Espora Ediciones

Ángeles en el Kosovo

Mauro Yberra (*)


Capítulo 1
Ángel recibe un llamado

Puede que alguien todavía se acuerde de mí, Ángel Pedreros, y de algunas modestas aventuras detectivescas que corrí otrora en compañía de los hermanos Juan y Jorge Menie, hace ya tantos años que me parecen una eternidad. Y lo que voy a contar ocurrió por el año 2000 en un lugar tan remoto de Santiago de Chile como el Kosovo, una especie de país en la península de los Balcanes donde acontecieron hechos de guerra en el ocaso del siglo XX; y adonde fui a caer, en un arranque de fatuo entusiasmo, propio de un cincuentón ardoroso, por acudir al llamado de una mujer en peligro. Fue una trasgresión insensata, poca gente me comprendió.

¿Quién era yo, sería posible preguntarse, para ponerse a ayudar a alguien en un país que en ese momento estaba saliendo de una guerra civil? Me refiero a la antigua Yugoslavia, que a la muerte del mítico Mariscal Tito se dividió como una torta de cumpleaños. Por cierto, yo no era nadie, y sigo siendo nadie, tal vez un don nadie, ahora con la edad; pero ocurre que me enamoré de ella cuando tenía veinte años más o menos. Nunca pude olvidarla, ni siquiera mientras pasaban los días, los años y las décadas. Y de pronto reapareció en mi vida, cuando ya me daba más o menos por acabado... apenas con cincuenta y pico años, parece un chiste. Pero así he sido siempre, un semitonto pesimista, un cuasiloco deprimido, un enfermo irrecuperable plagado por la más abyecta autocompasión. Si bien casi nunca he esquivado un desafío.

No trabajaba yo ese año 2000 para el gobierno, como lo hice por unos años, ya que me había privatizado por obligación y conducía una pequeña oficina dedicada a la consultoría ambiental, siempre al tres y al cuatro, siempre al borde de la quiebra, siempre en la serie B del rubro. Podía vivir con eso y educar a mis hijos de manera razonablemente bien, llevarlos de vacaciones cuando se ponían demasiado exigentes, pagar comilonas familiares y tomateras de compromiso con los amigos. No todo era tedioso, sin embargo. Mantenía vigentes algunos contactos y hacía de vez en cuando consultorías internacionales, gozaba de cierto prestigio profesional. Aunque nada de eso me importaba. Trabajaba para la supervivencia, sin placer.

Ocurría que, cuando podía, dejaba mi empresa a cargo del perraje, que por lo normal se permitía una embarrada grande y varias pequeñas durante mi ausencia, y partía a hacer una asesoría o un curso a Argentina, a Brasil, al Perú o a Venezuela. Incluso me invitaban a veces, para mi alegría, a algún seminario en Estados Unidos o Europa; y partía feliz de salir de la rutina, aunque tenía claro que a mi vuelta debería resolver más de una situación caótica, cortesía de mis impredecibles esbirros. Aquí los presento y no hablaré más de ellos: un ingeniero civil como yo, aunque bisoño y aficionado al rugby; un químico industrial fanático del cine a quien consideraba mi brazo derecho; un contador al cual a menudo se le invertían los números; un chofer-goma-estafeta casi mudo; una geógrafa flaca siempre metida en un romance nuevo; una secretaria beata, virgen y mártir; entre otros especímenes por el estilo. Habría puesto que constituían una manga de degenerados pero, ¿puedo tirar la primera piedra?

De modo que cuando recibí un día cierto llamado desde la ciudad de Pristina, en el Kosovo, tuvieron que explicarme que eso se hallaba en la península de los Balcanes, y que era un pedazo menor de la Yugoslavia federal pulverizada tras la muerte del líder y la estrepitosa caída del sistema comunista en el mundo. Pensé al inicio que se trataba de alguna invitación de ésas que tanto me componían el cuerpo. Pero al instante me percaté que estaba cayendo algo distinto. Una mujer que se identificó como Christy algo, un apellido que sonaba como marca de tallarines, me habló en inglés para decirme en tono autoritario que tenía un mensaje urgente para mí de una persona desaparecida en ese lugar, llamada Sonya Estravinska, quien había dejado instrucciones perentorias de ubicarme en Santiago de Chile si no se la encontraba en un período de tiempo que ya se había cumplido.

—Soy miembro de un cuerpo de policía internacional, señor Pedreros —me dijo la misteriosa Christy—, soy norteamericana, pertenezco a la fuerza de pacificación en el Kosovo, y soy, además, amiga personal de la señorita Sonya Estravinska. La estamos buscando. Dejó un mensaje. En su carta, dice que usted es la única persona que puede encontrarla y comunicarse con ella, que no confía en nadie más... Por eso le estoy llamando.

Siguió una pausa que yo procuré no llenar de inmediato, había algo en el tono, o cierto toque de ansiedad en la mujer que me dejó cachudo, y recordé angustias de otros tiempos cuando tuve que lidiar con mujeres difíciles. La voz de la tal Christy me volvió a la realidad. A todo esto mi pobre músculo cardíaco galopaba con desenfreno.

—Señor Pedreros, ¿me ha entendido?

—¿Sonya Estravinska, me dijo usted? La conozco. Pero hace muchos años que no sé de ella... —me permití chapurrear en mi inglés mediocre, medio ahogado por la taquicardia. Siempre he sido duro para los idiomas y aunque me las barajo, expresarme de manera algo comprensible me cuesta a veces sudar sangre.

—Como sea —me respondió en forma seca la mujer policía—. Sólo cumplo con traspasarle el mensaje y pedirle ayuda. No hemos tenido éxito en la búsqueda de Sonya, digo la señorita Estravinska... Estamos tratando de explorar todas las posibilidades para localizarla... Usted parece ser una de ellas... Espero que entienda que se trata de una situación de emergencia.

—De entender, entiendo. Aunque con total sinceridad no veo cómo puedo ayudar —me atreví a meter una baza.

—Yo tampoco, es la verdad —replicó la mujer policía—. Pero es nuestra única posibilidad. Ella lo señaló a usted como alguien que podía ayudarla. Se halla en peligro... Usted no parece hacerse cargo de lo complejo de la situación.

—Me hago cargo, ya se lo dije —respondí un poco picado—. Aunque sigo pensando que es un tanto absurdo. Y, ¿cómo me van a hacer ir para allá?

—Si usted puede o quiere colaborar con nosotros —prosiguió la lejana uniformada, sin dignarse a concederme una réplica—, comuníquese con nosotros a la brevedad. Podemos hacerlo venir... Se requiere mucha cooperación con el Kosovo —añadió en un giro que me pareció un tanto cínico— y ya encontraremos alguna justificación para su venida... Siempre que se atreva, por supuesto. Se necesitan bastante coraje y generosidad para venir por acá. Es una zona que viene saliendo de una guerra —acotó en un tonillo que me sonó bastante despreciativo y acusador; aún cuando más que referido a mí, en particular, sonaba como aplicable al género masculino en su conjunto.

—Bueno... —fue lo único que atiné a mascullar.

—¿A qué se dedica usted? —me espetó, en un tono que sonó despectivo, mi imaginación andaba lenta aunque más o menos despierta.

—A la ingeniería ambiental —respondí—. Al tratamiento de aguas negras, el manejo de residuos sólidos, el control de emisiones al aire y todo eso.

—Excelente —replicó la mujer policía—, algo podremos hacer por allí. ¿Va a estar disponible en los próximos días? Si tiene el coraje de acompañarnos, repito, anote mis datos, por favor.

—Me comunicaré con usted —le contesté, bastante picado, lo reconozco, mientras anotaba, con mano tan temblorosa que casi estropeo la Parker 51, los datos que me dictaba la tal Christy: teléfono, fax, correo electrónico y el resto.

—Todavía no haga nada, señor Pedreros —añadió en tono autoritario la tal Christy Colucci, leía su nombre en el papelito con los datos—. No me va a encontrar si llama. Tengo que hacer trabajo de campo. Yo le telefonearé en una semana más o menos y usted me dará una respuesta. ¿O.K.? Hasta luego.

Y cortó. Con franqueza, todo me sonaba como una broma un tanto siniestra, una tomadura de pelo macabra. Pensé, desde el principio, en mis amigos los hermanos Menie, sobre todo en Jorge, pero éstos se encontraban tan lejos y tan dedicados a otras cosas, que habíamos perdido contacto. Esta posibilidad se volvía pues casi imposible. Aunque me parecía sentir las carcajadas de Jorge Menie, coreadas por su hermano Juan, siempre dispuestos ambos a celebrar en forma estentórea los chistes y bromas del otro. Lo más bien podían haberse conseguido una gringa tonta que se prestara para ayudarles a embromarme. Y por añadidura, con el pretexto de una investigación más o menos criminal. Nuestra pasión cuando adolescentes.

Aunque no puedo negar que con esto se me presentaba una posibilidad de consultoría internacional, y en la mera Europa, lo que para mí sonaba óptimo, no lo puedo negar. Me volé un poco ensoñándome con tal posibilidad. De modo que no tardé en elucubrar lo siguiente: aunque todo el asunto lucía como una locura, si se obviaba la parte inverosímil, se trataba de una oportunidad laboral que no podía perder o me pasaría de tonto... y de cobarde, ese síndrome de los viejos acabados que tanto me aterraba.

Olvidé pues el asunto, pasaron un par de semanas y no recibí otra llamada misteriosa. Todo parecía haber sido en efecto una pitanza. Aunque, lo confieso, me había quedado rondando el recuerdo de Sonya Estravinska, y ya andaba con sentimientos culposos. Sonya, la rusa preciosa, la bailarina de ballet, con quien había vivido una extraña historia que apenas duró una noche, y que no podría calificarse de historia de amor, aunque para mí fue la única gran historia de amor que puedo contabilizar. Ya lo narré con lujo de detalles en otra parte.

Me dediqué a elucubrar. ¿Quién sería esa misteriosa mujer policía que se mostraba tan ansiosa por encontrar algún voluntario, mejor dicho a cualquiera, que eso era yo, Ángel Pedreros, para que la ayudara a descubrir el paradero de la bailarina Sonya Estravinska, a quien llamaban Veruchka sus amigos en Chile? Y todo esto nada menos que en el Kosovo. «La corte de Lesbos», me escuché murmurar la frase favorita de Jorge Menie, que resumía el aspecto más inquietante de aquella aventura de hace, bueno, tantos años, en ese lejano 1968, cuando éramos jóvenes universitarios idealistas, ingenuos, excitados e irresponsables, como nunca lo habíamos sido antes ni lo seríamos después.

Para mí el asunto empezó a caer en el olvido. Claro, no hubo otras llamadas telefónicas en los días posteriores. La tranquilidad volvió a imponerse y retorné a mis modestos sufrimientos empresariales, el pago de los salarios, el endeudamiento bancario, la búsqueda de contratos públicos, el lobbying con las empresas privadas, la mezquina problemática técnica, el pago de los estudios de mis hijos... Puras latas. Y, de golpe, entró la nueva llamada, esta vez de ella misma, la Veruchka, la Sonya Estravinska en persona. En esos tiempos del 68, entre paréntesis, hacía furor la que tal vez fue la primera gran modelo internacional de la historia, una alemana llamada Veruchka; creo que sus amigos hippies le pusieron a Sonya tal apodo porque tenía cierto parecido con esa flaca espectacular.

Tengo patente el momento exacto de ese telefonazo. Me hallaba hilando babas en el departamento arrendado donde vivía solo, tras haberme separado con penuria de mi legítima esposa, la Tory Highson, tras décadas de conflictivo matrimonio; y donde, tal el solterón que siempre había querido ser, acumulaba libros, trastos viejos, recuerdos, músicas variadas, colecciones descontinuadas, cuadros sin valor, fotos raídas, olores y memorias; muchos gatos, diría yo, pero gatos como los de Borges, por supuesto. Fue allí que recibí esa llamada maldita, a la que respondí con mi habitual y desganado:

—¿Sí?

—Ángel, ¿eres tú? —escuché esa voz con la que había soñado por tantos años, y que me habló sin esperar respuesta—. Soy Sonya, te acuerdas de mí, ¿verdad?

Me quedé enmudecido a este lado del teléfono, sin atinar a replicar nada, ni tampoco formular ninguna señal de reconocimiento, o lo que fuera. Pensé que estaba metido dentro de una extraña pesadilla, que pronto despertaría en mi cama y, cuando la benigna normalidad estuviera restaurada podría retornar a mis deslavadas aunque tranquilizadoras rutinas de los últimos años.

Hello, hello —volví a oír su voz, insistiendo ante mi falta de reacción. Confieso que no me salía el habla y el sudor me había empezado a correr por la cara.

—Sí, Sonya... —logré recuperar la palabra—. Soy Ángel Pedreros. Te escucho bien. Han pasado tantos años.

Ella me hablaba en un español bastante limitado, lleno de errores y construcciones confusas, y con el mismo deje extraño que me había trastornado hacía más de dos décadas atrás. Pero le entendía con claridad y logré darme cuenta que algo la afligía, aunque me demoré en descifrar de qué se trataba. Su tono era perentorio. El diálogo lo reproduzco como me acuerdo, corrigiendo los errores de su manera de hablar:

—Ángel, escucha, estoy oculta en el Patriarcado de Peć, ¿me entiendes dónde? Te repito, en Peć… Corro peligro... Necesito tu ayuda... Ellos están tras mis pasos, creo que me han descubierto... Los envían los tres K... Los malvados, los perversos... Siento mucho miedo.

Por supuesto, yo no sabía desde qué sitio me estaba hablando, ni menos aún a quiénes se refería; sólo mucho después llegaría a entender el significado siniestro que se ocultaba tras el hecho de que ella hubiera entrado a ese lugar. En aquel momento apenas atiné a percatarme que a Sonya la consumía la angustia y que alguna cosa horrorosa, para mí indescifrable, le estaba aconteciendo.

—¿Qué pasa contigo? —le pregunté—, aclárame algo.

—No puedo, Ángel —sentí sus sollozos—. Perdóname. Estoy aquí protegida por los monjes, pero no sé hasta cuándo. Andan todos tras de mí.

—¿Quiénes son todos?

—No te puedo decir nada. Por ahora. Tengo que partir pronto. Antes que me descubran. Y necesito tu ayuda, te lo repito. Por favor, hazte cargo...

—¿Y qué crestas puedo hacer yo, Sonya? —me puse grosero, bastante a mi pesar.

—No confío en nadie, entiéndeme. En nadie de acá. En nadie en los Balcanes. En nadie en Europa. Entiéndeme, por favor. Hay una horrible conspiración contra mí —tras decir esto, Sonya rompió en sollozos a miles de kilómetros de Santiago. La escuchaba, no puedo negarlo, con el corazón desgarrado... aunque me pasó por la cabeza que tal vez estuviera un poco loca.

—¿Conspiración? —le pregunté.

—Sí, Ángel. Por eso confío sólo en ti, me acuerdo de cuando me salvaste de la muerte en Santiago, a manos de esos rotos salvajes. Sólo tú tienes la capacidad para enfrentarlos. Es urgente que vengas. Te necesito...

—Trataré, Sonya —me vi obligado a expresar, no sin dejar de divertirme por la manera curiosa en que Sonya usó la palabra «roto»—. Pero no conozco nada de ese país, o lo que sea el famoso Kosovo —le dije—. El patriarcado que mencionas, me imagino que se trata de un monasterio, está por Yugoslavia, supongo, ¿no?

—Claro que sí, Ángel. Corro un real peligro, ¿no lo comprendes?

—No sé si lo comprendo, Sonya. Pero te creo. Veo, eso sí, que no tenemos tiempo de discutir ahora. Trataré de ir en tu ayuda. Prometo que haré lo posible.

—Gracias, Angelito. Me tranquilizas —respondió Sonya, con esa voz suya que ya me tenía la cabeza llena de quimeras, agregando—: Contacta a Christy Colucci, mi amiga en la policía. Ella te allanará el camino al Kosovo.

—Ya tengo sus datos, Sonya. Ella me llamó hace un mes atrás. ¿Cómo consiguió mi teléfono?

—Tú me diste un número de teléfono hace años, ¿lo recuerdas? Por ahí encontré la hebra... Siempre recibí tus mensajes y tus flores cuando yo actuaba, Angelito, en Nueva York, en Berlín, en París... Supe que te hallabas entre el público, en alguna parte en la oscuridad de esos teatros maravillosos. Eres muy romántico, a la antigua. Pero nunca pude responderte, me afligían tantos compromisos, con mi arte, mi vida privada, mis deberes. He vivido tan llena de enredos. ¿Me perdonas? Ahora, adiós, te aguardo lo antes posible, como a un Mesías. Nunca me casé, ¿sabes? No tengo hijos. Madre y abuela fallecieron hace años. En fin... eres todo lo que tengo en el mundo... Adiós.

Y colgó. De un golpe, colgó, dejándome sumido en la indecisión, la angustia y las ansias eróticas. Yo, ¡que me creía viejo! Había quedado fuera de combate con esa llamada, incapaz de reaccionar. Creo que me pasé como una hora sentado en mi mesa de trabajo, con el teléfono pegado en la mano. La llamada rompía de mala manera mis esquemas, mis planes de una vejez tranquila. Se me había pegado aquel mohín metafísico de mi amigo Juan Menie, el de sentirme anciano antes de tiempo. En otras palabras, mis intenciones de retirarme a gozar de mis modestos aunque sólidos ingresos, acumulados tras duros años de martirologio laboral... Me había hecho un programa de jubilación: pensaba que podría, en algún escondite ad-hoc, escribir un inofensivo ensayo histórico sobre el canibalismo en Chile, o algo así de lúdico y atípico.

Pero había sentido otra vez el llamado de la selva, el grito nocturno, el toque alegre de las campanas, el temblor en las tetillas. Nuestras fórmulas compartidas con los hermanos Menie para denominar el afán por la aventura. ¿Qué podía hacer? Ya no era joven, había pasado el medio siglo hacía rato, la fiesta que mi familia y amigos organizaron fue un auténtico homenaje, sólo que no tengo idea la razón por la cual me hacía merecedor de tales desenfrenos, salvo haber sido un mediocre integral, un buena persona, un pan de dios, un poca cosa, un sin novedad como decía mi abuela con tanta gracia, la vieja diabla. Exagero, claro.

Mi vida de adulto había sido tan banal, tan vacía de la audacias e ideales de la juventud, con los hermanos Menie y la pandilla del barrio Ñuñoa, cuando jugábamos al Sherlock Holmes y hacíamos como que descifrábamos crímenes pero que en realidad se resolvían solos o nunca se resolvían; y leíamos a autores que nos fascinaban por turno, y Juan Menie repetía, tergiversando a Borges, que él había viajado poco pero leído mucho, y que eso valía más que andar haciendo el turista estúpido; y Jorge Menie andaba subrayando unos tomos enormes con las obras completas de Marx y Engels y daba discursos que nadie escuchaba sobre los Grundrisse, obra que calificaba de lo mejor que se ha escrito en ciencia-ficción.

Empero, aparte del atractivo de lo inédito, estaba el recuerdo de esa noche de noviembre del 68, cuando tuve a Sonya Estravinska castamente entre mis brazos, porque ella lo quiso así, apenas por unas horas inolvidables, y donde quedaron tantas cosas pendientes, al menos para mí; y en consecuencia, la posibilidad de reencontrarla, aunque estuviera arrugada, demente y su belleza maltratada, era una tentación demasiado grande. No me asustaba el paso del tiempo, al contrario, me la hacía quizá más deseable, sobre todo que la había entrevisto bailando en algunos escenarios, maravillosa en su espléndida adultez.

Aquéllo había acontecido, en efecto, tal como Sonya lo había mencionado. Durante alguno de mis viajes por Europa vi señalado su nombre en los programas de ballet. Aunque nunca fui demasiado aficionado a esta forma de arte en puntillas, asistí a varias funciones sólo por verla a ella. No fueron demasiadas. El azar nunca se porta tan amable como uno deseara. Le envié flores y le dejé direcciones y números de teléfono, a lo cual nunca replicó, tal como lo reconoció cuando hablamos. No avancé más allá. A menudo viajaba con mi familia y eso me dejaba mínimos grados de libertad.

Pasaron los años y la vi también en las carteleras anunciada como coreógrafa. También participó en algunas películas, checas y polacas, me acuerdo que las busqué casi con fiebre. La contemplé madurar allá lejos, entre las estrellas. Después la olvidé por largos años. Y nada hacía suponer, seguí elucubrando, que por mucho que ella se hallara cerca de los cincuenta años, como debía ser su edad, no hubiera conservado parte de esa hermosura integral que me deslumbró cuando tenía diecinueve, viva gracias a la magia del arte, renovándose y aún reforzándose.

A fin de entender un poco la cuestión me puse a leer sobre el Kosovo, los Balcanes, Milosevic y el resto. En apretado resumen pude sintetizar lo siguiente. Todo empezó en 1989, cuando Slobodan Milosevic, el líder serbio que gobernaba lo que restaba de la antigua Yugoslavia, congregó en la llanura de Gazimestan, cerca de Pristina, a más de un millón de serbios para conmemorar el 600º aniversario de la batalla de Kosovo Polje o batalla del «Valle de los Mirlos», en la que el antiguo reino de Serbia perdió su independencia frente al invasor turco.

La batalla del Kosovo tuvo lugar el día de San Vito, el 28 de junio de 1389. Serbia sucumbió y otros pueblos fueron cayendo ante los otomanos en las décadas siguientes, como Montenegro y Bosnia. Interesante fue que una causa de la derrota estuvo en la incapacidad de los cristianos para formar un frente común, sujetos como estaban a querellas ancestrales. Como fuera, en aquel entorno histórico, Milosevic evocó con gruesa emotividad los mitos y agravios de la nación serbia a lo largo de su historia y formuló su objetivo para Kosovo: anexarlo de manera definitiva a Serbia.

Con tal recurso al nacionalismo, en un lugar que los serbios consideran el centro espiritual de su país, su etnia, su cultura y su religión, Milosevic se afianzó en el poder. Sin embargo, el tiempo y la demografía habían actuado de forma implacable en su contra. Los monasterios ortodoxos medievales del Kosovo eran islas cristianas en un mar formado por un 90% kosovares de origen albanés, que en un porcentaje importante eran musulmanes. Gente que no tenía nada que celebrar en las efemérides serbias. A partir de aquellas conmemoraciones, Milosevic se lanzó con tozudez hacia un nacionalismo radical y fanático. Se las arregló para que ese mismo 1989 la Asamblea de Serbia aprobara una reforma de la Constitución, que redujo en forma drástica la autonomía relativa de que gozaba el Kosovo, desde los tiempos del mariscal Tito. Tras lo cual, la Asamblea de Serbia anuló la autonomía de Kosovo, disolvió las instituciones y puso la provincia bajo su administración directa.

Estaba en la memoria, sin embargo, que el conflicto no era cosa reciente. Ya a fines de los años 60 el Kosovo, como provincia autónoma aunque parte de Serbia, al igual que otras repúblicas de la ex Yugoslavia federal, reclamaba por mayor grado de soberanía. En 1968 el Kosovo se levantó contra el poder federal, y pocos se dieron cuenta de esa crisis ante lo que ocurría en París o Praga. Luego vendrían los levantamientos croatas y Tito, en una vuelta al estalinismo, comandó fieras purgas al interior del partido comunista. Los serbios instalados en el Kosovo, por su parte, siempre se sintieron agredidos, acosados por los albaneses, quienes según algunos historiadores implementaron una migración forzada para superarlos en número, ello incluso ante la indiferencia de otros pueblos de Yugoslavia como croatas y eslovenos.

El siguiente paso en el cálculo de Milosevic fue hacerse con el control de la Federación Yugoslava heredada de Tito para convertirla en un instrumento de los intereses nacionales de Serbia. Se propuso revivir el sueño, acariciado con largueza por la Iglesia Ortodoxa, de una Gran Serbia, formada por todos los territorios yugoslavos poblados, en mayor o menor medida, por serbios. En ese halo de efervescencia, la jerarquía religiosa vio a Milosevic como una especie de Mesías que había venido a salvar a los serbios. El propio padre de Milosevic había sido sacerdote. Todo eso avivó los fuegos del mito. Conformaba uno de esos paquetes intransables que no pueden sino derivar en violencia.

Tras estas acciones, el proyecto de la Gran Serbia, que englobaría a la república serbia de entonces y a los territorios de mayoría serbia en Croacia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia y Kosovo, se puso en marcha, provocando cruentas guerras civiles: Guerra de los Diez Días en Eslovenia (1991), Guerra Croata de Independencia (1991-1995), Guerra de Bosnia (1992-1995), Guerra del Kosovo (1999) y otras que siguieron, cuyo resultado final fue contrario al esperado: la desmembración de República Socialista de Yugoslavia. En el contexto de la desintegración del país y los enfrentamientos raciales y religiosos que allí se produjeron, hubo episodios de ataques deliberados contra la población civil que han sido calificados como crímenes contra la humanidad, genocidio y agresión étnica. Por la responsabilidad que Milosevic tenía al ser Presidente de Serbia, fue llamado el «Carnicero de los Balcanes».

El episodio final de todo este delirio nacionalista explotó en la provincia de Kosovo, cerrándose el círculo donde se había iniciado. A principios de marzo de 1998, la Unión Europea y Estados Unidos exigieron a Milosevic que entablara negociaciones con la población albanesa de Kosovo, contra la cual Milosevic había iniciado un violento proceso de expulsión masiva, asesinatos de la población civil, usurpación y destrucción de propiedades, en fin, una brutal «limpieza étnica». Tras las infructuosas negociaciones de un Grupo de Contacto creado por la Unión Europea y el rechazo a la misión mediadora de la ONU, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) efectuó en la primavera de 1999 intensos bombardeos contra las tropas de Milosevic, que culminaron en los acuerdos de paz de junio de 1999, por las cuales Kosovo pasaría por un tiempo indefinido bajo administración internacional, hasta que se decidiera su destino: la independencia o la vuelta a Serbia. La independencia se lograría a inicios del 2008, aunque en condiciones precarias.

Eso es lo que pude averiguar, perdón por la lata. Cabe señalar que toda la historia de esta región es mucho más compleja que este breve resumen, y nunca habrá suficiente espacio para explicarla cabalmente.

Pues en esta situación inestable se encontraba el Kosovo cuando recibí aquellas llamadas inesperadas. Y bueno, así aconteció: me fui, en la primavera del 2000, el otoño nuestro, cuando ya me daba por acabado, hacia la mera entraña del horror, a las tinieblas en estado puro, a conocer el infierno tan temido, al pozo sin fin del dolor humano, el Kosovo. Donde, como creí descubrir después, los muecines aúllan desaforados desde los minaretes que hay que ir a matar al vecino, en cumplimiento de leyes de venganza no escritas; y donde los más viles intereses económicos son defendidos por solemnes popes, barbados y ensotanados, las enjoyadas manos prestas para recibir el beso de sumisión... Salí pues, hacia el Kosovo, pero antes hice una pasada por París, con la intención de involucrar a los hermanos Menie, mis socios en las faenas detectivescas de otrora; o más bien, para recoger lo que quedaba de ellos.

Fin Capítulo 1


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Valor: $ 5.000
380 páginas · 14 x 21,5 cm
ISBN: 978-956-9213-02-1
Edición 2016


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