo, antes que hacer partícipe a nadie de faltas que no son más que mías.

Cruz: Pero, ¡qué ocurre, por Dios! Dímelo de una vez y no me hagas sufrir en la incertidumbre.

Fidel: ¡Ah, señora! He perdido... o más bien, he botado toda la herencia que me dejó mi padre, y ahora...

Cruz: Comprendo... y lo que tú quieres ahora es que yo empiece a darte la mía para que también la derroches en tus locuras y en tus amores con esa mujer.

Fidel: Señora... no es eso...

Cruz: ¿Qué quieres entonces?

Fidel: ¿No me lo negará usted?

Cruz: Pero, ¿qué es?

Fidel: Muy poca cosa... Usted puede hacerlo...

Cruz: ¿Te explicarás al fin?

Fidel: ¿Me lo promete?

Cruz: Si puedo...

Fidel: Pues bien; se trata solo de una fianza.

Cruz: Ahora comprendo. ¿Y quién la necesita?

Fidel: Quién ha de ser, yo.

Cruz: ¡Muy bien! ¡A qué situación has llegado!

Fidel: ¿Cuento con su firma?

Cruz: ¿Y por qué cantidad?

Fidel: Nada más que diez mil pesos...

Cruz: ¿Estás en tu juicio, muchacho? De ninguna manera.

Fidel: Es indispensable para poner a salvo mi reputación, mi buen nombre...

Cruz: Qué tengo yo que ver con tu reputación, ni...

Fidel: Señora, ¡me van a ejecutar!

Cruz: ¡Qué dices! ¿A ejecutarte? ¡Ah, niño, niño!

Fidel: Ahora se explicará usted mi repentina venida a Valparaíso.

Cruz: ¡Pero en qué situación me pones! Tú has de concluir por dejarme en la calle.

Aníbal: [Al paño.] ¿De qué tratarán?

Cruz: Por fortuna, aún conservo cuarenta mil pesos de lo que me correspondió según la disposición testamentaria de tu padre.

Aníbal: (¡Aprieta! ¡Cuarenta mil!) [Desaparece.]

Fidel: Pues bien, mamá, únicamente exijo de usted una fianza por diez mil pesos. Ya trataré de arreglarme y economizar, y trabajaré en adelante...

Cruz: Tú has de hacer al fin lo que quieras de mí. Está bien: que extiendan esa fianza y la firmaré.

Fidel: Gracias, señora, mil gracias... Voy inmediatamente, por si aún es tiempo, a mandar un parte a Santiago para que mis acreedores suspendan todo procedimiento judicial. [Vase.]

Escena 8

[Doña Cruz y Aníbal.]

Aníbal: Me parece que veo a Fidel un poco más alegre. ¿No lo ha notado usted? [Se sienta a su lado.]

Cruz: En efecto

Aníbal: Como que se le va pasando el mal humor.

Cruz: ¡Qué quiere usted! Después de un viaje con estos calores...

Aníbal: Para eso, nosotros los militares, señora. Que haya sol o que no lo haya, que llueva o que truene, vamos andando y tragándonos las leguas...

Cruz: No puede negarse, la vida del militar es muy triste.

Aníbal: ¡Oh, mucho, señora!

Cruz: ¿Y nunca se le ha ocurrido a usted dejar la carrera?

Aníbal: ¡Jamás! Y ahora menos que nunca.

Cruz: ¿Por qué?

Aníbal: Porque tengo ambición, y ....

Cruz: ¡Ah! Usted quiere ilustrar su nombre con las glorias militares.

Aníbal: O llego a ser general, y quién sabe si más, o muero en la demanda.

Cruz: Ojalá.

Aníbal: ¡Señora!

Cruz: Que ojalá sea usted general, es lo que quiero decir.

Aníbal: Gracias; una de dos: o me voy a las nubes, o me dejan con la barriga al sol.

Cruz: Dice usted las cosas de una manera...

Aníbal: Sí, señora, soy muy claro y muy franco, no lo puedo negar. Tengo un estilo militar puro. Y pues usted conoce mi franqueza, voy a hacerle una importante revelación, para lo cual vengo esperando de tiempo atrás una ocasión como la presente.

Cruz: Con toda confianza, don Aníbal.

Aníbal: Gracias, señora.

Cruz: Hable usted con franqueza. Ya sabe que está en su casa.

Aníbal: No esperaba menos de su bondadoso carácter... ¿Y no adivina usted el objeto de esta entrevista?

Cruz: Ni lo sospecho.

Aníbal: (¡Qué ha de adivinar!) Es muy extraño, señora.

Cruz: Pues es la verdad.

Aníbal: ¿No ha notado usted en mí cierta inclinación...?

Cruz: No he notado nada.

Aníbal: Cierto afecto... o simpatía... algo así como amor...

Cruz: (¡Ahora caigo! Me va a pedir la mano de Margarita...) En efecto, don Aníbal, yo he notado en usted mucha inclinación...

Aníbal: ¡Ah! ¡Cuánto me alegro de que esto no sea un secreto para usted! Con que ya lo había notado... (¡Qué perspicacia!)

Cruz: [Sonriendo.] Esas cosas nunca pueden ocultarse, don Aníbal.

Aníbal: Pues bien; ya que ha llegado el momento de confesarlo todo... [Con pasión.] ¡Yo la amo a usted, Crucita!

Cruz: [Saltando de su silla.] ¡Qué es esto, don Aníbal...!

Aníbal: [Que también se ha puesto de pie.] ¡Cómo decía que lo había adivinado!

Cruz: [Con inquietud.] Pero, ¡por Dios!

Aníbal: ¡Ah, sea usted franca, Crucita! ¿A qué se empeña en sofocar ese amor que, tan ardiente y virginal como el mío, está comprimiendo, con riesgo de que estalle, dentro de eso hermoso pecho...?

Cruz: (¡Ah, qué palabras!) ¡Pero don Aníbal! [Mirando con inquietud a todos lados.]

Aníbal: No lo disimule usted, porque se le conoce en la cara. Eso sería traicionar a su amor, hacerse sorda a la voz de su conciencia, que le está gritando: «Ama a don Aníbal con toda el alma, porque él es tu porvenir, tu gloria, la ventura de toda tu existencia».

Cruz: (¡Dios mío! ¡Yo creo que este joven me ama de veras!)

Aníbal: ¿Aun vacila usted, Crucita? ¿Y no tiene una palabra siquiera para mí? Vamos, ábrame usted su corazón.

Cruz: Pero... ¡Si no sé lo que pasa por mí, don Aníbal! Estoy aturdida... Me parece un sueño... y sin embargo, siento una cosa...

Aníbal: ¡Ah! Sí, ¡no me engañaba! La cosa que usted siente es amor... ¡puro amor! ¡Alma sensible! Vamos, usted me quiere. ¿No es verdad, paloma mía... (¡Diablo!, que esto es de "Don Juan Tenorio"!)

Cruz: ¡Don Aníbal...!

Aníbal: Pues bien: yo también la quiero... ¡con pasión...! ¡con locura...! ¡Yo me muero por usted, Crucesita de mi alma!

Cruz: (¡Qué palabras tan finas! ¡Si parece otro!)

Aníbal: Y si no quiere verme morir de melancolía, concédame su mano, hijita, que ahora mismo le pido con todas las formalidades de la ordenanza... [Le toma la mano.] Para imprimir en ella el primer ósculo de...

[Se siente ruido y doña Cruz retira la mano en el momento de ir a besarla.]

Cruz: Apártese usted, que siento ruido.

Aníbal: ¿Y qué importa, si lo han de saber al fin?

Cruz: Cállese usted, por Dios, que no conviene se sepan estas cosas.

Aníbal: Tiene usted razón. Y, sobre todo, es preciso ocultarlo de Margarita... Usted sabe lo que son las niñas...

Cruz: Luego hablaremos. [Vase.]

Aníbal: Hasta luego, ¡mi alma!

Escena 9

[Aníbal, paseándose gozoso por la sala.]

Aníbal: Pues señor, el golpe está dado, y en toda regla, si no me engaño. A pesar de haber improvisado el ataque sobre la marcha, sin plan de batalla, me va a dar un soberbio botín. [Frotándose las manos.] ¡Cuarenta mil pesos! Abandono la carrera... no, no la abandono... Esto sería indigno de quien, como yo, está acostumbrado a vivir de su trabajo... Verdad que voy a verme atado con un doble vínculo: con la coyunda del matrimonio y la coyunda de la patria... pero, ¿quién resiste a las glorias militares, ni menos a las glorias conyugales? Porque sin tomar en cuenta los cuarenta mil, nadie podrá negarme que mi futura no es de lo peor que digamos. No será cosa de lucirla en un día de fiesta, lo confieso, pero muy buena que está todavía para los días de trabajo...

¡Y qué dirá Margarita...! ¡Qué le diré yo!

Aquí viene la pobrecita: serenidad y estrategia.

Escena 10

[Dicho y Margarita.]

Margarita: Necesito hablar con usted, don Aníbal.

Aníbal: Estoy a sus órdenes, señorita. [Le acerca una silla, sentándose él en otra.]

Margarita: He notado en mi mamá cierta inquietud...

Aníbal: ¿Es posible? (¡Diablo, la señora anda inquieta!)

Margarita: Mi mamá sufre algo, y creo que la causa es...

Aníbal: No prosiga usted, Margarita; yo se lo confesaré todo.

Margarita: Me alegro de que usted pueda darme algunas explicaciones sobre la conducta de mi hermano...

Aníbal: ¡Ah! ¿De Fidel hablaba usted?

Margarita: ¿Y qué otro hermano ha de ser?

Aníbal: Yo creía que hablaba de su mamá.

Margarita: Más claro: hablo de los dos.

Aníbal: ¡Ah! Tiene usted razón. Estaba distraído...

Margarita: Esas distracciones van siendo ya muy habituales en usted, don Aníbal.

Aníbal: Es que... como usted decía que su mamá andaba...

Margarita: Decía que Fidel debe ser la causa de la intranquilidad de mi mamá.

Aníbal: Y yo creo lo mismo.

Margarita: Desde que ha llegado...

Aníbal: Sí, ese muchacho debe tener la culpa de todo, porque yo creo que ha perdido la chaveta.

Margarita: ¿Luego usted sabe algo...?

Aníbal: Yo nada se, absolutamente nada... excepto la conferencia que hace poco y aquí mismo tuvieron los dos.

Margarita: Justamente.

Aníbal: Y supongo que desde entonces la señora anda... así... como tocada.

Margarita: ¡Pobre mamá!

Aníbal: ¡Pobrecita!

Margarita: Apostaría que Fidel ha venido a sacarle dinero.

Aníbal: Sin duda.

Margarita: Porque usted ya sabe que Fidel derrocha, juega y creo que hasta bebe.

Aníbal: Y todo eso nada más que por el capricho de cierto amorcillo...

Margarita: Eso es.

Aníbal: Por desquitarse de ingratitudes...

Margarita: Que bien las merece por tonto.

Aníbal: ¡Ah! ¡No diga usted eso, Margarita! ¡Somos tan desgraciados algunos hombres!

Margarita: Si usted lo dice por mí, se queja sin razón, don Aníbal, porque yo nunca le he prometido nada a usted.

Aníbal: (Llegó el momento de la retirada). Es cierto, Margarita; pero veo que usted no me ha comprendido. Yo la quiero, la amo a usted, pero con un amor fraternal, casi paternal; y si alguna vez me he permitido decirle algo en otro sentido, no ha sido de ninguna manera para que usted lo tomase a lo serio.

Margarita: ¿Es posible?

Aníbal: ¿Todavía no me conoce usted, Margarita? ¡Vamos, usted se hace!

Margarita: Si es así, tanto mejor, y me alegro mucho.

Aníbal: (La tragó). Otros son mis pensamientos, y creo que no pasará mucho tiempo sin que usted los conozca. ¡Ah! El día que yo pueda llamarla a usted...

Margarita: Parece que ha llegado Fidel... Le oigo hablar... [Vase por la izquierda.]

Escena 11

[Aníbal y Fidel, muy alegre.]

Aníbal: [Yendo al encuentro de Fidel.] ¡Hola! ¿Tan pronto has vuelto?

Fidel: He hecho mis diligencias sin ninguna dificultad. Con el dinero todo se allana en una plaza mercantil.

[Se sientan.]

Aníbal: Parece que se te ha pasado el esplín. [Golpeándole el hombro.] Vamos, tú has recibido alguna buena noticia de Santiago.

Fidel: Ninguna.

Aníbal: Y entonces...

Fidel: Voy a decirte la verdad. Yo andaba triste, Aníbal, no solamente por mi situación de amante desgraciado, sino también porque me hallaba un poco apurado... de esto... y tú sabes que yo no estoy acostumbrado a estas crisis.

Aníbal: Tienes razón: para eso se necesita la flema de un ministro de hacienda.

Fidel: Pero ahora es distinto: mi buena madre... ya tú comprenderás...

Aníbal: Entiendo: has levantado un empréstito forzoso...

Fidel: No, hombre. Le hice comprender que mi situación...

Aníbal: ¡Ahí!, ya caigo: el honor del país estaba comprometido... Tú harías carrera si fueses hombre público.

Fidel: Pero, bromas a un lado, yo tengo una madre, Aníbal, que nada reserva para mí.

Aníbal: ¡Si yo tuviera esa madre! (Creo que no está muy lejos).

Fidel: Cuanto ella posee puedo considerarlo como mío; y tanto, que hoy mismo tengo en mi poder toda su fortuna.

Aníbal: (¡Demonio!) ¿Pero cómo?

Fidel: De la manera más sencilla: me ha otorgado poder amplísimo para administrar sus bienes, pudiendo además disponer, desde luego si lo quiero, de la parte que me pertenece, como Margarita de la suya.

Aníbal: De manera que bien puede decirse que ha hecho repartición de bienes.

Fidel: Justamente, puesto que consta de un instrumento público.

Aníbal: (¡En buena me había metido yo!) ¿Sabes que no me parece bien esa disposición? Estando tu madre todavía llena de salud, gorda, tamaña de colorada...

Fidel: Pero, ¿eso qué importa?

Aníbal: Sin embargo, es un paso que encuentro un poco prematuro... algo así como absurdo... en fin, no sé qué le hallo...

Fidel: ¿Y por qué?

Aníbal: Porque... quiero suponer que mañana se case tu hermana: ¿se llevaría la parte que le corresponde en los bienes de tu madre?

Fidel: Indudablemente, desde que ella lo ha dispuesto así y aun lo desea para su felicidad.

Aníbal: Y suponiendo que tú también te casas...

Fidel: Lo mismo, ni más ni menos.

Aníbal: ¡Muy bien! De modo que, casados los dos hijos, ¡lucida queda la madre! (¡Y yo también estoy quedando muy lucido!)

Fidel: Pero en ese caso se entiende que los hijos no han de abandonar a su madre.

Aníbal: Será muy bueno, muy santo y como tú quieras; pero yo lo encuentro fuera de oportunidad y de conveniencia.

Fidel: Pues yo no lo creo así.

Aníbal: Supongamos —y no es más que una simple suposición—, que se case tu madre.

Fidel: ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Aníbal: No te rías, porque todo debe suponerse en este mundo.

Fidel: Bien: se casa; y ¿qué sacamos de ahí?

Aníbal: ¿Cómo qué sacamos de ahí? (¡Bien quedaba yo si no sacaba nada de ahí!) ¿De qué manera se arreglaban entonces los bienes de fortuna?

Fidel: Como ya te lo he dicho.

Aníbal: Pero debes advertir que ese matrimonio ha tenido lugar antes que los de ustedes... Se entiende que esta no es más que una mera hipótesis.

Fidel: Justamente en previsión de estos casos mi madre ha querido estar desheredada. Y este fue también uno de los buenos consejos que le dio mi padre antes dé morir.

Aníbal: ¡Con que le dio ese consejo! (¡Que viejo tan pillo!)

Fidel: ¡Ay, amigo Aníbal! Son muchos los ejemplos que tenemos de señoras que han sido explotadas por su riqueza, y que ellas muy fácilmente se han dejado explotar, creyendo en mentidas declaraciones de amor.

Aníbal: (¿Que habrá sospechado?)

Fidel: Con que ya lo sabes, y ahora comprenderás si tengo motivos para estar contento. [Metiendo la mano en el bolsillo de la cartera.] Acaba de firmarme este papel que tenía preparado y que, dicho sea para inter nos, me saca de grandísimos apuros.

Aníbal: Me alegro mucho... (Malditos sean tus apuros, que ahora son los míos para componérmelas con doña Cruz).

Fidel: [Levantándose y guardando el pagel.] Ahora que recuerdo, tengo que escribir varias cartas para Santiago, y la hora va siendo avanzada. No te irás, por supuesto, hasta que tomemos el té. [Vase.]

Escena 12

[Aníbal.]

Aníbal: [Paseándose desesperadamente.] ¡Estoy arruinado! Pero a esta gente no se le puede entender... El uno dice una cosa y el otro otra... Me están volviendo loco... [Parándose y calculando.] Él me ha dicho que si se casa ella... ¡malo! y que si se casa él... malo también... Pero si se casa ella y él, y yo... ¡Oh, feliz idea! Torpe de mí, que no había comprendido...

Es claro, si Margarita tiene ya la herencia paterna, y ahora también cuenta con la materna... eso es... negocio redondo: me caso con Margarita. Emprendamos con ella desde luego, y que doña Cruz se las componga como pueda para que no sea tonta...

¡A tomar el té servido por la linda mano de mi futura! [Da dos pasos y se detiene.] ¡La quiero tanto!

CAE EL TELÓN.

Acto Tercero

La misma decoración. Casi es de noche.

Escena 1

[Fidel, abriendo una carta.]

Fidel: No esperaba tan pronto una contestación... Sí, es de ella... Veamos qué me dice. [Lee.] «Amigo Fidel»... Esto de amigo no me hace mucha gracia... «he recibido su precioso obsequio, que es un regalo de príncipe»... Ya lo creo, porque en estos tiempos no se encuentran muchos príncipes que regalen ternos de a dos mil pesos. Pero continuemos...

«No sé cómo pagar las muchas atenciones que tengo recibidas de usted, y por lo mismo desearía que renunciase a seguir haciendo por mí mayores sacrificios, que nunca podré recompensar»... ¡Qué significa esto! «Temo mucho hacerme culpable si continúo aceptando sus obsequios; y si hasta ahora se los he admitido, créamelo usted, ha sido únicamente por no dar lugar a creer que yo era capaz de hacerle un desaire, que por cierto está usted muy lejos de merecer»... ¡Hipócrita! ¡Cómo dora la píldora! Pero veamos a dónde va a parar...

«Usted me ha probado que me ama, y en cambio yo no he hecho más que pagarle con el cariño de una amistad sincera... ¡Pobre recompensa, sin duda, pero no he podido hacer otra cosa! Quizás mi franqueza le va a herir a usted; pero en este caso, y suponiendo que usted se arrepienta de sus actos, estoy dispuesta a resarcirle sus sacrificios en cuanto me lo permitan mi honor y mi posición. De todas maneras, cuente usted siempre con el aprecio y amistad de su afectísima. Enriqueta.»
Coqueta o veleta, debieras llamarte. Pero, ¡basta ya! Estoy desengañado: Aníbal tenía razón. Esta mujer ha estado explotando mi buena fe... Y es preciso que yo sea un necio para que no retroceda en tan loca empresa... Hoy mismo le escribo y... ¿Qué la voy a decir...? No, pensémoslo bien, que el asunto es serio para mí. En estos casos es preciso irse con tiento...

Se me ocurre una duda. ¿No habrá querido esta mujer poner a prueba mi amor y mi constancia? Nada tendría de extraño, porque ella es ingeniosa y tiene todo el talento de la mujer... Mejor será esperar un poco hasta que se aclare la situación... Sí, no precipitemos los acontecimientos.

Escena 2

[Fidel y Margarita.]

Margarita: Fidel... ¿qué tienes?

Fidel: ¿Yo? Nada.

Margarita: Parece que huyes de nosotras... te has vuelto misántropo.

Fidel: Te equivocas: nunca más contento ni más comunicativo que ahora.

Margarita: No lo demuestras mucho.

Fidel: Ni ustedes tampoco, y no sé por qué las veo tan tristes... a mamá, sobre todo.

Margarita: Te parecerá.

Fidel: ¿No están contentas en Valparaíso? Pues mañana mismo nos vamos.

Margarita: No, no es eso...

Fidel: ¿Cuál es la causa entonces?

Margarita: ¡Ay, Fidel! Yo te la comunicara, pero...

Fidel: ¿Pero qué?

Margarita: Temo incomodarte.

Fidel: No digas eso: habla sin cuidado y no te preocupes de mí.

Margarita: ¿Con que no te incomodarás?

Fidel: Ya te lo he dicho.

Margarita: Fidel, yo creo que tú... no me atrevo.

Fidel: Así concluirás por incomodarme.

Margarita: Pues bien: yo creo que sigues gastando demasiado.

Fidel: ¿Y esto era todo?

Margarita: Pero no te incomodes. Don Aníbal me ha dicho...

Fidel: ¿Aníbal?

Margarita: Sí.

Fidel: ¿Y qué puede decirte de mí?

Margarita: ¿Prometes no ocultarme la verdad? Por mi parte te prometo también guardar todo sigilo.

Fidel: Bien, ¿qué te ha dicho Aníbal?

Margarita: Que tú le has contado... que estás en posesión de los bienes de mamá y que...

Fidel: Miente ese mentecato. Yo lo tenía por un hombre incapaz de chismes; pero ahora veo...

Margarita: No te enfades, porque entonces no te diré una palabra más.

Fidel: Bien, continúa.

Margarita: Tú le has dicho que eres dueño de la fortuna de mi mamá, y que gracias a esto vas a poder salir de grandes apuros.

Fidel: (Engañémosla). Es cierto, Margarita, que le he dicho todo eso; pero fue porque noté en él cierta curiosidad por saber nuestra situación y quise desorientarlo.

Margarita: Ha sido inútil, porque yo se lo he confesado todo: le dije que si mi papá manifestó deseos de que tú te encargases de la administración de todos nuestros bienes, mi mamá no ha sido del mismo parecer, porque sus razones ha tenido para ello.

Fidel: En efecto..., Pero ¿quieres decirme qué interés puede tener ese Aníbal en andar indagando todas estas cosas?

Margarita: También yo me he hecho esa misma reflexión.

Fidel: ¡Es cosa extraña!

Margarita: Sin embargo, ahora creo oportuno revelarte...

Fidel: ¿Qué? ¡Habla!

Margarita: Que ese joven me ha hecho ya varias veces insinuaciones...

Fidel: ¿En qué sentido?

Margarita: En el sentido... del matrimonio.

Fidel: ¿Es posible? Ahora me explico ese interés por saber... ¿Y tú qué le has contestado?

Margarita: Negativamente.

Fidel: Muy bien hecho. Y en cuanto venga he de ponerle de patitas en la calle. Estos militares creen que es cosa de llegar y cortar escobas. Y dime, Margarita, tú no le querrás por supuesto...

Margarita: Si he de hablarte con franqueza, es cierto que no le quiero; pero tampoco le odio, porque... me parece un buen joven...

Fidel: (¡Malo!)

Margarita: Aunque lo que acaba de hacer...

Fidel: Es indigno de un caballero.

Margarita: Tal vez no haya sido con mal fin. Tú sabes que parece un niño, que todo lo habla y lo pregunta.

Fidel: [Reflexionando.] No, no me engaño, los niños no hacen esas preguntas.

Margarita: Tal vez te equivocas.

Fidel: Y estoy decidido: no pondrá más los pies en esta casa.

Margarita: Tú sabrás lo que haces; pero no vayas a proceder con violencia.

Fidel: Pierde cuidado.

Margarita: Ya sabes que los militares no sufren insultos de nadie, porque tienen cierto orgullo en saber llevar con honor el uniforme, como varias veces se lo he oído decir a don Aníbal.

Fidel: Sí, mucho orgullo en el uniforme, pero lo que es en la conducta...

Margarita: Sea como quiera, prométeme que serás prudente.

Fidel: Te lo prometo.

Margarita: No tienes motivo tampoco...

Fidel: Le diré únicamente que no vuelva a pisar los umbrales de mi casa, y que en lugar de andar con chismes y buscando matrimonios ventajosos, se vaya a estudiar la táctica, y la ordenanza, y la...

Margarita: No, no le dirás nada de eso.

Fidel: ¿Y porqué?

Margarita: Porque yo misma me encargaré de despedirlo. Tú no sabes tener calma.

Fidel: En fin, haz lo que quieras; y será mejor, porque si yo lo encuentro aquí...

Criado: Una señorita y un caballero preguntan si pueden entrar.

Fidel: Sí, que pasen... Y tú trae luz. [Vase el criado.] ¿Quiénes serán?

Escena 3

[Dichos, Adelina y Fernando.]

Adelina: Nosotros.

Fidel: ¿No es Adelina?

Margarita: La misma. [Corriendo a su encuentro. Abrazándose como de costumbre.]

Adelina: ¡Fidel, por acá también!

Fidel: ¡Y qué es de tu vida, Adelina! ¿Es cierto que estás casada?

Adelina: Aquí tienes a mi esposo.

Fernando: ¡Señor!

Fidel: A sus órdenes.

Margarita: [Disponiendo sillas.] Asientos...

Adelina: [A Margarita.] ¿Cómo está doña Cruz?

Margarita: Buena, gracias. Hace poco que salió, pero volverá pronto.

Adelina: No esperaba encontrar aquí a Fidel, porque como me dijeron que se había quedado en Santiago...

Fidel: En efecto: mi viaje no ha sido más que una humorada...

Margarita: Nos ha sorprendido con su llegada, porque ni lo soñábamos.

[El criado con luces.]

Fernando: [A Fidel.] ¿Y cuándo piensan regresar a Santiago?

Fidel: No nos hemos resuelto aún, pero creo que será muy pronto, porque estamos desesperados por irnos.

Fernando: Vamos, a usted no le gusta Valparaíso. Y es raro, siendo porteño.

Fidel: Es porque la capital tiene para mí algo que me fascina, que me presenta la vida más poética, más llena de ilusiones...

Fernando: ¡Oh, hay tanta hermosura por allá...!

Margarita: Vamos a mi cuarto, Adelina, y allí te lo contaré todo. [A ellos.] Ustedes nos permitirán un momento.

Escena 4

[Fidel y Fernando.]

Fidel: Decía a usted que la vida en Santiago es para mí deliciosa.

Fernando: En este punto no cabe disputa, porque es muy sabido que Valparaíso no sirve más que para trabajar.

Fidel: Aquí son todos esclavos del negocio y la especulación.

Fernando: Y sin el trabajo, sin esa agitación contínua, este puerto sería insoportable.

Fidel: ¿Qué paseos, qué tertulias, qué pasatiempos encuentra usted aquí?

Fernando: Nada más que el teatro; y con todo, al teatro suele uno irse a dormir cuando se encuentra con la concurrencia de cajón: los periodistas, los pacos y los municipales; porque ha de saber usted que los señores municipales son muy aficionados al teatro.

Fidel: De manera que lo protegen mucho... ¡Ay, amigo mío! Para esto de teatro, Santiago se pinta él solo. Y allí los cabildantes son mucho más aficionados que los de aquí. Pregúnteselo usted a los artistas, y sobre todo a las artistas...

Escena 5

[Dichos y Margarita, que llega precipitadamente con una carta en la mano.]

Margarita: ¡Fidel! ¡Fidel!

Fidel: [Levantándose.] ¿Qué tienes? ¿Qué ocurre?

Margarita: ¡Oye, oye por Dios!

Fidel: Usted me dispensará, amigo mío... [A Margarita, llevándola aparte.] ¡Habla! ¿Qué ha sucedido?

Margarita: Toma esta carta, que sin duda ha dejado olvidada mi mamá.

Fidel: ¿Carta para quién?

Margarita: ¡Lee, lee! (¡Dios mío! ¡Parece un sueño!)

Fidel: [Leyendo la firma.] De Aníbal.

Margarita: Sí, de ese pícaro. ¡Quién lo creyera!

Fidel: [Leyendo para sí con agitación.] ¡Que veo! ¡Aníbal casarse con mi madre! ¡A las ocho de esta noche! [Estruja la carta.] ¡Mi sombrero, Margarita! ¡Corre! [Saca el reloj.] Aún es tiempo: no son más que las siete y media. [Fernando leerá mientras tanto un periódico que habrá tomado de una mesa.] ¡Ah, madre, madre! Pero yo le descubriré los planes de ese bribón y esto bastará para convencerla. [Margarita vuelve muy agitada trayendo el sombrero, que entrega a Fidel.] Amigo mío, un asunto urgente reclama mi presencia... Pido a usted mil perdones... Queda usted en su casa... Hasta luego.

Fernando: Hasta luego y que le vaya a usted bien.

Escena 6

[Fernando y Margarita.]

Fernando: Siento mucho, señorita, que hayamos venido tal vez en mala hora...

Margarita: [Con angustia y turbación.] No, señor... de ninguna manera... Ha sido un caso imprevisto... que ni sospechábamos... Es una desgracia... (¡Yo me siento mal!)

Fernando: ¡Qué dice usted! ¿Una desgracia?

Margarita: Sí, señor; una fatalidad...

Fernando: ¡Cuánto lo siento! ¿Y no puedo yo serle útil? Hable usted con franqueza.

Margarita: Gracias, señor... pero... (¡Ya no puedo más!)

Fernando: Disponga usted de mí... estoy a sus órdenes...

Adelina: [Al paño.] (¡Qué veo!)

Margarita: ¡Ah, somos muy desgraciados! [Llora.]

Adelina: (¿Desgraciados? ¡Y Margarita llora!)

Fernando: No sea usted reservada conmigo... Veo que usted sufre mucho...

Margarita: ¡Sí, mucho! ¡Muchísimo!

Fernando: (Pero, ¡qué es esto, señor!)

Margarita: ¡Jamás podrá imaginarse usted toda la gravedad de mi situación, ni cuánto es el sufrimiento de mi alma!

Adelina: (Si en cuanto una pestañea...)

Fernando: Vamos, ábrame usted su corazón, que yo tal vez pueda...

Margarita: Imposible, caballero, imposible... Usted no puede...

Adelina: (Está visto: si una no debe descuidarse).

Margarita: Dispénseme usted: una revelación nada remediaría; sería inútil.

Fernando: Pero esta inacción a que usted me condena viéndola sufrir así... Vamos, no desconfíe usted... se lo suplico...

Adelina: (¡Se lo suplica!)

Margarita: [Sollozando y sin poder llorar.] ¡Ah, Dios mío! ¡El corazón se me despedaza! ¡Yo me ahogo! Yo... Ay...

[Se desmaya. Fernando grita.]

Fernando: ¡Adelina! ¡Adelina!

Escena 7

[Dichos y Adelina, corriendo.]

Adelina: [Al ver a Margarita medio recostada en los brazos de Fernando.] ¿Para ver esto me has llamado?

Fernando: ¡Agua! ¡Pide agua, que le ha dado un accidente!

Adelina: [Gritando.] ¡Agua! ¡Agua! Pero, ¡qué le has hecho tú!

Fernando: [Con energía.] Corre tú misma a buscar agua y déjate de tonterías. [Vase Adelina corriendo.] ¡Qué le pasará a esta pobre niña! La causa debe ser muy grave. Porque la precipitada salida de su hermano, la angustia de esta joven, y luego el desmayo... Vamos, aquí hay algo serio.

Adelina: Aquí está. [Con un vaso de agua.]

Fernando: A ver, sujétale tú la cabeza... Así, echándosela un poco hacia atrás.

Adelina: Ya está... Pero lárgale tú el brazo... ¡Miren qué empeño en agarrárselo!

Fernando: ¿Quieres callarte, mujer? [Da a beber agua a Margarita.] Bien, bien... ya se reanima...

Adelina: Pero, ¿qué ha habido? Es preciso que me lo digas, Fernando.

Fernando: Ya te he dicho que te calles.

Adelina: ¿Y por qué me he de callar?

Fernando: ¿Y qué quieres que yo te diga, si sé tanto como tú? Todo lo que he visto es que trajo una carta, que leyó su hermano y salió de espeta perros; que ella se puso a llorar y luego...

Adelina: Tú la consolaste. ¿Eso ha sido todo? [A Margarita remeciéndola.] ¡Margarita! Parece que abre los ojos... Sí, ya vuelve... Soy yo, Margarita, hijita...

Margarita: ¡Ay!

Adelina: ¿No me conoces? ¿Qué tienes?

Margarita: Nada... ha sido un insulto...

Fernando: ¿No quiere usted irse a su cama, señorita?

Margarita: [Levantándose.] Bien, porque me siento mal... ¿No ha vuelto Fidel?

Adelina: Tal vez no tarde... [La conducen entre los dos.] Lárgala tú, que yo sola puedo llevarla.

Fernando: ¡Qué majadera!

Adelina: ¡Suéltala, te digo!

Escena 8

[Aníbal y doña Cruz, del brazo.]

Cruz: Al fin estamos desocupados.

Aníbal: Y sin mayor dificultad, que era lo que más temía yo.

Cruz: Siéntese, don Aníbal.

Aníbal: Gracias.

Cruz: Pero no se le olvide: ¡cuidado con revelar nada todavía!

Aníbal: Ya le he dicho a usted que puede estar tranquila.

Cruz: Yo se lo avisaré cuando sea tiempo.

Aníbal: Convenido.

Cruz: Lo demás sería precipitar las cosas.

Aníbal: Vamos, la sorpresa va a ser en toda regla.

Cruz: Entre tanto, no hay que dejar escapar una sola palabra, porque podemos echarlo todo a perder.

Aníbal: ¿No soy hombre de palabra, señora?

Cruz: ¡No sé por qué me siento agitada! Me desconozco, don Aníbal, tengo susto.

Aníbal: Lo que yo tengo es otra cosa, y es muy natural, porque...

Cruz: [Cariñosa.] ¿Es apetito lo que tiene, hijito?

Aníbal: ¡Adivinó!

Cruz: Eso es lo de menos. ¿Por qué no me lo había dicho antes?

Aníbal: Porque no se me había ocurrido; y eso que en todo el día no he pasado ni agua.

Cruz: ¿Usted ayuna, don Aníbal?

Aníbal: A veces, porque como es preciso cumplir con la iglesia...

[Se oye ruido.]

Cruz: Parece que alguien llega.

Aníbal: [Paseándose.] Esas pisadas son de Fidel. Viene a tiempo para que comamos alguna cosa.

Escena 9

[Dichos y Fidel, que entra con precipitación y se detiene súbitamente al ver a doña Cruz y Aníbal.]

Cruz: ¿Qué traes, hijo?

Aníbal: [Yendo a su encuentro.] ¿Cómo va, Fidel? Esa cara viene diciendo hambre.

[Fidel, exasperado y sin decir una palabra, empieza a pasearse agitadamente. Aníbal y doña Cruz cambian miradas interrogadoras.]

Cruz: Pero, ¿qué te ha sucedido, Fidel?

Aníbal: Sin duda necesita hablar a solas con usted. Yo me retiro. [Fidel se detiene, mira desdeñosamente de alto abajo a Aníbal, y luego continúa paseándose.] (Este mozo viene loco). Yo me retiro, señora.

Cruz: Hará usted muy mal, porque no veo la razón...

Fidel: Yo sí que la veo, y puesto que he de hablar, empezaré por decir que este caballero es un miserable... ¡un farsante!

Cruz: ¡Muchacho!

Aníbal: [Que ha crispado los puños y avanzado un paso hacia Fidel.] (Pero, ¡qué voy a hacer! ¡Yo creo que viene borracho!)

Fidel: [Impasible y cruzando los brazos.] ¿No me ha oído usted? ¿Será preciso que repita mis palabras?

Cruz: ¿Te atreves en mi presencia?

Aníbal: Puede usted repetir impunemente estos insultos en su casa, caballero; pero fuera de ella... ¡ya nos veríamos las caras!

Fidel: [Cogiéndole por un brazo.] Ahora mismo salga usted conmigo.

Aníbal: [Desasiéndose.] Sosiégate, Fidel, hombre.

Cruz: [Interponiéndose.] Pero, ¿qué es esto? ¿Has perdido el juicio, muchacho?

Fidel: Quien ha debido perderlo es usted, señora.

Cruz: ¡Qué dices!

Fidel: Sé el escándalo que usted se proponía dar con este... soldadillo.

Cruz: [Inmutándose.] ¿Escándalo?

Fidel: ¡Lo sé todo, señora!

Aníbal: (¡Adiós secreto!)

Fidel: [Sacando la carta.] ¿Conoce usted esto?

Aníbal: (¡Mi carta!)

Cruz: [Confundida.] (¡Se descubrió todo!) ¿Pero quién te ha dado esa carta?

Fidel: ¡Usted misma!

Cruz: ¿Yo...?

Fidel: Que la dejó olvidada, y gracias a Margarita...

Aníbal: (¡Y tanto encargarme que no se me saliera el secreto!)

Fidel: ¿Tengo o no razón, señora, para estar así como usted me ve?

Aníbal: No tiene usted razón...

Fidel: ¡Qué hablas tú! [Dando un paso hacia Aníbal, quien salta para atrás y pone los puños en guardia.]

Aníbal: Sí, no tiene usted razón... porque me parece que yo no soy ningún bandido... Y luego, si ya no tiene remedio, ¿qué quiere usted hacerle?

Fidel: ¡Cómo que no tiene remedio! Es decir que...

Aníbal: Acaban de echarnos... [Haciendo la bendición.]

Fidel: ¡Ah!

Aníbal: Con que ya puede usted irse conformando.

Fidel: [Cogiendo a Aníbal por el pescuezo, a pesar de que doña Cruz ha querido interponerse.] ¡No..., yo no me conformo hasta que te ahorque, miserable! ¡Te pulverizo entre mis manos!

Cruz: ¡Fidel! ¡Fidel! ¡Qué haces, por Dios!

Aníbal: [Esforzándose por desasirse.] Lárgame, hombre... ¡que me rompes la levita! ¡No seas cargoso! ¡Suéltame! ¡No seas bruto, que me aho...!

Escena 10

[Dichos, Fernando y Adelina saliendo alarmados del cuarto de Margarita.]

Fidel: [Soltando a Aníbal.] Agradece esta circunstancia... Dispensen ustedes; no he podido contenerme.

Fernando: ¿Cómo está usted, señora?

Cruz: Ya lo ve... Pero cómo es que ustedes por aquí...

Adelina: Mucho sentimos este incidente, doña Cruz; pero no tenga cuidado por nosotros. Como si tal cosa... [Fidel algo abatido se deja caer sobre un asiento.]

Aníbal: [Arreglándose los cuellos.] Vamos, ya se acabó... No es nada... Pleitos de familia... Al fin todo queda en casa...

Cruz: [A su hijo.] ¡Míralo! ¡Qué bueno y qué prudente es don Aníbal!

Aníbal: Amigo Fernando, señorita Adelina, les presento a mi esposa... doña Cruz. [Fernando y Adelina quedan estupefactos.]

Fidel: [Levantándose.] ¡Salga usted inmediatamente de mi casa!

Aníbal: ¿De mi casa? ¡Cómo se entiende!

Fidel: Sí, de mi casa.

Aníbal: Poco a poco, caballero, que soy yo ahora el...

Fidel: [Amenazante.] No prosiga usted...

Cruz: Sí, él es ahora tu segundo padre, y tienes que respetarlo.

Fidel: ¡Esto más!

Aníbal: [Con tono de autoridad.] Sí, señor; es preciso que desde hoy aprenda usted a respetar a su padrastro... ¡No faltaba más! [Mirando a todos lados.] (¿Qué se habrá hecho mi otra hijita Margarita?) [Se pasea con todos los aires de dueño de casa, en tanto que Fidel cae desesperado sobre una silla.]

Escena 11

[Los mismos. Un criado.]

Criado: Acaban de traer esta carta.

Cruz: [Leyendo el sobre.] ¿Quién te la ha entregado?

Criado: El cartero, señora.

Cruz: Bien, vete... [A Fidel.] Toma; es para ti.

Fernando: [A Aníbal.] Vamos, es preciso que haya paz...

Aníbal: Convenido.

Fernando: Si ya el paso está dado...

Aníbal: Es claro...

Fernando: Entonces no tiene cura...

Aníbal: ¡Cómo que no tiene cura! él mismo nos casó.

Fernando: Lo que conviene ahora es evitar consecuencias que pueden ser de más trascendencia.

Aníbal: Es lo mismo que digo yo. ¡A qué tanto alboroto, cuando nosotros lo queríamos hacer calladitos, sin ruido ninguno... (Porque si lo sabe el ministro de la guerra...)

Fidel: [Que ha estado leyendo la carta, se levanta repentinamente.] ¡Oh, fatalidad! ¡Hoy nos persigues sin compasión! Señora, ¡hemos perdido el pleito!

Cruz: ¡Qué dices!

Fidel: Me lo avisan de Santiago.

Aníbal: ¿Qué pleito es ese?

Fidel: [Con rabia.] ¿Y qué le importa a usted?

Aníbal: ¡Ya se ve! Yo seré un extraño en esta casa.

Cruz: No le haga caso, Aníbal; yo se lo diré a usted.

Aníbal: (¡Qué esposa tan buena, qué amable! ¡Si es una alhaja!)

Cruz: Es el pleito que nos seguía el tutor de unos menores por una hipoteca que hizo ejecutar el finado.

Aníbal: (¡Hum! ¿Tan luego ya salimos con el finado?)

Fidel: [Leyendo siempre la carta.] Esta pérdida nos importa doce mil pesos por lo menos... (Pero, ¡qué veo! ¡Otra más...! ¡Enriqueta se ha casado! ¡Y yo que aún disculpaba su conducta!)

Cruz: Pero, ¿qué tienes, hijo?

Fidel: ¡No me lo pregunte, señora!

Cruz: ¿Por qué te abates tanto por esa pequeña pérdida? ¿Qué son doce mil pesos?

Fidel: ¡Ah, señora! ¡Estamos arruinados!

Cruz: Te engañas, hijo.

Fidel: ¡Ojalá fuese así! ¡Yo lo he botado todo!

Cruz: Pues bien: si has derrochado tu herencia, nos queda la mía y la de tu hermana.

Aníbal: (Lo que es la mía, que trabaje el muy zángano).

Fidel: Bien sabe usted que mi hermana ha hecho el voto de retirarse a un convento, y no ha de querer deshacerse de su patrimonio.

Aníbal: (Ni yo de mi matrimonio).

Fidel: En cuanto a su fortuna, señora... ¡Ah, también la he perdido!

Cruz: ¡Cómo!

Aníbal: (¡Qué dice!)

Fidel: ¡Tarde conozco mis extravíos! ¡He sido un miserable!

Aníbal: (¿Se ha vuelto loco?)

Fidel: La he engañado a usted infamemente: la boleta de fianza que me firmó no era por diez mil pesos...

Cruz: ¡Qué dices!

Fidel: ¡Sino por veinte mil!

Cruz: ¡Desgraciado! ¡Qué has hecho! [Se deja caer sobre un asiento.]

Aníbal: (Yo sudo).

Fidel: Y mis deudas aún exceden de esa suma.

Aníbal: (¡De modo que he quedado yo muy aviado!)

Fernando: Tranquilícese, amigo mío: usted es joven y aún puede con su trabajo...

Fidel: ¡Mi trabajo...! ¿Acaso yo he aprendido a trabajar?

Fernando: (He aquí el fruto de esos padres que con solo dejar dinero a sus hijos creen asegurarles todo porvenir).

Fidel: ¡Ah, padre mío! ¡Si pudierais contemplar este cuadro! ¡A lo que han quedado reducidas vuestras economías!

Cruz: ¡Pobrecito! ¡El que no desperdiciaba un clavo!

Aníbal: (¡No es mal clavo el que yo me he metido!) [Señalando a doña Cruz.] Este es un cáncamo.

Fernando: [A Fidel.] Vamos, es preciso olvidarlo todo.

Fidel: ¡Imposible!

Fernando: Entonces, para que todo no sea pérdida, aproveche usted al menos la lección para el porvenir, porque en estos casos es cuando se reciben las más sabias enseñanzas.

Aníbal: (Lo que yo he recibido es el más solemne chasco... ¡Bruto de mí! ¿Y ahora cómo me descaso? Bien dicen que la avaricia rompe el saco...) Pero esto no puede ser... Yo protesto, señor. Donde hay engaño, no hay trato.

Fernando: [A Aníbal.] Lo que usted debe hacer ahora es conformarse con su suerte, y aprender a llevar la cruz del matrimonio.

Aníbal: No me hace usted mala advertencia, porque la que me ha tocado es señora doña Cruz... (Y lo que es peor, sin esto... Vamos, una Cruz sin Cristo).

Fidel: ¡Qué porvenir nos espera! ¡De un lado la pobreza; del otro el ridículo de la sociedad!

Fernando: [Aparte a Adelina.] ¿Te has mirado en ese espejo? He aquí la obra de un hijo pródigo...

Adelina: Y de un padre avaro.

Fernando: Justamente lo que te digo todos los días: que los extremos se tocan.

CAE EL TELÓN.

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índice

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Tomo Segundo

Diecinueve de septiembre

I

Pocas fechas habrá más generalmente queridas y deseadas en Valparaíso que la del Diecinueve de Septiembre, porque de todas las festividades cívicas es la que mejor ha conservado, con su tradicional prestigio y su culto patriótico, su carácter popular y el colorido propio de nuestras costumbres.

El verdadero aniversario nacional es sin duda el Dieciocho; pero el Diecinueve es como si dijéramos una parte integrante o por lo menos la corcova del gran día, especialmente para aquellos que han suprimido la noche por no haber tenido tiempo de dormirla.

¿Qué sería el Dieciocho sin su corcova?

Personas hay para quienes el Diecinueve vale más que el Dieciocho, no porque represente una unidad más, sino por ser el día que mejor simboliza la más grande de nuestras conquistas —la de la libertad—, y de aquí que ellas crean un deber consagrar la suya a la patria con todo su entusiasmo y todos sus ahorros.

Nuestro pueblo, generalmente poco previsor y económico, ahorra, sin embargo, cuanto se lo permiten sus necesidades o sus derroches, para los días de la patria, el Dieciocho, que así dicen aún que se trate del Diecinueve. Aquel que por desgracia no ha podido ahorrar, empeña si es necesario la camisa para tener con que pasear y triunfar sin ir a las ancas de nadie. En cambio, los más afortunados, lejos de empeñar sus prendas, las sacan o las compran nuevas, como que esos días son los más a propósito para el estreno y el remojo.

Así es como vemos hasta el último de nuestros rotitos salir a la calle con el concho del baúl encima, o por lo menos encima de su mujer en forma de vestido, pañuelo, aretes y sortijas, o de su caballo en forma de montura, herraje de plata, etc.

No faltan, por supuesto, quienes economicen en otro sentido, gracias a su espíritu eminentemente conservador: éstos son los que salen a lucir sus trajes de gala que desde tiempo inmemorial han venido conservando como una reliquia de un año para otro, no obstante la polilla y la moda (esta otra polilla), sin preocuparse de lo que dirán al verlos convertidos en antigüedades o adefesios que contribuyen no poco a la pública diversión.

II

—Ande yo caliente y ríase Clemente —decía aludiendo a su marido, que así se llamaba, una señora que en la mañana del 19 de septiembre, hará de esto doce o quince años, se engalanaba con lo mejor que tenía, fuese o no de moda y viniésele bien o mal.

—Que se riese mi papá sería lo de menos —le observó su hija, algo disgustada—; pero la verdad es que va a llamar la atención de todos...

—Es lo que yo quiero...

—Con ese vestido tan claro y tan corto para una señora de su edad.

—Al contrario, las niñas son las que ahora usan el vestido largo y con cola.

—Va a parecer una colegiala, mamá... cámbiese por lo menos esa manteleta que no le alcanza a cubrir la cintura.

—Por eso mismo me gusta, hija.

—Será para lucir el talle, ¡como es tan bonito!

—Así no lo cambiaría por el tuyo ni por el de ninguna de esas muñecas que se adelgazan a fuerza de apretarse el corsé y de mortificarse el estómago.

—¡Jesús! ¿Va a ponerse ese sombrero, mamá?

—¿Qué tiene? Mi plata que me ha costado.

Y doña Manuela, que tal era su nombre de pila, se encasquetaba un sombrero de moda pasada, y, lo que era peor, impropio de sus cincuenta años por los colores encendidos y la profusión de flores, encajes y cintas que lo cubrían sin orden ni arte ninguno.

La misma profusión ostentaba en las alhajas: además del reloj, que pendía de una larga y gruesa cadena de reluciente oro, le colgaban de las orejas ricos aros con piedras preciosas; sobre el pecho lucía un gran prendedor con el retrato de su marido, y todos los dedos, con excepción de los pulgares, se los había cubierto de anillos a cual más valioso.

Doña Manuela, que ni en su juventud se había distinguido por la esbeltez de su cuerpo, era excesivamente gruesa y desproporcionada, muy ancha de caderas y con una barriga tan prominente, que la hacía aparecer en perpetuo embarazo, lo cual daba motivo a las burlescas felicitaciones que dirigían a su marido los más bromistas de sus amigos.

III

Tanto más sarcásticas eran las felicitaciones cuanto que aquel matrimonio no había sido muy fecundo. Solo poseían una hija, encantadora niña en quien tenían puestos sus ojos, según decía con frecuencia doña Manuela, a pesar de faltarle el izquierdo, que llevaba seco desde la infancia.

La habían criado con todo regalo y la habían educado en los mejores colegios, haciendo de ella una niña superior a las de su clase. De aquí los continuos choques que tenía con sus padres, especialmente con doña Manuela, por no querer o no poder someterse a las lecciones que les daba. Esto, sin embargo, no pasaba más adelante, porque la muchacha, buena por educación y por naturaleza, comprendía todo lo que les debía y se manifestaba siempre con ellos tan reconocida como cariñosa.

A la sazón contaría unos veinte años, atesorando todas las seducciones de la edad florida y de una hermosura nada común, mucho menos con la de sus padres. Esto hacía decir a malas lenguas que esa niña no era hija suya, sino una huérfana que habían prohijado desde su venida al mundo.

Sea como quiera y sin meternos en averiguaciones, el hecho es que Clorinda llamaba la atención en todas partes, tanto por su belleza como por su aire de distinción, siendo objeto de tentación y codicia para los jóvenes (sin que esto quiera decir que no lo fuera también para los viejos), con más razón después de conocer su carácter, su modestia, su gracia natural y su trato fascinador. Solo tenía un defecto, si tal puede considerarse el poseer un alma ardiente y apasionada, capaz de toda resolución y sacrificio por el hombre que supiese amarla.

Ese día estaba hechicera con su vestido ligero y trasparente, un elegante chal que, plegándose sobre sus brazos y cubriendo apenas sus espaldas, permitía ver todas las suaves y graciosas formas de su cuerpo; un sombrerito de fina paja amarilla que ella misma había adornado con gusto y se había puesto con cierta coquetería, y un calzado no menos fino que, oprimiendo apenas el mórbido empeine de su pie pequeño, dejaba ver una flamante y lustrosa media de seda, que era todo su lujo.

IV

—Son ya las diez —dijo doña Manuela entrando en el cuarto de su hija—, y Clemente no llega.

—Estará sin duda aguardando el coche.

—Mientras tanto, será bueno que nosotras almorcemos.

—Yo no tengo ganas.

—Lo de siempre. Así es como te has puesto como una espina.

—¿Yo como una espina, mamá?

—Sí, tú no serás nunca como tu madre.

—¡Dios me libre!

—Yo no sé como se alimentan estas niñas del día —salió diciendo entre dientes doña Manuela, dirigiéndose al comedor con los contoneos propios de los gordos y la inclinación de cabeza de los tuertos.

V

A esa hora se notaba un gran movimiento en las calles. Era un desbordamiento de gente que, a pie, a caballo, en carros y coches, carretones y otros vehículos, llevaba la misma dirección, como si se tratase de abandonar la ciudad amenazada de bombardeo o de un peligro semejante. Pero el aspecto festivo de la población con sus banderas y el no menos alegre de los viandantes, muchos de ellos llevando sus provisiones de boca y otros sus instrumentos —el arpa y la guitarra—, eran una prueba de que se trataba de la gran fiesta o parada militar en el campo de Marte, adonde acuden ese día por todos los caminos y senderos que conducen a él, sin exceptuar el mar, veinte mil almas por lo menos, unos como simples paseantes y otros en calidad de proveedores de la tropa y de la gran masa de pueblo que va dispuesta a dejar en las fondas y ventorrillos una buena parte, si no el todo, de lo que ha podido ahorrar para ese día de expansión y jolgorio.

Las familias de algunas proporciones como la de doña Manuela alquilan un coche por todo el día y se proveen de lo necesario para hacer once en pleno campo, casi siempre en unión de los amigos y conocidos que en calidad de convidados o por casualidad llegan a tiempo.

Desgraciadamente este paseo en plena primavera tiene dos temibles enemigos, el sol y el viento, que parecen conjurarse para descomponerlo y deslucirlo todo, desazonando a los paseantes, que no saben en dónde meterse cuando los abrasa el sol o los acosan el viento y la tierra en medio de ese páramo que se llama Playa Ancha.

—¡Qué hermoso día, mamá! —exclamó gozosa la encantadora Clorinda al ver a doña Manuela que volvía saboreándose del comedor.

—Así parece —contestó ella—; pero allá será otra cosa, porque nunca falta ese condenado viento que a una casi se la vuela.

—Lo que es a ti y a mí lo dudo mucho —dijo desde la puerta la voz algo cavernosa de su marido, que en ese instante llegaba acezando.

Y razón de sobra tenía para dudarlo, porque él era tan gordo como su mujer y no habría viento ni huracán que pudiese mover ese par de moles.

Don Clemente se distinguía por dos signos muy sobresalientes o característicos: uno moral, la expresión bondadosa de su rostro, y otro físico, una pierna coja. Este defecto lo tenía doña Manuela en más estimación que la bondad del rostro, porque cuando en medio de sus altercados él le decía «tuerta», ella en el acto le gritaba «cojo».

Por lo demás, don Clemente era tan buen esposo como padre, y cuanto adquiría en sus transacciones de compra y venta de frutos del país, que era su negocio, sabía aprovecharlo en darse gusto con su familia, sin que por eso hubiera dejado de economizar hasta formarse una regular fortuna.

—¿Están ya listas? —les preguntó con la inquietud de un niño que no ve la hora de volar al paseo.

—Hace mucho tiempo —le contestó su mujer—. Solo esperamos que tú almuerces.

—Yo vengo almorzado, hija.

—Con razón estaba viéndote alegre —dijo doña Manuela clavándole una mirada con el ojo bueno.

—Me encontré con don Edmundo, que me llevó al café...

—¿Y no lo convidó, papá? —se apresuró a preguntarle Clorinda con viveza.

— ¡Cómo no! Y tenemos que aguardarlo. Pero no ha de tardar mucho.

—¡Cuándo había de faltar! —refunfuñó doña Manuela mirando a su hija con el rabo del ojo.

—Queda un asiento en el coche, mamá —le observó ella.

—¿Y qué digo yo? Sin embargo, vamos a ir oprimidos. Ya sabes que yo y Clemente no cabemos juntos en un lado.

—Yo voy con usted, mamá, y Edmundo con mi papá al frente.

— ¿Y los canastos?

—En el pescante caben bien los dos —dijo don Clemente.

—Pero no tomas en cuenta el peso, hombre —repuso con rabia doña Manuela.

—¡Vaya si lo he tomado en cuenta! Por eso hemos pedido un coche con tres caballos.

— Así también lo tomarán en cuenta para cobrar.

—Al contrario.

— ¡Cómo al contrario!

—Porque lo ha pagado don Edmundo. Ya ves que no somos nosotros si no él quien convida... Pero no nos ocupemos de esto, vieja, sino de divertirnos, que hoy es día de la patria.

Y su alegre y buen esposo le dio un abrazo.

—¿Me parece oír música? —observó Clorinda.

—Son las tropas que ya vienen —dijo don Clemente saliendo a asomarse.

Eran ellas, en efecto, que se acercaban formadas en columnas y al son de marchas marciales, en medio de una masa compacta de pueblo que obligaba a los pocos transeúntes que iban en opuesta dirección a tomar los huecos de las puertas para no ser arrastrados por tan impetuosa corriente.

VI

—Nosotros nos iremos a la retaguardia —dijo don Clemente entrando con Edmundo después de ver desfilar las tropas—. ¡Manuela! —gritó en seguida—. ¡Vamos! ¡Al coche!

La señora y su hija no se hicieron esperar. Después de saludar a Edmundo, subieron al carruaje, sentándose en la testera, y en los del frente don Clemente con Edmundo.

Era este un joven como de veinticuatro años, buen mozo y de porte distinguido, sin amaneramiento ni afectaciones, lo cual guardaba cierta relación con sus prendas morales, nacidas de un buen corazón que había sido educado bajo esos principios sanos y severos que forman los hombres de bien.

El cochero, que ya había colocado los canastos en el pescante, azotó los caballos, partiendo éstos al galope, con gran satisfacción de don Clemente y admiración de doña Manuela, que tenía conciencia del peso de sus humanidades.

Como el coche era bastante ancho y don Clemente iba algo incómodo en los asientos del frente, cambió de lugar con su hija, quedando entonces los dos esposos juntos, quienes mostraban sus caras placenteras y sus enormes barrigas, sobre las cuales llevaban puestas sus manos como diciendo: aquí dentro llevamos encerrada la felicidad y no queremos que se nos escape.

Sin embargo, la verdadera dicha iba en los asientos delanteros representada por aquellos dos jóvenes cuyos corazones latían con violencia al choque de sus miradas o de sus cuerpos a cada sacudón o vaivén del vehículo. En esos momentos tal vez ellos encontraban delicioso el áspero empedrado de nuestras calles y el no menos áspero rodado de nuestros carruajes.

No sucedía lo mismo con doña Manuela y don Clemente, quienes no sabían cómo componérselas para evitar los saltos y sacudidas, y sobre todo los fuertes topetones que se daban entre sí, experimentando sensaciones muy distintas a las de los jóvenes que llevaban delante. Es cierto que don Clemente lo echaba todo a la risa; pero en cambio doña Manuela daba cada grito que hacía volver la cabeza al cochero, bastante preocupado con sus caballos y la multitud de vehículos, animales y gente de a pie que le interceptaban a cada momento el paso.

—Si esto sigue así —dijo doña Manuela al experimentar un fuerte balance—, prefiero irme a pie.

—Paciencia, hija —le dijo don Clemente—, que ya vamos a salir de estos demontres de empedrados.

—¡No va a quedarme hueso bueno, Dios mío! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué coche es este que has ido a buscar!

—Yo he sido el culpable, señora —interrumpió Edmundo—. Pero no había otro mejor.

—De modo que si no encuentran más que un carretón...

—No es tan áspero, mamá —dijo Clorinda al notar la turbación del joven.

En ese mismo instante el coche dio un salto y se tumbó, el cochero tiró con todas sus fuerzas de las riendas de los caballos, doña Manuela dejó escapar un grito y la gente corrió hacia el carruaje, que había soltado una dé sus ruedas delanteras.

—¡Si esto no podía concluir bien! —exclamó doña Manuela bajando del coche después de Clorinda y de Edmundo, que le daba la mano.

—Al contrario —repuso riéndose don Clemente—; yo creo que tiene que concluir bien por lo mismo que ha empezado mal.

—¡Cómo no se había de romper con ese pesito! —dijo un roto.

—¡Vénganse aquí que no les pasará nada! —les gritó un carretonero que llevaba en su vehículo algunos toneles.

—El coche no quiso ser menos que el patrón —dijo otro que había observado la pierna coja de don Clemente.

—Mira que lo dice por tu pierna, Clemente. ¿No hay algún policial?

—No haga caso, mamá.

—¿Se ha malogrado la pierna, patrón? —le preguntó otro con mucho interés al verlo cojear.

—A nadie le importa nada —le contestó colérica la señora.

En ese momento llegaba el cochero con la tuerca que se había salido y que era la única causa del accidente. Inmediatamente colocó la rueda ayudado de algunos comedidos y apretó bien la tuerca, volviendo los pasajeros a tomar sus asientos, aunque con alguna resistencia de parte de doña Manuela que quería seguir a pie.

VII

El carruaje volvió a partir, esta vez con más velocidad, gracias a los latigazos que el cochero descargó rabioso sobre los caballos, como si éstos hubieran tenido la culpa de que se zafase la tuerca.

—¡Despacio, cochero! ¡Despacio! —gritaba doña Manuela en medio de los zangoloteos y de los porrazos que se daba contra el cuerpo de don Clemente.

—No tenga miedo, señora —le decía Edmundo—. El coche es un poco áspero, pero firme.

—Será muy firme, pero a mí me parece que no alcanzamos a llegar a Playa Ancha.

—Al contrario —le replicó don Clemente—, así llegamos más luego.

En ese mismo instante, por desgracia, se siente una alarmante gritería, a la vez que el cochero detiene bruscamente los caballos.

—¡Lo mató! —exclamaba uno.

—¡El bruto del cochero tiene la culpa por ir a todo escape! —agregaba otro.

—¡Llamen a la policía!

—¡Que lo lleven preso!

—¡No! ¡Que respondan los pasajeros!

Mientras tanto sacaban de entre las ruedas del carruaje a un hombre del pueblo todo revolcado, el que luego se puso en pie y colgándose de las riendas de los caballos dijo:

—Me pagan el mote o no los dejo moverse.

—¡Si! ¡Que se lo paguen! —gritaban todos.

—¡Y que le abonen también el golpe!

—¡Y las resultas!

—¿No lo podrá recoger? —dijo doña Manuela asomándose por la portezuela para mirar el mote que brillaba como oro esparcido por el pavimento.

—¡Bien, haiga con la patrona tan gorda y tan cicateraza! —exclamó el motero.

—Toma —dijo Edmundo pasándole algún dinero—, y déjanos en paz.

Y en seguida el coche continuó su camino, esta vez con más lentitud y sin contrariedad ninguna, hasta llegar a la subida del camino llamado del Taqueadero. Allí el cochero detuvo los caballos para que respirasen un poco antes de empezar la ascensión de los empinados zigzags del antiguo y descuidado camino.

—Aquí te quiero, escopeta —dijo don Clemente al observar la rápida pendiente de la primera vuelta.

—¿Subiremos, cochero? —le preguntó doña Manuela.

—Eso es lo que vamos a ver, patroncita —le contestó él—. Por los caballos no ha de quedar, porque son güenazos.

—¿No sería más acertado que nosotros subiésemos a pie? —le consultó Edmundo.

—Hagamos primero la diligencia —dijo el cochero sacudiendo las riendas y en seguida azotando los caballos, que apenas se movieron.

—¡Qué güenazos! —exclamó don Clemente.

Herido en su amor propio, el cochero volvió a prodigar los latigazos y los gritos, pero con el mismo resultado.

—Este cochero está loco —dijo uno de los que pasaban—. Alivia el coche, hombre —agregó mirando a los pasajeros y soltando la risa.

—¡Habrase visto desvergonzado! —exclamó doña Manuela.

—Arroja carga al agua, cochero —dijo un contramaestre de buque de guerra que subía con algunas niñas.

—No pierdan tiempo —agregó otro que iba a caballo y que se fijó en Clorinda—. ¿La llevo en ancas, hijita?

Ella se sonrió, pero doña Manuela se puso a refunfuñar.

—Yo creo que será mejor apearse —dijo Edmundo.

—¿Y vamos a repechar a pie toda la cuesta? —preguntó doña Manuela—. Para esto hubiera sido mejor no venir en coche.

—Entonces no subimos nunca —repuso Clorinda.

—Usted es capaz de subir hasta el cielo, mi almita —le dijo uno de los rotos que alcanzó a oírla—. ¡Dios me la guarde!

—Aquí estamos como en berlina, señora —dijo Edmundo todo azorado dirigiéndose a doña Manuela—. Cada uno que pasa nos dice algo.

—Los caballos de su coche tienen la culpa —le contestó ella.

—No son los caballos —interrumpió el cochero—, sino ustedes...

—¡Cómo nosotros! —exclamaron casi todos a la vez.

—¡Me admira que no se conozcan, cuando está a la vista! Piden coche para cuatro, ¡cuando pesan por ocho!

—¿Sabes que tiene razón, hija? —dijo don Clemente.

Entre tanto, muchos curiosos habían rodeado el carruaje, imponiéndose de lo que pasaba, y al ver la desesperación del cochero, se propusieron ayudarlo apegándose a las ruedas.

—A ver, pues, una manita —dijo don Clemente—, y no quedaré mal con ustedes.

El cochero comenzó a azotar los caballos y ellos a impulsar las ruedas a la vez que daban gritos atronadores para animar a los pobres brutos.

—¡Azota, cochero! ¡Azota!

—¡Ahora! ¡Ahora!

—¡Ya va! ¡Ya va!

—¡Ah, caballo! ¡Caballo! ¡Caballo!

—¡Qué pesada la señora!

—¡Ya sube! ¡Ya sube!

—¡Aliviane el cuerpo, patrona, con los diablos!

—¡Ah, caballo! ¡Caballo!

—¡Ya va! ¡Ya va!

—¡Vaya aflojando las chauchas, patrón!

—¡Aguanta, que se nos viene!

—¡Cuña, cuña a las ruedas!

—¡Ahora, ahora, niños, que se nos viene!

—¡Tira, cochero! ¡Tira!

—¡Aguanta! ¡Aguanta!

—¡Se pegó!

En efecto, el carruaje, después de retroceder un poco, volvió a quedar plantado, habiendo avanzado apenas unos cuantos metros.

—Mucho han almorzado hoy, patroncitos —dijo acezando uno de los rotos.

—¡Vaya con los cristianos pesados! —exclamó otro enjugándose el sudor.

—Deben estar empecatados.

—¡A qué irá esto a Playa Ancha!

—Nada más que a dar que hacer.

—Es de compadecer a los caballos.

—Vámonos mejor, porque no los suben ni con yuntas de bueyes.

Y se marcharon en seguida.

—¿Han oído? —preguntó Edmundo.

—Bajémonos los dos —agregó Clorinda—, que al fin somos más ágiles y nada nos costará subir a pie.

—Me parece bien pensado —dijo don Clemente—. Espérennos arriba.

—Pero no vayan a apartarse mucho —agregó doña Manuela.

—Al contrario, nos vamos juntitos —dijo Clorinda bajando del coche y tomándose, en efecto, del brazo que le ofreció el joven.

VIII

Mientras el cochero quedaba con la parte más pesada de la carga aguardando que descansasen los caballos para hacer una nueva intentona, la joven pareja subía cuesta arriba sin sentir el camino, como que iba en alas de Cupido.

—Al fin puedo decirte sin testigos, Clorinda, que estás encantadora como nunca —fueron las primeras palabras de Edmundo.

—Siempre me dices lo mismo —le contestó ella dirigiéndole una escrutadora mirada como para sondear la sinceridad del cumplido.

—¿Dudas acaso de mí? ¡Cuidado, bruto! ¿Que no ves por donde pasas?

—Por poco nos atropella. Tomemos el otro lado.

—Como iba diciéndote, Clorinda, ¡qué dichoso me siento en estos momentos! Ya me parece que eres mía.

—De ti depende únicamente.

—Pero tus padres...

—¡Qué me importan! O tuya o de nadie.

—¿Me lo juras?

—No me hagas semejante ofensa, Edmundo.

—¡Ah! tú no conoces a tu sexo... ¡Adiós! ¡Adiós!

—¿A quiénes saludas?

—A unos amigos que van dentro de ese coche. ¿Los ves? Se han asomado y nos ofrecen asientos... ¡Gracias, gracias!

—Has hecho bien. Mejor vamos así solos: yo no siento el camino yendo contigo.

—¡Ah! ¡Qué feliz me haces con esas palabras!

—¡Vaya! ¿Con tan poco?

—Para mí encierran un mundo de ventura.

—De modo que si yo... Mira, mira, Edmundo, ¡qué color el del vestido de esa muchacha!

—¡Y qué sombrero! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

—No te rías tan fuerte... Y parece que el compañero la va cortejando. ¡Qué cosas se ven!

—¿Acaso ellos no tienen el mismo derecho que nosotros? ¡Y sabe Dios, Clorinda, si no serán más felices!

—Parémonos aquí un momento a descansar —dijo ella afirmándose en los gruesos maderos que servían de baranda al camino.

Ya hemos subido bastante.

—El coche aún permanece en el mismo sitio... ¡Qué linda vista!

—¡Y qué inmenso gentío se ve allá abajo! No va a concluir de pasar en todo el día.

—Extiende más la vista y contempla el panorama.

—En efecto, ¡qué precioso conjunto! La población con su apiñado caserío, el mar con su bosque de embarcaciones, más allá las montañas, los Andes, el cielo. . .

—¡Qué más cielo que tú, mi bella Clorinda!

—Ah, ya empezó a subir el coche.

—¡Y con qué ligereza! Adelantémonos. Dame el brazo y apresuremos el paso.

IX

Los dos jóvenes se perdieron luego entre las nubes de polvo que comenzaba a levantar el viento en la cumbre del cerro.

El coche con don Clemente y su esposa seguían mientras tanto el camino con menos dificultad, aunque más lentamente, desde que habían salvado la primera vuelta.

Doña Manuela parecía un poco inquieta, porque no cesaba de mirar a uno y otro lado con su ojo bueno, temiendo sin duda que fuese a extraviársele su hija, por más confianza que Edmundo le inspirase.

—No los veo, Clemente —dijo por fin un tanto alarmada al llegar a la cima.

—Deben ir muy lejos —le contestó él—. Fíjate que nosotros hemos demorado mucho.

—Pero quedaron de esperarnos... Cochero —añadió—, ¿te vas fijando en las niñas, no?

—¿Me habrá visto cara de templado esta señora? —murmuró entre dientes el cochero.

—Y con qué fuerza ha salido este condenado —dijo la señora al sentir una ráfaga de viento que casi la dejó ciega con la tierra que les metió en el coche.

—¡Cómo estará en Playa Ancha! —exclamó don Clemente—. Bien decías tú, hija.

—¿Cuándo no hay viento el Diecinueve?

—Mira, allá creo que diviso a don Edmundo con Clorinda.

—¡Gracias a Dios! —exclamó ella mirando con el ojo, que aún tenía medio tapado de tierra.

No tardaron mucho en alcanzarlos, apresurándose ellos a subir al coche, porque el viento y la tierra los mortificaban, especialmente a la joven, que no sabía cómo impedir los imprudentes flameos de su ligero vestido.

X

Esta vez el carruaje marchó con los cuatro pasajeros sin contratiempo ninguno, porque comenzaba a bajar por el camino que va faldeando por el cerro en cuya cima se halla el convento de Santo Domingo.

Pero apenas empezaban a bajar y ya empezaban también los zangoloteos. A esto se añadía que el camino estaba muy descuidado en esa parte, obligando al coche a dar unos balances que hacían gritar a cada momento a doña Manuela.

Esto no duró mucho tiempo, por fortuna, porque la vista de Playa Ancha hizo olvidar a la señora todo peligro y sufrimiento.

Las casas, carpas y ventorrillos con su multitud de banderas de todas formas y tamaños flotando agitadas por el fuerte viento; las tropas confundidas con la masa del pueblo y medio perdidas entre las nubes de polvo; las voces de mando y las de los venteros; los ecos de las bandas de música, de los tambores y cornetas formando un descomunal desconcierto entre sí y con los atiplados gritos, tamboreos y demás sonajeras de los cantos populares de fondas y ramadas; la dilatada perspectiva, en fin, de aquel cuadro animado por la más pintoresca y bulliciosa multitud, rodeado de un lado por cerros que como otros tantos anfiteatros se veían coronados de gente, y del otro por la inmensidad del mar, con su seno azul como el del cielo y rompientes albas como la nieve: todo este conjunto cautivó vivamente la atención de doña Manuela, le hizo recordar los paseos de su juventud y olvidarse completamente del coche y de su aporreada persona.

—¡Ay! —exclamó dando un hondo suspiro y mirando a su esposo—. ¡Cómo se pasan los años en esta vida! ¿Te acuerdas de nuestros tiempos, Clemente?

—Ese buque lleva rumbo al Callao —dijo don Clemente cambiando la conversación y aludiendo a una barca que, navegando a un largo y con casi todo su velamen desplegado, rompía atrevida el mar y levantaba a cada momento grandes penachos de agua.

—¡Miren que es ocurrencia —dijo doña Manuela—, irse en un día tan grande como este!

—Son ingleses, señora —le observó Edmundo.

—Ya irán todos mareados con esos saltos que da el buque...

Y todavía no concluía de hablar, cuando el coche se precipitaba por el camino que desciende a la quebradita que sirve de deslinde a Playa Ancha, volviendo doña Manuela a dar gritos destemplados en medio de los botes y rebotes de su cuerpo y de la risa de don Clemente, que no por eso dejaba de columpiarse como su esposa.

—Esto es peor que ir a bordo —decía la señora—. ¡Ay! ¡Ay! Yo me bajo, Clemente, porque me voy a marear.

Afortunadamente el coche, con el impulso de la carrera, alcanzó a encimar el lado opuesto, quedando en pleno llano.

—¡Gracias a Dios! —exclamó con toda el alma doña Manuela.

Pero les aseguro que yo no me vuelvo en este coche.

—Trataremos de conseguir otro mejor —dijo Edmundo.

—En ninguno —añadió—, aunque no llegue a mi casa hasta mañana.

—Como gustes —le dijo don Clemente, que parecía dispuesto a todo.

XI

Mientras el carruaje avanzaba lenta y suavemente por el medio de la agitada muchedumbre a que se había incorporado y que se movía en todos sentidos como si nadie tuviese un punto de dirección, preguntó Clorinda:

—¿Y adonde vamos, papá?

—Al faro —se apresuró a contestar doña Manuela.

—¿No será mejor que nos instalemos en el cerrito del Membrillo, que domina todo el campo? —observó Edmundo.

—Después —dijo la señora con el buen humor que comenzaba a dominarla—, porque es preciso ir a buscar empanadas antes de que se acaben.

Doña Manuela tenía razón, porque como todo el que va a Playa Ancha ha de comer empanadas y ha de encontrarlas exquisitas, tal vez por el apetito que allí se siente, ellas se concluyen a primera hora, a pesar de que no se ve casa que no tenga su horno, en la puerta del horno la empanadera armada de un remo o canalete a guisa de pala, y tras la empanadera la gente apiñada que la vuelve loca pidiéndole y arrebatándole las empanadas.

Doña Manuela fue obedecida y sus deseos satisfechos, porque encontraron empanadas, que pasaron a comer dentro de un cuartucho en que apenas cabían don Clemente y su esposa. Sobre las empanadas se echaron sendos tragos de vino, que los puso a todos un poco alegres. Edmundo y Clorinda parecían no tener ojos sino para mirarse, así como don Clemente y su cara mitad parecían no tener boca sino para comer, engulléndose cada uno de ellos un par de empanadas, sin acordarse de que en el coche tenían un par de canastos bien provistos para hacer once.

XII

—¡Mozo! —gritó al fin don Clemente para pagar.

En esos momentos apareció un joven acompañado de tres más, diciendo desde la puerta:

—No me había engañado...

—¡Oh, amigo Chamorro!

—Por la voz lo he sacado, don Clemente.

—Adelante, caballeros... Todavía es tiempo.

— Gracias, gracias —contestaron todos.

—¿No gustan?

—Ya hemos hecho lo mismo.

—Eso no impedirá que bebamos una copa por la patria.

—Eso sí, por la patria cuanto usted quiera —dijo Chamorro.

Y entraron todos en el cuarto, viéndose obligados a quedar de pie y aún así apretados.

Chamorro era un farmacéutico amigo de don Clemente y su familia, de carácter bueno y afable, liviano de sangre, cual suele decirse, vivo y juguetón como un niño, que andaba siempre con los bolsillos llenos de medicamentos, ya fuese para un caso de enfermedad, o ya para hacer alguna travesura. En el modo de vestirse demostraba un tanto su carácter, porque llevaba el sombrero echado a un lado, la levita corta y el pantalón bombacho.

Tenía dos compañeros inseparables: el uno era Sultán, un perro mestizo de color ceniciento y muy lanudo, que por el pelo y por lo feo parecía más bruto que fino, aunque no lo era tanto como lo aparentaba; y el otro Machuca, como él llamaba a un grueso y macizo bastón de puño arqueado, el cual solía entregar a Sultán para que se lo llevase en el hocico, que era una de sus gracias. Pero no consistía en esto la habilidad principal del perro, que era tunante como su amo y tenía además la particularidad de ser un ladrón insigne que, al menor descuido, y aun sin descuidarse, volaba con lo primero que veía. Debe decirse en su honor que nunca robaba más que cosas de comer, por lo que su amo, que le celebraba todas sus bellaquerías, lo disculpaba siempre diciendo: «¡Si no es más que ladrón de golosinas!» Esta tolerancia de Chamorro se explicaba mejor cuando se sabía que Sultán, en cuanto lo veía agarrado con alguno, se precipitaba en su defensa con dientes y muelas. El hecho es que su amo lo tenía consentido como a un hijo regalón y mal educado, y que lejos de castigarlo por sus licencias y malas costumbres, se las fomentaba, pagando siempre con gusto los robos que hacía, como acababa de verificarlo con la empanadera, a quien Sultán había arrebatado insolentemente de las manos una empanada que acababa de sacar del horno. Es cierto que a veces, cuando su amo no se hallaba presente, tenía que pagarla él con sus lomos, sin que por esto soltase la presa; pero no le había sucedido así con la empanada, porque, recién salida del horno, estaba como fuego y se quemó el hocico al cogerla, viéndose obligado a soltarla muy a su pesar; aunque esto fue para su bien, porque ya la empanadera había levantado la pala para descargársela encima. Chamorro acudió luego al desorden del mismo modo que Sultán acudía a los de su amo, celebró a carcajadas lo acontecido, y el perro pudo volver tranquilamente, si bien medio corrido y con el rabo entre las piernas, a hacer sus once, que devoró en un dos por tres.

Poco después seguía tras de Chamorro, colocándose como de centinela a la puerta del cuarto en que su amo entró con sus amigos y mirando al parecer con envidia los vasos de vino que empezaban a alzarse para brindar por la patria, como lo había propuesto don Clemente.

—¡Por el grande aniversario nacional! —exclamó al fin, invitando a beber.

Todos inclinaron reverentes la cabeza en señal de asentimiento, los vasos chocaron unos con otros, y se los llevaban a la boca cuando... ¡pum! sonó un cañonazo que remeció la casa como un terremoto, haciéndolos a todos saltar y derramar el vino, a la vez que Sultán se ponía a dar tristes aullidos.

Clorinda dio un grito y trató de abrazarse de Edmundo, mientras doña Manuela no solo gritaba, sino que se iba de espaldas con silla y todo, quedando por fortuna afirmada en la pared gracias a lo pequeño del cuarto, pero sin poder moverse hasta que don Clemente le dio la mano y la enderezó.

—¡Ay, por Dios! —exclamó en medio de la hilaridad de don Clemente y de la risa que apenas podían contener los demás—. Creí que estaba en el coche y que me iba quebrada abajo.

—Es el fogueo que ha empezado —dijo el farmacéutico.

—Y como hay artillería aquí cerca —añadió otro de los jóvenes.

—Pero, ¡no avisar! —dijo doña Manuela—. Vámonos, vámonos de aquí —agregó levantándose—, que nos puede suceder algo peor.

Como no tenían tampoco para qué permanecer allí más tiempo, y don Clemente deseaba ver el ejercicio de fuego, no trataron de contrariar a la señora y resolvieron salir.

Después de pagar Edmundo lo que se debía y de quedar convidados los jóvenes para ir a hacer las once en el cerrito que iban a ocupar, se subieron al coche y partieron.

XIII

La invitación no había sido muy del agrado de Edmundo, porque, como todo enamorado, quería estar solo con su Clorinda.

Pero era fácil evitar aquella compañía: no había más que ir a hacer las once a otra parte.

—¿Saben ustedes —dijo—, que no me parece bien el punto que hemos elegido? Allí nos va a volar el viento.

—No deja de tener razón —contestó don Clemente—. Estaremos allí solo un rato para ver el ejercicio y después nos iremos a buscar un lugar más reparadito.

—Me parece bien pensado —agregó doña Manuela—, porque yo no me siento muy buena.

—¿Qué será, mamá? —le preguntó Clorinda un tanto alarmada.

—Siento pesado el estómago.

—El movimiento del coche, sin duda —le observó Edmundo.

—No, no es eso; yo creo que ese maldito cañonazo me ha indigestado la empanada.

—Un clavo saca otro clavo, hija —le dijo don Clemente—. Acerquémonos a la artillería...

—Por nada de este mundo.

—Yo te apuesto que eso que tienes no depende más que de unos cuantos cañonazos.

XIV

En esos momentos llegaban al pie del cerrito, desde donde ya se podía dominar todo el campo; pero era tanta la polvareda que el viento arrastraba en esa dirección, mezclada con el humo del sostenido fuego graneado de toda la línea, que apenas permanecieron allí un instante, resolviendo salir en busca de un punto más abrigado.

Después de andar de aquí para allá durante media hora sin encontrar lo que deseaban, porque los lugares más resguardados del viento eran el cementerio y el lazareto, y doña Manuela no quería por nada del mundo acercarse a ellos, determinaron buscar la orilla del mar hasta donde pudiese descender el coche. Este se detuvo al fin en una pequeña planicie entre el faro y el lazareto, y aunque el viento les iba en línea recta de ese establecimiento, doña Manuela no paró mientes en ello, pareciéndole, al contrario, muy delicioso el lugarcito. El viento era allí más o menos el mismo, pero no levantaba polvo ninguno, gracias a haber poco movimiento de gente por ese lado y a encontrarse el piso cubierto por un mullido alfombrado de césped adornado de olorosas florecillas.

Llegar, saltar del coche y bajar los canastos con las provisiones fue todo uno. El mantel se tendió a los pies del coche a fin de que este los amparase un poco del viento. Y mientras doña Manuela, ayudada de don Clemente y el cochero, colocaba las gallinas fiambres, el jamón y demás provisiones, acompañadas de sus correspondientes postres, botellas de vino, cerveza, chicha, etc., Clorinda y Edmundo salían disimuladamente a dar un paseo por los alrededores, viéndose luego atraídos por el espectáculo que ofrecía el mar con sus formidables olas rompiéndose desde afuera y estrellándose en seguida contra las rocas.

XV

—¿No te agrada la soledad, Clorinda? —le preguntó Edmundo cuando se hubieron alejado un poco.

—Según —dijo ella mirando amorosamente a su compañero.

—No comprendo...

—¿Qué haría yo sola por aquí?

—¡Ah! Lo mismo me pasaría a mí... Pero contigo, así solos, sin testigos importunos...

—Y ya que nadie nos oye, Edmundo, ¿qué has resuelto al fin?, ¿qué has averiguado?

—Te he dicho siempre que tú serás mía y que no habrá obstáculo que se oponga a nuestra felicidad.

—¿Cualesquiera que sean mis padres?

—¿Lo dudas, Clorinda? ¿No conoces aún cuánto te amo?

Y el joven se detuvo para probarle su amor con una ardiente mirada. Ella no pudo resistirla y bajó los ojos; pero contra su voluntad se le escapó un dulce suspiro, tan elocuente como la mirada de Edmundo.

Embargadas por la emoción aquellas dos almas jóvenes y puras, se reconcentraron como para saborear mejor tanto deleite. Largo trecho anduvieron así, sin pronunciar una palabra. Cuando volvieron de su arrobamiento se hallaban entre las rocas y casi tocando con sus pies el agua que, después de haberse hecho pedazos, bravía y rugiente, contra las peñas, se deslizaba, silenciosa, mansa y cristalina, por sobre la limpia arena.

—Mira, Clorinda, así como el mar hemos llegado nosotros aquí, sin saber cómo, después de la agitación de nuestros corazones.

La joven no se dio por entendida, limitándose a decir, mirando la arena, en que tenía medio perdidos sus pequeños pies:

—¡Qué bonito es esto...! ¿Sentémonos, Edmundo?

Y viendo el joven que ella le daba el ejemplo, se dejó caer a su lado, quedando medio recostado sobre uno de sus brazos.

Distraídamente la joven había dejado descubiertos los pies, que llamaron la atención de Edmundo en fuerza de la misma posición en que se hallaban; pero ella lo notó pronto y se apresuró a esconderlos bajo su vestido.

—¿No son para mirarlos? —le preguntó él sonriendo.

—Aquí no —contestó ella secamente.

—¿Por qué?

—Porque... puede enojarse el mar.

—Al contrario, él también se complacería en verlos y aún en tocarlos.

—No, no quiero que se acerque ni por curiosidad... Mira, mira aquellas olas que parecen venir sobre nosotros.

En efecto, las rompientes del Buey, las tres grandes olas sucesivas, levantándose a una altura superior a ellos, parecían querer venir a sepultarlos entre sus alborotadas y espumosas aguas.

—Ya ves que se ha irritado —dijo Clorinda con cierto temor.

—Nos tiene envidia... ¡Qué imponente espectáculo! Ojalá se encolerizase más.

—¿Y si llegase hasta aquí?

—¿Qué me importaría estando contigo?

—¡Ay! —gritó la joven asustada y procurando levantarse al ver surgir detrás de una roca y casi sobre ellos un gran penacho de agua que, deshecho por el viento y convertido en tenue rocío, alcanzó a refrescar sus rostros encendidos.

—No tengas miedo –le dijo Edmundo sujetándola de un brazo—. Estas son galanterías de Neptuno que no debemos despreciar. Aprovechemos de su voluptuoso rociador. ¿No es verdad que son deliciosas estas lloviznas a ráfagas que nos vienen del mar?

—Pero suéltame, Edmundo —dijo ella alarmada y tratando de desasirse, fuese por temor al mar o por no participar de las emociones poéticas del joven.

—No, no tengas miedo, que no llega hasta aquí —volvía a repetir maquinalmente Edmundo mirando los tumbos de las nuevas olas.

—Sí, pero puede llegar alguien y vernos —observó ella en un tono prosaico que formó contraste con el del joven.

—Tienes razón —dijo él soltándola y poniéndose de pie.

—Volvámonos, que pueden extrañar nuestra ausencia.

—Sí, sí... Allí creo ver...

—Es mi mamá que tal vez nos busca.

XVI

A orillas del cerro se dibujaba, en efecto, la figura de doña Manuela, aunque algo imperfeccionada por el viento que le daba por detrás y que le echaba a volar las faldas del vestido levantándoselo por delante y dando mayores proporciones a su barriga.

Al verlos comenzó a hacerles señas con su pañuelo blanco, sentándose en seguida sobre el suelo, sin duda para ofrecer menos blanca al viento, que parecía empeñado en caricaturarla.

—¿En dónde estaban? —les preguntó un tanto disgustada al verlos acercarse.

—Allá abajo —contestó simplemente Clorinda.

—Ya sé que allá abajo; pero, ¿andaban mariscando?

—No, fuimos a ver el mar —contestó Edmundo.

—¡Vean qué novedad! De dónde habían salido estos santiaguinos: como si no lo hubiesen visto nunca y como si de aquí no se viese mejor.

—Yo he tenido la culpa, señora.

—No necesitaba decirlo... Deme la mano será mejor para levantarme.

Y Edmundo tiró de doña Manuela a dos manos y con todas sus fuerzas, mientras Clorinda se echaba a reír.

—No te castigue Dios —le dijo ella—, que yo cuando joven era más delgadita que tú y ya ves como me han puesto los años.

XVII

Empezaban a andar con dirección al coche, a cuyo pie se veía don Clemente con la mesa lista, cuando reconocieron a poca distancia a los jóvenes que habían convidado y a cuya cabeza venía el farmacéutico con una bandera blanca que había hecho de su pañuelo atándolo en el bastón.

—Vienen como a darnos un asalto —dijo Clorinda.

—¿Cómo habrán sabido donde estábamos? —preguntó Edmundo.

—Yo no sé por qué —dijo la señora—, a nosotros nos han de sacar siempre. Pero no importa, así estaremos más acompañados, y en estos días una no debe mirarse porque todos somos chilenos.

Un momento después se reunían en medio de la más cordial y franca alegría, con excepción de Edmundo y Clorinda, que no aceptaban otra fraternidad que la de entrambos, ni más amor que el suyo, aunque los demás estuviesen ardiendo en amor a la patria.

—¿Se le pasó el dolor de estómago, señora? —preguntó el farmacéutico a doña Manuela.

—Al contrario, me lo siento más prendido —contestó ella.

—Si usted gusta, aquí ando trayendo remedios...

Y comenzó a desenvolver un estuche.

—Muchas gracias, más tarde veremos.

—¡A la mesa! ¡A la mesa! —gritó en esos momentos don Clemente, quien estaba repantigado como un gran turco alrededor del mantel, que era la mesa, cubierto con todo el contenido de los canastos.

Clorinda se sentó al lado de don Clemente y Edmundo junto a Clorinda, acomodándose los demás jóvenes entre ellos y doña Manuela, que quedó más próxima al coche para librarse del viento.

—No perdamos el tiempo —dijo don Clemente cogiendo con las manos una media gallina.

—Sí, sí, porque ya va siendo tarde —agregó la señora apoderándose de la otra mitad—, y tenemos que ir a dar una vuelta a pie para verlo todo antes de irnos.

—Así es como debe comerse el ave —decía don Clemente con la boca llena y desarticulando las presas.

—Déjense de tenedores, jóvenes —añadió la señora—. A manos es más cómodo y hasta más sabroso.

—Ya lo creo —dijo el farmacéutico—, porque así uno se chupa hasta los dedos, y esto es muy digestivo.

Y tanto él como sus compañeros se apresuraron a imitar a la señora, porque los cubiertos no alcanzaban tampoco para todos.

—Toma tú, cochero —le dijo doña Manuela pasándole un trozo de gallina.

Pero Sultán se lo arrebató bruscamente de un tarascón, haciéndole dar un grito, porque creyó que le había mordido la mano.

—¡Quítaselo, cochero! —exclamó cuando ya el perro iba lejos con su presa.

—¡Déjenlo! —gritó a su turno don Clemente—, muy bien que ha hecho para que otra vez lo conviden siquiera por política.

—No ha sido más que una equivocación —agregó Chamorro—, creyó que se la pasaban a él.

—Diga mejor que su perro es muy sinvergüenza, y no sea tapadera —replicó doña Manuela—. Vaya, toma esta otra presa —añadió pasándosela al cochero.

—Dios se lo pague.

—Para que no suceda lo que a la venida.

—Yo no tuve la culpa. Pero no se le dé nada, patrona, porque ahora no llevaremos los canastos llenos.

—En cambio iremos nosotros más pesados —dijo don Clemente—. ¿No es verdad, Manuela?

—Así es, porque yo al menos me siento cada vez el estómago más cargado.

—¿Se lo descargo, señora? —le preguntó Chamorro sacando el estuche de medicinas.

—Voy a ver primero cómo me va con unos tragos de vino —dijo ella apoderándose de una copa.

—Que sea general —agregó don Clemente cogiendo la suya.

—¿Quién tiene la palabra? —preguntó Chamorro.

—Que hable Sultán —dijo doña Manuela—. ¡Es tan habiloso el animalito!

—En efecto, no le falta más que hablar —repuso el farmacéutico—; pero yo lo haré por él —agregó cogiendo su copa.

—Toma, cochero —dijo doña Manuela pasándole una copa llena de vino.

—Yo no sé, Manuela, cómo te estoy viendo con el cochero —dijo don Clemente.

—Bebe a mi salud... ¡Cuidado con el perro!

Sultán no bebe vino, señora —repuso Chamorro con mucha seriedad.

—¿Pertenece a la sociedad de la templanza? —le preguntó uno de los jóvenes.

—No lo sé —contestó el farmacéutico—, pero me consta que no bebe más que agua, salvo cuando suele encontrar quien le dé algún trago de chicha.

—Me alegro de saberlo —dijo don Clemente cogiendo una botella de chicha y vaciando en un plato una buena parte de la baya—. Llámenmelo, a ver si puedo alegrarlo.

Chamorro dio un silbido y Sultán llegó de carrera.

—Toma, Sultán —dijo don Clemente aproximándole el plato.

El perro lo olfateó y se puso en seguida a beber el líquido a lengüetadas en medio de la risa general y del regocijo de don Clemente.

—Lo mismo que su amo —murmuró doña Manuela—. No será mucho que también le gusten las niñas.

—De eso más bien no hablar —dijo el farmacéutico—, porque suele perdérseme semanas enteras.

—¿Con que también es enamorado? —exclamó don Clemente echándole más chicha en el plato.

—Por algo ha de llamarse Sultán —dijo Chamorro.

—¿Cómo decía entonces —agregó doña Manuela—, que no sabía si era de la sociedad de la templanza?

—¡Eh...! ¡Eh...! ¡Adonde se van pasando! —gritó en esos momentos don Clemente.

Se dirigía a dos jóvenes que iban a caballo y quienes, al oír los gritos y reconocer a don Clemente, torcieron las riendas. Invitados a apearse, saltaron ligeros a tierra y amarraron sus caballos en la culata del coche.

—Todavía es tiempo —les dijo doña Manuela.

—Gracias, señora —le contestó uno de ellos.

—Ya hemos hecho once —agregó el otro.

—También nosotros las hicimos con empanadas...

—Una copa primero —interrumpió don Clemente, invitando a todos a beber—. El boticario tiene la palabra.

—Ya que se me ha hecho ese honor —dijo Chamorro alzando la copa—, voy a permitirme brindar por la felicidad de Clorinda y de...

—¡Alto ahí! —le interrumpió don Clemente—. Este primer trago debe ser por el día en que estamos... por la patria, por nuestros primeros padres, que nos dieron libertad...

—Alcanzo, señor —dijo uno de los jóvenes cuando aún no concluía don Clemente—. Ya que se ha pronunciado aquí la palabra libertad, debemos hacer justicia a los hombres de la presente administración... ¡Por el gran partido liberal!

—¡Ya salieron con su política! —exclamó doña Manuela.

—Yo brindo —dijo otro de los jóvenes—, por los verdaderos hombres de libertad, por el partido de oposición.

—Pero, señores —dijo Chamorro—, ¿dónde dejamos a los hombres de ideas y de principios? En nombre del partido radical, al cual tengo el honor de pertenecer, yo protesto...

—Yo también protesto contra este demonio —interrumpió doña Manuela descargando un puñetazo en la cabeza de Sultán, que había querido arrebatarle de la mano una tajada de jamón.

El perro dio un grito y saltó hacia atrás, yendo a meterse desatentado por entre las patas de los caballos amarrados en la culata del coche, uno de los cuales al sentirlo se alborotó, cortó las bridas, retrocedió un tanto y levantando a toda fuerza sus dos patas traseras arrojó al perro como pelota sobre uno de los jóvenes, quien a su vez, sin darse cabal cuenta de lo que le caía encima, lo recibía con otro bofetón, acabando de atontar al pobre Sultán, que enderezó por sobre la mesa derribando y rompiendo botellas, copas, platos, etc., en medio de los gritos de los comensales y de la hilaridad de don Clemente, que se tiró de espaldas sobre el pasto para reírse mejor.

—¡Le agarró...! ¡Le agarró la chicha! —exclamaba alborozado.

Doña Manuela se levantó disgustada, tanto más cuanto que se sentía aún sofocada con el cañonazo que tenía adentro, según ella decía.

El farmacéutico volvió a ofrecerle con insistencia sus remedios, pero ella le contestó:

—Yo creo que andando se me quitará. ¿Quién me acompaña?

—Su obediente servidor —le contestó Chamorro dirigiéndose a coger su Machuca y llamando a Sultán, que se lamía una pata ligeramente herida y que no hizo caso alguno a su amo.

—Ya te las entiendo, bribón —dijo Chamorro—. No quieres abandonar la mesa.

—Más vale así —añadió la señora—, porque es capaz de hacer por ahí otra barbaridad.

—¿No vas con nosotros, Clorinda?

—Espero a Edmundo.

Pero no solo la siguió él sino varios de los otros jóvenes, quedándose don Clemente con los de a caballo.

—Luego los alcanzamos —dijo don Clemente invitando a beber la última copa a los que se habían quedado con él.

Doña Manuela del brazo de Chamorro, Clorinda con Edmundo, y los demás jóvenes acompañándolos, emprendieron su paseo cerro arriba.

XVIII

El viento, que los tomaba de costado, apenas dejaba avanzar a la señora, viéndose también Clorinda en grandes apuros para sujetar las faldas de su vestido, a pesar de que Edmundo había tomado la precaución de cubrirla cuanto podía con su cuerpo.

—Pero, ¿adonde vamos con este viento, mamá? —le preguntó la joven algo disgustada.

—Adonde tú quieras, hija, con tal de que no nos acerquemos a los cañones —le contestó entre los fuertes resoplidos que le hacía dar el cansancio.

—Aproximémonos a las carpas de la derecha —dijo Chamorro—, que allí estaremos más resguardados del viento.

—Y está... también... más animado —dijo doña Manuela casi ahogándose y deteniéndose a respirar.

Después de un momento volvió la señora a ponerse en marcha, siendo casi remolcada, puede decirse, por el farmacéutico, que ya iba encontrando pesada la carga.

A poco andar se encontraron metidos en un verdadero laberinto formado por las carpas, los puestos al aire libre con sus mesas bien provistas, carretones cerveceros, gente a pie confundida con la de a caballo, ciegos cantando en medio de alegres círculos, y jugadores rodeados de otra clase de aficionados provocando a los paseantes.

Al pasar doña Manuela junto a estos corros deslumbrando con sus brillantes alhajas, las miradas de los pillos se dirigían codiciosas a ella sola, como si hubiese sido una niña bonita.

—¿Oigamos cantar a este ciego? —dijo la señora al verlo templar su enorme guitarrón en medio de un numeroso círculo de aficionados y curiosos.

—Con tal que valga la pena de oírse —dijo Chamorro.

—A ver —añadió doña Manuela—, que nos cante una cosa bonita.

—¿Cómo quiere? —preguntó el ciego—. ¿A lo humano o a lo divino?

—A lo divino —le contestó Chamorro pasándole algunas monedas.

El ciego empezó a tañer las innumerables cuerdas de su abultado instrumento, que producían sonidos confusos y monótonos, cantando en seguida con voz gangosa y seca los siguientes versos en medio del religioso silencio de su atento auditorio:

Llorá, corazón llorá,
Llorá si tenís por qué,
Que no es delito en un hombre
Llorar por una mujer.

—¡Vean todo lo que ha perdido Clemente por irse a quedar! —exclamó doña Manuela—. ¡Tanto como le gustan estas cosas a mi cojito!

Luego el ciego continuó:

Bien lloró David postrado
La culpa que cometió;
También San Pedro lloró
El haber a Dios negado;
San Pablo en llanto anegado
Bien conoció su maldá;
Contrito y con humildá
Bien lloró San Juan de Dios:
¿Y cómo no lloráis vos?
¡Llorá, corazón, llorá!

Y mientras el guitarrón seguía chingu... chingu... chingu... la gente aumentaba más y más, viéndose doña Manuela y sus acompañantes confundidos y apretados entre la rotería.

—Vámonos, mamá —dijo Clorinda, retirándose con Edmundo a alguna distancia.

—No, no —contestó doña Manuela—; yo me quedo hasta lo último porque esto no debe perderse.

El elogio hizo pavonearse al ciego, quien continuó con mayor entusiasmo:

También lloró San Austin
Detestando su herejía:
Lloraron de noche y día
Eustaquio y san Juan Garín,
Pues muchos lloran al fin
Muy contritos en la fe,
Como claro bien se ve
Que por llorar santos son;
Pues pecaste sin razón,
Llorá si tenís por qué...

En esos momentos había aumentado tanto el auditorio, que la señora se vio obligada a retirarse al lugar en que se hallaba su hija con Edmundo, desde donde alcanzaba a oír perfectamente al ciego, que siguió cantando:

Bien lloró con tierno llanto
Jeremía a Dios propicio;
Por la trompeta del juicio
San Jerónimo fue santo;
San Francisco lloró tanto,
Que alcanzó a tener renombre;
Y por eso no te asombre
De nuestras culpas lo atroz:
Llorá, corazón, por Dios,
Que no es delito en un hombre.

Al cesar el canto, doña Manuela se sintió sorprendida por detrás con los gritos de los tahúres, que parecían habérseles acercado:

—¡Colorá! ¡Colorá quien tira! —decían los del bolo haciendo girar los punteros.

—¡La mona!¡La mona! —gritaban otros jugando las tres cartitas.

Pero luego la señora volvió a contraer su atención al ciego, que siguió cantando:

Cristo con vivo dolor
Cuando en la cruz espiró,
Por el hombre bien lloró
Lágrimas de corazón;
Y tú, ingrato pecador,
Que vinistes a ofender
De Dios el divino ser,
Llorá con dolor prefundo,
Que bien sabís en el mundo
Llorar por una mujer.

—Vámonos, mamá, por Dios, que ya ha concluido —dijo Clorinda con impaciencia.

—¡La mona! ¡La mona! ¡Quién me levanta la mona! —continuaba gritando el de las tres cartitas, mostrando una sota que luego ocultaba y confundía con las otras dos cartas, en medio del tejido de movimientos y cambios que les hacía dar por entre sus ágiles dedos.

Doña Manuela, atraída por la curiosidad, se puso a observar el juego.

—¡La mona! ¡La mona! —repetía el tahúr.

—¡A que la levanto! —dijo ella.

—¡Qué va a hacer, señora! —exclamó Chamorro.

—¿Está loca, mamá? —agregó Clorinda.

—Por ver no más. Es una humorada.

—¡No la priven de su gusto a la señora! ¡La mona! ¡Aquí está la mona! —continuaba el roto, mostrándola intencionalmente.

—¡Esa es! —exclamó doña Manuela desprendiéndose del brazo de Chamorro y tirando un peso sobre una de las cartas.

—¡Perdió! —dijo el tahúr dándola vuelta y mostrando la sota en otro lugar.

—¡Cómo ha sido eso! Me la ha trocado este pícaro —dijo ella un tanto azareada y llevándose la mano al seno para sacar más plata.

—Así es el juego —murmuró el roto recogiendo el peso—. ¡A la mona! ¡A la mona! —añadía moviendo las cartas y fijando la vista en doña Manuela.

—Vamos, mamá —volvía a repetir Clorinda.

—No se meta con esta gente, señora —agregaba el farmacéutico tratando de arrastrarla consigo.

Pero ella se resistió tenazmente, diciendo:

—No, yo no quiero que me hagan lesa. Déjenme desquitarme siquiera...

—¡La mona, señora! ¡Aquí está la mona! —seguía mientras tanto el pillo, dando alternativas miradas a las cartas y a doña Manuela.

—Cinco pesos a que es esta la mona —dijo ella convulsivamente e inclinándose cuanto pudo para levantar la carta con sus propias manos.

—Perdió otra vez la patroncita. ¡Qué mala suerte tiene!

—¡No vale! ¡Me la ha cambiado! —gritó la señora queriendo apoderarse del dinero cuando ya el tahúr lo había recogido diciendo:

—Así es el juego; no es más que la pura suerte.

—¡Sí... suerte!

—En algo ha de estar la inteligencia...

—La pillería, roto sinvergüenza.

—¡Lo luego que se pica la patrona!

—Dame mi plata que me has robado...

—No sea atrevida, señora.

—¿Quién le mandó jugar? —agregó uno de los gurupiés.

—¿Y si me hubiera ganado? —dijo el otro recogiendo las cartas.

—Devuelve su plata a la señora —le dijo Chamorro en tono imperioso.

—O me la paga tu sombrero —agregó doña Manuela arrebatándole uno de pita que llevaba puesto.

El roto le cogió entonces el brazo, mientras otro de sus compañeros le decía:

—¡Apriétale el pescuezo a esa vieja!

Pero en el mismo instante Chamorro, enarbolando a Machuca, le arrimaba un buen palo en la cabeza que lo hacía soltar a la señora, a la vez que Edmundo se iba encima del que la había insultado.

Los demás compañeros del roto salieron en su defensa, y a su vez los otros jóvenes se precipitaron sobre los tahúres.

La gresca se hizo general desde ese momento, lloviendo las bofetadas y los palos de Chamorro en medio de los gritos de doña Manuela y sobre todo de Clorinda, que temía por Edmundo, uno de los más comprometidos.

Entre tanto, la gente llegaba en todas direcciones, a pie y a caballo, dando mayores proporciones al desorden, porque, sin averiguar nada, iban plegándose a los distintos bandos, según era la clase a que pertenecían.

Doña Manuela misma se vio acometida por uno de la pandilla que, al parecer, quiso arrebatarle el sombrero de su compinche, pero que la señora no soltó por considerarlo legítimo trofeo de guerra.

Justamente en esos instantes veía la señora con gran júbilo aproximarse a don Clemente en el coche y a los dos jóvenes de a caballo, quienes, al darse cuenta de lo que ocurría, sé precipitaron por entre la masa de gente y arremetieron a caballazos y azotes contra los rotos, empezando por los que tenían acosado a Edmundo.

En cuanto a Chamorro, aunque manejaba con destreza admirable su pesado y temible Machuca, ya defendiéndose o ya acometiendo eficazmente con él, comenzaba a flaquear y a echar de menos a su perro, cuya glotonería lo había retenido alrededor del mantel, cuando llegaba jadeando a la zaga del coche.

Apenas vio a su amo en pelea, dio un gruñido y se lanzó en su defensa, libertándolo pronto de sus contrarios, porque al sentirse estos fuertemente cogidos por las piernas, daban un salto acompañado de un grito y tenían que volver cara para defenderse de tan rara como imprevista agresión.

—¡Túmele! ¡Túmele, Sultán! —gritaba don Clemente desde el coche, animando al fiel y esforzado perro.

—Ahora sí que lo quiero y me explico el cariño que le tiene su amo —decía doña Manuela, admirada al verlo soltar a uno y coger a otro, introduciendo el desorden y el pánico en las filas contrarias.

Con el poderoso auxilio de los recién llegados y los gritos de «¡la policía! ¡la policía!» que luego se oyeron, porque efectivamente se acercaban algunos soldados a todo galope, los rotos se desbandaron, algunos bien machucados y otros con sus ropas desgarradas, confundiéndose entre la multitud.

Los jóvenes salieron también algo estropeados y con sus ropas descompuestas. Chamorro fue el más desgraciado, porque dejó su sombrero de copa en poder del enemigo, el que poco después se desquitaba de su derrota echándolo a volar por los aires, en medio de la algazara general.

Sultán había tenido la fortuna de salir ileso, salvo uno que otro puntapié que sintió por las costillas.

En cambio, doña Manuela se hallaba ostentando la presa que había hecho, el guarapón, cuando don Clemente le preguntó por la cadena que llevaba puesta, contestando ella, después de un grito lastimero:

—Ahora me doy cuenta por qué se me allegó tanto ese que quería quitarme el sombrero: no ha sido otro sino ese pícaro... ¡Este no más tiene la culpa! —agregó arrojando el sombrero.

—No está tan malo —dijo el farmacéutico recogiéndolo—. Y hasta parece hecho para mi cabeza —añadió al ponérselo y ver que le quedaba bien.

La figura que presentó Chamorro con aquel sombrerete hizo soltar la risa a la misma doña Manuela y sirvió para volver la tranquilidad a la pobre Clorinda, que aún estaba temblando y pálida con el susto que acababa de pasar.

—Pero no pensemos más en esto —dijo doña Manuela resignada.

—Sí, tienes razón, hija —agregó don Clemente—, y vamos andando, que ya se nos pasa la tarde.

XIX

Don Clemente se bajó del coche y los jóvenes de sus caballos, caminando todos a pie. A la cabeza iba don Clemente, cojea que cojea, del brazo con Clorinda, en seguida los jóvenes y Edmundo, y por último Chamorro del brazo con doña Manuela, seguidos de Sultán y del coche.

A medida que avanzaban le era más difícil a don Clemente seguir su camino, no por su cojera ni por los traguitos que había echado, sino porque la muchedumbre se hacía más compacta cuanto más se aproximaban a las fondas, a causa de hallarse las tropas en descanso. Por la misma razón era preciso ir con mucho cuidado para no ser atropellados por los carruajes o por los jinetes que cruzaban en todas direcciones, muchos de ellos pechando o haciendo alarde de la buena rienda de sus cabalgaduras.

Doña Manuela era la que más alarmada se manifestaba, no solo por carecer de un ojo, sino también de la agilidad necesaria para los quites y lances que, como en una plaza de toros, exigía a cada momento la situación, no obstante la eficaz defensa de Chamorro, que con su Machuca se imponía a los imprudentes.

—De todas layas se anda mal en estos paseos—le decía la señora—. En coche se machuca una los huesos, y a pie se expone a que se los quiebren. De buena gana me fuera.

Pero viendo que don Clemente no debía pensar como ella, porque en vez de seguir el camino principal se desviaba de él para dirigirse a una de las casas, la señora le gritó:

—¿Adonde vas, Clemente?

—Adonde va la gente —le contestó él sin detenerse ni volver siquiera la cara.

En efecto, don Clemente penetró resuelto con Clorinda por entre la apiñada concurrencia hasta desaparecer dentro de la fonda, lo mismo que Edmundo con los demás jóvenes y por último Chamorro con doña Manuela.

La gente hervía allí, sobre todo en el patio interior, que se hallaba cubierto con una lona, adornado con banderas y convertido en un salón de baile, aunque el piso por su desnivel y el polvo que se levantaba del pelado suelo no era el más a propósito para los danzantes. Pero el entusiasmo coreográfico de que parecían hallarse dominados lo dispensaba todo. En esos momentos hubieran sido capaces de bailar sobre puntas de bayonetas, como los equilibristas, especialmente los soldados, que, no obstante las fatigas de la marcha y del ejercicio, eran los más ágiles y alegres, mucho más cuando se veían animados por sus jóvenes y no menos alegres oficiales.

La primera diligencia de don Clemente había sido apoderarse de una buena pieza que por casualidad encontró desocupada y desde donde podía verse bailar perfectamente sin exponerse a apreturas ni compromisos. Esto conformó a doña Manuela y hasta la entusiasmó cuando empezó el canto.

—¡Al fin oigo una zamacueca parecida a las de mis tiempos! —exclamó—. Esto siquiera se puede oír.

—Y hasta bailar como Dios manda —dijo el farmacéutico echando un zapateado y dando una vuelta redonda sobre un pie.

—¡Bravo! ¡Bravo! —gritaron los demás.

—Estas zamacuecas lo hacen bailar a uno sólito —dijo en seguida echándose hacia atrás el alón del tahúr.

Efectivamente, las cantoras con sus buenas voces, la expresión que daban al canto y la claridad y cierto donaire e intención con que decían los versos, formaban contraste con el atiplado y desabrido canto, o más bien berrido de las de su clase, y tenían electrizada a la concurrencia, entre la cual se veía mucha gente decente, particularmente hombres, sin que faltasen entre ellos las indispensables, esas niñas alegres de las llamadas «de rango», las que contribuían poderosamente a la animación general.

La mesa del cuarto ocupado por don Clemente, su familia y amigos, se vio luego cubierta de botellas y vasos, porque él no se andaba con chiquitas ni quedándose atrás cuando se trataba de pedir, y al contrario, en eso tenía su diablo y era como quien dice el pie por donde cojeaba. Esto y los atractivos de Clorinda constituían un poderoso incentivo para los jóvenes, que se pegaban como las moscas a la miel.

—No los convide, señora —decía el farmacéutico al verlos entrar—, que estos futres se pegan como sanguijuelas y chupan más que una ventosa.

Y no era eso lo peor, sino que hacían ya insoportable el calor, aumentado con el humo de los cigarrillos y el murmullo ensordecedor de los diálogos animados.

Clorinda era la más mortificada, porque los mozos no la dejaban un momento tranquila con sus requiebros y sus exigencias, a pesar de que Edmundo no la abandonaba y aprovechaba todas las ocasiones para interponerse y librarla de los importunos.

Debía haber además una confabulación para cargar la mano a don Clemente y su esposa, desde que éstos también se veían incesantemente rodeados de jóvenes que, vaso en mano, los obligaban a brindar, ya por la patria (a cuya mágica palabra no podía resistir don Clemente), ya por su linda hijita (otra invocación irresistible), o ya por la felicidad de los dos esposos.

El resultado fue el que debía esperarse: que luego se encontraron don Clemente y doña Manuela en el colmo de la alegría, formando coro con la entusiasmada y bulliciosa juventud que los rodeaba.

Cuando Edmundo y Clorinda quisieron hacerles algunas observaciones, era ya tarde: ambos se echaron a reír.

—¿Hemos venido a hacer penitencia? —dijo don Clemente—. ¿Qué te parece, hija?

—¡Era lo que faltaba! —exclamó ella—. De aquí a mañana nos recoge Dios... Dime, ¿quién no se entusiasma con esa zamacueca! —agregó al oír la que empezaban a tocar—. ¡A bailar, jóvenes! Hasta a mí me están dando ganas.

—¡Bravo! ¡Viva la señora! —gritaron los mozos en medio de ruidosos palmoteos.

—Aquí estoy yo —dijo uno de ellos—, como me acompañe la señorita Clorinda.

—Yo no puedo... de ningún modo —se apresuró a contestar la joven.

—Hágalo por el día que es, hijita —le dijo don Clemente.

—¿En este lugar tan público, señor? —observó Edmundo.

—¡Vaya! ¡Cuando nosotros hemos bailado tanto por aquí! —dijo doña Manuela—. ¿No es verdad, Clemente?

—Pero se opone ese caballero —agregó con cierto retintín uno de los jóvenes, aludiendo a Edmundo.

—Aunque se oponga —dijo algo disgustada la señora.

—Y no es porque no la sepa —agregó don Clemente.

—¡Vaya si la baila bien! —exclamó su esposa—. Como que fue lo primero que le enseñé cuando era chiquita.

—¡Que baile! ¡Que baile! —gritaron todos entonces.

Clorinda estaba encendida, confusa y vacilante.

—Si ella no quiere, allá voy yo —dijo doña Manuela.

Y se puso de pie en medio de los aplausos generales, inclusos los de don Clemente, que parecía también dispuesto a hacer pareja a su esposa.

Clorinda se levantó entonces y comenzó a arreglarse el vestido en medio de los aplausos de los jóvenes. Uno de ellos se apresuró a darle la mano para sacarla; pero en el acto Edmundo, interponiéndose, dijo:

—No; usted dispense: va a bailar conmigo.

Y dando el brazo a la joven, salió de la pieza, y en pos de ellos todos los demás.

Al notar esto los del patio, prorrumpieron en aplausos y vivas, abriendo camino para que pasase la interesante pareja.

Chamorro se acercó a las cantoras y les pidió una zamacueca que él mismo les entonó. Luego ellas se secretearon, afinaron sus instrumentos y por fin empezaron a tocar.

Fuese por la favorable acogida del concurso o por verse acompañada de Edmundo, lo cierto es que Clorinda había cambiado de fisonomía: estaba risueña, afable, dando a cada momento dulces miradas a su compañero, quien por su parte se sentía también más dispuesto a los goces del baile.

Por fin se oyó el primer verso y los dos jóvenes comenzaron a bailar en medio de la animación general, que luego se convirtió en entusiasmo y por último en delirio. Clorinda cautivó todas las atenciones y las simpatías con su hermosura y gentileza.

Terminado el primer pie, estallaron los aplausos y llovieron las felicitaciones con los vasos de licor que todos se apresuraron a pasarles.

Don Clemente y su esposa no cabían de orgullo y de gozo por la admiración que había despertado su graciosa hija.

Los jóvenes, por su parte, se aprontaban para el capote: todos querían bailar con ella.

Al farmacéutico le faltaban manos y boca para animar el baile, al que de por sí era aficionado, dando gritos que descollaban en medio del canto y acompañamiento de los espectadores.

Las cantoras conocieron luego, por las ardientes miradas que se dirigían, que aquellos dos jóvenes se amaban, y empezaron a cantar los maliciosos versos siguientes:

No sea tan descarado,
Hijito, para mirarme,
Porque mi madre no deja
Un momento de catearme.
Si la vieja supiera
Cuánto te quiero,
Me mataría a palos
Con el plumero.
Con el plumero, mi alma,
Y es bien sabido,
Porque ya varias veces
Me ha sucedido.
Cierto tondondoré,
Al otro pie.

Muchos se precipitaron en seguida a reemplazar a Edmundo en el otro pie; pero él tomó del brazo a Clorinda y se retiraron, dando ella escusas que en cualquiera otra ocasión habrían sido irresistibles.

Viendo don Clemente que insistían los jóvenes y que su hija se veía hasta cierto punto comprometida, corrió a sacar una niña para bailar él, distrayendo esto la atención del concurso, sobre todo al ver que don Clemente, además de ser excesivamente gordo, cojeaba también excesivamente de una pierna.

No solo estallaron los aplausos, sino que se formó una grande algazara.

Regularmente los gordos y los cojos son muy livianos para el baile, y con mayor razón debía serlo don Clemente, gordo y cojo a la vez. En efecto, desde los primeros momentos dio pruebas de su extraordinaria agilidad, porque saltaba y giraba como un cuspe, en medio de la hilaridad y de los bravos de la concurrencia, al son de los versos siguientes:

Una niña embarazada
Estuvo ayer con antojo:
Pedía la zamacueca
Bailada por algún cojo.
Si la niña lo viera,
No abortaría,
Porque el cojo la baila...
¡Ave María!
A su niña el cojito
¡Quién lo pensara!
Con la patita coja
Le hace las guaras.
Cierto tondondoré,
Una, dos, tres.

—¡Cojo es! —gritó Chamorro—. ¿Por qué lo ha de negar?

—Ahora me toca a mí —dijo doña Manuela presentándose a don Clemente, que apenas podía respirar de cansado.

—¿Cómo es eso? —le preguntó él—. ¿Me dejas en un pie? ¡Lo que es verlo cojo a uno!

Y en seguida se acercó a las cantoras con un vaso que acababan de pasarle, hablando con ellas algunas palabras por lo bajo. A su vez se secretearon las cantoras, sin duda para ponerse de acuerdo en los versos, porque luego se les oyó empezar así la zamacueca:

Si no me casa mi madre
En la semana que viene,
Le prendo fuego a la casa
Y le quemo cuanto tiene.
Y no me case, madre,
Con hombre tuerto,
Que parece que duerme
Y está despierto.
Y está despierto, sí,
Y esto es tan cierto,
Como sacarse un ojo
Y quedar tuerto.
Cierto tondóndorito,
Los dos solitos.

Los versos por una parte y los danzantes por la otra habían despertado gran interés en los espectadores, quienes se apresuraron a gritar:

—¡De cinco tres!

—¡Al otro pie!

Pero doña Manuela se había disgustado por las indirectas, dirigiendo palabras un tanto duras a las cantoras, quienes a su vez le contestaron con otras no menos blandas, lo cual dio por resultado que la señora se les fue encima y se armó una de manotadas y arañazos, teniendo que intervenir los hombres, entre ellos don Clemente, que dijo a su esposa dándole un abrazo:

—No se enoje mi chuechita.

—¿También tú?

—Yo he tenido la culpa de todo. Dígame a mí cojo hasta mañana, hijita.

Entre tanto, las cantoras estaban desesperadas, no contra doña Manuela, sino con una comezón que les había entrado repentinamente en el pescuezo.

—Algo nos han echado —decía una, rascándose a dos manos.

—¡No saber quién ha sido ese facineroso! —agregaba la otra desnudándose el cuello para poder rascarse mejor.

—Ese has sido tú, bribón —dijo por lo bajo al farmacéutico uno de sus amigos.

—Era el mejor medio de concluir con la gresca y de divertirnos un poco. ¡Míralas cómo se rascan y cómo reniegan!

XX

En esos momentos se sintió un grande alboroto, en medio de gritos y golpes, dentro de la pieza adonde se habían dirigido Edmundo con Clorinda seguidos de algunos de los demás jóvenes.

Chamorro, don Clemente y doña Manuela corrieron en el acto a ver lo que sucedía, pudiendo penetrar solo el primero, porque todos los de adentro, con excepción de la joven, que se había trepado sobre una banca y no cesaba de dar gritos agudos, estaban asidos unos con otros o dándose de bofetadas.

Sin embargo, don Clemente y su esposa insistieron en abrirse paso, consiguiendo al fin penetrar en medio de aquella confusa y bulliciosa batahola.

—¡Mi hija! ¡mi hija! —gritaba atribulada la señora atravesando por entre los combatientes.

—¡Orden! ¡Orden, que estamos en Dieciocho! ¡Todos somos chilenos! —gritaba por su parte don Clemente precipitándose sobre los más furiosos, entre los cuales se hallaba Edmundo.

Pero nadie parecía hacer caso de los gritos, continuando la gresca cada vez más encarnizada. Las botellas y los vasos rodaban por la mesa y por el suelo derramando el contenido que les quedaba.

Don Clemente y doña Manuela, no obstante su peso, andaban de un lado para otro, a veces a punto de caer, con los fuertes choques que recibían.

El farmacéutico, que al entrar recordó con pena que su Machuca lo había dejado sobre la mesa cuando salió a ver bailar, no solo se vio privado de su arma, sino que al tomar parte en la lid lo sentía caer sobre su cabeza, aunque sin hacerle mucho daño a causa de que la misma estrechez en que se hallaban no permitía blandir bien el bastón.

—¡Bribón! —le decía Chamorro—. ¡Me pegas con mi mismo palo!

Y pescándoselo de la punta, comenzó a forcejear hasta que se lo hubo quitado, devolviéndole en seguida el garrotazo, que afortunadamente se embotó en el tarro de su contendor.

Sultán había querido entrar varias veces al cuarto en defensa de su amo, pero sin conseguirlo, porque los curiosos agolpados en la puerta lo rechazaban a puntapiés. Desesperado al fin, saltó sobre una ventana, de donde lo desalojaron más pronto cogiéndolo por la cola y tirándolo abajo. Tuvo, pues, que limitarse a andar de un lado para otro agitado y gimiendo, atrayéndole cada gemido un nuevo golpe de los que se hallaban más próximos y que no sabían explicarse la desesperación del perro.

XXI

Estaba la riña en lo mejor, sin pronunciarse por uno ni por otro bando, cuando se vio aparecer, o más bien, precipitarse por la puerta del cuarto un desconocido algo canoso, de aspecto grave y formas atléticas, quien se abrió paso a fuerza de puños, tirando a uno y otro lado a cuantos se le interponían, incluso don Clemente, que fue a dar por un rincón en medio de los gritos de doña Manuela y de la sorpresa que le había causado la vista del desconocido.

El propósito de este era sin duda salvar a Edmundo de la crítica situación en que se hallaba, porque luego se le vio ponerse de su lado y, repartiendo golpes a diestro y siniestro, hizo retroceder a los principales agresores con sus puños de fierro, imponiendo respeto a los demás.

La actitud y sorpresa del desconocido, por una parte, y los gritos de doña Manuela y de Clorinda por la otra, consiguieron al fin restablecer el orden y luego la calma.

—¡Armisticio! —exclamó el farmacéutico sacando su estuche—. ¡Hay que curar los heridos!

Y mientras los unos se daban explicaciones y los otros se restañaban la sangre o se acomodaban sus ropas desgarradas, Chamorro empezó sus curaciones con tela emplástica, árnica y otros de los medicamentos de que andaba provisto.

Clorinda había comenzado ya a limpiar con su propio pañuelo la sangre que vertía de la boca de Edmundo a causa de una pequeña rotura del labio.

Felizmente no había heridos de gravedad: todo se reducía a ojos más o menos hinchados, sangre de narices, arañazos, contusiones, ropas despedazadas y sombreros apabullados.

El origen de la gresca es fácil explicárselo después de lo que se había bebido y de la negativa de Edmundo a que bailase Clorinda con uno de los jóvenes. Dándose este por ofendido, le pidió explicaciones; Edmundo se las negó, se acaloraron, intervinieron los demás, se complicó más la situación, y por último se fueron a las manos.

XXII

Lo que no se explica es la intervención del extraño personaje que con tanta decisión como eficacia había ido en ayuda de Edmundo. ¿Quién era ese desconocido? ¿De dónde había salido? ¿Por qué se tomaba tanto interés por el joven? Estas preguntas se las hacían todos, menos don Clemente y doña Manuela, que parecían conocerlo y hasta temerlo, cuando se le vio salir de la pieza conversando con Edmundo.

—Necesito hablar con usted ahora mismo —le dijo.

—Estoy a sus órdenes —le contestó el joven siguiéndolo y mirándolo con cierta extrañeza por el tono grave que daba a sus palabras.

A medida que se alejaban a un lugar sin testigos, dijo a Edmundo el misterioso personaje:

—Según he podido observarlo hace tiempo, usted ama a esa joven.

Edmundo recibió una nueva sorpresa, sobre todo al oírle decir «hace tiempo».

—No desconfié usted de mí —prosiguió con más familiaridad al notar la turbación de Edmundo.

—En efecto, la amo —le contestó él con una entereza que demostraba la sinceridad de su confesión.

—¿Y se casaría usted con ella?

Edmundo le dio una mirada que parecía decir: «¿Y a usted qué le importa todo esto?».

—Comprendo su extrañeza... es natural —le dijo el desconocido.

—¿Puedo saber con quién tengo el honor?

—Se lo diré a usted si me promete una entrevista en mi casa.

—Cuando usted guste.

—Mañana mismo.

—Convenido.

—Aquí está mi tarjeta.

Y sacando un lápiz de oro escribió el nombre y número de la calle.

—Todo lo que por ahora puedo decirle —agregó pasándole la tarjeta—, es que no soy para ustedes un extraño.

La palabra «ustedes» llamó la atención de Edmundo, quien, fijándose más detenidamente en las facciones de su interlocutor y creyendo encontrar en ellas cierta semejanza con las de Clorinda, exclamó para sí con cierto fundamento:

—¡Si será su padre!

—Adiós, joven; hasta mañana, y cuide usted mucho a Clorinda —dijo apretándole la mano y partiendo en seguida.

XXIII

Cuando Edmundo regresaba a la pieza preocupado con la inesperada entrevista que acababa de tener y con la convenida para el día siguiente, vio con satisfacción que sus adversarios se ausentaban.

Chamorro, después de curarlos, les había pedido por toda recompensa su partida para evitar un nuevo encuentro, pues ya no podría prestarles sus servicios porque había agotado los remedios. A esto se agregaron las súplicas de la encantadora Clorinda, que fueron irresistibles.

Como la hora era ya avanzada y los ánimos también se habían enfriado, sobre todo los de los dos esposos con la inesperada aparición del desconocido, resolvieron la partida de regreso apenas vieron llegar a Edmundo.

Y ya era tiempo, porque la policía comenzaba también a dar la voz de la veda, o sea la orden de levantar el campo y dirigirse a la ciudad antes de cerrar la noche para evitar las riñas, las desgracias y los salteos en el camino, que eran muy frecuentes en esa época.

El sol empezaba a ponerse y el viento a calmar, como si la orden de la policía hubiese rezado también con ellos.

Grandes masas de paseantes tomaban la retirada, repartiéndose por los diversos caminos y formando cordones que parecían interminables.

XXIV

Al ir don Clemente con su familia a tomar posesión de su coche, se encontró con que el cochero estaba hecho una cuba. Cansado, sin duda, de esperar, quiso pasar el tiempo más agradablemente y comenzó a servirse del licor que había en los canastos. Pero tan bestialmente bebió, que se quedó dormido y le robaron los canastos.

En vano lo removieron para que despertase: no pudo ni abrir los ojos.

—Más vale así —dijo doña Manuela—, porque esto nos obligará a irnos a pie. ¡Sabe Dios lo que nos hubiera pasado!

—Tienes razón, hija —agregó don Clemente dándole el brazo.

Edmundo se apresuró a hacer lo mismo con Clorinda antes de que cayese en poder de algún comedido, acelerando el paso para tomar alguna distancia y conversar a solas con ella. Pero anduvo largo trecho sin hablarle más que de cosas insustanciales y a veces hasta incoherentes, demostrando así que algo serio tenía ocupada su imaginación.

Sin saber cómo, se habían adelantado mucho, según pudieron notarlo al oír una voz lejana, la del farmacéutico, que levantando el bastón les daba la voz de alto para que los esperasen, porque don Clemente y su esposa marchaban con una lentitud que estaba muy lejos de parecerse a la agilidad que habían desplegado en la zamacueca.

Edmundo se apartó un poco del camino y se sentó con Clorinda en una piedra que apenas ofrecía lugar para los dos.

—Aquí estamos como en el coche —observó él al sentir el contacto de la joven.

—Pero los cojines son muy duros —dijo ella.

—En cambio, ¡qué hermosa vista!

—¡Y qué preciosa tarde!

En efecto, el viento había calmado completamente, viéndose a lo lejos las banderas de las fondas flameando lánguidamente a impulsos de una tenue brisa del este. El sol comenzaba a ocultar sus rayos en el mar, y el horizonte tomaba esos irisados colores, tan variados como caprichosos en sus formas y combinaciones, que cautivan siempre la atención por lo mismo que ofrecen cada día un nuevo y grandioso espectáculo.

Vivamente impresionados los jóvenes enamorados, se entregaron a su contemplación hasta que el sol, despojándose de su manto de púrpura y oro para dejarlo esparcido hecho jirones por el cielo, desapareció completamente.

—¡Hasta mañana, Su Majestad! —exclamó Edmundo entusiasmado, poniéndose de pie y saludando solemnemente con su sombrero al astro Rey.

Y daba el brazo a Clorinda para continuar su camino, cuando vio que le contestaban el saludo cariñosamente desde un coche que pasaba en esos momentos, creyendo sin duda que había sido dirigido a él.

—¿No es el mismo? —se apresuró a preguntar Clorinda.

— Sí, el que acudió en mi socorro. ¿Tú le conoces?

—No. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Sin embargo, creo que es el mismo que he visto muchas veces.

—¿Dónde?

—En todas partes... Y siempre me mira con interés...

—Es bien raro.

—Recuerdo ahora que cuando iba al colegio solía detenerme en el camino para hacerme caricias.

—No sé si me equivoque, pero tengo una sospecha, Clorinda.

—¿Cuál?

— Ese caballero no es extraño para ti...

—¿Qué quieres decir?

—Sus facciones, sus ojos sobre todo... Luego su interés... y lo que acabas de revelarme...

—Es decir que tú crees...

—Que es tu padre.

Clorinda no contestó una palabra y se quedó pensativa por algunos instantes.

—No, no puede ser —dijo al fin.

—¿Y por qué lo dudas?

—Porque si realmente fuese mi padre, se habría portado de otra manera conmigo. ¿Qué le he hecho yo?

Y algo como una nube de indignación mezclada de orgullo cruzó por la fisonomía de la joven.

—Pues yo juraría que es tu padre —dijo Edmundo con convicción—. Ese aire de familia no me engaña. Pero mañana lo sabré.

—¿Cómo?

—Tengo con él una entrevista.

—¡Y no me lo habías dicho! —exclamó la joven entre agraviada y sorprendida por aquella noticia.

XXV

En esos momentos iban a comenzar el descenso del cerro para caer a los almacenes fiscales y creyeron prudente detenerse para unirse con los demás.

Como el gentío que bajaba era inmenso, y la alegría propia del día que se celebraba, se corría riesgo, sobre todo en las vueltas, de ser atropellado por los jinetes que corrían cuesta abajo a toda rienda.

Los jóvenes se hicieron a un lado del camino, en donde no tardaron mucho en reunírseles los dos esposos con sus fieles compañeros.

Chamorro, que era como el director o maestro de ceremonias de la partida, hizo ver los peligros que podía correr la familia bajando a esa hora por el medio de los carruajes y los jinetes. Lo más acertado era pasar algunos momentos a la fonda alemana de Villaseca, que estaba a pocos pasos, en el recodo de la primera vuelta.

—Convenido —dijo don Clemente apresurando el paso—, y echaremos allí unos tragos de la buena cerveza de Valdivia.

—Lo que yo quiero es sentarme un rato —dijo doña Manuela porque ya no puedo más de los pies.

XXVI

Desgraciadamente al llegar vieron que todos los departamentos de la casa estaban atestados de una bulliciosa multitud de gente de diversas nacionalidades, en su mayor parte alemanes que habían ido en busca de la cerveza de Valdivia, como a Playa Ancha se va en demanda de las empanadas.

Aquello era una especie de Babel, porque se hablaba y hasta se cantaba en todos los idiomas. Solo había una uniformidad, los vasos, que eran todos de cerveza.

No quedaba otro remedio que instalarse en el patio, bajo el emparrado; pero aún allí las mesas se hallaban todas ocupadas, y no era posible tampoco permanecer de pie. Afortunadamente algunos alemanes, de quienes, dicho sea de paso, era muy conocido y estimado don Clemente, con motivo de las relaciones mercantiles que tenía con ellos en las ventas de harina que les hacía para el pan, o de cebada para la cerveza, se apresuraron a ofrecerle amablemente su puesto, acomodándose ellos como pudieron en otra mesa ocupada por paisanos suyos.

Don Clemente pidió cerveza en seguida, que llegó pronto, llenándose los vasos con el espumoso, cristalino y fresco líquido. Inútil es decir que lo encontraron delicioso después de la caminata y de las agitaciones del día, en particular don Clemente y su esposa, que habían hecho un esfuerzo supremo para llegar hasta allí por sus propios pies.

Después del trago don Clemente sintió apetito, según dijo, y se dirigió al interior de la fonda en busca de pan negro o de centeno, al que era muy aficionado. No bien se hubo asomado al salón principal y reconocido a muchos de los alemanes que lo llenaban casi completamente, unos con el vaso en la mano, otros comiendo y casi todos hablando y fumando, lo cual producía una espesa humareda, don Clemente, que, como aficionado a todo lo alemán, tenía la costumbre de hablar en ese idioma a su manera, gritó desde la puerta:

¡Vi geht's!

De todas las bocas se escapó una exclamación de sorpresa y de placer, corriendo a la vez al encuentro de don Clemente, unos dándole la mano, otros abrazándolo, y casi todos invitándolo a beber cerveza.

—¡Ton Clemente!

—¿Cómo fá, ton Clemente?

—¿Te tonte fiene, ton Clemente?

—¿Está puena la pata coca, ton Clemente?

—Un trajo, ton Clemente.

En fin, no se oía más que el nombre de don Clemente pronunciado por todos los labios, hasta que exclamó uno de los más entusiastas:

—¡Fifa ton Clemente!

—¡Fifaaa! —repitieron a una todos los alemanes.

Mientras tanto él se veía obligado a beber un vaso tras otro de los que se le presentaban, hasta que, no pudiendo aguantar más, los rechazó exclamando:

—¡Yag! ¡Yag!

—¡Señogues! —gritó uno de los amigos de don Clemente—. Pepamos esta copa...

—Es vaso —le interrumpió el cojo.

—Pien, pepamos este faso pog nuestro amijo y por Chile, este pello país que nos printa hospitalitat.

—¡Hurrah! —gritaron todos alzando sus vasos.

—Ahora me toca a mí —dijo don Clemente.

—¡Que lo tiga en nuestro itioma!

—¡Sí, sí, en alemán!

Y en el acto don Clemente, simulando los sonidos guturales y las ásperas articulaciones de aquel idioma, comenzó a pronunciar un brindis que ni el diablo que lo entendiera, pero que hacía reventar de risa a los alemanes.

XXVII

Así trascurría el tiempo, y viendo doña Manuela que se venía encima la noche, pensó en don Clemente y encargó a Edmundo que fuese a buscarlo; pero Edmundo no volvió. Entonces fue Chamorro, y no volvió tampoco. A su vez salieron los demás jóvenes, y también se quedaron.

—¿Se quieren burlar de nosotras? —dijo doña Manuela.

—Los habrán sujetado —le observó Clorinda.

—A ver si me sujetan a mí —le contestó ella levantándose.

Clorinda siguió tras su mamá, porque no era posible que se quedase sola.

Al llegar a la puerta del salón se detuvieron sorprendidas con el espectáculo que se presentó a su vista. Todos los alemanes cantaban el Vaterland, incluso don Clemente, que, vaso en mano, hacía descollar su voz desde el centro en que se hallaba colocado, cantando con un entusiasmo que le hacía sudar a mares.

Los emisarios de doña Manuela estaban entretenidos en presencia de aquel cuadro, cuya figura principal era don Clemente.

—¡Míralo, míralo! —exclamó asombrada doña Manuela.

Los alemanes al oírla se fijaron en ella y su hija, corriendo en tropel hacia la puerta; pero la señora, que no quería quedarse como los demás, se escapó seguida de Clorinda, mientras sus perseguidores gritaban:

—¡Señoga! ¡Señoga!

—¡Señoguita!

—¡Espégase, mamita!

La señora, lejos de esperarse, no paró hasta el mismo camino. Allí se le reunieron luego Edmundo y los demás jóvenes, menos don Clemente, quien parecía haberse olvidado de que tenía familia.

—Nos vamos —les dijo doña Manuela al verlos.

—Pero mi papá —observó Clorinda.

—Allá se las avenga: que se vaya con sus paisanos.

Y la señora echó a andar; pero a los pocos pasos dijo deteniéndose:

—¡No le vaya a suceder algo!

En esos momentos volvió a oírse el canto de los alemanes y la voz de don Clemente, quien parecía empezar de nuevo y con más ganas.

—Es una lesera esperarlo —dijo doña Manuela—. Nos vamos...

Y por más resolución que hacía para marcharse, no podía salir del lugar en que se hallaba.

—¡Qué hacemos! —exclamó al fin toda angustiada—. Y ya es tan tarde...

—Tenemos que aguardarlo, mamá. ¡Cómo lo dejamos así!

—Es verdad; y se va a poner peor con el canto. ¡Pero vean por donde le ha chiflado!

—A ver si yo consigo hacerlo salir —dijo el farmacéutico llevándose la mano a uno de los bolsillos de la levita y dirigiéndose al salón.

XXVIII

Poco rato después y cuando todavía no terminaba el canto, comenzaron a oírse algunos estornudos, que pronto se hicieron generales, formando un coro muy distinto, cuya música no se sujetaba a compás ni a regla alguna del arte.

Don Clemente fue el primero en romper estrepitosamente con la nueva música, diciendo:

—Esto me sucede... ¡aaaschi! ...cada y cuando bebo... ¡aaaschi!

Pero notando luego que los demás empezaban a hacer lo mismo, agregó:

—Sí, háganme burla no más... ¡aaaschi!

—¡Qué temonio es esto! —exclamó uno de los alemanes—. Aaaas... ¡Mozo! ¡aaaschi!

—¡Qué parparitat! —exclamó otro—. Yo tampien... ¡aaaschi!

—Esto ha sito una priponada... ¡aaaschi! Apran las fentanas... aaaas...

Luego comenzaron a salir todos del salón, porque el romadizo general iba en aumento, al extremo de no dejarlos ya ni hablar.

Don Clemente no tardó mucho en salir también a estornudos, cayendo en poder de su esposa, quien tomándolo del brazo le dijo:

—¡Vaya, hombre! no paraste hasta agarrar el constipado.

—Ya sabes, hija —le contestó él—, que siempre me pasa lo mismo... ¿Qué será bueno para esto, amigo Chamorro?

—Recogerse a su casa —le contestó el farmacéutico.

XXIX

Sin perder más tiempo empezaron a bajar el camino, por donde a esa hora ya no se veía más que uno que otro bulto medio perdido en la oscuridad de la noche y con la cabeza más perdida aún con la oscuridad de la embriaguez.

Eran las ocho de la noche cuando la familia de don Clemente llegaba a su casa. Edmundo fue el primero en despedirse de ella a fin de dar el ejemplo a los demás, que hicieron otro tanto.

Don Clemente los invitaba con insistencia a que se quedasen a comer; pero nadie aceptó, porque vieron que Clorinda estaba avergonzada con el estado de su padre, por más que él decía a cada momento:

—En estos días todo es permitido, hasta curarse.

Había terminado, pues, el paseo del Diecinueve. Por muchas peripecias tuvieron que pasar, pero salieron bien de todas ellas. o único que preocupaba a doña Manuela y su hija —porque don Clemente no se hallaba en estado de pensar—, era la aparición del desconocido, aunque no fuese tal para la señora, como lo demostró su misma sorpresa al verlo; pero ambas se cuidaron muy bien de promover el asunto y de comunicarse sus impresiones, bajo cuyo dominio se durmieron aquella noche.

XXX

El siguiente día encontró a Clorinda poseída de gran ansiedad y zozobra por lo que Edmundo le había comunicado el día anterior, aunque solo a medias. ¿Qué resultaría de la entrevista? ¿Sería realmente su padre aquel desconocido que tanto se le parecía?

Su inquietud aumentaba a medida que trascurrían las horas sin saberse siquiera de Edmundo. Llegó la noche, y este no aparecía; lo que era tanto más extraño, cuanto que el enamorado joven no dejaba pasar un día sin ir a verla una o más veces.

XXXI

Serían las nueve de la noche cuando Clorinda oyó que llamaban a la puerta. Corrió ella misma a abrir, porque en los golpes había reconocido, con instinto de enamorada, la mano de su Edmundo. Era él, en efecto, que esta vez llegaba, contra su costumbre de amante celoso, acompañado de otra persona, el desconocido de la víspera.

La joven sintió gran emoción, porque el corazón le decía que se trataba de su porvenir, de vida o muerte para ella, que amaba a Edmundo con toda la vehemencia de un alma pura, noble y apasionada. Así fue que los recibió temblando y toda turbada. Su atención se concentraba en Edmundo, en cuya fisonomía quería leer lo que para ella era todavía un arcano; pero la fisonomía del joven no decía nada, o más bien, decía mucho, revestida como estaba de toda la gravedad de la situación, aunque sin dejar traslucir otra cosa.

—Llámenos a sus padres, Clorinda, que necesitamos hablar a solas con ellos —se apresuró a decir Edmundo cuando todavía no tomaban asiento en el salón.

La joven obedeció sin vacilar.

XXXII

Momentos después entraban don Clemente y su esposa, manifestándose sobresaltados a la vista del desconocido.

—Señor —se anticipó a decir o a balbucear don Clemente—, usted nos habrá dispensado...

—No vengo a hacerles cargo ninguno —le interrumpió él en tono algo grave—. Eso sería ya tarde.

—¡Cómo tarde! —exclamó alarmada doña Manuela.

—Porque ahora no se trata del presente ni del pasado de Clorinda, sino de su porvenir...

—Comprendo —dijo don Clemente, quien había adivinado de lo que se trataba—, y yo seré el primero en celebrar su enlace con este joven.

—Me alegro. Pero no es eso solo: deben ausentarse en seguida de Valparaíso...

—¿Por mucho tiempo? —preguntó con ansiedad doña Manuela.

—Para siempre.

La señora dio un grito y luego soltó el llanto. El mismo don Clemente no pudo ocultar su pena, dejando escapar algunas lágrimas.

—¿Y adonde se irán? —preguntó doña Manuela.

—Lo más lejos posible.

—Eso no puede ser...

—Solo bajo esta condición reconoceré a Clorinda como hija mía y la haré mi única heredera.

—También es suyo todo lo que nosotros poseemos —dijo don Clemente.

—¿Y quién le dará una madre? —agregó doña Manuela acentuando la palabra «madre» y dirigiendo una provocativa mirada al desconocido.

—Yo no he venido a entrar en estas cuestiones —contestó él, algo disgustado—. ¿Aceptan o no mi proposición?

—¡Yo jamás! —dijo resueltamente doña Manuela.

—¡Ni yo! —agregó don Clemente con la misma energía.

El desconocido se levantó con un ímpetu que demostró su despecho.

—Pero, ¿no es usted su padre? —le preguntó Edmundo.

—¡No! —contestó irreflexivamente doña Manuela.

—¡Cállate! —le interrumpió su marido—. ¿Qué vas a hacer?

—A decir la verdad antes que me lleven a mi hija.

—¿Es así como me pagan? —dijo con amargura el desconocido, fijando en ellos una mirada acusadora y terrible.

—¡Es cierto! ¡Todo se lo debemos a usted, señor! —exclamó don Clemente—. Pero, ¿de qué nos va a servir cuanto nos ha dado si ahora nos quiere arrebatar a nuestra hija?

—Todo lo que nosotros pedimos —agregó doña Manuela—, es estar a su lado, verla a cada momento, cuidarla, servirla. . . ¿No nos admitirá usted así, don Edmundo?

—¡Ay! —exclamó el joven—. ¡Cuánto siento haber sido la causa de este pesar!

—También lo siento yo —agregó el desconocido en tono más bondadoso—. Pero, ¿qué hacemos?

—Si es por mí —dijo Edmundo—, yo solo ambiciono la posesión de Clorinda y renuncio a su herencia paterna. Me bastaría con saber quiénes son sus padres.

—Ya he dicho que yo...

—¿Y su madre?

—No puedo... eso es imposible.

—¿Y ella? —preguntó Edmundo—. ¿No tomamos para nada en cuenta la voluntad de Clorinda?

—Mi voluntad es la tuya —dijo la joven entrando después de haberlo oído todo desde una de las puertas que estaba solo a medio entornar—. Yo no tengo más padres que éstos, a quienes les debo su cariño, que es para mí la mayor de las riquezas.

Doña Manuela, sin poder contenerse, la abrazó con efusión, derramando copiosas lágrimas de ternura, mientras don Clemente sollozaba como un niño.

El presunto padre de Clorinda iba a retirarse, contrariado y conmovido a la vez, cuando lo detuvo doña Manuela y le dijo:

—Reconózcala como su hija, señor, que nosotros la seguiremos hasta el fin del mundo si es preciso, ya que ella no nos niega su cariño.

—Tanto mejor —le contestó él—, porque esto vendrá a colmar mis deseos. Yo no me atrevía a imponerles ese sacrificio. Pero ya que ustedes la aman tanto...

—¡Sí, sí! Lo venderemos todo —dijo don Clemente con resolución—. ¿No le parece bien, don Edmundo?

—¿Y por qué? —le interrumpió Clorinda indignada—. ¿Acaso yo necesito ni quiero una riqueza que se me ofrece bajo condiciones humillantes y a la cual, según parece, no tengo ningún derecho? Si usted no me dice quiénes son mis padres —añadió dirigiéndose al desconocido—, puede disponer de su herencia sin tomarme para nada en cuenta.

—Está bien —repuso él con resentimiento—. Creo haber hecho por tu felicidad cuanto me aconsejaba el deber y me lo permitía el honor.

—No, eso no podemos negarlo —dijo don Clemente dirigiéndose a su hija—. Todo lo que eres y lo que somos nosotros se lo debemos a este caballero. No seamos ingratos con él.

—Admite, hija, esta nueva prueba de su generosidad —agregó doña Manuela—, aunque nosotros seamos desgraciados... El ha hecho más que si te hubiese dado el ser...

—¿Quién es entonces mi padre? —exclamó Clorinda desesperada.

—Murió, le contestó el desconocido.

—¿Y mi madre?

—Es un secreto...

—Pero usted ¿quién es? ¡Ah! comprendo... ¿No dices, Edmundo, que tiene mis mismas facciones, mis propios ojos y hasta mi carácter? No, no; usted no es, no puede ser un extraño para mí... Y ahora recuerdo sus caricias desde mi infancia, y el atractivo que tenía para mí... que tiene aún, porque el corazón me dice... y esas lágrimas... Usted es...

—¡Tu tío! nada más que tu tío! —exclamó él profundamente conmovido.

—Es decir...

—Que todo lo he revelado y sacrificado a tu cariño, alma buena y generosa.

—Luego mi madre es...

—¡Mi hermana!

Y después del silencio que en todos impuso esta revelación, aunque no lo era para don Clemente y su esposa, agregó:

—Pero que nadie lo sepa, ¡por Dios! Mi hermana vive en perpetua inquietud con la semejanza que con ella va tomando esta niña a medida que se hace más mujer. No han faltado quienes se lo hayan dicho ya, aún en presencia de su marido, viéndome yo obligado a declararme su padre para desvanecer toda sospecha.

—¡Su hermana es casada! —exclamó Edmundo sorprendido.

—Luego —se apresuró a decir Clorinda—, yo soy hija...

Y no se atrevió a concluir.

—No, no —dijo doña Manuela—; tú no eres hija adúltera. Yo lo sé muy bien, porque...

—Sea como quiera —la interrumpió Edmundo al ver un tanto triste a Clorinda—. Tú no eres responsable de faltas ajenas.

—Fue una desgracia y nada más —dijo el desconocido—. Mi hermana era entonces muy joven...

—Terminemos de una vez —volvió a interrumpir Edmundo con impaciencia.

—Sé todo lo que vales, hija mía —continuó su tío—, y que eres digna de ser, más que mi sobrina, mi propia hija. Dame este placer... Yo no tengo descendientes... Acéptame como padre...

—Pero a condición de que sea después de estos pobres viejos, que ocupan el primer lugar en mi corazón... ¿Qué harían ellos sin mí? Yo no podría tampoco abandonarlos, porque me moriría...

Y llorando se abrazó de su madre, como si ya tratasen de separarla de ella.

—Esto, hija mía, te hace más grande a mis ojos —le dijo su tío con ternura paternal y colmándola de caricias.

XXXIII

Dos meses más tarde el indisoluble lazo unía a los dos jóvenes, que seguían amándose cada día con más pasión. Clorinda había sido reconocida como hija legítima ante la ley por el que solo era su tío carnal. Treinta mil pesos fue el regalo de bodas de su padre y padrino a la vez.

—Me alegro de que hayas reconocido al fin a tu hija —le había dicho su cuñado al saberlo—. Ya no te morirás sin haber saldado esa cuenta de tu alegre juventud.

XXXIV

Pocos días después, conforme a lo convenido y para evitar toda indiscreción que pudiese perturbar la tranquilidad de la verdadera madre de Clorinda, los novios partieron para el Perú con sus padres adoptivos, quienes habían realizado todos sus negocios.

Desde entonces aquella familia no ha vuelto a Valparaíso, y la madre de Clorinda vive en la más completa tranquilidad, mucho más sabiendo por las cartas dirigidas a su hermano que su hija es muy feliz con Edmundo.

Don Clemente suele escribir también al farmacéutico, que hoy es todo un hombre casado y con hijos, preguntándole por sus amigos alemanes, que echa mucho de menos y le hacen gran falta para practicar el idioma, del que se ha olvidado del todo.

Doña Manuela, que no se ha atrevido a hacer un viaje a Chile por no apartarse de sus nietecitos, aún no puede conformarse con ver pasar los Dieciochos fuera de su patria, y dice que seria capaz de dar un ojo de la cara —el único bueno que tiene—, por hallarse un Diecinueve en Playa Ancha y bailar una zamacueca así viejecita y flacucha como está.

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Un hurguete y el Memorándum del cronista

No sé si todos mis colegas consideran el Memorándum como un útil indispensable de su escritorio; pero sí puedo asegurar que para mí —pobre como soy de memoria—, el Memorándum es lo que el salvavidas para el que no sabe nadar.

En este particular sol como aquellos que no pueden tocar una nota de música si no tienen el papel a la vista, o como el actor que no atina a decir dos palabras si no se las sopla el consueta.

¡Qué más! ¡Con decir que sufro olvidos hasta con el Memorándum!

No hace muchos días que metía en lista esta palabra: «Abusos». ¿Y creerán ustedes que no ha habido forma de acordarme qué abusos eran esos? ¡Es verdad también que son tantos los que existen!

Muchas veces me ha acontecido esto mismo, y hasta me ha ocurrido apuntar hoy una cosa y escribir mañana otra, lo que me ha traído más de un disgusto y también más de un compromiso.

Pero, «¿qué es el Memorándum?» preguntará entre tanto el lector.

Igual pregunta me hacía ayer un amigo de confianza que yo tengo y que se dignó hacerme una visita para venir a mi escritorio a hurgármelo y preguntármelo todo. Porque han de saber que este amigo, hurguete insigne, es de aquellos que no pueden estar sosegados. No tiene un momento las manos quietas ni la boca cerrada. Todo lo manosea, lo descompone o lo rompe.

Si se halla sentado y con las manos ocupadas, se lleva con las piernas que ya las estira, que ya las encoge, que ya las cruza o las pone una sobre otra; en fin, él ha de estar por fuerza haciendo algo o a lo menos moviéndose. He llegado a creer muchas veces que tiene algo metido dentro del cuerpo o que alguna rara enfermedad se ha apoderado de sus nervios. Y escupe..., más que habla.

Este, este es el amiguito que ayer me tuvo en armas.

Apenas se hubo sentado, dio principio a su tarea de destrucción.

—¡Hombre! No me rompas la pluma.

—No estoy más que viéndole los puntos... ¡Qué buena parece ser!

—Por eso sin duda quieres echarla a perder.

—¿Y estas tijeras?

—¿No las ves? Tijeras.

—¿Para qué quieres tú tijeras?

—Para lo que se ofrezca, hombre... para cortar papel...

—Veo que también cortan...

—¿Qué estás haciendo?

—¡Qué afiladas!

—Hazme el favor de no venir a cortarte aquí las uñas.

—Pierde cuidado... Tú... tú...

—¡Válgame Dios! ¡Ya empezaste a escupir!

—¿Qué listita es esa que te veo allí medio escondida bajo la carpeta?

—Creo que a ti no te interesa.

—¿Es del lavado?

—No, hombre, yo no tengo que ver con esas listas; este es mi Memorándum.

—¿Y para qué sirve eso?

—Nada más que para tener presente lo que debo escribir.

—¿A ver?

—No vayas a rompérmelo.

—Pierde cuidado... Tú... tú...

—¡Hombre, por Dios! Toma, ahí tienes la escupidera.

—Gracias... ¿Qué significa todo esto que se halla con una raya tirada por encima?

—Eso significa que ya no sirve, por haber salido a luz en forma de artículo.

—¡Ah, ah!

—Pero no estés jugando con el tintero, que vas a volcarlo.

—Pierde cuidado... ¿Y esta otra lista que está bajo el título "Permanente"?

—Eso quiere decir que no se borra nunca, por más que se escriba una y otra vez. Siempre que falta material se acude a esa fuente inagotable. Es como quien dice la reserva.

—No comprendo... tú... tú.

—Lee entonces, y te lo iré explicando mejor.

—Si no me equivoco, aquí dice: «Escupos».

—Justamente para escribir contra los que escupen mucho y en todas partes.

—¿Acaso lo dices por mí?

—De ningún modo. No se trata de los que escupen en las alfombras (que la prensa no tiene que ver con los escupos de la vida privada), sino de los que embadurnan las aceras de las calles y de los paseos, los pisos de los carros, iglesias, teatros, etc. Pero no estés rompiéndome la plegadera con los dientes.

—Pierde cuidado... Aquí viene en seguida: «Aseo público».

—Como se halla tan descuidado en el día...

—Y mucho más en la noche... Tienes razón: maldito lo que nos preocupamos del aseo... Tú... tú... tú...

—A la vista está... No hay más que recorrer las calles a cualquiera hora...

—Haces muy bien en tenerlo apuntado en la sección "Permanente"... ¿Y esto que viene a continuación? «Moralidad pública».

—Eso es para escribir de vez en cuando un artículo de fondo, sin fondo ninguno si tú quieres, pero tirando un si es no es a sermón. Se dice, por ejemplo, que ya no se puede pasar de noche por ciertas calles y plazas como la de la Victoria o la de Echaurren sin ver obscenidades y escándalos de palabras y obras, o que para acercarse al muelle es necesario taparse los oídos; que los borrachos andan tirados por las calles como las cáscaras de sandía y de choclo; que las levas de perros, etc., etc. En seguida se levanta el tono, se muestra mucha, muchísima indignación, se le pega duro a la autoridad, la autoridad lee luego el artículo, no hace el caso que menor, se vuelve a escribir otro artículo y... Pero recoge tus piernas, hombre, que estás dándome de puntapiés.

—Pierde cuidado... Tú... tú...

—¿En dónde estás escupiendo? ¿No te he pasado la...

—Sí, aquí la tengo; pierde cuidado: he puesto los pies en ella. Aquí leo ahora «Ferrocarril - servicio - pasajeros sardinas - niños colgados estribos y todo lo demás que cuelga».

—¿Has comprendido?

—Perfectamente... ¿Y esto? «Pólvora».

—Eso tendrá que estar en la sección permanente hasta que venga una explosión, vuele medio Valparaíso y concluya con la permanencia de todo, incluso la del Memorándum.

—Sigue: «Robos». También están en la sección permanente.

—Y seguirán permaneciendo allí mientras permanezcan los ladrones fuera de la cárcel. Dudo mucho de que esa palabra deje de figurar alguna vez en el Memorándum, a menos que llegue día en que también se la roben y no pueda recuperarla por falta de testigos.

—Sigamos la lista: «Tinterillos».

—Borra esa palabra.

—¿Has escrito ya sobre ella?

—No, ni pienso hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque les tengo miedo.

—Sin embargo, no se lo tienes a los perros, porque aquí leo: «Perros - hidrofobia - píldoras - patente». No sabía yo que para los perros con hidrofobia hubiese píldoras de patente.

—Pues esa, la patente, es la única píldora eficaz contra semejante plaga... Pero, hombre, con dos mil de a caballo, no estés comiéndote las obleas, que son venenosas.

—Tú... tú... tú... ¡No vaya a ser yo el que muera envenenado antes que los perros!

—Pierde cuidado, como tú dices, que lo malo nunca muere.

—Muchas gracias... ¿Y esta palabra que veo escrita con grandes letras? «MUELLE».

—Esos son honores de antigüedad. Goza ya de terceros premios de constancia. Es la única palabra fundadora del Memorándum que aún existe.

—¡Es posible!

—Y tanto, que estoy por pedir su jubilación. ¡Pero me sirve con tanta fidelidad y le tengo un cariño tan entrañable! No me desprendería de ella sin profundo dolor, porque fue la primera que formó en las filas de mi Memorándum y con la que di la primera carga (¡y qué feroces las dábamos entonces!) en mi estreno de cronista, hará de esto veintiún años...

—¡Aprieta!

—¿Creo que has roto la silla?

—Pierde cuidado... Solo se le aflojó una pata.

—Es cierto que hasta ahora no hemos podido triunfar contra la tenacidad del enemigo; pero por eso mismo la quiero mucho y deseo que viva en mi inseparable compañía.

—Y Dios te ha oído, sin duda, porque yo no veo ni esperanza de que te abandone tan pronto.

—Al contrario, yo creo que me sobrevivirá. No he conocido en mi Memorándum palabra más vividora.

—De modo que seguirá todavía sirviéndote por mucho tiempo.

—¡Tal vez que no!

—¿Y esto, hombre? «Nada»... Está muy claro. Dice: «Nada».

—Sin duda.

—¿También tú escribes sobre nada?

— ¡Vaya un asombro! Justamente lo que más abunda son los artículos que no dicen nada. Y entonces es cuando más se escribe por lo mismo que no hay nada.

—¿Y cómo te las compones para escribir mucho sin decir nada?

—Es lo más fácil del mundo. Suelto, por ejemplo, exclamaciones como estas: «¡Nada, nada de nuevo!» «¡Todo es viejo!» «Pasamos por una verdadera crisis.» «Hay escasez completa de noticias.» «Ya nadie piensa ni en robar.» (Y nosotros le estamos robando el tiempo al lector). «¡Ni un incendio siquiera!» «En vano hemos andado calle arriba y calle abajo por toda la población.» (Mentira, porque ni me he movido). «Hemos visitado inútilmente todas las oficinas públicas.» (Otra mentira, porque es el repórter quien las visita). «Atravesamos por una época en que ¡ay de nosotros! ya no corren ni bolas.» (Y el artículo las lleva por colleras)... Así, más o menos, se sigue hasta que se ha escrito una columna, o dos, según está el humor para mentir; y se sale del paso mejor que con una columna de noticias, porque esto tiene la ventaja, no solo de poder estirarse lo que se quiera, sino de decir cuanto a uno se le antoje sin echarse encima ninguna responsabilidad. ¡A bien que nadie ha de salir a contradecirle a uno, ni menos a negarle que no ha dicho nada!

—¿Sabes que ahora mismo puedes escribir un artículo así, sobre poco más o menos?

—¿Lo crees? ¿Y en qué te fundas?

—¿En qué quieres que me funde? En nada.

—Tienes razón.

—Con referir todo esto y algo que tú puedes inventar y que será más importante por lo mismo que es pura invención, no necesitas de más.

—En efecto; apunta, pues, en el Memorándum...

—No es necesario, porque no he borrado la palabra «Nada».

—Pero no es sobre ese tema que voy a escribir, sino sobre otro distinto, el que tú me has indicado y que es muy expresivo: Sobre poco más o menos.

—Ya está, bonito asunto... Tú... tú...

—Agrega ahora: Tú... tú...

—¿Que vas a sacarme a mí también?

—Ni lo he pensado.

—Hasta mañana entonces. Tú... tú...

—Hasta mañana. . . Pero no te lleves por delante la escupidera...

—Dispensa.

—No hay de qué... ¿Piensas irte en cabeza, hombre?

—¡De veras! Se me había olvidado... Adiós.

—Adiós... Aguárdate, que te llevas mi sombrero.

—¡Qué diablos! Creí que era el mío...

—Mira: veo que tú también necesitas de Memorándum.

—¿Quién? ¿Yo?

—Sí, tú... tú... tú...

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Un convidado convida a ciento

I

Ignoro si en otras partes se da a este proverbio una aplicación tan vasta y rigorosa como en Chile. Aquí es de observancia general, y hasta puede decirse, hablando en términos jurídicos, que tiene fuerza de ley. ¡Ya quisieran las leyes merecer igual acatamiento!

Un convidado, cualquiera que sea la clase a que pertenezca, se cree con perfecto derecho de convidar a su vez, si no al centenar del hiperbólico proverbio, por lo menos el número que esté en proporción con la importancia de la fiesta y las exigencias de los interesados, los que, dicho sea de paso, nunca faltan en tratándose de divertirse a costilla ajena o de comer y beber al mismo precio.

Primero faltarán los convidados verdaderos, que dejar de asistir los falsos. ¡Faltar ellos! Al contrario, son los que sobran. Y esto se explica hasta cierto punto. Como el convidado legítimo estaría en su derecho asistiendo, por eso mismo le dan ganas de faltar, y falta con frecuencia. Al revés, el que no ha sido convidado se desvive por asistir, y asiste por lo mismo que no tiene derecho. Así es la humanidad, como los niños, una pura contradicción.

II

Esto que parece nimio y sin consecuencia, da lugar, sin embargo, a verdaderos conflictos, mucho más si para abusar se cuenta con la benevolencia de los dueños de casa. ¿Y quién no sabe que es benévolo por excelencia un dueño de casa que da convites?

No obstante esta proverbial, invariable e infalible benevolencia, todos saben que en los convites quedan siempre mal los dueños de casa, unas veces por largos y otras por cortos. Si hubo mucho, porque fue mucho, y si hubo poco, porque fue poco.

—¡Qué lástima de plata tan mal empleada! —exclaman en el primer caso.

—Para que después nadie se los agradezca —dice otro condolido.

—Y todavía salgan hablando —agrega un tercero.

—¡Cuándo faltan los habladores! —exclama otro murmurador.

En el segundo caso dicen disgustados:

—¡Tener cara de convidar para esto!

—¡A qué se meterán a camisa de once varas!

—¡Si se habrán imaginado que uno no tiene qué comer en su casa!

—¡Pero a qué diablos convidarán tanta gente! —exclama por último uno que no ha sido convidado.

Es preciso, pues, saber colocarse en el justo medio, y aun así dicen que la cosa anduvo muy medida, que estuvieron como a ración, que salió ras con ras.

Y póngase usted a hacer cálculos, cuando el mismo que convida no puede saber el número de sus convidados, no diremos con exactitud, que eso es imposible, pero ni aun sobre poco más o menos.

III

Este era el gran inconveniente con que tropezaban don Hilario y su esposa doña Tomasa cada vez que iban a tener una diversión entre amigos y conocidos, o sea una tertulia de confianza, como se dice en el día.

Este matrimonio no carecía de comodidades ni de recursos para darse esos ratos de expansión dentro del hogar y dentro de los límites del decoro que correspondía a dos esposos que, si bien un tanto aficionados a la alegre sociabilidad, sabían respetar los años que pesaban sobre ellos, pues don Hilario tenia sus 56 y doña Tomasa unos 50, aunque representaba apenas 40, gracias a sus prolijos cuidados.

Don Hilario era lo que se llama un buen hombre: bondadoso, amable y condescendiente hasta la debilidad. Doña Tomasa, por el contrario, sin dejar de poseer un buen corazón, era ligera, levantisca y arriscada.- Sobre todo, no admitía réplicas ni observaciones, acostumbrada como estaba a que don Hilario le diese siempre la razón aun cuando no la tuviese.

En este matrimonio estaban cambiados los papeles; pero así y todo se avenían perfectamente y se querían, a su manera, como dos esposos jóvenes y enamorados. Es verdad que esto no era más que el resultado de la buena pasta de don Hilario, que se amoldaba a todas las exigencias y caprichos de su Tomasa.

IV

Habiendo cumplido 25 años de casados, iban a celebrar sus bodas de plata. Se hicieron los preparativos del caso y se convidó «a un té» a todos los amigos y amigas de la casa.

Es sabido que la modestia de la generación presente llega hasta llamar simplemente «té» una cena o un banquete con su correspondiente baile. Esto viene también de la importancia que han ido tomando los mentados tées, que suelen ser el pretexto para comer y beber de todo. Así es que cuando se convida «a un té», lo menos que se tiene presente es el té mismo, y sí mucho los helados y los dulces, el pavo, el jamón, los buenos licores y cuanto se ha inventado para esos felices momentos y para una buena indigestión.

V

Por ese estilo iba a ser el té de don Hilario, o más propiamente, de doña Tomasa, porque ella era la cabeza visible y don Hilario no figuraba, no hacía papel, no hacía nada, como no fuese dar gusto a su esposa y decir amén en todo, lo que, bien examinado, no es poco hacer.

La señora era quien lo había previsto y preparado todo, desde la mesa hasta las invitaciones, que ella misma se tomó el trabajo de hacer en persona para que no hubiese agraviadas entre sus amigas ni tuviesen pretexto alguno de disculpa.

Don Hilario, y esto a instancias de su esposa, se reservó únicamente el derecho de convidar a los amigos de su intimidad, entre ellos algunos jóvenes que eran indispensables para el baile y para dar conversación a las niñas.

—Espero que no faltes esta noche, Angelito —había dicho a uno de ellos—, y búscate por ahí algunos buenos muchachos, porque temo que nos falten jóvenes.

—Pierda cuidado, don Hilario —le contestó Angelito—, aunque siento que me lo haya venido a decir tan tarde, el mismo día.

—Los hombres no necesitan de aviso muy anticipado. Eso es bueno para las niñas, que emplean tanto perendengue.

—Me parece que también los hombres necesitan...

—El tiempo que les hemos dado para hacerse la barba y lustrar los zapatos.

VI

Angelito se sintió satisfecho de la comisión que se le encomendaba, y desde ese momento se echó a hacer el rodeo de amigos a propósito para el objeto: bailar; y que quisieran hacerle el gran favor de sacarlo de tan serio compromiso.

Entre tanto, por todas partes se hablaba, como de una noticia de sensación y con los comentarios del caso, sobre la fiesta que daba doña Tomasa para celebrar sus bodas de plata. Esto, naturalmente, despertaba mayor interés por asistir, y hasta se habría pagado de muy buena gana la entrada, si ello hubiera sido posible. No iba a ser, pues, tarea muy difícil la de Angelito, sobre todo con la precaución que había tomado de convidar algunos más de los necesarios en previsión de los que pudieran faltar.

VII

A las nueve de la noche, hora en que comenzaban a llegar los convidados, estaba la casa de don Hilario con todos sus mecheros de gas prendidos y abiertos a plena llave. La sala, aunque no muy espaciosa, parecía convidar al baile. La pieza de fumar y la de refrescos con sus botellas y sus copas de trasparente cristal avivaban la sed, por poca afición que hubiese a beber. El comedor, que era el más vasto departamento, como que se había improvisado en el patio interior de la casa, el cual estaba cubierto con un techo de vidrio y dominado por las galerías del segundo piso, se encontraba ya con su mesa arreglada y abundantemente provista, esperando solo el momento del ataque o del zafarrancho.

Don Hilario recibía a sus convidados desde la entrada con su bondad acostumbrada y con su cara de perpetua felicidad.

Doña Tomasa, de gran toilette, agitada y nerviosa, se movía de un lado para otro atendiéndolo y mandándolo todo y haciendo los honores de dueña de casa.

VIII

Pero el tiempo corría y llegaban muy pocos convidados. Inquieta por esto doña Tomasa, se dirigió a la puerta y dijo a don Hilario con cierta impaciencia:

—Veo que están demorando mucho.

—Ya sabes, hija —le observó su esposo—, que nadie quiere ser de los primeros.

—Fíjate que son más de las nueve.

—No importa. Como esta no es retreta...

—Ya empezaste con tus salidas... ¿Te acordaste de convidar jóvenes?

—Sí, hija. Cómo había de olvidárseme. ¡A no ser que se les olvide a ellos!

—Esas serían disculpas tuyas, porque a ellos no se les puede olvidar.

—Dices bien, y ya verás como no faltan.

A pesar de esto, doña Tomasa se volvió a la sala algo preocupada. Se sentó, conversó un rato maquinalmente con los que le dirigían la palabra y luego volvió a acercarse a la puerta diciendo:

—¿No vienen, Hilario?

—Todavía no, hija; pero ya vendrán.

—¿Y si no vienen?

—¿Que le hemos de hacer?

—¡Me gusta tu pachorra! Ya estoy por creer que no te has acordado... Hasta aquí no llegan más que mis amigas. Y lo peor es que no hay jóvenes con quienes bailar.

—No han de tardar mucho. Sin duda están arreglándose.

—¿Hasta estas horas? Lo que no hacen las niñas.

—Las niñas ya no se arreglan tanto como los niños, hija.

—En eso tienes razón —dijo doña Tomasa volviéndose a la sala un poco más tranquila y hasta cierto punto halagada como mujer por el pullazo de don Hilario contra los presumidos hombres.

IX

Apenas doña Tomasa había vuelto la espalda, cuando don Hilario veía acercarse un grupo de media docena de jóvenes que llegaban charlando alegremente, con todo el buen humor de los que se dirigen a una fiesta que promete mucho y que no les cuesta nada.

A don Hilario se le volvió el alma al cuerpo y comenzó a frotarse las manos, porque esto ya le quitaba un gran peso de encima, el cual no era tan mortificante para él por la falta que pudieran hacer los jóvenes, como por los continuos cargos que le haría su implacable esposa.

Después del saludo general, dos de los convidados presentaron a otros dos que no lo eran y que don Hilario recibió con tanta mayor complacencia, cuanto que veía una probabilidad más de que no faltarían jóvenes.

Al presentarse en la sala fueron recibidos con igual cariño por doña Tomasa, lo mismo que por las niñas, quienes al fin empezaban a ver compañeros y por consiguiente muy próximo el primer baile.

En efecto, pronto se hizo oír el preludio de una cuadrilla, que difundió por toda la sala la alegría y el movimiento, saliendo los jóvenes en el acto a elegir sus parejas y agitándose hasta las señoras mayores en su afán de arreglar a sus hijas esponjándoles los trajes, sobre todo en la parte por donde se descompone al sentarse.

Se asomaba don Hilario a ver bailar, cuando siente el rumor de una familia que llega, y corre a su encuentro.

Es una mamá con dos hijas y dos jóvenes.

—Señor don Hilario —se apresura a decir la señora después del saludo—, le presento a estos amiguitos que nos hemos tomado la libertad de convidar.

—Muy bien que ha hecho, y le agradezco la oportunidad que me ofrece de conocer a estos caballeros... ¡Adelante! Como en su casa, amiguitos...

Y don Hilario quedó por segunda vez frotándose las manos. A su vez doña Tomasa los recibió con la cara llena de risa, como que el baile había comenzado a dar animación a la fiesta y prometía una noche deliciosa.

La alegría de don Hilario sube de punto al ver acercarse más convidados. Se conoce que ha llegado la hora. No parece sino que se pusieran de acuerdo para dejarse caer... Una, dos, ¡tres familias! Manos le faltan al buen señor para alargárselas a los recién llegados. Además, vienen cuatro jóvenes, convidados respectivamente por las familias. Y esto se explica, porque no es posible que las niñas se expongan —¡qué dirían de ellas!— a no tener quién las saque a bailar ni quién les cante al oído cuando no bailan.

—¡Adelante! ¡Adelante! —exclama don Hilario alborozado y queriendo ahorrar tiempo en las presentaciones.

Con placer ve doña Tomasa que su sala se llena de convidados. Hilario tenía razón. ¡Cuántos jóvenes y cuántas niñas! ¡Y qué de felicitaciones por su aniversario, especialmente de parte de los amables jóvenes! No puede negarse que en esos momentos es cuando se conoce todo el aprecio y el cariño que se tiene por los dueños de casa, a pesar de que muchos los ven por la primera vez en su vida. ¡Oh poder misterioso de las simpatías!

Es verdad que al día siguiente ya suelen enfriarse y perder toda su virtud.

X

A las diez de la noche la casa de doña Tomasa se hallaba llena de gente, con gran satisfacción de la señora y de don Hilario. Los bailes se sucedían sin interrupción en medio de la alegría general. Todo era animación, entusiasmo y cordialidad. De buena gana se hubieran abrazado unos a otros para colmo de dicha tan suprema.

La fiesta no podía haber empezado mejor. No faltaban ya jóvenes para las niñas, ni niñas para los jóvenes. Lo que comenzaba a faltar era espacio y aire para tanta gente.

Don Hilario creyó al fin llegada la hora de abandonar la puerta, porque no era cosa de llevarse allí de plantón toda la noche para esperar a unos pocos rezagados. Pero apenas se había sentado con un platillo de helados en la mano, cuando se le acercó doña Tomasa y le dijo a media voz:

—Ya sería bueno, Hilario, que no llegase más gente.

—Lo mismo me estaba pareciendo a mí, hija —le contestó él, con la boca llena de helados.

—Yo creo que se te ha pasado la mano...

—No, hija, es que están muy quemantes.

—Para convidar, quiero decirte.

—¡Ah...! Pero, si no me engaño, hace poco me hacías cargo de todo lo contrario.

—Déjate de reconvenciones y toma tus medidas.

—Eres tú la que me reconvienes, hija, y sin la menor razón. ¿Qué he de hacer yo si un convidado convida a otro?

—Uno, pase; pero, ¡ya van tantos! En fin, si tú no haces nada, yo iré a ponerme en la puerta.

Y dando un respingo, se retiró abanicándose.

—¡Iré allá! —dijo resignado don Hilario, dejando el platillo y levantándose un poquito disgustado—. ¡Y como vengan a meterse sin ser convidados!

No tuvo mucho que esperar don Hilario para desquitarse cumpliendo lo que había prometido. Tres jóvenes llegaron a la puerta, apresurándose uno de ellos a presentar a sus dos amigos.

—Hace tiempo que estos caballeros, señor don Hilario, tenían vivísimos deseos de conocerlo y ofrecerle su amistad...

—¡Tanto honor! —exclamó don Hilario casi fuera de sí y alargándoles la mano.

—Usted nos dispensará la confianza que nos hemos tomado —dijo uno de los presentados.

—No hay de qué, señores... ¡Adelante!

Y en efecto, pasaron inmediatamente a guardar sus sombreros y abrigos.

Entre tanto don Hilario veía con sobresalto aproximarse otro grupo. Era una familia. Esta vez se adelantó la señora mayor y le dijo:

—En un tris ha estado que no viniésemos.

—¡Qué lástima hubiera sido! ¿Y por qué, señora?

—Porque se le antojó enfermarse a Rufino, y si no es por estos jóvenes que se han tomado la molestia de acompañarnos...

—¡Cuánta bondad!

—Tengo el honor de presentárselos...

—Para mí ha sido, señora... Mucho gusto de conocerlos, caballeros... ¡Adelante!

Doña Tomasa, naturalmente, se disgustaba más a medida que veía llegar convidados, porque en la sala estaban que ya no podían darse vuelta. Alarmada salió al fin y le dijo a don Hilario:

—Por lo visto no has dejado perro ni gato a quienes no has convidado.

—¿Yo, mujer?

—Sí, tú, porque no he sido yo quien ha ido a buscar a todos esos futres.

—Ni siquiera los conozco, hija; en mi vida los he visto.

—Razón de más para que no los admitieras.

—Pero cómo, si me son presentados en toda regla.

—En toda regla se les despide; se les dice que dispensen, que no hay lugar, en fin, cualquier cosa... ¡Yo había de estar en tu lugar! Palabras no faltan...

—¡Lo que es a ella le sobran! —murmuró don Hilario mientras doña Tomasa se volvía a la sala.

XI

Después de todo, no dejaba de encontrarle razón a su mujer, porque ya era demasiado abusar. Y si más tarde había de echarse a perder la fiesta, pasando quién sabe por qué bochornos, mejor era ponerse tieso desde luego. Se persuadió más de esto al recordar que todavía faltaban los convidados suyos, o sea, los de Angelito, pues yéndole muy mal no apearían de una docena.

En eso pensaba cuando vio llegar dos jóvenes a quienes no conocía. «¡Qué pájaros serán éstos!» se dijo don Hilario poniéndose en guardia.

—¿Ha llegado Angelito, señor? —preguntó uno de ellos.

—Todavía no... ¿Se les ofrecía algo?

—Nos ha hecho el honor de convidarnos...

—¡Ah, es verdad! Entonces ustedes son...

—Sí, señor, nosotros somos...

—Vaya, por ser ustedes... ¡Adelante!

En pos de los dos jóvenes llegaron cinco más, dos de ellos invitados por Angelito, siendo los otros convidados por los convidados.

—Aquí te quiero escopeta —se dijo don Hilario proponiéndose darles una buena lección; y luego añadió en voz alta y antes de que los jóvenes dijesen una palabra—: ¿A quiénes tengo el honor de saludar?

—Yo traigo el santo y seña —dijo uno de ellos, que era oficial de ejército y parecía tener el don de la palabra.

—¿El santo? —repitió don Hilario—. Aquí no se celebra ningún santo, caballero.

—Comprendo... Usted, que no es del arma, ignora sin duda lo que es el santo; pero yo se lo voy a explicar en dos palabras, si usted me lo permite y se digna escucharme un momento...

—Hable usted cuanto guste.

—Allá voy: Angelito... este es el santo, me habló, o más bien nos habló en nombre de un amable señor don Hilario...

—Un servidor...

—Esta es la seña.

—¿Yo seña?

—Para el caso es lo mismo... Ya suponía yo que usted era por las señas...

—¿Otra vez las señas?

—Y en verdad que a primera vista he simpatizado con usted. ¡Cuánto gusto de conocerlo!

—Del mismo modo.

—Tiene en mí un amigo y servidor, y cuanto se le ofrezca, aunque nada valgo...

—No diga usted eso.

—Y reciba usted mis más ardientes felicitaciones, como las de mis amigos, unos buenos muchachos, que ya tendrá usted ocasión de tratar cuando en confianza...

—Adelante, caballeros.

—Cuando en confianza, decía, estemos departiendo alrededor de la mesa...

—¡Adelante!

—Brindando por sus bodas de oro...

—No, de plata no más... ¡Adelante, adelante!

Y el oficial entró en la casa, sin dejar de hablar, a la cabeza de su compañía.

—¡Ay! —respiró don Hilario al verse libre—. Me ha dejado mareado, y si como habla va a comer y a beber... ¡Dios lo ampare!

XII

Casi es inútil decir que con todo esto doña Tomasa estaba que echaba chispas. ¿Qué iban a hacer con tanta gente? ¿En dónde meterla? Asientos ya no había ni para las niñas, al menos en la sala. Los hombres formaban grupos en las puertas, en los pasadizos, por todas partes. Los bailes eran casi peleados, porque apenas concluía uno, se precipitaban los comprometidos y formaban tantas parejas, que al fin ninguno bailaba, porque no es bailar eso de ir envueltos y arrastrados por un torbellino de gente que se oprime, se estruja, se pisa, se da de codazos y rodillazos, se estropea y se machuca por todos lados. Y esto respirando apenas, sudando el quilo y con la lengua casi de fuera. Tales son los bailes —¡oh delicia!— que tanto se disputan los jóvenes y por los que se mueren las niñas.

XIII

Ha llegado la media noche y siguen apareciendo convidados. Don Hilario ya no se atreve a rechazar a nadie, por más que su esposa le dirige cada mirada que lo hace temblar. El pobre señor se ha convencido de que no tiene carácter.

Por fin se le acerca doña Tomasa y le dice:

—¡Hasta cuándo, Hilario!

—Eso es lo mismo que digo yo: ¡hasta cuándo!

—Pero no haces nada de tu parte, santo varón. Todo se vuelve: «¡adelante!».

—¡Y qué quieres que haga, por el amor de Dios!

—Plantarte en tus trece.

—¡Qué trece! ¡Si ya van más de cien!

—Yo no veo más remedio que cerrar la puerta.

—La golpean, hija, y entonces tenemos el trabajo de abrirla.

—Pero ¡qué hacemos, hombre! ¿No se te ocurre nada?

—Déjalo no más a mi cuidado: ya no voy a ser más leso.

Con esta promesa doña Tomasa se vuelve a la sala un poco más tranquila. No tardan mucho en llegar varios jóvenes.

—¡Oh, señor don Hilario! —exclama uno de ellos—. Usted nos dispensará por la demora.

—En efecto, han llegado tarde, demasiado tarde...

—No importa.

—¡Cómo que no importa! Mire para adentro...

—En efecto... ¡es una maravilla! ¡Qué animación!

—La casa está materialmente llena de gente...

—Así es como deben ser los bailes...

—Pero ustedes comprenderán...

—Sí, comprendemos su satisfacción. Usted debe estar que no cabe de gozo con tantos amigos que han venido a felicitarlo.

—Cuéntenos usted en ese número —agregó otro.

—Gracias.

—Aunque tarde, no hemos querido privarnos del placer de darle nuestros parabienes.

—¡Muchísimas gracias, señor! —exclama don Hilario deshaciéndose en cumplimientos.

—Y que la Providencia, señor don Hilario —agregó otro—, le reserve un día más feliz que este, el de las bodas de oro...

—Gracias, gracias —repetía don Hilario enternecido y con las lágrimas a punto de saltársele—. No se detengan, señores... ¡Adelante! La casa es chica...

—Pero la voluntad es grande, ya lo sabemos, y luego nosotros los hombres cabemos en cualquier parte.

Y mientras se alejaban los jóvenes, se quedó diciendo don Hilario:

—Está visto que yo no he de saber decir nunca «no», y que nadie tampoco ha de darse por entendido de mis indirectas. Será, pues, necesario hablar claro, ya que así lo quieren.

Todavía estaba afilándose don Hilario cuando creyó oír la voz de Angelito destacándose de otras muchas.

—¡Miren a la hora que se aparece ese condenado! —exclamó—. Y parece que no viene solo.

En efecto, dándose los aires de triunfador, Angelito precedía a ocho jóvenes que a última hora había recogido de café en café y entre copa y copa.

—¡Jesucristo! —exclamó don Hilario—. ¡Si trae un batallón!

—¿He cumplido? —fue la primera palabra de Angelito—. Bastante que me ha costado... Siento mucho no haber podido traer más.

Como don Hilario no despegase los labios, medio aturdido como estaba, dijo con rabia uno de los convidados, que parecía el más alegre:

—¡Vámonos, hombre! ¡A qué has venido a meternos aquí! ¿No ves que este señor nos está diciendo clarito que no entremos?

—Ni por pienso —se apresuró a decir don Hilario, volviendo en sí—. Al contrario, caballeros...

—¡Me gusta! —dijo Angelito—. ¿No los he convidado en nombre del dueño de casa?

—Sí, es la verdad, yo he sido el invitante, y les estoy muy agradecido... Siento no más que la casa no sea más grande... ¡Adelante!

XIV

La llegada de Angelito con su comitiva acabó de repletar la casa y dio también más animación a la fiesta, porque todos habían llegado alegres. Pero esto contribuyó también a aumentar la sofocación general, al extremo de que a muchas mamás empezaba a dolerles la cabeza.

—¿En qué pequé, Señor, para que me hayas castigado así? —decía desesperada una de las señoras.

—Tienes razón, hijita —le contestaba otra—, porque solo para descargo de sus culpas ha podido venir una a esta fiesta... Verdad es que yo lo hice solo por darle gusto a Laura.

—¡Qué bochinche es este, Dios mío!

—Estos no son bailes, niña, sino trocatintas.

—Si he de decirte verdad, a mí no me está gustando nadita que baile Carolina.

—Razón tienes, hijita, porque no es bien visto que una niña como ella esté metida en ese laberinto.

—¡Qué será más tarde!

—Mas tarde va a ser un infierno.

—Lueguito voy a hacer que se siente.

—Me parece bien pensado, y lo mismo voy a hacer yo con la mía, aunque se enoje, que no quiero cargar con pecados ajenos cuando tengo ya bastante con los míos.

—Yo me iría de buena gana.

—También yo; pero ¡qué dirían, antes de ir a la mesa!

—Es verdad, y no es posible desairar así a los dueños de casa.

—Ni tampoco sería propio que nos fuésemos a estas horas sin comer algo.

—¿Qué hora es?

—Las dos.

—¡Las dos! Con razón me lo estaba diciendo el estómago.

—Cómo estarán de fatiga las pobres niñas, ellas que con el baile se sacuden tanto.

—No se les echa de ver, hijita. Míralas como saltan.

—Qué quieres, ¡están en la edad! Acuérdate que nosotras no lo hacíamos tan mal.

XV

En esos momentos, con espanto de doña Tomasa, llegaba gente a la puerta.

—¡Cuánto honor! —exclamaba don Hilario antes de que lo saludase el recién llegado—. ¡Adelante, vecino!

—Mil gracias, señor.

—¡Cómo! ¿Sería usted el primero? ¿Y el enfermo?

—Ya puede suponerlo... con esta bulla de los mil diablos debajo de su misma cama.

—¡Cuánto lo siento! Pero ya queda poco...

—En toda la noche no ha podido pegar los ojos. Usted sabe que hace días no lo deja dormir la fiebre.

—¡Hombre! Entonces no necesitaba de nosotros para estar despierto.

—Pero la bulla, vecino... la bulla.

—Usted comprende que esto no es de todas las noches.

—¡Podía serlo también!

—Me alegro —dijo doña Tomasa que se había acercado—, para que le tomen el peso a las patadas de sus chiquillos cuando nosotros estamos enfermos.

—Y luego cada uno es dueño de divertirse en su casa como se le antoje —dijo uno de los convidados más alegres.

—Yo no hablo con usted —le observó el vecino.

—Entonces será conmigo —dijo otro que acababa de aproximarse—. ¿Se le ofrecía algo?

—Quiere solamente que no metamos bulla.

—¿Nada más que eso? Lo más fácil es que nos vayamos a dormir para darle gusto a este caballero.

—Es que tengo arriba un enfermo, señor —dijo con rabia el vecino.

—¡Ah! ¡Eso es distinto! ¿Por qué no lo había dicho? Tráigalo para abajo y verá como sana.

—Se conoce que ustedes no están enfermos.

—¡No faltaba más! —exclamó uno.

—Eso ¡quién sabe! —agregó otro que estaba con media cara hinchada.

Viéndose así mofado, el vecino dio media vuelta y se ausentó echando pestes.

XVI

—Vamos nosotros a cenar —dijo don Hilario—, que ya es hora.

—¡Santa palabra! —exclamó el del cachete hinchado, sin duda para probar que no estaba del todo impedido.

—Llevaremos las niñas —dijo uno corriendo a la sala, y tras él los demás.

Pronto se vio el desfile de las parejas, ocupando las señoras sus asientos alrededor de una mesa espaciosa y cubierta de manjares, vinos, frutas, dulces y flores. Allí había una provisión tan abundante, que parecía difícil poderla consumir, no diremos en lo poco que quedaba de noche, pero ni aun en todo el día siguiente.

Doña Tomasa y don Hilario se instalaron en sus puestos de preferencia.

No se dejó vacío un solo asiento, y aun así quedaron para la segunda mesa, además de los hombres, algunas de las niñas.

En el comedor no debían admitirse más jóvenes que aquellos que tuviesen el salvo-conducto de ser aptos para descuartizar las aves; pero pronto fueron entrando otros a título de sirvientes, y tras éstos, otros más como comedidos o simples curiosos.

Es verdad que ya eran más de las dos de la mañana, y el hambre crecía, haciéndose tanto más insoportable cuanto que la vista de la mesa, el ruido de los platos, botellas y vasos y hasta el aire espeso que allí se respiraba eran una poderosa tentación, casi un martirio.

Las niñas debían comprender el suplicio de Tántalo de aquellos jóvenes, porque a cada momento se volvían algunas y les decían:

—¿Le paso una presita?

—No se incomode por mí.

Pero alargaba la mano y se la comía.

—¿Le doy una tajadita de jamón?

—Mil gracias, no tengo apetito; pero ya que usted se ha dignado acordarse de mí...

Y sin apetito se la engullía.

—¿Esta aceitunita, caballero?

—Vaya por ser de su mano.

Como se comprenderá, todo esto no hacía más que poner de peor condición a los hambrientos, porque los dejaba con la miel en los labios.

La situación de los que esperaban en la sala no era más envidiable. Cada bostezo decía hambre y sueño. Y ya había pasado una hora: eran más de las tres de la mañana.

—¡Qué largo va esto! —exclamaba uno desesperado.

—Lo que falta es que se lo coman todo —agregaba otro.

—Al paso que vamos —decía un tercero mirando el reloj—, a nosotros nos va a tocar almorzar.

—¡A qué demonios convidarán tantos!

—Lo malo está en no poner mesa permanente.

—¡No viniese un temblor! —exclamó uno de los más aburridos.

—O el cólera —agregó otro.

—A propósito —preguntó el primero—, ¿de qué estará enfermo el de arriba?

—¡Que fuera a tener viruelas!

—No sería raro, porque en esta calle ha habido muchos casos.

—¡Una idea! —exclamó Angelito—. Para que nosotros cenemos pronto, vamos a correr la voz de que el enfermo de arriba tiene la peste.

—¡Magnífico! Bien dicen que más discurre un hambriento que cien letrados.

Y desde ese momento empezaron a correr el siniestro rumor.

XVII

No habrían trascurrido cinco minutos cuando don Hilario y doña Tomasa notaron con gran sorpresa que las señoras se inquietaban, mirándose unas a otras y dejando algunas sus asientos.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó don Hilario.

—Nada —dijo una de ellas—, me retiro, y ustedes me disculparán, porque me siento algo indispuesta.

—Lo mismo yo... no sé qué me ha dado —agregó otra levantándose.

Y tras ellas siguieron otras, hasta que por fin dijo Angelito:

—No tengan miedo, porque es peor. Lo más malo es hacerle caso a la peste.

Todo fue decir «peste» y levantarse de carrera las señoras y las niñas.

—¡Qué es esto! —exclamó doña Tomasa levantándose como las demás.

—¿Qué peste es esa? —preguntó don Hilario.

—La de viruelas —dijo una voz.

—¿Dónde?

—¡Dónde ha de ser! ¡Arriba! ¡Arriba! —exclamaron muchos a la vez.

—El vecino —dijo doña Tomasa.

—¡Comprendo! —exclamó don Hilario—. No se alarmen que esa es una venganza del vecino, que hace poco se fue de aquí echando pestes.

—Ciertos son los toros.

—¡Don Virginio! ¡Don Virginio! —gritó don Hilario.

Casi en el acto don Virginio asomó la cabeza por el balcón diciendo:

—Aquí estoy. ¿Se le ofrecía a usted algo?

—Mire el alboroto que ha venido a armar su enfermo.

—¡Mi enfermo!

—Dicen que tiene viruelas.

—No hay tal...

—¡Ya lo ven!

—Y aunque así fuera, nadie tiene que ver con eso —añadió don Virginio retirándose del balcón.

—¿En qué quedamos, don Virginio? —continuó don Hilario—. ¡Don Virginio!

Lejos de calmarse, la alarma cundió más con la vaga contestación de don Virginio, y todas, algunas con la boca todavía llena, empezaron a salir precipitadamente en busca de sus abrigos.

En vano trataban de atajarlas don Hilario y doña Tomasa.

—Es claro —decía una señora—, se empeñan en ocultarlo para que no se lo lleven al lazareto.

—Si no ha podido darlo a entender mejor ese don Virginio —agregaba otra.

—Esta ha sido como una trampa que nos han armado —decía una de las niñas.

—A mí también me parece que ha sido trampa —dijo Angelito con intención.

—Y yo que no soy ni vacunada.

—¡Qué dejación de madre! —exclamó Angelito.

—Con razón a mí me estaba doliendo ya la cabeza —dijo una señora.

—Aprensión nada más.

—Eso debe ser, porque a mí ya me había dado la peste.

XVIII

El desbande fue completo, y tan rápido, que muchas no alcanzaron ni a despedirse de los dueños de casa.

El campo, es decir, la mesa, quedaba para los hombres. En un momento fue rodeada, asaltada y rendida. El que no había alcanzado un asiento la emprendió de pie y a mano con un denuedo propio de la hora y de la situación.

XIX

A medida que se iba comiendo y bebiendo, la zalagarda se hacía más insoportable, no obstante el enfermo de la vecindad, de quien nadie se acordaba en esos momentos.

Don Hilario y doña Tomasa se habían refugiado en la sala para descansar de las agitaciones de la noche; pero el reposo duró muy poco, porque la señora no podía estar sosegada, o mejor, no podía dejar un momento quieto a don Hilario.

—¡Lucidos hemos quedado con tus disposiciones! —le decía.

—Pero, ¿qué he dispuesto yo, hija? ¿Acaso hago otra cosa que obedecerte y darte gusto en todo?

—¿Quién te había mandado eso de ponerte a gritar a don Virginio?

—Como decían que el enfermo tenía viruelas...

—Le diste ocasión de vengarse.

—Después de todo, Dios sabe lo que hace, hija, porque con tanta gente no íbamos a concluir nunca.

—Mucho peor va a ser ahora que están ellos solos... ¿Oyes? Mira la bulla que meten... como si estuvieran en una chichería. Allí es donde está la peste.

—No digas eso, que pueden oírte.

—Hazme el favor de no contradecirme, Hilario.

—Si yo no te contradigo, hija; tienes razón, esa es la peste, como tú dices, y por lo mismo es preciso concluir.

—O que concluyan ellos con cuanto hay en la casa.

—Es igual.

—¿Cómo ha de ser igual?

—Dices bien, hija; es desigual.

—Déjate de gracias, Hilario, que no estoy para bromas.

XX

En esos momentos llegaba un mozo a anunciar a don Hilario que el pan se había concluido.

—Que coman sin pan —dijo doña Tomasa.

—Pero, hija...

—No me repliques, Hilario.

—Está bien, que coman sin pan.

—Es el caso, señor —agregó el mozo—, que también se ha concluido el vino.

—No puede ser —dijo doña Tomasa.

—¿Qué crees que se ha hecho entonces? —le preguntó don Hilario.

—Tú lo sabrás.

—Yo no sé nada, sino que se lo han bebido, y bien bebido está, que para eso era.

—¡Pero tanto, hombre!

—Más era el pan y se lo comieron.

—En fin —dijo resueltamente doña Tomasa—; que cenen con cerveza.

—¡Con cerveza! —exclamó don Hilario.

—Eso sería lo de menos —observó el mozo—, con tal de que la hubiera.

—¡Cómo! ¿También se han concluido la cerveza? —preguntó abriendo tamaños ojos doña Tomasa.

—Tempranito, señora, con el calor del baile y la conversación.

—Entonces que cenen con agua.

—Supongo —agregó don Hilario—, que el agua no se habrá concluido.

—Todavía queda, señor —contestó ingenuamente el mozo.

—En último caso que no beban ni agua —dijo la señora—, y así se irán más pronto.

—Me parece bien pensado —dijo don Hilario—. Los sitiamos por hambre.

—¡Cómo por hambre! ¿Te parece poco lo que había?

—Para ellos, ya lo has visto, no era mucho, porque no les ha alcanzado. De todos modos, bueno es que les cortemos los recursos.

—Lo que yo les cortara de buena gana —dijo doña Tomasa—, sería el gas.

—¿Estás loca? —exclamó don Hilario.

XXI

En esos momentos apareció Angelito, y al verlo don Hilario tan colorado y medio tambaleándose, le dijo a su esposa:

—Dime ahora si era mucho el vino.

—Al contrario, esto me prueba que no era poco —le replicó ella.

—¿Qué tal mi estratagema, don Hilario? —le preguntó Angelito.

—¿Estratagema se llama eso?

—Yo fui el autor.

—Pues yo pensaba que había sido el vino.

—No me entiende usted. Yo fui el autor...

— ¿Autor de la que se ha armado allá adentro?

— No, de la peste.

—¡Con que tú fuiste, Angelito! —exclamó doña Tomasa.

—Yo pensaba que ustedes ya lo habían sospechado.

—Ni pizca —dijo don Hilario—, porque no te creía capaz de semejante bribonada. ¡Miren que ha sido ocurrencia!

—Pero yo los castigaré —dijo doña Tomasa—, valiéndome de otra estratagema. Hilario, anda a cerrar la llave del medidor.

—¿Estás en tu juicio?

—Entonces voy yo.

Y doña Tomasa se levantó.

—¡Bravo! —dijo Angelito—. Pero aguárdense, que voy a buscar mi sombrero antes que se me pierda.

Y echó a correr, mientras don Hilario decía entre dientes:

—Este borracho no pierde la cabeza.

XXII

Viendo don Hilario que su esposa se decidía a llevar a cabo su resolución o estratagema, trató de disuadirla; pero en vano.

—Solo te pido que cierres la llave, Hilario, y esto es muy fácil.

—Para ti todo es fácil, hija.

—No me contradigas, Hilario, porque soy capaz de morirme.

—Esto no es contradecirte, Tomasa, sino negarme a ser el autor, como dice Angelito.

—Entonces lo seré yo —dijo doña Tomasa dirigiéndose a la puerta.

—Ni tú ni yo —repuso don Hilario sujetándola.

—¡Cómo!

—Porque con mandar a un sirviente y echarle la culpa a él...

Y en efecto, así lo hizo don Hilario, quedando luego la casa alumbrada solo por la luz de la aurora que empezaba a despuntar.

La fiesta terminaba como los bailes de máscaras, apagando el gas.

Aunque don Hilario se ocupó en dar satisfacciones diciendo que era una torpeza del criado, al día siguiente sabían todos por boca de Angelito que doña Tomasa había sido la autora del gas, así como él fue el autor de la peste.

XXIII

Desde entonces quedó escarmentado don Hilario, y cada vez que tiene una fiesta pasa esquela de convite con la nota personal, que recomendamos a los dueños de casa, si no quieren ser víctimas del proverbio Un convidado convida a ciento.

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índice

La procesión de San Pedro

I

Doce años hará que esta fiesta, una de las más populares, fue suprimida en Valparaíso. Los verdaderos católicos experimentaron gran satisfacción, porque de ese acto religioso se había hecho una fiesta profana, una verdadera bacanal, como que en las embarcaciones se cantaba, se bailaba y se bebía, dando lugar a escenas y desórdenes que no estaban en armonía con la moral cristiana.

En cambio, los pescadores creyeron con la mejor buena fe que iba a concluirse el pescado, así como los fleteros y lancheros dieron por perdida su otra pesca, la de los pesos que sacaban llevando en sus embarcaciones a los devotos del santo, que no eran muchos, y a los devotos de la diversión, que lo eran casi todos.

Después hemos podido ver que la pesca ha seguido más o menos lo mismo, y que si algo ha disminuido no ha sido el pescado sino el pecado.

Día ha de llegar en que se reconozca la conveniencia de suprimir las demás procesiones públicas, por causar mayores males que bienes al culto católico.

II

La procesión de San Pedro chocaba desde su colecta. Meses antes de la fiesta empezaba a recogerse en una gran bandeja la limosna que se pedía en el comercio y el vecindario, siendo de los primeros en contribuir los pescadores de todos los contornos.

Mientras se echaba este lance, no a los peces sino a los pesos (plata sonante), que era el primer milagro del santo, los pescadores y los fleteros iban reparando y pintando sus embarcaciones a fin de tenerlas flamantes para la gran fiesta marítima, que para ellos era otra pesca milagrosa.

Con mucha anticipación se contrataban los botes, ya para familias o ya para jóvenes, yendo éstos a veces de bogadores, en cuyo caso solían convidar a sus amigas de confianza.

Era tanta la demanda de embarcaciones, que la víspera de la fiesta ya estaba comprometido hasta el último cachucho de Valparaíso y sus cercanías. Los que no alcanzaban a disponer de ellos tenían por fortuna, o por desgracia, el recurso de las lanchas, en donde los paseantes iban estivados, revueltos, en permanente agitación y barullo, pero no por eso menos alegres y divertidos, sobre todo si había zamacueca con su correspondiente dotación de niñas sandungueras y mozos alegres.

III

Otra de las dificultades de esta fiesta marítima en pleno invierno, en el día del más llorón de los santos y en una bahía como la de Valparaíso, tan expuesta a los rigores del norte como a los del sur, era el estado del tiempo. Cuando no llovía, había temporal de norte o huracán de sur, viéndose por esto el cura obligado algunos años a postergar la fiesta repetidas veces.

IV

Bajo la impresión de una de estas contrariedades, la falta de bote, se hallaban varios jóvenes la víspera de la fiesta —hará de esto treinta años— en el muelle de pasajeros, adonde habían ido inútilmente dispuestos a pagar lo que les pidiesen por una chalupa.

—¿Qué hacemos? —preguntó al fin uno de ellos.

—Yo voy por mar a toda costa —contestó otro, a quien llamaban desde el colegio el «Futre Veas» porque andaba siempre muy acicalado y tan limpio de ropa como de bolsillos.

—Yo prefiero ir a caballo —dijo otro.

—¡Cómo a caballo!

—Por tierra. Voy a la Caleta a recibir el santo.

—Yo a caballo por mar —dijo el Futre Veas—, aunque sea montado en un palo, con tal de que flote.

—Cuenta conmigo —le dijo uno de los que eran de su misma opinión.

—Y conmigo —agregó otro.

—Aceptado.

Y se despidieron, quedando convenidos en reunirse al día siguiente los que se proponían ir por mar.

V

Llegó por fin el ansiado día, el cual parecía presentarse engalanado para la fiesta, porque sus atavíos no eran los ordinarios del mes de junio. Un sol ardiente y la brisa de sur que empezaba a sentirse se neutralizaban recíprocamente, haciendo templada y grata la temperatura. El azul del cielo reproducía sus tintes suaves y puros sobre el tranquilo mar, el cual comenzaba a ser surcado por algunas embarcaciones embanderadas que, cual gaviotas, parecían juguetear navegando sin rumbo fijo.

Muchos de los buques mercantes surtos en la bahía se hallaban empavesados, como un homenaje de sus católicos capitanes al santo que iba a salir en procesión.

Día tan hermoso, casi inusitado en semejante estación, había despertado sin duda mayor entusiasmo en la muchedumbre, queriendo ir todos por mar a la fiesta. Por esto se vio desde temprano la ribera poblada de gente que esperaba el momento del embarque.

Los botes, chalupas, canoas, bongos y demás barquichuelos estaban en su mayor parte varados en la playa, tanto del Puerto como del Almendral, aguardando también la hora.

Las lanchas cargadoras habían dejado sus fondeaderos y atracado a distintos puntos de la playa en demanda de pasajeros, esta vez en mayor número que otros años, porque el agolpamiento de la gente despertó desde temprano la codicia de los lancheros. Nos referimos a los bogadores, porque este negocio lo hacían ellos por su cuenta, sin que sus patrones les exigiesen parte ninguna por la embarcación. De aquí el empeño por llenar las lanchas, estableciendo para el efecto una tarifa de pasajes que empezaba por un real, después bajaba a medio, y por último, cuando el santo iba ya navegando, a cuartillo.

Este negocio solía retener las lanchas en tierra hasta una hora muy avanzada, habiendo algunas que se largaban con su desesperada carga, después de protestas y conatos de sublevación, cuando ya el santo venía de regreso.

—¡Embarca! ¡Embarca! —gritaban, como el capitán Araña, los astutos lancheros, conduciendo de la mano, atentos y solícitos, a sus alegres pasajeros (hombres, mujeres y niños) por el angosto tablón que a guisa de trampolín servía de puente entre la playa y la lancha.

A pesar de la inseguridad del puente, raro era el que caía al agua en esos momentos. No sucedía así al desembarco, porque estando pagado el pasaje, al lanchero le importaba poco la seguridad de las personas, limitándose esta vez a gritar desde su embarcación cada vez que se recogía la ola:

—¡Ahora! ¡Ahora es tiempo! ¡Saltar, hijitos, que se va la lancha! ¡Vivos, vivos, que nos largamos!

Y unos corriendo, otros a saltos, las mujeres temblando y haciendo equilibrio, descendían por el tablón de cimbra, cayendo muchos al agua de alto abajo al pisar la reblandecida arena, en medio de las risotadas de la multitud que acudía a divertirse con este animado espectáculo.

El que menos se mojaba hasta los tobillos, otros hasta la rodilla, y mujeres había que salían caladas de pies a cabeza, cuando no quedaban sentadas o largo a largo en el tablón como diciendo: que caigo, que no caigo.

VI

Nada de esto, sin embargo, cruzaba por la imaginación de los entusiasmados paseantes en los momentos que precedían a la fiesta.

El pensamiento fijo, la resolución irrevocable de todos, hombres y mujeres, era embarcarse, ir a navegar en compañía de San Pedro.

¡Y luego aquel día se presentaba tan risueño y propicio!

La brisa misma, refrescando a medida que se acercaba la tarde, desplegaba y batía las innumerables banderas y gallardetes de las embarcaciones, avivando el entusiasmo general.

La lancha del santo, fondeada cerca de la playa, frente a la plaza de la Victoria, era otra tentación irresistible con su empavesado completo, su gran bandera pontificia al tope del mástil, y más arriba, en forma de cataviento, el simbólico y reluciente pescado girando y enviando en todas direcciones sus plateados reflejos.

VII

Cuando el Futre Veas y sus dos amigos llegaban a la playa en busca de pasaje, el embarque empezaba y poco más tardaría en llegar la procesión para hacer lo mismo. No había, pues, tiempo que perder.

—¡Qué casualidad! —exclamó el Futre—. Aquí tenemos un peladito.

Y dirigiéndose al patrón del pelado (bongo, sin falca ni palo de balsa a sus costados), entró en arreglos para tomarlo por todo el día. Cerrado el trato, pagó uno de los jóvenes, preguntando otro:

—¿No será celoso?

—Naditita, patrón —dijo uno de los pescadores—. En sabiéndolo gobernar se puede ir con él hasta California.

Con esta seguridad entraron los tres en la frágil embarcación, se desnudaron de sus levitas, el Futre de su frac, que entonces estaba muy de moda, cogieron I0s remos, y el bongo fue lanzado mar afuera ayudado por los pescadores.

Comenzaban a bogar cuando una ráfaga de viento le echa al agua el sombrero a uno de ellos; dos se apresuran a cogerlo cargando a la vez el peso de sus cuerpos a una sola banda; el pelado se tumba y por fin zozobra, quedando los tres nadando en medio de la algazara y rechifla de los innumerables espectadores de mar y tierra, muchos de los cuales gritaban:

—¡Favorézcanlos!

—¡Que se ahogan los futres!

— ¡Chúcaro les salió el macho!

—¡Agárrenlos, que el peso de la plata se los lleva a fondo!

— ¡Déjenlos solos, que los futres boyan!

— ¡Son de palo de balsa!

—¡Viva San Pedro!

—¡Viva el Futre Veas!

En medio de las bromas salieron los tres jóvenes a tierra, en donde esperaron el bongo para buscar sus levitas y sombreros, que encontraron por fortuna, si bien en el estado más deplorable.

—Vamos a cambiarnos pronto la ropa —dijo el Futre—, que todavía tenemos tiempo de darnos otro baño.

Y los tres se dirigieron a sus respectivas casas poco menos que de carrera.

VIII

Mientras tanto seguía el embarque de gente, pero ahora con más decisión, porque ya se sentían los ecos de la música y las detonaciones de los voladores, lo que demostraba que la procesión iba acercándose a la playa.

En efecto, momentos después comenzaban a desembocar por las calles que conducen a la ribera enormes masas de pueblo que se desparramaban por la playa, embarcándose los unos en las lanchas y quedando los otros como simples espectadores. En seguida venía la procesión, y por fin el santo.

Grandes canoas de pescadores que había atracadas a tierra empezaron a recibir y trasportar a la lancha, primero al santo, al cura y todo el séquito religioso, inclusos la cruz alta y los ciriales, y por último a la banda de música con su bombo, su redoblante, sus chinescos y serpentones de tarasca abierta.

Una vez dentro de la canoa, todos se ponían en cuclillas y se agarraban a dos manos a las bordas de la embarcación para contrapesarla bien, pues cualquier movimiento algo brusco podía hacerla perder el equilibrio y costarles un baño, como al Futre Veas y sus compañeros.

Afortunadamente todo se hizo muy en orden, hallándose pronto la lancha del santo lista para largarse.

San Pedro con su canosa y poblada barba, sentado en una especie de trono improvisado en la lancha, se destacaba de su séquito con su brillante tiara en la cabeza y las llaves del cielo en la mano.

En esos momentos se habían agrupado las embarcaciones alrededor de la del santo, formando una barrera que hacía difícil, casi imposible, la salida. Pero los remeros dieron su primera palada, rompió la música, los voladores surcaron el espacio, los cohetes tronaron dentro de las lanchas, y un viva general a San Pedro fue la señal de partida.

La flota comenzó luego a moverse y a esparcirse, impulsada no solo por los remos sino también por la brisa, que parecía querer contribuir al éxito de la fiesta llevando al convoy viento en popa.

IX

En pocos instantes la procesión se alejó de la playa, y cuando llegaba el Futre veía con inquietud que ya la flota iba perdiéndose entre los buques y haciendo rumbo al noroeste. Sin aguardar a sus compañeros se precipitó en una lancha que en esos momentos retiraba el tablón para largarse, siendo él el último de los pasajeros.

Al encontrarse a bordo y recordar el baño que acababa de darse, vio que esta vez iba seguro, y dijo para sí:

—Barco grande, ande o no ande.

Luego observó que no había caído tan mal, porque la lancha tenía en el centro un entarimado cubierto con alfombras que hacía las veces de primera cámara y en donde se hallaban sentadas algunas personas, entre ellas varias niñas, y entre las niñas un barrilito y una guitarra.

El resto de la lancha, a popa y proa, se hallaba apretado de pasajeros de cubierta o de cargazón.

A cargo de la embarcación iba un capataz de lanchas, quien la había destinado a su familia y amigas, sin perjuicio de hacer fletes para ayudar a costear el paseo.

Apenas se embarcó el Futre, que era de lo más decente que ahí se veía, dijo una de las niñas:

—¿Por qué no convida a ese caballero, ño Cartagena?

—Pase, patrón —le dijo Cartagena—, que no faltará un rinconcito, aunque sea entre las niñas.

—Muchas gracias —contestó el Futre avanzando por la borda, con peligro de darse otro baño, hasta llegar al centro de la lancha.

—Por aquí, joven —le dijo una de las niñas haciéndole lugar a su lado.

—¡Tanto honor! —exclamó el Futre sentándose y pagando el hospedaje a la cariñosa niña con una dulce mirada.

—Para mí ha sido, caballero —le contestó ella.

En esos momentos un viva general anunció la partida de la lancha.

—¡Todo el mundo arriba! —gritó Cartagena—. ¡Agarremos viento para alcanzar la procesión!

Y así lo hicieron los de popa y proa, poniéndose todos de pie y abriendo al viento los brazos con mantas, pañuelos y sombreros.

—¡Caza el foque! —gritó uno cogiendo los extremos de la bandera de proa, que luego se infló como una vela.

La lancha empezó luego a correr, más impulsada por el viento que por los remos.

Y a medida que se alejaba de la playa, la brisa refrescaba más, acelerando la marcha con gran regocijo de los paseantes.

X

La conversación iba animándose también entre los de cámara.

El Futre estaba muy orondo, porque le había tocado sentarse al lado de la niña más joven y mejor parecida, con la ventaja todavía de haber simpatizado con él y de ser sobrina de Cartagena, el dueño de la lancha, como quien dice el dueño de casa.

Al Futre le gustó la muchacha desde el primer momento, porque era amable, de fisonomía dulce y con unos ojitos melancólicos que aparecían más seductores con las ojeras que los sombreaban. Algunas pequitas, signo de sensibilidad, según dicen, se hacían ver diseminadas como al acaso en su blanco y terso cutis.

Sin embargo, tenía el defecto de ser muy pulida para hablar, lo que ponía más en evidencia con el lastimoso abuso que hacía de las dees.

El Futre la caló muy pronto, porque al preguntarle por su nombre, ella le contestó:

—Es muy fedo, señor. Nieves, para servirle.

—Al contrario, es muy lindo... Nievecitas...

—Usted quiere burlarse, caballero.

—¿Tan mal me juzga, señorita?

— ¡Quién se fida de los hombres!

—Con usted jamás cometería semejante crimen. Primero me trague la tie... el mar, que diga.

Y en el mismo instante se sintió algo como un temblor que hizo estremecer la embarcación y dar gritos de angustia a las mujeres, cayendo varios de los hombres al fondo de la lancha en medio de grande algazara.

Nievecitas quedó abrazada del Futre, quien parecía haber invocado aquella desgracia con su imprecación.

—¡No hay cuidado! —gritó Cartagena—. ¡Ha sido una boya que no vimos! ¡Qué hacen esos proeles que no avisan!

Al ver el Futre a su compañera pálida y trémula, le dijo:

—Parece que se ha asustado, señorita.

—¡Ay! —exclamó ella—. ¡Si me he quedado frida!

—¿Por tan poco? —le preguntó el Futre sin poder disimular la risa.

—Pero no se esté riendo, señor de... ¿Cómo es su nombre?

—Luciano Veas, por mal nombre El Futre, para servir a usted.

XI

Al Futre le empezaron a hacer gracia las dees de Nievecitas, porque les encontraba cierta suavidad que la sentaba muy bien. Por esto trataba de buscarle la boca.

—El viento sopla cada vez más fuerte —le observó—. ¿Usted no se marea?

—Me parece de que no, porque una vez fui hasta el Callado con mi tido, y en todo el viaje no supe lo que era el maredo.

—Es una felicidad.

—¡Ay! Dicen que se sufren agonidas de muerte. Y usted, don Luciano, ¿nunca se ha mareado?

—Jamás, señorita; pero hoy lo temo mucho, porque estando a su lado no es tan fácil resistir.

—Déjese de lisonjas, señor Vedas.

Y Nievecitas clavó sus ojos en los del Futre, quien dejó escapar intencionalmente un largo suspiro.

XII

En esos momentos Cartagena daba orden de cantar una zamacueca, a la vez que empezaba a servir chicha a los de cámara.

El primer baile le tocó al Futre con su rendida compañera; pero a pesar del entusiasmo y la animación, trabajo les costó concluir la cueca, porque comenzaban a orzar y la lancha se balanceaba con la marejada que recibía de costado.

Es verdad que esto, hasta cierto punto, daba más animación al baile, porque la falta de estabilidad hacía perder el equilibrio a los danzantes, quienes andaban en su doble danza —la de ellos y la de la lancha—,de un lado para otro, hasta que por fin iban a caer en brazos de los espectadores o se sujetaban y entrelazaban ellos mismos en medio de los aplausos de los demás.

Tras el baile vinieron los cohetes y los vivas, que eran con testados por las tripulaciones de los buques a cuyos costados pasaban.

El paseo no podía ser más feliz. Todos iban alegres y en la mejor armonía. La lancha corría cada vez más impelida por el viento, hallándose ya muy cerca del convoy.

Es verdad que ya comenzaba a verse entre las mujeres una que otra cara pálida, no por causa del miedo, sino del mareo.

—¡No hay que cambiar la peseta! —les decía de vez en cuando el tío Cartagena—. Para adentro todo lo que quieran.

Y daba el ejemplo echándose al cuerpo un vaso de chicha.

—Así también va a marearse, tido —le observaba su sobrina.

—Al contrario, esto es contra el mareo —le contestaba él.

—En ese caso —dijo el Futre Veas—, vamos suministrando la medicina a las enfermas.

Y empezó a pasar chicha a las que parecían en más grave estado.

—Dele a Serafina —dijo Nievecitas aludiendo a una de las niñas que se distinguía de las demás por tener la cara llena de solimán y carmín.

—No tengo ganas...

—No importa.

—Vaya, haré un empeñito —dijo recibiendo el vaso—, porque... ¡ya no puedo más!

—Cualquiera diría que está mejor que todos nosotros —observó el Futre—, porque no se le conoce en la cara. ¿Mareada y con esos colores?

Nievecitas, que, dicho sea en su honor, no tenía la costumbre de pintarse, al oír las palabras del Futre se puso como una grana.

—¡Cómo! —exclamó él entonces—. ¿También usted, Nievecitas, se pone colorada? ¡Se va a marear como su amiguita!

En esos momentos la lancha, levantada por una ola, dio un balance que hizo rodar a algunos y tambalear a otros, en medio de los gritos de las mujeres y las risotadas de los hombres.

—¡Andar! ¡Carga a babor! —gritó Cartagena.

—¡Viva San Pedro! ¡Viva! —gritaron los demás.

La lancha navegó mejor con la virada a favor del viento; pero también así se apartaba de la procesión, que ya tenían muy cerca. Viendo esto Cartagena, volvió a gritar:

—¡Orza un poco! ¡Carga a estribor!

Pero apenas la lancha presentó el costado a la marejada, comenzaron de nuevo los balances y los gritos de las mujeres, quienes se asían unas con otras para no caer.

—¡Qué me daría venir! —exclamaba una.

—¡No me volverá a suceder! —decía otra.

—¡Y para esto todavía tiene una que pagar encima!

—¡Padre mío San Antonio!

—¡Ese santo casamentero no tiene que ver con la mar! —gritó Cartagena.

Nievecitas, que había navegado, como ella decía, hasta el Callado, animaba a sus compañeras.

—No tengan miedo, niñas —les decía—. Esto no es nada todavida.

—¡No es nada! —repitió otra que estaba con semblante cadavérico—. No es nada...

Y no pudo continuar, porque las náuseas la obligaron a abrir la boca, ejemplo que fue imitado por otras que parecían estar esperando solo que rompiesen el fuego.

—¡Bueno! ¡bueno! —dijo Cartagena—. No hay cosa mejor para la salud. Ojalá pudiese yo ablandarme.

Y se echó al cuerpo un vaso de chicha.

—Al fin va a salirse con la suya, tido —le observó su sobrina.

—Será muy bueno para la salud —dijo una con los ojos llenos de lágrimas de tanto hacer fuerza—; pero... ¡ayayai, qué fatiga! ¡Yo me muero!

—No te atribules, niña —le dijo Nievecitas.

—No es ¡ay! la atribulación, sino el mareo.

—¡Cómo ha de ser! Quien no se arriesga no pasa el rido.

—Aprendan de Nievecitas —les dijo el Futre.

XIII

En esos momentos se incorporaban al convoy, que pasaba ya por entre las naves de guerra.

El mareo era general, una verdadera epidemia, pues no había casi embarcación en donde no se presentasen algunos casos, con gran diversión de las tripulaciones de los buques, que veían pasar la procesión agrupadas en sus balcones, los castillos de proa.

Como allí el viento y la marejada aumentaron mucho, hallándose además todas las embarcaciones medio atravesadas a la mar, el balance fue mayor, al extremo de empezar a chocar unas con otras. Sin duda por esto la lancha del santo comenzó a virar para tierra, y con ella toda la flota.

Aquí fue lo bueno. Los botes pequeños empezaron a ahogarse con el agua que les entraba por la proa, tanto en fuerza del viento como del oleaje que formaban las mismas embarcaciones. Las lanchas, casi todas a dos remos y llenas de gente, no podían arribar, a pesar de que para ayudar a los bogadores se apegaban a los remos los más fornidos de los paseantes.

Pronto comenzaron todos a perder el rumbo, y en pocos momentos quedó el convoy en dispersión completa.

La misma lancha del santo apenas podía ir avante con sus cuatro remos y el remolque que le daban las chalupas fleteras.

A los gritos de júbilo habían sucedido los de mando de los patrones y las maldiciones de los bogadores mezcladas con los ayes de las mujeres.

Todo el empeño de los hombres era animar y bogar duro y parejo para que el viento no se los llevase.

XIV

—¡Proa a la mar! —gritaba Cartagena al ver su lancha atravesada, ayudando con todas sus fuerzas a manejar la bayona—. ¡Hala, hala, muchachos, que vamos para atrás!

Y en efecto, lejos de avanzar retrocedían como las demás lanchas.

El Futre, mientras tanto, se ocupaba en atender y consolar a las niñas, las cuales empezaban a llorar y a pedir socorro.

El viento, lejos de calmar, seguía arreciando.

La lancha del santo se aproximaba a tierra, seguida de los botes más ligeros, dejando a los demás abandonados a su propia suerte.

—¡Hala, hala duro, muchachos! —repetía Cartagena en medio de la confusión y la alarma.

Pero la lancha no obedecía sino al viento y la mar, que aumentaban a medida que era arrastrada hacia afuera.

—¡Con mil diablos! —exclamó Cartagena—. El viento puede más que nosotros: nos lleva como una pluma.

Las mujeres se pusieron a llorar a moco tendido, mientras que los hombres gritaban todavía:

—¡Viva San Pedro! ¡Viva...!

—¿Cuántas millas iremos andando?

—¿Echamos la corredera, capitán?

—¿Adonde vamos después de todo?

—Mañana a estas horas estaremos en Coquimbo.

—Si no nos quedamos en el camino.

—¿Habrá bastantes víveres para el viaje, capitán?

—En último caso nos rifamos para comernos.

—¿No sería mejor comenzar por las niñas?

—Si es así, yo tengo hambre.

—Ya podríamos merendarnos algunas.

—¡Imposible! —exclamó Cartagena desalentado—. No hay más remedio que poner proa a aquella fragata —añadió señalando un buque inglés que se veía muy a sotavento y un tanto hacia el oeste, por lo que era necesario inclinar el rumbo haciendo navegar la lancha casi a bolina.

Y no fue poca la que se armó cuando Cartagena dio la voz de mando y se atravesó la embarcación, empezando un balance que no permitía estar de pie, a menos que se sujetasen de algo o ellos mismos entre sí.

XV

Mientras unos caían y otros se levantaban, Nievecitas, pálida y triste, comenzaba a sentir los síntomas del mareo.

—¡Cómo! —exclamó el Futre—. ¿También?

—¡Si es tan grande el temporal! —contestó ella.

—Ahora que íbamos para el Callado.

En medio de los saltos de la lancha, de los vaivenes y porrazos de la gente, del agua que principiaba a entrarles por el costado a cada balance, de las lamentaciones de las mujeres y los juramentos de Cartagena, los rotos empezaron a cantar:

¡Sí, sí, mi amor,
¡Me voy para el Ecuador!

En lo mejor del canto una mar azotó la lancha, levantando un penacho de agua que los empapó a todos y dando la embarcación una cabezada tan grande, que muchos cayeron o se precipitaron en el fondo de la lancha, entre ellos el Futre, quien produjo un ruido extraño, como de algo que se quiebra, oyéndose la voz despavorida de la cantora que exclamaba:

—¡Ay! ¡Ay, que me ha hecho tiras la guitarra!

En efecto, el Futre Veas, después de perder el equilibrio y de tropezar con el barril de chicha, había ido a caer sentado sobre el instrumento, reventándolo como quien rompe una nuez de un puñetazo.

La algazara que este acontecimiento produjo en los rotos fue indescriptible, mientras el Futre con los fragmentos de la guitarra en la mano decía mirándolos y haciéndolo todo nada:

—No se ha roto más que la caja...

—¡No es nada lo del ojo! —exclamó uno.

—¡Quien quiebra paga! —gritó otro.

—¿Quién le enseñó a tocar tan bien la vihuela, patroncito?

—Doce pesos no más me costó —dijo la cantora.

—Pero, ¿cómo fue a sentarse en ella? —le preguntó Nievecitas—. ¿Que no la vidó?

XVI

El diálogo fue cortado por otra marejada más grande que la anterior, la cual acabó de empapar la gente, incluso las mujeres, quienes daban gritos lastimeros, encomendándose a todos los santos del cielo. Y en medio de aquel barullo se oía a Nievecitas, que empezaba también a gritar desesperada:

—¡Que nos ahogamos, Dios mido! ¡Favorézcame, tidito de mi alma! Sálveme...

—¡Salven con mil diablos el barril de chicha! —gritó Cartagena al verlo que andaba rodando de babor a estribor en el fondo de la lancha, del mismo modo que la lancha rodaba en esos momentos como un barril entre las olas.

El Futre corrió a sujetar el barril, mientras uno de los rotos le decía:

—No se vaya a sentar sobre él, patrón, que lo puede reventar.

—Lo que yo siento es mi guitarra —dijo la cantora al hacérsela recordar el roto—. Mis buenos doce pesos que me costó.

—No hable tanto, señora, que el caballero le va a dar otra mejor.

XVII

—¡Apronten la boza, muchachos! —gritó Cartagena al abordar la fragata.

—¡Listos! —contestaron los otros, que ya estaban en sus puestos.

—¡Vivos, porque si no nos agarramos nos lleva una pipa de diablos!

A bordo del buque estaban también preparados algunos marineros, quienes se habían agrupado sobre la toldilla de popa.

La maniobra se hizo con toda felicidad, aunque no pudo evitarse que el mar les echase nuevas rociadas, sobre todo al hacerse firme la boza y empezar la lancha a hacer cabeza poniendo la proa al viento.

—¡Gracias a Dios! —exclamó Cartagena, abandonando la bayona—. Ya no hay cuidado. Venga ahora un trago mientras se pasa este condenado ventarrón.

—¿Y hasta cuándo estaremos aquí? —preguntó Serafina.

—Hasta mañana no más —le contestó un roto.

—No —repuso Cartagena—, será hasta media noche.

— ¡Ave María! —exclamó Nievecitas—. ¡Con este frido!

—Y sin comer —agregó Serafina.

—¡Aisé! —gritó entonces Cartagena dirigiéndose a uno de los de a bordo y mostrándole un vaso de chicha—. ¿You quiere trinque? Very-good cider.

—Yes —contestó el marinero.

—Very-well. ¿Have you buen brete por Margarita?

—All right —dijo el inglés, yendo a buscar pan.

Ante tan buena voluntad, Serafina no pudo contenerse y dijo:

—Él había de ser con su carita... ¿Se fijaron, niñas, en los colores tan finos del inglecito?

—Pero, ¡cuándo habían de compararse con los suyos! —le dijo el Futre.

—¿De dónde serán estos gringos? —preguntó la cantora.

—De dónde han de ser —contestó Cartagena—, de Ingalaterra.

—Se equivoca, tido —replicó Nievecitas—. Leda lo que dice allí —agregó señalando el letrero que tenía el buque en la popa y pronunciando las oes en castellano—. No son de Inglaterra sino de Liverpool.

—Ninguno de los dos tiene razón —repuso Serafina fijándose en el letrero—, porque son de Sa... Sa... Saint Ja... Ja... James.

—Ese es el nombre de la fragata —le observó Cartagena.

—¿San Jaime? —dijo la cantora—. ¿También hay santos gringos?

—Y gringas —agregó Cartagena.

—¿Entonces son cristianos? —preguntó Nievecitas—. Yo pensaba que los gringos eran judidos.

XVIII

En esos momentos aparecía el inglecito con un balde de galletas, que arrió a la lancha, encargándose Cartagena de repartir las raciones.

—¡Dios se lo pague, aisé! —le gritó la cantora, dándole las gracias con la mano.

—Yes —dijo el gringo.

—¿Qué dice? —preguntó ella.

—Que no hay de qué —contestó un roto.

—¡Muchas gracias! ¡muchas gracias! —repetía la cantora sin dejar de accionar con la mano.

—¡Tenc yu! ¡Tenc yu! —agregó el roto intérprete.

—Yes, yes —le contestó el gringuito.

—¿Qué dice?

—Dice que yo hablo muy bien inglés. ¿No es cierto, aisé?

—¡Mi no antende nao! —dijo con rabia el inglés.

—¿Qué dice?

—Le dice que está templao. ¿No es verdad, aisé?

—¡Oh! ¡Nao, nao!

—¿Qué ha dicho?

—Le dice que mañana comerá pescao.

—Pero fíjate, niña —decía Serafina a Nievecitas—, ¡qué chapas de colores las del gringuito!

—Los aires del mar —dijo el Futre.

—Eso será.

—Sin ir más lejos, vea lo que pasa con usted. En menos de un día de mar ya va pareciendo inglesa.

—De agua dulce —agregó un roto.

—Fíjese también en Nievecitas: está colorada como una amapola.

Y en efecto, se había puesto encendida con las bromas que el Futre hacía a su amiga.

XIX

La atención fue distraída en esos instantes por las detonaciones de los voladores que se disparaban al llegar la procesión a la Caleta para practicar el desembarco.

—Llegó a tierra el santo —dijo el Futre.

—¡Viva San Pedro! —gritaron todos.

—¡Y nosotros aquí amarrados! —exclamó con rabia Cartagena.

—Esto no impide que nos desatemos bailando —dijo el Futre—, a ver una cueca.

—¿Que ya no se acuerda de la barbaridad que vino a hacer? —le observó la cantora.

—¡Es verdad que estamos sin guitarra! —exclamó el Futre.

—¡Quién tendrá la culpa! No siento tanto la pérdida, como la falta que me hace.

—Ya empezó otra vez con la misma tonada —le dijo un roto—, como si no se la fuesen a pagar. Cante una cueca será mejor.

—Aunque sea a secas —agregó el Futre.

—Sí, muy secas estamos —dijo ella mirándose la ropa.

—¡Ay! —exclamó tiritando Nievecitas—. Lo mismo estoy yo. ¡Vaya que hemos hecho un pasedo!

—¿Qué tiene, hijita? —le preguntó Cartagena.

—Se me ha descompuesto el cuerpo: me han entrado unos escalofridos...

—Entonces nos vendría muy bien un baile —dijo el Futre.

Los demás fueron de la misma opinión, y comenzaron a pedir a gritos la zamacueca, con espanto de los ingleses, que no sabían explicarse esa especie de revolución que se había declarado repentinamente a bordo de la lancha.

La cantora se vio, pues, obligada a acceder, y salieron las parejas, así mojadas como estaban, a bailar a secas. En honor de la verdad debe decirse que no hacía falta la guitarra, porque no se habría sentido en medio del palmoteo y los gritos de los que animaban, que eran todos los de la lancha.

La tripulación de la Saint James tomaba parte en la fiesta desde su buque, celebrando y aplaudiendo a los danzantes, y algunos de ellos bailando también la zamacueca a su manera.

XX

Escenas más o menos parecidas tenían lugar en otras lanchas que también había obligado el viento a refugiarse en los buques, aparte de las que fueron recogidas y remolcadas por botes que en su auxilio salieron de los buques de guerra.

El desparramo había sido completo en este nuevo Trafalgar.

XXI

—¡Larga, larga! ¡Arma los remos!

Y cesando el canto y el baile, todos los hombres se pusieron en movimiento, ayudando algunos a los bogadores.

Las niñas por su parte, a medida que se desatracaba la lancha, levantaban sus pañuelos blancos para despedirse de los ingleses, quienes a su vez les echaron algunos hurras, que fueron contestados con vivas a San Pedro.

Venían ya lejos del buque, y Serafina no podía apartar de él sus ojos, o más bien del gringuito, cuyos colores no se cansaba de elogiar.

En cambio, Nievecitas estaba como abstraída, por lo que el Futre le preguntó:

—¿Qué tiene, señorita?

—¡Ay! —exclamó ella—, venía contemplando el mar. Tan bravo como estaba, y ahora que apenas oleda. ¡Ay, quien te vido y quien te ve!

—Lo mismo digo yo —agregó la cantora contemplando los restos de su guitarra—, ¡quien te vidó y quien te ve!

XXII

Había entrado la noche cuando llegaban a tierra junto con otras embarcaciones de las dispersas.

El desembarco se hizo por la playa, sin más novedad que la caída de algunos al agua, aunque esto no les hacía ninguna mella desde que ya no tenían qué mojarse.

Lo único que venía seco era el barril, porque se habían bebido hasta la última gota de chicha durante el regreso, en medio del canto y de los vivas a San Pedro.

Esto explicaba el mareo de Cartagena en plena calma, lo que hizo decir a Nievecitas:

—¡Vaya, tido, por Dios; se salió con su porfida!

Cartagena, sin darse por entendido, dijo en tono de mando, como si todavía estuviese piloteando la lancha:

—Ahora ¡todos a casa... a seguirla!

—Pero, ¿dónde está don Luciano? —dijo Nievecitas.

—Acabo de convidarlo también. Me preguntó dónde vivía, y yo le dije que en el cerro de Bellavista, cerquita de la Mona... Pero parece que se ha ido.

—Sin despedirse siquiera... ¡Vaya una descortesida!

—¡Cómo se me fue el Futre sin pagarme la guitarra! —exclamó la cantora mirando en todas direcciones y con los restos del instrumento hechos un atado.

Efectivamente, el Futre se había escapado para verse libre de los reclamos de aquella implacable mujer. Mientras saltaban los demás a tierra, él se trasbordaba a otra lancha que estaba inmediata desembarcando también su averiado cargamento.

Pero si la cantora sintió la pérdida de su guitarra, más sintió Nievecitas la del Futre, porque exclamó indignada:

—¡Futre habida de ser!

XXIII

Media hora después el Futre Veas se reunía con sus amigos y comían todos juntos, refiriéndose y comentando las peripecias del día.

Por ellos supo el Futre lo que había ocurrido al desembarcar la procesión en la Caleta (hoy estación y bodegas del Barón) en medio de un gran escuadrón de caballería, en su mayor parte cuadrinos, la gente del Cuadro, de ese corralón inmundo que entonces servía de Matadero y que se hallaba situado en donde hoy se encuentra la Recova del Cardonal.

La huasería, como era costumbre, había entrado al mar hasta hacer nadar sus caballos y sacado a San Pedro en procesión montada. El santo escapó milagrosamente de un baño, pero no así el cura, que cayó al agua con el pescador borracho que lo llevaba en hombros.

—¿Y a ti cómo te ha ido? —le preguntaron al Futre.

—Mejor que al cura —contestó él—, porque anduve cayendo y levantando entre media docena de muchachas, una guitarra y un barril de chicha.

—¿Qué clase de muchachas? —le preguntó uno.

—De aquello —dijo el Futre llevándose la mano a la boca y dando un chupetón en la punta de los dedos.

—¡La que hemos perdido! —exclamó con pena uno de los jóvenes.

—¿Cómo no las acompañaste hasta su casa? —le observó otro.

—Por una maldita cantora que me venía cobrando una guitarra que le aplasté en la navegación. Así es que no alcancé a despedirme; pero tenia ganas de volver... ¿Quieren acompañarme?

—Eso no se pregunta —dijo uno de ellos.

—Lo único que sentiría... ¿No tienen ustedes alguna guitarra vieja que no les sirva?

—Yo sé dónde hay muchas —contestó uno.

—¿Dónde?

—En las casas de prendas.

—No se me había ocurrido! —exclamó el Futre alborozado.— Ya estamos del otro lado: solo nos falta la plata.

—Yo me encargo de eso —dijo el más generoso.

—Gracias en nombre de la cantora —se apresuró a decir el Futre.

XIV

Una hora más tarde compraban en cuatro pesos, en una casa de prendas de las pocas que había entonces, una guitarra encordada, y se dirigían con ella en busca de la Ramoncita (cantor de guitarra en los bailes de máscaras) para llegar a la casa de Cartagena con una agradable sorpresa: un esquinazo.

Cerca de una hora perdieron en buscar a Ramoncita y esperar que se echase su mano de carmín y se hiciese los crespos.

Serían, pues, las diez de la noche cuando el Futre llegaba a golpear la puerta de Cartagena, contestando de adentro una voz dulce:

—¿Quién golpeda?

—¡Ella es! ¡Nievecitas! —exclamó el Futre, mientras los demás se echaban a reír y la Ramoncita comenzaba a cantar en medio de sus contoneos.

Cuando concluyó el esquinazo y se abrió la puerta, la primera en salir fue la cantora, quien, yéndose derecho a la guitarra, exclamó:

—¡La mismita! ¡Bien la estaba conociendo en las voces! ¡Y yo que la daba por perdida!

—Cuatro pesos nos ha costado —le dijo el Futre.

—¡Qué robo! Dos no más me pasaron por ella.

Y llena de regocijo se puso a afinarla, sin soltarla desde ese momento, porque, según decía, tenia miedo de que el Futre se sentase en ella.

XXV

La corcovita de San Pedro duró hasta el cañonazo del siguiente día, y habría continuado quién sabe hasta cuándo, sin el inconveniente de tener Cartagena que irse a sus lanchas, aunque con ella vivita.

Los demás, por el contrario, se fueron a dormirla con sus caras trasnochadas, que formaban contraste con las de Serafina y Ramoncita, cuyos colores parecían renacer con la aurora.

Cómo pasaron la noche, lo dio a entender muy claro Nievecitas en la despedida, porque no se cansaba de ofrecerles la casa.

—No se olviden, pues —les decía—. Ya saben la casa... Cuando gusten.

—¡Gracias! ¡Gracias!

Iban ya lejos, y todavía decía Nievecitas:

—¡No se pierda, señor Vedas!

—¡De ningún modo!

—¡Que no seda la última vez...! ¡Cuidado con el camino que es muy malo y pueden caderse!

—Ruegue a Dios no más —dijo el Futre al ver la soledad del camino—, que por aquí no nos salteden.

Y al ver en esos momentos un bulto como aguaitando sobre un tablado, echó a correr cerro abajo, seguido de Ramoncita, sin acordarse de que el bulto era la Mona, a la cual no reconoció con el miedo y la otra mona que él llevaba.

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índice

En las estaciones

I

Correr las estaciones en jueves santo, como correr a Cristo en Cuasimodo, ha sido una de las antiguas y más fervientes devociones o costumbres del mundo católico en Chile. Entre nosotros ha habido más devotos a estas corridas, que en España a las de toros.

Es cierto que en Valparaíso no son hoy las estaciones (o tentaciones, como suele llamárseles) lo que fueron en épocas ya algo lejanas. Recuerdo que cuando yo era niño, el jueves santo no se pensaba en otra cosa que en comer de viernes o ayunar y salir a las primeras horas de la noche a visitar las iglesias. Este peregrinaje tenía que hacerse a pie, porque ya sabemos que no hace muchos años se ha permitido el tránsito de carruajes por las calles de la ciudad durante los dos días —jueves y viernes santos— en que era considerado como una verdadera profanación hacer uso de vehículos o caballerías.

Las bulliciosas y aturdidoras calles de Valparaíso perdían toda su animación ordinaria. Apenas enmudecían las campanas de las iglesias, cesaba completamente el movimiento de vehículos. Cuando más se veía uno que otro jinete —aquellos que no habían podido salir antes para las fiestas profano-religiosas de Quillota— tirando por las bridas la cabalgadura en que debían trasportarse a buen galope a la ciudad del Pelícano, de la espumosa y embriagadora baya y de las no menos embriagadoras callelarguinas.

Según las creencias, según el fervor religioso o según el estado pecuniario de cada cual, los unos se quedaban en Valparaíso sometidos al recogimiento, y los otros se trasladaban a Quillota —como todavía lo hacen hoy por el ferrocarril— en busca de esparcimiento.

II

Las iglesias de Valparaíso se preparaban con mucha anticipación para abrir sus puertas a la muchedumbre devota que debía invadirlas desde las primeras horas de la noche del jueves santo y deslumbrarlas con sus monumentos, en los cuales se desplegaba a porfía o competencia tanto lujo de ingenio como de cera para sobresalir y ganarse la palma del triunfo.

En esto se conserva hoy más o menos el mismo entusiasmo, pero no así en una de las partes más características de las estaciones: los huertos. Antes no había iglesia en cuyo atrio o plazuela no se improvisase el huerto con el Señor de la Caña o de la Columna, y por supuesto con la correspondiente bandeja para recoger las limosnas y el indispensable niño pidiendo incesantemente a grito pelado: «¡Para el Señor del Huerto! ¡Para el Señor de la Columna!» lo cual formaba descomunal concierto con los que desde el interior de la iglesia gritaban a su vez en medio de los maitines y del sordo murmullo de la multitud: «¡Para las ánimas benditas! ¡Para lacera del Santísimo!» alternados de vez en cuando con las largas retahílas del presidiario que, como delegado de su comunidad y desde la escalinata del pórtico, con un platillo colocado sobre una mesita, y al lado del platillo un farol, del mismo modo que al lado del presidiario estaba la centinela, exclamaba con voz quejumbrosa: «¡Padres y madres, hijos de familia, una bendita limosna para los pobres encarcelados por el amor de Dios!» Y acto continuo el encarcelado por el amor de Dios dejaba caer con estrépito sobre las piedras la gruesa cadena sujeta al grillete que llevaba al pie.

Tan triste impresión causaba en los fieles el lúgubre ruido de la cadena, como dulce y consolador era para el presidiario el sonido metálico de las monedas al caer en el platillo.

III

Al anochecer del jueves las calles eran ya del dominio de la multitud devota, y no se veían más que bultos negros yendo y viniendo, todos rezando aisladamente o en coros de familias, de cofradías o hermandades a cuya cabeza llevaban una cruz u otra insignia religiosa. Parecía que Valparaíso entero, esperando un cataclismo, se había precipitado a las calles a implorar con sus plegarias la misericordia de Dios.

IV

De las primeras en salir a correr las estaciones había sido doña Pastora, acompañada de su hija Liberata y de su nieto Luisito, niño de seis años apenas. La señora contaría ya unos cincuenta y ocho, y la niña más o menos veinte, siendo soltera aún, pues Luisito era hijo de un hermano suyo que por sus malas costumbres, o más bien, sus vicios y hasta sus crímenes, estaba proscrito del hogar.

Doña Pastora era una buena mujer; pero, viuda desde muy joven, no había sabido hacerse respetar de su hijo, confiándolo todo a la religión o a la iglesia, sin conseguir nada con su sistema del temor a Dios y al infierno.

La señora, si era algo corta de inteligencia, lo era mucho más de vista, por lo que siempre Luisito le servía de lazarillo, cuando no su hija Liberata.

Esta joven, aunque algo viva y con atractivos físicos nada despreciables, no le había dado que hacer hasta entonces, si bien no le faltaba quien le calentase los cascos.

En cuanto a Luisito, era un digno nieto de su abuela, regalón y malcriado, tal como su padre lo había sido de niño.

Esa noche su abuelita le había provisto bien los bolsillos con monedas de plata y de cobre para las limosnas que debía hacer en las iglesias, y él por su parte, tal vez comprendiendo instintivamente que la caridad bien entendida empieza por casa, tuvo cuidado de llenarse de galletas otro de los bolsillos, con tanta mayor razón cuanto que el estómago no se le mostraba ese día muy satisfecho con las privaciones a que lo había sometido su abuela, quien no transigía ni con el consentido de su nieto en tratándose de los preceptos de la Iglesia.

V

La señora marchaba penosamente llevando de la mano a Luisito, el que a su vez se sentía algo embarazado con la alfombra que le habían echado sobre el hombro. Liberata iba delante, abriéndose paso con dificultad por entre la multitud, especialmente al penetrar en las iglesias.

Al principio no fue esto tan difícil; pero a la hora del mayor movimiento se vio la niña en grandes apuros para librar a doña Pastora y a Luis de los remolinos de gente en que se veían envueltos.

—¡Cómo ha de ser! ¡Llevémoslo en amor de Dios! —exclamaba la señora con santa resignación al salir de una apretura que las tuvo a mal traer cuando entraban a la iglesia de San Francisco—. Pero, ¿adónde se habrá ido ese niño...? ¡Luis...! ¡Luchito!

—¡Aquí voy, abuelita! —le contestó el niño tirándole fuertemente el vestido por detrás.

—No me desapretines, muchacho... ¿Y la Liberata? ¡Liberata...!

—¿Que no me ve aquí, mamá! Parece que cada día está más cegatona.

—Cuidado, niña, no se aparten, que pueden perderse y es muy difícil encontrarse... Pero ven acá, niño, dame la mano.

—¡Para las ánimas benditas! —gritaron en esos momentos casi en los mismos oídos de doña Pastora.

—Las ánimas, abuelita —dijo Lucho soltándose de la señora y llevándose la mano al bolsillo.

—Bueno, vaya a darles algo, hijito.

Lucho atravesó como pudo el pequeño espacio que lo separaba de la mesa y tiró en la bandeja unas cuantas monedas, mientras doña Pastora y su hija ganaban un espacio vacío que había cerca de un confesonario.

Lucho, que no las había visto tomar esa dirección, al volverse y encontrarse sin ellas, empezó a gritar «¡Abuelita, abuelita!» en medio de la sorpresa y la risa de los fieles.

Liberata corrió hacia él y, cogiéndolo bruscamente de un brazo, se lo llevó a la abuelita, quien se había sobresaltado creyendo que algo serio le había pasado al niño.

—Usted tiene la culpa, mamá, por traer a este chiquillo—. ¡Sabe Dios cómo se ve una!

—¿Por qué me dejaron solo? —repuso Lucho con enojo.

—Tiene razón —dijo la señora—. El pobrecito por condolerse de las ánimas... Y ahora vamos a rezarles un rosario... Hínquese aquí, hijito, y persígnese.

Y la señora empezó a darle el ejemplo, seguida de Liberata que no podía contener la risa al ver los garabatos que hacía Lucho al santiguarse. Pero en esos momentos distraía su atención un joven que, colocado a pocos pasos de ahí, la había reconocido y la saludaba con una dulce sonrisa.

Padre nuestro, que estás en los cielos —dijo en voz alta y devotamente doña Pastora, haciendo sonar el rosario que tenía entre los dedos—. Reza, niño —agregó al ver que Lucho, distraído, miraba hacia un lado.

—¡Abuelita! ¡Abuelita! Allí está don Marcial —le interrumpió el niño señalando al joven que miraba a Liberata.

—¡Cállate, chiquillo! ¿Qué me importa a mí don Marcial? Santificado sea tu nombre, venga a nos tu reino... Baja la vista, niña... ¿Para dónde estás mirando?

—¿Yo, mamá?

—Ya te llegó la tentación... Hágase, Señor, tu voluntad...

—¡Qué duras son estas galletas, abuelita! —exclamó Lucho triturando ruidosamente entre los dientes la que se había echado a la boca.

—¿Comiendo en la iglesia, muchacho de mis pecados? —dijo la señora dándole un manotón que le hizo saltar otra galleta que tenía en la mano.

—¡Mi galleta! —gritó Lucho persiguiéndola y dejándose caer sobre la falda de una devota.

—¡Niño, por Dios! —exclamó asustada la beata, rechazándolo suavemente.

—¡Sosiégate, muchacho! —le dijo su abuela atrayéndolo a su lado—. Ya no sé ni dónde iba.

—«Hágase tu voluntad» —abuelita.

—Así debías hacerlo cuando te mando —dijo la señora, y luego continuó rezando—. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo... Pero reza, niño, y ya te he dicho que no estés comiendo... El pan nuestro de cada día...

—Si son galletas —dijo Lucho—. ¿Quiere, abuelita? —agregó acercándole una a la boca tan bruscamente que hizo saltar a la señora.

Por toda contestación doña Pastora le dio un pellizco que lo hizo gritar.

—¡A qué traerán a la iglesia a estos chiquillos malcriados! —dijo por lo bajo una de las beatas que estaban cerca.

—¿Y a usted qué le importa? —le contestó con rabia doña Pastora.

—¿Cómo no nos ha de importar —agregó otra—, cuando no la dejan a una rezar tranquila?

—¡Que nunca han de faltar las tentaciones! —dijo una tercera—. Este es el enemigo malo que se ha entrado en la iglesia en figura de chiquillo.

—¡Habrase visto insolencia! —exclamó doña Pastora.

—No haga caso, mamá —le aconsejó Liberata.

—Será mejor —dijo una de las mujeres.

—Podían ver que es un niño —observó doña Pastora.

—¡Ayayay! ¡Que me han clavado! —exclamó Lucho dando un salto y llevándose la mano atrás.

Liberata tendió la vista por el grupo de mujeres que había detrás de Lucho y vio que todas estaban impasibles y con el rostro compungido, como entregadas por completo a la meditación.

—¡Canallas! —exclamó Liberata arrebatada por la cólera.

—Vámonos, hija —dijo doña Pastora levantándose y cogiendo de la mano a Lucho, quien no dejaba de mirar a las mujeres que tenía a retaguardia.

—Adiós, hijito —le dijo una que estaba bien tapada.

Lucho le tiró un puntapié.

VI

En esos momentos se aproximaba Marcial y tomaba de la mano al niño con el asentimiento tácito de la señora.

A la salida no hubo novedad, a pesar de las dificultades causadas por la aglomeración de gente.

Cuando se encontraron libres de apreturas, entraron en conversación, promovida por Marcial, que preguntó a doña Pastora:

—¿Y qué le ha parecido la iglesia, señora?

—Muy bonita.

—A mí no me ha gustado el monumento —agregó Liberata.

—Déjate de murmurar, niña —le dijo la señora—. No se puede negar que en esta iglesia son algo pobres y deslucidas las fiestas... Y no será porque les falte a los padres...

—Eso no será murmurar —le observó Liberata.

—No hago más que decir la verdad... Y luego, ¡qué desorden! Mentiría si dijera que había rezado.

—¿Cómo no, abuelita? ¿Que ya no se acuerda?

—Tú, demontres, que estuviste hecho un basilisco, has tenido la culpa de todo.

—No se enoje, abuelita, que aquí vamos a rezar bastante.

Las palabras de Lucho hicieron comprender que, en efecto, se hallaban muy cerca de la Iglesia de la Matriz, la cual parecía estar más repleta de devotos, a juzgar por los agolpamientos que se veían a la entrada.

—¡Dios, mío! —exclamó Liberata—. Si esto da miedo. ¡No entremos, mamá!

—¿A qué hemos venido entonces? —repuso la señora.

—Yo lo hago por usted.

—Déjemela a mí —dijo Marcial—, y encárguese usted de Luchito.

—¡Yo no quiero ir con la Liberata! —gritó Lucho cogiéndose de uno de los faldones de la levita de Marcial.

—¡Mal haya el muchacho fastidioso! —exclamó Liberata.

—A ver, ven acá —dijo el joven soltando por un momento a la señora y levantando en brazos al niño.

—¡Hupa! —gritó Lucho trepándose hasta los hombros del joven y abrazándose fuertemente del pescuezo.

—Pero no me ahorques, hombre... Toma, llévame el sombrero.

La señora empezó pronto a arrepentirse de su temerario empeño, porque a pesar de ir protegida por Marcial, las oleadas de gente la hacían tambalear a cada momento y temía que la desnudasen con tantos estrujones y tirones que le daban.

—¡Volvámonos! ¡Volvámonos! —gritaba deteniéndose.

—Ya no es posible, señora —le decía Marcial, que comenzaba a sentirse fatigado con el peso de Lucho.

—¿Dónde está Liberata?

—Aquí voy, mamá.

—¡Y Luchito! ¡Cuidado con el niño!

—Voy a caballo, abuelita. ¿Que no me ve?

—Pero ha de estar haciendo algo: ¡sácate ese sombrero, niño!

—¿Que va poniéndose mi sombrero? —preguntó Marcial.

—¡Ay! ¡Ay! —gritó Lucho en esos momentos, soltando el sombrero de Marcial, que se le sumió hasta los hombros.

—¡Qué tienes, criatura de Dios!

—¡Mi zapato, abuelita! ¡Agárreme el zapato, que se me pierde!

—Calla, niño —le dijo Marcial al ver que todos empezaban a reírse.

—¡Sea por los clavos del Señor! —exclamó doña Pastora—. ¡En qué momento ha venido a caérsele el zapato!

—No, abuelita, si no se me ha caído... Lo tengo aquí —agrega mostrándole el pie—; se me había salido no más.

VII

—¡Gracias a Dios! —exclamó la señora al verse dentro de Ia iglesia y arreglándose el traje mientras Marcial se desembarazaba de Lucho—. Pero yo he perdido algo, agregó... ¡Ah, es mi rosario...! ¡Cómo se me ha caído!

—Lo tiene en la mano, abuelita —le dijo Lucho con viveza.

—¡Válgame Dios! —exclamó la señora—. Si no sé dónde tengo mi cabeza...

—Ahí la tiene, abuelita.

—Sin embargo, a mí me falta algo... Mi caja de rapé... ¡Ah! Aquí está en el bolsillo... Por eso es malo formarse malos juicios... Ahora dame la mano... Pero, ¿adonde se ha ido ese niño? ¿Y Liberata?

—Ahí la veo que va siguiendo a Luchito —dijo Marcial.

—Si es de no descuidarse con ese niño.

En efecto, apenas había oído gritar: «¡Para las ánimas benditas!» corrió a darles una limosna; pero sucedió que en vez de echar en la bandeja una moneda, arrojó una de sus galletas, con gran sorpresa y disgusto del muchacho que estaba encargado de las ánimas, el que por corta providencia le aplicó un coscorrón.

Lucho se puso a sollozar.

—¡Bien hecho! —le dijo Liberata.

—¿Qué le ha pasado al niño? —preguntó doña Pastora, que se acercaba en esos momentos.

—¿A quién se le ocurre —dijo Liberata—, ir a echar una galleta en la bandeja de las ánimas?

—Yo... creía —dijo Lucho gimoteando—, que... las ánimas... comían... galletas...

—¡Inocente! —exclamó doña Pastora—. La intención le valga al pobrecito.

—Las ánimas no comen, hombre —le dijo Marcial—. Se les da la limosna en plata.

—Y para qué... quieren... plata... si no comen.

—¡Cállate, niño, por Dios! —le dijo su abuela—. ¿No parece que se lo enseñaran?

VIII

—Yo creo, mamá, que sería más prudente que nos fuésemos a casa —dijo Liberata con cierto disgusto.

—¿Cuándo acabamos de entrar, muchacha?

—Pero ya usted ve que con este niño no se puede andar un momento tranquila.

—Déjamelo a mí... Ya comprendo tu disgusto... Véngase conmigo, hijito; acompáñeme a rezar.

Y esto diciendo, se dirigió a un hueco desocupado que había a pocos pasos, tendió su alfombra y se acomodó con Lucho, mientras Liberata quedaba de pie con Marcial entre un grupo de gente que se entregaba a la curiosidad más que a la oración.

Empezaba la señora a preparar su rosario cuando Lucho le preguntó:

—¿Por qué reza tanto, abuelita?

—Porque a eso se viene a la iglesia.

—¿Cómo no reza don Marcial?

—Te parecerá, niño. Y déjate de preguntas será mejor.

—Entonces, ¿ahora está rezando don Marcial con mi tía Liberata?

—Sí, niño majadero... Vamos, persígnate de una vez... ¿Te has puesto a silbar, muchacho?

—¿Y para qué se reza, abuelita?

—Para encomendar a Dios nuestras almas y la del prójimo... No rompas la alfombra, niño. ¿Que no puedes estar quieto?

—¿Quién es el prójimo, abuelita?

—Nuestros semejantes, niño.

—¿Qué cosa es semejante? ¿Usted es semejante, abuelita?

—Sí, niño, y tú también... y no me preguntes más, que vamos a rezarle a tu padre.

—Dónde está mi papá, abuelita, que no nos viene a ver tanto tiempo? —preguntó Lucho haciendo sonar las monedas que llevaba en el bolsillo.

Doña Pastora dejó escapar un suspiro, y luego dijo:

—Tu papá se murió, hijito... ¡Más bien que se lo hubiera llevado Dios! —agregó en seguida para sí.

Y comenzó a rezar con tanto fervor por su desgraciado hijo, que se olvidó absolutamente de Liberata y no hizo ya el menor caso de las interrupciones de su nieto.

Cuando terminó se encontró con Lucho completamente dormido. Luego tendió la vista a todos lados y no vio a Liberata ni a Marcial. Alarmada entonces empezó a despertar al niño.

—¡Lucho! ¡Lucho! —le decía remeciéndolo fuertemente.

Pero Lucho estaba hecho una piedra, rendido con las carreras y agitaciones de la noche.

—Despierte, hijito, por Dios, que ya nos vamos... ¡Luchito! ¡Luchito!

El niño, haciendo un brusco movimiento, dijo entre dientes:

—¿No ve como me clavan, abuelita?

—Soy yo, hijito; abra los ojitos, que ya nos vamos.

—No quiero levantarme todavía, abuelita. Tengo mucho sueño... No voy al colegio... No voy al colegio...

—Si no estamos en casa, niño... Vaya, despierte y vamos a comprar galletas... y dulces...

Lucho comenzó a abrir los ojos...

IX

—¿Divisa por ahí a Liberata, hijito? —le preguntó la señora cuando lo vio alzarse y ponerse de pie.

—No la veo, abuelita.

—¿Y a don Marcial?

—Tampoco.

—¡Picaros! ¡Ni por ser el día que es! Pero no puedo creerlo todavía —agregó levantándose—. No a humo de paja se nos vino a pegar ese mozo... Vamos a buscarlos por ahí, porque no se concibe que en este lugar...

Y la señora, con Lucho de la mano, empezó a recorrer la iglesia poco menos que a tientas, porque apenas veía a unos cuantos pasos de distancia.

—¿Qué es eso? —preguntó a Lucho al sentir ruido y alarma en una de las puertas laterales de la iglesia.

—Una pelea, abuelita —le contestó el niño.

—Salgamos, salgamos por acá —dijo doña Pastora alarmada y buscando la puerta principal.

X

¿Qué había sido de Liberata? Suponiendo, y con razón, que su mamá rezaría por lo menos una media hora, se había salido de la iglesia con Marcial por una de las puertas laterales para tomar un poco de aire, y también para conversar un poco más a sus anchas. Pero sucedió lo que en esos casos acontece a todos los enamorados: que el tiempo se les pasó insensiblemente. Transcurrió media hora larga sin acordarse de que habían dejado en la iglesia a doña Pastora con el niño.

—¡Ay! —exclamó al fin Liberata corriendo a la iglesia seguida de Marcial, que comprendió el grito de sorpresa de la joven.

—No tenga cuidado —le dijo él para calmarla, pero sin dejar de participar del natural sobresalto.

—¡Dios mío! —exclamó ella deteniéndose ante un golpe de gente que en esos momentos abandonaba la iglesia—. Es imposible entrar por aquí.

—Yo iré delante —dijo el joven con resolución.

Y en efecto, empezó a abrirse paso bruscamente.

— ¡Ay! ¡Qué futre tan imprudente! —gritó una beata.

—¡Jesús! ¡qué bruto! —dijo otra.

—¡Ah, salvaje! ¡Que casi me ha deshecho! —exclamó una tercera.

—¡A qué vendrá a la iglesia este animal!

—¿No hay quién le dé una lección?

—¡Toma! —exclamó una tirándole un manotón y arrojándole lejos el sombrero en medio de la algazara de las demás.

—¡Toma! —gritó a su vez Marcial sin poder refrenar su ira y dejando caer la mano sobre una de las beatas.

—¡Ay! Que ha venido a pegarme tan fuerte este pícaro cuando yo no he sido.

Y mientras Marcial se inclinaba buscando su sombrero, todas las mujeres, hechas unas furias, le caían encima a arañazos, mojicones, alfilerazos, tirones de mechas y de la levita, acompañados de insultos y gritos que pusieron en alarma a todos los devotos que había dentro de la iglesia, entre ellos doña Pastora y su nieto, que se apresuraron a buscar la salida, como ya lo dijimos.

—¡No lo larguen! —gritaba una.

—¡Entréguenlo a la policía, que debe ser algún ladrón! —decía otra.

—¡Avísenle al señor cura!

—¡Denle duro a ese irreverente!

—¡Es un hereje! ¡Un impío!

Y el pobre Marcial, acosado y medio aturdido, fue retrocediendo hasta el medio de la calle seguido de las mujeres; y no encontrándose seguro allí mismo, porque el alboroto y las amenazas continuaban, emprendió más que de prisa la retirada, en medio de la mofa de las mujeres, con la levita hecha jirones, sin corbata, el sombrero de copa en un estado deplorable, el cuerpo medio molido y torturada su alma con el recuerdo de Liberata, cuya suerte ignoraba.

XI

La pobre niña, preocupada como estaba con su alejamiento culpable del lado de su mamá, había puesto todo su empeño en entrar a la iglesia, consiguiéndolo al fin a favor del mismo desorden. Corrió al lugar en que había dejado a la señora con el niño, y no la encontró; recorrió en seguida azorada toda la iglesia, pero con el mismo resultado; volvió en busca de Marcial, que no encontró tampoco; tornó a la iglesia, y nada. ¿Qué haría?

XII

Entre tanto, doña Pastora, que había alcanzado a oír los rumores del desorden, pero sin sospechar siquiera que pudiera haber sido promovido por Marcial, buscó de prisa las salidas del frente principal de la iglesia, no sin que Lucho fuese dando de paso las últimas limosnas, esta vez en plata, tanto porque no sabían agradecerle sus galletas, como porque ya él se las había comido todas.

Después de algunas dificultades en la puerta, pero que no tuvieron nada de particular, se encontraron en la plazuela, en donde la señora se hallaba parada con Lucho como para tomar aliento, cuando oyeron:

—¡Padres y madres, hijos de familia, una bendita limosna para los pobres encarcelados por el amor de Dios!

—Voy a darle lo que me queda, abuelita —dijo Lucho corriendo en dirección del presidiario.

Horrorizada la señora al oír la voz de aquel desgraciado, siguió tras el niño agitada y convulsa.

Lucho se acercó a la mesita y arrojó el puñado de monedas en el platillo.

El presidiario, que en esos momentos recogía la cadena, al ver al niño volvió a soltarla y, dejándose caer sobre las gradas de la iglesia, se cubrió el rostro con las manos como espantado por una visión.

Había reconocido a su hijo.

Al mismo tiempo su madre le reconocía a él y, dando un grito, caía desplomada sobre el pavimento...

XIII

Este accidente y los gritos de Lucho al ver a su abuelita dar con su cuerpo en tierra, reunieron a la multitud, entre ella Liberata que desde lejos había reconocido los gritos del niño y corrido en su socorro.

Sin embargo, nadie, excepto el presidiario y su madre, supo cuál había sido la causa de aquel desmayo, que todos atribuían a los ayunos del día.

XIV

Desde entonces doña Pastora no salió a correr las estaciones, rezándolas en su casa con más devoción y tranquilidad, en unión de su hija y de su nieto, que era la única tentación.

Pero ninguno quedó más escarmentado que Marcial, porque desde la noche en que por ir a correr las estaciones salió él correteado por las beatas, no se atrevió ni a mostrar la cara en casa de doña Pastora; y cuando alguien se las recordaba en broma, decía al momento:

—Con las beatas, ni a misa.

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¡Qué tiempos, qué tiempos aquellos!

Cuento en el número de mis amigos un par de respetables ancianos que representan juntos más de siglo y medio.

El uno, don Silverio, es algo más viejo que el otro, don Martín; pero allá se van los dos en cuanto a charladores y a la particularidad, propia, en los de sus años, de ligar los asuntos, haciendo interminables sus pláticas, si bien muy variadas y entretenidas.

Incansables fumadores, no han tenido pocas conversaciones sobre el tan debatido tema del tabaco, que ellos declaran inofensivo, probándolo prácticamente con el irrefutable argumento de los años que llevan consumiendo cigarrillos y echando humo por boca y narices.

Estos dos viejos amigos se buscan recíprocamente, porque parecen destinados el uno para el otro, a juzgar por sus caracteres, sus costumbres, sus gustos y hasta sus defectos.

Así es como, chupetón de cigarro va y conversación viene, ven correr veloces las horas y enteran la vida insensiblemente como dos almas que ya han cumplido su misión en la tierra y esperan tranquilas, sin remordimientos de conciencia, el día en que han de fumarse el último cigarrillo y echar el último párrafo.

He dicho que estos dos venerables ancianos figuran en el número de mis amigos, y tanto más los aprecio y considero, cuanto que son para mí dos archivos vivientes que consulto a cada paso, mereciéndome sus informaciones la fe más completa.

Sucesos o pormenores que no he encontrado en archivos, historias o colecciones de diarios, ellos me los han facilitado en el acto de viva voz y sin gravamen ninguno para mí.

Por supuesto que yo no llevo mi egoísmo hasta el extremo de visitarlos solo cuando los necesito, si bien es cierto que cada vez que voy a verlos me siento más que todo arrastrado por el interés de su amena y sostenida conversación. Supongo que esta franca confesión de mi parte no ha de disgustarles si llegan a leer estas líneas, sino que han de recibirla más bien como un merecido elogio de los atractivos de su conversación, mucho más cuando son ya tan escasos los que saben conversar.

No fue otro el incentivo que una de estas noches, en que me sentía aburrido y sin saber para dónde tirar, dicho sea con perdón de mis dos viejos amigos, me llevó a casa de don Silverio, que es donde se reúnen ambos, teniendo la suerte de encontrarlos juntitos, consumiendo en animada charla, como de costumbre, sus sabrosos puchos de cigarros y el pucho de tiempo que les queda de vida.

—¡Tanto bueno por acá! —exclamó don Silverio al verme y levantándose para recibirme.

—¡Qué milagro ha sido este! —agregó por su parte don Martín, tendiéndome su descarnada mano.

—En efecto, hacía tiempo que no me daba este placer —les contesté yo ocupando el asiento que se apresuró a ofrecerme el cariñoso y atento don Silverio.

Porque es de advertir que este buen señor es el hombre más amable y cortés que he conocido. Recuerdo que en una ocasión me recibió con una silla en cada mano para que me sentase, y yo para no desairarlo tuve que aceptar las dos, acomodándome como pude en ambas, lo cual le hizo a él mucha gracia.

Por esto le dije ahora al sentarme:

—Escasas andan las sillas, don Silverio.

—Para usted no faltan... Las que guste... ¿Y qué dice el mundo por ahí?

—Absolutamente nada de particular.

—La misma contestación que acaba de darme Martín.

—¡Si ya no hay de qué hablar! —exclamó don Martín faltando descaradamente a la verdad—. Como no se ocupe uno de los negocios, del papel moneda, del cambio...

—A propósito del cambio, y dispensa que te interrumpa, Martín —dijo don Silverio—, ¿creen ustedes que volverá el oro con lo que se está haciendo?

—¡Ay, amigo! Eso está todavía por verse —contestó desconfiado don Martín—. Debiéramos contentarnos con que volviese siquiera la plata.

—Yo también creo que nos moriremos antes —agregó don Silverio—. ¡Cuando me pongo a pensar en mis buenos tiempos, en que andábamos todos con los bolsillos llenos de onzas de oro...!

—Por lo menos de pesos fuertes, pesetas y reales de cruz, sin contar los de carita —agregó don Martín.

—¡Y cómo botábamos entonces la plata, Martín! ¿Te acuerdas?

—¡Y cómo se divertía uno también!

—Me acuerdo que una vez entraba en una chingana... Aquel año se había hecho el Dieciocho en la plaza de la Victoria...

—En la plazuela de Orrego, querrás decir.

—Cabalmente, así se llamaba entonces... Me parece que la estoy viendo... No había teatro ni cuartel de policía, nada, en fin, de lo que hoy llama allí la atención...

—¡Qué había de haber...! ¿No te acuerdas, Silverio, de la gran laguna que se formaba allí con las olas que entraban en los días de temporal?

—Como que más de una vez pillé a mis chiquillos metidos en las canoas que andaban navegando por la plaza como en la bahía... Pero volviendo a mi conversación, y como iba diciendo, allí no había aún teatro...

—Estás equivocado, Silverio, porque entonces existía el del Recreo.

—Justamente, tienes razón, y si mal no recuerdo se hallaba situado en el mismo punto que hoy ocupa la iglesia del Espíritu Santo. Allí fue donde vi trabajar a Casacuberta. ¡Qué artista aquel...! Pero, como iba diciendo... ¿de qué tratábamos, Martín?

—De la plazuela de Orrego.

—No, no era eso...

—De las chinganas que el Dieciocho se establecieron en la plaza.

—Tampoco... ¡Ah!, ya estoy... De las onzas de oro. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Cómo se divertía uno en esos días! ¡He echado yo más bailes en la plaza de la Victoria!

—¿Y yo? No quisiera tener más que los pesos que boté en mi mocedad, aunque solo fuesen los que les di a las cantoras por cada tonada o despedida que me echaban.

—¡Anda tú a hacerlo ahora!

—Convengamos, amigo Silverio, en que aquellos eran otros tiempos. Entonces no se criticaba tanto, ni estábamos tampoco tan metalizados como ahora.

—Al contrario, entonces era cuando estábamos metalizados con tanto oro y plata, mientras que hoy estamos papelizados.

—También es verdad que antes se daba una educación muy distinta, y eso que apenas había escuelas para aprender las cuatro reglas de la aritmética. Después de todo, no sé cómo nosotros aprendimos a leer.

—¿Te acuerdas, Martín, del maestro Aguilar?

—¿No he de acordarme, hombre, cuando a él, después de Dios, le debo lo poco que sé? Verdad es también que a él le debo el cuero que llevo, porque a azotes me mudó el que yo tenía.

—Pero al fin tenemos que agradecérselo, porque, mal que mal, supo hacernos gente.

—Cada vez que paso por la quebrada de San Agustín se me viene a la memoria... ¿Te acuerdas de aquellas peloteras que teníamos a la salida?

—¡Ah, cuando íbamos en busca de nuestros sombreros!

—Pero, hombre, ¿a quién se le ocurría destinar un barril para guardar los sombreros? ¡Qué tiempos, qué tiempos aquellos!

—Así era como nos precipitábamos a un tiempo sobre él, y con frecuencia íbamos a parar al medio de la calle en confusa gritería y rodando con el barril y los sombreros. Por lo demás, el maestro Aguilar era un buen hombre...

—Lo que yo no he podido perdonarle nunca —dijo don Martín—, fue la zurra que me dio una vez por no haberle pedido permiso para ir a la corte.

—¡Ah, ya me acuerdo de la corte! —exclamó regocijado don Silverio—. ¡Qué modo de llamar las cosas!

—¿Te acuerdas cuando íbamos allí con nuestros mamelucos?

—Muy cómodos e higiénicos que eran los tales mamelucos. Yo me los puse hasta grande. Me acuerdo que ya sacaba cuentas y escribía de quinto angosto...

—Pero volviendo a la corte y mirándolo bien, todo Valparaíso era entonces una corte con aquellos barrancos, aquellas playas, aquellas calles... ¡Qué tiempos! ¡Qué tiempos!

—Cuando uno se pone a pensar que no había aceras, ni empedrados, ni luz...

—Pero qué había de haber luz cuando no conocíamos ni los fósforos.

—¡Fósforos! Así no hubiésemos tenido pajuelas... Es verdad que de nada servía la pajuela como no hubiese fuego o yesquero en que prenderla.

—Pero acuérdate que había el recurso de mandar pedir al vecino una brasita de fuego, con tal de llevarle un carbón apagado que sustituyese la brasa que él daba.

—Por esto tenían todos el cuidado, antes de acostarse, de dejar el fuego bien enterrado en la ceniza para que se conservase hasta el día siguiente. ¡Ay, no sabemos apreciar todo el bien que nos trajeron los fósforos!

—¡Qué distinto ahora, amigo, en que la luz se hace sola, con la electricidad!

—Y a propósito de la electricidad, cuántas veces, al ver alumbrada la calle Esmeralda como si fuese de día, no me he puesto a pensar en los tiempos aquellos en que cada uno tenía que llevar su farol o su linterna en la mano o debajo del capote de barragán, y hasta las bandas de música su farola, so pena de no poder dar un paso por las oscuras calles, sobre todo si era noche de lluvia. ¡Qué tiempos, qué tiempos!

—Pero ¿qué menos podía suceder con aquellos famosos faroles del alumbrado público previstos de velas de sebo y todavía colocados a una cuadra de distancia? ¡Me parece que veo a los faroleros con la escalera al hombro y los mazos de velas colgando! Todo era soplar una brisa de norte o de sur, y muchas veces sin soplar nada, y quedarse la población en tinieblas.

—Y todavía los vecinos tenían que colocar un farol en la puerta de calle, so pena de cerrarla o de oír al sereno a cada momento, después de pegar con el pito en la vaina metálica del sable: «¡Vecinito! ¡Farolito a la puerta!».

—¿Y recuerdas cómo cuidaba la municipalidad sus famosos faroles? Por la mañana temprano los desenganchaban para guardarlos, bajo llave, en un cajón de madera que se había fijado en la pared.

—Esto se explica por lo caro que eran entonces los vidrios y pobres las municipalidades. Lo que no se comprende es que hoy, siendo los vidrios tan baratos y las municipalidades tan ricas, veamos los faroles hechos pedazos.

—Lo que yo no comprendo es que fuesen tan caros los vidrios entonces, cuando se conseguía una gallina por real y medio y los huevos solían estar hasta a doce por real.

—Es que entonces no teníamos tantos derechos como hoy y no había ni recovas. ¿No te acuerdas de los puestos de verduras, frutas, carne, pescado y cuanto Dios crio, que ocupaban las calles y plazas, unos con sus correspondientes covachuelas y otros al aire libre...? ¡Qué tiempos! ¡Qué tiempos! ¿Cuántas veces no comimos fruta sin que nos costase más que aguaitarles el sueño a los huasos?

—No haríamos hoy lo mismo con la policía que tenemos.

—Me admira que hagas esa ofensa a los serenos y vigilantes de aquella época. Acuérdate que Valparaíso entero se hallaba confiado a unos cuantos hombres y que entonces había más tentaciones que hoy, porque se hallaba repartido por todas partes el oro y la plata, que ahora se encuentran bien guardados y seguros en los bancos. Comparados con los de hoy, aquellos hombres andaban como un reloj.

—En cuanto a lo de reloj, no lo niego, porque daban la hora.

—Exactamente...

—No con tanta exactitud...

—Me parece que los oigo gritar: «¡Laas doce han daoooo... y sereno!». Y si estaba nublado o lloviendo, lo decían en vez de «sereno». De forma que tú sabías desde la cama cuál era el estado atmosférico. Todavía más: te anunciaban hasta cuando temblaba, si bien es verdad que esto lo oías casi siempre un poco a destiempo, cuando ya el crujido de la casa te había hecho salir como estabas a la calle pidiendo misericordia. Por la inversa, más de una vez me hicieron salir de espetaperros con el grito de «¡Laas tres han daoooo... y el mar saliendo!». Pero eran ellos los que salían después diciendo que un tuno o borracho era el que se había permitido aquella bromita...

—Y así no más debía ser, porque los serenos y vigilantes eran muy formales, honrados y hasta buenos cristianos...

—Sí, tan buenos cristianos, que apenas despuntaba el alba cantaban el Alabado, que era con frecuencia un alerta muy oportuno para los que a esas horas podían estar ofendiendo a Dios de palabra u obra... No puede olvidárseme nunca lo que me pasó con un sereno. Me había mandado hacer un par de botas...

—A propósito de botas, ¿te acuerdas de M. Bruyère?

—¿El Cheuto? Justamente era quien me calzaba...

—Tenía su botería en la calle de la Planchada, hoy de Serrano...

—Como que ese era el único barrio en donde estaba concentrado todo el comercio. Ya sabes que no había nada en la calle del Cabo o Esmeralda, como ahora se llama, ni en la de San Juan de Dios o de Condell, excepto uno que otro negocillo de mala muerte. No hablo de la calle de la Victoria, en donde solo se veía tal cual tienda como las del campo, con sus muestras, las chupallas y los rollos de bayeta de Castilla, cubiertas complemente de polvo...

—¡Qué polvaredas las de aquellos tiempos!

—¡Las hay hoy! ¿Qué no sería entonces?

—¡Y qué barriales en invierno! ¿Te acuerdas de los pantanos que se formaban en la calle de la Victoria, en que era necesario sacar con cuatro yuntas de bueyes las carretas y con postillones los carretones y los pocos coches y birlochos que teníamos?

—¿Y qué me dices de los esteros en los días de lluvia? Bastante plata que pagué yo para que me pasasen cargado los hombres que se apostaban en las bocacalles. ¡Qué tiempos! ¡Qué tiempos!

—¡Lo que va de ayer a hoy! ¡Cuánto no ha ganado esa calle! Hoy cuenta con más establecimientos que los que había en nuestros tiempos en todo Valparaíso. Un día tuve la curiosidad de contar las zapaterías...

—Que antes eran señaladas, al menos las de hombres, como la de Etcheverry, la de Bruyère, la de Regan, la de Martineau...

—Y la de Napoleón Charpin...

—Pero esa vino después, y era de calzado para señoras... Recuerdo que esto fue una gran novedad, porque casi todas las niñas compraban calzado de importación en las tiendas de trapos...

—O en la plaza pública. ¿No recuerdas los grandes canastos que se estacionaban en la Plaza de Armas, después llamada de la Municipalidad y ahora de Echaurren, y que era entonces la principal de Valparaíso a pesar de no tener la mitad de la extensión de hoy?

—Sí, recuerdo perfectamente que todos los sábados había allí una especie de feria, porque parece que las familias no podían hacer sus compras sino en día sábado.

—Sobre todo de zapatos. Me parece que estoy viendo los canastos rodeados de mujeres, niñas y niños probándose el calzado y regateando los precios entre las zapateras que se hacían la competencia de canasto a canasto.

—También me acuerdo que salían con esas grandes cestas, iguales a las que hoy se emplean para exportar gallinas, a recorrer las calles, cerros y quebradas pregonando: «¡Los zapatos de duradera!».

—Pero acuérdate que otros gritaban: «¡Llevo los zapatos de duradera y de cordobán!».

—¡Ah! sí. ¡Qué zapatos eran los de cordobán! Dos reales costaba el par... ¡Así también duraban ellos...! Pero volviendo a mi cuento, había mandado hacer un par de botas, que entonces costaban media onza de oro...

—Más cuesta hoy un par de zapatos...

—Y cuidado que tenía uno botas para un año, porque con unas remontas, que costaban tres pesos, quedaban otra vez nuevas.

—Es que con los zapatos nos ha pasado lo que con los sombreros.

—Así no más es: entonces un sombrero de copa, de lo mejor, no valía más que un cuarto de onza, o sea cuatro pesos dos reales y medio.

—Nunca pagué yo más, y estaba cansado de comprarlos en la sombrerería de Gausseran o en la de los hermanos Besson, que eran los primeros sombrereros de la calle de la Planchada.

—Pero, ¿en qué quedó al fin lo de las botas?

—Como iba diciendo, debía estrenarlas en un paseo que tenía al jardín del Tivolá. Aquel día era de gran novedad en Valparaíso porque se estrenaban los ómnibus...

—Me acuerdo de los tales ómnibus. Creo que eran de Capelino...

—Me parece que sí; pero no dieron buen resultado, porque con las calles que entonces teníamos... ¡Así no hubiese sido por el general Blanco!

—A él se le debe, en efecto, el empedrado de las calles, las aceras...

—Pero ¿qué idea tendrían al colocar en las aceras aquellos postes de un metro de altura y a cinco o seis metros distantes uno de otro?

—Tal vez se tomó por modelo la acera de la Aduana (hoy Intendencia), la cual estaba orillada de cañones excluidos de los buques y unidos por cadenas que obligaban al transeúnte a saltarlas a cada momento.

—Quizá era una defensa o barrera contra los animales, especialmente los vacunos, que se escapaban todos los días de los corrales de matanza (el Cuadro) y venían por las calles principales haciendo fechorías en medio de los gritos: «¡el toro! ¡el toro!» y de las polvaredas que levantaban los huasos que, a caballo y lazo en mano, corrían tras ellos a todo escape. ¡Qué tiempos, qué tiempos aquellos!

—Volviendo, pues, a mi asunto, decía que ese día tenía un paseo al Tivolá y en la noche debíamos ir al sainete... ¿Te acuerdas de los sainetes? ¡Quién creería hoy que lo mejorcito de Valparaíso solía ir a divertirse, por los días de Pascua, al cerro de la Cordillera!

—Así no más era: me acuerdo que desde temprano comenzaban las familias a mandar sus silletas al corralón conocido con el nombre de la Recova y que hoy permanece más o menos en el mismo estado, aunque convertido en un conventillo.

—Si no ando trascordado, allá por el año treinta y nueve estuve yo en uno de los últimos sainetes. El tablado que servía de escenario estaba al sur y a gran altura para que lo dominase toda la concurrencia, la cual se hallaba, por supuesto, al aire libre. Allí fue donde por primera vez oí hablar a la Virgen, a San José, al rey Herodes, al Ángel bueno y al Ángel malo, sin que todo esto costase más que un real a la entrada y un constipado a la salida... Pero volviendo a mi asunto de las botas... ¡Cómo! ¿Ya está sacando el reloj, amigo mío? —me dijo don Silverio.

—Ya es hora de retirarme —le contesté levantándome—. Las once.

—¡No faltaba más! Tenemos todavía que tomar el té... Y a propósito, le contaré a usted cuándo y cómo trajeron el té a Chile...

—Dispénseme usted, don Silverio; otro día, otro día.

—Pero siquiera vamos a tomar el té, hombre; no me desaire usted.

Y cogiéndome del brazo, don Silverio me llevó con toda su amabilidad al comedor, en donde, después de mandar retirarse a la familia, porque el asunto era algo escabroso, me contó, entre sorbo y sorbo de té, lo de las botas, pero con la condición expresa de que no había de salir de entre nosotros.

Y cumplo mi palabra.

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Las cocineras

Desde que enviudé ¡ay! la pena negra estoy sufriendo con las cocineras.

Ahora me explico toda la amargura con que mi pobre mujer solía expresarse cuando tratábamos de ellas, y hasta he llegado a creer que no han tenido poca parte en las causas de su enfermedad y de su muerte.

No hace muchos días que revolviendo unos papeles me encontraba con una cartita suya en que me decía desde Limache:

«Estoy pasándolo muy bien, gracias a Dios y al privilegiado clima de este lugar; pero como todo no ha de ser completo en esta vida, y nunca falta algo que nos mortifique, hoy me encuentro con que la cocinera se me ha enredado con el sacristán de la iglesia...»

Y así había sucedido, en efecto, porque mi mujer —¡si la conocería yo!— era incapaz de decir una cosa por otra, ni menos de pensar mal de nadie sin motivo.

La cocinera desde el patio de la casa, la cual estaba situada al lado de la iglesia, y el sacristán desde la torre, se entendían perfectamente a señas y repiques de campanas.

Mi mujer no vino a notarlo sino cuando ya el sacristán le había repicado a su gusto a la cocinera, y lo que la hizo entrar en malicia fue el verla a ella —un diablo que antes no se acercaba ni a las puertas de la iglesia— convertida de repente en una devota que no perdía misa ni trisagio.

Al principio creyó mi mujer que esta repentina trasformación de la cocinera era debida al clima o a la tranquilidad del lugar; más no tardó mucho en salir de su error al ver que no salía del patio de la casa durante el día, esperando que el sacristán subiese a la torre a tocarle el tarantantán, y de noche se iba a la iglesia o a la calle para que le tocase el tirintintín.

Yo estuve varias veces a punto de ir a acusar al sacristán que así abusaba de su elevado puesto, de la torre y de las campanas, desistiendo solo por consejo de mi mujer, que lo disculpaba diciendo que él no tenía la culpa, porque al fin era hombre y por añadidura sacristán.

Preferimos, pues, deshacernos de la cocinera, a pesar de que su falta iba a ponernos en un conflicto; pero esta resolución era inevitable después de aquel campanazo.

La cocinera, aunque era de Valparaíso, se quedó en Limache oyendo misas. ¿Qué quiere decir cristiano?

Desde entonces datan mis desventuras, porque en mi condición de viudo tengo ahora que intervenir más directamente en la servidumbre, y por mi desgracia no hay cocinera que no me salga sacristana.

Ya he perdido la cuenta de las que he remudado. Las he tenido de todos precios y de todos pelos o pelajes. El resultado es el mismo: cual más, cual menos, todas me han salido como cortadas por una misma tijera.

···

Mando a la agencia de sirvientes para que, sin mirarse en precio, me proporcionen la mejor de las cocineras. Me la prometen, se guardan el importe de la comisión, y yo quedo esperando el encargo.

Al día siguiente, en efecto, me llega la encomienda en forma de una mujer joven todavía, no mal parecida, armada de su correspondiente polizón, con un moño muy empingorotado y con la cara bien revolcada en polvo de arroz, de harina o cosa por el estilo.

—¿Es usted cocinera? —le pregunto después de contestar a su reverente y coquetón saludo.

—Para servirle.

—Justamente la necesito para eso.

—¿Hay niños en la casa?

—Sí, algunos, pero son grandecitos. No tenga cuidado por eso.

—Al contrario, los grandecitos son los más atrevidos.

—Vamos, tranquilícese, que no son niños, sino hombres hechos y derechos.

—¡Todavía así!

—¿Y cuánto pide?

—¿Yo?

—Sí, usted.

—Yo... yo gano... según y conforme: con salida afuera diez pesos, y sin salida doce, aunque siempre me han pagado mucho más.

—¿Por cocinar solamente?

—¿Y por qué más quería?

—Está bien, le daré los doce, pero sin salida afuera, como ustedes dicen.

—Entonces voy a buscar mis cosas.

Y se marchó, volviendo más tarde con su cama y demás cachivaches.

A los pocos días hacía sacar sus cosas: se iba porque no estaba acostumbrada a que le anduviesen tomando entrada y salida de todo.

···

Basta de agencia. Al diario con este aviso económico: "Buena cocinera necesito. Calle Tal, número tantos."

Mientras cae alguna, se come como se puede. De hambre no se muere nadie, ni los mendigos, que es lo que más abunda.

Al día siguiente se me aparece una vejancona tan desarrapada, que al verla asomar por la puerta le digo:

—Perdone, hermana, venga el sábado.

—Yo no soy ninguna limosnera, gracias a Dios —se apresuró a contestarme—. Venía porque he visto un aviso...

—¡Ah! ¿Es usted cocinera? Debí haberlo conocido por la toilette.

—¿Por qué dice...? ¿Que no es aquí la casa?

—Sí, aquí es; no tenga miedo; suba.

—¡Ay! ¡Cómo me cansan estas escaleras condenadas! ¿Dónde está la cocina?

—Arriba.

—¿Todavía más...?

—En el tercer piso...

—Pero, ¡qué les ha dado por encaramar tanto las cocinas! Buenas tardes le dé Dios.

—Y a usted también... Con que es usted cocinera.

—Desde muy medianita, y sé hacer de todo.

—¡Magnífico! ¿En dónde ha servido?

—¡Tú-tú-tú! Ya he perdido la cuenta.

—¡Buena recomendación! Es decir que a usted no la aguantan en ninguna parte.

—Al contrario, soy yo la que no los aguanto a ellos... Ahora no más acabo de tener mis diferiencias con unos italianos...

—¡Ah! ¿Usted ha servido a italianos? Sabrá cocinar muy bien.

—Hago toda especie de mancarrones.

—¿Sí? ¡A mí que me gustan tanto los mancarrones!

—¿Cuáles?

—Todos, menos los de cuatro patas.

—¿Y cuánto paga? Con salida afuera por supuesto.

—Con salida adonde quiera, afuera o adentro, con tal de que usted no me salga como otras.

—No se le dé cuidado por eso, porque yo siempre he sabido dar gusto...

—Le doy diez pesos con salida afuera, y no hablemos más.

—Poquito es; pero por no estar de balde... porque cuando una está acostumbrada a vivir de su trabajo... ¡Ah! Se me olvidaba decirle que tengo una niñita.

—¿Sí? ¡Cuánto me alegro, y Dios se la conserve!

—Entonces la traigo.

—¿Para qué?

—Para que esté a mi lado...

—Y a mí me coma medio costado... ¿Por qué no empezó por ahí, señora?

—Se me había olvidado, patrón; pero a bien que nada se ha perdido... Dispense...

—No hay de qué.

—Adiós.

—Adiós.

···

Pasan algunas, horas, y vuelvo a sentir el tilín-tilín, no del sacristán, sino de la campanilla de la puerta. Esta se abre y deja pasar a dos muchachonas.

—¿Aquí será donde necesitan una cocinera? —pregunta una de las dos.

—Aquí mismo. Adelante. Pero no se necesita más que una.

—Es que yo soy su hermana y vengo a hablar por ella.

—¡Ah...! ¿Su hermana es muda?

—No, señor, pero es muy corta...

—¿De talle?

—No, de genio.

—Vamos, eso ya es una recomendación.

La hermana corta, sin despegar los labios, aunque los ha puesto muy largos, me da una mirada feroz, probándome que lo corto no le impide que sea una taimada.

—¿Y tiene recomendación de sus patrones?

—Ella no, señor, porque como es tan corta... pero tengo yo que es lo mismo.

—¡Cómo ha de ser lo mismo, hija! Usted bien puede ser un ángel, y su hermana...

—Y yo un diablo... Vámonos, Matea, agrega ella dando un respingo y bajando la escalera refunfuñando, seguida de su hermana.

···

Por la noche se me aparece otra cocinera, que recibo con la desconfianza que han despertado en mí sus colegas. Así es que empiezo por preguntarle:

—¿Trae recomendación?

—No, señor, pero es lo de menos.

—Para mí es lo de más.

—Es que puedo pedirla.

—Eso es otra cosa.

—¿Cuánto es el sueldo?

—Diez pesos.

—Con que diez pesos... ¿Y cuántos son de mesa?

—Cinco, y con usted seis.

—No, señor; ya se pasaron esos tiempos. Yo estaba ganando quince y no eran más que tres los patrones.

—Y entonces, ¿por qué se salió?

—Por ganar más.

—Pues yo no puedo darle tanto. ¡Quince pesos! Otros quince que usted se comerá...

—¿Y quería que yo no comiese?

—Luego el gasto de carbón, leña, agua, quebrazón de servicios, limpias de chimenea, sin contar las otras limpias... No, no, prefiero suprimir la comida... No hay más comida en casa...

—Mire lo que dice, señor.

—Iremos a un hotel.

—Presumo que aquí habrá salida afuera.

—Es claro: ¿que no ve la puerta?

—Quiero decir...

—Es verdad, se me había olvidado...

—Me darán, por supuesto, todas las sobras.

—Todas; aunque, a decir verdad, a nosotros no nos sobra mucho.

—Por lo menos sobrará azúcar.

—Sí, y también té, vino... Pero será mejor, señora, que cargue con todo, incluso yo, que es lo que ya está de sobra en este mundo.

—Siento mucho, patrón, el haberlo incomodado; aunque me parece que no había motivo para enfadarse.

—Al contrario, es usted dueña de pedir, porque como en el pedir no hay engaño...

—Que lo pase bien.

—Igualmente, y ya sabe la casa.

—Muchas gracias

—No hay de qué.

···

Pasa un día, pasan dos, tres, y seguimos comiendo como de milagro.

Al fin veo llegar una cocinera que no tiene malas trazas y que probablemente voy a aceptar, si es que ella me acepta a mí, que es lo más difícil.

—Me han dicho que aquí necesitan cocinera.

—No la han engañado. ¿Quiere usted servir?

—Cómo no; a eso venía.

—¿Es usted limpia?

—Por eso no se le dé cuidado, porque estoy acostumbrada a servir en casas extranjeras, y si gusta le puedo traer recomendación de mis Meri.

—¿Quién es mis Meri?

Mis Meri es una señora inglesa del Cerro Alegre.

—Es claro que siendo inglesa hade ser del Cerro Alegre... Es decir que usted por lo menos sabrá hacer los bisteques.

—Y toda clase de postres.

—¡Qué bueno! Pero en eso se gasta mucho.

—No, patrón; yo no soy desperdiciadora como otras, y mis Meri me acostumbró a ser muy arreglada.

—¡Magnífico!

—Con las carnes que quedan de un día para otro me enseñó a hacer chuques...

—¿Qué chusco!

—No, chuques.

—Entiendo.

—Y cuando quedan chuques, al otro día se hacen arischuques.

—Usted me conviene. ¿Cuánto pide?

—Quince pesos.

—No, le doy doce con salida afuera y las sobras, si es que las hay, porque con sus chuques y arischuques usted nos va a hacer comer hasta los huesos.

La cocinera aceptó al fin; pero a los pocos días tuvimos que despedirla porque se quedaba dormida sobre las ollas y temíamos que el día menos pensado se prendiese fuego, haciendo de ella misma un chuque, y quién sabe si de toda la casa, con nosotros adentro, un arischuque.

Ella decía que era una enfermedad incurable que tenía en la sangre. Y así debía de ser, porque en vano ella se curaba todos los días.

···

En honor de la verdad debo decir que esta buena mujer, condolida sin duda de mi situación, me echó otra en su lugar, la que se me presentó al siguiente día como quien dice en demanda del empleo.

—¿Con salida afuera? —le pregunté desde luego.

—Como le parezca —me contestó muy frescamente—; a mí me da lo mismo adentro que afuera.

—Pues a mi no, porque con esas salidas afuera... Pero, ¿qué es eso que trae ahí?

—¿Dónde?

—En la barriga... ¿Se ha puesto el polizón por delante?

—¡Ah! ¡Vaya que es curioso el patrón, y en lo que se fija!

—Pues si no me fijo en eso... Y como acabamos de despedir a la otra por su enfermedad en la sangre...

—Me parece que usted nada tiene que ver...

—En efecto, yo nada tengo que ver; pero como ese debe venir también con salida afuera...

—¡Vaya que es travieso el patrón! Es decir que no me toma por eso no más.

—Nada más que por eso.

—¡Qué le hemos de hacer!

Y la pobre mujer se marchó resignada.

···

Mientras tanto seguimos comiendo sabe Dios cómo... Lo peor de todo es que no sé cuándo irán a terminar estas conferencias e interrogatorios con las cocineras. ¿Será posible que en todo ese numeroso gremio no haya como quien dice un pan que rebanar?

No; no me atrevo a hacer tan ofensiva suposición, porque las hay muy buenas y apreciables bajo todos sentidos. En este mismo momento se me viene a la memoria la pobre vieja Bernarda (que está en gloria) con su probada honradez, su fidelidad inquebrantable y sobre todo ese amor entrañable a la familia, que le hacía participar de nuestras alegrías y de nuestras penas, riendo cuando nosotros reíamos o llorando si nos veía llorar.

¡Alma noble y generosa! No en vano —aunque este era uno de sus lados flacos, y algo había de tener— se consideraba de noble estirpe. Siempre le oí decir que descendía de las primeras familias y que tenía parentesco muy cercano con la condesa Toro. Y tan persuadida estaba de ello, que no admitía réplica, lo mismo que sobre la edad, pues no había forma de querer ser vieja. Por lo demás, era la prudencia misma y no daba lugar a chocar con ella. Recuerdo que un día le dije:

—No pierdas tanta agua, Bernarda; gasta en conciencia.

—Bueno, patrón; gastaré en conciencia.

Pero reflexionando en seguida, se me ocurrió preguntarle:

—¿Y qué entiendes tú por conciencia?

—Gastar lo más que se pueda pues patrón.

—¡Bárbara! Lo que sea necesario y nada más.

Mi mujer solía decirle cuando la veía atrasada con el almuerzo o la comida y yo iba llegando a casa:

—¡El patrón, Bernarda!

—¡Y dei! A su casa viene.

—¡Me gusta tu flema!

—No se le dé nada, señorita, que le tengo lo que a él le gusta. Ya sabe que al patrón se le tapa la boca con una papa revolcada en azúcar... Dígale que se vaya mientras a pasear por el maricón.

Y yo tenía que irme realmente a pasear por el malecón.

Algunas veces, cuando encontraba sin sal y muy mala la comida, exclamaba yo incomodado:

—¡Esto no se puede comer! ¡Bernarda...!

—¿Señor?

—Te has lucido con tu comida.

—¿La han encontrado mala? ¡Cómo ha de ser! Otro día la hallarán mejor.

—Pero, ¿por qué te ha salido hoy así?

—Ya sabe, patrón, que la cocina es tan tragediosa.

Poco después, cuando se habían llevado los platos de la mesa, oíamos que ella decía desde la cocina al verlos vacíos:

—Mala la comida, pero se la comieron toda.

Y era la verdad, porque muchas veces sucede que, sea por falta de sazón en la comida, o sea porque uno es el que está desazonado, empieza por encontrarla mala y concluye por comérsela toda.

Con razón decía ella con mucha frecuencia:

—No hay nada más ingrato que la cocina.

—¡A quién se lo cuentas! —solía decirle yo.

Y en efecto, ¿cuántos platos no nos salen malos a nosotros los cocineros en literatura, los unos por carecer de sustancia, de color y sabor, y los otros por falta de sal y pimienta?

Y luego ¡es tan difícil agradar a todos los gustos y paladares!

Me parece estar oyendo decir a más de uno:

—Lo que es este de "Las cocineras" lo encuentro desabrido.

A lo cual contestaré yo como la Bernarda:

«Pero se lo comieron todo.»

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La muerte

Mi primera idea se reducía a las modestas proporciones de un acápite de crónica; pero la extensión que ha tomado con tanta digresión me ha obligado a escribir lo que se llama un artículo.

Me ha pasado algo semejante a lo que le pasa al gobierno con sus construcciones: se propone hacer una casa para la satisfacción de ciertas necesidades, y al fin resulta que, agregación va, modificación viene, la casa se convierte en caserón y el presupuesto se duplica o se triplica.

Por fortuna mi edificio, o mi artículo, no tiene presupuesto, ni contratistas, ni lo demás que me callo, porque todo se reduce al gasto de papel, tinta y paciencia, no la mía, sino la del lector.

Y ahí me las den todas.

···

Afortunadamente también, al lector le gustan esta clase de artículos, y ello viene a suplir hasta cierto punto su deficiencia o la insuficiencia del autor.

Entre tanto, bueno será advertir que este no es un artículo de costumbres, sino un articulo mortis y por lo tanto lúgubre, negro como la muerte; aunque bien mirado, la muerte figura entre las costumbres más generales y más arraigadas. En todos los países, en todas las clases sociales, sin distinción de edades ni de sexos, existe desde antiguo la costumbre de morirse, y muchas veces nada más que por los malos hábitos o las malas costumbres. Agréguese a esto la costumbre de encajonarse, de enterrarse, de los acompañamientos, las exequias, las necrologías, las coronas y los discursos. Vanitas vanitatum et omnia vanitas.

Sin embargo, no es este mi propósito al escribir sobre la muerte. Y basta de digresiones.

···

Leyendo la última revista de Forelio me llamó la atención un cuadrito copiado del natural a propósito de la partida al campo de un empleado que dejaba a Valparaíso en los días de festividades nacionales, no para ir en busca de distracciones, sino huyendo de todo motivo de recuerdo sobre sus tareas diarias. Quería olvidarse completamente del trabajo, de los embarques, de las pólizas, de las fatigas y sinsabores que experimentan los que todo el año están luchando por la vida, como ahora se dice.

¿Lo conseguiría el viajero? ¿Podría sustraer su imaginación, en medio de la dulce soledad de los campos, a esa especie de vértigo de que son víctimas los hombres de labor? Si Forelio ha tenido la fortuna de verlo a su regreso, tal vez sepamos lo que le ha pasado a su amigo y nos lo cuente en su próxima revista.

Deseamos saberlo, porque nos resistimos a creer que el empleado lleve su ingratitud para con el trabajo hasta el extremo de no querer acordarse ni del santo de su nombre. El trabajo, antítesis del ocio (la ociosidad es madre de todos los vicios), que es considerado como una virtud y casi como una religión, es acreedor por lo menos al respeto de los que en esta difícil y asendereada vida le debemos, si no la dicha, el bienestar, las consideraciones y hasta el consuelo en nuestras desgracias.

···

Leyendo, pues, esta relación de Forelio nos vino la idea de escribir algo sobre la muerte. «¡Ah! —exclamamos—, ¡si nosotros pudiéramos hacer lo que el empleado, no para huir y olvidarnos del trabajo, sino para huir y olvidarnos de la muerte!

Porque en Valparaíso estamos pasando por una época terrible. El espectáculo de la muerte lo tenemos en todas partes y a toda hora. Casi no hay día que no veamos desaparecer a un amigo o a un conocido, cuando no es una niña que era todo el encanto del hogar, o un joven modelo que constituía toda la esperanza y la dicha de sus padres.

No parece sino que la muerte se ha ensañado con Valparaíso y con lo mejor de nuestra sociedad.

Salimos a la calle, y andamos como a tropezones con los ataúdes, unos que van de vacío, otros llenos y con sus acompañamientos más o menos numerosos. Las calles principales y en las horas de paseo son las más frecuentadas por los cortejos fúnebres. De día o de noche, la muerte nos ha de salir al paso: «¡Aparta, efímero mortal! ¡¡Paso a la muerte, que es la inmortal!!». Y nos echan acera abajo, o nos arrinconan contra el hueco de alguna puerta, en donde quedamos acongojados.

Damos un paseo por el malecón a cualquiera hora del día, y lo primero que se nos presenta a la vista es un cajón mortuorio llevado en hombros por gente del pueblo que se dirige al cementerio de Playa Ancha.

Para sustraernos a tan desagradable espectáculo abrimos el diario que llevamos en la mano, y lo primero que nos salta a la vista es una columna de defunciones con sus siniestras cruces y sus orlas de luto.

No hay escapatoria: el espectáculo de la muerte nos persigue por donde quiera y a toda hora.

Llegan las fiestas patrias, la ciudad se engalana, en todos los semblantes se ven retratadas la alegría y la felicidad. Pero —¡oh desengaño!— a cada momento nos abruman las noticias acerca de las víctimas que hace la muerte, y mientras los unos se entregan a la diversión y al placer, los otros lloran amargamente la pérdida del hijo, de la madre, del amigo.

Para atenuar nuestra pena tomamos parte en las fiestas, y allí mismo, como sucedió en las regatas, la muerte se lleva traidoramente un pobre niño despedazado por un tren de carga. ¡Y si solo fuera esta la única víctima de nuestros ferrocarriles!

¡Qué más! Nos acercamos al volatín, y ahí nos encontramos, entre los regocijados espectadores, con el ataúd «Gratis para los pobres». ¿Está esperando la caída fatal de un volatinero? No, acaba de llevar al cementerio el cadáver de quien tal vez murió inconsolable por no haber llegado a las fiestas. ¡Y no se les ocurrió a los enterradores llevarlo al volatín de cuerpo presente!

Por fin amanece el día del gran paseo militar a Playa Ancha, toda la población se dirige entusiasmada a aquel campo de animación y alegría; mas apenas se llega a él, lo primero que aparece es el lazareto y dos cementerios, el uno lleno de cadáveres y de cruces, el otro esperando vacío a esa generación que hoy se divierte y, mal que le pese, ha de llenarlo más tarde con sus osamentas. Pulvis est et in pulverem reverteris.

···

Y como si todo esto no bastara para amargar nuestra vida, para tenernos con la vista fija en la muerte, los negociantes de coronas y de ataúdes se valen de todos los medios posibles para llamar nuestra atención.

Hay establecimientos fúnebres que se han convertido en casas de ropa hecha para los muertos, y día habrá de llegar en que la costumbre o la moda la exija sobre medida, para lo cual tendremos que ir con tiempo a ponernos en manos del sastre de la eternidad.

No comprendemos cómo no se les ha ocurrido poner de muestra un cadáver vestido para hacer la cosa más a lo vivo, o más a lo muerto.

···

Es una ley fatal la que nos condena al recuerdo constante de la muerte. Cuando no son los acompañamientos, que a cualquier hora del día y de la noche recorren las calles principales, o las casas de ataúdes y de coronas, que ocupan las mismas, nos sorprenden por las calles verdaderos cadáveres andando, que con sus tristes semblantes parecen decirnos: «Me voy; hasta muy luego».

Y nosotros solemos exclamar, al ver a uno de esos desgraciados: «¡Pobre! ¡Está esperando la muerte!». ¡Como si nosotros, por buenos y sanos que nos hallemos, estuviésemos haciendo otra cosa!

¡Ay! ¡Por fortuna se escapan a nuestra vista aquellos que, más desgraciados aún, llevan la muerte en el alma!

···

«No hay más que el teatro para olvidarse del mundo y de sus miserias», acostumbramos decir. Y en efecto, los espectáculos teatrales son un gran consuelo. Pero que allí nos veamos libres de los recuerdos de la muerte, nequaquam. En noches pasadas no más, impresionado con tanto fallecimiento, asistí deseoso al Odeón, y en lo mejor siento el fúnebre toque de una corneta. Sorprendido al principio creí que era por el asesinato alevoso que los artistas hacían de la zarzuela, lo cual me tenía sobrecogido, pues no podía verme libre de la muerte ni aun en el teatro; mas luego oí decir que era el cadáver de un bombero que había sido asesinado a palos y que sus compañeros llevaban al cementerio por la calle de Condell.

Salí disgustado del teatro y me fui a dormir. Era la única manera de verme libre de asesinatos y de muertos. ¿Creerán ustedes que con las negras impresiones me dio una horrible pesadilla? Esta vez era yo el asesinado.

Vamos, me dije al día siguiente, no hay más remedio que el trabajo, por más que el empleado amigo de Forelio haya salido de Valparaíso para ni pensar en él. Si yo me fuese al campo para olvidarme de la muerte, es muy probable, casi seguro, que el tren matase a alguien.

Y en el acto recurrí a mi gran panacea contra las penas y malos pensamientos, el trabajo, el cual me hizo olvidarme completamente de la muerte, entretenido en este artículo... sobre la muerte.

Similia similibus curantur (y vamos asesinando también el latín) lo cual quiere decir (traducción libre) curarse con los mismos pelos, o, un clavo saca otro clavo.

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Los banquetes

Esta costumbre parece venir desde muy atrás, y tal vez no sea aventurado decir que es tan vieja como el comer y el beber. Desde entonces data también, si no estoy equivocado, la costumbre de hartarse y achisparse. Quien desee convencerse de ello no tiene más que echarse al cuerpo la historia antigua, la profana y la sagrada.

Eso sí, dudo mucho de que en ninguna época se haya abusado de los banquetes tanto cómo en la actual. Puede decirse que hoy, salvo raras excepciones, no son más que un pretexto para comer y beber.

Aun cómo manifestaciones han degenerado mucho, del mismo modo que las manifestaciones póstumas o los honores fúnebres... Pero basta de muerte; que precisamente escribo este artículo para desimpresionar al lector.

Hoy a cualquier pelagatos se le da un banquete o se le entierra con gran aparato fúnebre... Verdad que no quiero hablar aquí de la muerte.

¿Va alguien a ausentarse del país? Se le despide con un banquete. ¿Llega otro del extranjero? Banquete con él. ¿Hace el último viaje de su vida, el de la eternidad? Allá van las coronas... ¡Y dale con que hemos de venir a parar en lo mismo!

Esto no quiere decir que dejen de darse banquetes a otros que ni se van del país ni llegan de ninguna parte, como no les hayan llegado a los banqueteadores las ganas de comer y beber bien.

¡Con decir que se reúnen unos cuantos a almorzar, a comer o a merendar, y salen después con que fue banquete, y que hubo brindis, y mucho apetito, y mucha cordialidad, y mucha alegría, faltando solo la fraternidad y el entusiasmo cuando llegó la hora de tener que pagar lo consumido!

···

Es cosa que no he podido explicarme eso de preferir siempre un banquete para manifestar a un amigo, sea la alegría por su llegada, o sea la pena por su partida. Lo primero pase, pero lo segundo me hace el efecto de las bandas de música en los cortejos fúnebres, aunque prefiero estas a las antiguas lloronas o plañideras... Y perdóneseme una vez más esta involuntaria y lúgubre digresión.

Sin duda se dicen los banqueteadores, tratándose de un recién llegado: ¿Qué mejor manera de manifestar nuestra alegría que con una buena mesa? «Barriga llena, corazón contento». Y tratándose de una partida: «Los duelos con pan son menos».

···

Por lo que a mí toca, difícilmente habrá mayor enemigo de los banquetes, sean de la clase que fueren, y sin embargo, será también difícil encontrar otro que a ellos haya concurrido más y que le haya costado menos.

No recuerdo si alguna vez he tenido la debilidad, o más bien la fortaleza de contribuir para una de esas manifestaciones. Mucho lo dudo, porque esto habría sino fomentar lo mismo que detesto, lo cual no se comprendería, por más que sea condición humana desmentir nuestras ideas y sentimientos con nuestros propios actos.

Es verdad que en la mayoría de los casos contribuyen muchos, si no todos, únicamente por compromiso, así como suelen concurrir los más atraídos por el aliciente de la mesa.

—¿Contamos con usted? —se le pregunta a un suscritor.

—Iré —contesta él después de pensarlo un poco y como de mala gana, agregando en seguida para sí—: Peor será perderlo todo.

···

En cuanto a mí, si tengo y he tenido siempre una aversión irresistible a los banquetes, es porque sus platos y sus discursos me empachan, es decir que no me pasan ni como manifestaciones ni como atracones. Tal vez sea una extravagancia mía; pero el hecho es ese, que no los puedo tragar.

Así es que cuando me convidan a alguno como representante de la prensa, es lo mismo que si me convidasen a mortificarme, o a hacer penitencia, como suele decirse tan modestamente en lenguaje familiar o casero.

Partan ustedes del principio de que a mí me gusta comer de lo que me place y a mi modo, sin etiquetas ni ceremonias, y beber de igual manera, dándole al cuerpo un trago cuando me lo pide y de lo que pide (si es que lo hay) y no cuando lo piden o lo ordenan los demás.

No porque sea enemigo de la etiqueta vayan ustedes a creer que lo soy también del orden y que no me gusta el sosiego, el reposo o como quieran llamarlo. No es eso lo que me mortifica en un banquete, sino el estiramiento insoportable que reina al principio y en que no se sabe cómo estar mejor, mientras que al final, mucho antes del final, las zalagardas que se forman le hacen creer a uno que todos se han vuelto locos.

···

Agréguese que soy muy aficionado a los postres o al dulce, y que no hay para mí mayor mortificación o tentación que estar comiendo con un castillo o una torta por delante. Esto quizá no lo comprendan, a fuer de hombres, los concurrentes a banquetes, pues es sabido que son muy pocos los hombres aficionados al dulce... según lo dicen ellos. Sin embargo —y esta es otra de mis mortificaciones—, todavía no ha llegado la hora de los postres cuando viene alguno de los enemigos del dulce y ¡zas! echa un castillo abajo, otro da una cuchillada a una torta, aquel hace prisionera a una gelatina y... vamos acabando de llenarnos con lo que no nos gusta, sin perjuicio de llenarnos los bolsillos con lo que se pueda, nos guste o no, a fin de salir del banquete tan lleno por dentro como por fuera, mientras que yo, necio de mí, no he hecho otra cosa que estarme llenando de indignación y de cólera.

···

Agréguese todavía que uno está obligado en un banquete a comer y a beber con personas que muchas veces no conoce ni de nombre, o que por lo menos le son antipáticas; y nada será esto como no le toque tener al lado, no digo a un desconocido, sino a un enemigo, cuando no a un majadero que lo importune a cada instante con su mala crianza o con sus imprudencias.

Porque en un banquete, aunque sea el más sonado, siempre hay de todo. ¡Con decir que suelen llegar algunos bien asegurados de antemano!

—¿Soy yo leso? —dice uno de ellos haciendo mucho favor a los que le oyen—. Lo primero que hice antes de venir fue comer bien en mi Casa.

Y en efecto, al verlo tan alegre y hablador, uno cree que viene de otro banquete. Esto no impide que vuelva a comer y a beber como si ya hubiese hecho la digestión.

—Lo que es yo —dice como en son de réplica otro que está al lado—, no he querido hacer once para estar con más ganas.

—Se juntará conmigo —agrega un tercero—, que no he querido ni almorzar, porque ¿a qué viene uno? Y todo esto no lo han puesto tampoco para mirarlo.

—Además de que nosotros no somos convidados sino por cuanto vos contribuisteis.

Yo no sé por qué, pero el hecho es que casi siempre en los banquetes me toca tener de estos tipos a mi lado. Es cierto que muchas veces he oído a otros quejarse de lo mismo.

···

De lo que se quejan todos en un banquete es de los licores. Nunca los encuentran buenos, porque ¿quién no está acostumbrado a tenerlos mejores en su casa? En cuanto a las viandas, por lo menos andan repartidas las opiniones, como que los gustos son muchos y los paladares muy variados.

Pero tengan o no razón, lo cierto es que nadie deja de comer y desbeber en un banquete, sin duda para no perderlo todo.

···

¿Ni quién puede tampoco eximirse por lo menos de beber? Que lo diga el compañero de mesa que tengo a mi izquierda, quien no cesa de invitar, copa en mano, a sus amigos y conocidos.

En cambio, él también es invitado, y así es como insensiblemente ha ido alegrándose y desatándosele la lengua.

En una de esas, después de beber, con la cara llena de risa, con un amigo que lo invitó desde lejos, le oigo murmurar:

—Mejor fuera, bribón, que me pagases lo que me debes.

—¿A usted le debe ese joven? —le pregunto yo.

—¡Si no fuera más que a mí! Es un tramposo...

—¿Y cómo se atreve a invitarlo a beber?

—Ahí verá usted. ¡Si es un sinvergüenza!

—¡Cuidado! No hable tan alto, que pueden oírlo.

—Aunque me oigan... ¡Mozo! Pasa esa botella.

···

Entretanto continúan cruzándose las invitaciones, obligándolo a uno a beber más de lo regular.

Esto siquiera es a secas, es decir, sin pronunciar palabra, como no sean por el estilo de las de mi compañero. Lo terrible es cuando viene el champaña y con él los brindis. El reo, o sea el banqueteado, tiene que recibir a boca de jarro las descargas de los banqueteadores. Terrible situación debe ser para la víctima esa lluvia de alabanzas, de adulos y hasta de mentiras con que se le confunde, sobre todo si es, va a ser o ha sido hombre público y puede servir con sus poderosas influencias. ¡Cuántas veces no he oído prodigarle las alabanzas al mismo que poco antes lo descueraba despiadadamente!

Sin embargo, los aplausos resuenan a cada momento, haciéndonos todos cómplices, sin quererlo, particularmente el vecino, que es de los más entusiastas, sin que por eso deje de murmurar:

—¡Qué bruto!

—No hable tan fuerte, hombre.

—¿A qué se meterán a hablar estos que no saben!

—¿Y qué quiere hacerle?

—Hablar yo... ¡Pido la palabra!

—¡Hombre, por Dios!

—¡Pido la palabra, señor presidente!

—Dispense, caballero —le dice el presidente—. Me parece que no está inscrito.

—Si no es más que por eso, puedo inscribirme desde luego.

—Ya no se puede... Hablará más tarde... Aun no le ha llegado la hora.

—Ni Dios quiera que me llegue, señor.

Todos ríen con estas ocurrencias, mientras que a mí me tiene azareado el tal vecino.

Es verdad que no es él únicamente quien me pone nervioso, sino también los brindis, porque prescindiendo de las indiscreciones, de los disparates y falsedades que contienen, algunos los pronuncian con tal dificultad, que a cada momento se detienen, repiten las palabras, las mascan, se mueven, se quedan mirando el mantel y por fin se cortan.

¿Puede haber mayor mortificación para quien los está oyendo? ¿Hay quien pueda oír y ver estas cosas con indiferencia, y mucho menos comer y beber con gusto, como no sea mi vecino de la izquierda, que grita cuando el otro se ha cortado:

—¡He dicho!

—¡Silencio! —exclama uno con rabia.

—¡Fuera el impertinente! —grita otro.

—Tenga la bondad de no interrumpir caballero —le dice con mucha amabilidad el presidente.

—Yo no he interrumpido, señor, y dispense... Creo que fue él mismo quien se interrumpió.

—Cállese, hombre —le digo yo a media voz—, que está haciendo un papel ridículo.

—Más ridículo es él, que se cortó.

···

Estos incidentes, que a mí me tienen casi aturdido, han sido, al contrario, motivo de diversión para los otros y hasta les ha abierto más el apetito, a juzgar por su alegría y por su voracidad.

Tras una leve pausa siguen los brindis de lista, con desesperación de mi vecino, que no por eso deja de beber y hablar por cuatro, a pesar de que lo hago callar a cada instante al ver que se atrae las miradas iracundas de machos.

—Todos lo están mirando, amigo —le digo disimuladamente.

—Me alegro mucho —me contesta él sin parar la atención—, porque eso prueba que soy buen mozo... A propósito de mozo —agrega dirigiéndose a uno de los que sirven—, ¿que no hay más champaña? ¡Pronto!

—No, ya es suficiente —le dice su otro compañero de mesa—; no conviene, amigo, que bebamos más.

—Hombre, ¿tan luego le agarró? A mí no me ha hecho nada todavía... ¡Mozo! —grita en seguida—. ¡Champaña! ¡Pronto!

—Aquí hay —dice pasando una botella uno de los convidados que está a mi derecha, agregando bajo—: Dele a ver si revienta y nos deja tranquilos.

—¡Música! —grita él en esos momentos.

—¡No es mala música la tuya! —murmura uno del lado.

—No, señor, todavía no —dice el presidente—, porque va a brindar...

—¡Gracias a Dios! —exclama el interruptor—. ¡Al fin me llegó la hora!

—No, señor, no es usted, y dispense.

—No hay de qué... ¡Mozo! ¡Tráiganos cigarros... de los buenos!

···

El otro empieza su brindis; pero es imposible oírle palabra, porque el bullicio es general: casi nadie hace caso ya de brindis; solo se piensa en comer, reír y bromear.

Para colmo de desgracia, el que está con la palabra tiene poca voz y menos elocuencia, lo cual contribuye a hacer más completa la indiferencia del auditorio. Esto no impide que de vez en cuando lo aplaudan los que están más cerca, haciéndose los demás simples ecos de la demostración, aunque por su ruidoso entusiasmo suele degenerar en burla.

Por su parte el interruptor del lado grita con todos sus pulmones a cada aplauso que oye:

—¡Bravooooo!

Y sigue comiendo, metiendo bulla, accionando y gesticulando.

—No esté comiendo con el cuchillo, hombre.

—¿Y con qué quiere que coma? ¿Con los dedos?

—Puede cortarse la boca.

—¿Y a usted qué le importa? Mejor será que tenga la suya cerrada para que no me esté amolando.

Por fin el orador se lleva la copa a los labios, y esto manifiesta que ha concluido su brindis. Los aplausos resuenan entonces más estrepitosos, y todavía no se han bajado las copas cuando dice el interruptor con poderosa voz y poniéndose de pie:

—¡Señores! ¡Voy a brindar por el bello...!

—Permítame, señor —le interrumpe el presidente—; le he dicho ya...

—¿Que no me ha llegado la hora?

Risa general.

—¡Que brinde! —dice uno.

—Continúe —agrega otro.

—¡No! ¡No!

—¡Sí! ¡Sí!

—¿En qué quedamos? —pregunta él—. ¿Brindo o no brindo?

—¡Sí!

—¡No!

—¡Que la vaya a dormir primero!

—¡No! ¡Que no la duerma!

—Orden, señores —grita el presidente tocando su copa con el cuchillo a falta de campanilla mejor.

Restablecido un tanto el silencio, pregunta el interruptor, que permanece aún de pie y con la copa en la mano:

—¿Me ha llegado la hora, señor presidente?

—Sí —le responde—, ha llegado la hora...

—¡Al fin!

—De levantar la mesa —agrega el presidente, levantándose él también.

—¡A ti te levantara yo la tapa de los sesos! Pero no, no hay que moverse, caballeros, que ahora es la nuestra.

···

Efectivamente, la mayor parte de los convidados se quedan porque esa es la mejor hora para beber y brindar sin orden ni miramiento alguno, suponiendo que lo haya habido hasta entonces.

Pero como esta prolongación no le conviene al contratista del banquete, da a los mozos la orden de ir desocupando la mesa.

Pronto empiezan, pues, a desaparecer las botellas y las mejores piezas de dulce, si es que quedan algunas, y también los mejores ramos de flores.

—¡Adonde va con eso! —exclama el interruptor al ver que le levantan la botella, y luego se ve obligado a agregar—: ¡No me lleve esas flores, con mil diablos, que ya las tengo destinadas a una muchacha!

—Yo soy mandado, señor —dice el mozo—, y tengo que llevárselas ahora mismo a la señora del caballero del banquete.

—Pero la botella ¿También es para la señora del caballero?

—Yo no sé, señor.

—Ladrar es lo que tú no sabes.

—¡Hombre —exclama otro—, ya solo falta que nos echen de aquí!

—¡Y para esto hemos contribuido! —añade un tercero.

—Yo no sé qué empeño tenía el presidente en levantar la mesa —dice el interruptor.

—Es claro, contaba con las sobras... ¿No ven lo que dice el mozo?

—Yo no he dicho eso, señor —replica el mozo con rabia.

—¡Silencio, insolente! —le grita mi vecino dando un puñetazo sobre la mesa que hace caer la copa, derramando el champaña.

—¡Era lo único que faltaba! —exclamo yo—. ¡Bonitos me ha dejado los pantalones!

—¡Cuánto siento el champaña! Porque ese mozo bribón se llevó la botella... ¡Y cómo brindo ahora!

—No importa, así no más —le dice uno.

—Que brinde con agua dulce.

—Mejor sería con agua salada.

—¡Qué más salado que él!

—¡Señores! —exclama levantándose y cogiendo la copa vacía—. ¡¡Señores!! ¡Pero tengan la bondad de callarse para que me oigan!

—¿Para eso no más? —le interrumpe uno.

—Continúe, que lo estamos oyendo —dice otro que conversa acaloradamente con su compañero de mesa.

—Bébase su copa y déjese de brindis —agrega incomodado un tercero.

—¡Qué moscón! —exclama otro.

—Brinde hasta mañana si quiere.

—Pero antes reclamo el orden.

—¿Usted reclamando el orden ahora?

—Con que continúo, señores...

—¿Y cuándo ha empezado?

—Yo creía que ya había concluido. Hace diez minutos que está con la palabra.

—Con la copa.

—Pero si no me dejan decir nada.

—Hombre, no sea embustero, porque es el que ha dicho más.

—Sin brindar...

—¡Qué será si brinda! Confórmese con beber, y no le parezca tan mal.

—¿Y yo pierdo mi discurso?

—Lo guarda en salmuera para otra ocasión.

—Si no es más que por eso —le digo yo—, escríbalo esta noche y me lo manda mañana para publicarlo.

—En ese caso —dice él metiendo la mano en el bolsillo—, se lo daré ahora mismo porque lo tengo escrito.

Y en efecto me lo pasa, con el encargo de decir a mis lectores que es una improvisación.

—¡Cómo improvisación!

—Improvisación escrita, porque como había pensado no decir nada... lo escribí a última hora.

···

Y esta es otra de mis mortificaciones en un banquete: recoger los brindis. Casi todos los llevan en el bolsillo; pero es necesario hacer creer que ha sido una improvisación, por más que a la legua se conozca que son estudiados.

—Veré si me acuerdo de lo que he dicho —me contestan cuando les pido sus brindis.

Y muchas veces los originales llegan a la imprenta al día siguiente arrugados y hasta mugrientos de tanto repasarlos.

···

Pero no hay repaso igual al que hacen los que se quedan al final de un banquete. Puede decirse que no queda títere con cabeza. Hay quienes a causa de esto han pasado de un banquete a la eternidad, como los girondinos, con la única diferencia de que Vergniaud y sus amigos no murieron del atracón del banquete sino en la guillotina, sin que esto quiera decir tampoco que, en los banquetes, como en la guillotina, no se pierda la cabeza.

·

índice

Desde mi escondite

Estándonos prohibido a los opositores hablar y escribir pública y privadamente, declaro y conste, por si me pillan y cogen estos manuscritos, que voy a emborronar papel con el único y muy laudable propósito de que no se me olvide lo poco que sé y que tanto me ha costado aprender.

«Hay animales que valen más que hombres, y hombres que deberían darse la enhorabuena si no fueran más que animales» – Larra.

Esta gran verdad leía en un artículo de Fígaro acerca de la Caza, precisamente cuando los agentes de la autoridad, sin tomar en cuenta que nos hallábamos en la época de la veda, nos daban caza a los de la oposición y nosotros andábamos enramados como los pájaros por las espesuras para ponernos fuera del alcance de sus tiros.

Debo declarar, sin embargo, a fe de hombre honrado y sincero (si es que todavía vale algo esta vulgaridad), que yo no abrigaba la menor desconfianza, aunque ya sabía que me tenían hechos los puntos y que otros de mis amigos y correligionarios políticos, menos felices que yo a pesar de ser más desconfiados, habían caído ya, o más bien, los habían cazado vivitos y los tenían en la pajarera.

Mis amigos, y sobre todo mi familia, no participaban de mi confianza en los enemigos, y de aquí que todos los días, a cada hora, recibiera una embajada para que huyese sin pérdida de tiempo, porque iba tomando proporciones alarmantes la cacería de hombres, o mejor de opositores, pues es sabido que los opositores hemos dejado de ser hombres.

Vista, pues, mi situación de opositor, que es peor que la del pájaro, porque este tiene siquiera época determinada para ser cazado, al fin hube de acceder a las instancias de mis buenos consejeros y me decidí a dar el volido contra mi confianza en la legalidad, que también parece haber volado, y en el sagrado de mi hogar, que temo mucho vuele al primer alboroto.

Pero, ¿no podrá suceder que al salir me cacen al vuelo, como a las perdices, en cuyo caso mis amigos y mis hijos habrán hecho el oficio de los perros cuando levantan la pieza?

Afortunadamente no sucedió así y llegué sin novedad a una de las casas más próximas de los cerros, porque di el volido como quien dice al matorral más inmediato. No bien me había instalado (en cuanto es dable instalarse a un opositor, como no sea eh la cárcel), cuando llegaron nuevos rumores de alarma: los cazadores me atisbaban; era preciso hacerles perder el rastro.

—¡Imposible! —exclamé yo—. Y vamos a ver, ¿para qué me quieren? ¿Qué delito he cometido? Al contrario, yo soy más bien quien debía perseguirlos a ellos, porque me han dejado sin trabajo, sin hogar propio y sin tranquilidad.

—No, no; están furiosos con lo que pasa, y hasta con lo que no pasa, y se desquitan haciendo nuevas prisiones, dicen que por vía de precaución. Ya no perdonan ni a los sacerdotes.

—¡Qué barbaridad! De modo que a un opositor, por el hecho solo de serlo, no le es dado escaparse ni vestido de fraile. ¡Y yo que pensaba embarcarme disfrazado de clérigo!

—¿Con qué objeto?

—Con el de irme a bordo.

—A dar que hacer.

—Es verdad, porque yo no sirvo ni para taco de cañón, que ya no se usa.

En esto llega otro alarmista, quien al verme exclama:

—¡Escóndase!

—¿En dónde? —pregunto yo dirigiéndome atribulado en busca del último rincón de la casa.

—No, no es eso; que salga al instante de aquí...

—Pero, ¿cómo me embarco?

—No es eso tampoco...

—¡Y qué es entonces?

—Que mude de casa...

—¿Otra vez?

—Que se vaya lejos, lo más lejos posible...

—¡Sea por el amor de Dios! ¡Adónde voy yo que sea bien lejos! ¿Les parece bien la China?

—¿Qué china? Yo no le conozco ninguna.

···

—Vamos allá —repuse al fin cogiendo mi sombrero y emprendiendo el segundo volido a la medianía del cerro, a la casa de un noble y generoso amigo extranjero y que por lo mismo de ser extranjero es opositor.

Allí me creía seguro por muchas razones, y sobre todo me hallaba muy cómodo y bien tratado, cuando recibo como un escopetazo la nueva de que habían descubierto mi paradero.

—¿Qué paradero —le respondo yo—, si no paro ya en ninguna parte?

—Y es preciso salir ahora mismo. El cuartel de policía ya lo tienen lleno.

—¿De qué?

—¿De qué ha de ser...? De gente.

—¿Cuándo no lo ha estado?

—Pero no de opositores como ahora.

—¡Ah!, me alegro... ¿No decían que no había oposición? Para que vean.

—Casi no han dejado joven...

—Entonces no hay cuidado por mí, porque como yo no soy joven...

—No se escapa nadie: basta con que lo oigan hablar.

—Si es por eso, hace tiempo que yo no hablo.

—De todos modos, es suficiente con que se le meta en la cabeza a Pío Fierro.

—¡Bah! ¡Eso sí que no lo creo!

—A todos los tiene en lista.

—Le levantarán... ¡Cómo ha de ser capaz! ¿Y por qué, vamos a ver?

—Nada más que porque se le antoja, por pura maldad.

—¡Así es todo lo que hablan! Cuando nadie ignora que es el gobierno el que nos está encerrando por vía de precaución.

—Todos saben también que Pío Fierro manda más que el gobierno.

—Así será; pero yo apostaría a que si es efectivo que Pío los mete presos no es sino para darse después el placer de volverlos a sacar, como lo ha hecho ya con algunos que, conociendo su buen corazón, no necesitaron de mucho para ablandárselo.

—Lo que es a usted no lo saca nadie, y si lo pillan se lo llevan a Santiago.

—¡Dios mío! ¡A Santiago con estos calores!

···

Del salto que di esta vez, no paré hasta lo más encumbrado de la ciudad, a la casa de otro caballero extranjero más opositor que yo, en donde, a Dios gracias, he permanecido como en mi propia, morada, mejor aun, porque aquí no temo a nadie, ni al gobierno ni a Pío, lo veo todo y nadie me ve a mí. Me lo paso a la sombra de un hermoso emparrado que, como una persiana, sin privarme de la vista me cubre contra las miradas indiscretas con sus verdes hojas y sus ya dorados racimos, que yo estoy deseando ver maduros con la misma impaciencia que espero madure la revolución. Desgraciadamente esta tiene que combatir al ejército, como en las viñas hay que atacar al oidium tuckery, peste que hace tanto daño a la vid como el ejército a la libertad.

···

Decía, pues, que estoy verdaderamente enramado y fuera del alcance de los cazadores. Han cesado hasta las alarmas, y parece que la autoridad ¡ingrata! se ha olvidado completamente de mí, si es que alguna vez me ha tenido presente. Es verdad también que, cansado de andar a salto de mata o, como vulgarmente se dice, de arriba para abajo —aunque lo efectivo es que yo he andado de abajo para arriba—, he hecho el firme propósito de no moverme más. ¿Adonde iría tampoco? Porque ya no me quedan más refugios que la Quebrada Verde o la Laguna, y es sabido que de por allá traen amarrados a los ciudadanos que se toman la libertad —¡para libertades estamos!— de ir a veranear por esos campos. Y yo me digo: si a mí también han de amarrarme, al menos será mucho más corta la tirada, para ellos y para mí, desde el lugar en donde hoy me hallo a sus órdenes y para servirles. Tengan, pues, la seguridad de que no he de salir de aquí a fin de ahorrarles camino y estar más a la mano para lo que pueda serles útil.

Por estas y otras razones yo creo, pues, que no subiré mas, y si he de volver a hacerlo será para abajo, que en eso está la gracia, en subir para abajo, pues ya estamos cansados de ver a las gentes subir para arriba. Está además en la lógica de los hechos, o en la ley natural de la gravitación —suponiendo que esta ley no haya desaparecido también junto con las demás—, que nada suba ya y todo baje, desde el gobierno, mucho más tratándose de cambios, aunque sea de domicilio y aun en el caso nada remoto de que a uno lo manden cambiar a la cárcel.

···

Bien mirado, en parte ninguna podía yo estar más seguro que allí, aunque para los opositores no hay seguridad ni en la cárcel. Ya hemos visto cómo, después de haber retratado en grupos a los que había guardados en la penitenciaría, y no bien salieron los retratos a la circulación, se dio orden de prisión contra ellos, es decir, los mandaron recoger, como habían recogido los originales, por vía de precaución. Y es preciso convenir también en que el gobierno no dejaba de tener razón. ¿Cómo estando preso un individuo puede andar en libertad su retrato? En este caso los retratos son muy peligrosos al orden público, y sobre todo es altamente subversivo en época de revolución retratarse en grupos de más de cuatro personas.

Por esto yo prefiero a la seguridad de la cárcel la de la casa en donde me hallo y sobre todo las comodidades y las cariñosas atenciones que me rodean y que no tienen comparación por supuesto con la casa y el cariño del gobierno.

Es verdad que aquí tengo también, sin duda para que nada me falte, mi prisión y mis carceleras. Todo es sonar la campanilla de la puerta de calle, y me encierran, como lo hace el gobierno, por vía de precaución. Así es que apenas se siente rumor de visita... ¡al cuarto! Afortunadamente hasta aquí no se ha presentado ninguna persona que pudiera ser considerada si quiera como sospechosa, con excepción de un gobiernista que cayó un día como llovido del cielo —¡tan raros son!—, pero que de seguro no debía venir de allí el angelito, porque contó tanta mentira —como que a ellos no los ponen presos por embusteros ni por nada—, que yo al oírlo desde mi encierro no podía contenerme y estuve varias veces por írmele encima, con grave riesgo de perder el resto de libertad que me queda y que, por fortuna, es todo lo que yo puedo perder, junto con la esperanza y la paciencia.

Y aquí tienen ustedes un caso en que es innegable la ventaja de no poseer bienes de fortuna. ¡Bien haya los pobres que no tenemos nada que pueda confiscarnos el gobierno, excepto nuestros individuos y nuestra palabra, que por supuesto no lo sacarán a él de apuros! En cambio, él nos va a sacar a nosotros, porque ha hecho un arreglo o desarreglo con los bancos, gracias al cual ya no correremos el peligro de morirnos de hambre, porque vendrá muy luego la abundancia... de papel. Así es que en último caso y yéndonos muy mal, comeremos papel.

···

—¡Es mucha la previsión del gobierno! No ha olvidado ni las armas escondidas. Y aquí voy a referirles lo que me pasó un día en que, después de oír un campanillazo de la puerta —que ya es bastante para darme susto, como que suelo alarmarme hasta de los que oigo al almuerzo o la comida— sentí ruido de caballos, espuelas, sables, voces y otras sonajeras de actualidad. Se trataba de registrar la casa para ver si había armas escondidas.

—¡Al cuarto! —me gritaron.

«No —dije yo para mí—, porque en el cuarto me descubren y me consideran de seguro como arma escondida, aunque, escondida o sin esconder, no sirva para maldita la cosa».

Medio aturdido pasaba por el salón sin saber adonde dirigirme, cuando vi sentada al piano y estudiando a una de las niñas, ocurriéndoseme la feliz idea de ampararme de ella como del Ángel de la Guarda.

—No se mueva —le dije—, y vamos a ver esa lección mientras registran la casa.

La pobre niña, aunque muy sobresaltada —y no era para menos—, comprendió pronto la estratagema y continuó tocando sus ejercicios, mientras yo se los dirigía con la espalda vuelta a la puerta, como el conde de Almaviva en "El Barbero...", si bien es verdad que mi situación era para hacer más bien el conde de Almamuerta.

Momentos después sentíamos los pasos del oficial y los soldados que entraban en busca de armas como si la casa fuese cuartel.

—Ese es un fortisimo, señorita; más fuerte... más todavía.

Y ella tocaba a todas sus fuerzas mientras los militares pasaban por la puerta del salón y yo me agachaba y encogía sobre el papel de música.

—Pero, ¿qué tiene? Yo creo que usted está tocando con miedo... ahí no hay trémulos...

—¿Se han ido? —preguntó ella temblando.

—¿Los trémulos?

—No, los militares.

—Creo que sí.

Y mientras los soldados con su oficial daban un paseo por las piezas más bien por fórmula o curiosidad que por otra cosa, pues no habían visto nada de sospechoso ni de revolucionario, como no lo fuese el maestro de música, nosotros continuamos también en nuestra ocupación, como los soldados, por pura fórmula.

—Veamos ahora la marcha —le dije aludiendo a una muy bonita que ya le había oído varias veces.

Luego encontró la pieza y se puso a tocarla muy bien; pero yo, profesor demasiado exigente, comencé por pedirle más exactitud en el compás, más viveza, más marcialidad.

—Contemos: uno, dos, tres, cuatro... Más vivo aún; a dos tiempos: uno, dos; uno, dos...

En esos momentos los soldados regresaban de su excursión, y al pasar por la puerta tomaban instintivamente el paso al son de la marcha, cuyo tiempo yo también seguía marcando con la mano y repitiendo: uno, dos; uno, dos.

Ya iban a salir a la calle los soldados y yo me consideraba libre de caer en sus manos y de ir a parar a la policía como rifle viejo, cuando en mal hora se le ocurre al loro de la casa llamar al jardinero:

—¡Castro...! ¡Castrito! —comenzó a gritar el condenado.

—¿Castrito? —repitió el oficial alarmado y dando frente a retaguardia seguido de los soldados—. ¿A ver dónde está ese Castrito?

—Es el loro, señor...

—¡Cómo el loro!

—Castrito es el jardinero...

—¡Ah! Con que está de jardinero... ¡Y tanto como decían que se hallaba en la escuadra!

—Ese es otro Castrito. El de aquí es este...

—Para servirle —dijo a ese tiempo el jardinero muy asustado creyendo que iban a llevárselo junto con el loro.

—Vámonos —dijo al fin el oficial a sus soldados—. ¡Habrase visto cosa igual! Hasta los loros quieren burlarse de nosotros... ¡Y se ha puesto a silbar el badulaque! ¡Agradezca a que es extranjero!

···

En cuanto a los servicios públicos y a las libertades ídem andan por acá, como es consiguiente, a mayor altura que por allá abajo. En primer lugar, estamos libres de militares, de policía, de espías y de Píos, lo cual es una garantía de orden y seguridad para todos. Cada uno hace y hasta habla lo que quiere, que es cuanto puede decirse en una época en que no se puede decir nada. Yo mismo, condenado al silencio, como ustedes lo saben, estoy ahora —¡oh contraste!— enseñando a hablar a dos apreciables jóvenes extranjeros recién llegados al país y que no saben castellano, si bien ya saben ser opositores. Por supuesto que he comenzado a enseñarles primero que nada lo que no puede decirse, por vía de precaución, para su seguridad individual, no obstante su calidad de extranjeros, que tanto le ha servido al loro y que bien puede no aprovecharles a ellos.

···

Por estas alturas, más sanas por lo mismo que se aproximan al cielo, no se viola la correspondencia epistolar ni ninguna otra cosa, y es de ver a las gentes a toda hora por faldas y quebradas dando libre curso a sus cartas sin que nadie se las intercepte.

Por aquí, en fin, se puede hasta hablar del gobierno sin que le tapen la boca o se lo lleven preso, que es la peor manera de interceptar la palabra. Los mismos burros andan sueltos a todas horas y permitiéndose —¡felices ellos!— toda clase de libertades, empezando por la de hablar, pues no cesan de dar rebuznos, sin que a nadie se le ocurra interceptárselos y mucho menos llevárselos presos ni por vía de precaución. Tan cierto es lo que digo, que el día de la promulgación del famoso bando en que el ejecutivo, sin duda para poder ejecutarnos mejor, asumía los tres poderes, no cesaban de dar quejumbrosos rebuznos todos los pollinos del barrio como protestando del inaudito atentado.

···

Tal era al menos la ilusión que yo me había formado de esos animales, porque en épocas de tiranía andamos viendo en todo reflejada la situación —la opresión o la libertad— hasta que una noche, al ver que a un sonoro rebuzno sacaban sus relojes cuantos a la sazón nos hallábamos reunidos, preguntó por qué consultaban la hora todos juntos, y se me contestó con mucha formalidad que cuando no se tiraba, como ahora sucede, el cañonazo de las nueve, y muchas veces aun tirándolo, se guiaban por la hora del burro, que es la más puntual.

—Observe usted —se me agregó—, y verá cómo canta las horas, las medias y los calcetines, o sea lo